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Cuento de primavera: El extraño caso del escritor desaparecido

6 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Se sabía poco de el, tan poco que, si lo analizamos con serenidad, no se sabía casi nada. Hacía una vida normal, es decir, era posible cruzarse con el en las calles de la ciudad, suponemos que de camino hacia casa o volviendo de ella.

-No estoy seguro de en qué trabajaba; creo haber oído una vez que era funcionario, o algo así. -reconoció mi primer entrevistado, cuando me encomendaron el caso.

¿Estaba casado? Debió haberlo estado, porque una vecina recuerda -sin ofrecer total seguridad- que llevaba dos anillos, uno en el dedo anular y otro en el meñique de su mano derecha. Pero, aclara, en los últimos años, no se veía a su lado a ninguna mujer. La única del sexo femenino que entraba en su casa era la asistenta, dos o tres veces al mes.

-Es una señora muy mayor; limpia también la escalera y también hace horas para varios vecinos -me había indicado, cambiando su recelo inicial por extrema amabilidad, Da. Carmelina.

No tenía amigos, al menos, de esos con los que juegas la partida al dominó o a las cartas a la hora del café, vas al fútbol, al teatro o a la ópera de vez en cuando. Sin embargo, tenía muchos alumnos, que iban a su casa a recibir no se sabía bien qué lecciones.

-¿Alumnos? Primera noticia -se sorprendió la recepcionista del Bufete Portaroles, que ocupaba el primero y segundo pisos del edificio.

El vecino puerta con puerta sospecha, me reconoce en voz baja, que era homosexual. Porque le parece haber detectado -«¿por casualidad, eh? que yo no me dedico a fisgar tras la mirilla»- que un par de esos jóvenes que lo visitaban se quedaba hasta muy tarde. Demasiado tiempo, y ya caída la noche.

-Debió de ser atractivo en su juventud, aunque ahora, con la barba descuidada y la pérdida de pelo, más bien parecía un mendigo. Limpio, eso sí, pero calvo, como un pordiosero. -me dijo el quiosquero, en donde acostumbraba a comprar el billete de metro-bus, mezclando características físicas con deficiencias pecunarias.

Ninguno de quienes tan mal lo conocían, hubieran imaginado que era escritor, y que resultara el autor de algunas de las novelas de más éxito en estos tiempos. «Orangutanes y rapaces en Wall Street», «Amores metálicos bajo sospecha», «Pasión por ganar sin argumentos «… ¿Este tipo educado, que te saludaba con un Buenos días, buenas tardes o Adiós, como si te conociera de toda la vida, escritor? Hubiéramos creído más bien que era profesor jubilado de matemáticas, o física, una profesión de esas sin mucha chicha.

-Si me dijeran que daba clases de latín o griego, hasta lo hubiera creído. -nos reconoció el camarero de la cafetería situada en la misma acera, en la que, según recuerda (¿era un fulano de barba, dice usted, con un pelo negro y crespo?) , tomaba casi todos los días su café cortado con dos churros.

-Era una lata, porque la ración tiene tres churros, así que no sabíamos qué cobrarle. Bueno, en realidad, le cobraba la ración entera.

-¿Así que era profesor de retórica? ¿Y eso, qué es? -fue la pregunta de la joven que, cuando se enteró que había venido la televisión para realizar unas tomas de la casa, afirmó conocerlo y se ofreció para una entrevista como testigo capaz de contar pormenores.

En fin, que desde hace un par de días, ese escritor afamado, especialista en gramática y dialéctica, del que se conoce su seudónimo -Ejazid Nerpa-, pero no su nombre verdadero, figura como desaparecido.

-Me di cuenta que algo raro pasaba, porque no utilizaba las camisas que le planchaba, y se iban amontonando sobre la mesita de noche y, al final, se las dejaba sobre la cama -confesó la asistenta, que, como acabó reconociendo ella misma, hacía dos meses que no aparecía por la casa.

-Le escribí en una nota que no me interesaba, para lo poco que me pagaba -explicó.

Sus alumnos solo conocían su nombre, Ejazid, y afirman que no le pagaban, porque las clases eran gratuitas, aunque limitadas a una presencia de cuatro educandos por cada hora. Daba dos horas diarias de clase, incluso los sábados. A veces, se ofrecía para corregir los escritos de aquellos que consideraba más dotados para la literatura, que se quedaban una media hora más.

-Nos recomendaba que escribiéramos cuentos, porque los cuentos, si son cortos, tienen más posibilidades de ser leídos hasta el final.

En la editorial han respondido que los derechos de autor de Ejazid Nerpa habían sido cedidos, desde el principio, a la ONG Helping Sahel, a la que se enviaban regularmente remesas de dinero con las liquidaciones.

-Puede que haya habido algunos retrasos, pero involuntarios -explicó el director, que había temido una inspección fiscal, cuando le abordé el pasado jueves.

Al pasar a limpio mis notas, en el curso de la investigación, me di cuenta de pronto que Ejazid Nerpa es exactamente Aprendizaje, al revés. Pero soy incapaz de encontrar en ello alguna pista, ni el menor significado.

Hago la última llamada a quien puede darme información.

-¿Contrato de alquiler? No, no; ya sabe cómo son esas cosas. Me dejaba el importe del arrendamiento metido en un sobre bajo el felpudo. Puntual. Siempre el día tres de cada mes, por adelantado. Pero, no, no coincidíamos. ¿Para qué?

Era el arrendador del piso que habitaba el verdadero Nerpa, o como quiera que se llamara el desaparecido.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: Aprendizaje, bestseller, cuento, cuento de primavera, desaparecido, escritor, famoso, significado

Cuento de verano: El escritor inédito y la lectora empedernida

19 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Erase una vez un escritor inédito. Se trataba de un autor prolífico, pero no había publicado nada. Las causas eran varias. Objetivas (no tenía dinero para convertirse en editor de sus creaciones, detestaba presentarse a los concursos literarios, convencido de que no eran ecuánimes) y subjetivas (su inseguridad de que lo que mucho que escribía mereciera la pena).

Si el lector tiene claro el concepto de «lo que merece la pena», debo felicitarle por ello. En otro caso, le aconsejo que acuda a los libros especializados en autoayuda. Lo pertinente para este cuento es que, como resultado de estas razones y otras circunstancias, el escritor había empezado a descuidarse, y desde hacía algún tiempo no terminaba sus historias.

Definía el grueso del guión, perfilaba a los personajes, suscitaba desde los primeros párrafos el interés por las situaciones que iba a contar, pero el proyecto se detenía de repente, al cabo de unas páginas, y ya no continuaba. En su mundo imaginado, se acumulaban criaturas literarias incompletamente conformadas, relatos apasionantes o, por lo menos, sugerentes, cuyo final nadie podía jactarse de conocer, porque no había sido escrito. Ni siquiera su autor, que, a la postre, acababa olvidándolas. Se habían perdido desde los primeros pasos que van desde la imaginación al papel.

En realidad, el escritor inédito, que nunca había dado a leer a nadie sus obras, era escritor solo para él mismo. Estaba lo que había escrito, no ya inédito, sino jamás leído.

Coetánea del escritor vacilante, vivía su existencia una lectora empedernida. Le gustaba tanto leer, que no podía evitar detener su vista sobre cualquier escrito que cayera en sus manos. Se había leído, a pesar de ser de edad no muy avanzada, miles de novelas, cuentos, relatos y poemas, aunque debe matizarse que no se interesaba por diarios, revistas y periódicos, esto es, por las noticias supuestamente verdaderas.

-Creo que la mayoría de lo que publican los periódicos, son también noticias inventadas o falseadas -parece que dijo una vez a su única amiga, funcionaria de carrera-. Pero, en general, están peor contadas y no quiero romperme la cabeza tratando descubrir qué hay de cierto en ellas. Quiero estar segura de que lo que leo es realmente imaginado.

El escritor vacilante y la lectora empedernida no se conocían.

Un día del verano del año que nos ocupa, la lectora empedernida sacó de la Biblioteca Pública de la tierra de Valgamediós, tres de los pocos libros que le quedaban por leer de las copiosas existencias de esa dependencia. Los había leído todos de cabo a rabo, como consecuencia de su dedicación convulsiva, aunque apenas un uno por ciento le había parecido interesante.

Los títulos de los tres libros no vienen al caso, pero sí lo que contenía uno de ellos.

Al avanzar en su lectura, la lectora empedernida descubrió, entre las páginas, un papel doblado, manuscrito, que inmediatamente identificó como un poema. No le pareció exactamente bellísimo (tenía un criterio de valoración muy estricto), pero sí escrito con pulcritud y, como todo lo que aparece por casualidad a nuestro alcance, le intrigó.

«Solo entre la soledad, torno impreciso/ a la desolada razón de mi carencia:/ aunque el tiempo me sobra, soy remiso/ a acabar cuanto empiezo, sin paciencia./De sobrarme algo, sobra resistencia/a dejarme arrebatar por la pasión,/ y no pudiendo a amor estar sujeto, la ocasión,/que a otros sirve para olvidar ausencia/de un querer mejor, aventa tosco desconsuelo./No hay para mí perdón, ligado al duelo,/y atado a lo fugaz, de un mal corro parejo:/es el descuido amargo con que dejo/ las cosas que más quiero, caer el suelo/y que, entre desprecios, burlas o recelo/recojo, rotas, mirándome al espejo.»

¿Quién habría escrito aquella nota, aparentemente olvidada en un libro ajeno? La lectora supo pronto que no le sería posible descubrirlo. Preguntó al bibliotecario si podía decirle quiénes habían tenido en sus manos aquel libro de la nota, y recibió como respuesta que era imposible de todo punto, no ya porque no estaban autorizados a proporcionar ninguna lista, sino porque se trataba de uno de los títulos más solicitados.

Dejar una nota en el mismo libro, con sus señas, mostrando interés en saber más del autor, le parecía infantil.

Por supuesto, el escritor inédito no había sido el autor del poema. El nunca terminaba cuanto iniciaba, y aquellos versos, aunque flojos, estaban resueltos. Por otra parte, escribir poesía no era precisamente lo que más le encandilaba.

Por lo dicho, la lectora empedernida nunca conoció a la persona que había olvidado (o tal vez colocado adrede) aquel papel en un libro tan demandado.

Nadie, hasta donde yo estoy enterado, lo llegó a saber. Y, ahora que lo pienso, la lectora empedernida y el escritor vacilante hubieran podido vivir una tierna historia de amor.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, biblioteca, cuentos de verano, empedernida, escritor, inédito, lectora, obra literaria, poema, publicar, soneto de amor, vacilante

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