Al socaire

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Dudas

19 abril, 2021 By amarias 1 comentario

La mayor parte de los políticos españoles actuales han adquirido la base de su formación universitaria -los que la tienen, claro- en las Facultades de Derecho, Económicas o Sociología. Se ha puesto de moda la expresión «tiene estudios de…», para indicar pretenciosamente que se han pisado las aulas universitarios (o los patios) uno o dos años, insinuando que basta respirar el aire de los antes respetados recintos para conseguir marchamo científico.

El esplendor de la titulitis se magnifica para aquellos que completaron estudios con cursos trimestrales o semestrales e incluso cortas estancias en el extranjero,  especialmente si la estadía les ha proporcionado un título en inglés que adorna o embellece semánticamente su teórica capacidad para participar, con apariencia de credibilidad, en la postulación para tomar decisiones que afecten al resto de los ciudadanos.

Por supuesto, de nada serviría tener el mejor currículum académico en cualquiera de esas disciplinas, en el marco del teórico reparto de competencias institucionales -porque no me estoy refiriendo a la competencia para ascender en la escala privada, sino solo en la pública-, para acceder a algún puesto relevante de las administraciones públicas, si los futuros rectores de las polis no pertenecieran a un partido político que les aúpe.

Porque aunque algunos «independientes» serán elegidos por el dedo divino del jefe de filas de cualquier facción con opciones de llegar a mando en plaza, para reforzar la proyección mediática de la oferta electoral, en realidad, se trata de militantes «tapados» o vergonzosos.

Las últimas décadas y, en especial, la procelosa deriva implacable de la lucha partidaria hacia el folclore, han supuesto la incorporación a los primeros puestos de la dirección de los asuntos políticos a personas que se han distinguido en gestas que poco tienen que ver con la gestión administrativa y, aún menos, con el conocimiento de la realidad. La ciencia que les servirá para ejercer en su tarea pública parece que la adquirirán por contagio y, en todo caso, para los más bisoños, se puede creer que están preparándose para dar el salto a la privada, llevándose consigo la información y la experiencia adquirida equivocándose con lo que es de todos.

Cojo ejemplos, casi al azar, del juego que se nos hace con lo público. Tenemos a un venerable sociólogo con título emitido en francés y experiencia docente foránea, como ministro de las Universidades a las que desconoce; a un astronauta en paro cuya relación con tecnología no cósmica es nula, como ministro de investigación y ciencia; a un filólogo en la lengua catalana que se dedicó a escribir panfletos como aficionado al periodismo, elevado a paladín prófugo del separatismo; a un sociólogo de aspecto descuidado, empachado según muestra a cada rato por sus lecturas infantiles del izquierdismo, empeñado en resucitar de su sepulcro con siete sellos al marxismo-leninismo ( y que, por cierto, aumentó su currículum revolucionario como vicepresidente sedente del peor gobierno de España -por ahora-), y, en fin, ahí tenemos en los bancos azules, marrones y rosas, a esposas, maridos y amantes asiduos a páginas de la prensa del corazón, conviviendo felices junto a ladronzuelos de siglas respetables, o maestros de metafísica, amigos de las puertas giratorias y hasta gentes que pasaban por allí y gritaron «¡Soy de los vuestros!».

Si es que el lector cree que estoy criticando o adjetivando solo lo que luce en el actual Gobierno, no son mejores las alternativas. Ahí van licenciados en derecho que nunca ejercieron la abogacía en otro foro que en mítines, titulados en ciencias de la información que han hechos sus mejores dientes llevando la agenda de tareas de sus jefes, abogados de Estado dimisionarios, politólogos que conocen de economía lo justo para abrir una cuenta corriente, negacionistas de todo cuanto se afirme desde enfrente, tipos suaves especialistas en hablar alto y duro, instigadores oficiales a la bulla, etc.

Claro que no todo es así, gracias a Dios, pero lo que hay es suficiente para que nos llevemos las manos a la cabeza.

Otras veces me he atrevido a comentar la singularidad española y hoy quiero volver por mis andadas. La generación de los que tienen entre, digamos, sesenta y setenta y cinco años en España, ha tenido pocas oportunidades de demostrar su valía con puestos de trabajo y actividades relevantes. Ganándoles en edad, sus mayores, muy longevos, han impedido -no solo con buenas artes- que llegasen a sitios desde los que pudieran desbancarles. Por abajo, los más jóvenes, sin la limitación del respeto a sus mayores, les han comido la tostada, apoyados por el fugaz conocimiento que dan las antes llamadas nuevas tecnologías (informática, telecomunicaciones, etc.); donde a los ancianos de la tribu nos obligaban a aprender latín, griego, geometría euclídea y filosofía, estos retoños de menos de cincuenta años -y muy especialmente los que tienen entre treinta y cuarenta primaveras- no saben de tir ni per, sino solo de que la huida hacia delante es la mejor solución para escapar de un mal presente.

Hablando el otro día con un amigo que buscaba ingenieros con currículum para no se qué real academia, y que se lamentaba de no encontrar perfiles relevantes que se acercaran a los de lo ancianos que ya ocupan sus sitiales, me vino a la cabeza, en la que vuelve a crecer el pelo (gracias a la quimio) que la «experiencia verdadera» (esa que, en lenguaje paladino, afirmaba que «cortando testículos se aprende a capar») no figura en la trayectoria curricular enseñable.

No quiero presumir de mi propia sabiduría, pero se bastante de lo que no está en los libros. Y, por eso, tengo dudas allí donde los que más alardean de conocimiento les han cosido las certezas que venden en la feria.

Publicado en: Actualidad, Administraciones públcias, Política Etiquetado como: dudas, partidos, política, políticos

Aparentando tranquilidad

19 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

Recluidos forzosos en nuestras casas, ahítos de información intranquilizadora, vagamos de habitación en habitación sin rumbo. Qué hacer, qué no hacer. La necesidad de salir a la tienda de ultramarinos para adquirir algunos víveres nos incorpora nuevas angustias. ¿Cómo prepararse? ¿Bastarán los guantes de cocina? ¿Habrá que tirarlos luego, limpiarlos con lejía, eliminar las bolsas en las que transportamos la comida?

Y luego están las angustias mayores. Qué sucederá con nuestros mayores, padres, tíos, amigos y familiares de amigos que superan los setenta y que están solos en sus casas, o en residencias de mayores o atendidos por emplead@s de ahogar que se encuentran secuestrados con ellos.

Qué está pasando en los Hospitales, en los Centros de Salud, en todos los servicios asistenciales. ¿Habrá unidades de cuidados intensivos para todos, respiradores, analgésicos? ¿Tienen batas, mascarillas y guantes suficientes todo el personal sanitario?

¿Cómo irá la investigación que permitirá combatir con calidad este virus silente y letal, que se nos coló desde la lejana China, que ahora, superado por los habitantes de ese siempre misterioso y gigantesco país, nos obsequian con su experiencia y material clínico, del que tanto nos falta?

Abro una Biblia al azar y en Los Salmos, leo sin prestar al principio atención: «Ansias de huir a la soledad. (…) El corazón tiembla en mi pecho, y me acometen mortales angustias. El temor y el terror me invaden, y me envuelve el espanto. Y exclamo: «¡Oh, si tuviera yo alas como la paloma, para volar en busca de reposo! Me iría bien lejos a morar en el desierto. Me escaparía al instante del torbellino y de la tempestad»

Hay palabras, escritas por otros y hace mucho tiempo, que nos hablan en tiempo presente de lo que nos preocupa, obsesiona y atormenta.  Buscamos consuelo, proximidad, afecto.  En tiempos modernos, desde este aislamiento forzoso, con el temor de que la espada del ángel exterminador no seleccione a nosotros, tratamos de protegernos siguiendo señales, admitiendo ritos y nuevos carismas, abrazados a cualquier esperanza.

Está claro que tenemos que encontrar confianza. Ante la multitud de falsas esperanzas, de consejos vanos, de palabras que atormentan sin motivo por despreciables individuos que gozan generando terror, abracémonos a lo que nos da fuerza: la solidaridad de los seres humanos para vencer cualquier dificultad, superar la desgracia.

Pero no podemos olvidar, jamás, que hoy más que nunca dependemos de dos categorías muy especiales de seres humanos: a) el personal sanitario, esos profesionales vocacionales que nos cuidan, que sufren con nuestra enfermedad y dolor, que se exponen para salvarnos y caen a veces en el verdadero campo de batalla, en su lucha en primera línea contra el enemigo vírico y la patología contagiosa; y b) los investigadores, los científicos de todo tipo que, en el silencio de sus laboratorios y centros de trabajo, están buscando afanosamente una solución que nos libere.

Es correcta, en mi opinión, la actitud del Gobierno, aunque adoptada con tardanza, de obligar a la reclusión y vigilarla incluso con las fuerzas del orden y el personal militar (que, por supuesto, también está en su profesión ayudar si alguien lo necesita); y tampoco puedo olvidarme de todo ese conjunto de personas expuestas a riesgos especiales para mantener, al menos, viva, la cadena de suministro alimentario y la producción básica, con atención particular a lo sanitario.

Necesitamos ganar tiempo para que la propagación del virus se limite espacialmente y para evitar que nuestros Hospitales no se colapsen con los terribles picos de contagiados graves, obligados a cuidados intensivos. Quiero creer que pasado bastante tiempo, con o sin vacuna, cuando todos o casi todos hayamos sido contagiados y la inmensa mayoría hayáis/hayamos sobrevivido, nos arrimaremos a las plazas de cada pueblo, al centro de cada lugar, por pequeño que sea. para lanzar un grito de victoria.  Un inmenso grito que llegue a todas las esquinas del cosmos, y anuncio de una nueva solidaridad de la que nunca deberíamos separarnos.

Publicado en: Actualidad, Sanidad, Sociedad Etiquetado como: afectados, Biblia, cadena alimentaria, coronavirus, meddas, Militares, personal sanitario, políticos, Salmos

Cambiar los muebles del despacho

31 agosto, 2019 By amarias Deja un comentario

He tenido a lo largo de mi vida profesional, que discurrió tanto por andaduras públicas como privadas, más de dos docenas de despachos.

Salvo en aquellos casos en que abrí oficinas y tuve que acotar por primera vez espacios y adquirir todo el mobiliario, prescindí de hacer reformas y de hacer adquisiciones. Me senté allí donde se habían sentado mis antecesores, seguí utilizando la misma mesa y armarios que ellos, y si me pareció que el despacho era demasiado grande en relación con el que correspondía a mis más directos subordinados, no tuve el menor problema en reducirlo para beneficiar a otros.

No pretendo presumir de austeridad, pues no viene a cuento. Pero quiero resaltar que no parece que la idea de mantener lo que hicieron los anteriores, y auparse en ello para mejorarlo, sea el método que se utiliza por los nuevos encargados cuando vienen a sustituir a otros.

Cambiar el espacio asignado para realizar la gestión, cambiar la pintura, ordenar la compra de nuevo mobiliario y hasta ensanchar, incorporando metros cuadrados, el marco en el que uno asentará sus reales, parece norma general.

Vale. Cada uno ha de sentirse libre para recargar con algunos miles de euros y dólares los gastos imputables a su gestión, si se siente capaz de superar ese extracoste con creces, gracias a la ventaja teórica de encontrar ideas felices en una habitación más amplia.

Lo que ya no puedo entender es la obsesión de todo político encaramado en novedad al puesto de la gestión pública, por poner su huella digital enmendando lo que hizo el anterior, especialmente, si es de signo ideológico contrario. La cantidad de parques tecnológicos abandonados, edificios que han quedado sin uso a pesar de las costosas reformas y todas las esplendorosas promesas de ventajas mágicas explotadas como globos de feria, los monumentos a la fantasía y vanaglorias propias, etc. que jalonan el territorio español (y, por lo que tengo visto, también el de predios extranjeros) es casi tan innumerable como las arenas del mar.

Por eso, cuando leo que los nuevos alcaldes, como lo han hecho, desde luego, sus antecesores, siguiendo un aberrante comportamiento consuetudinario, censuran de cabo a rabo los planes anteriores, prometen a boca llena nuevas actuaciones que suponen, bien poner picas en Flandes como recuperar añejos planes sin chicha, incorporándose a una noria de despropósitos sin fin, me pregunto qué otra cosa les guía, salvo el instinto vanidoso de intentar resistir a la maquinaria implacable del olvido, dejando una placa en algún sitio en la que figuren como promotores de cualquier chisme urbano.

Pocos lo conseguirán, porque faltarán recursos, fracasarán los propósitos al toparse con los dientes acerados del paso del tiempo y los problemas perentorios, se confundirán los medios con los fines. Dejarán la huella descarnada del esqueleto de un edificio interminado o inútil, de una estatua sin gracia, de una fuente sin agua.

Perderemos tiempo y dineros de todos.

Si pensamos en cientos o miles de responsables de empresas públicas, de encargados de ministerios, de todos cuantos, desde su puesto de gestión o control de lo que afecta al erario general, que están actuando, no ya reformando sus despachos, sino dejando tierra quemada a sus sucesores, llevándose conocimientos y contactos preciosos, cuando no dineros efectivos, y dejando tareas a medias que nadie continuará, puede que tengamos algo de luz acerca del gran despilfarro que supone ignorar lo que debería ser acervo colectivo y patrimonio de todos.

Qué pena que no sepamos o no queramos construir sobre lo que hacen los demás, que nos cueste tanto reconocer méritos al contrario, que fallemos en la clave de crecer, aumentando lo que sabemos con el conocimiento de los predecesores. Tenemos un pueblo creativo, pero terriblemente indisciplinado, terco, individualista y necio.

Cada uno, a su nivel, se complace en cambiar los muebles del despacho, tirando los que había, porque no nos gustan los colores, el diseño o el contraste de la alfombra con el tapizado de las sillas de querencia.


Una de las aves más simpáticas y cercanas de nuestro paisaje, tanto rústico como urbano, moviéndose siempre con agilidad de equilibrista entre los árboles, es el herrerillo común (cyanistes caeruleus). Inconfundible con su caperuza de azul celeste, es un acróbata que gusta de una alimentación variada, pues liba el néctar de los amentos de los sauces y de las flores de los frutales, golpeando incluso los tallos de los carrizos para abrir aquellos que contienen larvas e insectos.

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: alcaldes, antecesor, cambiar, muebles, políticos

Militares, empresarios y jueces en política

27 marzo, 2019 By amarias Deja un comentario

La incorporación de varios altos miembros de las Fuerzas Armadas (no en activo) en lugares preferentes en las listas de  partidos que presentan candidatos a las elecciones del 28 de abril de 2019, ha vuelto a levantar la polémica acerca del significado que puede darse a la movilización política de quienes han ocupado hasta muy recientemente puestos relevantes en los Ejércitos.

Las Fuerzas Armadas tienen constitucionalmente la obligación de ser apolíticas, pero este mandato al colectivo no vincula individualmente a sus miembros, a los que -al margen de consideraciones estéticas- nada impide pertenecer a un partido político y apoyar su programa como crean conveniente y les permitan sus organizaciones, en tanto sus expresiones públicas se mantengan en el respeto a la Constitución y las leyes.

Lo que me lleva a dedicar algunas líneas a la cuestión no es el hecho en sí de que cinco ex generales (cuatro en las filas de Vox y uno en las de Podemos, aunque el antiguo JEMAD Julio Rodriguez no figura cómo candidato en estas elecciones) hayan saltado a la palestra de mostrar el trasfondo de armario de sus afinidades ideológicas, sino qué haya podido motivarlos, a ellos y, sobre todo, a sus mentores, para dar ese paso. Estas consideraciones pueden servir (bajándolas al nivel que el lector crea oportuno) para aquellos oficiales y jefes de los Ejércitos cuya incorporación a la política activa ha sido presentada poniendo de manifiesto expreso su vinculación militar.

Y por tiro lateral, se podrían aplicar a empresarios y profesionales de éxito en sus campos y, en esa línea, a jueces y magistrados que abandonan la toga y las puñetas (siquiera sea por la puerta de la excedencia provisional) para pasear su palmito por los escenarios haciendo de palmeros de políticos que se postulan para ser jefes de Gobierno.

Creo que es un error sacrificar la neutralidad pública de la trayectoria personal, asomando el careto en apoyo de una ideología o programa. No es lo mismo que te llamen para formar parte de un gobierno como independiente experto, que confesarse fiel a un Partido, sin que me importe el signo.

En el caso de los empresarios, parecen haber quedado atrás aquellos tiempos tempraneros post aprobación de la Constitución, en los que muy destacados paladines de los negocios privados afirmaban que no les importaba quien gobernase, con tal de que lo hiciese bien.

Y no solo creo que es un error personal el dedicarse a la política cuando se viene de esferas profesionales en donde se debe ser neutral ante las ideologías (por imperativo legal, obligación del organismo de pertenencia o conveniencia para el propio negocio). No veo la ventaja para los partidos que incorporan a militares, jueces y empresarios, en la supuesta esperanza de que les consigan más votos, le den más visibilidad o sirvan de refuerzo a algunas líneas programáticas (p. ej: defensa de la unidad de España, alardear de honestidad y presentar voluntad de perseguir la corrupción, exhibir capacidad de gestión).

La política es una profesión, exige una formación y una disposición personal y apoyo de partido. Los buenos profesionales de otros oficios y beneficios , pueden y deben ser excelentes consejeros y asesores de los políticos. Pero  mejor, desde la sombra. La exposición pública quema sin remedios y se convierte, con alta probabilidad, en un broche desgraciado a una carrera meritoria.

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Estas palomas coloreadas fueron fotografiadas en Taberna (Almería), en donde existen unos estudios cinematográficos-ahora en tiempos leves- en donde se rodaron grandes éxitos de la filmografía para devotos de western y de las pelis de fondo histórico.

Me imagino que los propietarios de estas aves las pintan para distinguirlas y para evitar que un cazador las mate creyéndolas salvajes. Son palomas de raza y de competición. Estas se habían arremolinado en torno a un señuelo depositado en el suelo. Varios lugareños observaban su comportamiento, aunque no fui capaz de entender lo que les extasiaba.

 

Publicado en: Actualidad, Defensa, Política Etiquetado como: elecciones, jueces, Militares, política, políticos

Comer con buenas noticias

10 enero, 2019 By amarias 2 comentarios

Deberíamos acudir a una sesión de catarsis colectiva en la que se nos enseñara a detectar y  valorar las buenas noticias, los éxitos, los trabajos esforzados que ponen el énfasis en los valores del ser humano.

Quienes tendrían que sentarse en los primeros bancos de ese aula imaginaria serían, desde luego, políticos y periodistas. Entiendo que la mayoría de los incluibles en el segundo grupo (titulados universitarios y aficionados a la pluma) dependen mucho de los intereses de quienes les pagan, pero los primeros, si nos provocan desasosiego, es por nuestra culpa, ya que los ponemos en sus sitios, no para que nos amarguen y hagan más difícil el tránsito por el vivir, sino porque queremos que nos lo mejoren.

La combinación de ambos discurrires profesionales es perjudicial para nuestros humores y bienestar. Es falso de toda falsedad (que diría un castizo) que a la mayoría de los españoles nos entusiasme el morbo y, menos, que se nos dé ración mientras almorzamos o cenamos.

¿Que hay maltratos de género (si, básicamente solo contra las mujeres) y que algunos degenerados llevan su inconcebible sicopatía hasta el abominable asesinato de quienes fueron sus esposas, novias o amantes? Dedíquese a la desgraciada constatación un tiempo periódico para ilustrar a la parroquia de esa lacra localizable, pero no se nos de la tabarra a todos los que formamos parte del pelotón de la normalidad, como si fuéramos potenciales maltratadores o presuntos asesinos.

¿Que un portavoz de su chulería se ha dedicado en el respetable foro (donde deberían esgrimirse los mejores argumentos para sacarnos del pozuelo de la escasez de empleo y la amenaza de un futuro con menores opciones), a insultar a otros colegas del asiento de enfrente o, quizá, a bastantes españoles? Dejésele en la soledad de su falta de empatía y pónganse de manifiesto y glósense, que las habrá, las propuestas y acciones que servirían para dar la impresión, ya que no la seguridad, de que nuestros dineros no son empleados en vacua verborrea.

Porque, si, hay miles de investigadores en España empeñados en descubrir y mejorar el hacer de las cosas, miles de médicos, ingenieros, economistas, abogados, …que cumplen con eficacia sus labores, millones de personas (¿cuarenta y seis?) que cubren con renovada ilusión el tránsito de cada día, a la espera de que les mejoren la luz con la que lo ven, millones de gentes inteligentes y creativas que, después de dedicar cinco o diez minutos a la semana a hablar  de fútbol (o del tiempo) estarían encantadas de discutir creativa mente sobre lo que les importa de verdad. ¿O creemos que no es así, que voy “ herrado”?

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: noticias, Periodistas, políticos, positivo

Demasiados frentes

19 julio, 2017 By amarias 2 comentarios

La muerte, en extrañas circunstancias, de Miguel Blesa y Rita Barberá ha venido a conformar una pareja triste y dramática, que parece señalar, con lápiz amargo, la tremenda tensión política y económica que vivimos.

Los problemas son de tal magnitud y diversidad que su simple enumeración produce escalofríos. La falsa recuperación económica, la ausencia de una directriz formativa para los jóvenes, la presión inmigratoria y el riesgo climático, se agrupan junto a la incertidumbre del proceso secesionista catalán, la falta de credibilidad de un gobierno decadente y el descrédito autoinfligido de su no muy leal oposición, el cuestionamiento de la ética de miembros de la familia real, el menos que dudoso delictivo proceder de las huestes del antes muy honorable President de la Generalitat catalana y, ya tomando carrerilla, la puesta en solfa de todas las instituciones y autoridades.

Bajo este sombrío panorama, el óbito de Blesa, acaecido en la madrugada del día en que esto escribo, si, como se está difundiendo (no sé si con temeridad) pudo ser causado por él mismo, me provoca  la especial desazón de sospechar que la impecable persecución judicial de quienes fueron segundones en actuaciones probadas o presuntamente delictivas les está provocando como daños colaterales,  graves desequilibrios anímicos. No se trata de «la pena del telediario». Es la «pena del abandono como apestado» de aquel a quien fuiste fiel durante años.

Imagino lo duro de sufrir, primero, la presión del dedo del reproche público y, luego, la cárcel, sabiendo que los principales impulsores y beneficiarios de la actuación del investigado, empicotado y penado, andan parapetados en la inmunidad que concede la inmensa hidra del sistema. Aunque algunos se jacten de hacer amigos entre los «reclusos del montón» y escriban luego libritos con la experiencia (alardeando de capacidad de resistencia). Incluso aunque se pueda relajar la mente pensando en la futura disponibilidad de los millones puestos a recaudo en paraísos fiscales y no descubiertos por la investigación de solvencias con que responder del delito.

No estoy de lado, por supuesto, del que delinque, pero sí tengo que poner de relieve que los frentes abiertos del sistema económico y social son excesivos para la munición con que contamos.

Restringiéndome solo a nuestro código penal -y a pesar de las modificaciones recientes-, entiendo, como ya puse de manifiesto otras veces, que precisa una urgente revisión de las sanciones, haciéndolas proporcionadas, modulares y coherentes con el fin que se persiga.

Preparado para castigar a delincuentes de poca monta en la mayor parte de los tipos y de las penas, bajo la ingenua idea decimonónica de que permanecer privado de libertad en un centro penitenciario varios años debe servir también a la reinserción, no solo no se cumple, en general, para aquellos, pero la reeducación es una quimera para los autores de los delitos económicos graves. Deberían sufrir la confiscación de bienes familiares para responder de su gestión delictiva, llevando la restitución hasta sus últimas consecuencias, lo que plantea el problema de investigar a fondo el origen de las fortunas.

Ni los fiscales, ni los jueces, ni las cárceles, están previstos para tratar este tipo de infractores.

Quizás la cuestión clave está en que, así como la sociedad, sin necesidad de pasar por los Juzgados, reprocha de inmediato a quien roba una gallina o acuchilla a un compinche en una reyerta, y no le importa qué tipo de sanción penal recibe, carece de criterio para valorar ciertos delitos «nuevos». A veces encubre y disculpa, otras sobreactúa, y no pocas, castiga sin esperar que los jueces se pronuncien, haciendo caer en el descrédito irrecuperable a sospechosos inocentes.


El milano real de la foto sobrevuela, majestuoso, oteando la oportunidad de algún polluelo despistado. La cola de los adultos, rojiza en la zona superior, larga y muy ahorquillada, sirve de primera identificación del Milvus milvus.

Los milanos son rapaces relativamente grandes (hasta 70 cm). Para distinguir entre las especies, si la visión del ave se realiza, por suerte, con la iluminación adecuada, la zona anal-ventral puede ser determinante. El milano real tiene esa zona de color rojizo (más pálido en los jóvenes).

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: Barberá, Blesa, cárcel, frente, paraísos fiscales, políticos

Políticos, funcionarios y ciudadanos

1 febrero, 2016 By amarias Deja un comentario

La sociedad civil es, muy posiblemente, una entelequia formal. No es difícil asimilar, cuando se leen crónicas de sucesos y escritos aderezados de historias y políticas, a los civiles a sujetos/objetos pasivos, inermes, indolentes, anónimos. Son destino de actuaciones de otros, y aparecen no pocas veces como víctimas colaterales (casualties). Se les toma por masa homogénea, predecible, inmune al estímulo individual y, en todo caso, se consideran detectables sus vaivenes cuando se les somete a la servidumbre adicional de las encuestas y sus necesidades y deseos se jalonan, como marcas de clase en estadísticas.

Frente a ellos están las fuerzas vivas, los estamentos, los ejércitos y el aparato inescrutable del Estado  que actúa para ellos, pero sobre todo, por encima, sobre ellos, y, muy raras veces, con ellos.

Así que, demandando un esfuerzo de abstracción podríamos preguntar: ¿cuál es la esencia de la ciudadanía? ¿A quiénes se refieren con el término ciudadanos y sociedad civil los que la usan tan despreocupadamente, y oímos a diario?

Procedamos por exclusión, para acercarnos a un intento, ya que no de definición, al menos de los confines del asunto. Desplacemos con decisión a quienes, precisamente, por utilizar el término ciudadanos para enmarcar a terceros, ni se consideran de ese grupo, ni apetecen que se les confunda con sus miembros: hablo de funcionarios y, por supuesto, de políticos.

Como funcionarios, incluyo a todos cuantos ocupan un puesto laboral pagado total o parcialmente desde el Estado.

No importa si en calidad de militares, desde generales a soldados; desde magistrados a oficiales: a todos cuantos estén adscritos a los recovecos de las administraciones de justicia; vayan fuera (con respeto), médicos, enfermeros, ATSs, analistas, gerentes, celadores y, sin dudar, todo el personal con bata de los centros de salud públicos del Reino; eliminemos, cómo no, a catedráticos, profesores titulares y suplentes, conserjes, asociados, eméritos, becarios y a los que ocupen los escalones administrativos y subalternos de cualquier centro de enseñanzas públicas; sean caídos del panel, abogados del Estado, TACs, actuarios, inspectores, y, con ellos, a todo tipo de ocupantes, ya sea por oposición, designación digital o asignación provisional, de cuantos lugares sean previstos en el escalafón de las legal o reglamentariamente definidas estructuras de las Administraciones; incluyamos el personal de los servicios de aguas, saneamientos, residuos y depuraciones; de los transportes, tierra, mar y aire, si reciben la nómina del Estado o de contratas, apéense ; del censo grupal, no caben tampoco en este empeño, los directivos, titulados, y todo el personal contratado por empresas públicas, mixtas, y parapúblicas; y, en fin,  desclasifiquen de la cosa de la ciudadanía, a todos cuantos reciban, si no están ya comprendidos en alguno de los epígrafes anteriores, una parte de su salario, remuneración o prebenda del erario común o de los centros relacionados con él por cualesquiera de sus arabescos organizativos.

Vayamos, luego a desclasificar a los políticos. Más fácil está, pues no pocos se habrán caído antes. Pero, al grano. Habría que entender por tales, no solamente a los que ocupan posiciones -no importa si esporádicamente- en cualesquiera de los Parlamentos, Senados y Senadetes, Municipios, Diputaciones, Consejerías o Gobiernos de toda alcurnia y condición -desde los Ministerios hasta las Direcciones Generales y los asesores áulicos, ya hubieran accedido en virtud de carnet o afiliación, aún la imprecisa; saquemos del plantel, también, a cuantos reciban encargos retribuidos sobre actuaciones pasadas o futuras, regalos y dádivas más o menos sólidas, sean o no de marca, y, en especial, los que encubran compensaciones económicas por trabajos ya acabados o de los nunca empezados, y a no olvidar los que tengan expectativas  fundadas o infundadas de acabar recibiéndolas, y, si se cumplieron, bájense o retírense, aunque falten documentos y razones demostrables de que las hayan disfrutado.

Si quedaran aún gentes incólumes; de la batalla y purga, irredentas; vírgenes de oposición, limpios de maniobra o engaño; incumplidores tenaces de las condiciones que les habrían llevado a otra situación que no gustaban; orgullosos de su nulo poder; tibios para ascender, diligentes al bajar y ayudar; si hubiera algo remanente, ahí tendríamos, como aquella rosa de la creación siderúrgica que salió de la mano de Aranguren y que acabó llamándose Arcelor-Mittal, voilá, la sociedad civil.

Gentes inocuas, invisibles, oscuras: siervos de la gleba. No tienen nada que ver con políticos ni funcionarios, no esperan de unos y otros nada de particular (tal vez, disgustos), de lo que no saben no contestan, y prefieren no contestar de lo que saben, si no es a su debido tiempo. No comprenden de asuntos políticos y, cuando les toca con su mano de hierro la función pública, agachan, sumisos, la cabeza.

Lo que no quiere decir, que no sean ellos, sin embargo, los que sufren de las crisis, disfrutan de las migajas de la bonanza, reciben premios de lo que cae de la mesa, padecen disgustos, se someten aunque se muestren reacios, entregan su valor cuando las levas, y se esfuerzan en cumplir prescripciones, dictámenes, decisiones e incluso los caprichos que del otro mundo de la esencia vienen.

Si existieran, como yo me siento, más gentes pertenecientes a la sociedad civil, -que no representantes, pues la heterogeneidad excluye cualquier representación-, entenderán mi desconcierto.

Porque hétenos aquí llegados a un punto en que los políticos aparecen enzarzados, no en decidir cómo gobernar mejor la polis, sino en pavonearse entre sí acerca de lo bien que podrían hacer no se sabe qué y aún menos, cómo. Nos exhiben lo mucho que se valoran a sí mismos y quieren que los admiremos por ello.

Y vuelvo mi mirada hacia los funcionarios. Mientras la sociedad civil, esa formada por los que dependemos de nosotros mismos, los que, si no hemos conseguido en el día de hoy vender nuestra mercancía laboral no comeremos mañana, asistimos, con envidia, al hecho de que el aparato funcionarial sigue funcionando. Es buena cosa: sigue habiendo clases, asistencias médicas, multas, inspecciones fiscales, encausamientos, sentencias. Nadie marca a los funcionarios, desde arriba, el camino a seguir. El sistema tiene inercia, y actúa, no por las decisiones marcadas por los políticos, sino por la necesidad de otros, por la voluntad de unos, por conocimientos, perspicacias e intereses que no están dictados desde arriba.

Ya me gusta sentir ese aire en la cara. Se habla de corregir el rumbo, pero yo lo que creo es que hay que poner más dosis de realidad en la política. Si no saben descender a donde estamos los ciudadanos, si no saben qué dar o mandar a los funcionarios para que lo hagan mejor, renuncien los políticos a formar gobierno, olviden los resultados de las elecciones de diciembre de 2015, y dejen que se convoquen otras nuevas. Por favor, eso sí: Que no vuelvan a presentarse los mismos ni con los mismos programas -si es que hubo-, que a esos y a éstos ya los hemos votado.

Que vengan otros que utilicen la oportunidad de orientar y dirigir mejor el trabajo de los funcionarios, haciendo que el magma del que vive la sociedad civil se tranquilice, y el dinero y el trabajo dinamicen las ruedas, que se paran.

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: Ciudadanos, elecciones, funcionarios, políticos, sociedad civil

¿A dónde váis, lloviendo y de alpargatas?

27 agosto, 2015 By amarias 1 comentario

Este verano se fue para siempre -a ese no lugar en donde ubicamos a los muertos- mi tía Inés . Era mi tía más joven y, como en la familia somos formalmente bastante ordenados, fue la última en decir adiós, por lo que, de mis hermanos y primos carnales, el siguiente en la lista soy yo.

No tengo especial emoción por las consecuencias previsibles que corresponderían a ocupar un lugar de tan hipotético privilegio, pero tampoco me preocupa en absoluto ser el que ocupa el primer lugar de los destinados a pasar al más allá, o sea, a desaparecer para siempre. Al fin y al cabo, es el destino de todo ser vivo, aunque nos lo adornen con promesas de vida eterna, transmitidas por enviados nada creíbles de los imaginarios designios de un -no lo niego- deseable poder superior pero claramente poco conspicuo de interesarse específicamente por nosotros.

La interrogación con la que titulo este comentario veraniego la tomo de un escrito procesal de uno de mis tíos más exóticos, el abogado Mario Fernández Carrio, fallecido hace dos años, también en verano.

Ante la pretendida erudición con la que un colega adornaba de latinajos su alegato jurídico, escribía, en primer lugar, que había consultado la traducción de los mismos con un viejo sacerdote, quien, después de mucho cavilar, había concluido que bastantes de ellos eran intraducibles, o estaban mal construidos o no tenían el significado que se pretendía para ellos.

Así que mi tío, rechazando los argumentos de contrario con el descrédito, que es la forma más segura (y cruel) de avanzar en una defensa, recordaba que, en el pueblo, un día que llovía mucho, una paisana del lugar (tal vez la misma que contestaba, a quien se interesaba por cómo se encontraba, con la frase feliz de «Ay, fíu, menos la regla tengo de todo») le increpaba a un guaje que, despreciando las madreñas, se aventuraba por la caleya camino del bar:

«¿A dónde vas, rapaz, lloviendo como tá y de alpargates?».

Pues eso. Leyendo y escuchando muchas opiniones de las que, no solo nuestros políticos, sino muchos de los que creen saber por dónde van, me pregunto qué hacen de alpargatas por los charcos.

—-

P.S.
Mi tía Inés era la viuda de mi padrino de abogacía, Justo de Diego Martínez, fallecido hace poco más de cuatro años. Era una adolescente cuando yo nací, y me paseó muchas veces, en el carrito aparatoso en el que se lucía por entonces a los niños bien, por el Bombé y otros lugares del campo de San Francisco, y de Oviedo.  Descansa en paz.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: alpargatas, Arias, De Diego, lloviendo, políticos

El Club de la Tragedia: Por dónde hay que cortar

20 enero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Transcurrida la hora menguada para las calles, en que, por faltar la luna, el momento había resultado término redondo de todo requiebro lechuzo, el piélago racional español continúa trabando la batalla de cada día, cada uno con propósito y negocio diferente, en la pretensión de engañarse los unos a los otros. (1)

De lo que algunos no parecen darse cuenta, fingiendo que aquí no ha pasado nada es que, en esta noche pasada, el Diablo Cojuelo ha estado alzando los tejados de ciertas casas escogidas, levantando una polvareda de embustes y mentiras que nos dejó boquiabiertos.

Retornados hoy a la luz del día, no atinamos a descubrir, aturdidos como estamos, una brizna de verdad, ni por un ojo de la cara, en cuantos nos dicen ser de otra ralea bien distinta a los bichejos con los que se encuentran juntos en las rendijas.

Andan los pobres y pobras escarapelados viendo la justicia en su garito, y mientras con parsimonia proverbial desgrana como puede la madeja de los hechos, interferida o intervenida como can sujeto con correa por intereses de gran pelaje y superior calado, tememos los de a pie que el Cojuelo nos ponga de manifiesto más y más tramposos, porque prosiguiendo su labor de destape nocturno, al descubrirnos, a cada luz del día, más sujetos de tal calaña, nos deje a los restantes por confusos, inermes, por escandalizados, corridos, por confiados, más ayunos.

Dicen ahora los que creen saber lo que se cuece después de haber comido, que el Cojuelo actúa por despecho al haber sido expulsado él mismo del bienestar de un Paraíso donde moraban los demonios principales, y que, vuelto esclavo liberado de la redoma a donde le había confinado un astrólogo desnortado -que es, como decir, licenciado en economías de provecho-, se ha hecho amigo de un tal Cleofás, estudiante en la profesión de provocar el cataclismo en lo que toque -becario de un medio de difusión, por todas señas-.

Pues ya lo tenemos aquí, un desaguisado más. El diablo alzando velos, como quien levanta el hojaldre de un pastelón, dejando ver la carne pútrida que ha generado nuestro país en la fiambrera de la desidia colectiva, y convertida en pasto de risión ajena, nuestra arca nacional. Sin que sea de ignorar cuanto sirve de catarsis el asunto para otros mentirosos, aún por descubrir, que se creen a salvo de la corriente de destape, afirmando que nunca tuvieron ni un catarro ni supieron jamás de nadie qe tuviera el menor moquillo, atentos solo como estaban a mirar solo de frente, por donde alguien cualesquiera les guiaba, y ellos, obedientes.

No es de envidiar siquiera el papel de los que nos vamos acercando al socavón de silencios movedizos por donde se hunde nuestra ingenuidad a tierras llenas. Mirando moverse patas arriba  la variedad de sabandijas, batracios y culebras, que antes se ocultaban en los áticos y ahora se retuercen como pueden, no atinamos a dónde mirar que no sirva de espanto, ni sabemos bien qué hacer con tanto bicho , y no porque, habiendo entre ellos alacranes, corramos peligro de quedar emponzoñados también con su veneno, sino porque corridos ya estamos, inocentes culpables de consentir tanta vergüenza.

Volviendo de la realidad literaria a la ficción social, ha dicho y redicho el presidente Rajoy, cuando la claridad del día ya era cegadora, que no le temblará la mano para cortar por donde haya que cortar, pretendiendo atajar de esa manera carnicera el mal de corrupción en grado sumo que puso el diablo al descubierto en uno que tuvo toda la confianza del conento, siendo consciente de que las escopetas cazadoras, cargadas ahora de fuego verdadero, apuntan al núcleo de la financiación irregular de su célebre partido, disparando allí donde tejió su nido la gaviota y se pusieron los primeros huevos.

Lo peor para él es que no le creemos, acostumbrados de más a su silencio para que ahora hable, de puerta en puerta, en cortijos y masías. No le vemos con fuerza para acuchillar, ni con ganas demancharse con sangre ajena las manos para tenerlas más limpias, y ya notamos que se parapeta detrás de otros pobres y pobras más bregados en hacer, con las palabras, de las suyas.

Siendo el riesgo grande, para el que teme que le alcancen los disparos, mejor quedarse agazapado. Porque, aunque hemos visto esta noche anterior algo de lo que se mueve bajo algunos tejados, cuando vuelva la oscuridad y Cojuelo vuelva con las suyas, es posible que se nos ponga en evidencia lo que está sucediendo igual en otros habitáculos y que lo que aflora ahora en pisos altos, alcance a otros más bajos, enmerdando a empresarios y a emprendidos.

Presionado por la misma desazón que embarga a este Gobierno, ha dicho el candidato a ser alternativa para gastar lo que entregamos, el otrora ingenioso Rubalcaba, liebre corredora, caída del guindo o de una higuera, que es necesario un acuerdo político de todos los partidos contra la corrupción. Y sentimos en el alma atormentada no poder creerle más que al otro, y hasta dudemos de los que están aposentados a su izquierda, inseguros de que muchos de quienes nos convencen con mieles se hallan encumbrados, debajo de los caparazones de su género ideológico, por las mismas lindezas, idénticos espumarajos productivos, y están ocultos también en sus partidos, con parecidas añagazas, responsables independientes o para beneficio colectivo, de desvaríos y desmanes, detrás de convenientes mascarillas para que los rostros resistieran, pétreos, embates de sospecha.

Ya al completo el festival de fuegos, con todo ardiendo, sospechamos, con suficientes muestras de que el jamón está podrido, que otros castillos y torres de poder se encuentran presas del mismo mal, y que todo fallece víctima de la misma calentura. Abierta la veda del destape, otros diablillos, más o menos cojos o traviesos, levantarán, de noche o de día, más pestillos, y se alzarán más cornejas y lechuzas que estaban anidando en los almiares; saldrán más sabandijas cuando se destruyan o desplacen tapas de agujeros, y en cuantos sean los resquicios por donde penetre nuestra vista y actúe el filo escudriñador de la sospecha, se recoja de cosecha una fauna completa de alimañas.

Solo queremos que nuestra vergüenza termine, no la suya. Sin ánimo para escuchar las explicaciones rebuscadas, deducimos en juicio sumarísimo, que todo era asunto consentido, porque no cabe ignorar lo que hacen con las manos quienes están sentados con nosotros a la mesa.

Matar a Pitón necesita el surgimiento de un Aquiles, y no podrá serlo quienes han campado, admitiéndolas o ignorándolas a base de rodeos, por las mismas miserias, o disfrutaron de las victorias que otros les brindaron, repartiendo entre los suyos prebendas y plazas con las dádivas que fueron peaje por mercedes públicas.

Como la casualidad es maravilla, en estos mismos días, del mundo del deporte ha llegado, campante, una respuesta. Lance Armstrong, mito heroico, adalid de un deporte para sufridores extremos, ejemplo de manual para explicar valores a la infancia, ha confesado que su personaje increíble era, en efecto, una ficción, fruto de mentira. Que hacía trampa, en fin, que se drogaba, que tomaba ventajas, todo ello para no competir en igualdad con los otros, porque quería ganar por encima de cualquiera.

Su aterradora verdad ha despertado otras, y son, en pocos días, multitud los que reconocen que venían haciendo lo mismo, para aparentar ser mejores. Como en un cuento burdo,  en el que se acaba descubriendo que todos cuantos participaban en el juego con opciones de ganar, trampeaban, han dejado patente que engañaban a los ingenuos que, por seguir las reglas, carecían de la menor oportunidad para vencer, y, por tanto, a los que disfrutábamos con el espectáculo de ver ganar a quienes, creyéndolos heroicos, mentían más qe nadie.

Catarsis, sí, Pero dejando que otros, limpios, nos permitan volver a ilusionarnos de que ningún Cojuelo tendrá nada vergonzante que mostrarnos la próxima vez que le de por levantar los tejados de las casas, dejándonos a todos, los que manden y mandados, dormir a pierna suelta, tan tranquilos.

—

(1) Comienzo el Comentario de esta forma, con rendida devoción a Luis Vélez de Guevara, autor de El diablo cojuelo (1640), que tengo a la vista en la magnífica edición de Ramón Valdés (Biblioteca clásica, 1999), cuya lectura de texto original y glosas recomiendo. Son varios los momentos del texto en que utilizo, con ligeras transformaciones, frases de Vélez.

Publicado en: Política Etiquetado como: Armstrong, catarsis, Cojuelo, corrupción, crisis, diablo, indignados, Lance, mentideros, oportunismo, políticos, responsabilidad, Vélez de Guevara

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