Cuando los castores y las comadrejas se pusieron como locos a fabricar casas para los cerditos, los patos, los gallos y gallinas, todos se pusieron muy contentos.
Por una parte, eso significaba trabajo abundante. De una forma u otra, casi una tercera parte de los puercos, anátidas y gallináceas estaban empleados en el sector de la construcción, lo que significaba que tenían dinero para pagar las cuotas de los créditos con los que pagarían, en cómodos plazos durante decenas de años -incluso más allá de su esperanza de vida-, las casas de las que podían considerarse propietarios desde el mismo momento en que se ponía sobre el terreno la primera piedra.
¡A, las casas!. Las había de todas las categorías y diseños imaginables. Se podía elegir, de acuerdo con los gustos, con duernos de piedra, de madera de castaño o de roble; los dormitorios tenían lechos de paja fresca o cemento armado, las corralas comunitarias estaban provistas de agua corriente; incluso las había con vistas al campo o al matadero; con ventilación forzada o calefacción por suelo radiante.
Por supuesto, se construyeron muchas carreteras, puentes, vías férreas y hasta aeropuertos para que todos pudieran visitar cuando quisieran a sus familiares y amigos, pudieran conocer otros mundos y aumentar su felicidad hasta donde la curva de satisfacción alcanza prácticamente su asíntota.
Todo estaba, además, controlado y garantizado. El lema de tan frenética actividad constructora, que no podía ser más encomiable, gozaba con la máxima protección del Estado. Se habían impreso miles de pasquines para difundir el objetivo: Ninguna familia, sea de anátidas, gallináceas o puercos sin un espacio de pocilga propia.
Los injustamente temidos cánidos -ya fueran lobos de bosque abandonado como hienas de dehesa protegida-, se portaron también de forma espléndida. Concedieron, tanto a los castores como a las comadrejas como, por supuesto, a los cerditos, todo tipo de facilidades. No importaba te alimentabas de bellota en la montanera o te contentabas con desperdicios de una cloaca. Aunque no fueras ni comadreja, aún teniendo aspecto de ratoncito de campo o de oveja churra, si tenías un terreno en donde implantar una granja, los depredadores te concedían un crédito de inmediato.
-Ya nos pagaréis después-, decían los lobos de pradera y las hienas de la dehesa, con su mejor sonrisa sardónica.-Lo importante es que tengáis una pocilga o palo de gallinero propios en la que poder crecer como corresponde a vuestra dignidad y naturaleza.
Un día, sin saber por qué, los confiados animales se encontraron con que las tornas cambiaron. Los castores y comadrejas no tuvieron créditos y los cerditos, patos y gallinas, perdieron su trabajo, con lo que no pudieron pagar los recibos que les llegaban de las pocilgas y palos de gallinero que habían comprado, por lo que se encontraron con que no eran propietarios de nada más que de unos papeles pringosos.
Los hechos se aceleraron. Había miles de pocilgas y gallineros que no habían podido venderse, y los castores y comadrejas se encontraron entrampados hasta las cejas. Miles de puercos, patos y gallinas perdieron sus casitas, y se vieron de patitas y pezuñitas en la calle.
El precio de las pocilgas y palos de gallinero cayó por los suelos. Nadie podía pagárselo, a pesar de todo, porque no había dinero…Los únicos que podían permitirse aprovechar la situación eran algunos lobos de pradera, hienas de la dehesa y, sobre todo, los tigres de Bengala y los tiburones de Madagascar, que tenían liquidez para cualquier cosa.
Y vaya si la aprovecharon. Se hicieron rápidamente con casi todas las pocilgas y palos de gallinero que los confiados puercos, gallos, gallinas y patos no habían podido pagar, y que les fueron arrebatados, viendo cómo servían para nada los dineros que habían entregado hasta entonces.
Pasó algún tiempo y uno de los cerditos escribió un artículo muy curioso en el periódico del País de los animales. Decía, más o menos:
Seguimos necesitando lugares donde vivir, comida que llevarnos a la boca y, aún reconociendo la dificultad, nos gustaría intuir mejor nuestro destino como animales de granja, para ser algo más felices hasta que lleguemos a él. Construir pocilgas y palos de gallinero nuevos sigue costando lo mismo, o más, que hace unos años, y, sin embargo, los depredadores están comprando las pocilgas y palos de gallinero que ya están construídas a precios muy inferiores, aprovechándose de la necesidad de los castores y comadrejas y, por supuesto, de nosotros, los animales de la granja. Estoy seguro de que piensan volver a vendérnoslas dentro de poco, otra vez, al mismo precio o superior al que en su momento pagamos. Así nos veremos obligados a comprar la misma cosa dos veces».
Apareció solo en la primera edición del periódico. En las siguientes, fue vilmente censurado.
FIN
