Por las encuestas de opinión que se publican con frenética dedicación, mis conciudadanos siguen teniendo claro a quién votar el 26 de junio, en la repetición de las Elecciones Generales a que obligó no haberse conseguido acuerdo para elegir presidente de Gobierno.
Eliminada por confusión con Podemos, el vuelo distorsionador de abejorro ideológico que significaba Izquierda Unida, las cuatro opciones de que dispondrán, en esencia, los votantes, repartirán las preferencias de forma tan equilibrada que ninguna de ellas conseguirá la mayoría suficiente para gobernar en solitario…y puede que la única coalición que permitiría un gobierno estable obligaría a que dos opciones incompatibles – PP y Unidos Podemos- se pusieran de acuerdo contra natura.
El debate televisivo del 13 de junio de 2016, en el que los cuatro cabezas de lista han debatido en faena de aliño sobre cuestiones bastante marginales, no ha venido a aclarar en absoluto el panorama. Más grave aún que los programas de cada partido o coalición permanezcan desdibujados, es que si, después de las elecciones, los partidos alcanzan algún pacto de gobierno o de investidura, éste se hará a espaldas, es decir, sin previo conocimiento de la ciudadanía, porque todos parecen esgrimir posturas inconciliables, salvo Ciudadanos respecto al PSOE (opción de coalición que, por estrategia que no entiendo muy bien, el PSOE no corresponde con la misma elegancia).
Y el tema es importante, porque, por falta de la necesaria concreción, las posiciones de fondo (en algún caso, intuidas) de las cuatro opciones no son tan diferentes. Asunto curioso, en realidad: al no profundizar en las soluciones, las ideologías alcanzan una dramática transversalidad, tienden a parecerse, y nos fijamos más en el talante y carácter mediático de los líderes, que en lo que nos dicen.
Empiezo por constatar la primera grave ausencia: ninguno de los partidos ha sido capaz de concretar cómo se va a conseguir, de verdad, y no por puro voluntarismo, la consolidación del estado de bienestar.
No es tarea sencilla y, en mi opinión ni siquiera lo veo posible sin un sólido esfuerzo conjunto y, si se me permite la expresión simple, sin que nuestros políticos, refrendados por el poder de las urnas, sean capaces de ponerse el mundo por montera, sacando pecho y argumentos sin que les tiemblen las pestañas. Porque la incorporación de las tecnologías de informática, robótica, comunicaciones, etc., seguirá provocando, en un país con nuestro déficit tecnológico, inmensas bolsas de paro estructural, que necesitarán de crecientes ayudas sociales, para sostener, hasta donde sea posible, el edificio ya muy dañado del estado de bienestar del que hemos venido disfrutando.
El Partido Popular trampea la solución indicando que, de seguirse con el ritmo del crecimiento del pib del último año, se generarán, en cuatro años, dos millones de puestos de trabajo. No indica, claro, qué tipo de ocupaciones y en qué sectores. La reiterada afirmación de que, si se generan estos trabajos, se recuperarán tanto las cuentas de la Seguridad Social como la bonanza económica, resulta ser un puro wishful thinking (pensar como querer), que, me temo, solo pretende adormecer los espíritus sin información de lo que se está cociendo en el mundo, al menos, hasta que la realidad los haga despertar de golpe contra la losa.
La coalición Unidos Podemos no se detiene tanto en la creación de empleo -que también le gusta-como en la mágica redistribución de la riqueza, aumentando la presión fiscal a las clases altas y medias y a las empresas, y, en lo referente a la dinámica económica, creando empleos en no se qué sectores, de donde surgirán consumidores nuevos, confiando en que se produzca algún milagro socioeconómico que no se ha conseguido explicar, o, en mi torpeza agnóstica, yo no alcanzo a detectar.
Así que, el impulso mágico al consumo provocado por nuevos millones de trabajadores, surgidos de la chistera de la reactivación de la economía interna, lo enmarco, por las mismas, en el mismo espacio celestial en el que sus seguidores encontrarán, a los devotos de la economía del mercado que hayan votado al PP.
Más me gusta, desde luego, porque al menos lo percibo como una trabada opción académica en la que adivino la mano docta de los asesores de Rivera (Ciudadanos), la opción de mejorar la educación en todos los niveles, tomando como modelo a seguir los países del norte de Europa. Acompañada de otras medidas de menor alcance, y, por supuesto, asumibles por cualquier política decente -más inspección fiscal, eliminar el despilfarro reduciendo gastos superfluos, implacabilidad con la corrupción. etc.-, la medida, con resultados a medio plazo -si se consiguiera alcanzar esa revolución académica, a la que tanta resistencia vaticino-, es imprescindible. No hay nada -o muy poco- en el programa sobre la deseable reactivación económica, y no estaría de más, en un partido que quiere ser pragmático, advertir de la extrema dificultad en mantener y aún menos, revitalizar, en un país intermedio y descabezado como el nuestro, la economía productiva.
Y dejo para el final el PSOE, ese resto de la socialdemocracia que produce pesadumbre y lástima, mirado desde la perspectiva de los que le hemos visto tomar cuerpo y quemar sus alas como Icaro, en caída libre, a pesar de la parsimonia dialéctica de Pedro Sánchez. El argumento central de lo que queda ideológicamente de este partido es que ha llegado la hora de cambiar el rumbo del PP o, al menos, de retirar a Rajoy. Los argumentos son una mezcla de alegación al final de ciclo, incompetencia, mayores dosis de corrupción detectada y falsedad en los datos de la recuperación económica. Si no hay más que contar, apaga y vámonos.
En fin, me hubiera gustado que se nos diese a los españoles, por única vez, la opción de votar a dos partidos a la vez. Ya que los partidos no están dispuestos a pactar antes del día de las elecciones, al menos, que se nos dejare a la mayoría sufrida y silenciosa, la posibilidad de indicar qué dos partidos deseamos que nos gobiernen durante la próxima legislatura.
Que deberían ser aquellos que tengan más claro que les esperan, que nos esperan a todos, años extremadamente difíciles, en los que no valdrán cuentos ni buenos deseos. Necesitamos gentes excepcionalmente capaces, muy inteligentes, bien conectadas con el exterior -conocedores de, al menos, tres o cuatro idiomas extranjeros- y creíbles ante los agentes sociales del interior, honestas sin resquicios, versátiles, con capacidad para aguantar y juego de cintura para esquivar.
En figurado: piel de saurio, estómago de dromedario, instinto de elefante, corazón de perro siberiano, manos de tigre, vista de águila y resistencia de caballo de carreras.
No veo estas cualidades en ninguno de los candidatos. Que se me perdone mi debilidad para no reconocer, en tiempos de crisis, oportunidad para las opciones ideológicas. Por eso, agradecería que se formara una coalición de gobierno cuanto más extensa, mejor. Así aprenderían los políticos, como hacemos, por la cuenta que nos tiene, los empresarios y los profesionales, a sacar el máximo partido de las capacidades disponibles.

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