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Mi Diccionario desvergonzado: Wellness center, misión, pose, empaste, acuerdo, astuto, bellota

16 septiembre, 2014 By amarias 1 comentario

Acuerdo. 1. Tregua provisional entre dos o más interesados, en la disputa permanente a que están abocados los intereses humanos inconciliables. 2. Entre Estados, exhaustiva relación de antecedentes, seguida por una incongruente, pero reducida, apelación a propósitos, que, debido a su confuso y etéreo carácter, no sería necesario cumplir, si tal fuera la intención original.

Astuto. 1. Dícese del zorro, por su facilidad para introducirse en los gallineros después de sobornar a perros y gatos; la astucia fue muy apreciada en Inglaterra y Escocia hasta principios del siglo XXI,  y, siendo el zorro considerado animal totémico, era cazado en vistosas batidas formadas por manadas de aristócratas y lebreles, escenas inmortalizadas en cuadros que no faltaban en cualquier hogar en donde sus propietarios alardearan de amor a la naturaleza. 2. Por analogía, persona a la que se atribuye un sentido especial para adivinar por dónde van los tiros, o incluso bandearse entre quienes le tienden zancadillas, cuyo destino final, dado el del animal al que se hace implícita referencia es previsible.

Bellota. 1. Fruto de algunos árboles, y en especial de la encina, al que se atribuyen propiedades mágicas en relación con el cerdo, animal con el que forma una simbiosis histórica, al menos en España, de tanta intensidad que caracterizará las propiedades de su carne, se haya o no alimentado de este fruto. 2. Dícese, a veces con intención cariñosa, del animal humano que se obstina en defender una idea que quienes le conocen han desechado –no siempre con razones-, y que puede conducirle a su inmolación en el altar de la envidia.

Bizco. 1. Persona que ve solo por un ojo, utilizando el otro para despistar, por lo que no debe considerar defecto, y a la que se atribuyen por el vulgo, sin fundamento alguno,  virtudes maléficas. 2. Toro de lidia que tiene un cuerno apuntando en dirección estrambótica, defecto que no pudo corregirse con el afeitado.

Contraste. 1. Líquido que se introduce en el organismo de un paciente para confirmar lo que antes se determinaba mediante el ojo clínico. 2. Entre pareceres, oposición a lo que se pretende como verdad absoluta por parte de quien manda, operación de alto riesgo que suele culminar con la expulsión del discrepante, o acabar como el rosario de la Aurora. Véase rosario de la Aurora.

Contrato. 1. Papel firmado y rubricado por dos o más partes en el que se expresa la firme voluntad de ocultar verdades a un tercero. 2. Promesa recíproca de cumplir algo, redactada de manera ininteligible y expresado en letra tan pequeña como permita su plasmación por escrito, mediante la cual las compañías financieras y de servicios públicos se atribuyen la facultad de obligar exclusivamente a uno de los firmantes, llamado cliente, eludiendo toda responsabilidad imaginable en caso de propio incumplimiento; debido a los avances de la era digital, su formato se ha reducido notablemente, bastando que el cliente ponga una cruz en la casilla preparado al efecto, manifestando que lo ha leído y está enterado de su contenido, lo que se puede hacer sin pérdida de tiempo, y con las mismas consecuencias favorables para la empresa.

Demente. 1. Persona a la que le falta o escasea el entendimiento cabal, por lo que hace muchas cosas que están prohibidas a las personas tenidas por cuerdas, razón por la que es, racionalmente, envidiado. 2. Recluso de un establecimiento adecuado a su deterioro síquico, llamado manicomio, del que puede salir cuando lo desee, con solo fingir que está dispuesto a imitar las conductas de los locos no diagnosticados que se encuentran aún fuera.

Dilema. 1. Una opción apetecible, para la que se carece de otro criterio de elección que el azar. 2. Capacidad para complicarse la vida que aparece con regularidad entre quienes se dedican a analizar todas las posibilidades con la debida profundidad.

Dolencia. 1. Síntoma de cualquier malestar localizado en el organismo, cuya intensidad puede amortiguarse con el analgésico de potencia adecuada, lo que, si bien no mejora las opciones de curación del mal causante, las disimula momentáneamente. 2. Excusa que los expertos guardan en reserva argumental, con la que evitan acudir a actos a los que son invitados y no les apetece acudir.

Empaste. 1. Cemento que sustituye al trozo de muela desaparecido con la firme voluntad del  odontólogo de exhibir su pericia como frustrado peón caminero, habiendo eliminado una caries. 2. Operación de encuadernar, dándoles forma aproximada de libro, unas hojas con poemas u otros escritos, realizada por el mismo aficionado que los compuso.

Excomunión. Fórmula religiosa por la que se castiga a un hereje con la expulsión de una colectividad religiosa que no admite, en ese momento, la discrepancia sobre alguna de sus creencias o dogmas.

Misión. 1. Grupo de empleados que son premiados por los respectivos empresarios para disfrutar de un viaje al extranjero, parcialmente subvencionado, organizado con cualquier objetivo comercial increíble. 2. Trabajo de un religioso o conjunto de ellos, con el que se trata de convencer a unos indígenas de que los dioses alienígenas son más poderosos que los aborígenes, lo que era, sin duda, más fácil de conseguir antes del auge de las telecomunicaciones.

Pose. 1. Desnudo total o parcial de un famoso o asimilado, en el que deja al descubierto sus debilidades, que, después de ser retocado, estará listo para su eventual publicación en una revista especializada. 2. Manera singular de colocar el cuerpo para ocultar los defectos físicos, lo que se conseguirá o no, según la relación que nos vincule con el fotógrafo.

Pus. 1. Líquido con sabor y olor delicados, que es expulsado del organismo cuando se aplasta un grano. 2. Líquido verdoso, con sabor desagradable y olor pestilente, revelador de una grave infección, que debe ser tratada de inmediato para evitar que provoque gastos mayores, normalmente no cubiertos por el seguro.

Quiste. 1. Protuberancia callosa que se forma de manera insidiosa en el organismo y que, si es maligna, tiene como principal efecto producir honda preocupación en quien la sufre. 2. Piel con el que algunos organismos inferiores se protegen de un entorno desfavorable, a la espera de tiempos mejores, lo que pone de manifiesto su superioridad.

Quid. Núcleo fundamental de un argumento, sobre el que es imprescindible poner énfasis diciendo una tontería antes o inmediatamente después, si se desea que sea entendido. 2.

Rémora. 1. Pez que acompaña a los cetáceos, precursor de los free rider, subespecie humana descubierta por primera vez en Norteamérica, como su propio nombre indica. 2. Impedimento que debe superarse para empezar la exposición del propio argumento.

Resto. 1. Lo que queda de algo, después de ser utilizado por quien lo pagó. 2. Porción inservible de una cosa, que es entregada como limosna. 3. En algunos juegos de cartas, dícese de lo que queda al que expone lo que aún no ha perdido, antes de que esto suceda.

Solvencia. 1. Atribución convencional de la capacidad de responder ante un compromiso, que no debe ponerse en duda salvo que se desee consolidar ésta. 2. En términos bancarios, reconocimiento de la amistad que tiene el cliente con la dirección de la entidad financiera.

Tuerca. 1. Pedazo de hierro que se encuentra en la calle, y que servía de sujeción, al parecer, innecesaria, a alguno de los tornillos que ajustan una llanta de vehículo al mecanismo director. 2. De manera simulada, en una negociación, con su vuelta, se hace referencia a la propuesta que se hace cuando está ya todo acordado, para comprobar si la otra parte está suficientemente descontenta con el resultado.

Unto. 1. Grasa que forma parte sustancial de algo, a la que su ausencia conferiría, por ello, un carácter insípido o anodino. 2. Lo que se entrega a alguien renuente, para que deje definitivamente de defender la posición que tiene por honesta, pero que está dispuesto a abandonar desde un principio.

Vísceras. 1. Conjunto maloliente que se encuentra junto a los desagües de mataderos y granjas. 2. Lugar de imprecisa localización en el cuerpo humano en donde se encuentra el temperamento, centro generador de emociones y disgustos.

Wellness center. Forma comercial de denominar a un complejo recreativo con sauna, equipo de masaje, duchas y espalderas –entre otros instrumentos cuya correcta utilización solo conocen los especialistas-, cuyo objetivo no es, aunque lo parezca, aprovechar la pausa de medio día realizando contactos entre empleados con buen nivel de vida, que se rentabilizarán a final de la jornada, sino alcanzar, mantener o imaginar una forma física seductora con fines narcisistas.

Fitness center. Wellness center reducido en el que la propiedad únicamente ha invertido en algunos equipos de segunda mano, adquiridos al anterior propietario, cuyo proyecto fracasó.

 

 

 

 

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Cuento de primavera: La raya

7 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando el ratón de campo, merodeando por las cercanías, buscando bayas y raíces tiernas, vio la raya en el suelo, le preguntó a la comadreja, que asomaba las narices desde su covacha:

-¿Qué significa esta raya?

Era una raya blanca, trazada con exquisito cuidado, que rodeaba un roble centenario del bosque de Cornshall, en la húmeda región de los lagos de Shadowgrey. La cueva de la comadreja estaba, justamente, en una hendidura de ese árbol respetable.

-Esa raya, querido pero ignorante ratoncillo, significa que nadie puede pasar a este lado sin mi permiso -le contestó, tan fresca, la comadreja.

El ratón de campo no daba crédito a lo que estaba oyendo.

-¿Qué me estás diciendo? Hasta donde me es conocido, y así me lo transmitieron mis padres, y hasta los padres de los padres de mis abuelos, a los que conocí cuando ya estaban en las últimas, todo el territorio de este bosque y sus aledaños es comunal. Es decir -el ratoncillo, que dudaba de la perspicacia de la comadreja, a la que había confundido, en un primer momento, con la musaraña, con la que tampoco guardaba buenas migas, puntualizó en lenguaje más asequible-, nos pertenece por igual a todos.

Pero la comadreja estaba determinada a explicar su actuación, erre que erre.

-Pues, atiende tú, ridículo personaje de estos andurriales. A partir de ayer por la noche, momento en que he trazado esta señal, este terreno es mío, de mi uso particular y restrictivo. Y punto pelota.

El ratoncillo de campo, convencido de que a la comadreja se le había ido la olla, se fue a otro sitio, porque calibró que no estaba el horno para bollos. Como tenía más cosas en las que pensar, se olvidó del incidente en un quítame allá esas pajas.

Por su parte, el bosque seguía dando sus frutos, la lluvia caía cuando correspondía, y la atmósfera estaba limpia como una patena.

Un par de días más tarde, el roedor campestre se topó con una raya en torno a la fuente a donde solía acudir a beber después de sus caminatas, pues el agua, debido a las sustancias minerales que tenía disueltas en ella, le sabía mejor y le parecía, en su evaluadora apreciación ratonil, más fresca que muchas otras.

Aquella nueva raya en el suelo le impresionó, pero aún más le dejó patidifuso -como suele decirse- que un oso pardo le pusiera, de forma amistosa aunque resuelta, la zarpa encima de la cocorota:

-¡Alto ahí, joven amigo! Esta fuente es de mi propiedad. Si quieres beber de sus aguas, deberás abonarme un cuenco de moras maduras. Y debes estar agradecido de que no te imponga un precio más alto, lo que hago solo en consideración a tu ridículo tamaño.

El ratoncito casi se cae de espaldas:

-P…pero esta fuente siempre fue pública. Los padres de los abuelos de mis bisab… -empezó a decir.

-Menos monsergas, renacuajo -le interrumpió el plantígrado-. Lo tomas o lo dejas, que son lentejas. Las cosas están cambiando de paradigma, jovencito. No tienes más que mirar a tu alrededor para darte cuenta de que aquí, el que no corre, vuela.

El pequeño roedor, que no estaba dispuesto a darle lo que le pedía el oso, si bien, atendiendo a la diferencia de tamaño entre ambos animales, comprendía que tenía todas las de perder en caso de confrontación, se fue con viento fresco, saciando su sed junto al arroyo que fluía algo más abajo.

-La gente se está volviendo loca -murmuró para sus adentros, porque no tenía a nadie con quien comentar la extraña sensación que se estaba apoderando de él.

Había avanzado varios metros, cuando, al pasar por delante del roble en torno al cual la comadreja había trazado hacía un par de lunas la raya que le había salido de sus pilosas ocurrencias, observó que se alzaba ahora un murete de barro y ramas secas, por encima del cual asomaba el morro del mustélido, tan campante:

-¿Qué diablos has querido decir ahora con esta edificación, que parece más propia de castores que de comadrejas? -osó preguntarle nuestro azorado amigo, sin acercarse mucho, ya que recordó, de pronto, que las comadrejas se comen a los ratones  cuando les acucia el apetito, incluso aunque les doblen de tamaño (lo que era el caso).

-Ya ves. Nadie puede atravesar, al menos, por tierra, este territorio, que ha pasado a ser de mi exclusiva propiedad, por arte de birlibirloque -fue la increíble contestación que surgió de entre los bigotes de la comadreja.

El ratón de campo se llevó las patas a la cabeza. Esto no impidió, con todo, que se quedase pensativo, que era la cualidad que más le apetecía desarrollar cuando se encontraba con algo que no entendía.

En el camino hacia su madriguera, se encontró con que el corzo, el urogallo, la nutria el topo, el gavilán,…bueno, prácticamente todos los animales del bosque, también habían establecido, y de muy diferentes maneras, los límites a su territorio particular.

-Esto es el fin -dijo a su pareja, cuando llegó al agujero que les servía de refugio, apartando, como cada día, el pegajoso abrazo de las dos decenas de retoños que se empeñaban en babearle con sus carantoñas juguetonas- ¿Te has fijado en la fiebre que está asolando el bosque? ¡Todos están obsesionados con señalar alguna propiedad, segregándola de lo que hasta ahora era bien común!.

La hembra del ratoncillo de campo, le hizo pasar, con algo de misterio, adentro del agujero, y cerró la puerta, una de esas puertas de chicha y nabo que duran el tiempo justo para el tente mientras cobro, y que se encuentran en los comercios que hacen los suecos.

-Chiss…-le confesó- He comprado esta madriguera al taimado zorro a cambio de llevarle dos huevos de gallina al mes durante un año. Así que ahora es nuestra. Aquí está la escritura, firmada por el zorro y por mí, a la espera solamente de que añadas tus huellas dactilares en esa esquina de la hoja, para darle validez de toda validez.

El ratoncillo de campo se sintió más solo que nunca, pero, como la cosa le parecía que no tenía remedio, puso su pata, impregnada de barro y ceniza en el lugar que le indicaba su ratoncita querida.

-No quiero problemas, pero algo me dice que, de ahora en adelante, los tendremos a mares.

Fue el comienzo, según las crónicas, de una época llena de sobresaltos en el mundo de los animales del bosque, cuya tranquilidad quedó quebrada como el cántaro de la lechera.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: bosque, comadreja, cuento, cuento de primavera. animales, escritura, lobo, mustélido, oso, propiedad, ratón, roedor, sobresaltos, zorro

Cuento de primavera: Queenie y el zorro petimetre

26 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Tal vez no se llamase Queenie, pero cuando hizo la Primera Comunión, con aquel vestidito blanco de encajes hechos con bolillos y el lacito de seda uniéndole en lo alto ambas coletas, la abuela María Luisa, que era la única que había sobrevivido de los cuatro mayores, y hacía pocos meses que estaba de vuelta de Miami, le dijo que era una Queenie, una reinecita, y a ella, como que le gustó, y, a partir de entonces a todo el mundo le decía que su nombre era Queenie, y eso le quedó.

-Queenie, ven para aquí, Queenie estáte quieta, Queenie ayúdame con esto.

Era más bien baja que alta, más fea que guapa, más gorda que delgada.  Era inteligente y dispuesta, pero esas cualidades no son de las que se ven o, si se ven, se aprecian. Así que el nombre de Queenie, para quienes se creen que las reinas tienen que ser algo excepcional en todo o casi todo, le empezó a caer, para los maledicentes, como una verruga al lado del ojo.

-Esta no se nos casa, ya verás -dijo la madre, viendo que se hacía mayor y que no se la conocía pretendiente ni al asomo.

-¿No será de esas que tienen el gusto perdido, y solo miran a otras mujeres? -aventuró, con la boca pequeña, el padre de la criatura.

-No lo quiera Dios -fue la petición espontánea de la madre, que era devota.

Había en la ciudad un tipo que se las daba de taimado, atribuyéndose a sí mismo -cuando tenía ocasión- cualidades propias de los zorros, que se dice son capaces de entrar en un gallinero y, por guardados que estén patos y gallinas, tanto con red de alambre como con perro ladrador, siempre birlan alguna pieza, de la que no dejan más que cuatro plumas de testimonio en el comedero.

Es como si dijeran. «Por aquí pasé».

A este fulano, de nombre que le pondremos, el de Bolindres Racimera, no se le conocía más arte ni otro beneficio que el de pasear vestido de petimetre, esto es, de pisaverde, con esa elegancia rancia del que cree estar a la moda y, en realidad, pasa por amanerado. Y cuando el decir general, en una población pequeña, califica a alguien de tipo con modales rebuscados, está atribuyéndole, a la chita callando o a voz cantante, vicios o tendencias que juzga inconfesables, salvo en las iglesias donde se otorga perdón por los pecados.

Racimera era, en realidad, un zorro petimetre, que es tanto como decir que ocultaba sus verdaderas intenciones, como ya habían hecho antes otros avezados en el arte del disimulo, pretendiendo que se le viera como que eran lo que no eran. Unos, son zorros para el negocio, otros, para la política y, no pocos, para los asuntos tocantes a los placeres de la carne que, en lugar de ser servida en el plato, se suele consumir bajo las sábanas y en buena compañía.

Bolindres Racimera era de estos últimos. Simulando cojear de un palo, atraía a las palomas del contrario, que, confiadas, acudían a él, ya fueran solteras como casadas, consultándole las dudas y problemas más variados.

-Tú que tienes gusto, Bolindres, ¿cómo me sentará este corte de pelo?

-¿El color rosa, va bien con el morado metálico?

-¿Dónde se podrá comprar una faja adelgazante?

A todas las cuestiones contestaba con tino, y cuando le parecía que el tiro merecía la pena, las hacía asomar al brocal del pozo en donde, como una hormiga león, entre zalamerías y engaños, las empujaba para hacerlas caer hasta el fondo, en donde él les devoraba la virtud o lo que hubiera en su sitio.

Pareciéndole que se le estaba pasando la edad para casarse, Queenie tocó a rebato, dio un repaso mentalmente a su libreta de contactos y, consciente de sus limitaciones, después no pocas dudas, seleccionó a Racimera.

Era tal su desconocimiento de los andurriales que el otro frecuentaba, que imaginó que le tenía que resultar atractiva la oferta que iba a hacerle, que no era sino casarse con ella. Y si al lector esta historia le está pareciendo bastante antigua,  porque opina que ahora los jóvenes tienden a escabullirse de tales compromisos, envejeciendo sin pasar por los registros civiles, que solo guardan el asiento de su nacimiento, espérese al final, antes de juzgarla.

-Bolindres, no tienes por qué negarlo. La gente juzga por tus vestidos, tu porte, tu andadura,… que eres marica perdido. -le dijo la moza, abriendo el melón por la parte que a ella le convino.

-No es oro todo lo que reluce, ni homosexual quien lleva pluma -fue la respuesta del zorro petimetre.

-Yo se que no lo eres. Te llevo observando desde hace mucho tiempo, y estoy segura de lo que te gusta.

Estaban en el Club de Regatas, en cuya cafetería habían coincidido adrede. Queenie había pedido a Bolindres un tiempo para hacerle una consulta seria y el zorro, aunque no encontraba a la joven atractiva, interpretó, curioso, que en la cosa habría, en fin, tomate. Por eso le sorprendieron los alegatos de principio.

-Voy al grano-siguió Queenie-La gente también murmura de mí que soy lesbiana.

-No había oído nada de lo que me cuentas -mintió Racimera, mientras valoraba que el botín iba a ser nulo o muy exiguo.

Queenie sorbió un trago de la Cola, para humedecer la boca seca.

-Pues lo soy -confesó la moza-.Vamos siendo mayores, quiero vivir aquí y creo haber encontrado la forma de que ambos hagamos lo que nos apetece, de común acuerdo, y sin escándalo.

Bolindres la miró de hito en hito.

-Casémonos -dijo Queenie, sin mover un solo músculo de la cara, salvo los orbiculares de los labios.

Fue una propuesta razonable que, convenientemente sopesada, Bolindres aceptó. Tendría sus razones. Y fueron muy felices desde entonces, cada uno en su corral, callando habladurías.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cuento, cuento de primavera, hormiga-león, lesbiana, petimetre, propuesta, Queenie, zorro

Granja humana

12 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

El ensayo filosófico de George Orwell titulado Animal Farm y contado en forma de novela, podría haberse titulado Human Farm sin tener necesidad de cambiar el argumento, porque los animales de la historia son perfectamente identificables como seres humanos travestidos.

En verdad, y no solo en el idioma en el que esto escribo, se atribuyen a algunos animales defectos y virtudes para aplicarlos a los demás humanos (o a nosotros mismos), como si se reconociera que el grado máximo de una cualidad no se encuentra entre nosotros, los monos desnudos que analizó Desmond Morris.

Por eso, podemos tener hambre de lobo, memoria de elefante, ser taimados como un zorro o miedosos como los conejos o las gallinas. Faltos de coraje o de ideas, nos comportaremos como un corderito (o miraremos como uno de ellos degollado), disimularemos nuestra satisfacción con lágrimas de cocodrilo y nos arrastraremos como gusanos para pedir un favor o indulgencia.

Hay tipos que se comportan como una mosca -y, hay que prestar atención a las cojoneras-, o son molestos como ladillas. Si no merecen atención, no pasan de microbios y si son lentos como caracoles, mejor no encomendarles nada que demande prisa, ni a ellos, ni a quelonios. De tener cuidado con alguien, seámoslo con los taimados y prudentes como serpientes (consejo bíblico, además) y, como norma de felicidad, puede servir la de sentirse como pez en el agua (aunque sospecho que se siente mejor un escarabajo entre la mierda).

En el zoo humano con remedos animales, no faltan quienes tienen vista de águila, tanto para descubrir agujas en los pajares como para detectar, de lejos, a los que vienen bufando. Si encontramos a algún subordinado o criado que sea fiel como un perro, podemos sentirnos de enhorabuena, porque es más habitual que, cuando menos te lo esperas, aquel en quien confías te de una coz; que de desagradecidos está el mundo pleno, y está claro como el agua que eso de cría cuervos y te sacarán los ojos se refiere a la naturaleza de los humanos y no a la de los córvidos.

Aunque las cosas no se ven como hace años, siguen siendo motivo de murmuración ajena las cornamentas con las que se identifica a los que sufren infidelidades, ya sea por asuntos de cama o de trabajo, referencia visual tomada de animales machos -cabríos, pero también cérvidos y bóvidos- que pelean hasta la extenuación para aparearse con el mayor número de hembras del rebaño, utilizando, antes que el sexo, la testuz.

Por cierto, y sin que se sepa bien porqué, se atribuye a las gallinas la cualidad de ser promiscuas, a las ratas ser pobres y a los osos, la fealdad.

No está de mas precisar, para novatos en las delicias de esta lengua, que tenerlos como el caballo de Atila, Espartero y otros tipos que pasaron montados a la historia, no implica afición a la coyunda, sino al riesgo.

En el invierno, estés vacunado como si no, es raro que no pases unos días con una fiebre de caballo, y, en toda estación, se encontrará a especialistas en marear la perdiz o revolotear sin rumbo fijo. Se puede ser feliz como un pájaro (desde luego, no enjaulado), presumido como un pavo (real), patoso como es lo propio de los ánades, o ser tratado como un perro, que quiere decir, en este caso, mal (aunque para sí lo quisieran algunos).

Circunstancias exóticas también cuentan con adeptos en esto del lenguaje críptico, como encontrarse como pulpos en garaje o elefantes en cacharrería.

Lo dejo aquí. No quiero ser más pesado que una vaca en brazos, ni parecer más torpe que un pollo mareado, ni con menos ingenio que un mosquito, que ya serían ganas de estar por ahí pintando la mona.

Publicado en: Literatura, Sociedad Etiquetado como: asno, cocodrilo, conejo, cordero, cornudo, elefante, gallina, granja, humana, mono desnudo, Morris, Orwell, personificación, zorro

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