Al socaire

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Cuento de invierno: El optimista insomne

14 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Es bien sabido que los insomnes tienen propensión al pesimismo. Según los más eruditos manuales, aquellos que duermen menos, tienen un carácter agrio, son proclives a ver las cosas por su lado más dramático y disponen de menores defensas para responder a las dificultades de la vida.

Aunque seguramente a la gente le gusta fanfarronear sobre lo poco que duerme, se sabe de algunos personajes que prácticamente no se ponían nunca el pijama, como Napoleón Bonaparte, Wiston Churchill y Margaret Thatcher, lo que justificaría su mal carácter y su inclinación al pesimismo, que tantas consecuencias acarrearía para los demás.

El protagonista de este cuento disfrutaba, en efecto, de esas dos cualidades contrapuestas: era optimista y, sin embargo, se pasaba las noches contando ovejas. Señalo este aspecto para marcar la diferencia con ser, por ejemplo, jardinero fiel o americano impasible, que no solamente no son términos contradictorios sino que puede estimarse que lo normal es que los jardineros y los americanos, si tienen que ser algo en la vida (aunque no les proporcione muchas satisfacciones), sean, respectivamente, fieles o impasibles.

Pocospero Melomerezco, el optimista insomne de esta historia, se había quedado en paro hacía un par de años. La empresa en la que trabajaba dejó de recibir subvenciones (fabricaban perolas gigantes para ranchos en las acciones tipo tormenta del desierto) y tuvo que cerrar. A pesar de que ya había agotado la percepción por el paro, y de que carecía de ahorros para aguantar algo cuando vienen mal dadas, nunca abandonó su buen humor.

Era un gozo oírle cantar, por las mañanas o por las tardes, con las ventanas abiertas de par en par, mientras limpiaba su casita, de la que, por cierto, le habían anunciado el desahucio, pues llevaba ocho meses sin pagar la renta. «Soy minero» y «La virgen del Pilar dice» eran sus canciones preferidas.

En esas estábamos, cuando llegó a sus manos, en el trozo de papel del periódico con el que el propietario del bar de la esquina le envolvía el bocadillo de tortilla de patatas que le daba, por pura lástima, de vez en cuando, un anuncio que le encajaba perfectamente.

Decía: «Necesítase optimista insomne. Presentarse en calle del Paraguas, 13».

La faltó tiempo para acudir al lugar. Se encontró la puerta del local cerrada, y las paredes de lo que podría haber sido un lugar de lenocinio, totalmente cubiertas con carteles anunciadores de espectáculos de variedades, películas de barrio, y marcas de ropa interior. Llamó al timbre, si bien pronto advirtió que la corriente debía estar desconectada. Nadie aparecía; nadie abrió.

Pocospero no por ello se amilanó ni apesadumbró. Llamó a todos los pisos del portal vecino, y preguntó por el telefonillo exterior si sabían, por casualidad o conocimiento cierto, a qué hora se abriría el local comercial.

-Hace un año que cerró -le contestó una vecina-. Desde entonces, nadie viene por aquí.

-¡Ah! -exclamó el optimista insomne- Eso lo explica todo. El periódico en el que encontré el anuncio debía ser de una edición muy atrasada, y el dueño ya habrá encontrado lo que buscaban.

Cuando estaba ya dispuesto a marcharse, observó que el candado de la puerta tenía la llave puesta. Llevado por la más absoluta curiosidad, lo abrió, empujando con discreción la puerta del local. Todo estaba muy oscuro, y cuando los ojos trataban de acostumbrarse a la profunda oscuridad, se oyeron, provenientes del fondo, unos pasos cansinos, que anunciaban que alguien avanzaba, sin prisas, hacia él.

Poco a poco se perfiló la silueta de un hombre de unos cuarenta años, que llevaba en una mano una lámpara de aceite, de luz mortecina. Recortado contra las tiniebles del fondo, su visión era casi fantasmagórica, pero no por ello Pocospero se amedrentó.

-¿Es usted el dueño del local? -preguntó Pocospero, que asimiló de inmediato la sorpresa.

-No, no. Yo trabajo aquí -aclaró el hombre.

Pocospero miró al individuo, con admiración. Estaba claro -pensó- que se me ha adelantado, y ha conseguido aquel puesto de trabajo que tanto le convenía, el de optimista insomne. Lástima, pues estaba seguro de encajar perfectamente en sus facultades.

Su curiosidad, sin embargo, le llevó a interesarse por algo que le pareció muy pertinente:

-Me puede decir, buen hombre, ¿en qué consiste su trabajo?

El interlocutor de la lámpara sonrió, con esa amplia sonrisa que solo se vislumbra en momentos de excepcional felicidad y en rostros cercanos a la estulticia, y confesó:

-Mi trabajo es recibir a los que se interesan por el anuncio. El del optimista insomne.

-¡Ah! ¡Luego el puesto está aún libre! ¿Y sabe qué se demanda para ese otro puesto, por el que, desde luego, me intereso? -formuló Pocospero, aunque se contestó a sí mismo de inmediato- Ya supongo, sin embargo. Se confía en localizar a la mayor cantidad posible de de optimistas insomnes. Para organizar con ellos alguna actividad adecuada.

-Eso es -completó el tipo del quinqué-. Cada uno debe indicar qué pretende hacer. Por ejemplo, mi idea sería transformar el mundo, contando con la ayuda y colaboración de todos sin excepción.

-¡Magnífica, magnífica idea! -exclamó Pocospero-. Algo así es absolutamente necesario. La mía sería conseguir que todos colaborásemos en hacer un mundo más justo y más feliz, en el que cada uno pusiera lo mejor de sí mismo. -y, lleno de repentino entusiasmo, inquirió- ¿Cuántos somos ya?

El otro optimista insomne le cedió la lámpara, sin esperar respuesta.

-¿Le importa sostenerla?.

Luego, prosiguió:

-De momento, por aquí solo ha aparecido usted…Bueno, en realidad, usted y yo. Le comunico, por ello, que le estoy muy agradecido, porque, de acuerdo con las reglas que se transmiten oralmente, ha venido a liberarme.

Y con un extraño movimiento de cintura, y dando un brinco, se trasladó al otro lado de la puerta, empujando a Pocospero al interior, y cerrando rauda la cancela con el candado, cuya llave quedó fuera, colgando.

-Si tienes hambre, echa los dientes al culo y come carne -fueron sus siguientes palabras, acompañadas con una feroz risotada. Pocospero le oyó correr, calle abajo, y supuso, en su profundo e inatacable optimismo, que iría dando cabriolas e improvisando volatines.

-Me alegra tanto haber sido causa de felicidad para alguien…-razonó, mientras, con el quinqué en la mano, avanzaba hacia el interior tenebroso.

-En algún sitio tiene que haber aceite para este artilugio, así que, entre unas cosas y otras, no me faltará comida -murmuró, mientras elegía si ponerse a cantar Yo soy minero o La Virgen del Pilar dice.

FIN

(PS.- Este Cuento está inspirado, en realidad, en otro del que también soy autor, que titulé La piedra, y que alcanzó gran difusión en los años 80 del pasado siglo. No tiene, sin embargo, nada que ver, como comprobará el lector interesado, con el publicado en este mismo blog, titulado el Crédulo y la pitonisa)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cabriolas, cuento, cuento de invierno, lenocinio, local, optimista insomne, quinqué, remedio, volantines

Cuento de otoño: Caperucita coja

26 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

A todos los niños les gustan los cuentos y a algunos, mucho. A mis cuatro nietas les encantan, especialmente a las dos mayores (que aún no cumplieron los tres años). No les importa que se les cuente el mismo relato una y otra vez, e incluso diría que les parece mejor caminar por los senderos trillados, porque si se cambia la versión del cuento que conocen, enseguida te sacan la tarjeta roja. «Eso no es, abuelo», me interrumpen.

Entre sus cuentos preferidos figura, en muy alto lugar -apenas superado por El patito feo-, el de Caperucita roja,- Es encantadora la tensión con la que siguen el diálogo esperpéntico entre la ingenua niña y lobo disfrazado con el gorro de dormir y el camisón de la abuela, y el alivio con el que reciben la entrada en escena del leñador, que, con la poderosa ayuda de la imaginación, encontrará a las dos, sanas y salvas.

Una de mis nietas mayores no vocaliza aún bien, y Caperucita roja es, para ella, Caperucita coja. Creyendo que le ayudaría a ver las diferencias, inventé un cuento de una niña que tenía una piernecita más corta que la otra, y que andaba a saltos por el bosque, y que, en uno de sus paseos, se encontró con el «bobo felón». No tuve éxito, pues ignora lo que es ser felón, y la historieta discurrió por cauces más bien abstractos para una niña tan pequeña.

Pero los adultos no ignoramos que nuestra historia real está plagada de felones, que actúan como si fueran bobos, aunque no hacen más que aprovecharse de que estamos cojos, y que esta cojera nos impide alejarnos corriendo de su intención de engañarnos.

No hace falta realizar encuestas de aceptación para saber a ciencia cierta que nuestra inocencia de caperucitas ha sido traicionada a mansalva. No se libra del lastre de desfachatez, trampas y, en suma, felonía, ninguna de las instituciones. Aunque, por supuesto, estemos convencidos de que los que engañan son minoría, son más que suficientes. En este bosque de despropósitos, nos encontramos a cada dos pasos por gentes aviesas que, fingiéndose bobos, han utilizado, no solo nuestra credulidad, sino el prestigio de las instituciones en las que desempeñan sus cargos, en su propio beneficio y abusando de nuestra necesidad.

No preciso citar a nadie, porque el mal está ya en boca de todos. No hay un hueco, del rey abajo, ninguno, en el que no haya señales de malicia. Veo a los bobos felones contestando, taimados, a nuestras preguntas de ¿Por qué lo hicisteis?

-Para servirte mejor.
-Porque no podíamos estar al tanto de todo.
-Ya les habíamos advertido de que no lo hicieran.
-Hay que mantener la presunción de inocencia.
-No se podía actuar de otro modo.
-Todos han hecho lo mismo.

Pues ya lo ven, están descubiertos. Aliado insospechado, el diablo cojuelo ha levantado uno tras otro los tejados de esta ciudad para poner al descubierto las desnudeces de los que se creían bien pertrechados, disfrazados de corderos, esto es, de bobos, de bien intencionados.

¿Cómo acabará el cuento? No lo se muy bien, pero veo cada vez más aislados a los que carecen de razones para justificar el tamaño de sus ganancias, lo desmesurado de sus gorros de oropel, la camisa abultada por las bolsas que birlaron. Somos muchos los que estamos del lado de las Caperucitas cojas. Y esperamos que aparezca en acción el leñador de la verdad, ése que, abriendo el vientre de la desfachatez, saque de nuevo a la luz nuestra esperanza, sana y salva.

Veo que en el bosque hay algunos leñadores, ocupados en recoger ramas y astillas y evitando afectar a los árboles altos de este bosque.

Mi tendencia al pesimismo me indica que los jugos gástricos de la codicia han debido haber hecho de las suyas, y, cuanto más tardemos, más convertidos en piltrafas encontraremos los buenos deseos que se han engullido. Mientras creemos estar atendiendo a las explicaciones sobre el estado de nuestra democracia y la recuperación de la economía, interesándonos por lo que pensamos son las respuestas sinceras de la abuela, lo que escuchamos son los argumentos perversos de los lobos feroces, digo, de los bobos felones, que siguen tragando Caperucitas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sociedad Etiquetado como: abstracto, bobo felón, caperucita coja, cuento, cuento de otoño, democracia, engaño, escena, felonía, leñador, lobo feroz, nieta, pierna, vocalizar

Una sonata particular

6 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Mi vida está ligada por múltiples momentos al hotel de la Reconquista, como supongo sucede también a otros muchos ciudadanos de Oviedo. Porque para los ovetenses, este hotel, más que un lugar de hospedaje, es punto de encuentro, plataforma y emblema de la ciudad.

Cuando era niño, allí recalábamos bastantes domingos unos cuantos compañeros de clase, como una actuación más de la Acción Católica de nuestro colegio (el Auseva), para disputar un partido de fútbol con los que estaban internos allí y convivir con ellos durante unas horas, repasando lecciones. Porque entonces aquel majestuoso edificio era un Hospicio y albergaba a huérfanos sin recursos.

Perdíamos casi siempre al balón y lo que es más gracioso, los huéspedes hospicianos creían que nos dejábamos perder. Pero ganamos amigos y, sobre todo, seguro que nos ayudó a entender mejor la sociedad en la que nos estábamos educando para, cuando fuéramos adultos, hacerla más abierta y, por lo tanto, mejor.

Después, al convertirse el edificio en Hotel, allá por 1973, sus salones sirvieron de acogida a muchos de los acontecimientos que se organizaron en la ciudad. Unos más importantes y conocidos que otros, desde luego. En alguna de las Convenciones y Congresos que se celebraron en él participé, como asistente e incluso fui ponente.

Su cafetería fue soporte de tertulias literarias que organizábamos unos jóvenes ilusionados, entre otras cosas, en llegar algún día a escribir ese relato o ese poema que nos hiciera famosos.

Cuando me trasladé al extranjero, cada vez que volvía a la ciudad donde nací, no dudaba en hospedarme en él, y así pude disfrutar del lujo cómodo de sus habitaciones y conocer su excelente servicio, discreto y diligente. No era raro, a la hora del desayuno, coincidir con algún personaje, mezclados ilustres huéspedes con seres anónimos que nos sentíamos, por un momento, también imprescindibles para entender lo que estaba pasando.

Desde que se jubiló, mi padre acostumbraba a sentarse casi todas las tardes en uno de los sofás del amplio salón de la entrada, cerca del piano, mientras disfrutaba, casi invariablemente, de un vermú con aceitunas. “Es la mejor cafetería de la ciudad”, justificaba.

No era el único, por supuesto, que disfrutaba del placer de saberse socio honorario de aquel espacio privilegiado. Allí se reunía con asiduidad con otros amigos, todos ellos profesionales de mérito, a los que la experiencia vital permitía seleccionar sin equivocación los lugares en los que merece la pena pasar mejor el tiempo que compartimos con los que queremos y/o nos apetece estar.

Yo lo entendía muy bien, porque aquellos pasillos, desde la imponente entrada, la contemplación de los magníficos cuadros de las paredes, caminar sobre las tupidas alfombras que absorbían en calma las pisadas, dejarse seducir por el juego de contraluces y el arrullo de las reposadas conversaciones, te trasladaban al misterio de otra época, al que acumulabas tu propia forma de sentirlo.

Habíamos vivido siempre muy cerca de allí, y aquel escenario y aquellos momentos habían pasado a formar parte de nuestro paisaje.

Una tarde, aún residente con mi mujer y mis hijos en Alemania, y estando pasando unos días de vacaciones en mi ciudad, le confié a mi padre mis dos hijos –el mayor, con apenas siete años; el otro, cercano a los cuatro-. Los tres disfrutaban con aquellos momentos, que mi padre sabía convertir en experiencias inolvidables para los niños, aumentando la confianza en sí mismos.

Cuando pasé a recogerlos –“Estaremos en el Hotel”, me había dicho- me encontré a los dos pequeños tocando el piano a cuatro manos del salón, interpretando la única pieza que sabían por entonces. “Para Elisa”, de Beethoven.

Cuando terminaron, los presentes, rompieron a aplaudir, complacidos con aquella exhibición. Mi padre no cabía en sí de orgullo. “Son unos virtuosos”, -diagnosticó, para quien quiso oírle.

Me los llevé de allí de inmediato, alegando que teníamos prisa porque debíamos despedirnos de los otros abuelos, ya que al día siguiente teníamos que volver a Düsseldorf. “Pero no os vayáis todavía. Déjalos que toquen alguna otra cosa. Todos estamos encantados con el concierto.”

Cada vez que vuelvo al Hotel, miro el piano, frecuentemente mudo, que permanece, como hace años, en un lateral de la espaciosa estancia, uno de los antiguos patios donde jugué al fútbol. Los vuelvo a ver y oír, en mi imaginación, a los tres. Y escucho a mi padre comentar, mientras nos íbamos:

-¡Mis nietos lo recordarán toda su vida! ¡Haber tocado en el centro de Oviedo, una ciudad en donde hay una gran afición filarmónica!

Estaba sentado en este mismo sofá, en este donde tengo apoyado el ordenador con que esto escribo.

Publicado en: Asturias, Personal Etiquetado como: Acción Católica, Asturias, Auseva, Bethoven, cuento, hijos, Hospicio, Hotel reconquista, padre, Para Elisa, virtuoso

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