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Archivo de mayo 2015

De blunt to smart city, una guía para dummies (7)

13 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

En algunos análisis comparativos que se están ya realizando en la Unión Europea respecto a las ciudades Smart y su camino hacia la excelencia supina, se están separando, como ajenas a la dinámica, las capitales de los Estados. Encuentro en esa actitud una lógica que es fácil compartir, e incluso, extender a las grandes ciudades.

Desde una confusión inicial, que pretendía igualar todos los modelos, se está clarificando la interrelación, incluso la dependencia, entre el desarrollo demográfico y la estructura social de las ciudades  y la viabilidad del concepto genérico de ciudad Smart.

Es imprescindible referir el esquema de ciudad a una determinada tipología de desarrollo demográfico: hay ciudades cuyos límites urbanos están definidos y sobreexplotados; otras se ven abocadas a un crecimiento vertiginoso, al haberse constituido como polos de atracción; hay algunas que vivieron un pasado esplendoroso (por ejemplo, ligado a una actividad minera o industrial que ha desaparecido o reducido dramáticamente su explotación); en otras localidades, sucede lo contrario: la implantación de una nueva vía de desarrollo con fuerte empuje las hace vivir un momento de gran dinamismo.

La clasificación básica puede ser discutida, sobre todo académicamente, por demógrafos y especialistas en urbanismo. Mi posición es ecléctica, y me siento más inclinado a caracterizar las ciudades según bases empíricas, según cuáles sean los puntos débiles o fuertes de variables como las que recojo a continuación:

a) espacio libre disponible, estado de los edificios (tanto los de habitación como los monumentales o históricos, así como los de uso administrativo); y todo ello, ligado al análisis del crecimiento poblacional, su composición por clases de ingresos, tipos de edades, etc.

b) estado de las redes de suministro básico: agua, recogida de residuos, energía, redes de comunicación, y esto relacionado con el coste de los servicios y el nivel de calidad de los mismos. Sin hacer trampas, por cierto: valoración real de las características de cada servicio, necesidad de inversiones y reparación de redes, mantenimiento de las mismas, coste de ampliar el acceso al nivel deseado a toda la población, y no solo a las élites.

c) valoración del tráfico y movilidad en la urbe, vinculado al coste individual y global del mismo, estudiando por qué se produce, en qué momentos, y modelizando y sacando consecuencias de múltiples opciones: más aparcamientos subterráneos, limitación de acceso a ciertas zonas, peatonalización de otras, etc. La gracia de este análisis debería consistir, no en adoptar en su consecuencia medidas similares a las de otras ciudades, sino estudiando el coste-beneficio y en particular, el beneficio marginal de las mismas. ¿Para qué serviría, por ejemplo, un parque subterráneo en el centro de una ciudad? ¿Se analiza la eficacia de otros situados en puntos que podrían alcanzarse, por la dimensión de la ciudad, desde otros lugares? ¿Se ha valorado el efecto sobre el tráfico de autorizar a cada uno de los grandes almacenes del centro que tengan un parque subterráneo?

d) empleo de las tecnologías de comunicación avanzadas. Muchas ciudades se jactan de tener zonas wifi, desgraciadamente para los potenciales usuarios en lugares que suelen estar bastante alejados de los que el visitante tiene en mente. Si las zonas wifi están pensadas para el habitante de la ciudad, debería analizarse por qué hay tantos bares, cafeterías y restaurantes (además de hoteles y pensiones) que garantizan «libre acceso». ¿A qué velocidad, con qué fin, con qué garantías de seguridad? Me suelo fijar en el empleo que realizan en las bibliotecas y centros públicos los usuarios de los puestos gratuitos de conexión a la red que hay en ellos. Aconsejo que se haga el análisis de su verdadero rendimiento y utilidad (sin vulnerar, claro, la confidencialidad).

e) situación específica de la demografía de la ciudad en relación con las dependencias económicas y las necesidades sociales. Este punto es capital, puesto que, si bien las ideas generales son válidas para todas las ciudades, la forma de su implementación no puede trasladarse, porque debe hacerse la valoración para cada barrio, cada zona, cada distrito, de la urbe. El asunto es tan importante que puede suceder (de hecho, sucede con absoluta frecuencia) que algunas zonas de la ciudad respondan al concepto Smart, pero el conjunto diste mucho de serlo.

Cada uno de los barrios de las ciudades responden a diferentes esquemas de implementación, demandas sociales, ritmos de vida, tipo de trabajo etc., que están relacionados con el poder adquisitivo medio de sus habitantes, con su formación, con la decadencia del atractivo de la zona (o su auge), etc.  Si la sociedad del futuro se desea que sea más armónica, en el sentido de más uniforme, habrá que dotar a los barrios más pobres y menos equipados de mejores equipamientos de servicio, elementos de disfrute gratuitos y atención pública que a los más ricos, para que esta oferta distorsione -justamente, no potencie- el foco de atracción previo.

Por el contrario, si se desea, como así parece (perdóneseme el aparente cinismo) que profundicen en su marginalidad, abandónense a su suerte, descuídese el cuidado de sus servicios públicos, restrínjase la vigilancia policial, tolérese como inevitable la implantación de la prostitución, los clubs de alterne, hágase caso omiso de los lugares de reparto de droga, del chabolismo y, por decir más en la misma dirección, llévense a los barrios más distanciados de lo smart, las escuelas públicas con bajo presupuesto y sobreocupación, póngase los hospitales y centros de sanidad, lo más lejos posible de ellos, instálense rotondas con monumentales esperpentos en lugar de parques y zonas verdes y, por supuesto, anímese -haciendo la vista gorda a la inoperante legislación- a que los talleres y fábricas contaminantes se mantengan en las cercanías de los edificios colmena con vistas a las chimeneas.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: smart city

De blunt to smart city, una guía para dummies (6)

12 mayo, 2015 By amarias 1 comentario

Cuando escribo esta serie de comentarios, España se encuentra en período de campaña electoral, puesto que el 24 de mayo de 2015, se deberán elegir nuevas corporaciones municipales y se decidirá la composición de la mayoría de los parlamentos autonómicos (salvo en Andalucía, Galicia, Cataluña y País Vasco). Magnífica ocasión, pues, para que los debates de los que se postulen como candidatos giren en torno a propuestas sobre modelos de ciudad o de región.

No es tan sencillo, desde luego, improvisar en unas pocas semanas las ideas que han de movilizar el voto de los indecisos que, en España, como sucede si se analiza una tendencia creciente en Europa, van siendo mayoría. Lamentablemente roto el bipartidismo -en el apacible sentido de dos grupos políticos fuertes que basculen en torno a la idea de centro, pero con la dirección puesta hacia adelante-, el panorama se presenta complejo. No quiero decir con ello que no sea interesante, pero la dificultad de alcanzar consensos en nuestro país, abre demasiadas incógnitas acerca de lo que será viable en coalición de partidos, pues se perderá mucho tiempo (siempre tan valioso) en llegar a acuerdos que se puedan presentar por los líderes de los partidos como logros particulares, en lugar de pensar en poner rápidamente de manifiesto los puntos comunes que permitan avanzar.

En las elecciones locales, soy de los que se han dejado guiar, en prácticamente la mayoría en las que participé, -y lo digo para bien como para mal- por el perfil personal de los candidatos que figuran en primera línea de las listas. Analizo sus currícula, sus trayectorias personales, más que los programas de sus partidos o agrupaciones, puesto que parto de la base escéptica, pero experimentada, de que la dinámica de los acontecimientos arrumbará las intenciones programáticas, sepultándolas en un posibilismo, esto es, en las actuaciones que señalará la coyuntura económica.

No pocas veces he rechazado votar una lista porque conocía -o creía conocer perfectamente- a algunos de los que se postulaban para defender intereses generales, a los «que había conocido ciruelos»: entiéndase, tránsfugas de otros partidos o defensores de incendiarias ideologías, portavoces ocultos de intereses familiares o personales incompatibles con lo que pretendían defender, …o cínicos con don de palabra o de gentes que, en campaña, daban apretones y abrazos a cuantos se ponían delante llamándolos de amigos de toda la vida, o no se contenían en ser adeptos y fieles de toda la vida a opiniones, criterios y posturas que eran justo lo contrario de lo que habían hecho o creído  hasta entonces.

Desconfío de los que ofrecen crear muchos puestos de trabajo, mejorar lo que lleva tiempo sin arreglarse, poner bozales (es un decir) al gran capital, subir o bajar muchos de los impuestos, impulsar la cultura y las artes, motivar a los parados a que se hagan autónomos, ampliar parques y zonas verdes o mejorar el ambiente con introducción de más medidas coercitivas contra lo infractores.

No es que no me guste, claro. De las buenas ideas, como decía aquel campesino del cuento al que le preguntaban qué parte del cerdo le gustaba más, respondo que me gustan «hasta los andares». Pero una cosa es predicar, y otra, dar trigo.

Y en eso de la agricultura, como en política, hay que contar con el terreno adecuado, sembrar a tiempo, fertilizar los campos, cuidar los plantones, vigilar las plagas y no excederse con los insecticidas ni fungicidas (mejor, si son ecológicos) , contar con que haya bastante sol pero no hiele, desear que  llueva lo justo y en sus momentos, y, desde luego, saber esperar…pero no dejar pasar la época dela recolección, pues se perderá la cosecha que, por supuesto, ha de tener quién la compre y la valore en su calidad y precio, para que la inversión no sea un fracaso.

Me aburre que en los debates se esté dando tanta importancia a la corrupción (realidades y sospechas) y a las entretelas oscuras de los candidatos principales y sus compañeros de lista. No soy indulgente con los corruptos, pero no soy tan cínico como para no saber entender que esta sociedad, como todas, se mueve con un poso de corruptelas, amiguismos y avideces personales que, cuando no son vigiladas, dan lugar a aberrantes malicias en algunos grupos y personales. No es, para mí, parte del debate sobre el futuro, ahondar en lo que algunos han acaparado para sí, utilizando malas artes, comisiones exigidas para ser objeto de contrataciones públicas o posiciones de privilegio junto a la caja de los dineros.

Porque una ciudad Smart, ha de ser, ante todo, regida con honestidad, para que pueda brillar el buen saber de la inteligencia, la detección de las oportunidades colectivas, el saber señalar a la inmensa mayoría el camino que conduce a una mayor felicidad, para lo que no basta solo desearlo, sino poner los cimientos donde no los haya y cuidar los puntales de la sociedad del bienestar, donde ya existan.

Una ciudad Smart ha de mantener y crear empleo estable para sus habitantes, generando actividad suficiente  para que las familias puedan contar con un medio de vida aceptable, no subvencionado, sino autosostenible. Cada ciudad debe ahondar en sus fortalezas. Si se quiere consolidar como ciudad de congresos y servicios, no solo bastará tener imponentes edificios de convenciones, sino estar seguro de que sabrá programarlos con alicientes adecuados, atrayendo expositores y visitantes foráneos. Si pretende ser una ciudad industrial, analice qué formación conviene dar a sus habitantes, contando, no con fantasías surgidas en despachos académicos, sino en íntima colaboración entre responsables empresariales y centros de enseñanza.

Por supuesto que me gusta tener en mi ciudad sendas ecológicas, pistas para bicicletas, aparcamientos disuasorios para los automóviles, transporte urbano eficiente y que conecte la periferia con el centro, centros comerciales compatibles con un vivo comercio local. Quiero hospitales con magníficos equipos médicos y material de última generación, grupos de investigación conectados con los más avanzados del mundo, guarderías y colegios cerca de mi casa regidos por entusiastas de la enseñanza infantil.

Todo eso, y más que deseo para mi ciudad Smart, cuesta dinero. Mucho dinero, que no puedo generar a base de incrementos impositivos desproporcionados o subvenciones que endeuden a mis administraciones públicas por varias décadas, porque no puedo confiar en que el futuro me proporcionará los recursos de los que ahora no dispongo.

Esa concepción ajustada a la realidad, no debe impedir ser ambicioso en los objetivos a medio y largo plazo, pero obliga a ser juicioso y prudente en el corto, priorizando, y encajando conjuntamente, lo que es más imprescindible o necesario, con lo que costaría lograrlo,  teniendo en cuenta el presupuesto de que se dispone. Echo de menos en los debates, la cuantificación económica de las propuestas. Y aún peor (en el sentido, de más lamentable), echo en falta las visiones técnicas. No quiero que mis representantes sean graciosos, me parece bien que sean optimistas, aunque desconfío de los que parecen haber descubierto de pronto lo que le gustaría tener al potencial votante, para convencerlo de su voluntad de realizar para contentarlo, lo imposible.

Una ciudad Smart (o una región Smart) profundiza en sus cualidades diferenciales, y destaca por sus capacidades distintivas, sin preocuparle no tener un polígono industrial (si no hay industria a que apoyar), o, por ejemplo, carecer de carriles para bicicletas (si su orografía es complicada o el trazado de los carriles-bici no puede hacerse sin poner en riesgo diario a los que utilicen este barato medio de transporte).

Creo conocer bastante bien algunas ciudades situadas en puntos diferentes del planeta. He vivido durante tiempo suficiente para sentir su pálpito, en especial, en Oviedo, Vigo, Dusseldorf, Madrid y Toledo. Por mi profesión, he analizado a fondo -disculpe el lector la petulancia, pero si el objetivo es distribuir agua a una ciudad o recoger sus residuos, hay que hacerlo con mucha atención- el urbanismo de ciudades tan distintas como Casablanca y Rabat, Santa Cruz de la Sierra  y La Paz, Buenos Aires y Mendoza, Santiago de Chile y Valparaíso, El Cairo y Alejandría, Tirana y Lezhe, …Bruselas, París, Roma…y decenas de ciudades españolas. Tratar de homogeneizarlas, pretender conducirlas a un modelo común, sería aberrante.

En estas mismas páginas del blog, he desarrollado algunas ideas sobre cómo mejorar Madrid. Como usuario habitual del transporte público y amigo de andar sin importarme las distancias si tengo tiempo, creo que esta ciudad tiene un magnífico metro, que permite la comunicación dentro del círculo señalado por la M-30, excepcional; no muy usado, por cierto, salvo en horas puntas, puesto que hay aún muchas personas que creen que es un transporte para clases económicas inferiores. Respecto a la modificación que se ha realizado de las marquesinas, opino que ha sido un despilfarro: no era necesario cambiarlas, y no son mejores que las que había; por ejemplo, con la llegada del calor, se convierten en receptáculos en donde los que esperan, se cuecen en su salsa; para el viandante, son obstáculos que obligan a andar de perfil o salirse de la acera.

Los madrileños, andan mucho, utilizan también demasiado tiempo en ir y venir. Se consume buena parte del día, caminando, o embutidos en el automóvil o el medio de transporte público. Hay ahí un reto para hacer de esta ciudad, más Smart, más limpia. Es una ciudad demasiado ruidosa y, por desgracia, desde hace años, es más sucia; incluso la recogida separativa es parcialmente un fracaso, pues no se usan adecuadamente los recolectores y el ciudadano medio no es consciente de su responsabilidad individual para no ensuciar.

Me resulta curioso, cuando vuelvo a Oviedo, mi ciudad natal, observar que la gente anda mucho menos; cierto que todos tendemos a movernos en un círculo seudo-virtuoso cada día, del que no somos capaces de salir. Conocer mejor la ciudad en donde uno vive es una condición para quererla. me agrada reconocer que el ovetense está orgulloso de su ciudad, aunque sospecho que hay barrios enteros que no ha visitado jamás. Ya no es exactamente una ciudad estudiantil, pues los centros de enseñanza universitarios están fuera del núcleo urbano (una reliquia, la querida Escuela de Minas), y, además, Gijón y Mieres han comido una parte importante de la tostada. Cada vez más, se parece a una ciudad de jubilados, de pensionistas, que tienen, obvio, sus peculiares preocupaciones, gustos y necesidades.

Toledo se me aparece como una ciudad mal aprovechada. ¡Cuántos monumentos desconocidos! ¡Qué río Tajo por poner aún en valor!. Su casco antiguo, una joya histórica, permanece desconectado del resto de la ciudad, infrautilizado, mal conocido en sitios, misterioso en otros, y, en sus vías principales -siguiendo las líneas de nivel-, pasto de visitantes foráneos que son guiados a uña de caballo con cuatro tópicos,  por un recorrido cuyos centros de interés principal parecen ser tiendas con suvenir traídos de China, idénticos a los que se pueden encontrar en cualquier otro lugar del mundo: las espadas y armaduras toledanas que ofrecen casi todos los comercios de esos escaparates para tipos con prisa de engullir ciudades, provienen del lejano oriente. El arroz envasado con nombre de paella, los burritos, las pizzas calentadas a la vista del cliente o los bocatas de jamón y queso, y hasta las «legítimas carcamusas» que se airean en ciertos locales con mucho trasiego, tienen tanto que ver con la deliciosa cocina castellano-manchega como un palo de golf con una estaca para cercar un prado.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Urbanismo Etiquetado como: smart city

De blunt to smart city, una guía para dummies (5)

5 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Cuando se hace referencia al proyecto de una Smart City, se acostumbra a dirigir la mirada hacia los responsables municipales. Sin embargo, aunque el ámbito de actuación sea la ciudad, los agentes que influyen sobre ella, incluso de manera determinante, son externos.

En relación con las consecuencias de los avances tecnológicos (no solo en el campo de la informática y las comunicaciones) sobre el ámbito urbano, la dependencia de las grandes empresas y consorcios es decisiva. Controlar sus actuaciones desde las corporaciones es, a menudo imposible y, desde luego, siempre difícil. No quiero dramatizar la cuestión, pero incluso en el campo de menor complejidad técnica de los servicios tradicionales que presta el municipio por competencias delegadas constitucionalmente (agua, saneamiento, recogida de residuos, etc.), o que se prestan en su territorio (distribución de electricidad, servicios sanitarios, educación, telefonía, etc.) el control de la eficacia o del coste real de su ejecución se hace muy difícil para los funcionarios municipales, por falta de medios, o de su propia competencia, cuando no del oscurantismo con que se llevan a cabo.

Se plantea la cuestión, por tanto del control y la forma de ejercerlo. Las grandes empresas tecnológicas ya han tomado sus posiciones sobre algunas de las ciudades más interesantes como candidatos a ocupar los primeros puestos en la división de las Smart Cities, y las están convirtiendo en sus escaparates para exhibición de sus propuestas. IBM, Siemens, Intel, Cisco, etc. son ya nombres que suenan en el nuevo escenario de moda. Esta intromisión en las fuentes de información de la ciudad y en la acumulación de datos de interés sobre las mismas, hará a las ciudades cada vez más dependientes de los consorcios posicionados en la gestión de los big data.

Especialmente preocupante sería la posibilidad -ya realidad en algunos casos- de que, a cambio de la gestión de esos datos se ofrezcan a las ciudades ventajas económicas o ahorros en sus cargas financieras. Los superordenadores, equipados con programas para tratamiento de la información geo referenciada, y presentar respuestas a las cuestiones urbanas, se convertirán así en un elemento de ayuda a la gestión imprescindible, pero que se escapará al control de las autoridades municipales, e, incluso de las superiores a ellas.

La cuestión no es baladí, puesto que la reciente experiencia viene a demostrar que, por eficaces que parezcan en los primeros momentos, los programas y los soportes de computación tienen una vida útil muy corta, cuando se atiende a su coste y a la potencia del tratamiento. Un programa con más de tres años se encontrará ya obsoleto, muy seguramente, y los tiempos en los que una aplicación es rentable en relación con las alternativas son y serán cada vez más cortos. Una ciudad, por muy Smart que haya sido, no podrá pagárselos, y la referencia al tamaño crítico (cuantas más mega Smart city, mejor) pasará a ser la clave para mantener la disponibilidad de la información y encontrarle un uso adaptado a las necesidades del momento.

Las decisiones de gestión, por la misma esencia de la interconectividad, se desplazarán desde la ciudad a otros estamentos. Posiblemente, no públicos, o, en el mejor de los casos, resultado de Contratos de colaboración público-privada en la que los firmantes serán los responsables de órganos superiores a los que actúan sobre la ciudad. Tal vez, incluso con el riesgo de que los datos sensibles sobre los ciudadanos y la ciudad sean utilizados por elementos ajenos a la misma, quién sabe si no potenciales enemigos de su seguridad o rivales para su bienestar.

No hay por qué llevar la cuestión a sus límites. Estas interrogantes aparecen ya especialmente evidentes cuando se trata de gestionar la conectividad de una ciudad con sus vecinas, o la óptima eficacia de los recursos que son necesarios en la ciudad, o que podrían ser proporcionados por ella, o, por abordar una cuestión aparentemente marginal a este respecto, el mantenimiento de los edificios, la conservación de los parques, etc..

El núcleo de esta idea es: si queremos una ciudad realmente interconectada, que saque el máximo partido a la información, hay que atender a la forma de acotar el riesgo de que se pierda el control, y la misma esencia de lo municipal. Los datos, sabemos ya por amplias experiencias, contienen información válida, sensible muchas veces, y que puede ser utilizada de muchas maneras, positivas como dañinas, si bien estas últimas, por la rapidez con la que se han generado los procesos masivos de tratamiento, no siempre tienen sanción penal en los Códigos.

Lo que nadie dudará es que la información es un elemento potencialmente lucrativo para quien la posee, y si se es capaz de ordenarla y se dispone de muchos valores para determinadas variables que posibiliten reducir riesgos o aventurar zonas de mayor beneficio, puede amparar actuaciones de muy distinta índole y que, tratándose de una ciudad, podrían acabar convirtiéndose en una servidumbre más que en una ventaja, si no se atiende a delimitar un marco legal preciso.

La integración de los sistemas de información y comunicación en la ciudad, para el seguimiento, control y optimización de los sistemas técnicos y de infraestructura de la ciudad está en el fondo de uno de los objetivos tenidos por esenciales en la Smart City. La movilidad, la seguridad, el ambiente de la ciudad están dependiendo de una buena resolución a esos problemas comunes a las urbes. La experiencia demuestra lo difícil que está siendo controlar la ejecución de las obras de reparación o sustitución de redes en las ciudades para los funcionarios municipales, que disponen de herramientas informáticas, generalmente, inferiores a las de las empresas de servicios (electricidad, agua, gas, transporte de mercancías, sanidad, etc.)

Es sustancial, por tanto, conseguir una transparencia y lealtad con el municipio en entre las empresas y la ciudadanía, mediante acuerdos que deberán someterse a un marco legal. Sería de lamentar que los bueyes se pusieran detrás del carro, para empujarlo, y que se aprovechara la escasez de medios de las ciudades, o la situación de insolvencia de muchas de ellas, para introducir una variable de aspecto ventajoso, pero que pronto se convertirá en una servidumre sobre la ciudad de la que no será posible sustraerse. Prudencia, pues, antes de introducirse en el camino de una modernidad que puede estar plagada de minas anti buena voluntad.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Urbanismo Etiquetado como: smart city, urbanismo

De blunt to smart city, una guía para dummies (4)

4 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

El camino hacia la categoría de Smart City (como signo de calidad reconocida tanto por los propios habitantes como por terceros) tiene muy peculiares características, pues no solo se basa en conceptos y valoraciones subjetivas, sino que está fuertemente condicionado por las condiciones de partida. Es, por otra parte, multidisciplinar, exigiendo la colaboración de especialistas  que ayuden a perfilar ese recorrido hacia la perfección (idea dinámica, como ya indiqué).

Pero, lo más importante, es que el juicio de mayor valor es el que emitan los propios habitantes, independientemente de su formación, clase social, forma de subsistencia, inquietudes culturales o intelectuales y lugar que ocupen físicamente en ella. Yo introduciría un factor muy especial, compuesto de índices a su vez muy diversos, que señalaría la diferencia máxima entre los grupos que la componen y que reflejaría las tensiones intrínsecas que coexisten en ella.  Otro factor sustancial es de su diversidad, en el sentido de que las categorías sociales, culturales, profesionales, los distintos grupos de edad y de género, resulten integrados de forma armónica.

Niego, por tanto, que una Smart City pueda ser un campus universitario, o un Sillicon Valley o un conjunto residencial de alto nivel. Estos ejemplos -y otros muchos que el lector puede aportar por sí mismo- pueden ser, y de hecho lo son, imprescindibles para configurar un nivel más amplio al de una ciudad, e incluso resultarían elementos sustanciales para el desarrollo o el bienestar de una Comunidad más amplia o de un Estado, pero no son ejemplos de Smart City.

A partir de una realidad existente, la voluntad de transformar una ciudad actual en una ciudad Smart, exige una permanente discusión política, y un acuerdo de la comunidad sobre la estrategia. De otra forma, se caerá en el precipicio de la introducción de parches (especial atención a las copias de medidas extrañas que hayan tenido éxito en otro contexto) o en despilfarros inútiles, que solo servirán para aumentar la frustración colectiva, además de, por supuesto, incrementar el gasto municipal, dejando la ciudad con nuevos cadáveres.

Esta observación es muy importante, en  mi opinión, pues se ha desencadenado una estéril y peligrosa carrera de rivalidad entre las ciudades Europas (pongo por caso), que se enfoca más hacia una pretensión de homogeneidad, en lugar de aprovechar, corregir o rentabilizar (en provecho colectivo de sus habitantes) las diferencias. Las críticas respecto a esta concepción elitista e igualadora en medidas que pueden ser vistosas o que se presentan como fórmulas ecológicas o de ahorro energético sin que se las haya analizado desde una perspectiva propia e integradora, han aparecido ya, pero su presencia en el debate es aún débil, puesto que los responsables políticos están, como siempre, obsesionados por el corto plazo y por la rivalizar en la mejora en baremos de puntuación en ciertos índices que no son apropiados, frecuentemente, para sus ciudades.

Para empezar el camino, es imprescindible tener en cuenta el mapa urbano de origen, sus estratos socioecónomicos y el modelo de vida actual de sus habitantes. La disponibilidad de territorio urbanizable es un elemento clave, y una medida de gran valor hacia la smart city sería convertirlo de inmediato en no urbanizable, en zonas verdes, delimitando de esta forma, de manera obviamente brutal, el crecimiento sustentable, que pasaría necesariamente a enfocarse sobre la mejora de las urbanizaciones existentes y el aumento del equipamiento y su óptima distribución, a partir del inventario de lo ya disponible.

Los elementos de dinamismo endógenos de la ciudad debieran ser analizados con máxima objetividad y precisión. La oferta tecnológica propia, la capacidad para resolver de forma autónoma las necesidades para recorrer el camino hacia una mayor intercomunicación de sus activos es parte esencial del reto a resolver. ¿Qué necesita la ciudad para ser más limpia, menos ruidosa, más transparente para sus habitantes, más cómoda para el transporte, más eficiente y creativa? ¿Dónde están los focos que pueden ser las claves para ese desarrollo? ¿Cómo se les puede motivar, impulsar, interconectar?. Hay que poner en valor, ante todo, esas características endógenas, antes de lanzarse por un camino de gasto que, si no se ha analizado con rigor, conducirá indefectiblemente a hacer la ciudad más dual y, por tanto, menos Smart.

La detección de esas áreas de desarrollo que han de ser impulsadas, con soluciones consensuadas o, al menos, claramente explicitadas, es imprescindible. Una ciudad no será más inteligente por haber apostado por convertirse en una ciudad de servicios hacia el exterior, con múltiples centros de convenciones, salas de exposiciones o lugares feriales o parques tecnológicos, puesto que su potencial éxito en esa dirección (medido, siempre, en bienestar de sus habitantes) entraría en competencia con otras ciudades que pueden estar mucho mejor situadas para rentabilizar esas inversiones.

La ciudad Smart aprovecha de manera inteligente sus singularidades, para potenciarlas, y rehúye entrar en competencia en campos para los que carece de factores diferenciales positivos. En eso radica la fuerza de la idea de un e-gobierno responsable. En la coordinación e integración de los elementos infraestructurales, formas de movilidad, interrelación de sus agentes propios con los impulsos ajenos, con una base de información mixta (geográfica, digital y analógica) que sea transparente, pero, sobre todo, mensurable. Esa gobernanza ha de apoyar, sin sustituirlos, las posibilidades de incorporación tecnológica, de información y de comunicación, dentro de un marco, no ya de respeto ambiental (concepto superado), sino de mejora ambiental drástica.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: e-gobernanza, smart city, urbanismo

De blunt to smart city, una guía para dummies (3)

2 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Solo la complacencia política puede pretender que una Smart City se presenta como una realidad inmutable, un logro definitivo, Ni siquiera aquellas ciudades que consiguieran hoy el galardón de ser apetecibles como lugar de residencia (juzgado tanto por los que habitan en ellas como por los que las conocen y no viven allí), pueden sentarse a  contemplar el futuro con tranquilidad.

Porque, como ya expresé, el concepto de Smart City es una utopía, un objetivo que se desplaza, como el horizonte, a medida que nos acercamos teóricamente a él. Ninguna definición puede superar, en mi opinión a ésta: La Smart City es un conglomerado urbanístico, cuyos objetivos permanentes son la información, la interrelación, la movilidad, la seguridad, y la sostenibilidad.

Las ciudades necesitan una reconstrucción, un replanteamiento, que puede ser tenido por una pacífica destrucción que permita la eliminación de las trabas que impiden el cumplimiento de esas ideas globales, intuitivas, pero que encuentran su concreción cuando contemplamos otra urbe que nos suscita envidia especial, porque tiene características de las que no disponemos.

La labor es ingente, que es como decir, que es imposible. No se puede pretender que todas las urbes del mundo disfruten de iguales características, y lo que es más importante, el mantenimiento de esos niveles de bienestar es una cuestión de élites, porque cuesta dinero.

Las Smart Cities habrán de estar defendidas por barreras especiales, de las que, sin duda, el alto coste de vivir en ellas será el más significativo: quien quiera lo bueno, tendrá que pagarlo. Los habitantes de una Smart City serán seres privilegiados, que ganarán más dinero que los demás, tendrán acceso a mejores fuentes de información, aunque también será cierto que en torno a esas apetecibles estructuras se conformarán barrios marginales -a mayor o menos distancia- en las que vivirán quienes cubran los servicios menos esenciales de los Smart citizens.

La dinámica de la urbanización es diferente según el nivel económico-tecnológico de los países: es especialmente alta en los países en desarrollo, y en los menos desarrollados, en donde se están produciendo continuamente masivas incorporaciones desde las zonas pobres del campo, atraídos por el olor a bienestar de las capitales y urbes mayores, que crecen indiscriminadamente. En otros trabajos, he defendido que debería apoyarse la creación de «ciudades intermedias» (con limitación a setecientos mil habitantes, como máximo), que sirvieran de descongestión a las grandes ciudades y, desde luego, como elemento disuasorio al crecimiento desorbitado que se está presentando, desde hace décadas, en los estados más pobres (y que tampoco puede decirse sean tan fácil de contener en los desarrollados, dado el nivel de concentración que alcanzan algunas urbes).

A nivel global, el urbanismo -esto es, la acomodación física del territorio a la habitabilidad-  tiene, como consecuencia de este crecimiento rápido, y en buena medida no planificado (o mal previsto), distintas concreciones, que van desde los asentamientos espontáneos, o los barrios miserables a las ciudades dormitorio. El abandono del campo agrario se mantiene ininterrumpidamente. Aunque pretendamos estar en una sociedad tecnológicamente avanzada, la generación de empleo más importante se vincula a la industria pesada, la producción masiva de bienes de consumo, o la construcción de infraestructuras.

No existe consciencia de la importancia de sostener la agricultura no intensiva, de una naturaleza no subyugada al interés económico, a la avidez temporal. La vida en el campo es despreciada, aunque quienes pueden, aún pretenden disfrutar unos días al año asistiendo a su declinar acelerado.

Estamos en el comienzo de una nueva forma de urbanización y, en mi apreciación, de forma curiosa, son típicamente las «ciudades cercadas»  las que se ofrecen de modelo a seguir. En toda Europa, aunque para llamar la atención sobre España, Barcelona es un caso paradigmático, al que uniría Santander, La Coruña, Cádiz, Córdoba y otras ciudades a las que las limitaciones de espacio han obligado a plantearse la calidad de su crecimiento urbano. Son «ciudades terminadas» (o casi) por razón de su falta de terreno para crecer megalo -maníacamente .

Sí, Madrid, en este sentido, podría ofrecerse como contramodelo, pues la amplia disponibilidad de espacio convertido en urbanizable ha permitido crear un monstruo de megaciudad, aprisionado, más que enaltecido, por más de diez núcleos urbanos que han copiado con manifiesta simplicidad un modelo urbano centrado en la especulación, en el corto plazo, en el individualismo.

El renacimiento de las ciudades ha de estar basado en la incorporación de la cultura a la convivencia, como forma de vida saludable. Las ciudades del futuro, sean o no calificadas de Smart, han de ser más polifacéticas, más verdes, deberán estar interna y externamente, más y mejor intercomunicadas. Es el comportamiento de sus habitantes el que los hará inteligentes, y ese propósito global, fundamentalmente político, tiene que ser incorporado con urgencia, robustecido y animado si ya se encuentra en él en sus principios, a la esfera ciudadana.

En los próximos comentarios proseguiré con este análisis.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: ciudad, ciudad terminada, desarrollo, núcleo urbano, política urana, smart city, territorio, urbanismo, urbanización, verde

De blunt to smart city, una guía para dummies (2)

1 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Existen multitud de clasificaciones de ciudades pretendidamente Smart, puesto que, como sucede con el concepto de la enigmáticamente llamada «responsabilidad social corporativa», una vez que alguien pone en circulación un vocablo o combinación de palabras que arraiga como término positivo, todos los responsables munícipes se apuntan a la moda.

En Europa, por ejemplo, en 2013, encontró cierta difusión una clasificación que alineaba las diez ciudades más Smart, encabezadas por Copenhague, que suele ocupar -como casi todas las cosas que provienen de los daneses- el primer lugar de forma sistemática.

Copenhague ha conseguido una reputación de ciudad verde de primera categoría en el mundo. Fue seleccionada como Capital Verde Europea en 2014, y también ocupa el primer lugar del Indice Siemens de ciudades verdes. La huella de carbono de la ciudad (menos de 2 t/persona) es una de las más bajas del mundo, y aspira a alcanzar la compensación total en 2015, proponiendo objetivos realmente ambiciosos, como la implantación de índices severos de eficiencia energética, normativa para que todos los nuevos edificios sean neutros en la producción de carbono equivalente antes de 2010, aumentando poderosamente la accesibilidad, impulsando el uso de la bicicleta (casi el 40% de los desplazamientos se realizan por este medio).

La ciudad ha firmado un protocolo con la MIT para desarrollar un tipo de bicicleta «inteligente» provista de sensores que sean capaces de proporcionar información en tiempo real a los supervisores para poder hacer la integración de la contaminación del aire y de la congestión del tráfico.

Ámsterdam es otra ciudad que apoya el uso de la bicicleta, hasta el punto que cuando se habla de congestión del tráfico, se refiere más bien a este vehículo que al automóvil.  La ciudad pretende ser un laboratorio urbano para la recogida e interpretación de la información, mejora de la calidad de vida y el apoyo a iniciativas particulares y públicas de proyectos Smart, desde la robotización de aparcamientos, el desarrollo de formas de producción y almacenamiento autónomas de energía, creando una red inteligente (smart grid) de interconexión entre los puntos sensibles de la ciudad

Le sigue en estas iniciativas, Viena, preocupada igualmente por la cualificación objetiva de la calidad de vida ciudadana, para lo que creó una entidad PPP (participación público-privada), que, entre otros objetivos, pretende alcanzar el que el 50% de la energía que consume provenga de fuentes renovables en 2030. Los particulares pueden comprar paneles solares, de Wien Energy, en un proyecto de crowd-funding (inversión colectiva) por el que se les garantiza una rentabilidad del 3,1% anualmente.  El municipio estimula igualmente el alquiler de bicis eléctricas y el uso de coche compartido, e incluso está remodelando las zonas residenciales con alta densidad de ocupación, premiando el que no utilicen el vehículo personal y eliminado los aparcamientos en ellas. Se está impulsando también el trabajo en las llamadas start-ups (Nuevo Distrito Marx), que aspira a llegar a los 15.000 empleos en actividades limpias y de nueva creación.

De las ciudades españolas, el lugar prominente lo ocupa, cómo no, Barcelona. El municipio ha organizado el Primer Congreso Smart Cities Expo World, por el que se pretende recoger y difundir iniciativas piloto para ciudades inteligentes, conectando ciudades preocupadas por resolver los retos que plantea el futuro desarrollo de la vida municipal. La difusión del uso de la bici, la implantación de sensores para detectar (y, por tanto, poder eliminar) el ruido, y la contaminación del aire, así como reducir la congestión de tráfico, son algunos ejemplos de estos proyectos en marcha. El distrito Barcelona’s 22@ innovation combina planificación urbana inteligente con innovación empresarial, lo que ha servido como fuente de inspiración a otras ciudades, como Boston y Buenos Aires.

Como se ve, los enfoques hacia la reducción del uso del coche propio como forma de transporte, el control de los despilfarros energéticos, del ruido y la contaminación del aire, forman los ejes de las ciudades Smart. Una clasificación por la carrera de ser ciudad con alta calidad de vida, en la que también compite Paris (Proyecto Velib, para impulsar el uso de la bici, Autolib, para apoyar el uso de coche compartido, y Startup Genome, para el apoyo al emprendimiento verde e innovador).

Estocolmo (Mejor capital verde en 2010), con el mejor ratio de empleo del metro urbano, con un aire que pasa por ser el menos contaminado del mundo (norma de la World Health Organitation) y más de 800 km de sendas propias para ciclistas, está también en el podio. La transparencia en la comunicación de datos, con base en un concepto de gobernanza digital  y empleo de tecnologías Tic, pretenden hacer de ella también, una ciudad ejemplo de calidad.

La clasificación incorpora también a Londres, Hamburgo, Berlín, Helsinki, como otras tantas ciudades que se consideran modelos de ciudad Smart.

Pero este conjunto de comentarios resultaría muy poco elaborado si me limitara a exponer unas cuantas ideas elementales acerca de los modos en que las corporaciones de las ciudades que ya eran reconocidas como lugares interesantes para vivir pretenden seguir siendo pioneras en la implantación de medidas que reduzcan la contaminación, el ruido o el consumo de energía.

Una ciudad verdaderamente Smart tiene que ofrecer mucho más y, sobre todo, ha de responder a un concepto trasvasable, proyectado hacia el futuro, y capaz de resolver a priori los problemas de la convivencia en una gran urbe: generación de trabajo suficiente, disponibilidad amplia de zonas verdes, capacidad para ofrecer relax y disfrute a sus ciudadanos, cultura, educación, distensión, etc. Por eso, mi exposición no ha hecho más que comenzar.

(continuará)

 

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