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Cuento de primavera: El plazo

14 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Había en el lugar varios empleados, afanándose por tallar las inscripciones en las placas de mármol. Lo hacían a mano, con martillo y cincel, guiándose con unos modelos que situaban sobre la superficie blanca. Luego, pintaban las letras de negro.

El recién llegado los estuvo mirando, más bien con atención que con curiosidad. Al cabo de unos minutos de su entrada en el taller, el encargado se le acercó:

-¿En qué puedo servirle? -le preguntó, mientras se frotaba las manos con un trapo sucio.

-Desearía encargarle un trabajo. Pero, antes que nada, quiero saber si Vds. cumplen los plazos -dijo aquel tipo.

El encargado afirma que tenía un porte elegante, distinguido. La mirada, franca, con ojos de color castaño, sin nada singular en ellos («Bueno, sí -se corregiría-, tal vez uno de color más oscuro que otro»); el traje, casi nuevo, y limpio. Tez blanca, manos grandes («Tenía la mano más grande que la mía, porque cuando cogió una pieza de mármol en la suya, parecía mucho más pequeña»)

-Eso depende de la fecha del encargo -le explicó el responsable-. Por el invierno y la primavera tenemos más trabajo. También por Difuntos.

-Yo se lo quiero ordenar ahora -siguió el cliente, sin conceder más importancia a la información-. Vendrán a recogerlo dentro de dos días; mejor dicho, dentro de 48 horas exactamente. Le pagaré por adelantado.

El responsable de la marmolería no tenía tanta prisa.

-Me tiene que explicar qué quiere exactamente. Tenemos diversos modelos de lápidas, y también deberá comprender que el plazo de entrega depende de lo que desee escribir en ella.

-No, no, no me está entendiendo -replicó el extraño-. No quiero una lápida. Quiero que me tallen una cruz.

-En ese caso, no hay problema -indicó el encargado, que deseaba terminar la conversación cuanto antes, porque, en verdad, tenía trabajo-. Incluso, si espera un poco, podría llevársela ahora mismo. Solo tengo que buscar dos restos de mármol apropiados.

Entonces el encargado advirtió que el visitante había dejado un maletín en el suelo, del que sacó un paquete, que le entregó sin abrir.

-El material se lo traigo yo aquí. Y no tengo tanta prisa. Tómese los dos días. Pero ahora debo marcharme. Dígame lo que le debo, porque quiero pagarle por adelantado.

El maestro del taller estaba algo aturdido por el porte elegante del cliente y su voz, clara y convincente. Le dijo un precio más alto del que debería corresponder, y tomó el paquete y el dinero. Le pareció que el bulto pesaba poco para ser de mármol, pero no le dio mayor importancia.

-Recuerde que debe estar lista la cruz en 48 horas. Mejor dicho: en 47 horas y 45 minutos -oyó decir al elegante personaje, mientras salía del local («Con demasiada rapidez, ahora que me lo hace notar», comentó el encargado).

No sabría concretar por qué, pero el encargado explica que se olvidó del encargo durante varios días. Había pasado más de una semana cuando recordó, repentinamente, la obra que estaba pendiente.

Llamó a un operario y, sobre una mesa del taller de marmolería, abrió el paquete, mientras se preparaba mentalmente para darle algunas someras explicaciones. Primorosamente embalados, de forma separada, y recubiertos de papel de celofán, como un regalo de Pascua, había dos huesos, uno bastante más largo que otro.

-Supongo que el cliente vendrá en cualquier momento, porque me había explicado que debería estar lista la cruz en dos días exactamente. A mí se me pasó, aunque, por lo que parece, a él también.

Los dos huesos lucían refulgentes, y hasta parecían de oro, por la lámina de ese metal que, como comprobó el tallista, pasando la mano por su superficie, los abarcaba por entero.

-¿Qué diablos…? No habrá forma de tallar estos huesos, ni entiendo por qué ese interés en hacerlo. Estoy seguro de que al tratar de hacer la muesca en uno de ellos para incrustarlo en el otro, romperá. -fue el comentario del operario.

-Haz cualquier cosa para formar la cruz. Después de todo, no me ha dado ninguna instrucción, así que si algo sale mal, la culpa será del cliente, no nuestra. Pero no rompas los huesos ni estropees la lámina de oro, no vaya a ser que…

El marmolista cogió un punzón y, con cuidado, dio un golpe con el martillo al hueso más largo, tratando de abrir un hueco para encajar el otro.

-Tal vez sería mejor utilizar la fresa -iba a decir el encargado.

Pero no terminó la frase. Un chorro de sangre le saltó a la cara al operario, como si proviniera de una herida que estuviera recién abierta. Del brusco movimiento, realizado con lógico pavor, el otro hueso cayó al suelo, rompiéndose por la mitad.

La sangre quemaba como fuego y el líquido le desfiguraba la cara. El operario gritó, con un profundo dolor, llevándose las manos a la zona afectada. No se imaginaba lo que había pasado.

-Ya le tengo dicho que me pareció que en el otro hueso había algo dentro, parecido a un animal con forma humana, que se escapó en silencio. Era el demonio, estoy seguro de que era el demonio. -repetía el encargado.

-¿Dice usted que nadie acudió a recoger el encargo? ¿No apareció nadie? -preguntó el inspector, mientras tomaba notas.

La respuesta que dio el encargado al inspector tenía sentido:

-No lo se. Llevamos al compañero a urgencias, y dejamos el taller vacío. Lo que puedo decirle es que, cuando volví para cerrar el local, los huesos no estaban y las manchas de sangre de la mesa y del suelo, también habían desaparecido.

-Es decir, que lo único que queda como testimonio de esa historia es la marca en el rostro del operario -dijo el policía.

-Sí. Esa cruz. Una cicatriz terrible -murmuró, moviendo la cabeza- Pero aún es más lamentable la inscripción: «Dies sunt servanda», qué a saber qué coño quiere decir.

El inspector sonrió tristemente y murmuró:

-Eso sí lo se, porque para algo me tiene que servir haber estudiado Derecho: «Los plazos están para cumplirlos».

Y se metió un par de pastillas de chicle en la boca, por aquello de evitar el mal aliento, porque había comido ajos.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cruz, cuento de primavera, diablo, encargado, marca, marmolería, operario, plazo, señal

El Club de la Tragedia: Por dónde hay que cortar

20 enero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Transcurrida la hora menguada para las calles, en que, por faltar la luna, el momento había resultado término redondo de todo requiebro lechuzo, el piélago racional español continúa trabando la batalla de cada día, cada uno con propósito y negocio diferente, en la pretensión de engañarse los unos a los otros. (1)

De lo que algunos no parecen darse cuenta, fingiendo que aquí no ha pasado nada es que, en esta noche pasada, el Diablo Cojuelo ha estado alzando los tejados de ciertas casas escogidas, levantando una polvareda de embustes y mentiras que nos dejó boquiabiertos.

Retornados hoy a la luz del día, no atinamos a descubrir, aturdidos como estamos, una brizna de verdad, ni por un ojo de la cara, en cuantos nos dicen ser de otra ralea bien distinta a los bichejos con los que se encuentran juntos en las rendijas.

Andan los pobres y pobras escarapelados viendo la justicia en su garito, y mientras con parsimonia proverbial desgrana como puede la madeja de los hechos, interferida o intervenida como can sujeto con correa por intereses de gran pelaje y superior calado, tememos los de a pie que el Cojuelo nos ponga de manifiesto más y más tramposos, porque prosiguiendo su labor de destape nocturno, al descubrirnos, a cada luz del día, más sujetos de tal calaña, nos deje a los restantes por confusos, inermes, por escandalizados, corridos, por confiados, más ayunos.

Dicen ahora los que creen saber lo que se cuece después de haber comido, que el Cojuelo actúa por despecho al haber sido expulsado él mismo del bienestar de un Paraíso donde moraban los demonios principales, y que, vuelto esclavo liberado de la redoma a donde le había confinado un astrólogo desnortado -que es, como decir, licenciado en economías de provecho-, se ha hecho amigo de un tal Cleofás, estudiante en la profesión de provocar el cataclismo en lo que toque -becario de un medio de difusión, por todas señas-.

Pues ya lo tenemos aquí, un desaguisado más. El diablo alzando velos, como quien levanta el hojaldre de un pastelón, dejando ver la carne pútrida que ha generado nuestro país en la fiambrera de la desidia colectiva, y convertida en pasto de risión ajena, nuestra arca nacional. Sin que sea de ignorar cuanto sirve de catarsis el asunto para otros mentirosos, aún por descubrir, que se creen a salvo de la corriente de destape, afirmando que nunca tuvieron ni un catarro ni supieron jamás de nadie qe tuviera el menor moquillo, atentos solo como estaban a mirar solo de frente, por donde alguien cualesquiera les guiaba, y ellos, obedientes.

No es de envidiar siquiera el papel de los que nos vamos acercando al socavón de silencios movedizos por donde se hunde nuestra ingenuidad a tierras llenas. Mirando moverse patas arriba  la variedad de sabandijas, batracios y culebras, que antes se ocultaban en los áticos y ahora se retuercen como pueden, no atinamos a dónde mirar que no sirva de espanto, ni sabemos bien qué hacer con tanto bicho , y no porque, habiendo entre ellos alacranes, corramos peligro de quedar emponzoñados también con su veneno, sino porque corridos ya estamos, inocentes culpables de consentir tanta vergüenza.

Volviendo de la realidad literaria a la ficción social, ha dicho y redicho el presidente Rajoy, cuando la claridad del día ya era cegadora, que no le temblará la mano para cortar por donde haya que cortar, pretendiendo atajar de esa manera carnicera el mal de corrupción en grado sumo que puso el diablo al descubierto en uno que tuvo toda la confianza del conento, siendo consciente de que las escopetas cazadoras, cargadas ahora de fuego verdadero, apuntan al núcleo de la financiación irregular de su célebre partido, disparando allí donde tejió su nido la gaviota y se pusieron los primeros huevos.

Lo peor para él es que no le creemos, acostumbrados de más a su silencio para que ahora hable, de puerta en puerta, en cortijos y masías. No le vemos con fuerza para acuchillar, ni con ganas demancharse con sangre ajena las manos para tenerlas más limpias, y ya notamos que se parapeta detrás de otros pobres y pobras más bregados en hacer, con las palabras, de las suyas.

Siendo el riesgo grande, para el que teme que le alcancen los disparos, mejor quedarse agazapado. Porque, aunque hemos visto esta noche anterior algo de lo que se mueve bajo algunos tejados, cuando vuelva la oscuridad y Cojuelo vuelva con las suyas, es posible que se nos ponga en evidencia lo que está sucediendo igual en otros habitáculos y que lo que aflora ahora en pisos altos, alcance a otros más bajos, enmerdando a empresarios y a emprendidos.

Presionado por la misma desazón que embarga a este Gobierno, ha dicho el candidato a ser alternativa para gastar lo que entregamos, el otrora ingenioso Rubalcaba, liebre corredora, caída del guindo o de una higuera, que es necesario un acuerdo político de todos los partidos contra la corrupción. Y sentimos en el alma atormentada no poder creerle más que al otro, y hasta dudemos de los que están aposentados a su izquierda, inseguros de que muchos de quienes nos convencen con mieles se hallan encumbrados, debajo de los caparazones de su género ideológico, por las mismas lindezas, idénticos espumarajos productivos, y están ocultos también en sus partidos, con parecidas añagazas, responsables independientes o para beneficio colectivo, de desvaríos y desmanes, detrás de convenientes mascarillas para que los rostros resistieran, pétreos, embates de sospecha.

Ya al completo el festival de fuegos, con todo ardiendo, sospechamos, con suficientes muestras de que el jamón está podrido, que otros castillos y torres de poder se encuentran presas del mismo mal, y que todo fallece víctima de la misma calentura. Abierta la veda del destape, otros diablillos, más o menos cojos o traviesos, levantarán, de noche o de día, más pestillos, y se alzarán más cornejas y lechuzas que estaban anidando en los almiares; saldrán más sabandijas cuando se destruyan o desplacen tapas de agujeros, y en cuantos sean los resquicios por donde penetre nuestra vista y actúe el filo escudriñador de la sospecha, se recoja de cosecha una fauna completa de alimañas.

Solo queremos que nuestra vergüenza termine, no la suya. Sin ánimo para escuchar las explicaciones rebuscadas, deducimos en juicio sumarísimo, que todo era asunto consentido, porque no cabe ignorar lo que hacen con las manos quienes están sentados con nosotros a la mesa.

Matar a Pitón necesita el surgimiento de un Aquiles, y no podrá serlo quienes han campado, admitiéndolas o ignorándolas a base de rodeos, por las mismas miserias, o disfrutaron de las victorias que otros les brindaron, repartiendo entre los suyos prebendas y plazas con las dádivas que fueron peaje por mercedes públicas.

Como la casualidad es maravilla, en estos mismos días, del mundo del deporte ha llegado, campante, una respuesta. Lance Armstrong, mito heroico, adalid de un deporte para sufridores extremos, ejemplo de manual para explicar valores a la infancia, ha confesado que su personaje increíble era, en efecto, una ficción, fruto de mentira. Que hacía trampa, en fin, que se drogaba, que tomaba ventajas, todo ello para no competir en igualdad con los otros, porque quería ganar por encima de cualquiera.

Su aterradora verdad ha despertado otras, y son, en pocos días, multitud los que reconocen que venían haciendo lo mismo, para aparentar ser mejores. Como en un cuento burdo,  en el que se acaba descubriendo que todos cuantos participaban en el juego con opciones de ganar, trampeaban, han dejado patente que engañaban a los ingenuos que, por seguir las reglas, carecían de la menor oportunidad para vencer, y, por tanto, a los que disfrutábamos con el espectáculo de ver ganar a quienes, creyéndolos heroicos, mentían más qe nadie.

Catarsis, sí, Pero dejando que otros, limpios, nos permitan volver a ilusionarnos de que ningún Cojuelo tendrá nada vergonzante que mostrarnos la próxima vez que le de por levantar los tejados de las casas, dejándonos a todos, los que manden y mandados, dormir a pierna suelta, tan tranquilos.

—

(1) Comienzo el Comentario de esta forma, con rendida devoción a Luis Vélez de Guevara, autor de El diablo cojuelo (1640), que tengo a la vista en la magnífica edición de Ramón Valdés (Biblioteca clásica, 1999), cuya lectura de texto original y glosas recomiendo. Son varios los momentos del texto en que utilizo, con ligeras transformaciones, frases de Vélez.

Publicado en: Política Etiquetado como: Armstrong, catarsis, Cojuelo, corrupción, crisis, diablo, indignados, Lance, mentideros, oportunismo, políticos, responsabilidad, Vélez de Guevara

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