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Cuento de otoño: Optimo y Posible

19 noviembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

Esta es la historia de dos amigos, que se llamaron Optimo y Posible. Estaban siempre juntos, lo que no se debe interpretar como que estuvieran siempre de acuerdo. Optimo era, como su propio nombre indica, exigente, perfeccionista, severo y un tanto plasta. Posible era pragmático, intuitivo, hedonista y bastante descuidado.

En realidad, para qué vamos a ocultar la verdad: Optimo y Posible solo estaban de acuerdo en sentarse a analizar las opciones de hacer cualquier cosa. Llegado el momento de ponerlas en práctica, cada uno seguía su camino. Lo habían hecho siempre así, desde niños: había que ver a Posible jugando con un taco de madera, y convenciéndose de que tenía un coche entre las manos y a Optimo, afanado en sacar lascas con una navajita de las que regalaban para la Primera Comunión a varios pedazos de roble, en la pretensión de fabricar un Alfa Romeo como los de la tienda de Maese Trillo, propósito que, como se puede suponer, no conseguía culminar.

Cuando se hicieron mayores, ambos, que habían terminado brillantemente la carrera de ingeniería (opción superior), se emplearon en sendas empresas energéticas y, como eran brillantes como centellas, no tardaron en llegar a jefes de departamento. A Optimo se le encomendó la dirección del departamento de Máxima Rentabilidad y Responsabilidad Social Corporativa, en una empresa de energía eólica.

A Posible le asignaron el departamento de Opciones Inmediatas y Seguridad Garantizada en una empresa de energía nuclear.

Si el lector está preocupado algo, aunque sea muy poco, por las cuestiones energéticas, podrá deducir que los altos ejecutivos de las empresas habían acertado bastante bien al nombrar a cada uno de nuestros protagonistas guardando atención a sus cualidades sicológicas más aparentes, lo que permitía atisbar el éxito de sus respectivas gestiones futuras.

Sin duda, los test de respuesta a situaciones simuladas que debería encontrarse posteriormente en la vida real (seguir una secuencia numérica, adivinar hacia qué lado se orienta la próxima figura en una serie de polígonos, deducir quién es el más simpático de una relación de delincuentes, etc.) había permitido detectar lo más relevante de sus personalidades.

Como se conocían tan bien, sin embargo, y eran tan brillantes, dedicaron mucho tiempo a analizar el trabajo del otro, poniendo serias objeciones. Cuando se reunían en la Comisión Mixta para tomar decisiones respecto al futuro, Optimo no solo defendía lo buena que era la energía eólica, la necesidad de aumentar las subvenciones hasta que fuera rentable y la vinculación social de su empresa con los animales vertebrados, sino que expresaba, sin venir a cuento, que la energía nuclear era peligrosa, productora de residuos altamente contaminantes y, a pesar de lo que se creía por el vulgar de los mortales, obsoleta.

Por su parte, el ingeniero Posible, metiéndose a su vez en el terreno de su amigo el ingeniero Optimo, dedicaba algo de tiempo a expresar que las centrales nucleares eran inversión de utilización probada, inmediata y segura, incluso por los importantes estudios que se estaban realizando en centros de investigación confidenciales sobre el control de los residuos de alta radioactividad. La mayor parte de su intervención, cuando tenía público, la concentraba en opinar que la energía eólica era una tecnología trivial («de chicha y nabo», era su expresión concreta, junto a «conocida desde los tiempos de Carracuca»), cara a rabiar y de producción caprichosa e impredecible como la propia naturaleza, por lo que no es que necesitase una energía de apoyo, sino que si alguna fuente energética debería ser marginal, era la de los molinillos de acción ventosa.

El Presidente de la Comisión Mixta, que era licenciado en derecho y economía con matrícula de honor en todas las asignaturas, pero no entendía mucho de tecnologías (aunque algo había aprendido en los seis meses que le habían encargado tan importante posición), se desesperaba con las interminables discusiones. No conseguía que se pusieran de acuerdo y tampoco se encontraba con conocimientos para tomar una decisión, habida cuenta, además, de que los intereses que había detrás de cada una de las empresas que representaban Optimo y Posible eran de lo más complejo, que es lo mismo que decir, delicado.

Los dos parecían tener razón, porque los argumentos que ponían sobre la mesa (mucho más elaborados que lo que reflejamos aquí, pues esto es solo un relato resumido, como una especie de Resumen Ejecutivo de esos que nadie lee, porque son obvios), estaban bien construidos y eran convincentes como puñetazos de campeón de los pesos welter al de los pluma, o pellizcos de monja teresiana a la niña de ojos verdes, por poner solo dos metáforas que no vendrán a cuento, pero encajan de maravilla, literariamente hablando.

Así que, como ambos defendían bien sus parcelas, razones y elucubraciones, y nadie estaba dispuesto a quitárselas ni a ponérselas por capirote o saltárselas por encima o por debajo de los ijares, el País de los Propósitos Bien Intencionados, desarrolló una estructura energética duplicada. Redundante, como es su nombre técnico más preciso. Excesiva o desproporcionada, como se indicaría si fuera el caso de hablar para andar por casa.

Llevados de la mano de Optimo, llenaron el país de aerogeneradores, allí donde había la menor brizna de viento, artefactos de dudoso valor estético que ventilaban con sus aspas los campos y las dehesas (cuando hacía viento), pero pocas veces podía aprovecharse tanta energía como proporcionaba la madre de todos los vientos, pues no se necesitaba.

Por supuesto, conducidos por Posible hacia las bondades de la energía nuclear, mantuvieron en actividad las centrales existentes, perfeccionaron las técnicas de tratamiento y, en su caso, ocultación en las profundidades abisales, de los residuos más contaminantes, y, por supuesto, aunque no se consiguió vencer el parón nuclear decretado in illo tempore, exportaron la tecnología (utilizando simuladores avanzados) a países mucho menos desarrollados, lo que creó algunos puestos de trabajo temporal de alta especialización en el extranjero. Sin embargo, como la producción de energía era excesiva para las necesidades del país, que se encontraba (debíamos haberlo dicho al principio, pero va ahora) en una isla y estaba sumido en una depresión sicológica, la mayor parte del tiempo las instalaciones estaban paradas o casi, aunque por motivos de garantía de seguridad, las inversiones de mantenimiento alcanzaban cifras muy elevadas.

Pasaron unos años, y Optimo y Posible se hicieron algo mayores, por lo que, llegada la edad de cincuenta y cinco años (o así), ambos pasaron a la situación de pensionistas, siendo sustituidos por gente más joven que tenía mucho que aprender. Habían conocido a varios Presidentes de las Comisiones Mixtas y podían estar contentos de haber defendido, cada uno, su parcela, y conseguido creación de valor para los accionistas de sus respectivas empresas.

Coincidían frecuentemente en el Centro de Mayores, donde aprendían a bailar chotis y a freir un huevo, leían los periódicos del día y hacían sudokus y mandalas cada vez más complicados.

Era una tarde de otoño y todo invitaba a la filosofía.

-Debemos estar satisfechos de haber cumplido con nuestro deber -dijo, de repente, Optimo, que parecía haber estado meditando sobre la influencia de la sustitución del cangrejo de río autóctono por el americano en el gusto de la paella valenciana.

-¿Qué deber teníamos, Optimo? -preguntó Posible a su íntimo amigo, levantando los ojos de la máquina tragaperras en la que había conseguido cien mil puntos y dos corazones. Preparaba automáticamente su contraataque, guiado por la costumbre.

-¿Y tú me lo preguntas, Posible? -Optimo se había quedado por un momento con la mente en blanco, porque empezaba a afectarle el Alzheimer, y tardó en encontrar una respuesta-. Defender, con toda nuestra ilusión y conocimientos, que sabíamos hacia dónde íbamos.

-Pues aquí estamos -dijo en voz casi inaudible el otro, ocupado en obtener el tercer corazón, que suponía un premio de diez euros-. Así que nos equivocamos.

La lluvia, que repicaba en los cristales, recordaba algo al poema de Antonio Machado, ese de la monotonía. Y aunque era otoño, parecía una tarde parda y fría de invierno.

(Nota.- Este Cuento no refleja necesariamente mi opinión personal al respecto, limitándose a ofrecer un motivo de distracción; si el lector encuentra en el mismo motivos para la reflexión, debe considerarse el único culpable de tener tan buen criterio).

(FIN)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: aerogeneradores, angel arias, Comisión mixa, cuentos de otoño, energía, mandala, nuclear, opciones, Optimo, Posible, residuos, seguridad, sudoku

Cuento de verano: El céfiro y el huerto ecológico

29 agosto, 2013 By amarias2013 2 comentarios

Cuentan las crónicas de un reino llamado Polutonia, que la casualidad fue de visita un buen día a casa de un pobre hombre, que se ganaba el sustento para él y los suyos, sacándole partido a un par de hectáreas de monte que, a base de sudor y otros desvelos, mantenía como feraz pradera con cuyas hierbas jugosas se bastaba para alimentar a cuatro o cinco vacas autóctonas, de la variedad llamada de los valles.

Completaba el buen tipo su modesta hacienda con un huerto que tenía a la vera de casa, protegido por un murete de intrusos, en el que cultivaba variedades de hortalizas. No faltaban en su establo algunas gallinas, varios conejos de engorde, y hasta dos puercos de la raza que llaman ibérica que, todos los años, allá por san Martín, sacrificaba con ayuda de un vecino para convertirlos en chorizos, jamones y otras apetitosas excelencias.

La casualidad, que tomó la forma de un erudito tecnológico, abordó ese día de tal año al paisano y, con palabras convincentes y otros adornos gestuales, lo engatusó sobre la pertinencia de una forma mucho más liviana de sacar adelante la familia, que le supondría, incluso -según dijo-, una jugosa renta permanente para cuando las canas, que ya le empezaban a platear las sienes, le pintaran totalmente de nieve los pelos de la cabeza.

-Haz, ignorante, lo mismo que a otros ha hecho felices. Permite que en la cima de ese monte que heredaste de tus abuelos se instalen airosos molinillos que producirán la energía más limpia que se pueda soñar, y que hará que Polutonia, en lugar de ofrecer solo el atractivo de un paisaje natural, cosa vulgar y de escaso mérito, despierte la admiración de todas las ajenas mentes por su purísimo ambiente, conseguido merced a sus conocimientos en la más alta tecnología.

-¿Qué se echa de menos en la pureza del aire y en la belleza de mi paisaje? -inquirió el aldeano-. ¿No son un gozo para la vista y no vienen a estas tierras a recuperar sus pulmones cientos de viajeros de allende las fronteras, allí donde Polutonia pierde su nombre, porque hablan otras lenguas que no hay dios que entienda?

-No se trata de eso, oh, buen amigo. -replicó el otro- Has de saber que el progreso, que se ha instalado como fuerza dominante en todo el orbe, ha trastocado las leyes de la naturaleza, y existe el riesgo cierto de un calentamiento global, que no solo derretirá el hielo de los polos, sino que aumentará la venta de aparatos de aire acondicionado. Y es menester que Polutonia contribuya, aunque lo haga modestamente, a aplacar las iras cósmicas, renunciando a toda forma de producción de energía que no venga del viento, del sol o del calor propio de la Tierra.

-¿Y qué les pasará a mis vacas? – ¿No se asustarán con el fragor que, según tengo oído, producen esos artefactos, y dejarán de producir la leche con la que nos alimentamos? -preguntaba el hombre, por razón natural, desconfiado, aunque sin argumentos que poder contraponer a la pericia del sabio envioletado.

-Qué va -le contestó el especialista-. Al contrario. Animadas por lo que creerán música celestial, aumentarán el volumen de leche que manará de sus ubres.

Fue así como, en pocos meses, en la picorota del monte se encontraron situadas unas decenas de aerogeneradores que, contrariando la buena disposición anunciada, no aumentaron la producción de leche del ganado, sino que, aunque no era producto de mercado, sí causaron el incremento de la mala leche del confiado campesino.

Pensaba ya el hombre, angustiado porque sus hijos enflaquecían, en vender las vacas, cuando apareció una banda de céfiros que se instalaron en el monte, provocando la parada de los molinillos, ya que no tenían fuerza para mover las aspas. Pasaron así los meses, y, faltos de mantenimiento porque la inversión no resultaba productiva para la compañía que los había instalado, acabaron oxidándose los mecanismos y rompiéndose por varias partes la estructura. Las vacas volvieron a dar leche como antaño, y el hombre retornó a su vida tranquila, sintiendo, con el paso del tiempo, que aquellos mastodontes sobre la cresta de su monte formaban parte definitiva del paisaje.

Ya tenía casi olvidada la historia que a punto había estado de causarle un disgusto serio, cuando la casualidad, tomando esta vez otro aspecto diferente, abordó al paisano y se interesó por saber si tenía algunos ahorros.

-Desde luego, algunos tengo -contestó, sincero, el aldeano-. Los guardo par mi vejez, cuando ya no pueda llevar las vacas a pacer ni tenga fuerzas para cuidar del huerto y de los animales que forman mi modesta hacienda, lo que me será imprescindible, dado que no tengo derecho a pensión de jubilación, puesto que, ocupado en mirar solo hacia abajo, no tengo cotizados a la seguridad social los años que resultarían pertinentes.

-Qué despilfarro de tu propia energía, probo ciudadano -le indicó el experto-. Has de saber que, en la propia Polutonia, hay zonas en donde el sol luce tan fuerte que los campos no producen más que trigo candeal y girasoles para pipas. Pero se han hecho estudios notabilísimos por expertos extranjeros por los que ha quedado demostrado sin ningún género de dudas que la mejor manera de poner en rentabilidad a esos terrenos estériles es convirtiéndolos en huertos ecológicos, instalando en ellos cientos de miles de placas orientables que recogerán el calor del sol y producirán una energía inmensa y, por supuesto, de lo más barata, como puede colegir cualquiera.

-¿Y qué se me va a mí en ello? -acertó a preguntar el vuelto aún más desconfiado, por escocido, lugareño- Yo soy agricultor de huerto vegetal, y no se una papa de huertos solares.

-Nada tiene que ver lo uno con lo otro, pues de cultivar no se trata, sino de rentas de capital. Lo que te propongo es una inversión segura de esos ahorros que guardas para tu vejez, ya inminente. Dámelos sin demora, para que suscriba con ellos acciones, o mejor aún, obligaciones, de una sociedad termosolar, tan avanzada tecnológicamente que hasta tiene clientes en las Américas, y que te garantizará, con sus réditos e intereses, la mejor jubilación que jamás soñaron políticos, mineros o funcionarios.

Fue así como el infeliz campesino entregó al sabio del garete que la casualidad malpuso en su camino, sus ahorros de toda la vida, confiando en que, llegada la pronta hora, tendría el fluyente caudal monetario que le habían prometido con tan convincentes palabras.

Pasaron algunos años y, puesto que, según sabía por noticias de habitantes de la zona más cálida de Polutonia, el tiempo en todos esos años había sido seco, tórrido, y muy soleado, como era lo normal por aquellos allendes, reclamó los intereses que creía acumulados y pidió se vendieran las obligaciones que había suscrito.

Entonces se enteró que no por causa de bandas de céfiros ni por nubes ni por cualesquiera zarandajas naturales, pero su inversión no valía en ese momento ni una lezna, puesto que, por una parte, lo que creía tener en acciones lo poseía en obligaciones, que era como papel mojado y, para más inri, en uso de su potestad discriminatoria, el Gobierno de Polutonia había cambiado las reglas de juego por las que las compañías eléctricas debían pagar a un cierto precio las energías pulquérrimas, eliminando las subvenciones con las que se había comprometido, al descubrir, de pronto, que las arcas del Estado se habían vaciado por culpa de la voracidad de las ratas del Reino, los montaraces buitres y la negligencia y complacencia de otros animales de bellota.

Sentado a la vera de su casita, contemplando el monte heredado con los esqueletos de los molinillos, el huerto miles de veces roturado, las gallinas ponedoras, las dos vacas de ubres generosas que aún le quedaban, y estando en silencio con su esposa a la que aquejaba la artrosis, puso el pensamiento en los hijos que andarían por alguna gran ciudad de Polutonia por quién sabe qué menesteres, y, desenchufando de un tirón el aparato de televisión que le estaba ilustrando sobre la mejora de la prima de riesgo, lo arrojó por la pendiente abajo, con el consiguiente estrépito.

Fue la última vez que se permitió un exabrupto.

(FIN)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: aerogeneradores, ajuste, campesino, céfiro, huerto ecológico. cuento de verano, huertos, pensión, Polutonia, reglamentación, ruina

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