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Cuento de primavera: Reivindicando al Lobo

30 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En esta hora de reparaciones y perdones, reivindiquemos al Lobo.

Escribo su nombre con mayúsculas, para distinguirlo de lobos, lobeznos y perros salvajes.

La especie lobuna ha sido elegida como malvado protagonista sistemático de los cuentos infantiles, presentándolo, ora como astuto embaucador de borregos, ora como obstinado perseguidor de puercos. Incluso se han dramatizado sus aullidos, tildándolos de melodías infernales, sobrecogedoras, recortando la silueta del animal a la luz de la luna, para hacerlo aparecer, no ya como depredador, sino como licántropo chupasangres.

Aquí no pretendo defender a todos los lobos, y menos a los lobos de carne y hueso de su natural especie, porque a ésos ya los defienden los naturalistas, con argumentos suficientes y, por lo general, bastante sólidos y desinteresados .

El Lobo al que me corresponde rescatar de la infamia, es el de la Caperucita Roja de Charles Perrault. Puntualizo, con ello, que no me preocupa el destino de los lobos imaginarios de cualesquiera de las múltiples versiones de los cuentos de lobos y caperucitas que circulan por ahí, que son adulteraciones ridículas de la historia primigenia, urdidas con el deleznable propósito de provocar pavor en los infantes de cortísima edad y, de paso, servir de lucimiento a sus familiares aficionados a la teatralización, empeñados en poner sus voces engoladas a los personajes del cuento.

Recuerdo, para abrir boca, las circunstancias históricas. Tenemos, por un lado, a Charles Perrault, funcionario marginado después de años de fiel servicio, viudo desde los treinta, que escribe Le Chaperon Rouge a sus cincuenta y cinco años, tomando prestados varios de los elementos principales de la tradición oral, adaptándolos a sus propósitos.

¿Se trataba de advertir a los niños del peligro de entretenerse a charlar con un lobo en el bosque? Evidentemente, no. La probabilidad de que un niño de ciudad, incluso en el siglo XVII, se pudiera tropezar con un lobo empecinado en entablar con él amigable conversación, era entonces como hoy, nula.

Lo que Perrault deseaba era poner en guardia a las tiernas jovencitas, que, impulsadas por sus ardores adolescentes, corrían grave peligro de perder su virginidad si prestaban atención a las trampas de seducción que les pudieran tender, en el camino de virtud hacia el santo matrimonio, taimados depredadores de pelo en pecho, sueltos por ahí, atentos a lo que salta.

No viene al caso que el objetivo pretendido por Perrault parezca, hoy por hoy, incomprensible a muchas madres que impulsan a sus hijas adolescentes a recorrer el camino boscoso que a ellas les estuvo vetado. Los hechos, como es sabido, hay que juzgarlos en su contexto histórico, no a la luz de los profundos cambios socio-psico-sexuales que se han producido desde entonces.

Volvamos, pues, a los hechos, y hagámoslo con rigor: un lobo nunca pudo comerse a Caperucita y a su abuelita. Por imposibilidad fisiológica: estos animales no engullen sino pequeños trozos desgarrados, ni son capaces de devorar a otros seres sin antes haberlos degollado, ni en su estómago hay capacidad para conservar, -no importa si incólumes o cuarteados-, los cuerpos de dos personas, por mínima que fuera su envergadura, que resultaría siempre mayor que la del propio animal.

Departamentos de investigación de la disciplina académica de Cuentos y Chismes, procedentes de innúmeras Facultades, coinciden: la historia se ha adulterado. O bien Caperucita y su abuelita jamás fueron devoradas o, si lo fueron, no pudieron ser halladas vivas en el estómago de un animal, salvo que el asunto formara parte de los mitos bíblicos o las leyendas orientales, lo que no es el caso.

Perrault termina su narración abandonando los restos de ambas mujeres dentro del estómago del Lobo, y poniendo, con ello, su punto final, para añadir una moraleja rimada que no deja lugar a dudas de su pretensión: prevenir a las bellas jóvenes adolescentes frente a los melosos aduladores. Esos son las fieras, a las que el abuelo Perrault, presenta embutidos en la piel de su Lobo imaginario.

Versiones posteriores, pretendiendo cambiar el relato y esa moraleja, afirman con rotundidad que fueron encontradas vivas, ya fuera por un cazador, un leñador, o ambos, y, como más importante, cambian al Lobo con mayúsculas por un lobo minúsculo que, aunque estirado, no supera el tamaño de la abuelita.

Ninguno de estos personajes tiene protagonismo en la historia del buen Charles, que solo se refiere genéricamente, y de pasada, a «los leñadores», pero no les concede la palabra.

Perrault hace hablar, si, al Lobo, y lo convierte en capaz de mantener largas conversaciones con Caperucita, tanto en su primer encuentro como cuando, -ya metidos ambos, desnudos, en la cama, y desaparecida de la escena la abuelita-, satisface la curiosidad anatómica de la joven con insuperables metáforas que sirven al cuento.

¿Quién y por qué se adulteró la historia?. La Universidad de Compustrola ha publicado recientemente una interesante tesis doctoral, calificada cum laude, según la cual, no pudo ser un Cazador quien, con el propósito de atribuirse posteriormente el mérito de haberlas salvado, hubiera imputado al lobo el desaguisado e inventado la trola del festín lopero.

Copio literalmente: «Cualquiera que conozca un poco de animales y depredadores, sabe que la obsesión por la caza actúa en el ser humano de antídoto o sustituto de la lujuria, y ningún practicante de este arte ancestral  se pondría en riesgo a sí mismo, si pudiera resolver la cuestión con un tiro desde la distancia.»

Añado yo: Los cazadores, como los pescadores, acostumbran a inventarse el tamaño de sus capturas, pero no puedo imaginar a ningún aficionado a tales mañas, que, habiendo capturado a una pieza digna de medalla de honor, alardee de haberla dejado suelta por el mundo, renunciando con ello a rescatar su credibilidad ante los escépticos.

Queda pues, como único malvado de la historia, el Leñador. Algunos pretendieron atribuir al propio Charles Perrault ese papel. Estoy en total desacuerdo. Perrault era, cuando escribió el cuento, ya un venerable anciano para la esperanza de vida que se estilaba entonces, se le apreciaba como autor de libros serios-había`publicado decenas de libros ilegibles-, y, como culmen argumental, es inverosímil que hubiera deseado escribir su propia inmolación, presentándose como rijoso seductor de jovencitas, Lobo de su cuento.

Todo apunta al Leñador. Fue el Leñador, – es decir, alguien que utilizaba ese heterónimo-, el autor de las versiones que acabaron por dar crédito a la artificiosa excusa, con la que pretendió ocultar sus despreciables deseos, sus infames propósitos y disimular su destrozo sobre la virtuosa Caperucita, despejando el camino para sus posteriores desmanes, eliminando cualquier huella creíble de la advertencia que Perrault había dejado tan claramente expresada.

¿Y en qué se convirtió la abuela?  En una tierna anciana que quería a Caperucita más que a su propia vida, y que habría sucumbido la primera en las fauces del Lobo?  Pero no era así, para Perrault. Era una Celestina, una villana, que habría cobrado sus buenos dineros por mantener sin cerrar el portón de la casa y facilitar el acceso a las dependencias donde dormía la adolescente.

Todo habría cambiado en este análisis si Perrault nos hubiera hablado de un Cocodrilo, y no de un Lobo. Se habrían obviado las elucubraciones posteriores.  Porque hasta los más incompetentes de fisiología animal, saben que dos personas que hubieran sido devoradas por un saurio, de ser rescatadas de su estómago, habrían sido encontradas convertidas en una pasta irreconocible, pues  todo el mundo ha oído hablar del poder destructor de sus jugos gástricos y de su capacidad para tragarse enteras, vacas y hasta elefantes.

Reivindiquemos al Lobo. Era solo un álibi, un trasunto literario, un travestido imaginativo, en el que Perrault embutió a todos aquellos que se aprovechan de la credulidad de las adolescentes.

Una última advertencia. Dicen por ahí que los tiempos han cambiado y que ahora las caperucitas saben muy bien a qué atenerse. Por lo que observo a mi alrededor, tengo mis dudas. Llamemos a los lobos por sus nombres, desenmascarándolos y pongamos al Lobo, puesto que ya no sirve para el cuento, con alcanfores y papel celofán, en su legítimo armario.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: abuelita, Caperucita Rojaa, cazador, Chaperon Rouge, cuento, cuento de primavera, depredador, lobo, moraleja, Perrault, rijoso

Cuento de invierno: La leyenda del estudiante mendaz

28 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Toledo, como ciudad antigua y mosaico cultural y cosmopolita, alberga múltiples leyendas.

Pasear despreocupadamente por las callejas del casco antiguo, dejarse seducir por los olores de los potajes que se cocinan tras los postigos cerrados, toparse de pronto con adarves y superar codos y recovecos que parecen a primera vista intraspasables, es una aventura a la que todo visitante debería dedicarse, abandonando los caminos trillados por donde guías sin mucho fondo cultural conducen a diario a miles de aborregados turistas de mata en mata, de monumento en tienda de objetos made in China y tiro porque me toca cobrar la comisión.

Lo ideal sería poder penetrar en la quietud misteriosa de los muchos conventos de clausura, en donde cabe  imaginar que, tras los espesos murallares y las rejas de complicada factura, algunas monjas ya muy ancianas cuidadas por jóvenes novicias dejan trascurrir, entre rezos e imágenes que refieren horrores, horas de contemplación en muy profundos misterios, entretejiendo la madeja de su devoción con los hilos de la imaginación que otros, libres y fuera de esas cárceles, les dejaron.

En uno de esos conventos toledanos -hoy  lamentablemente destruido por la falta de vocaciones, el abandono oficial y, mirando desde más lejos, la desamortización y las guerras civiles-, hace unos cuatrocientos o quinientos años, vivía recluida, entregada por ajena voluntad a la mayor gloria de Dios, una hermosa muchacha, de piadoso nombre Lumersinda del Santo Sepulcro.

Su natural belleza, incluso aunque estaba ayuna de cremas y cualesquiera afeites, no podía enmascararse ni mantenerse oculta por más que se amontonaran sobre sus túrgidas carnes velos o ropajes. Así sucedió que un toledano, estudiante a la sazón de leyes en Salamanca, (hijo bastardo, aunque único, de quien fuera uno especial de entre los muchos caballeros principales de Toledo, alcaide de torre con derecho a pontazgo,  y de una modistilla jacarandosa de los arrabales) , olisqueó la apetitosa presa y, como castellano aficionado a la caza y a salirse con la suya, tomó medidas para hacerla suya, por las buenas, o  con artes y engaños de los malos si erraba en las primeras.

Martín Lope de Buenacasa, que así se llamaba el ya no tan joven muchacho, -pues rondaba la treintena-, portador del ilustre apellido que le diera su padre al reconocerle, incorporando a su rama genealógica el fruto del desliz mundano con la costurera, era amigo de juergas y aventuras.  Herencia también de aquel viejo casquivano que, en su lecho de lecho de muerte, al saber por el ama que lo atendía que se mantendrían sus genes vivos en este valle de lágrimas, llamó llamar a Martín, lo sacó de porquerizo, lo cubrió de besos y lo encaminó a Salamanca para que un tutor de los de paciencia infinita lo hiciese digno de llevar levita. toga o caperuzón frailuno.

Pero no resulta fácil mudar de vicios, y Martín, aunque avanzaba en los estudios a trompicones, siguió siendo de natural voluble y, con dineros, más antojadizo.

Cuando cayó en la cuenta del valor venal de lo que en el convento se guardaba, -por una confidencia de uno de los abaceros que suministraban de vituallas a las reclusas del sagrado recinto, que entonces, floreciente, alcanzaban el mágico número de sesenta y nueve-, fingiéndose menestral, especialista en bacalaos y hasta arreglador de monumentos, -unas veces, con bigote, otras embozado, cuando solo, tal vez con cómplices, en horas muertas como en horas santas, pasó como quien lava todas sus vacaciones de Cuaresma, al otro lado de los muros.

Usó tantas argucias que se hizo habitual y parte misma del paisaje pétreo, sin despertar sospechas porque se arrodillaba o santiguaba. fingiendo devoción, en cada esquina. Y el mismo día de Sábado santo, entre melindres y dulces amenazas, usando las manos al tiempo que los pies, mientras procesionaban las cofradías, sedujo a la infeliz, haciéndola encontrar un barrunto del cielo entre las sábanas.

Sería vano, escaso y torpe el cuento si ahí quedara la cosa. El joven de la Buenacasa era en Salamanca, obvio, de todo conocido menos como buen alumno. No se le echó de menos en la celebérrima ciudad universitaria, porque dejó encargado a un criado de contestar por el al pasar lista. Después de aquella Cuaresma, alegando escusas e invenciones de toda calaña, pasó los días dedicado a Toledo más que a Salamanca -fuera por huelga de órdenes menores o mayores, ya por causa del Corpus o del Animus, ya con el tema de celebrar la expulsión de los judíos, o a cuenta de la mayor gloria por la conquista de Granada, etc- . Descuidó de cabo a rabo los estudios de filosofía y derecho, sacrificándolos por los que entendía de más inmediato provecho, a saber, anatomía y enología, haciendo, de paso, más directo el camino para la condena eterna de la novicia, de los abaceros que le encubrían y de él mismo, por los pecados tan graves que unos ejecutaban, otros favorecían y algunos amparaban.

Hora es ya de decir que tenía este tipo enamoradizo, huérfano de ambos progenitores, fallecidos hacía algún tiempo de una de esas pestes que diezmaban Toledo, por única familia sobrevenida, una tía devotísima, hermana de su señor padre, corta de luces, que bebía los vientos celestiales por amor a una santa reciente, Lucía del Meringuete, con fama de milagrera y, en concreto, con especial solvencia para conseguir con la mano de santa que tenía, ante el que Todo lo puede, prebendas en las cosas académicas para aquellos fieles que estuvieran atascados en sus estudios.

Se decía de esa santa local que, como prueba habida en carne propia que, había aprendido de memoria, en las lenguas arameo, román  paladino y caldeo, la mayor parte del Antiguo Testamento (dejando a salvo el Deutoronomio), temerosa de que, cuando los últimos sarracenos invadieron, de vuelta a sus lugares de origen desde Covadonga y otros lugares del norte peninsular, en donde habían sido convencidos, la encomienda o que por gracia real se había concedido a su padre, quemaran  las Biblias del poblado. No lo llegaron a hacer, pasando de largo en su huída en tropel, pero la joven nunca se recuperó de aquel empacho.

La leyenda cuenta que la tía de Martín, conocedora de las dificultades para avanzar en los estudios del sobrino, e ignorante de lo mucho que tenía avanzado en las artes de Ovidio, prometió a esa Santa Lucía una parte de los dineros que guardaba de lo que su hermano dejara al holgazán rijoso con la condición de que se licenciara. Como quería ella misma entrar en el convento, y el tiempo le apremiaba, ofreció incluso los dineros propios a la Santa, si el estudiante conseguía aprobar en Salamanca la única asignatura que, tras muchos años de penar entre tutores,  le quedaba para graduarse.

-Esta Santa Lucía del Meringuete, que te digo tiene el poder de conseguir los aprobados en las más difíciles disciplinas -explicaba a su protegido- pero es menester que se la ayude en algo, poniendo de tu parte el desgaste de los codos.

-Nada quisiera yo más que liberarte de la penosa administración de los bienes de mi difunto padre, al que no tuve mucha oportunidad de conocer, pero al que dices que tanto me parezco. No dudes, tía, de mi aplicación y entrega, pues no tengo la cabeza dedicada a otra cosa más que para repasar, una y otra vez, hasta la extenuación, la asignatura esa que me quedó atravesada -replicaba el mendaz sobrino-.

-¿Y qué asignatura es ésa, querido Martín, para que pueda recomendarte a Santa Lucía del Meringuete como  corresponde, sin confusión alguna? -se interesó en que le precisara la devota anciana.

-Filosofía del derecho canónico en la ciencia de San Isidoro de Sevilla, San Agustín de Cremona, Santa Teresa de Avila y otros padres y  madres de la Iglesia -le contestó Martín.

-Largo nombre para una asignatura, que no se si será conocida en ese detalle allá en el cielo. La rezaré como Filosofía astronómica y la Santa sabrá a quién aplicar y por dónde mis oraciones -concluía la tía.

-Gracias, tía, -y le besaba las manos- y aún te daré más alegrías si me proporcionas, a crédito, algunos dineros más que de habitual de esos que a buen seguro podré disponer ya desde este mismo verano, por herencia justa. Que estando yo dedicado todo el tiempo a ir de la cama al pupitre y del banco de escolar al catre, y teniendo el cerebro lleno a rebosar de cosas aprendidas, se me están desgastando los trajes, jubones, gorros y calzas necesito reponerlos. Y no dudes que, con mi esfuerzo y la ayuda de esa Santa milagrosa, traeré el aprobado a esta digna casa, y aún matrícula y honores, porque cuento con llegar luego a obispo a poco que la divinidad me empuje con su oportuno soplo.

No puso, como es de suponer, nada de su parte el tuno. Juergas, infames borracheras, peleas por el juego y lances de amor, idas y venidas a Toledo, a Esquivias, a Illescas, a patios y almazaras -a veces confesadas, otras ocultas, unas entrando por las puertas, otras escalando muros o violentando rejas, bien con futuras monjas, con doncellas, con casadas, que todas fueron las aportaciones personales que hizo por pasar su tiempo.

Llegado el día de los exámenes, Martín  se sentó en el pupitre con tal resaca que fue incapaz de recordar lo que le habían preguntado y lo que había puesto como respuesta destinada. Así que dio por normal el suspenso, y preparó su escusa para la tía crédula y estaba haciendo los aperos para un viaje a Toledo y al convento para seguir con la aventura aquel verano

La tía devota rezó y rezaba, pidiendo por el aprobado del desgraciado, esperando alguna noticia salmantina.

Cuando recibió la nota de la prueba, Martín Lope de la Buenacasa, que no hubiera apostado por haber obtenido ni un dos sobre los diez,  se sorprendió con ver la papeleta de aprobado y, por ende, poder considerarse flamante licenciado.

Consciente de que nada había puesto de su parte, incapaz de darle otra explicación al suceso, lo atribuyó al poder de Santa Lucía del Meringuete para cambiar el rumbo de las cosas, a un milagro verdadero que le hiciera caer del caballo desbocado al que estaba subido, y, poniéndose de rodillas, temblando de emoción, temeroso de ser sometido a un castigo de rayo celestial o flamígero portento, prometió cambiar, hizo pintar su Víctor en la fachada con sangre propia, y se hizo fiel devoto de la Santa para el resto de sus días, agenciándose de un artista imaginario varias estampas de aquella bienaventurada que, a saber, bien le había cambiado el examen o guiado la mano por los caireles de una sabiduría que no tenía.

Huelga decir, para quienes están al tanto de cómo suceden esas cosas, que una vez que el holgazán monjillero se encontró con el diploma y vio el camino expedito al obispado, dejó de vérselas con la doncella enclaustrada, tomó negros hábitos y pasó a mantener un tono discretísimo en todo, fuera de lo que se atuviera a los oficios.

No pudo enterarse así que la joven fue sacada de su convento toledano, mudada desde las clarisas a las franciscanas o teresianas (o al revés), todo por orden expresa de su padre, y llevada a otro lugar, a una tierra indígena que hoy es llamada Misiones, en Santa Cruz de la Sierra, casi en la frontera entre Bolivia y Brasil.

No le interesaron ya las sábanas crespas del convento, aunque estuvieran enmollecidas con carnes frescas, sino los linos episcopales, que alcanzó rápido, por su seriedad, devoción y respeto y lo encendido de sus discursos y pláticas.

¿Qué había pasado? Aquí viene lo bueno.

Cuenta la leyenda que, en realidad, el no tan joven estudiante, borracho y resacoso como estaba el día del examen, no acertó a dar pie con bola, pero llenó una y hasta varias hojas con lo primero que se le iba viniendo a la cabeza. Como la tenía muy ocupada, en los resquicios que le dejaba el alcohol, con su torpeza y vehemencia sexual, contó, entre majaderías ininteligibles, la aventura concreta que mantenía con una novicia, con detalles bastantes que el corrector de la prueba, que era su  padre, el doctor Furgensido Rodríguez Calvo, descubrió que la seducida era su hija, a quien había destinado a las cuatro paredes para que le sirviera de perdón a sus propìos pecados juveniles.

Por eso, aunque estaba claro que el estudiante merecía un suspenso y aún que le cortaran lo sano con estilete, siendo el doctor Rodríguez hombre sosegado, pero de decisiones solemnes, aprobó al estudiante para perdérselo de vista y sacó a su hija de aquel convento que tan mal la guardaba para embarcarla al otro lado del océano, lo que hizo, por cierto, siguiendo la misma ruta que la que tomó Cristóbal Colón en una de sus últimas expediciones a las Américas.

Esta es la leyenda o tal vez historia verdadera que oí a un canónigo comentar mientras estaba buscando la salida de una calle en lo que fue judería de Toledo y, como tengo por costumbre, sabiendo que lo mejor para superar un embrollo es ir detrás de alguien que parezca conocer el camino, fui siguiendo a un grupo, en el que el que hablaba, que parecía tonsurado, contaba, más o menos, lo que dejo escrito.

Fue el caso, sin embargo, que no me condujeron, como había confiado, fuera de la judería, sino que me encontré plantado, ante un portón abierto en sillarejo toledano, que se abrió par dejar pasar a la comitiva que me precedía y a mi me dejó con un palmo en las narices.

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: convento, cuento, cuento de invierno, Esquivias, leyenda, Misiones, monja, novicia, pecado, rijoso, Toledo, tonsurado

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