Al socaire

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Transformado en un hombre sin principios

10 marzo, 2015 By amarias 1 comentario

Transformado en un hombre sin principios,
entendió que la imaginación debía dejarse guiar
por un instinto eterno:
apetecer lo prohibido, esconderse en las sombras,
no hacerse mucho daño.

Los necios que se dieron cuenta de su incapacidad
para doblegar la menor voluntad, le despreciaban con sorna,
pero él pretendía en otra dirección,
que le dejaran en paz,
y con el firme propósito de no dar explicaciones
se declaró oficialmente incompetente
para convertir a nadie a su religión.

Siendo un caso perdido, una impureza
que no tenía remedio,
se limitaba a querer como podía,
a vivir de través,
a evitar los escollos de aspirantes
que tenían curiosidad por explicar ciertos destellos
que surgían de su noble cabeza;
suponía el rico infeliz que alguna vez
le perdonarían los estragos
de su fingida falta de destreza.

Esta ausencia de ardor no le impedía
que, después de hacer su número de condenado a probar,
agotado hasta el pan, mirando al cielo,
se pusiera a reir, imaginando
que alguien más fuerte le mandaba señales
y que él conseguía descifrarles el sentido.

(Poema 7 de Con algo suave, @Angel Manuel Arias, junio 1996)

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Al borde de la huída, acariciando tu cuerpo

6 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

J’ai tout donné au soleil
tout sauf mon ombre (G. Apollinaire)

Al borde de la huída, acariciando tu cuerpo
hoy escribo preceptos de amor:
nosotros deberíamos ser sombras tibias
para poder explicar mejor los espacios vacíos,
escondernos en las propias palabras,
creceríamos no sólo dormidos,
aprovechando momentos para ser de otros mundos.

(Poema 19 de Absueltos de todo don, @Angel Manuel Arias, Ediciones KRK, 1990, incluído también en el libro Poesías completas, 2005)

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Primero fue

25 febrero, 2015 By amarias 1 comentario

Primero fue
la vida por delante, calor en la cocina,
olor a bizcocho y el beso en la mejilla;
los deberes ya hechos, amigos por el patio
esperándome con el balón de reglamento.

Se sucedieron
los bienes en conducta, cuadros de honor,
matrículas y el premio extraordinario:
una hermosa mujer con más inteligencia que la mía.

Vinieron luego la transformación de los trabajos
en mercancías y panes, muebles y tributos.
Entraron hijos a llenar la casa,
y trajeron risas y algún llanto por problemas
que pude resolver: la solución correcta
estaba en ellos.

Hubo que luchar por resistir,
explorar para encontrar los sitios más seguros,
renunciar a triunfar, ser malentendido,
acumular pasión en las hogueras del desprecio,
subsistir en pié, escapar al empujón desleal,
renunciar al suicidio, recomponer
destrozos causados sin razón, volver al nido.

Lo que tenía que pasar, pasó
con increíble rapidez. Aprendí incluso a esperar
a una edad, en que, con esta trayectoria, lo sensato
sería no ilusionarse ya por nada.

(3 de noviembre de 2009, Poemas de encargo, número 56)

@angelmanuelarias

 

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Están poniendo calles todavía

22 febrero, 2015 By amarias Deja un comentario

Están poniendo calles todavía
me aclara un mercenario
para justificar que encuentre cerrada
la puerta en donde huelo
el café que me prometía desayuno.

Es un poco tarde y parezco ser el único
habitante temprano de esta ciudad donde he quemado
las expectativas de mi noche anterior.

Me he disfrazado de coronel de infantería
pero el recepcionista del hotel me confunde con el tipo de ayer.

Ordeno terminantemente a una manceba
que abra de par de en par las puertas a la calle
y nos sirva a los diez primeros, infusiones y pasteles.

Mientras observo el despliegue obediente
de invitados y vituallas sobre la mesa donde pago
descubro inapetente que en la cámara de al lado
se ha colado una vieja parlanchina que entretiene a su vecino
con el extraño comportamiento de su compañía telefónica:

No lo puedo consentir y no me queda otro remedio
que hacerla desaparecer para siempre de este mundo
con el alma más mortal que tengo:
mudándome de sitio.

En Oviedo, 4 de nov 2009

(Poema 62 de Poemas de Encargo, @Angel Manuel Arias)

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Sexta de las Cartas filípicas

16 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Majestad,

Los responsables  de las instituciones del Estado, ante cualquier suceso que haya impactado en el ánimo de la ciudadanía, causando inquietud, se han acostumbrado a utilizar frases tópicas, a las que acuden como mantra. Comparecen de inmediato ante los medios -«la opinión pública», se dice ahora- para repetir algo que no guarda relación con el suceso, ni supone una explicación acerca de las razones por las que no se actuó para prevenirlo.

Esas declaraciones de mandatarios y autoridades de lo más diverso, reflejan, si se trata de un suceso puntual, solamente la voluntad de sacudirse de encima la responsabilidad por falta de vigilancia o capacidad de prevención anterior, y desvían la atención hacia las medidas, típicamente excesivas y en buena medida arbitrarias, que se anunciarán en los próximos días para evitarlas en lo sucesivo. La realidad está llena de ejemplos: inútiles y costosas medidas de investigación de equipajes y pasajeros en los viajes en avión o en tren, o en la recogida de información de huéspedes hoteleros, o en la exigencia de datos personales innecesarios, redundantes y, desde luego, excesivos, para cualquier trámite, etc.

Su figura no está ajena, ni mucho menos, a tales manifestaciones de cinismo. Yo le prevengo sobre su utilización excesiva, particularmente, en los discursos que le tocará pronunciar a lo largo de su reinado, que le deseo largo, aunque intuyo que no será fácil mantenerlo incólume.  Parece natural que, ante una desgracia, se manifieste sensibilidad ante las circunstancias de quienes son inferiores o subordinados. Pero, si no se está trabajando para solucionar los problemas que las han causado, esa manifestación de simpatía encaja con el más puro y cruel cinismo.

Expresiones como «Estamos hondamente preocupados» o «Se está haciendo todo lo posible» o «Hemos tomado medidas inmediatas para corregir», por citar solo algunas de las más frecuentemente esgrimidas , son vacías.  Peor aún, contienen  el germen de la firme sospecha de que ni existe real preocupación, ni se piensa en cambiar los métodos, los modos o las personas para que el daño no vuelva a producirse.

Me detengo en esta carta en el problema del paro. Es real, acuciante, afecta especialmente a los estratos económicos menos favorecidos, a los jóvenes, a los que tienen edad superior a los cincuenta años. La pérdida de actividad económica se concentra en empresas transformadoras fabricantes de productos que demandan alta mano de obra no cualificada, en autónomos especializados en actividades ahora automatizadas, en sectores tecnológicos que están afectados por la aparición de nuevos materiales, recursos más baratos, maquinaria más eficiente.

Majestad, la crisis económica, de hondas raíces tecnológicas en los países más desarrollados, y su indudable relación con la globalización de los transportes y las comunicaciones, ha restringido brutalmente la cantidad de trabajo disponible. En un país intermedio, como España -caracterizado por un nivel científico medio, insuficiente cultura de emprendimiento, una estructura empresarial desequilibrada y concentrada en pocos sectores industriales, una tendencia de consumo excesiva para su capacidad de producción, etc. (permítame que no me detenga ahora en desarrollar esta cuestión)-, la creación de empleo no puede subordinarse a la iniciativa individual.

Tampoco es posible admitir que se vaya a generar suficiente empleo para compensar la pérdida de población activa provocada por una crisis que es, no es posible dudarlo, estructural. Hay que pensar en la mejor redistribución del trabajo disponible, además de aprovechar todas las oportunidades de generar actividad económica, y relacionar el salario con el sostenimiento de la economía familiar.

Un salario, Majestad, ha de ser, ante todo, digno: y la dignidad supone que ha de ser suficiente para sostener al empleado y a quienes dependan de él. Y, en contrapartida, un salario indigno, Majestad, es aquel que pretende remunerar por encima de toda fantasía, una pretendida gran capacidad de dirección, o como impulsor de iniciativas de un ser humano. ¿O  es que se puede creer que alguien, por muy tocado que se encuentre del dedo de la madre Naturaleza, puede ser acreedor a ser remunerado hasta cien o… mil veces más que otro ser humano, en razón a misteriosas -por no transparentes ni, con seguridad, explicables éticamente- dotes para la gestión?

Tiene ya España demasiados bares, restaurantes, peluquerías, mercerías, y, en general, tiendas de las que se podían llamar de la esquina, (en las que se incluyen, claro está, los miles de establecimientos comerciales regentados por familias chinas y en número creciente, también por marroquíes), en los que se venden productos alimenticios o de primera necesidad. Animar a que los particulares sin experiencia empresarial alguna, sin conocimientos de contabilidad, sin capacidad para juzgar los riesgos de un negocio, creen su propia empresa, es inducir a muchos a que pierdan sus ahorros o se endeuden de por vida.

Una cuestión diferente ha de ser la de apoyar a creativos con formación universitaria que, con suficiente conocimiento del estado de la cuestión y utilizando su capacidad de trabajo, solos o en compañía de otros con inquietudes similares o complementarias, quieran desarrollar o poner en el mercado un producto nuevo, con posibilidades para su comercialización a nivel internacional. Detectar estas capacidades, impulsarlas con apoyos públicos, es una necesidad urgente para nuestro país.

Pero las mayores opciones de generación de actividad están, en mi opinión, en relación con el crecimiento de las empresas de mediano y gran tamaño (tenemos muy pocas en España) que, con su conocimiento del mercado, sus relaciones comerciales ya establecidas, sus centros de investigación y desarrollo aplicados, tienen la mejor visión internacional de por dónde han de transcurrir las líneas de demanda integradas e, incluso, cuentan con excepcional capacidad para influirlas o dirigirlas.

A los dirigentes de esas empresas, a sus principales accionistas, ha de dirigirse un concreto mensaje de colaboración activa, para que se coordinen, se hagan más transparentes, participen con mayor conciencia social en la reinversión de sus beneficios y en la asunción de cargas impositivas superiores y, en correspondencia, sean reconocidos, si admiten -lo que no está sucediendo- su responsabilidad y la convierten en compromiso, como respetables líderes de nuestra economía. Solo así será creíble el mensaje de que están actuando, como es obligación ética de un gestor de empresa, en beneficio de la colectividad y no con la obsesión de obtener el máximo beneficio de la ignorancia en la que la mantienen.

Termino mi carta, hoy, Majestad, a dieciséis de enero de 2015

 

 

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Quinta de las Cartas filípicas

14 enero, 2015 By amarias 2 comentarios

Majestad,

Aunque pretendía que las cartas que le estoy dirigiendo no se vieran afectadas por la realidad próxima, los atentados perpetrados en París en la sede del semanario satírico  Charlie Hebdo por terroristas que han reconocido, con ese acto deplorable, estar castigando unas caricaturas del profeta del Islam, Mahoma, entiendo que es pertinente, en el contexto de las posiciones que se están reflejando en estos días, analizar la importancia de las ideologías, y, en especial, de las religiosas, en este momento histórico.

Como le supongo a Vd, lector de periódicos, -al menos, de la selección de noticias que le prepararán a diario sus colaboradores-, habrá advertido que, en realidad, los actos terroristas han sido dos: uno, dirigido contra quienes trabajaban en el semanario Charlie Hebdo y con pretendido fundamento en unos dibujos que ridiculizaban al fundador del islamismo y otro, realizado al parecer en coordinación con los asesinos que llevaron a cabo el primero, supuso el secuestro de clientes de un establecimiento especializado en comida judía, algunos de los cuales fallecieron en el asalto.

Es decir, se atentó, invocando venganza en nombre del Islam, contra quienes eran el autor y colegas de un dibujo que hacía burla de un personaje del siglo VII  y contra quienes, por el lugar en donde se encontraban, seguramente eran miembros de la colectividad judía. Los medios empleados, la violencia de la actuación, el resultado mortífero, las mismas declaraciones de los terroristas (en cuanto se conocen), prueban que se trata de una actuación en la que participaron varios personas, y que ha sido organizada con premeditación, y con el claro objetivo de causar conmoción a la sociedad.

Majestad, el lugar y la capacidad de magnificación que tienen Francia y los franceses no deberían hacernos olvidar que Madrid ha sufrido en fecha reciente un atentado de efectos extraordinariamente más crueles y devastadores, dirigido contra trabajadores que iban a sus labores, y que, aunque no ha sido reivindicado por nadie, las investigaciones policiales y judiciales han venido a atribuir a fanáticos islamistas. Estados Unidos y el Reino Unido han sufrido atentados recientes e igualmente indiscriminados y, como han puesto de manifiesto acertadamente varios intelectuales seguidores del Islam o conocedores de la doctrina de Mahoma, cientos de atentados con miles de muertos se están produciendo casi diariamente en los propios países  en donde la población profesa mayoritariamente la religión mahometana.

Parece pues que la cuestión no está en la religión, sino en el fanatismo con el que algunos la interpretan, impulsados por intereses peculiares que convendría detectar muy bien. En España, sabemos bien, por desgracia, de las consecuencias de los fanatismos. Han sido muchos los muertos que ETA dejó tras sí, invocando una inasumible legitimidad para actuar contra el Estado central y sus funcionarios y representantes, y en ese camino de desvergüenza y barbarie, han sido asesinados o mutilados decenas de civiles, igualmente inocentes. Somos bastantes los que creemos que ese terrorismo tuvo beneficiarios que se mantuvieron ocultos tras los hilos que se esforzaron en mover para convencer a las marionetas sin cerebro ni corazón para  que ejecutaran sus macabras órdenes.

Majestad, entre las prioridades de Europa ha de encontrarse mantenerse firme contra cualquier fanatismo. No se trata de ridiculizar creencias, sino respetar opiniones, cuando se exponen y defienden con lealtad y, por tanto, con argumentos. Por eso, Europa tiene que recuperar las raíces que le sirven de unidad, y reforzarlas, y que se remontan a la Edad Media. No es, en mi opinión, el cristianismo la base cultural que une hoy a Europa, sino el proceso que llevó a sus naciones desde posiciones fanáticas, cerradas, negativas de las identidades del otro si era contrario, a evolucionar con él.

La religión cristiana no es hoy la misma que en el siglo XI (por ejemplo), ni mucho menos, porque evolucionó en el sentido de una comprensión de la unidad ética, universal, del ser humano. El corazón de Europa ha evolucionado con ella, y gracias a esa evolución, una mayoría de europeos pueden seguramente sentirse agnósticos, siendo católicos o protestantes de raíz.

Esta es mi carta de hoy, en Madrid, a trece de enero de 2015

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Cuarta de las Cartas filípicas

12 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Majestad,

Cualquier situación de poder, arrastra, entre los efectos derivados, el aislamiento. En el caso de un jefe de Estado, y especialmente si el poder que detenta es fundamentalmente simbólico, puede resultar sorprendente que el interés por aprovecharse del halo o carisma que rodea a la institución, favorece que una buena parte, sino todos, de los que tienen acceso directo a esa figura se esfuercen por provocar el aislamiento de la realidad de aquel a quien deberían servir con lealtad.

No es, por lo demás, complicado, aislar al poder: las fuerzas que animan al encapsulamiento de la autoridad provienen también de ella misma, que suele escudarse en que el ejercicio de sus funciones le resta todo tiempo para bajar a esa calle en donde los demás mortales libran sus pequeñas batallas. Es también consecuencia del deseo de beneplácito y complacencia con que a todo prócer le gustaría fueran recibidas sus decisiones y apreciada su figura.

Como resultado, las informaciones de lo que sucede a la ciudadanía, al pueblo llano, lo que le preocupa o estimula a otros subordinados, lo que anima o perjudica a los mercados, le llegan filtradas por sus colaboradores de confianza, que le trasladan lo que les apetece, en relación con lo que a él le apetecería escuchar o entender, formado un conjunto  intersección de fantasías, una cápsula de la que no es fácil salirse. «Si no tienen pan, que coman galletas» no es una frase producto de la mala fe, sino de la preocupación culpable de mantener en la ignorancia al poder simbólico, para aprovecharse de él, desde los poderes efectivos, que son, frecuentemente, de lo más pedestre.

Su caso… es excepcional, y las razones de esa excepcionalidad se encuentran en una decisión suya que fue juzgada de sorprendente, e incluso descalificada (y así fue manifestado públicamente) por alguno de los asesores de su padre, D. Juan Carlos. Me refiero, por supuesto, a su boda con una plebeya, divorciada de anterior matrimonio, periodista de cierto prestigio, y procedente de una familia de clase media, y, si me permite el atrevimiento, no exenta precisamente de problemas.

Esta actuación de alguien que tenía ocasión de emparentar con cualquier otra familia real, pues a ninguna habrían de faltarle miembros en situación de disponibles para el matrimonio, rebela a las claras una intención de romper estereotipos.

Ningún otro golpe de efecto podría ser imaginable para destruir el carisma idealizado de la Monarquía que casarse, por amor y no por conveniencia de Estado, con alguien surgido del pueblo. Que esta acción no haya sido única entre las Monarquías europeas, viene a confirmar el deseo de varias casas reinantes o más o menos recién destituidas de demostrar al resto de los ciudadanos que no se consideran clase privilegiada, sino que están asumiendo una tarea singular, sí, pero a la que quieren dotar de transparencia y  difusión pública.

¿Qué mejor, pues, que una periodista, para cumplir ese objetivo?

Pues bien, llévelo Vd., Majestad, a sus últimas consecuencias. Haga que la Reina Letizia, una plebeya universitaria, abandone ese aspecto de cariátide de mármol que se encuentra en los actos oficiales sin apenas mover una pestaña, y actúe como movilizadora, canalizadora y difusora de la información que a todos nos vendrá bien poner en valor, como suele decirse ahora. Poner en valor, en el sentido de rentabilizar para que los agentes socioeconómicos tomen consciencia de su responsabilidad para actuar coordinadamente, olvidando falsos estatus o recelos provenientes de un pasado que no tendría la misma eficacia.

La Reina Letizia debiera ser mucho más activa en movilizar sus contactos, promover otros, actuar como organizadora de reuniones con personas de diversos orígenes y condición. Tiene, además de su capacidad y experiencia, una ventaja adicional. Puede pasar desapercibida mucho mejor que Vd., a quien su altura física y su rostro difícil de disimular hacen demasiado evidente en lugares públicos. Asuma Vd., conscientemente, no un papel secundario, que no conviene en absoluto a la Monarquía, pues no hay por qué precipitar el final, por mucho que se esté cuestionando su valor por los opositores, sino el papel de rector de la necesidad de poner en cuestión cualquier reducto de poder tradicional, acercándolo a la luz pública.

A expresar cómo hacerlo más en concreto, dedicaré mi próxima misiva. Esta es la Carta que escribo en Madrid, el 10 de enero de 2015.

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Tercera de las Cartas filípicas

9 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Majestad,

En mi carta anterior finalizaba con el reconocimiento de la importancia de valorar el coste de la no realización de algunas de las acciones que serían necesarias o, cuanto menos, facilitarían la mejora de la situación. Normalmente, los que se oponen a una medida, no se detienen a analizar las consecuencias de no adoptarla, sino que solo ponen el énfasis en magnificar los supuestos perjuicios de llevarla a cabo.

Cuando estos perjuicios se presentan como afectando al colectivo general, y apelan a cuestiones que se han convertido en materia sensible (el medio ambiente es un alibi típico), suelen movilizar múltiples adhesiones, que, por ejemplo, se han puesto de relieve en manifestaciones como «Oro no» o «No a la minería» o a la industria nuclear, en la que quienes las defienden se centran en la negativa a actuar para extraer un recurso mineral o aplicar una tecnología que se entiende como peligrosa o perjudicial.

Son múltiples las ocasiones en las que la sociedad actual -movilizada desde ámbitos cuya intención no siempre es fácil detectar- promueve el inmovilismo tecnológico, pero sin haber comprendido el alcance socioeconómico que ello supone (en pérdidas de actividad y empleo) y sin que parezca importarle que otros centros de decisión, incluso con menor capacidad técnica, están adoptando las medidas que aquí se rechazan (lo que, si se trata de valorar supuestos peligros por el mal uso de una tecnología o la insuficiencia de las medidas de control, conduce a la paradoja de que se confía más en el saber hacer ajeno que en el propio).

Hace falta, pues, información, al mismo tiempo que análisis sereno de los inconvenientes y las ventajas de las actuaciones posibles, y sin olvidar un marco más amplio, que es el que aporta la globalización, en el que los países, al no existir un liderazgo único, optan por lo que a cada uno mejor lo conviene. Mi propuesta es que esa visión se adquiera al margen de los planteamientos ideológicos y teniendo en cuenta los intereses del país, que no pueden ser otros que la creación de empleo, la conservación del existente, y la generación de riqueza que se revierta en él.

Las opiniones que se me antojan más sensatas defienden que es imprescindible aumentar la capacidad de consumo ciudadano, y que esta se focalice preferentemente hacia la producción propia. Ello implica disminuir los impuestos a las rentas del trabajo y, paralelamente, aumentar la presión fiscal sobre los beneficios empresariales no reinvertidos. Claro está, ello ha de venir unido a una completa transparencia sobre el empleo de los recursos públicos.

En relación con el consumo, aparece como importante atender a especialmente al sostenimiento de aquellos sectores que proporcionan materias de primera necesidad. El empobrecimiento de agricultores y ganaderos, debido a que los precios de venta al público no cubren los gastos de producción no tiene sentido alguno. Justamente los productos que no precisan más que una elaboración o transformación relativamente sencilla, que puede realizarse con medios propios y fabricación nacional, y que demandan mayor cantidad de mano de obra, son los que deben tener atención prioritaria.

Por el contrario, los productos sofisticados, que España se ve obligada a importar, porque responden a patentes foráneas o a procesos tecnológicos a los que solo las grandes empresas especializadas tienen accesos, deberían ser grabados con impuestos superiores, pues debe tenerse en cuenta que los beneficios que generan -elevados, ya que en esos sectores se funciona en régimen de monopolio o quasi-monopolio y el consumidor desconoce el coste de producción- serán derivados a otros países, generando escasa o nula rotación monetaria interna.

Majestad, la ruptura del bipartidismo, que proporcionaba estabilidad en nuestro país y es garantía de que las variaciones en los programas económicos no sean sustantivas, sino adaptativas a las circunstancias reales, es un síntoma grave del desequilibrio que se ha operado en nuestra sociedad por la falta de credibilidad de las que fueron las dos fuerzas mayoritarias hasta hace poco tiempo. La situación ha venido a demostrar que no hace falta disponer de un programa de actuación concreto, y que el descontento es suficiente para canalizar una parte importante del voto ciudadano, fundamentalmente, de los marginados, agrupándolos no en torno a las soluciones, sino a la manifestación de los problemas.

Que esos marginados sean, en este momento, los jóvenes y las familias de trabajadores que ocupaban las capas medias y bajas de nuestra sociedad es algo que no puede ser menospreciado y exige medidas urgentes. La reincorporación de esos colectivos de descontentos a la actividad económica es imprescindible.

Y, en este punto, creo necesario exponer que estamos ante una revolución tecnológica cuyos efectos no se han analizado en profundidad. Hay menos trabajo disponible, las máquinas robotizadas y los programas informáticos han eliminado muchos empleos que no serán jamás recuperables, y las empresas están viendo al trabajador menos cualificad como una rémora para su óptimo rendimiento económico.

Es urgente abordar la modificación de la remuneración de los tiempos de trabajo en relación con las necesidades de sostenimiento familiar. No se trata de generar más empleos basura, en la que se paguen ínfimos salarios a cambio de jornadas completas, sino de establecer salarios mínimos para horarios que, debido al avance tecnológico, habrán de ser más reducidos. No hay trabajo para todos, y hay que repartir el que hay, si se desea, como parece razonable, que la vía del trabajo sea la forma de distribuir entre la población activa (la dispuesta a trabajar) la parte de la plusvalía generada por los emprendimientos colectivos que se quiere destinar al sostenimiento de las necesidades ciudadanas básicas.

No quiero cansarle más por hoy, y aquí termino mi tercera carta, en Madrid, a nueve de enero de 2015

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Segunda de las Cartas filípicas

8 enero, 2015 By amarias 2 comentarios

Majestad,

En mi primera carta puse de manifiesto la oportunidad que se le presenta hoy a la Monarquía, institución arcaica y anómala en el contexto cultural contemporáneo, para servir de plataforma al entendimiento constructivo entre los españoles.

Sería un grave error de apreciación por mi parte, que de ninguna manera desearía trasladar a Vd., creer o hacer creer que un Rey, lo mismo que cualquier otra figura, -¡incluso la de un Presidente de la República!-, pueda fungir como árbitro de los variados intereses de los ciudadanos. Aunque puedo imaginar que, en situaciones críticas, como sucede en algún otro país, el Presidente se vea compelido a proponer un jefe de Gobierno para salvar la falta de entendimiento entre los partidos, incapaces circunstancialmente para ponerse de acuerdo, por hallarse prisioneros de sus intereses peculiares, la medida no deja de ser provisional y, frecuentemente, proporciona una falsa solución, viniendo a complicar aún más el problema de la ausencia de concordia.

Tampoco imagino que a un Rey o Presidente le corresponda dar instrucciones que deban ser cumplidas por as restantes instituciones, como si tuviera alguna lógica admitir que alguien pueda mantener en su privilegiada cabeza todas las necesidades propias del Estado y dispusiera de la llave mágica para satisfacerlas. Sería ridículo caer en tal error, inadmisible en un  Estado moderno.

Si, por otra parte, creyera ese Jefe de Estado que su función era limitarse dar consejos o máximas generales, a modo de instrucciones de un ideario elemental, puede que eso sirviera de cierto alivio o contento a los más declarados monárquicos (o republicanos, para el caso), pero los problemas permanecerían, desde luego, sin resolver. Manifestar que se está preocupado por el paro, la corrupción o la falta de unidad, es  poner en evidencia una carencia colectiva, no aportar una salida constructiva para solventarla.

Se pueden seguramente, indicar múltiples causas por las que el país está en la actual situación de crisis. Lo diagnósticos son mucho más sencillos de hacer que encontrar propuestas de solución viables y, aunque éstas se pudieran detectar y aportar, ponerlas en práctica es otra cuestión aún más compleja. La causa de que los españoles anden, otra vez, desorientados respecto a lo que hay que hacer, defendiendo unos que hay que volver atrás y otros que lo que procede es olvidarse de lo recorrido y empezar de nuevo con todo, está, sin duda, en la ausencia de liderazgos surgidos desde la autoridad moral y técnica, por ello,  caracterizan la escasa credibilidad que tienen los que se presentan como líderes.

Para avanzar, es imprescindible admitir que los problemas a resolver son muy heterogéneos, (desde luego) y que no valen fórmulas académicas, ni copias de lo que a otros les va aparentemente bien, ni es momento para acudir a estereotipos, pues es la cuestión capital es generar un tejido socioeconómico dinámico, sólido, vital, y no recurrir a parches reclamados por quienes ven que su negocio se cae o atender a la demanda urgente de propuestas de  intervención particulares, amparadas en confusas ideologías que no tienen refrendo práctico sólido. Crear todo nuevo, sería imposible: hay que aprovechar lo que se tiene, robustecer lo que es principal,  y generar nuevas ramas fértiles.

Los españoles actualmente vivos, no han sabido de la guerra civil, apenas guardan memoria de la dictadura franquista y carecen de perspectiva para valorar la evolución experimentada durante el reinado de su señor padre, D. Juan Carlos. Muchos no admiten que el camino recorrido tenía fallas estructurales y que el modelo social que se creía consolidado presenta grietas que es imprescindible cubrir o revisar.

La gran mayoría de los que tienen menos de cuarenta años solo saben de las dificultades para encontrar empleo, de la pérdida de poder adquisitivo respecto al que tenían sus padres y, además, carecen de orientación social, religiosa o política a la que puedan acudir como referente ideológico.

Por otra parte, la generación de los que tienen más de setenta años, (nacidos antes de 1945), por ley natural, pero también porque algunos han sabido aprovecharse de la coyuntura, ha ocupado la mayor parte de las posiciones, relevantes;  algunos -muy pocos, pero altamente significativos- se han enriquecido excepcionalmente con la coyuntura y controlan centros de decisión o acaparan (ellos o sus inmediatos descendientes) núcleos sustanciales de generación de actividad y riqueza. La situación contrasta con que muchos otros -los más, y, entre ellos, casi todos los mejor ilustrados y honestos- han visto ignoradas o marginadas sus capacidades.

Es un grave error colectivo ignorar la experiencia y conocimientos de los que, habiendo llegado a la jubilación, tienen aún capacidad e interés por ayudar a encontrar las soluciones. En el colectivo -hombres y mujeres- de los que tienen entre cuarenta y setenta años, se halla, obviamente, la mayor combinación de experiencia y conocimientos, y se deben encontrar las vías de poner en concordancia todo ese bagaje, para beneficio de la comunidad, y no solo para beneficio directo de unos pocos.

Tal vez habrá oído comentar que la generación de los que ahora tienen entre treinta y cuarenta años es una generación perdida. En realidad, España ha desperdiciado siempre una parte importantísima del potencial de sus generaciones, pues el control de las decisiones se ha mantenido en muy pocas manos, que lo han utilizado fundamentalmente en su provecho. La generación de los que tienen entre treinta años y veinte años ha de ser recuperada de inmediato para la colaboración activa, y mantener altas tasas de paro en ella es cortar las ilusiones colectivas (de todos) y dificultar la construcción de un futuro mejor, pues ellos son los que pueden aportar la mayor dosis de empuje para crear nuevas iniciativas estables.

No creo, como Vd., en las revoluciones, sino en los cambios. En esta hora concreta, las cambios han de ser rápidos y, aunque no desearía que fueran drásticos, tienen que ser convincentes. Se ha de generar una atmósfera de oportunidades, de transparencia y de ilusión colectiva. Y eso solo es posible generando plataformas de comunicación y toma de decisiones en la que los distintos estamentos tomen conciencia de sus respectivas necesidades y responsabilidades.

Es cierto que la Historia proporciona algunos ejemplos, más de por donde no debe irse que de caminos a seguir. No avanzará Vd. por un camino solvente si no llama a esa plataforma a personas de toda condición, pero especialmente, de solvencia intelectual y económica. Es importante que sean gentes de distintas opiniones, pero que sean capaces de argumentarlas y defenderlas, no desde la ideología, sino desde la razón, para que sus ideas puedan ser analizadas por los que opinen lo contrario, y se pueda llegar así a un consenso sobre lo que es prioritario.

Tomemos el ejemplo de si es necesario aumentar el gasto público o, por el contrario, disminuir los impuestos, para que el consumo privado aumente.

Podría decirle que estoy en el grupo de opinión de quienes están convencidos de que es imprescindible combinar ambos criterios -como en la mayor parte de las cosas-, y que lo que se debe hacer es priorizar algunos sectores y señalar aquellos productos para los que los impuestos deben bajar, haciéndolos más apetecibles para el consumo.

Podría apuntar también a la idea, en la que, desde luego, no estoy solo, en que las inversiones en infraestructuras iniciadas han de llevarse a término y que el Estado debe mantener un nivel de inversiones para sostener su industria básica, principal generadora de empleo en ese sector. Pero también ha de disminuirse los impuestos para todos los productos de primera necesidad -¿por qué grabar la leche, la carne de pollo, los huevos o el pan?, por ejemplo- y los de consumo cultural directo -libros de texto, y, en general, todas las ediciones en rústica; representaciones teatrales en ciertos espacios; producciones de interés formativo, histórico, etc.-

Pero lo importante no es quien tenga la idea, sino generar la oportunidad de que se discutan y analicen las propuestas, en los foros adecuados, y se emitan conclusiones fundamentadas que sean expuestas a la consideración pública y se conviertan en líneas de actuación asumidas por todos.

En este momento, como Vd. no ignora, está sometido continuamente a debate la cuestión de protección del medio ambiente, lo que se ha convertido en bandera para ciertos grupos  que encuentran amplio apoyo para su difusión. Lo que no se ha discutido, en este como en otros terrenos, es el coste de la no acción. Ahí está la clave. No actuar es mucho más costoso que actuar: en pérdidas de empleo, en dedicación a subvenciones sociales, en necesidad de compras alternativas, etc.

Termino aquí mi segunda carta, Majestad, que escribo en Madrid, a ocho de enero e 2015.

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Linkweak y los sonajeros atómicos chinos

6 enero, 2015 By amarias 2 comentarios

reyes y linkweak 001

Linkweak, especialista en física de los sistemas evolutivos, en paro casi permanente desde que fue despedido de su empresa, en la que era investigador principal, alterna la lectura del libro «Big Bang para dummies» – que sacó de la biblioteca pública-, con el cumplimiento de la orden de Linda, su esposa, de comprar algún regalo para el hijo-probeta de su única hija. Si el lector quiere saber más sobre este personaje, le invito a consultar otras historias en alguno de mis blogs o, si desea que le envíe el libro completo (con las cincuenta hojas de viñetas, cada una con cuatro tiras), me lo solicite dejándome aquí su correo, que borraré, una vez tome nota del mismo.

Publicado en: Linkweak Etiquetado como: angel manuel arias, big bang, Linkweak, Reyes, sonajeros

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