La incorporación de «independientes» de las formaciones políticas que ocupan la responsabilidad de Gobierno es práctica habitual, y no debería causarnos extrañeza. Se entiende que esas personas, debido a su experiencia específica en un campo determinado relacionado con las competencias que asumirán, ofrece una ventaja significativa sobre otras opciones que supondrían nombrar para el cargo a alguno de los militantes.
Dado que los programas electorales son ambiguos, imprecisos o inexistentes, el que un profesional con conocimientos y experiencia muy por encima de la media ocupe una Cartera ministerial, habría de verse como una garantía de que se tomarán decisiones adecuadas en el complejo mundo real, ante las oportunidades y problemas que aparezcan, y su capacidad de gestión brillará a la altura que demanda el compromiso público asumido.
Que esto no esté sucediendo en no pocos casos, y que las personas que ocupan las carteras ministeriales y las secretarías de Estado sean personas que más bien parece que utilizan la oportunidad de encontrarse mangoneando los intereses públicos para empingorotarse en las opciones privadas que posteriormente, cuando dejen sus cargos, se les ofrecerán, es harina de un costal al que no voy a referirme en este Comentario, aunque lo dejo apuntado.
Lo que me llama ahora la atención, en este período en que tenemos, nuevamente que decidir, en una elecciones específicas, quienes serán los concejales y parlamentarios -autonómicos y europeos- en los que delegaremos la gestión de los intereses más próximos a la ciudadanía, es la frecuencia con la que los independientes aparecen como cabezas de lista. Dejando a un lado que los alcaldes son elegidos, en realidad, por la Corporación municipal una vez constituida y que los presidentes de los Parlamentos autonómicos -como el central- son resultado de votaciones específicas en las Cámaras, me gustaría plantear algunas reflexiones sobre el significado de esta cuestión, desde mi perspectiva.
Podía utilizar otros ejemplos, extraídos de la realidad electoralista, pero me voy a detener en los candidatos Angel Gabilondo y Pepu Fernández, que se presentan como independientes en las listas del PSOE para la Presidencia de la Comunidad y para la Alcaldía de Madrid.
He oído decir al primero, en una de sus apariciones públicas por mor de la campaña, que «como independiente» tiene «su propio programa» y, en otro momento, que los partidos políticos (habrá que entender, de los que le hacen oposición), son «sectas». Respecto al segundo, no puedo menos de admirarme de la febril diligencia con la que, por lo que me cuentan algunos “sectarios” del partido que lo apoya, visita las agrupaciones de su feudo, en donde utiliza ejemplos deportivos para llamar la atención de su grey, y caerles simpático.
Que Manuela Carmena, aún alcaldesa de Madrid (en funciones) como resultado de una agrupación de forzados intereses con la que ahora no se presenta a revalidar su puesto de representación, mantenga su halo de independiente después de cuatro años de sostener el cetro municipal, tomando decisiones y dirigiendo un equipo de previos desconocidos para ella , haya llevado a cabo su propio programa (que ha venido improvisando con aceptable solvencia y notable disgusto de sus opositores), y ahora quiera seguir haciendo lo que mejor le parezca con nuevos colaboradores, no me extraña. Carmena, a cada ocasión que se le presenta, esgrime con cierto deje orgulloso que es “independiente»; vamos, que hace lo que le parece bien según los vientos.
De la lectura de los libros de Manuela Carmena en los que narra su periplo judicial y del análisis mismo de su carrera como magistrada, la independencia -obligada por Ley y adornada con su talante peculiar- parece haber sido su guía de actuación, y a su edad, ya no la cambiará nadie.
Que esa cualidad de independencia, valor reconocido para la alcaldesa en funciones de Madrid sea un mérito esgrimido por otros candidatos de muy variados partidos, me sorprende. Puede que en España los marginales, folklóricos, excéntricos, viejitos y kamikazes -elíjase según gustos- son muy apreciados.
Repaso las listas regionales y municipales de candidatos a las suaves poltronas o duros sillones de las responsabilidades públicas y encuentro muchos independientes encabezándolas. Y me hago las preguntas siguientes:
- ¿No tienen los partidos, entre sus afiliados, personas competentes y teóricamente capaces para proponerlos como futuros alcaldes y presidentes autonómicos? Si los tienen, ¿por qué no los presentan? ¿Qué piensan los afiliados de esa situación que los margina y convierte en simples colocadores de carteles y pasquines y en clacs revoltosas en los mítines?. Y si no los tienen, ¿a qué esperan? ¿Se han preguntado por qué no consiguen atraer a personas de solvencia reconocida? ¿Cómo valoran que tengan sus partidos tan poco atractivo para los «independientes»?
- Si los candidatos independientes, incorporados como cabezas de lista, alardean de tener sus propios programas, ¿es que los partidos están admitiendo que sus programas propios no existen o su cumplimiento carece de importancia práctica. ¿Qué esperan que votemos los electores que debemos, sin embargo, decidir entre opciones políticas? Y, por último, ¿nos toman, en verdad, por dóciles borregos que votaremos según posos ideológicos, temperamentales disquisiciones propias de un quirófano intelectual o…creen que votaremos al independiente sin fijarnos en el resto de la lista?No tengo más preguntas, Señorías.
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Un rascón europeo (rallus aquaticus) sale de su escondrijo para cambiar de carrizo, andando rápidamente sobre el fango. La foto permite distinguir las características del especie en este ejemplar adulto, sorprendido en las marismas de Doñana, con su cuerpo, gordinflón en reposo, estirado para correr a toda velocidad.
Su largo y fino pico, de color rojo, revela un adulto: los jóvenes lo tienen casi en su totalidad anaranjado. El manto es pardo oliváceo, moteado de negro y los flancos los tiene barrados en blanco y negro; el pecho, de un color gris azulado, color que, en el adulto, llega hasta el cuello. Su voz, inconfundible, cuando se le molesta, recuerda inicialmente a un lechón. Por la noche, el macho es mucho más explícito en sus cantos de cortejo y aviso de posesión de territorio a sus congéneres.

