Al socaire

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Sobran opiniones

2 marzo, 2019 By amarias 2 comentarios

La población va tomando consciencia por las bravas de que al buen tiempo hay que empezar a considerarlo mal tiempo (no llueve desde hace meses y la primavera se acaba).

Desde hace décadas se habla del avance de la desertización en España, de la amenaza que la subida de cotas del mare Nostrum supone para las segundas residencias sitas sobre las arenas de la abigarrada costa mediterránea y, en fin, de vez en cuando, se confirma con tonos de catástrofe el grave riesgo que corren en caso de gota fría las propiedades ubicadas en rieras y ramblas.

Pertenezco al selecto grupo de convencidos tanto de la verdad del cambio climático causado, también, por causas antropogénicas, como de la presunción de que las medidas que se adopten para reducirlo o paliarlo serán tardías, insuficientes y muy costosas. Por mucho que las cuestiones ambientales ocupen mucho espacio político y mediático, sobre todo, si van apoyadas de fotos de icebergs a la deriva (con o sin oso polar incorporado), la realidad próxima me ilustra sobre la insensata incapacidad de la humanidad para concentrarse en actuaciones colectivas y, también, en subordinar los egoísmos individuales a las ventajas comunes.

Por supuesto, sobre la inactividad frente al deterioro del planeta, son más culpables los gobiernos, las grandes corporaciones empresariales y la ausencia de criterios técnicos y científicos en esas macro-reuniones a las que parecen muy aficionados mandatarios, falsos expertos, funcionarios de vacaciones y observadores sin opinión destacable.

Pero basta darse una vuelta por la propia ciudad para tomar conciencia de que la contribución al desastre ecológico alcanza también a los niveles ínfimos: alcorques convertidos en ceniceros, arroyos usados como vertederos de enseres domésticos, aceras que son letrinas de animales domésticos, además de otros usos que no tienen que ver con la peatonalización, puntos limpios en los que los contenedores separativos son utilizados como a cada uno le apetece, …Salir al campo, incluso a un Parque Natural o Nacional es, si uno no deja en casa la sensibilidad ecológica, motivo de preocupación al advertir los miles de homo sapiens que dejan latas de bebidas, bolsas con restos de comida, cuando no las consecuencias de lavar el propio vehículo o cambiar el aceite del mismo junto al arroyo en donde se ha hecho picnic.

Supongo que se debe admitir que la ignorancia, la desidia o la incuria conceden algún derecho a hacer lo que a cada uno le venga en gana. Se concede el mismo nivel a la información seria, técnicamente fundada, que a la opinión desorientadora, incluso falaz. La autoridad académica se sienta al mismo nivel que la conjetura. Es cierto, además, que los hechos concretos pueden ser confusos: la contaminación sube en las ciudades a pesar de las limitaciones al tráfico rodado.

Todo ayuda, para empujar al lado del desastre. A la sequía y a las incontinencias del tiempo atmosférico, se une el abandono de los pueblos, la maleza que encuentra su hábitat feliz donde antes había campos, los bosques descuidados, a los que nadie limpia de hojarasca y ramaje porque la madera vale poco.

Podía terminar este Comentario de muchas maneras. Voy a hacerlo de una manera peculiar. Supongo que el lector conoce que existe una Agenda 2030, en el marco de las Naciones Unidas, que, en su aplicación próxima, tiene como objetivo fundamental acabar con la pobreza en España. Desde julio de 2018 la Alta Comisionada es la periodista Cristina Gallard, cuyos méritos para ocupar ese pomposo puesto pocos discutieron en su día.

Pues bien, el gobierno de Pedro Sánchez, en la actividad frenética de estos sus últimos días en sus cargos, ha aprobado varios decretos Ley y Órdenes Ministeriales, cuya vigencia, como ya se han encargado de anunciar desde la amplia oposición, será nula si el PSOE se pierde en las elecciones del 28 de abril. Entre ese maremágnum de tardía actividad, se encuentra la Orden PCI/169/2019 del 22 de febrero de 2019, que crea el Consejo de Desarrollo Sostenible, con el fin de asesorar a la Alta Comisionada para la Agenda 2030.

Ese Consejo se pretende que tenga 48 miembros, de los más variados sectores. Los Colegios profesionales tendrán derecho a nombrar un representante, a propuesta de la Unión Profesional. Seguro que hay otras opiniones técnicas entre el medio centenar de componentes. No levanto mi voz para lamentar la exigua importancia que se concede a quienes podrían aportar la visión de la realidad desde el ejercicio profesional.

Me limito a expresar, con la voz queda del que está descolocado: Pero…¿alguien se puede creer que un grupo tan heterogéneo y de ese descomunal tamaño, va a llegar a conclusión alguna?

—-

Este hermoso ejemplar de malvasía cabeciblanca (Oxyura leucocephala), fotografiado en las marismas del Sabinar de Roquetas de Mar (Almería) a finales de febrero de 2019, es un macho de una de las anátidas que corren peligro de extinción en España, además del riesgo de hibridación con otros patos. Es inconfundible, sobre todo, en período de reproducción, con su gran pico de base hinchada y de color azul vivo. La hembra del malvasía es de cabeza más discreta, pero también fácilmente identificable, por su pico inflado y el aspecto compacto.

Este ejemplar no estaba solo, sino que le acompañaba una hembra de su especie y otros patos azulones. He recortado la foto para poner de manifiesto su espléndida belleza.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Agenda 2030, Alta Comisionada, ambiente, basura, concienciación ambiental, contaminación, contenedores, desperdicios, ecología, malvasía, Orden OCI/169/2019, Parque Natural, suciedad

Ecologistas, a la calle

20 enero, 2019 By amarias Deja un comentario

¿Queda alguien por ahí que aún no se haya enterado que los minerales y rocas forman parte esencial de nuestro bienestar desde que el hombre tomó consciencia de que mejorar su existencia como ser inteligente dependía de cómo aprovechara los recursos de la naturaleza?

Puede. Incluso es seguro que sí, que haya muchos coetáneos que crean que la minería -en especial, la que se practica a cielo abierto, o quizá solo ésa- es una operación perniciosa para el medio ambiente. Estos protectores oficiosos de la naturaleza impoluta, abominan de cualquier operación por la que (según su peculiar sistema de valoración) se afecte por los seres humanos al “paisaje natural”.

De nada servirá argumentar, por especialistas, historiadores y sensatos en general, que la minería es imprescindible para la vida y, sobre todo, para el mejor bienestar; que la tecnología minera ha alcanzado -por supuesto, no sin parciales derrotas: así es el íter humano hacia lo óptimo- niveles de gran excelencia, que permiten garantizar con probabilidad cercana a la certeza, la seguridad de los trabajos, la máxima eficiencia en la extracción de los recursos, la mínima afectación posible del entorno, la mayor proporción de empleo cualificado y…cuando se acaben los trabajos mineros, se encargará de asegurar, en tiempos predecibles y bajo cumplimiento de las ordenanzas y restricciones legales,  la restitución del paisaje a niveles de disfrute incluso, con frecuencia, superiores a los de origen.

¿Hay dudas del valor de la minería? Las hay. Cuando se anuncia que una empresa está en disposición de iniciar trabajos de exploración de un recurso minero, y solicita los permisos necesarios, no faltan grupos que echan mano del argumentario, aplicándolo sin compasión ni rigor sobre la pretensión.

Todo vale: los niveles freáticos se contaminarán, habrá desprendimientos de tierras, el hermoso paisaje se verá irremediablemente afectado, el transporte de los materiales deteriorará caminos y levantará polvaredas nocivas, los explosivos empleados causarán destrozos en las viviendas, la fauna salvaje y la cabaña doméstica adquirirá enfermedades desconocidas e incurables, los humanos, aunque algunos pocos consigan empleo en la deplorada explotación, padecerán desgracias sin cuento, en tanto una multinacional ávida del verdadero recurso, el dinero, se enriquecerá a costa del empobrecimiento ajeno.

Sería de agradecer que la minería tuviese sensatos y serios defensores, y no solo lo sea por los ingenieros de minas, los geólogos y los responsables de empresas mineras. Sería lógico que, conscientes de su valor, los políticos, los comentaristas, los científicos en general, los sociólogos y los sensatos, defendieran que la explotación de recursos minerales es una necesidad, una oportunidad, un logro de los avances técnicos. Y que todos se concienciaran que disponer de un recurso explotable, técnica y económicamente, en cantidades importantes y con un mercado apropiado, es un regalo de la naturaleza.

Los seres humanos tenemos a nuestra disposición, para utilizarlos sabiamente, multitud de recursos, a los que debemos poner en valor con nuestros conocimientos crecientes. No se trata, desde luego, de destruir lo que tenemos de forma irreversible, sino aprovecharlo para mejorar nuestro disfrute. Y, por supuesto, hacerlo cumpliendo las leyes, con la mejor tecnología disponible. La crítica e, incluso, la oposición, a las pretensiones egoístas, excesivas o erróneas, es imprescindible. Pero no se deben hacer trampas en la argumentación, ni engañar en las consecuencias, ni destruir sin alternativas.


En Madrid, como en algunas otras capitales europeas, se ha mejorado la implantación de la recogida separativa de residuos con un nuevo contenedor: la basura exclusivamente orgánica. Tenemos, por tanto, los ciudadanos de algunos barrios madrileños, que realizar la selección de los siguientes tipos de desechos: papeles y cartón; vidrio; basura orgánica; resto de residuos domésticos. La ropa y el calzado usados y ya no deseados por sus primeros dueños, también pueden encontrar un segundo destino en contenedores adecuados. Además, hay que separar para llevarlos a un punto limpio, los aceites consumidos, los enseres inútiles según su naturaleza y composición (madera, metal, electrodomésticos, pilas, etc.).

Los contenedores de papel y los designados para recoger ropa y calzado, se han convertido en lugar preferido de su prospección callejera para grupos organizados que, con camionetas destartaladas y la celeridad de quienes trabajan a destajo, vacían los unos y hurgan en los otros, dejando a su paso los restos de su actuación apresurada.

No son estas gentes -supongo que necesitadas para actuar de ese modo y por tales sitios- las que llaman mi atención de citadino escéptico. Son los de esos otras gentes con mayores medios, educadas para el respeto ambiental, concienciadas, por vocación y origen en la defensa ecológica, que mantienen perritos que llenan las aceras y alcorques de cacas abandonadas, que tiran cigarrillos, latas y papeles en cualquier sitio distinto de las papeleras, que surcan las ciudades a toda la velocidad y con máxima potencia acústica de sus cacharros.

Y, sobre todo, como lo demuestra esta foto obtenida de una calle cualquiera de Madrid, me decepciona saber que, a diario, hay miles de conciudadanos a los que importa un pito que existan contenedores concretos para residuos específicos y puntos limpios para acoger a materiales desechados. Convierten, a su antojo, en vertederos irregulares justamente los sitios destinados a conseguir que nuestras ciudades sean más limpias, pasándose por su arco triunfal los desvelos de quienes cumplen con las normas y están serenamente concienciados de que la basura tiene su lugar, y no es la calle.

 

 

 

Publicado en: Ambiente Etiquetado como: ambiente, basura, contenedores, desperdicio, ecologistas, explotación, minería, recursos

Carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

3 junio, 2016 By amarias 1 comentario

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Alcaldesa:

Hace unos días, en uno de los cajetines utilizados eventualmente para comunicar informaciones sobre el servicio de transportes en los autobuses urbanos, me encontré con un «Bando de Limpieza de la Alcaldesa de Madrid», suscrito por Vd.

No tenía fecha, aunque supongo que debió ser emitido hace poco. Como el escrito era largo y los viajeros que se amontonaban en la plataforma me impedían leerlo con la debida atención, aproveché un hueco visual y lo fotografié con mi teléfono inteligente. Así pude enterarme, en la calma doméstica, no ya de su contenido, sino que ahora trato de inferir de su concentrada lectura, tomándolo como muestra de razones más profundas, cuál sería la situación por la que Vd. se encontraba en la necesidad de enviar un mensaje a los madrileños.

¿Ilusionada, inspirada, tal vez, aburrida? Si alguno de esos calificativos encajan parcialmente al tono del escrito, el que más se adecúa es otro: desorientada. Mal asesorada.

Desde luego, el reto que lanza en su escrito es tan ingenuo como imposible: «que nos convirtamos en los ciudadanos más limpios del planeta». Ni siquiera veo el interés que pueda tener, objetivamente, que la ciudadanía madrileña huela a limpio por las mañanas. ¿Hay detrás un intento de promocionar alguna marca de jabón de tocador o desodorante? Por supuesto, las pituitarias sensibles sufren al ser dominadas por el olor a sudor, fritangas, humos de tubos de escape y calefacción, cuando no restos vegetales en putrefacción, pero la cuestión del aire de Madrid no parece, de momento, con entidad para mover su creatividad literaria.

Lo que Vd. pretende con ese Bando, en el que recuerda al que Tierno Galván, «primer alcalde de nuestra democracia» promulgó con idénticas inquietudes a las que Vd., varias décadas después, vuelve a poner de manifiesto, es que Madrid -los madrileños y los visitantes- corrijan, de una vez por todas, su perniciosa manía de ensuciar. El carismático profesor no lo consiguió y le puedo adelantar que Vd. tampoco lo va a conseguir solo con sus recomendaciones.

Coincido con Vd. que la base de lo que «nos ha pasado»es que menospreciamos lo público, esto es, lo que es de todos. No es, por supuesto, lacra que haya que hacer descansar sobre los madrileños. El desprecio hacia los bienes y valores generales de la colectividad ha pasado a formar parte de nuestra idiosincrasia. Especialmente, con la democracia, que hemos entendido mal y corremos el riesgo de entenderla aún peor.

Me preocupan, como a Vd. y a sus asesores, la actitud de los que tiran colillas en las calles y alcorques, de quienes no recogen cacas de sus perros y de todos aquellos que ensucian a sabiendas el espacio público. No ignoro que se nos han colado en el argumentario colectivo dos perniciosas exculpaciones:  «ya pagamos para que lo  limpien» y  «total, para lo que sirve que yo cumpla, sino nadie lo hace». Ambas direcciones de falsa dialéctica, muy peligrosas.

Debo llamarle la atención, ante todo, de algo que no es trivial o, al menos, no tan conocido. La limpieza de las calles es, de todas las actividades relacionadas con la recogida de basura, la más intensiva en creación de mano de obra.

¿Qué se necesita para barrer? Una persona pertrechada contra las inclemencias, con bolsas, una escoba, un recogedor y un carrito, moviéndose a pie por las aceras y por sus bordes; en algún caso, manejando un aspirador de hojas, papeles o cualesquiera residuos ligeros.

Fíjese algo más y advertirá, para su consternación, como fue la mía, que buena parte de esas personas que recorren las calles son bastante mayores, próximas a la edad de jubilación o que parecen ya haberla superado. También encontrará mujeres con aspecto de acabar de salir de sus labores domésticas, manejando con brío los trastos de limpiar.

¿Por qué? Sin duda, porque de esa manera las empresas concesionarias reducen sus gastos generales (menores pagos a la Seguridad Social) apremiadas por la necesidad de competir a la baja para llevarse alguna parte del contrato.

No me parece un despilfarro, dado el alto índice de paro que tiene la ciudad, generar un par de cientos de puestos de trabajo -baratos- para recoger la basura que otros ciudadanos más pudientes y harto despreocupados tiran en las calles.

Tampoco creo que se pueda/deba reducir más el coste de la recogida en camiones compactadores, con personal a la carrera desesperada por las aceras, manejando los contenedores a golpes, con el fin de cumplir con los exigentes destajos.

Habrá que enfocar la cuestión en otras direcciones, ¿no?

Porque, lo que si me parece intolerable es que se utilicen los contenedores que, teóricamente, están destinados a recogida selectiva, para que se entreguen a ellos, sin respeto, todo tipo de basuras, y que se dejen a su lado, abandonados como si la intención fuera construir tótem urbanos de la inmundicia, aparatos electrodomésticos estropeados, colchones y muebles viejos, aceites de automóvil usados, etc.

Me parece inaceptable que, en lugares elegidos a comodidad del ciudadano más irresponsable, se amontonen bolsas de basura en la calle, y que allí sigan por semanas.

Me parece insoportable -para mi sensibilidad profesional- asistir, cada día, y varias veces, al espectáculo de ver cómo una legión de pepenadores -al estilo de las ciudades paupérrimas- se dedican a abrir las bolsas de basura depositada en los contenedores, y a recoger, en camionetas desvencijadas, algunas sin matrícula, en cajas abiertas, cartones, restos metálicos o mobiliario (no tengo que hacer esfuerzo para imaginar que con destino a una eventual reventa, en una cadena de miserias de largo alcance subterráneo), poniendo boca abajo, revolviendo a la trágala, dejándolo todo luego abandonado de cualquier manera, contenidos aún de menos valor que el sustraído, cajas y bolsas rotas y culminando así el espectáculo de la dejación, el descontrol y el desorden.

No, Sra. Alcaldesa, esto no se corregirá con palabras. Hay que poner barreras: más formación, más concienciación, más inspección y más multas. Actuando de forma implacable con los que incumplan. También con aquellos encargados de la vigilancia que hagan dejación de su función de control.

Si no le molesta, le voy a escribir varias cartas abiertas. Le escribí ya varias cerradas, dirigidas a Vd., solicitándole entrevistas personales, que no me contestó. No se diferencia en eso Vd. de otros alcaldes y alcaldesas que hubo en Madrid, y los disculpo: puedo comprender que estén muy ocupados: una ciudad es un entramado complejo, vital, arisco…aunque también seductor como ninguno.

Como estoy seguro de que está imbuida de la mejor intención, le voy a dar un consejo de persona a persona, ambos peinando canas de experiencia: no se entretenga con los problemas pequeños. El de la basura es un tema muy visible, pero menor.

Tenemos otros mucho más importantes y, aunque no le corresponda a Vd. resolverlos -¡por favor, Vd. no es la heroína de los cuentos de hadas!- sí le vendría bien conocerlos.

Un saludo

Angel, un ciudadano de Madrid.

Publicado en: Actualidad, Administraciones públicas, Ambiente Etiquetado como: alcaldesa, Bando, basura, contenedores, educación, limpieza, Madrid, multas, residuos, vigilancia

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