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Mi Diccionario desvergonzado: Recarga, Dios, litio, astro, cabra, cabestro, auto, anciano,

26 agosto, 2014 By amarias Deja un comentario

Profesionalismo. Palabro que corresponde a la colonización francesa de los servicios públicos y de buena parte de la organización administrativa española, y cuyo significado aproximado es: “la imagen es superior al conocimiento”.

Pila.- 1. Curioso elemento de piedra, con un hueco central, que aún puede encontrarse en la mayor parte de las iglesias, en el que se escenificaba la ceremonia del perdón del pecado original de la humanidad, por el que el padre Adán se comió la manzana de Eva sin permiso,  de cuyo lamentable acto carnal nació Caín, que fue quien mató a Abel, el primer hombre bueno de la especie, con una quijada de asno (para más detalles, consultar libros especializados). 2. Pieza cilíndrica que se utiliza ocasionalmente por pares para accionar un juguete infantil o una antigua radio-casete, se compra indefectiblemente por decenas cuando se acude a un centro comercial y se almacena a centenares en los cajones de la casa, siendo arrojada finalmente al cubo de la basura doméstica junto al aparato al que estuvo destinada.

Recarga.- 1. Operación delicada por el que se introduce tinta en la pluma fuente heredada del abuelo o regalada en el homenaje despedida o jubilación, y que ensucia las manos, la mesa y la camisa del que la ejecuta, presagiando males mayores cuando se guarda el elemento de escribir en el bolsillo de la chaqueta. 2. Método teórico de reutilización del agua usada, que consiste en enviar el líquido a un agujero subterráneo que albergaba un acuífero que se ha sobreexplotado, y que comprobará su eficacia en aproximadamente un millón de años. 3. En el deporte de élite, truco efectivista por el que se oculta a la afición que un atleta está fuera de forma física, apelando a los abductores. 4. Cualquier procedimiento por el que se trata de volver una situación a su etapa anterior, lo que es imposible, pero no inútil.

Litio.- 1. Elemento químico que no tenía utilidad en el cuerpo humano hasta que se descubrieron sus posibilidades como placebo. 2. El ión del mismo elemento químico, componente esencial de las baterías que llevan su nombre, las cuales tienen muchas ventajas y algunos inconvenientes, cuya exacta valoración depende de los intereses imperantes en los sectores que las utilizan y de la mejora del conocimiento de los detractores.

Auto.- 1. Escrito judicial que, por regla general, no sirve para nada, salvo que no sea recurrido. 2. Vehículo de gran volumen, recuperado del desguace, que se utiliza en los desfiles conmemorativos de la emigración a América, y que, arrastrado por un tractor, sirve de escaparate a señoritas casaderas que arrojan flores y bombones a los transeúntes. 3. En las noticias periodísticas, manera de denominar a los coches cuando colisionan o atropellan.

Anciano. 1. Joven sin objetivos, por razones propias o de otros. 2. Persona de más de sesenta años atropellada en un paso cebra. 3. Envejeciente con pérdida de memoria próxima que recuerda con fidelidad exquisita las actuaciones en la que fue protagonista. Véase viejo.

Dios. 1. Con mayúsculas, ser superior, de naturaleza extraordinariamente activa y carácter ingenioso y complejo, de objetivos inexplicables y discreción inapelable, características todas que han facilitado el crecimiento del escepticismo respecto a su verdadera existencia; hasta hace pocos siglos, era habitual que las poblaciones humanas, conscientes de la complejidad y variedad de sus potenciales atributos, renunciaban a atribuírselas a una sola esencia, e imaginaban que se trataba de secreciones cósmicas especializadas, aunque inter relacionadas en el Olimpo. 2. Con minúsculas, situación en la que dice encontrarse quien ha comido demasiado o acaba de realizar una acción que le produce tanto orgullo como desinterés a los demás. 3. Invocación muy utilizada en la Historia como pretexto para invadir tierras y sojuzgar o aniquilar poblaciones, acudiendo incluso a pretendidos mandatos de la metafísica.

Astro. 1. Cada uno de los puntos luminosos con los que se tropieza la vista en una noche de verano con cielo despejado cuando se mira al más allá, y cuya contemplación promueve el sentimiento de pequeñez, lo que puede resultar reconfortador o inquietante, dependiendo desde qué perspectiva se contemplen. 2. Persona que ha obtenido aclamación popular como consecuencia del desinterés general hacia la lectura y la conversación inteligente.

Asco. 1. Sentimiento íntimo que experimentan muchas personas al descubrir un ofidio, un mustélido o que la persona en quien confiaban les ha estado mintiendo para robarles. 2. Lo que da el que carece de todo a quien no merece lo que tiene.

Velcro. Invento genial que recoge la suciedad de cualquier bolso o carpeta y que, en lencería es sustituto ventajoso del enganche que servía para cerrar los sujetadores a la espalda, pues es  muy fácil de abrir.

Bastión. Fortaleza inexpugnable, hasta que era conquistada, momento en el que pasaba a tener vocación de ruina, yy que, en España, es considerado monumento nacional durante varias décadas, hasta su desplome definitivo.

Cabra. 1. Animal muy sufrido, que se alimenta de hierbas sin valor, y que, si es hembra, produce una leche de fuerte sabor y hedor, que es la base de los quesos de cabra, cuyo componente principal es, sin embargo, la leche vacuna. 2. Persona que hace cosas extrañas, como, por ejemplo, tirarse al monte, estudiar chino (siendo europeo) o escribir una novela contando la historia de la familia.

Cabestro. 1. Dícese del que tiene un comportamiento singular, y se empeña en realizar una acción contra el reproche general, por lo que, en el caso especial de que tenga éxito –lo que los demás tratarán de evitar con todos los medios- será denominado cabezón o testarudo.

Castidad.- 1. Virtud muy difícil de encontrar en la actualidad, pues resulta mucho más entretenida la lujuria, que crece en los mismos o parecidos lugares y no necesita de cuidado alguno. 2. Promesa de mantenerse ajeno a los placeres carnales relacionados con el sexo, entendidos como pecaminosos que, en los raros casos en que se cumple, propicia el desarrollo de otros placeres que no se consideran pecado, sin que se conozca la razón.

Publicado en: Diccionario desvergonzado Etiquetado como: anciano, astro, cabestro, cabra, castidad, Dios, litio, Mi Diccionario desvergonzado, ruina, velcro

Cuento de primavera: Obvio y Paradójico

20 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Como es sabido, a los entes que habitan en ese área de imprecisos contornos que se entiende por metafísica -y que, dicho sea de paso, no debe identificarse, sin más, con la imaginación- les gusta darse un garbeo por los terrenos de lo físico.

Es comprensible tal actitud, pues a todos los seres, en especial, a los más dinámicos, acaba siendo insoportable recorrer eternamente los sitios que corresponden estrictamente a su naturaleza. Es imprescindible cambiar de aires de cuando en vez, porque de esa forma se estimulan reacciones y sensaciones nuevas, produciendo efectos muy agradables.

Pocos entes metafísicos se podrían considerar más activos que Obvio y Paradójico. Estaban presentes en casi todas las conversaciones humanas. Se encontraban, cada uno asumiendo su papel a la perfección, en las reuniones importantes como en los encuentros más intrascendentes.

-Todo el mundo tiene algo que decir; el que sea o no interesante, es otra cuestión., -era una de los pensamientos preferidos de Obvio.

-Son los que callan quienes merecen la mayor atención, porque quien calla, generalmente discrepa -argumentaba Paradójico.

No eran amigos, sino rivales. Paradójico despreciaba a Obvio y Obvio desconfiaba de Paradójico, al que consideraba peligroso, y procuraba mantenerse alejado de él, lo que, por supuesto, no conseguía casi nunca. Incluso en el tratamiento de los asuntos más triviales, como podía ser hablar sobre el tiempo mientras se encontraban dos humanos en el ascensor, Obvio veía, no sin sorpresa y a veces, con disgusto, asomar la pata pilosa de Paradójico.

-Hoy parece que va a llover -decía, por ejemplo, la anciana que vivía sola en el tercero izquierda de un bloque con muchos vecinos, deseosa de entablar conversación con cualquiera sobre no importa qué tema.

-¡Caramba, se me olvidó  felicitar a mi madre ayer, que fue su cumpleaños! -era la incongruente expresión del joven del sexto derecha, que  había asociado, sin aparente explicación, la verruga en el rostro de la señora con la imagen de su mamá preguntándole reiteradamente, si su padre, del que estaba divorciada, habría llamado.

Por razones que no merece la pena explicar, Obvio y Paradójico habían decidido hacer las paces, al menos, por una temporada, que Obvio había identificado como «de higos a brevas» y Paradójico «de tanto en cuanto». Seguían viéndose muy diferentes, aunque estaban dispuestos a admitir, como vía de experimentación, que no eran absolutamente incompatibles.

Cierto es que Paradójico, que se consideraba creativo y estimulante, entendía que esa tregua le resultaría completamente inútil, y hasta contaminante, pero Obvio insistió tanto en que debían concederse un respiro en su sempiterna rivalidad, que acabó accediendo.

-En la variedad está el gusto -dijo Obvio, satisfecho-. Todos los días gallina, amarga la cocina.

-Gallina hablando de plumas -fue el escueto comentario de Paradójico.

En uno de los primeros paseos que hicieron juntos por los terrenos de lo físico, independientes de cualquier contaminación humana, se encontraron con una Ruina. Paradójico obligó a Obvio a detenerse, curioso por saber qué hacía allí aquel montón de piedras.

-Es una simple Ruina -le apremiaba Obvio a seguir el paseo.

-Todas las Ruinas han tenido un momento de Triunfo -replicó Paradójico. Y, acercándose más, preguntó a la Ruina:

-¿Cómo te llamas? ¿Qué has sido?

La Ruina se movió algo, despertando de su letargo. La yedra había había cubierto casi por completo lo que parecían antiguas paredes de un edificio muy amplio, del que solo quedaban en pie unos muñones de piedra.

-Ahora no tengo nombre, pero en mi memoria guardo haber sido el Palacio de los nobles que fueron dueños de esta comarca hace siglos. -dijo, sin ocultar un suspiro -. En mis salones se celebraban fiestas fabulosas, y mis aposentos han sido testigos de amores, devaneos, desvaríos…

-Para el carro, Ruina -le interrumpió Obvio-.  A nadie importa lo que fuiste, sino lo que eres. Hoy por hoy, eres solo una Ruina.

-Te equivocas, como siempre, Obvio -dijo Paradójico, que sentía repentina simpatía hacia la Ruina-. Veo en estas piedras que para ti no tienen valor, el mensaje de un pasado espléndido. Adivino, bajo esa yedra, el trabajo que realizaron los canteros. Puedo sentir la música que llenó estos huecos, y el brillo de los ojos de las damiselas esperando que alguien las saque a bailar…

-Solo percibo piedras, hojas secas, polvo y abandono -replicó Obvio-. Si esto es ahora una Ruina, por algo será.

Paradójico tuvo de repente una inspiración:

-Tienes razón, colega. Las piedras que fueron Palacio y Salón de Baile y testigo de fiestas y de risas, cumplen ahora una función igualmente digna: servir de demostración a la fugacidad de cualquier existencia, y enseñar a los humanos que nada conserva su valor eternamente.

-Eso que dices es obvio -comentó Obvio, con admiración-. Podría haberlo dicho yo, y no mejor.

-No creas, es paradójico -le contrarió Paradójico-. Porque acabo de fijarme en el cartel que está junto a la Ruina y en él he visto escrito: «Palacio de los Condes de Pasidueñas. Siglo XVI». Es decir, le han puesto a la Ruina el mismo nombre que tenía cuando gozaba de todo su esplendor.

Y, despidiéndose de la Ruina, siguieron su paseo, mientras les duró aquel sano entendimiento.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: conservación, cuento, cuento de primavera, muro, noble, nombre, Palacio, ruina, yedra

Cuento de verano: El céfiro y el huerto ecológico

29 agosto, 2013 By amarias2013 2 comentarios

Cuentan las crónicas de un reino llamado Polutonia, que la casualidad fue de visita un buen día a casa de un pobre hombre, que se ganaba el sustento para él y los suyos, sacándole partido a un par de hectáreas de monte que, a base de sudor y otros desvelos, mantenía como feraz pradera con cuyas hierbas jugosas se bastaba para alimentar a cuatro o cinco vacas autóctonas, de la variedad llamada de los valles.

Completaba el buen tipo su modesta hacienda con un huerto que tenía a la vera de casa, protegido por un murete de intrusos, en el que cultivaba variedades de hortalizas. No faltaban en su establo algunas gallinas, varios conejos de engorde, y hasta dos puercos de la raza que llaman ibérica que, todos los años, allá por san Martín, sacrificaba con ayuda de un vecino para convertirlos en chorizos, jamones y otras apetitosas excelencias.

La casualidad, que tomó la forma de un erudito tecnológico, abordó ese día de tal año al paisano y, con palabras convincentes y otros adornos gestuales, lo engatusó sobre la pertinencia de una forma mucho más liviana de sacar adelante la familia, que le supondría, incluso -según dijo-, una jugosa renta permanente para cuando las canas, que ya le empezaban a platear las sienes, le pintaran totalmente de nieve los pelos de la cabeza.

-Haz, ignorante, lo mismo que a otros ha hecho felices. Permite que en la cima de ese monte que heredaste de tus abuelos se instalen airosos molinillos que producirán la energía más limpia que se pueda soñar, y que hará que Polutonia, en lugar de ofrecer solo el atractivo de un paisaje natural, cosa vulgar y de escaso mérito, despierte la admiración de todas las ajenas mentes por su purísimo ambiente, conseguido merced a sus conocimientos en la más alta tecnología.

-¿Qué se echa de menos en la pureza del aire y en la belleza de mi paisaje? -inquirió el aldeano-. ¿No son un gozo para la vista y no vienen a estas tierras a recuperar sus pulmones cientos de viajeros de allende las fronteras, allí donde Polutonia pierde su nombre, porque hablan otras lenguas que no hay dios que entienda?

-No se trata de eso, oh, buen amigo. -replicó el otro- Has de saber que el progreso, que se ha instalado como fuerza dominante en todo el orbe, ha trastocado las leyes de la naturaleza, y existe el riesgo cierto de un calentamiento global, que no solo derretirá el hielo de los polos, sino que aumentará la venta de aparatos de aire acondicionado. Y es menester que Polutonia contribuya, aunque lo haga modestamente, a aplacar las iras cósmicas, renunciando a toda forma de producción de energía que no venga del viento, del sol o del calor propio de la Tierra.

-¿Y qué les pasará a mis vacas? – ¿No se asustarán con el fragor que, según tengo oído, producen esos artefactos, y dejarán de producir la leche con la que nos alimentamos? -preguntaba el hombre, por razón natural, desconfiado, aunque sin argumentos que poder contraponer a la pericia del sabio envioletado.

-Qué va -le contestó el especialista-. Al contrario. Animadas por lo que creerán música celestial, aumentarán el volumen de leche que manará de sus ubres.

Fue así como, en pocos meses, en la picorota del monte se encontraron situadas unas decenas de aerogeneradores que, contrariando la buena disposición anunciada, no aumentaron la producción de leche del ganado, sino que, aunque no era producto de mercado, sí causaron el incremento de la mala leche del confiado campesino.

Pensaba ya el hombre, angustiado porque sus hijos enflaquecían, en vender las vacas, cuando apareció una banda de céfiros que se instalaron en el monte, provocando la parada de los molinillos, ya que no tenían fuerza para mover las aspas. Pasaron así los meses, y, faltos de mantenimiento porque la inversión no resultaba productiva para la compañía que los había instalado, acabaron oxidándose los mecanismos y rompiéndose por varias partes la estructura. Las vacas volvieron a dar leche como antaño, y el hombre retornó a su vida tranquila, sintiendo, con el paso del tiempo, que aquellos mastodontes sobre la cresta de su monte formaban parte definitiva del paisaje.

Ya tenía casi olvidada la historia que a punto había estado de causarle un disgusto serio, cuando la casualidad, tomando esta vez otro aspecto diferente, abordó al paisano y se interesó por saber si tenía algunos ahorros.

-Desde luego, algunos tengo -contestó, sincero, el aldeano-. Los guardo par mi vejez, cuando ya no pueda llevar las vacas a pacer ni tenga fuerzas para cuidar del huerto y de los animales que forman mi modesta hacienda, lo que me será imprescindible, dado que no tengo derecho a pensión de jubilación, puesto que, ocupado en mirar solo hacia abajo, no tengo cotizados a la seguridad social los años que resultarían pertinentes.

-Qué despilfarro de tu propia energía, probo ciudadano -le indicó el experto-. Has de saber que, en la propia Polutonia, hay zonas en donde el sol luce tan fuerte que los campos no producen más que trigo candeal y girasoles para pipas. Pero se han hecho estudios notabilísimos por expertos extranjeros por los que ha quedado demostrado sin ningún género de dudas que la mejor manera de poner en rentabilidad a esos terrenos estériles es convirtiéndolos en huertos ecológicos, instalando en ellos cientos de miles de placas orientables que recogerán el calor del sol y producirán una energía inmensa y, por supuesto, de lo más barata, como puede colegir cualquiera.

-¿Y qué se me va a mí en ello? -acertó a preguntar el vuelto aún más desconfiado, por escocido, lugareño- Yo soy agricultor de huerto vegetal, y no se una papa de huertos solares.

-Nada tiene que ver lo uno con lo otro, pues de cultivar no se trata, sino de rentas de capital. Lo que te propongo es una inversión segura de esos ahorros que guardas para tu vejez, ya inminente. Dámelos sin demora, para que suscriba con ellos acciones, o mejor aún, obligaciones, de una sociedad termosolar, tan avanzada tecnológicamente que hasta tiene clientes en las Américas, y que te garantizará, con sus réditos e intereses, la mejor jubilación que jamás soñaron políticos, mineros o funcionarios.

Fue así como el infeliz campesino entregó al sabio del garete que la casualidad malpuso en su camino, sus ahorros de toda la vida, confiando en que, llegada la pronta hora, tendría el fluyente caudal monetario que le habían prometido con tan convincentes palabras.

Pasaron algunos años y, puesto que, según sabía por noticias de habitantes de la zona más cálida de Polutonia, el tiempo en todos esos años había sido seco, tórrido, y muy soleado, como era lo normal por aquellos allendes, reclamó los intereses que creía acumulados y pidió se vendieran las obligaciones que había suscrito.

Entonces se enteró que no por causa de bandas de céfiros ni por nubes ni por cualesquiera zarandajas naturales, pero su inversión no valía en ese momento ni una lezna, puesto que, por una parte, lo que creía tener en acciones lo poseía en obligaciones, que era como papel mojado y, para más inri, en uso de su potestad discriminatoria, el Gobierno de Polutonia había cambiado las reglas de juego por las que las compañías eléctricas debían pagar a un cierto precio las energías pulquérrimas, eliminando las subvenciones con las que se había comprometido, al descubrir, de pronto, que las arcas del Estado se habían vaciado por culpa de la voracidad de las ratas del Reino, los montaraces buitres y la negligencia y complacencia de otros animales de bellota.

Sentado a la vera de su casita, contemplando el monte heredado con los esqueletos de los molinillos, el huerto miles de veces roturado, las gallinas ponedoras, las dos vacas de ubres generosas que aún le quedaban, y estando en silencio con su esposa a la que aquejaba la artrosis, puso el pensamiento en los hijos que andarían por alguna gran ciudad de Polutonia por quién sabe qué menesteres, y, desenchufando de un tirón el aparato de televisión que le estaba ilustrando sobre la mejora de la prima de riesgo, lo arrojó por la pendiente abajo, con el consiguiente estrépito.

Fue la última vez que se permitió un exabrupto.

(FIN)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: aerogeneradores, ajuste, campesino, céfiro, huerto ecológico. cuento de verano, huertos, pensión, Polutonia, reglamentación, ruina

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