Ahora se puede esgrimir clarividencia, pero si alguien lo percibió con antelación suficiente, no fue capaz de trasmitir esa impresión a quienes tenían fuerza y argumentos atajar la evolución a tiempo. Asi que ahora estamos ahí, en una situación terriblemente embarazosa, ya que me resisto a identificarla como peligrosa para la Unión Europea. Sencillamente, porque no se tomarán otras medidas que llevarse los manos a la cabeza.
Ucrania es un Estado con importantes riquezas naturales que, debido al retraso industrial del país, la corrupción y a la tremenda inestabilidad política, no están sirviendo para aumentar el bienestar de la población, que sufre los índices de pobreza mayores de Europa. La mayor parte de sus más de cuarenta millones de habitantes, en un país que tiene una superficie cercana a la de España (604.000 km2), tienen como esencia común de su nacionalismo el ser antirusos. Así, en ese sentimiento de odio hacia el vecino del este, son educados en las escuelas. Salvo en las regiones del Donbás (Donetsk y Lugansk) donde las mayorías son prorusas y tienen el ruso, y no el ucraniano, como lengua propia.
Desde el punto de vista de la «democracia a la Europea», Ucrania es un Estado con un pasado reciente no democrático, incumpliendo en muchos puntos sustanciales esa prueba del algodón que -por cierto- tampoco consiguen superar Polonia, Hungría y otros países de la Europa del Este, cuya historia está plagada de ejemplos del control judicial por el poder político, desencuentros, luchas internas y depuraciones étnicas y religiosas. La inestabilidad geopolítica estalló cuando las fuerzas especiales antidusturbios reprimieron con disparos a matar las manifestaciones estudiantiles en contra de la posición del presidente Yanukóvich, que apoyaba la incorporación del país a la Federación Rusa y abandonar las negociaciones para entrar en la Unión Europea (el otro sueño imperalista de una Europa sin rumbo ni liderazgo claros).
Por hacer el recuerdo de la Historia reciente del país muy corta, la huída a Rusia de Yanukóvich y las discrepancias internas, unidas a la ausencia de un Ejército propio, facilitaron la incorporación de Crimea a Rusia que se realizó en un ejemplar testimonio de dejación y desinterés de la OTAN y la Unión Europea por el destino de esa parte del territorio ucranio. Las cosas han cambiado después (desde 2014), pues Ucrania, con la ayuda de la OTAN y créditos muy favorables, dispone hoy de un «ejército» de 1,3 millones de soldados (la inmensa mayoría, reservistas -900.000- y del contingente propiamente militar, una buena parte, adolescentes), tiene misiles de cabeza nuclear y armamento de muy aceptable tecnología destructiva (contrastando con el deficiente desarrollo industrial y técnico de otros sectores). Es decir, está bien preparado para una guerra nada convencional contra su enemigo ruso e, incluso, la población tiene ganas de revancha.
Tras varios tanteos quele permitieron valorar la oposición que podría encontrar de Estados Unidos (es decir, de la OTAN), Putin se ha animado el 21 de febrero de 2022 a invadir las regiones del Donbás. Las llamadas potencias internacionales, dirigidas por el enigmático Biden, han puesto el grito en el cielo y amenzado con duras represalias económicas. Poco efecto tendrán y escasa duración en el tiempo, pues los Estados europeos tienen también mucho que perder si Rusia congela sus envíos de gas natural y su comercio con ellos.
Así que asistiremos a un «nuevo Crimea». Grandes voces, reuniones de los brillantes diplomáticos de una y otra parte, que se sentarán, alarmados, sobre unos cuantos miles de muertos por defender la incorporación o segregación (según se mire) de un trozo de territorio de la fallida Gran Ucrania en la que nadie cree desde hace décadas.
Desearía que se llegara a un pacto con el oligarca ruso Putin que evitara derramamientos de sangre inútiles, permitiera la segregación pacífica del Donbás y, simultáneamente, se realizara de forma acelerada incorporación de la Ucrania restante a la Unión Europea y/o a la OTAN. Si eso sirve para calmar por el momento la ambición de Putin, bienvenida fuera la decisión.
La otra opción sería poner pie en pared contra la invasión rusa, situarse decididamente al lado de Ucrania, animar a este Estado a realizar una defensa numantina,m prestar la ayuda de material bélico no armamentístico que solicita el presidente ucraniano, dejar que la guerra se encrespe, asistir con el ánimo convulso al lanzamiento de algunos misiles, soportar la réplica rusa contra ciudades ucranias (y, si no valora bien el alcance estratégico contra alguna ciudad europea) y, ya puestos, enfrentarse a la tercera guerra mundial.
En ese caso, las últimas crónicas se escribirán desde el caos.


