Se sabía poco de el, tan poco que, si lo analizamos con serenidad, no se sabía casi nada. Hacía una vida normal, es decir, era posible cruzarse con el en las calles de la ciudad, suponemos que de camino hacia casa o volviendo de ella.
-No estoy seguro de en qué trabajaba; creo haber oído una vez que era funcionario, o algo así. -reconoció mi primer entrevistado, cuando me encomendaron el caso.
¿Estaba casado? Debió haberlo estado, porque una vecina recuerda -sin ofrecer total seguridad- que llevaba dos anillos, uno en el dedo anular y otro en el meñique de su mano derecha. Pero, aclara, en los últimos años, no se veía a su lado a ninguna mujer. La única del sexo femenino que entraba en su casa era la asistenta, dos o tres veces al mes.
-Es una señora muy mayor; limpia también la escalera y también hace horas para varios vecinos -me había indicado, cambiando su recelo inicial por extrema amabilidad, Da. Carmelina.
No tenía amigos, al menos, de esos con los que juegas la partida al dominó o a las cartas a la hora del café, vas al fútbol, al teatro o a la ópera de vez en cuando. Sin embargo, tenía muchos alumnos, que iban a su casa a recibir no se sabía bien qué lecciones.
-¿Alumnos? Primera noticia -se sorprendió la recepcionista del Bufete Portaroles, que ocupaba el primero y segundo pisos del edificio.
El vecino puerta con puerta sospecha, me reconoce en voz baja, que era homosexual. Porque le parece haber detectado -«¿por casualidad, eh? que yo no me dedico a fisgar tras la mirilla»- que un par de esos jóvenes que lo visitaban se quedaba hasta muy tarde. Demasiado tiempo, y ya caída la noche.
-Debió de ser atractivo en su juventud, aunque ahora, con la barba descuidada y la pérdida de pelo, más bien parecía un mendigo. Limpio, eso sí, pero calvo, como un pordiosero. -me dijo el quiosquero, en donde acostumbraba a comprar el billete de metro-bus, mezclando características físicas con deficiencias pecunarias.
Ninguno de quienes tan mal lo conocían, hubieran imaginado que era escritor, y que resultara el autor de algunas de las novelas de más éxito en estos tiempos. «Orangutanes y rapaces en Wall Street», «Amores metálicos bajo sospecha», «Pasión por ganar sin argumentos «… ¿Este tipo educado, que te saludaba con un Buenos días, buenas tardes o Adiós, como si te conociera de toda la vida, escritor? Hubiéramos creído más bien que era profesor jubilado de matemáticas, o física, una profesión de esas sin mucha chicha.
-Si me dijeran que daba clases de latín o griego, hasta lo hubiera creído. -nos reconoció el camarero de la cafetería situada en la misma acera, en la que, según recuerda (¿era un fulano de barba, dice usted, con un pelo negro y crespo?) , tomaba casi todos los días su café cortado con dos churros.
-Era una lata, porque la ración tiene tres churros, así que no sabíamos qué cobrarle. Bueno, en realidad, le cobraba la ración entera.
-¿Así que era profesor de retórica? ¿Y eso, qué es? -fue la pregunta de la joven que, cuando se enteró que había venido la televisión para realizar unas tomas de la casa, afirmó conocerlo y se ofreció para una entrevista como testigo capaz de contar pormenores.
En fin, que desde hace un par de días, ese escritor afamado, especialista en gramática y dialéctica, del que se conoce su seudónimo -Ejazid Nerpa-, pero no su nombre verdadero, figura como desaparecido.
-Me di cuenta que algo raro pasaba, porque no utilizaba las camisas que le planchaba, y se iban amontonando sobre la mesita de noche y, al final, se las dejaba sobre la cama -confesó la asistenta, que, como acabó reconociendo ella misma, hacía dos meses que no aparecía por la casa.
-Le escribí en una nota que no me interesaba, para lo poco que me pagaba -explicó.
Sus alumnos solo conocían su nombre, Ejazid, y afirman que no le pagaban, porque las clases eran gratuitas, aunque limitadas a una presencia de cuatro educandos por cada hora. Daba dos horas diarias de clase, incluso los sábados. A veces, se ofrecía para corregir los escritos de aquellos que consideraba más dotados para la literatura, que se quedaban una media hora más.
-Nos recomendaba que escribiéramos cuentos, porque los cuentos, si son cortos, tienen más posibilidades de ser leídos hasta el final.
En la editorial han respondido que los derechos de autor de Ejazid Nerpa habían sido cedidos, desde el principio, a la ONG Helping Sahel, a la que se enviaban regularmente remesas de dinero con las liquidaciones.
-Puede que haya habido algunos retrasos, pero involuntarios -explicó el director, que había temido una inspección fiscal, cuando le abordé el pasado jueves.
Al pasar a limpio mis notas, en el curso de la investigación, me di cuenta de pronto que Ejazid Nerpa es exactamente Aprendizaje, al revés. Pero soy incapaz de encontrar en ello alguna pista, ni el menor significado.
Hago la última llamada a quien puede darme información.
-¿Contrato de alquiler? No, no; ya sabe cómo son esas cosas. Me dejaba el importe del arrendamiento metido en un sobre bajo el felpudo. Puntual. Siempre el día tres de cada mes, por adelantado. Pero, no, no coincidíamos. ¿Para qué?
Era el arrendador del piso que habitaba el verdadero Nerpa, o como quiera que se llamara el desaparecido.
FIN
