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De blunt to smart city, una guía para dummies (3)

2 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Solo la complacencia política puede pretender que una Smart City se presenta como una realidad inmutable, un logro definitivo, Ni siquiera aquellas ciudades que consiguieran hoy el galardón de ser apetecibles como lugar de residencia (juzgado tanto por los que habitan en ellas como por los que las conocen y no viven allí), pueden sentarse a  contemplar el futuro con tranquilidad.

Porque, como ya expresé, el concepto de Smart City es una utopía, un objetivo que se desplaza, como el horizonte, a medida que nos acercamos teóricamente a él. Ninguna definición puede superar, en mi opinión a ésta: La Smart City es un conglomerado urbanístico, cuyos objetivos permanentes son la información, la interrelación, la movilidad, la seguridad, y la sostenibilidad.

Las ciudades necesitan una reconstrucción, un replanteamiento, que puede ser tenido por una pacífica destrucción que permita la eliminación de las trabas que impiden el cumplimiento de esas ideas globales, intuitivas, pero que encuentran su concreción cuando contemplamos otra urbe que nos suscita envidia especial, porque tiene características de las que no disponemos.

La labor es ingente, que es como decir, que es imposible. No se puede pretender que todas las urbes del mundo disfruten de iguales características, y lo que es más importante, el mantenimiento de esos niveles de bienestar es una cuestión de élites, porque cuesta dinero.

Las Smart Cities habrán de estar defendidas por barreras especiales, de las que, sin duda, el alto coste de vivir en ellas será el más significativo: quien quiera lo bueno, tendrá que pagarlo. Los habitantes de una Smart City serán seres privilegiados, que ganarán más dinero que los demás, tendrán acceso a mejores fuentes de información, aunque también será cierto que en torno a esas apetecibles estructuras se conformarán barrios marginales -a mayor o menos distancia- en las que vivirán quienes cubran los servicios menos esenciales de los Smart citizens.

La dinámica de la urbanización es diferente según el nivel económico-tecnológico de los países: es especialmente alta en los países en desarrollo, y en los menos desarrollados, en donde se están produciendo continuamente masivas incorporaciones desde las zonas pobres del campo, atraídos por el olor a bienestar de las capitales y urbes mayores, que crecen indiscriminadamente. En otros trabajos, he defendido que debería apoyarse la creación de «ciudades intermedias» (con limitación a setecientos mil habitantes, como máximo), que sirvieran de descongestión a las grandes ciudades y, desde luego, como elemento disuasorio al crecimiento desorbitado que se está presentando, desde hace décadas, en los estados más pobres (y que tampoco puede decirse sean tan fácil de contener en los desarrollados, dado el nivel de concentración que alcanzan algunas urbes).

A nivel global, el urbanismo -esto es, la acomodación física del territorio a la habitabilidad-  tiene, como consecuencia de este crecimiento rápido, y en buena medida no planificado (o mal previsto), distintas concreciones, que van desde los asentamientos espontáneos, o los barrios miserables a las ciudades dormitorio. El abandono del campo agrario se mantiene ininterrumpidamente. Aunque pretendamos estar en una sociedad tecnológicamente avanzada, la generación de empleo más importante se vincula a la industria pesada, la producción masiva de bienes de consumo, o la construcción de infraestructuras.

No existe consciencia de la importancia de sostener la agricultura no intensiva, de una naturaleza no subyugada al interés económico, a la avidez temporal. La vida en el campo es despreciada, aunque quienes pueden, aún pretenden disfrutar unos días al año asistiendo a su declinar acelerado.

Estamos en el comienzo de una nueva forma de urbanización y, en mi apreciación, de forma curiosa, son típicamente las «ciudades cercadas»  las que se ofrecen de modelo a seguir. En toda Europa, aunque para llamar la atención sobre España, Barcelona es un caso paradigmático, al que uniría Santander, La Coruña, Cádiz, Córdoba y otras ciudades a las que las limitaciones de espacio han obligado a plantearse la calidad de su crecimiento urbano. Son «ciudades terminadas» (o casi) por razón de su falta de terreno para crecer megalo -maníacamente .

Sí, Madrid, en este sentido, podría ofrecerse como contramodelo, pues la amplia disponibilidad de espacio convertido en urbanizable ha permitido crear un monstruo de megaciudad, aprisionado, más que enaltecido, por más de diez núcleos urbanos que han copiado con manifiesta simplicidad un modelo urbano centrado en la especulación, en el corto plazo, en el individualismo.

El renacimiento de las ciudades ha de estar basado en la incorporación de la cultura a la convivencia, como forma de vida saludable. Las ciudades del futuro, sean o no calificadas de Smart, han de ser más polifacéticas, más verdes, deberán estar interna y externamente, más y mejor intercomunicadas. Es el comportamiento de sus habitantes el que los hará inteligentes, y ese propósito global, fundamentalmente político, tiene que ser incorporado con urgencia, robustecido y animado si ya se encuentra en él en sus principios, a la esfera ciudadana.

En los próximos comentarios proseguiré con este análisis.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: ciudad, ciudad terminada, desarrollo, núcleo urbano, política urana, smart city, territorio, urbanismo, urbanización, verde

Cuento de primavera: La niña que miraba las cosas del revés

6 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Hay cualidades innatas y otras que se desarrollan. Entre las primeras, puede citarse la forma en que uno cruza los brazos (el derecho sobre el izquierdo, o viceversa), que es el resultado de un gen de lo más curioso que, en realidad, aún no se ha descubierto cuál puede ser su utilidad práctica, pues los norteamericanos no han decidido analizarlo, por el momento.

De las cualidades adquiridas, una de las más curiosas con la que me he encontrado, era la de una niña que miraba las cosas del revés.

Si tengo que ser preciso con la máxima precisión, debería aclarar que la niña en cuestión tiene, en la actualidad, casi sesenta años. Lo que no obsta para que ella se considere, en lo referente a esa forma de contemplar el mundo, anclada en su etapa infantil; y no seré yo quien la contradiga. Al contrario, me parece una habilidad muy útil.

La historia de cómo se animó a cultivar la destreza de mirar las situaciones, en determinados momentos, al revés que los demás, es tan pertinente que, como no descarto que pueda ser de utilidad para otros niños -no importa de qué edad- me animo a contarla aquí.

Cuando a Benjamina Portelosa, que era una niña muy lista y aplicada, le dijeron sus padres que iba a vivir en otra ciudad, que era, por si viene al caso, la capital de la región en donde ella misma había nacido, pero de la que la familia había tenido que salir cuando era un bebé, se puso muy contenta. Imaginó, por lo mucho que le habían contado de ella, que sería incluso más bonita que aquella otra en la que había desarrollado su existencia hasta entonces.

Una ciudad ésa, por cierto, en la que se encontraba muy a gusto. Se había hecho amigas de otras niñas con las que había conseguido una complicidad a prueba de bombas, carros y carretas. Y no solo eso: muchas tardes, antes de la oscurecida, siempre que les daban permiso, le gustaba acercarse a la orilla del mar y dar estupendos paseos mientras las olas le mojaban los pies.

Era una ciudad muy luminosa.

La ciudad a la que las circunstancias de la vida condujeron a la niña, cuando ya tenía unos diez u once años, se le presentó, desde el principio, muy distinta a cómo se la había imaginado. Desde luego, no parecía que hubiera sabido representarla correctamente a partir de las descripciones entusiastas que le habían hecho sus padres, y los amigos de sus padres, y todos aquellos que, viniendo de allí, habían tenido la gentileza de visitarles en la ciudad de la luz.

¿Os podéis suponer lo que significa más y mejor para una niña de diez años que ya cree vivir en el Paraíso? ¡Una ciudad con mucha más luz todavía que la ciudad de la luz! ¡Habría de ser deslumbrante!.

Recordaba perfectamente las encomiásticas palabras que los viajeros había dedicado a la ciudad a la que acababan de llegar, cuando observaba con estupor cómo la lluvia repicaba insolente, sin ninguna intención de cesar, en las ventanas de la nueva casa.

Aún estaban las maletas por deshacer y, con curiosidad infantil, había corrido hasta el mirador para contemplar la nueva luz. Pero, por más que se esforzaba, no veía más que gentes apresuradas, vestidas en tonos grises, pertrechadas con paraguas negros, procurando no resbalar sobre las aceras escurridizas:

-La ciudad a donde vas a ir es maravillosa- eso le habían dicho-. Es cierto que llueve, y te podrá parecer gris, pero solo al principio. Los habitantes son reticentes y muy suyos, sí. Es solo una primera impresión, porque, una vez que se abren al forastero, son como las flores que se despliegan en primavera. La ciudad no tiene playa, es cierto, pero las montañas que la rodean tienen todos los verdes imaginables, desde el azul turquesa al amarillo limón. Los árboles, en grupos frondosos,, dan cobijo a miles de pájaros multicolores y hay parajes insólitos en donde se puede cazar, pescar o, simplemente, saltar y correr sobre la tierra húmeda sin que nadie te perturbe.

Nada de eso estaba allí, en lo que veía. Así que le dijo a su madre:

-Quiero volver a la ciudad de donde venimos. No me gusta ésta.

Pero su madre, que era maestra vocacional -aunque no ejercía- y sabía cómo manejar a los niños, le cerró el camino de vuelta, y, al mismo tiempo, le dio un consejo:

-No podemos volver, porque aquí es donde tu padre tiene trabajo. Acostúmbrate a mirar las cosas del revés.

La niña era muy obediente, así que torció cuanto pudo la cabeza, y, como no le pareció bastante, apoyó las manos en el suelo, dando una media voltereta, hasta que consiguió colocarse con los pies en lo alto.

Vio entonces el cielo, que, aunque cubierto de nubes, le pareció muy bonito. Las nubes, algodonosas, desgarradas o compactas, tenían, porque empezaba a atardecer, colores diferentes y, sobre todo, adoptaban formas muy caprichosas. Estuvo un buen rato contemplando el panorama celeste, y, echando a volar la imaginación, no tardó en encontrar innumerables ocasiones en lo que veía para disfrutar.

Cuando la llamaron para la cena, estaba algo mareada, pero contenta.

-De ahora en adelante, cuando algo no me guste, lo miraré del revés -anunció a sus padres.

No perdió esa costumbre. Con los años, adquirió incluso la facultad de no necesitar ponerse boca abajo. Podía imaginar que se encontraba exactamente donde quería estar, sin más que cerrar los ojos.

Pasado algún tiempo, ni siquiera le era preciso cerrar los ojos. Se abstraía, y le bastaba. Y, lo que es aún mejor, cuando alguien decía algo que no le gustaba, o pretendía convencerle de algo que no tenía pies ni cabeza, lo miraba del revés con los solos ojos de la imaginación.

Fue bastante feliz, gracias a esa facultad que, como queda expresado, consiguió desarrollar a base de repetir, una y otra vez, la manera de mirar las cosas del revés.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: adquirida, ciudad, cosas, cualidad, cuento, cuento de primvera, gentes, imaginación, lluvia, luz, niña, repiqueteo, revés

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