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Carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

3 junio, 2016 By amarias 1 comentario

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Alcaldesa:

Hace unos días, en uno de los cajetines utilizados eventualmente para comunicar informaciones sobre el servicio de transportes en los autobuses urbanos, me encontré con un «Bando de Limpieza de la Alcaldesa de Madrid», suscrito por Vd.

No tenía fecha, aunque supongo que debió ser emitido hace poco. Como el escrito era largo y los viajeros que se amontonaban en la plataforma me impedían leerlo con la debida atención, aproveché un hueco visual y lo fotografié con mi teléfono inteligente. Así pude enterarme, en la calma doméstica, no ya de su contenido, sino que ahora trato de inferir de su concentrada lectura, tomándolo como muestra de razones más profundas, cuál sería la situación por la que Vd. se encontraba en la necesidad de enviar un mensaje a los madrileños.

¿Ilusionada, inspirada, tal vez, aburrida? Si alguno de esos calificativos encajan parcialmente al tono del escrito, el que más se adecúa es otro: desorientada. Mal asesorada.

Desde luego, el reto que lanza en su escrito es tan ingenuo como imposible: «que nos convirtamos en los ciudadanos más limpios del planeta». Ni siquiera veo el interés que pueda tener, objetivamente, que la ciudadanía madrileña huela a limpio por las mañanas. ¿Hay detrás un intento de promocionar alguna marca de jabón de tocador o desodorante? Por supuesto, las pituitarias sensibles sufren al ser dominadas por el olor a sudor, fritangas, humos de tubos de escape y calefacción, cuando no restos vegetales en putrefacción, pero la cuestión del aire de Madrid no parece, de momento, con entidad para mover su creatividad literaria.

Lo que Vd. pretende con ese Bando, en el que recuerda al que Tierno Galván, «primer alcalde de nuestra democracia» promulgó con idénticas inquietudes a las que Vd., varias décadas después, vuelve a poner de manifiesto, es que Madrid -los madrileños y los visitantes- corrijan, de una vez por todas, su perniciosa manía de ensuciar. El carismático profesor no lo consiguió y le puedo adelantar que Vd. tampoco lo va a conseguir solo con sus recomendaciones.

Coincido con Vd. que la base de lo que «nos ha pasado»es que menospreciamos lo público, esto es, lo que es de todos. No es, por supuesto, lacra que haya que hacer descansar sobre los madrileños. El desprecio hacia los bienes y valores generales de la colectividad ha pasado a formar parte de nuestra idiosincrasia. Especialmente, con la democracia, que hemos entendido mal y corremos el riesgo de entenderla aún peor.

Me preocupan, como a Vd. y a sus asesores, la actitud de los que tiran colillas en las calles y alcorques, de quienes no recogen cacas de sus perros y de todos aquellos que ensucian a sabiendas el espacio público. No ignoro que se nos han colado en el argumentario colectivo dos perniciosas exculpaciones:  «ya pagamos para que lo  limpien» y  «total, para lo que sirve que yo cumpla, sino nadie lo hace». Ambas direcciones de falsa dialéctica, muy peligrosas.

Debo llamarle la atención, ante todo, de algo que no es trivial o, al menos, no tan conocido. La limpieza de las calles es, de todas las actividades relacionadas con la recogida de basura, la más intensiva en creación de mano de obra.

¿Qué se necesita para barrer? Una persona pertrechada contra las inclemencias, con bolsas, una escoba, un recogedor y un carrito, moviéndose a pie por las aceras y por sus bordes; en algún caso, manejando un aspirador de hojas, papeles o cualesquiera residuos ligeros.

Fíjese algo más y advertirá, para su consternación, como fue la mía, que buena parte de esas personas que recorren las calles son bastante mayores, próximas a la edad de jubilación o que parecen ya haberla superado. También encontrará mujeres con aspecto de acabar de salir de sus labores domésticas, manejando con brío los trastos de limpiar.

¿Por qué? Sin duda, porque de esa manera las empresas concesionarias reducen sus gastos generales (menores pagos a la Seguridad Social) apremiadas por la necesidad de competir a la baja para llevarse alguna parte del contrato.

No me parece un despilfarro, dado el alto índice de paro que tiene la ciudad, generar un par de cientos de puestos de trabajo -baratos- para recoger la basura que otros ciudadanos más pudientes y harto despreocupados tiran en las calles.

Tampoco creo que se pueda/deba reducir más el coste de la recogida en camiones compactadores, con personal a la carrera desesperada por las aceras, manejando los contenedores a golpes, con el fin de cumplir con los exigentes destajos.

Habrá que enfocar la cuestión en otras direcciones, ¿no?

Porque, lo que si me parece intolerable es que se utilicen los contenedores que, teóricamente, están destinados a recogida selectiva, para que se entreguen a ellos, sin respeto, todo tipo de basuras, y que se dejen a su lado, abandonados como si la intención fuera construir tótem urbanos de la inmundicia, aparatos electrodomésticos estropeados, colchones y muebles viejos, aceites de automóvil usados, etc.

Me parece inaceptable que, en lugares elegidos a comodidad del ciudadano más irresponsable, se amontonen bolsas de basura en la calle, y que allí sigan por semanas.

Me parece insoportable -para mi sensibilidad profesional- asistir, cada día, y varias veces, al espectáculo de ver cómo una legión de pepenadores -al estilo de las ciudades paupérrimas- se dedican a abrir las bolsas de basura depositada en los contenedores, y a recoger, en camionetas desvencijadas, algunas sin matrícula, en cajas abiertas, cartones, restos metálicos o mobiliario (no tengo que hacer esfuerzo para imaginar que con destino a una eventual reventa, en una cadena de miserias de largo alcance subterráneo), poniendo boca abajo, revolviendo a la trágala, dejándolo todo luego abandonado de cualquier manera, contenidos aún de menos valor que el sustraído, cajas y bolsas rotas y culminando así el espectáculo de la dejación, el descontrol y el desorden.

No, Sra. Alcaldesa, esto no se corregirá con palabras. Hay que poner barreras: más formación, más concienciación, más inspección y más multas. Actuando de forma implacable con los que incumplan. También con aquellos encargados de la vigilancia que hagan dejación de su función de control.

Si no le molesta, le voy a escribir varias cartas abiertas. Le escribí ya varias cerradas, dirigidas a Vd., solicitándole entrevistas personales, que no me contestó. No se diferencia en eso Vd. de otros alcaldes y alcaldesas que hubo en Madrid, y los disculpo: puedo comprender que estén muy ocupados: una ciudad es un entramado complejo, vital, arisco…aunque también seductor como ninguno.

Como estoy seguro de que está imbuida de la mejor intención, le voy a dar un consejo de persona a persona, ambos peinando canas de experiencia: no se entretenga con los problemas pequeños. El de la basura es un tema muy visible, pero menor.

Tenemos otros mucho más importantes y, aunque no le corresponda a Vd. resolverlos -¡por favor, Vd. no es la heroína de los cuentos de hadas!- sí le vendría bien conocerlos.

Un saludo

Angel, un ciudadano de Madrid.

Publicado en: Actualidad, Administraciones públicas, Ambiente Etiquetado como: alcaldesa, Bando, basura, contenedores, educación, limpieza, Madrid, multas, residuos, vigilancia

Garbage, go home

14 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Cada vez que paso por delante del edificio llamado de Telefónica, en la Plaza de Cibeles, en donde imagino que, entre inmersión e inmersión por los barrios periféricos de Madrid, tendrá su despacho para meditar con el resto de su think tank la alcaldesa Manuela Carmena, no puedo evitar mirar hacia un inmenso trapo blanco (algo ennegrecido por la intemperie y la contaminación) en el que se lee, en un idioma extraño para los españoles y para sus presuntos destinatarios: «Refugees, welcome».

Es el mismo mensaje que también veo, en una banderola similar, cuando me acerco a la sede de la Concejalía de mi distrito, en Ciudad Lineal.

Supongo que habrá varios distribuidos por la ciudad, por todas las ciudades de España y de la Unión Europea. Y me pregunto, a medida que pasa el tiempo, a quién va en realidad dedicada la frase, para quién está preparado esa alocución de bienvenida.

Desde luego, no para los más de un millón de desplazados por el conflicto sirio -de los cinco millones que han tenido que huir de sus hogares- que se agolpan, por lo que me cuentan periodistas desplazados al situ (utilizo adrede un término del gusto de los juristas que desearíamos que nuestros clientes creyeran que no hemos olvidado casi todo el latín), en campamentos miserables instalados en las fronteras de la Unión Europea con Turquía. Han llegado hasta aquí porque añoran ser admitidos en Grecia, y no para quedarse, para proseguir en su largo camino buscando acomodo en la tierra de sus ensueños, llamada Alemania, con ríos de leche y miel, y en la que reina una señora que tiene la mayor colección de chaquetas horteras del mundo, llamada Angela Merkel («te llamas, Angela, como yo, y me llamaría Clavel de ser tú Rosa» escribió un jovencísimo poeta que quería ser ingeniero algún día y que propendía a enamorarse).

Cuando me pregunto cuáles son las preocupaciones verdaderas de los dirigentes de los veintiocho países europeos que heredaron el proyecto de una casa común europea, si me detengo a pensar -hasta que amenaza con estallarme la cabeza- qué sucede con la idea del mundo globalizado y la responsabilidad asumida en no se qué documentos por no sé cuántos mandamenos, de reducir, hasta hacerla desaparecer, la miseria en todos los países de la Tierra, pienso mucho en la basura.

Los que nos dedicábamos a preparar ofertas a las comunidades sobre la recogida de sus residuos urbanos (aquellos que se producen en la vida doméstica), empleábamos algunas reglas del pulgar para hacer cálculos rápidos: 2 kg de producción de basura por persona y día, en ciudades de países desarrollados, 1 kg (o menos) en ciudades pobres del planeta. Un habitante de una ciudad con alto nivel de vida, por tanto, dejará en su contenedor, cuidadosamente embolsada, casi una tonelada al año de…mierda.

No nos quedemos ahí. Habrá que añadir otras basuras, más residuos, que puede que en alguna cantidad se reciclen, se vuelvan al mercado de nuestra economía circular hipotética, convertidos en firmes de carreteras, juguetes para niños pobres, memorias de sostenibilidad, etc. Una parte importante será destinada a países en infradesarrollo, a los vertederos de Accra (Ghana), por ejemplo; 25 kg/habitante año de basura electrónica occidental dan para sostener a miles de parias cuya mejora existencial depende de encontrar valor en el reciclado de lo ajeno.

Como el tiempo pasa y no veo a refugiados en nuestro entorno (los mismos pobres habituales, talonando las calles principales de nuestras ciudades, apostados a la salida/entrada de los supermercados, cines y cafeterías) propongo que se retiren de inmediato esos trapos con mensajes que carecen de sentido, y se conviertan en vendas para nuestros ojos.

Porque cambiar la frasecita de marras que se convirtió en una ocurrencia despreciable por el transcurrir de las realidades, por la de «Garbage, go home», que reflejaría mejor nuestro poso de sentimiento colectivo, se me antoja demasiado fuerte para nuestros cerebros adormecidos, preocupados por cosas mucho más intrascendentes que evitar que se mueran unos coetáneos porque no tienen a dónde ir, ni saben a dónde desearían ir para que les acojan, porque se sienten guiados por burdos espejismos que les fuerzan a desear destinos imposibles. (1)

———

(1) También desearía que la expresión «Garbage, go home» (Basura, vuelve a tu hogar) sirva de reflexión para nuestros frenéticos impulsos de productores de basura, con especial mención -pero no solo- a la basura electrónica en que convertimos, cada año, los millones de aparatos que el consumismo nos lleva a sustituir cuando muchos aún tienen vida útil por delante.

Porque toda la basura, la verdadera basura -doméstica, de demoliciones, radioactiva, química, electrónica, etc.- , habría de volver a nuestro lado, para que todos los que presumimos de saber de qué van las cosas nos enteráramos, de una vez por todas, qué pasa con ella.

Publicado en: Actualidad, Europa, Sociedad Etiquetado como: Accra, basura, Ghana, go home, reciclado electrónico, refugees, refugiados, residuos, welcome

Cuento de otoño: Optimo y Posible

19 noviembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

Esta es la historia de dos amigos, que se llamaron Optimo y Posible. Estaban siempre juntos, lo que no se debe interpretar como que estuvieran siempre de acuerdo. Optimo era, como su propio nombre indica, exigente, perfeccionista, severo y un tanto plasta. Posible era pragmático, intuitivo, hedonista y bastante descuidado.

En realidad, para qué vamos a ocultar la verdad: Optimo y Posible solo estaban de acuerdo en sentarse a analizar las opciones de hacer cualquier cosa. Llegado el momento de ponerlas en práctica, cada uno seguía su camino. Lo habían hecho siempre así, desde niños: había que ver a Posible jugando con un taco de madera, y convenciéndose de que tenía un coche entre las manos y a Optimo, afanado en sacar lascas con una navajita de las que regalaban para la Primera Comunión a varios pedazos de roble, en la pretensión de fabricar un Alfa Romeo como los de la tienda de Maese Trillo, propósito que, como se puede suponer, no conseguía culminar.

Cuando se hicieron mayores, ambos, que habían terminado brillantemente la carrera de ingeniería (opción superior), se emplearon en sendas empresas energéticas y, como eran brillantes como centellas, no tardaron en llegar a jefes de departamento. A Optimo se le encomendó la dirección del departamento de Máxima Rentabilidad y Responsabilidad Social Corporativa, en una empresa de energía eólica.

A Posible le asignaron el departamento de Opciones Inmediatas y Seguridad Garantizada en una empresa de energía nuclear.

Si el lector está preocupado algo, aunque sea muy poco, por las cuestiones energéticas, podrá deducir que los altos ejecutivos de las empresas habían acertado bastante bien al nombrar a cada uno de nuestros protagonistas guardando atención a sus cualidades sicológicas más aparentes, lo que permitía atisbar el éxito de sus respectivas gestiones futuras.

Sin duda, los test de respuesta a situaciones simuladas que debería encontrarse posteriormente en la vida real (seguir una secuencia numérica, adivinar hacia qué lado se orienta la próxima figura en una serie de polígonos, deducir quién es el más simpático de una relación de delincuentes, etc.) había permitido detectar lo más relevante de sus personalidades.

Como se conocían tan bien, sin embargo, y eran tan brillantes, dedicaron mucho tiempo a analizar el trabajo del otro, poniendo serias objeciones. Cuando se reunían en la Comisión Mixta para tomar decisiones respecto al futuro, Optimo no solo defendía lo buena que era la energía eólica, la necesidad de aumentar las subvenciones hasta que fuera rentable y la vinculación social de su empresa con los animales vertebrados, sino que expresaba, sin venir a cuento, que la energía nuclear era peligrosa, productora de residuos altamente contaminantes y, a pesar de lo que se creía por el vulgar de los mortales, obsoleta.

Por su parte, el ingeniero Posible, metiéndose a su vez en el terreno de su amigo el ingeniero Optimo, dedicaba algo de tiempo a expresar que las centrales nucleares eran inversión de utilización probada, inmediata y segura, incluso por los importantes estudios que se estaban realizando en centros de investigación confidenciales sobre el control de los residuos de alta radioactividad. La mayor parte de su intervención, cuando tenía público, la concentraba en opinar que la energía eólica era una tecnología trivial («de chicha y nabo», era su expresión concreta, junto a «conocida desde los tiempos de Carracuca»), cara a rabiar y de producción caprichosa e impredecible como la propia naturaleza, por lo que no es que necesitase una energía de apoyo, sino que si alguna fuente energética debería ser marginal, era la de los molinillos de acción ventosa.

El Presidente de la Comisión Mixta, que era licenciado en derecho y economía con matrícula de honor en todas las asignaturas, pero no entendía mucho de tecnologías (aunque algo había aprendido en los seis meses que le habían encargado tan importante posición), se desesperaba con las interminables discusiones. No conseguía que se pusieran de acuerdo y tampoco se encontraba con conocimientos para tomar una decisión, habida cuenta, además, de que los intereses que había detrás de cada una de las empresas que representaban Optimo y Posible eran de lo más complejo, que es lo mismo que decir, delicado.

Los dos parecían tener razón, porque los argumentos que ponían sobre la mesa (mucho más elaborados que lo que reflejamos aquí, pues esto es solo un relato resumido, como una especie de Resumen Ejecutivo de esos que nadie lee, porque son obvios), estaban bien construidos y eran convincentes como puñetazos de campeón de los pesos welter al de los pluma, o pellizcos de monja teresiana a la niña de ojos verdes, por poner solo dos metáforas que no vendrán a cuento, pero encajan de maravilla, literariamente hablando.

Así que, como ambos defendían bien sus parcelas, razones y elucubraciones, y nadie estaba dispuesto a quitárselas ni a ponérselas por capirote o saltárselas por encima o por debajo de los ijares, el País de los Propósitos Bien Intencionados, desarrolló una estructura energética duplicada. Redundante, como es su nombre técnico más preciso. Excesiva o desproporcionada, como se indicaría si fuera el caso de hablar para andar por casa.

Llevados de la mano de Optimo, llenaron el país de aerogeneradores, allí donde había la menor brizna de viento, artefactos de dudoso valor estético que ventilaban con sus aspas los campos y las dehesas (cuando hacía viento), pero pocas veces podía aprovecharse tanta energía como proporcionaba la madre de todos los vientos, pues no se necesitaba.

Por supuesto, conducidos por Posible hacia las bondades de la energía nuclear, mantuvieron en actividad las centrales existentes, perfeccionaron las técnicas de tratamiento y, en su caso, ocultación en las profundidades abisales, de los residuos más contaminantes, y, por supuesto, aunque no se consiguió vencer el parón nuclear decretado in illo tempore, exportaron la tecnología (utilizando simuladores avanzados) a países mucho menos desarrollados, lo que creó algunos puestos de trabajo temporal de alta especialización en el extranjero. Sin embargo, como la producción de energía era excesiva para las necesidades del país, que se encontraba (debíamos haberlo dicho al principio, pero va ahora) en una isla y estaba sumido en una depresión sicológica, la mayor parte del tiempo las instalaciones estaban paradas o casi, aunque por motivos de garantía de seguridad, las inversiones de mantenimiento alcanzaban cifras muy elevadas.

Pasaron unos años, y Optimo y Posible se hicieron algo mayores, por lo que, llegada la edad de cincuenta y cinco años (o así), ambos pasaron a la situación de pensionistas, siendo sustituidos por gente más joven que tenía mucho que aprender. Habían conocido a varios Presidentes de las Comisiones Mixtas y podían estar contentos de haber defendido, cada uno, su parcela, y conseguido creación de valor para los accionistas de sus respectivas empresas.

Coincidían frecuentemente en el Centro de Mayores, donde aprendían a bailar chotis y a freir un huevo, leían los periódicos del día y hacían sudokus y mandalas cada vez más complicados.

Era una tarde de otoño y todo invitaba a la filosofía.

-Debemos estar satisfechos de haber cumplido con nuestro deber -dijo, de repente, Optimo, que parecía haber estado meditando sobre la influencia de la sustitución del cangrejo de río autóctono por el americano en el gusto de la paella valenciana.

-¿Qué deber teníamos, Optimo? -preguntó Posible a su íntimo amigo, levantando los ojos de la máquina tragaperras en la que había conseguido cien mil puntos y dos corazones. Preparaba automáticamente su contraataque, guiado por la costumbre.

-¿Y tú me lo preguntas, Posible? -Optimo se había quedado por un momento con la mente en blanco, porque empezaba a afectarle el Alzheimer, y tardó en encontrar una respuesta-. Defender, con toda nuestra ilusión y conocimientos, que sabíamos hacia dónde íbamos.

-Pues aquí estamos -dijo en voz casi inaudible el otro, ocupado en obtener el tercer corazón, que suponía un premio de diez euros-. Así que nos equivocamos.

La lluvia, que repicaba en los cristales, recordaba algo al poema de Antonio Machado, ese de la monotonía. Y aunque era otoño, parecía una tarde parda y fría de invierno.

(Nota.- Este Cuento no refleja necesariamente mi opinión personal al respecto, limitándose a ofrecer un motivo de distracción; si el lector encuentra en el mismo motivos para la reflexión, debe considerarse el único culpable de tener tan buen criterio).

(FIN)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: aerogeneradores, angel arias, Comisión mixa, cuentos de otoño, energía, mandala, nuclear, opciones, Optimo, Posible, residuos, seguridad, sudoku

Problema de árbitros, castas y residuos

7 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Son tantos los problemas pendientes de solución en España que el que Madrid lleve tres días sin que se recoja la basura tiene que ser visto, si alguien se pudiera jactar de tener el Estado en la cabeza, como un tema menor.

No he conseguido aclararme muy bien sobre lo que se discute en este concreto caso. He oído y leído demasiadas contradicciones, producto, sin duda, de intereses de parte. Por ejemplo, que las empresas concesionarias pretenden implantar un ERE por el que se reducirá el salario de los recolectores a 650 euros/mes y también que hay actualmente conductores de los vehículos de recogida de esas mismas empresas que ganan más de 3.500 euros por su mesnada.

He visto con mis propios ojos a varios tipos que volcaban contenedores, o esparcían basura por las aceras. En la televisión, se ofrecieron imágenes de recipientes y coches incendiados y no faltaron afirmaciones que acusaban de intolerancia, mala gestión y otros patatines y patatanes.

Lo de los residuos de Madrid no es tanto un problema de castas (ya ni siquiera en la India los recolectores de la mierda de otros son considerados gentes de inferior categoría, y no digamos en estos predios, donde la gente se puede llegar a matar por un puesto fijo en una empresa de servicios públicos y qué decir si se trata de ser concesionario de la llamada eufemísticamente recogida separativa de residuos y enseres, que a algunos ha hecho muy ricos).

Es un tema de árbitros.

Alguien podría pensar que es también un problema de equipos, o de jugadores o de reglas de juego, pero me obstino en afirmar que los sujetos clave son los árbitros.

En los residuos, como en tantos temas, faltan en España autoridad, transparencia y… árbitros. Desde luego, que haya una huelga de un servicio de primera necesidad y que, sindicados o por libre, unos individuos se dediquen a ensuciar más las calles, vertiendo basura por su cuenta, es una anomalía del sistema, es un desprecio a los demás, una piltrafa social.

Como lo es también que haya empresas que se enriquezcan desmesuradamente con la ejecución de esta actividad básica, para la que, dicho sea de paso, tampoco hace falta ser un virtuoso: barrer, recoger, retirar donde no se vea, lo que muchos no quieren; tal vez, seleccionar lo que aún es válido; puede que quemarlo si sabemos cómo sin que los humos nos delaten.

Falta credibilidad, solvencia y… arbitraje.

Ya hemos renunciado a que alguien, o incluso un equipo, pueda tener los problemas más acuciantes del país en la cabeza. Son demasiados y los complicamos a diario: pérdida de credibilidad de las instituciones (corrupción, latrocinios, engaños, etc.), decadencia hacia el caos en los sectores sanitario y educativo (por hablar de dos de los básicos), paro incontrolable por pérdida múltiple de rentabilidad en los más variados campos, intenciones separatistas que se pueden referir (seguramente) a egoísmos inconfesables, inseguridad jurídica en no pocos asuntos (largos plazos justicieros, dependencia del factor humano en las resoluciones judiciales, politización del Derecho, obsesión legiferante, etc.),…

En este panorama, no me preocupa que el PSOE, en IU, en UPyD o en el PP haya primarias. Son temas de partido, o sea, de equipos. A muchos ciudadanos de nuestro país, que somos los que nos la estamos jugando, lo que nos importa es que haya, no primarias ni primarios, sino buenos secundarios y terciarios. En masculino o en femenino.

Que esos secundarios, hoy ocultos, tomen de una vez el poder y nos convenzan de que son capaces de hacer un buen arbitraje, con solvencia y por encima de las castas. De las castas y de los que no son castos, en el sentido de los que son corruptos, vagos, ineficaces.

Porque necesitamos barrer los residuos de las demasiadas incongruencias que nos están impidiendo solucionar lo principal, que es mantener limpio el escenario, para que podamos trabajar, y se dejen ya de volcar los contenedores con la mierda.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: árbitros, basura, castas, honestidad, juego, Madrid, partidos políticos, residuos, solvencia, trabajo

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