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Rehenes

19 septiembre, 2020 By amarias 2 comentarios

Mi nieta más joven (Claudia, ocho años) me decía ayer que está empezando a escribir una historieta. Ya tiene el título: «El virus sin fin», o sea el virus infinito. Me cuenta también que «pensaba escribir cien capítulos, pero, al final, me decidí a que sean solo tres».

Puede que mi jovencísima e inspirada autora no tenga claro el concepto matemático de infinitud. Lo que sí es seguro que ha conseguido una plena comprensión del hecho de encontrarse encadenados, dando vueltas sin rumbo, ante lo que se ha convertido una pesadilla, la rueda desesperante de la fortuna al revés, el artilugio de la jaula que nos tiene confinados y nos obliga a estar en movimiento continuo sin poder ir a ninguna parte, atrapados en la trampa de una molesta repetición de los mismos hechos.

El «innombrable virus» (remedo a Agatha Ruiz de la Prada que se refiere así a uno de sus ex) no solo no se había ido de entre nosotros, sino que, además, se ha reactivado. Si necesitábamos confirmación de la singularidad española, aquí tenemos una prueba más. Pocas semanas después de haber tenido noticia de que los chinos celebraron la total erradicación del molesto pasajero, con una fiesta insultante en la que desde el presidente al último mono restregaban al mundo su victoria frente al mal que había surgido de sus propias entrañas, en España sufrimos un nuevo ataque de la Covid 19.

Como sucedió con la gripe de 1919, que el ingenio malsano de los portavoces de nuestra permanente leyenda negra bautizó como gripe española, este virus del pangolín, nacido en Wuhan, provincia de Hubei, recoge méritos para ser reconocido como el «virus español».

¿Qué diablos nos hace padecer más duramente que cualquier otro país europeo y de prácticamente todo el elenco de integrantes de Naciones Unidas, el ataque de esta absurda combinación de proteínas, ávidas de encontrarse con células huésped a las que dominar, adulterar y convertir en difusoras de sus efectos malignos?

Los expertos en analizar datos, los mismos que han descubierto el efecto del movimiento de las alas de mariposa sobre el aumento de la avispa velutina en las tierras galaico-astures, han deducido que la razón de que los españoles padezcamos más con este virus, es que somos más socializadores que el resto de los habitantes del planeta, que nos abrazamos y besamos más, que tenemos más tendencia a divertirnos en grupo y, además, somos más independientes e incumplidores de normas y restricciones.

No me lo creo. Quienes han tenido ocasión de conocer, y hasta vivir, en concentraciones humanas del tipo de Beijing, Nueva York, Londres, Buenos Aires, Nueva Delhi  o México, podrán atestiguar que la sensación de presión humana es más alta que la que se puede sentir en Madrid o Barcelona. La limpieza de las calles y locales de ciudades como La Paz, El Cairo, Shangai, Casablanca o Moscú, no es superior (ni hablar) a la de cualquiera de nuestras poblaciones. Y, en fin, si alguien conoce cómo se las gastan, en promiscuidad, cercanía y apelaciones a espíritus malignos, en muchos garitos de Chicago, Bogotá, París o Hamburgo,…que calle su experiencia para siempre, pero reconozca que no somos los españoles capitanes ni en virtudes ni en vicios para que un virus que viene con el made in china en los ijares nos maltrate de esta manera.

Hay una realidad incuestionable, que es la salida de la caja negra. Los contagios suben exponencialmente en la mayoría de las ciudades españoles, y Madrid, siempre Madrid, está a la cabeza de la segunda oleada del mal. La presidenta de la Comunidad, Ayuso, que venía pidiendo ayuda al Gobierno central, ha conseguido, al fin, a la vista de las cifras de avance de la pandemia en la capital, que Sánchez haga el camino desde Moncloa a la Puerta del Sol para estudiar medidas urgentes de contención y cuidados. No hace falta utilizar la imaginación para adivinar que tendremos más confinamiento y se volverán a prometer mejoras en la asistencia social y sanitaria.

Claudia, mi querida nieta, no ha escrito por el momento más que la portada de su historieta. Aguardo con interés y emoción la entrega de los tres capítulos prometidos. De momento, lo que puedo afirmar, desde mi pobre atalaya de desconocimientos, es que seguiremos dando palos de ciego mientras la economía avanza, cada vez más rápido, hacia el precipicio de la desestabilización social. Es una mala suerte que esta lanzada de origen chino sobre la economía occidental nos haya descubierto con un gobierno de coalición que convierte nuestra habitual falta de sentido de Estado en un guirigay de intereses por destruirlo.

Niña, con esa perspicacia que proporciona estar libre de pecado y servidumbres, ayúdanos a poner punto final feliz a esta historia infinita.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Claudia, historieta, nieta, pangolín, virus

Si fue un pangolín la especie china (Sonetos)

27 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

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Si fue un pangolín la especie china
que está en la razón de este contagio,
que saquen lo oriental de la cocina
y pongan a esa creación un epitafio.

Concentro mi atención en el presagio
que me lleva a pensar que quien opina
mezclando especulaciones con su plagio
se hace acreedor a darme mala espina.

Y si oigo propagar a cualquier zafio
-dispuesto a complacerse con la ruina-
tonterías pretendiendo hacer adagio,

a remojo las pongo, que no atina
quien solo piensa en restos del naufragio.
y no en mejorar cuanto se avecina.

26 de marzo 2020 (@angelmanuelarias)

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A Luis de Góngora, con las rimas de su Soneto
“A la que España, toda humilde estrado”

No quisiera subir a algún estrado
y tratar de explicar sin luz apenas
que llevo ojos de lágrimas y arenas
y prefería no haberme levantado.

Porque como oyente, hubiera estado
al abrigo de cantos de sirenas
tomando a voluntad de mis antenas
cómo ser para luego recordado.

Nos falta material, y sobra gloria.
¡y los duros teutones de Baviera
opinan que podrán salir sin daños

aconsejando a los demás, espera!.
Quisiera haber perdido la memoria
para no soportar más desengaños.

(27 de marzo de 2020, Sonetos desde la crisis, @angelmanuelarias

Publicado en: Actualidad, Poesía, Sanidad Etiquetado como: angel manuel arias, coronavirus, pangolín, sonetos desde la crisis

Magma en ebullición

13 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

Como el resto de europeos afectados por la pejiguera del coronavirus, estoy alarmado. El 12 de marzo de 2020 (ayer) pasé el día escuchando noticias versando sobre este diminuto pasajero de nuestra nave cósmica, leí varios periódicos, me sumergí en múltiples cifras, comparaciones y proyecciones temporales de indocumentados, consejos y arrebatos verbales desde varias esquinas de la web global y el resultado final es que me intoxiqué.

Tengo una intoxicación media, que no necesita tratamiento por ahora, pero que puede acabar necesitándolo si continúa la escalada de despropósitos, enmiendas y recomendaciones de primero de parvulario inmunológico. Por eso, desde el mismo principio de este Comentario, aclaro que no voy a escribir sobre pandemia, sino sobre filosofía. Sobre filosofía vital, sobre ética, al fin y al cabo.

Si alguien prefiere estar conectado a la red verdaderamente viral, seguir atendiendo con creciente espanto a las cifras que ilustran con desmedido plácet el aumento de infectados, fallecidos, las previsiones de atascos hospitalarios, las premoniciones de subid al Armageddon, y quiere compartir las angustias de pacientes e impacientes, remojarse en rencillas entre partidos políticos exacerbadas por la tóxica oportunidad de criticar al que está en el gobierno, como cabría suponer, desbordado por las circunstancias imprevistas, adelante.

Le sugiero que busque otro lugar donde excitar su nerviosismo, replicar su miedo, aumentar su intranquilidad a base de profundizar en la ignorancia colectiva de cómo vérselas con un alienígena del que aún no conocemos su identidad, aunque le hayamos puesto nombre y que no sabemos aún cómo tratar, aunque haya miles de prestigiosos centros de investigación farmacológica, inmunológica y epidemiológica, quemándose las pestañas en una carrera loca contra el mal.

La filosofía que estoy inyectándome es la del estoicismo, y reconozco que he tomado las dosis básicas de un libro magnífico que, si no estuvieran cerradas las bibliotecas, aconsejaría aplicar de inmediato a los cerebros más calentados por la intoxicación: «Cómo ser un estoico» (Editorial Ariel) , del que es autor Massimo Pigliucci. Este filósofo italiano explica, en un lenguaje lleno de sentido común e inteligencia práctica, las consecuencias de sus hipotéticas conversaciones con Epicteto, uno de los maestros de estoicismo.

Utilicemos con inteligencia y prodigalidad lo que tenemos ahora, sin preocuparnos por el pasado y, sobre todo, sin que nuestros temores del ahora nos impidan razonar para lograr un futuro mejor, más solidario y eficiente. Y, si a pesar de nuestros mejores esfuerzos, no consiguiéramos nuestro propósito, no nos atormentemos: al fin y al cabo, somos solamente un corpúsculo insignificante en un inmenso magma de materia y energía del que seguimos ignorando casi todo.

Van dos muestras de la sabiduría de Epicteto pasada por la exprimidora jugosa de Pigliucci: «Deberíamos pasar por la vida igual que los generales romanos durante la celebración oficial de los triunfos en la Ciudad Eterna: co alguien que susurra continuamente en nuestro oído «Memento, homo» (Recuerda, hombre) » (pág. 198). «(…) debemos plantear como objetivo algo que esté realmente en nuestro poder y que ni siquiera el destino nos pueda robar: jugar el mejor partido que podamos, sin importar el resultado, o recuperar el mejor dossier de promoción posible antes de que se tome la decisión» (pág, 202)». A esa última actitud filosófica la denomina Epicteto-Pigliucci: «Cláusula de reserva».

Mi cláusula de reserva personal ante esta situación magmática, en la que todo parece apuntar a la responsabilidad hacia el pobre chino que se comió el pangolín (figura metafórica donde las halla), miremos al dedo de nuestra propia incapacidad para entendernos sin odios, ser solidarios sin mentiras, apoyar a tiempo la creación científica y técnica y reconocer que la globalización no supone beneficiar más a unos pocos para exprimir mejor a los que tienen menos (o mucho menos) , ni favorecer la implantación de individualismos miserables como defensa mezquina de nuestra pretendida superioridad.

—

(¡Ah! El dibujo corresponde a una de las láminas que incorporé a mi libro Sonetos desde el Hospital. El repartidor de cristales, es su título.

Como se han suprimido las presentaciones de Madrid y Avilés, para las que había reservado algunos ejemplares, si alguien desea adquirirlos, puedo enviárselos si se utiliza la conexión segura que incorporé a varios de mis Comentarios en este blog. Si estás interesado, no dudo que la encuentras buceando en mis pasadas entradas. Tenemos tiempo, …)

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: coronavirus, desorden, estoicismo, estoico, filosofía, gobierno, magma, Massimo Pigliucci, pangolín

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