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¡A techado!

10 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

La sociedad española ha entrado en un bucle de desasosiego, intranquilidad e intoxicación informativa, que es sinónimo de desconfianza. Los supermercados se enfrentan a colas de gentes que acaparan productos con la intención vana de protegerse ante un eventual desabastecimiento. Se anulan convocatorias de conferencias, reuniones, congresos y exposiciones.

Desde mañana, miércoles, día 11 de marzo de 2020, los colegios, Universidades, guarderías y centros públicos de las Comunidades de Madrid y del País Vasco, cerrarán sus puertas. Será un sálvese quien pueda, puesto que a pesar de las llamadas a la calma, la repetición como en un disco rayado de que todo está bajo control y de que los estudiantes no perderán sus clases discentes, los docentes deberán acudir a los lugares de escolarización y las empresas facilitarán medios para que se pueda trabajar desde casa, sabemos bien que esa situación apacible no se producirá.

Habremos avanzado un poco más hacia el caos, porque los niños sin clase se irán a jugar a jardines y parques infantiles, los universitarios de asueto organizarán reuniones privadas de relajación y divertimento, y los profesores liberados se irán a sus segundas residencias o al pueblo de los papás.

Me gustaría decir que estoy tranquilo, que puedo contribuir modestamente a saber qué es lo que nos pasa. No sé, no puedo, ignoro razones y alcance de medidas. Me importan poco las estadísticas y creo que las cifras que se están difundiendo hasta la exasperación confirman que los casos detectados por el coronavirus -la enfermedad de este siglo, la plaga del Génesis actualizada, el mal selectivo de Gedeón y sus ejércitos- tienen un alto índice de mortalidad. Mi instinto de investigador ante una enfermedad que, hasta ahora, se ha propagado sin medidas de contención y que tiene un período de incubación (dicen) de más o menos dos semanas, es que el número de infectados debería ser, ya, mucho más alto.

Pero me voy a detener en intuir las razones por las que se está apoyando la creación del pánico. ¿A quién beneficia? ¿A quién perjudica? ¿Estamos en una situación de riesgo global y las acciones que se están presentando como necesarias, tienen la posibilidad de ser eficaces?

Acabo de escuchar por la Sexta (la TV que difunde pensamientos de la izquierda ácrata, republicana y revolucionaria, en el mejor estilo de los años setenta del pasado siglo, dicho sea escrito de paso), a un investigador de algún lugar de Cataluña, revestido con la autoridad de su bata blanca, anunciar que se nos avecinan tiempos peores y que él (y otros) ya venían avisando de que el gobierno debería haber tomado medias mucho antes.

Me pongo a techado mientras llueven chuzos de punta. En el gimnasio, hoy éramos tres. Mi conferencia de mañana, once de marzo, en el Instituto de Ingeniería de España, sobre «El cáncer, instrucciones de uso» ha sido anulada (reconozco que me preguntaron si quería mantenerla, pero no me vi con fuerzas para enviar al patíbulo del contagio viral a mi familia, amigos y simpatizantes). Fui a dar un paseo a media mañana por el Retiro y estaba lleno como un día de fiesta, con gentes de todo tipo que manejaban al azar los términos de: coronavirus, riesgo, mascarillas, farmacia, comida y qué se puede hacer.

Por cierto: si alguien ha llegado hasta aquí en la lectura y quiere que le envíe las notas que tengo preparadas para la Conferencia, e incluso, del libro «Convivir con un cáncer», cuya redacción está en proceso de revisión pero del que agradezco sugerencias de mejora y comentarios, estoy a la orden.

Publicado en: Actualidad, Sanidad Etiquetado como: alarma, coronavirus, efectos, españa, Madrid, medidas

El efecto sangre

1 marzo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Pocas series televisivas y ya contadas películas pueden sustraerse al efecto sangre («the blood effect»). Incluso se le han incorporado otros efectos, combinándolo con cortes de cabezas y extremidades producidos por tajos espeluznantes, o se le adorna con caídas estrepitosas interpretadas por espectaculares acróbatas circenses.

La excusa para sacar la sangre a pasear ha sido variada, y de creciente complejidad: un intercambio de disparos entr bandas rivales, una batalla campal con espadas, cañones o a porrazos, una operación quirúgica con extracción de varios órganos vitales, o un accidente en un medio de transporte con centenares de víctimas a cual más destrozada.

Ya que la oferta visual al espectáculo se refuerza con el uso del color, la variedad de efectos sanguíneos cubre desde el rojo kechup hasta complejos tonos que pululan desde los terrenos del carmín al del magenta.

Pero como a todo se acostumbra quien no sufre la desgracia en sus propias carnes, el efecto sangre ha perdido fuelle, para cederle hoy claramente el sitio al efecto cadáver («corpse effect» o «zombie effect»), tendencia que ha sido inmediatamente incorporada en los festejos de Carnaval, donde las máscaras con un hacha incrustada en el cráneo rivalizan con la presencia de travestidos orondos con medias de malla.

En la vida real, el efecto sangre tiene, como se sabe, un poder de atracción instantánea, aunque arrastra el problema de que decae rápidamente. Ha sido siempre así. De tarde en tarde, la tribu necesita su catarsis, y es preciso seleccionar algún culpable, para entregárselo. Presentado a la exposición pública marcado con un par de latigazos y con las vestiduras desgarradas o, abandonado donde sea fácil de encontrar, para que sea descubierto por la masa el objetivo, lo que sigue está más visto que el TBO de mis tiempos de niño.

La multitud se lanza como posesa sobre el malo, intentando despedazarlo, en una escena de linchamiento que no parecería posible controlar ni desviar.

Pero no hay que alarmarse. Es muy posible que todo sea, en realidad, falso. En primer lugar, lo que no sabrá jamás la masa, mientras cree satisfacer sus ansias de justicia, de sangre, de expiación y catarsis, es que los objetivos no los elige ella. Le son presentados, con criterios de oportunidad, o de venganza, por sus cuidadores. …son los cuidadores de la masa, los que tienen por oficio y, por tanto, se lo toman muy a pecho, mantener los niveles de dieta de sangre adecuados, ofreciendo las adecuadas víctimas para el sacrificio tribal en sus altares, después de haberlas colocado con el caperuzo y las cadenas.

Y en segundo lugar, tengo la sospecha, de que, como en las películas, el efecto sangre es solo un truco del decorador y el estilista, que se incorporan al libreto para darle credibilidad y, por su acción, las manchas de sangre que lucen los sometidos al sacrificio de caer bajo los pisotones e iras populares, son ficticias. Se pretende, con ello, derivar la atención de otros objetivos más altos, calmar los ánimos populacheros y, sobre todo, hacer innecesario que las huestes obliguen a pasar a la fase mucho más delicada de «efecto cadáver», y, además, que se realice sobre el que está más arriba, pasando por encima del que se propone para que reciba los golpes de la turba.

Fundamento esa sospecha, en que, pasado cierto tiempo, los cogidos en trampa hoy desaparecen pronto de la escena, y son suplantados por otros nuevos  tipos, que distraen los ánimos, cubiertos con grandes ademanes, con montones más espesos de ketchup y pintura y moratones, adobados con gritos por los que se nos quiere ilustrar del tremendo castigo que se les está infligiendo.

Por eso reaparecen algunos con el tiempo, limpios ya de sangre, tan campantes, para darnos consejos sobre lo que tendríamos que hacer con los culpables; mientras los que están por encima de todo preparan, satisfechos, más guiones con efectos sangre, efectos zombi y otros efectos especiales, haciéndonos creer, con tales dosis de verosimilitud que lo que estamos viviendo es realidad, cuando no deja de ser pura fantasía.

Publicado en: Actualidad, Uncategorized Etiquetado como: acróbatas circenses, Blood effect, carnaval, catarsis, efecto cadáver, efecto sangre, efectos, sospecha

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