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De blunt to smart city, una guía para dummies (5)

5 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Cuando se hace referencia al proyecto de una Smart City, se acostumbra a dirigir la mirada hacia los responsables municipales. Sin embargo, aunque el ámbito de actuación sea la ciudad, los agentes que influyen sobre ella, incluso de manera determinante, son externos.

En relación con las consecuencias de los avances tecnológicos (no solo en el campo de la informática y las comunicaciones) sobre el ámbito urbano, la dependencia de las grandes empresas y consorcios es decisiva. Controlar sus actuaciones desde las corporaciones es, a menudo imposible y, desde luego, siempre difícil. No quiero dramatizar la cuestión, pero incluso en el campo de menor complejidad técnica de los servicios tradicionales que presta el municipio por competencias delegadas constitucionalmente (agua, saneamiento, recogida de residuos, etc.), o que se prestan en su territorio (distribución de electricidad, servicios sanitarios, educación, telefonía, etc.) el control de la eficacia o del coste real de su ejecución se hace muy difícil para los funcionarios municipales, por falta de medios, o de su propia competencia, cuando no del oscurantismo con que se llevan a cabo.

Se plantea la cuestión, por tanto del control y la forma de ejercerlo. Las grandes empresas tecnológicas ya han tomado sus posiciones sobre algunas de las ciudades más interesantes como candidatos a ocupar los primeros puestos en la división de las Smart Cities, y las están convirtiendo en sus escaparates para exhibición de sus propuestas. IBM, Siemens, Intel, Cisco, etc. son ya nombres que suenan en el nuevo escenario de moda. Esta intromisión en las fuentes de información de la ciudad y en la acumulación de datos de interés sobre las mismas, hará a las ciudades cada vez más dependientes de los consorcios posicionados en la gestión de los big data.

Especialmente preocupante sería la posibilidad -ya realidad en algunos casos- de que, a cambio de la gestión de esos datos se ofrezcan a las ciudades ventajas económicas o ahorros en sus cargas financieras. Los superordenadores, equipados con programas para tratamiento de la información geo referenciada, y presentar respuestas a las cuestiones urbanas, se convertirán así en un elemento de ayuda a la gestión imprescindible, pero que se escapará al control de las autoridades municipales, e, incluso de las superiores a ellas.

La cuestión no es baladí, puesto que la reciente experiencia viene a demostrar que, por eficaces que parezcan en los primeros momentos, los programas y los soportes de computación tienen una vida útil muy corta, cuando se atiende a su coste y a la potencia del tratamiento. Un programa con más de tres años se encontrará ya obsoleto, muy seguramente, y los tiempos en los que una aplicación es rentable en relación con las alternativas son y serán cada vez más cortos. Una ciudad, por muy Smart que haya sido, no podrá pagárselos, y la referencia al tamaño crítico (cuantas más mega Smart city, mejor) pasará a ser la clave para mantener la disponibilidad de la información y encontrarle un uso adaptado a las necesidades del momento.

Las decisiones de gestión, por la misma esencia de la interconectividad, se desplazarán desde la ciudad a otros estamentos. Posiblemente, no públicos, o, en el mejor de los casos, resultado de Contratos de colaboración público-privada en la que los firmantes serán los responsables de órganos superiores a los que actúan sobre la ciudad. Tal vez, incluso con el riesgo de que los datos sensibles sobre los ciudadanos y la ciudad sean utilizados por elementos ajenos a la misma, quién sabe si no potenciales enemigos de su seguridad o rivales para su bienestar.

No hay por qué llevar la cuestión a sus límites. Estas interrogantes aparecen ya especialmente evidentes cuando se trata de gestionar la conectividad de una ciudad con sus vecinas, o la óptima eficacia de los recursos que son necesarios en la ciudad, o que podrían ser proporcionados por ella, o, por abordar una cuestión aparentemente marginal a este respecto, el mantenimiento de los edificios, la conservación de los parques, etc..

El núcleo de esta idea es: si queremos una ciudad realmente interconectada, que saque el máximo partido a la información, hay que atender a la forma de acotar el riesgo de que se pierda el control, y la misma esencia de lo municipal. Los datos, sabemos ya por amplias experiencias, contienen información válida, sensible muchas veces, y que puede ser utilizada de muchas maneras, positivas como dañinas, si bien estas últimas, por la rapidez con la que se han generado los procesos masivos de tratamiento, no siempre tienen sanción penal en los Códigos.

Lo que nadie dudará es que la información es un elemento potencialmente lucrativo para quien la posee, y si se es capaz de ordenarla y se dispone de muchos valores para determinadas variables que posibiliten reducir riesgos o aventurar zonas de mayor beneficio, puede amparar actuaciones de muy distinta índole y que, tratándose de una ciudad, podrían acabar convirtiéndose en una servidumbre más que en una ventaja, si no se atiende a delimitar un marco legal preciso.

La integración de los sistemas de información y comunicación en la ciudad, para el seguimiento, control y optimización de los sistemas técnicos y de infraestructura de la ciudad está en el fondo de uno de los objetivos tenidos por esenciales en la Smart City. La movilidad, la seguridad, el ambiente de la ciudad están dependiendo de una buena resolución a esos problemas comunes a las urbes. La experiencia demuestra lo difícil que está siendo controlar la ejecución de las obras de reparación o sustitución de redes en las ciudades para los funcionarios municipales, que disponen de herramientas informáticas, generalmente, inferiores a las de las empresas de servicios (electricidad, agua, gas, transporte de mercancías, sanidad, etc.)

Es sustancial, por tanto, conseguir una transparencia y lealtad con el municipio en entre las empresas y la ciudadanía, mediante acuerdos que deberán someterse a un marco legal. Sería de lamentar que los bueyes se pusieran detrás del carro, para empujarlo, y que se aprovechara la escasez de medios de las ciudades, o la situación de insolvencia de muchas de ellas, para introducir una variable de aspecto ventajoso, pero que pronto se convertirá en una servidumre sobre la ciudad de la que no será posible sustraerse. Prudencia, pues, antes de introducirse en el camino de una modernidad que puede estar plagada de minas anti buena voluntad.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Urbanismo Etiquetado como: smart city, urbanismo

De blunt to smart city, una guía para dummies (4)

4 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

El camino hacia la categoría de Smart City (como signo de calidad reconocida tanto por los propios habitantes como por terceros) tiene muy peculiares características, pues no solo se basa en conceptos y valoraciones subjetivas, sino que está fuertemente condicionado por las condiciones de partida. Es, por otra parte, multidisciplinar, exigiendo la colaboración de especialistas  que ayuden a perfilar ese recorrido hacia la perfección (idea dinámica, como ya indiqué).

Pero, lo más importante, es que el juicio de mayor valor es el que emitan los propios habitantes, independientemente de su formación, clase social, forma de subsistencia, inquietudes culturales o intelectuales y lugar que ocupen físicamente en ella. Yo introduciría un factor muy especial, compuesto de índices a su vez muy diversos, que señalaría la diferencia máxima entre los grupos que la componen y que reflejaría las tensiones intrínsecas que coexisten en ella.  Otro factor sustancial es de su diversidad, en el sentido de que las categorías sociales, culturales, profesionales, los distintos grupos de edad y de género, resulten integrados de forma armónica.

Niego, por tanto, que una Smart City pueda ser un campus universitario, o un Sillicon Valley o un conjunto residencial de alto nivel. Estos ejemplos -y otros muchos que el lector puede aportar por sí mismo- pueden ser, y de hecho lo son, imprescindibles para configurar un nivel más amplio al de una ciudad, e incluso resultarían elementos sustanciales para el desarrollo o el bienestar de una Comunidad más amplia o de un Estado, pero no son ejemplos de Smart City.

A partir de una realidad existente, la voluntad de transformar una ciudad actual en una ciudad Smart, exige una permanente discusión política, y un acuerdo de la comunidad sobre la estrategia. De otra forma, se caerá en el precipicio de la introducción de parches (especial atención a las copias de medidas extrañas que hayan tenido éxito en otro contexto) o en despilfarros inútiles, que solo servirán para aumentar la frustración colectiva, además de, por supuesto, incrementar el gasto municipal, dejando la ciudad con nuevos cadáveres.

Esta observación es muy importante, en  mi opinión, pues se ha desencadenado una estéril y peligrosa carrera de rivalidad entre las ciudades Europas (pongo por caso), que se enfoca más hacia una pretensión de homogeneidad, en lugar de aprovechar, corregir o rentabilizar (en provecho colectivo de sus habitantes) las diferencias. Las críticas respecto a esta concepción elitista e igualadora en medidas que pueden ser vistosas o que se presentan como fórmulas ecológicas o de ahorro energético sin que se las haya analizado desde una perspectiva propia e integradora, han aparecido ya, pero su presencia en el debate es aún débil, puesto que los responsables políticos están, como siempre, obsesionados por el corto plazo y por la rivalizar en la mejora en baremos de puntuación en ciertos índices que no son apropiados, frecuentemente, para sus ciudades.

Para empezar el camino, es imprescindible tener en cuenta el mapa urbano de origen, sus estratos socioecónomicos y el modelo de vida actual de sus habitantes. La disponibilidad de territorio urbanizable es un elemento clave, y una medida de gran valor hacia la smart city sería convertirlo de inmediato en no urbanizable, en zonas verdes, delimitando de esta forma, de manera obviamente brutal, el crecimiento sustentable, que pasaría necesariamente a enfocarse sobre la mejora de las urbanizaciones existentes y el aumento del equipamiento y su óptima distribución, a partir del inventario de lo ya disponible.

Los elementos de dinamismo endógenos de la ciudad debieran ser analizados con máxima objetividad y precisión. La oferta tecnológica propia, la capacidad para resolver de forma autónoma las necesidades para recorrer el camino hacia una mayor intercomunicación de sus activos es parte esencial del reto a resolver. ¿Qué necesita la ciudad para ser más limpia, menos ruidosa, más transparente para sus habitantes, más cómoda para el transporte, más eficiente y creativa? ¿Dónde están los focos que pueden ser las claves para ese desarrollo? ¿Cómo se les puede motivar, impulsar, interconectar?. Hay que poner en valor, ante todo, esas características endógenas, antes de lanzarse por un camino de gasto que, si no se ha analizado con rigor, conducirá indefectiblemente a hacer la ciudad más dual y, por tanto, menos Smart.

La detección de esas áreas de desarrollo que han de ser impulsadas, con soluciones consensuadas o, al menos, claramente explicitadas, es imprescindible. Una ciudad no será más inteligente por haber apostado por convertirse en una ciudad de servicios hacia el exterior, con múltiples centros de convenciones, salas de exposiciones o lugares feriales o parques tecnológicos, puesto que su potencial éxito en esa dirección (medido, siempre, en bienestar de sus habitantes) entraría en competencia con otras ciudades que pueden estar mucho mejor situadas para rentabilizar esas inversiones.

La ciudad Smart aprovecha de manera inteligente sus singularidades, para potenciarlas, y rehúye entrar en competencia en campos para los que carece de factores diferenciales positivos. En eso radica la fuerza de la idea de un e-gobierno responsable. En la coordinación e integración de los elementos infraestructurales, formas de movilidad, interrelación de sus agentes propios con los impulsos ajenos, con una base de información mixta (geográfica, digital y analógica) que sea transparente, pero, sobre todo, mensurable. Esa gobernanza ha de apoyar, sin sustituirlos, las posibilidades de incorporación tecnológica, de información y de comunicación, dentro de un marco, no ya de respeto ambiental (concepto superado), sino de mejora ambiental drástica.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: e-gobernanza, smart city, urbanismo

De blunt to smart city, una guía para dummies (3)

2 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Solo la complacencia política puede pretender que una Smart City se presenta como una realidad inmutable, un logro definitivo, Ni siquiera aquellas ciudades que consiguieran hoy el galardón de ser apetecibles como lugar de residencia (juzgado tanto por los que habitan en ellas como por los que las conocen y no viven allí), pueden sentarse a  contemplar el futuro con tranquilidad.

Porque, como ya expresé, el concepto de Smart City es una utopía, un objetivo que se desplaza, como el horizonte, a medida que nos acercamos teóricamente a él. Ninguna definición puede superar, en mi opinión a ésta: La Smart City es un conglomerado urbanístico, cuyos objetivos permanentes son la información, la interrelación, la movilidad, la seguridad, y la sostenibilidad.

Las ciudades necesitan una reconstrucción, un replanteamiento, que puede ser tenido por una pacífica destrucción que permita la eliminación de las trabas que impiden el cumplimiento de esas ideas globales, intuitivas, pero que encuentran su concreción cuando contemplamos otra urbe que nos suscita envidia especial, porque tiene características de las que no disponemos.

La labor es ingente, que es como decir, que es imposible. No se puede pretender que todas las urbes del mundo disfruten de iguales características, y lo que es más importante, el mantenimiento de esos niveles de bienestar es una cuestión de élites, porque cuesta dinero.

Las Smart Cities habrán de estar defendidas por barreras especiales, de las que, sin duda, el alto coste de vivir en ellas será el más significativo: quien quiera lo bueno, tendrá que pagarlo. Los habitantes de una Smart City serán seres privilegiados, que ganarán más dinero que los demás, tendrán acceso a mejores fuentes de información, aunque también será cierto que en torno a esas apetecibles estructuras se conformarán barrios marginales -a mayor o menos distancia- en las que vivirán quienes cubran los servicios menos esenciales de los Smart citizens.

La dinámica de la urbanización es diferente según el nivel económico-tecnológico de los países: es especialmente alta en los países en desarrollo, y en los menos desarrollados, en donde se están produciendo continuamente masivas incorporaciones desde las zonas pobres del campo, atraídos por el olor a bienestar de las capitales y urbes mayores, que crecen indiscriminadamente. En otros trabajos, he defendido que debería apoyarse la creación de «ciudades intermedias» (con limitación a setecientos mil habitantes, como máximo), que sirvieran de descongestión a las grandes ciudades y, desde luego, como elemento disuasorio al crecimiento desorbitado que se está presentando, desde hace décadas, en los estados más pobres (y que tampoco puede decirse sean tan fácil de contener en los desarrollados, dado el nivel de concentración que alcanzan algunas urbes).

A nivel global, el urbanismo -esto es, la acomodación física del territorio a la habitabilidad-  tiene, como consecuencia de este crecimiento rápido, y en buena medida no planificado (o mal previsto), distintas concreciones, que van desde los asentamientos espontáneos, o los barrios miserables a las ciudades dormitorio. El abandono del campo agrario se mantiene ininterrumpidamente. Aunque pretendamos estar en una sociedad tecnológicamente avanzada, la generación de empleo más importante se vincula a la industria pesada, la producción masiva de bienes de consumo, o la construcción de infraestructuras.

No existe consciencia de la importancia de sostener la agricultura no intensiva, de una naturaleza no subyugada al interés económico, a la avidez temporal. La vida en el campo es despreciada, aunque quienes pueden, aún pretenden disfrutar unos días al año asistiendo a su declinar acelerado.

Estamos en el comienzo de una nueva forma de urbanización y, en mi apreciación, de forma curiosa, son típicamente las «ciudades cercadas»  las que se ofrecen de modelo a seguir. En toda Europa, aunque para llamar la atención sobre España, Barcelona es un caso paradigmático, al que uniría Santander, La Coruña, Cádiz, Córdoba y otras ciudades a las que las limitaciones de espacio han obligado a plantearse la calidad de su crecimiento urbano. Son «ciudades terminadas» (o casi) por razón de su falta de terreno para crecer megalo -maníacamente .

Sí, Madrid, en este sentido, podría ofrecerse como contramodelo, pues la amplia disponibilidad de espacio convertido en urbanizable ha permitido crear un monstruo de megaciudad, aprisionado, más que enaltecido, por más de diez núcleos urbanos que han copiado con manifiesta simplicidad un modelo urbano centrado en la especulación, en el corto plazo, en el individualismo.

El renacimiento de las ciudades ha de estar basado en la incorporación de la cultura a la convivencia, como forma de vida saludable. Las ciudades del futuro, sean o no calificadas de Smart, han de ser más polifacéticas, más verdes, deberán estar interna y externamente, más y mejor intercomunicadas. Es el comportamiento de sus habitantes el que los hará inteligentes, y ese propósito global, fundamentalmente político, tiene que ser incorporado con urgencia, robustecido y animado si ya se encuentra en él en sus principios, a la esfera ciudadana.

En los próximos comentarios proseguiré con este análisis.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: ciudad, ciudad terminada, desarrollo, núcleo urbano, política urana, smart city, territorio, urbanismo, urbanización, verde

Pongamos que hablo de Madrid (7)

25 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Madrid es una ciudad dinámica, no cabe duda. Como en toda gran ciudad, y máxime siendo la capital de un Estado de los llamados desarrollados, múltiples factores interactúan continuamente, configurando una realidad con múltiples facetas.

Madrid es también una ciudad deforme. Su crecimiento  ha sido desmedido, y en él,  ha predominado la especulación sobre el suelo -el agotamiento de un suelo definido como urbanizable a capricho de una normativa dirigida por voluntades avariciosas- frente a la planificación (que, en una metrópolis, significa, sobre todo, contención y limitación al desarrollo indiscriminado).

La ciudad y el Area Metropolitana han pasado por los arcos del triunfo de intereses particulares, muchos de ellos, ocultos en las oscuridades de la toma de decisiones, todos los planes de urbanismo que en su mundo han sido.

¿Este crecimiento en el número de los habitáculos está justificado por el aumento paralelo de las fuentes económicas que permitirían garantizar el nivel adquisitivo de sus pobladores? En mi respuesta rápida, no tanto. El desequilibrio urbanístico, con la aparición y crecimiento de barrios marginales, ý áreas de asentamiento del «lumpen proletariat» que vive en una cuarta dimensión de la ciudad,   ha provocado también la acumulación de viviendas vacías -¿a la espera de una reactivación del mercado inmobiliario?-  en zonas incluso de supuesto alto standing… encuentra su reflejo en la precariedad de no pocas de sus fuentes de vitalidad económica, que se han destruido para siempre.

En este análisis informal de la identidad de Madrid y su problemática, es necesario abordar la cuestión de los elementos que configuran su economía. ¿De qué vive Madrid y, hasta donde sea posible preverlos (en mi modesta y particular apreciación), cuál es la capacidad de adaptación, innovación y resistencia de sus soportes principales?

7. Respecto al sostenimiento económico de la ciudad.- En el momento en que escribo estas reflexiones, España está aún inmersa en una grave crisis de actividad y empleo, que ha generado una pérdida de más de cinco millones de empleos declarados (es decir, respecto a la población activa registrada en su momento álgido);

El empleo total en la Comunidad de Madrid gira en torno a los 3,2 millones de personas, siendo el número de desempleados de unos 700.000. Indico los órdenes de magnitud, no porque carezca -en absoluto- de sensibilidad respecto a las situaciones individuales, sino por ayudar a que el lector se sitúe en el paisaje laboral. En la capital, desde 2006 (enero) hasta 2015 (marzo) el número de parados se ha duplicado (pasó de 113.000 a 230.000).

El crecimiento del número de parados ha venido paralelo, sin duda, aunque no lo reflejen las cifras oficiales, con el aumento de la economía sumergida. Basta darse un paseo crítico por los interiores de la ciudad para detectar el creciente número de acompañantes (latinoamericanos, fundamentalmente) de ancianos con avanzados grados de demencia senil, domésticas acarreando niños a los colegios y escuelas, obreros de la miniconstrucción (rumanos, rusos, marroquíes, principalmente) asumiendo trabajos de pintura y retabicado en viviendas particulares y reparando averías o tapando grietas en las calles y aceras, ayudantes ocasionales en bares y comercios, etc….

La mayor parte de los que tienen empleo en la Comunidad están censados en Madrid capital (2,8 millones), y de ellos, más de 420.000 son funcionarios (el 15%). Respecto al total de la población,  como se suele repetir con énfasis, hay 1 funcionario por cada 15 habitantes, aproximadamente (6% de la población). Teniendo en cuenta que hablamos de la capital de un Estado y que allí reside teóricamente el núcleo duro de las decisiones económicas y políticas, no parecen muchos. Al contrario, reflejan que el país se ha perdido en una descentralización, que ha generado muchas duplicidades e ineficiencias.

Lo que ya no puedo garantizar es que todos esos funcionarios tengan algo que hacer, aunque sí proclamo que todos deberían estar muy ocupados si tuvieran quién les dirigiera adecuadamente.

Pero esa es otra historia.

Madrid construyó la base su crecimiento desmesurado entre los años 40 y 70 del siglo XX, actuando como foco de atracción de la inmigración interior y de la internacionalización parcial de la economía, en las que las multinacionales intuyeron las perspectivas de aprovechar el impulso consumista latente en el español. Vivir en Madrid era más caro, pero había mejor nivel.

Todo eso ha pasado a ser pura fantasía en la segunda década del siglo XXI.

Madrid es ahora bastante más barato (al menos, para los que saben comprar y se molestan en patear la ciudad) que muchas ciudades de provincias, pero se vive bastante peor, agobiados los habitantes por la lejanía entre los centros de trabajo y los lugares de residencia, la ausencia de tiempos libres, la escasez de espacios de relax, la falta de lugares de auténtico encuentro y participación colectiva. Las variaciones de precios entre comercios son exageradas, pues los comerciantes se aprovechan del escaso tiempo que tiene el comprador para comparar, y, en ciertos casos, también cuenta el abono a la pijería de querer comprar en ciertos comercios «porque tienen garantía de calidad».

No me engaño con las cifras de la hipotética recuperación económica de España y de Madrid. No la veo. Una cosa es que las grandes empresas consigan beneficios, que los ejecutivos que cobran sus buenos sueldos (¿les pagan también también por ello?) difundan optimismo, y otra muy distinta es el pulso que se percibe en la calle. Hay más pobres, (pedigüeños visibles como vergonzantes), se ven más comercios cerrados, existen permanentes stocks en liquidación por supuesto cierre de negocio «por jubilación de su dueño», proliferan locales vacíos que ofrecen acumulan suciedad a sus puertas que antesdeayer eran sucursales bancarias, delegaciones de empresas.

Eso sí, cada dos por tres se encontrará una parafarmacia, un bareto-restaurante con tufillo a aceite de girasol quemado, una franquicia de un supermercado de cercanías, una peluquería bi-sex (?), un comercio regentado por una familia china (ahora, también, de marroquíes), …en muchos de ellos, no faltará el amigo de raza negra y procedencia desconocida que nos abrirá la puerta en solicitud de alguna ayuda para subsistir. En el centro, la calidad de los productos mejora: tiendas de los múltiples nombres comerciales de Zara, o del Corte Inglés, Sánchez Romero y delicatesen, farmacia 24 horas, Rodillas, cafeterías con mesa de mármol y café a tres euros, y…pedigüeños a la entrada y cada diez metros, flanqueando el itinerario de la complacencia.

Las telecomunicaciones han reducido y siguen reduciendo ferozmente los puestos de trabajo disponibles. Se puede comunicar más rápido, mejor, con menos intermediarios  cualquier decisión o adoptarla. Y esos puestos de trabajo que formaban secretarias, administrativos, bancarios, bedeles, carteros, conductores, mecanógrafos, agentes de viajes, comerciales, etc., etc., se han perdido para siempre.

Y no se van a recuperar por muchos programas informáticos que queramos enseñar a los jóvenes, ni mucha adaptabilidad o iniciativa privada que se preconice o pretenda estimular desde arriba.

Hace falta un nuevo modelo de ciudad para Madrid, y no será fácil construirlo. Tendremos Madrid convertida en una Smart city, es obvio, cualquier cosa que sea eso, y como les gusta denominar a los políticos que están a la última en poner nombre a las añagazas del desarrollo. Habrá, por impulso de la necesidad y de los hechos ajenos, más coches eléctricos (y menos coches), más trabajo a realizar en el hogar (y menos trabajo) , más geriátricos (y más caros), una atención sanitaria pública despersonalizada (y…¿menos eficiente?), hospitales privados muy buenos (para quienes puedan pagárselo), nuevos planes educativos selectivos (unos formarán élites; los más, a desorientados o incluso, a desgraciados), etc.

Tendremos una sociedad aún más dual. Puede que, incluso, con varias capas: con sedimentos económicos muy rígidos, anquilosados por la presión de los que se encuentren arriba. Madrid sufrirá de esa dicotomía muy especialmente, porque es una ciudad desconectada socialmente, en la que el anonimato impera. Eso era una ventaja hace décadas; hoy, ser un animal que pasa desapercibido entre otros semejantes que van a  lo suyo, preocupados con lo que les compete, es una rémora.

No se si estamos a tiempo de corregirlo. Como en el caso de la amenaza del calentamiento global, estamos muy avanzados en el diagnóstico, pero no parece que nos preocupe colectivamente el hallazgo de las soluciones.

(Continuará)

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: ayuntamiento, capital, hablo de Madrid, Madrid, política, pongamos, urbanismo

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