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En defensa del inconformismo

1 noviembre, 2015 By amarias Deja un comentario

El 24 de septiembre de 2015, yo no había leído aún el libro («Una vindicación de la acción política», Felipe Gómez-Pallete Rivas, Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas, 2015). El autor estaba a punto de presentarlo, a amigos y colegas de la ingeniería, en el recoleto Salón de Actos de la Fundación Gómez Pardo.  Yo tenía, justamente ese día y con hora de comienzo quince minutos antes, otra reunión en la misma sede, a la que no debía faltar, y me excusé por no poder asistir a la suya, derramando algunos elogios de cortesía. Incluso aventuré a Gómez-Pallete que estaba seguro de que tendríamos muchos puntos de coincidencia.

Felipe dejó depositado un ejemplar para que se me entregara -aunque no me lo dedicó, ni hemos tenido ocasión de hablar sobre su contenido desde entonces-. Por distintas razones, no pude recogerlo hasta hace tres días, y, con la curiosidad imaginable, cuando lo tuve en las manos, incluso desde el trayecto en metro hasta casa, empecé a hojearlo y, ya en ella, terminada la jornada laboral, lo convertí en libro de cabecera y lo leí aquella misma noche del tirón.

Tengo que reconocer, en primer lugar, que el título me resultaba equívoco, y, en efecto, guía la imaginación hacia un sitio inadecuado a lo que el autor pretende. Porque no es un manifiesto político, ni pretende transmitir carga ideológica. La vindicación -es decir, la defensa- de la «acción política» -es decir, la obligación ciudadana de intervenir, con las propias fuerzas, para mejorar la sociedad- (si asumo, bajo mi exclusiva responsabilidad, la interpretación que dada al término Hanna Ahrendt), no es el objetivo del libro.

Lo que Gómez-Pallete glosa es la importancia de introducir en la política, como fermento o catalizador de los esquemas tradicionales con los que se estructura la acción de los partidos políticos, una sistemática extraída del mundo empresarial, que les ayude a mejorar la calidad de su producto, y que entiende válida al margen de cualquier ideología. Su libro habla, por ello, de prioridades,  indicadores de calidad, selección de objetivos, cuantificación y control de avances y, sobre todo, ilustra sobre el método y manera de plantearse un trabajo en equipo,  para elegir metas de calidad (internas o externas), fijarse plazos y medio para lograrlas, y evaluar los resultados.

La exposición se aleja de la manera de presentación que nos resulta habitual en libritos de inspiración norteamericana -esos manuales de autoayuda omnipresentes en los que nos cuenta una anécdota o relato corto y de los que se extraen, haciendo del cuento un limón intelectual, decálogos de consecuencias y consejas prácticas. Por el contrario, «Una vindicación de la acción política» no se estructura con la pretensión de ofrecer un resultado acabado, redondo, sino como una propuesta de trabajo. Recuerda a unos apuntes del profesor escritos como apoyo extraescolar, destinados a servir de ampliación a un seminario sobre calidad y control que hubiera sido, en este caso,  encargado por el responsable de pre-campaña de un hipotético partido político.

Con voluntad enfocada hacia lo práctico se desarrolla en el libro, -desde lo conceptual hasta la elaboración de un prototipo-, un modelo base.  Se elige, para ello, la fórmula de exponer un ejemplo de apariencia sencilla y sin aristas ideológicas, y, combinando reflexiones y propuestas, se va avanzando con él en sesiones de trabajo simulado, en las que participan un patrocinador,  un asesor de la Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas y varios militantes elegidos del partido.

Si la existencia de una propuesta de acción ha de ser justificada para cubrir una necesidad, Felipe Gómez-Pallete aventura no una, sino varias carencias en la acción actual de los partidos, enumerándolas, aunque, fiel a su idea de resultar políticamente correcto, no pretende que se las atribuya a ningún partido concreto: falta de transparencia, debilidad de los liderazgos, fallos en la comunicación, errores en la transmisión de los objetivos, problemas de credibilidad, etc.

Una interesante aportación,  realizada con honestidad intelectual y evitando la petulancia o caer en una complejidad innecesaria, que enmascararía el mensaje. Está destinada a los que toman decisiones en política, es decir, a los dirigentes de los partidos políticos, de las asociaciones y fundaciones relacionadas con la vida en común. Gentes que, como sabemos, provienen en su mayoría del mundo universitario del derecho, de la economía o de la sociología y que no tienen experiencia práctica de la empresa, que no se han planteado fijarse o cumplir objetivos parciales, distintos de ganar unas elecciones o mejorar resultados electorales, a partir de un ideario no pocas veces, difuso.

Lo que ya no estoy tan seguro es de que, quienes lean el libro desde esas posiciones, deseen avanzar algo más que contentarse con su sola lectura, acudiendo humildes a los miembros cualificados de la Asociación para que se conviertan en tutores y mentores de la aplicación del método a sus propias corporaciones.

No se. Eso, de momento, se mantiene como secreto profesional de Gómez-Pallete, Sampedro Blanco, González Quirós y el resto del equipo que, como instigadores, nutricionistas intelectuales, proponentes metodológicos, asesores experimentados y jubilados de élite, conforman el núcleo duro de la Asociación por la Calidad y la Cultura Democráticas.

Y, para mi propio coleto, me pregunto si, además de controles de calidad internos, los partidos españoles no están necesitados de revisar y calificar sus objetivos generales, sus principios de actuación, y hasta sus catecismos y dogmas ideológicos…para orientar, con ese bagaje, sus propuestas concretas hacia lo que nos preocupa a todos los ciudadanos -militantes o no-: construir una sociedad más justa, más eficiente, más honesta, menos crispada, más sabia.

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Asociación por la Calidad y la Cultra Democráticas, control de calidad, Felipe Gómez-Pallete, González Quirós, partido político, programa, propuestas, Sampedro Blanco, sesiones de trabajo

Cuento de invierno: El cuentista

17 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

El cuentista se puso a reflexionar, como solía hacer con frecuencia -puntualicemos: no con «cierta» frecuencia, sino con mucha, alta y hasta desmesurada frecuencia, pues era persona de natural reflexivo, lo que, por otra parte, tratándose de un contador de cuentos no tiene porqué parecer extraordinario, sino, más bien, encajable en el grado medio con que se dedican a la reflexión los cuentistas que ni fu ni fa.

En aquella ocasión, la causa desencadenante había sido la recepción de un mensaje extraordinario -esto es, sin aviso previo ni antecedente o señal premonitoria por parte de su emisor, aunque no por ello habría de ser juzgado de insólito o impertinente- de una persona a la que el cuentista apreciaba personalmente.

El contenido esencial del mensaje era éste: «No merece la pena que malgastes tu tiempo, pues es evidente que lo que escribes no tiene ningún interés, ya que prácticamente nadie te lee».

Debe completarse la valoración del mensaje antedicho con una precisión: el emisor del mismo pertenecía al inmenso grupo de los que jamás habían leído nada de lo escrito por el cuentista.

Por demoledor que le pareciera el consejo, el cuentista no podía pasar por alto que no constituía óbice, cortapisa o dificultad para que entendiera que la concluyente afirmación que contenía, partía de una premisa mayor o principal correcta. Prácticamente nadie leía lo que, con tenacidad y recalcitrancia, escribía, casi todos los días.

La conclusión, sin embargo (que figuraba situada en primer lugar de la frase que analizamos, a modo de tesis o deducción del silogismo) apelaba a una cuestión subjetiva -y que, por tanto, solo podría valorarse cabalmente en el ámbito personal de los móviles del propio cuentista-: no merece la pena que malgastes tu tiempo.

Se trataba, pues, de una concatenación causa-efecto, siendo la variable de entrada (input) el tiempo del cuentista, y el resultado de la función, cualquiera que fuera su formulación matemática o intuitiva, que «no merecía la pena», sin precisión de sujeto, elemento o fórmula de evaluación   aplicados, aunque podría deducirse que a quien no habría de merecerle la pena era al propio cuentista, que era quien ponía, al fin y al cabo, la carne en el asador, esto es, su tiempo.

Especialmente intrigante resultaba al cuentista la existencia de una segunda hipótesis (subsumible como premisa menor en el razonamiento lógico empleado por su interlocutor), y que se convertía en la protagonista principal del pretendido aserto. Era su objetividad la que le parecía que podría ser puesta en entredicho, siempre que fuera posible medir el interés de un escrito, alocución o mensaje, en relación con algún otro baremo distinto al número de lectores o seguidores que pudieran  contabilizarse en un momento dado.

El cuentista encontró en el asunto materia suficiente para reflexionar, al menos durante algunos minutos, en relación con los términos «interés objetivo» y «formas de despertar la atención acerca de lo que se escribe», en el supuesto, claro está, de que el «interés subjetivo» de escribir estuviera claro, lo que aparcó de momento, para no complicarse la vida.

De acuerdo con esta intención previa, cuya catalogación entendía que a él solo correspondía hacer,  recogió algunos ejemplos de éxito ajeno, tomados de la vida misma.

Ejemplo Primero: Es conocido que muchos -o todos- los partidos políticos que se presentan a unas elecciones, ya sean  o particulares, para conseguir llenar los locales en donde sus representantes más cualificados -los que pretenden vivir de ese cuento, en suma- exponen sus ideas o programas (en el supuesto de que los tuvieran), apelan a incluir, como atractivo, o acicate, formando parte intrínseca del espectáculo, a cantantes o artistas de la farándula que, con su arte, adornan el momento, le dan publicidad y alegrarán al personal asistente, haciéndole pasar un buen rato.

El cuentista realizó algunas encuestas -limitadas, ya que no dispone de muchos medios- acerca del contenido que recordaban los asistentes a los que tuvo acceso, de aquellos mítines y reuniones multitudinarias.

Encontró que, con absoluta exactitud, los asistentes recordaban quién o quiénes habían aderezado el festival con sus representaciones folclóricas, pero no eran capaces de indicar en qué consistía ese programa político. Aún más, cuando se aventuraba el encuestado a elucubrar sobre el mismo,  lo que creía haber escuchado no coincidía en absoluto con lo que correspondía al programa del que se suponía había sido destinatario y objeto preferente del mítin, limitándose a expresar frases genéricas, que igual podían ser atribuibles al partido político A, a su opositor B, o al catecismo del Padre Astete.

Concluyó, entonces, el cuentista que -si bien podría aceptarse que el mítin o reunión analizados, habían tenido éxito de convocatoria, pues se había llenado el aforo- la capacidad del mismo para difundir un mensaje específico, distinto del hecho de pasarlo de forma más o menos divertida con el espectáculo- era objetivamente nula.

Ejemplo segundo.- Tomando como envidiable referencia la de aquellos competidores por la atención del deseable público que tenían éxito notabilísimo de audiencia o seguimiento -los llamados gurús de las ondas, que acostumbran a pontificar sobre todos los temas imaginables, recortando aquí, copiando allá, o elucubrando sobre la marcha hastacullá-, analizó dos cuestiones: a) el número y calidad de las adhesiones que suscitaban sus comentarios y b) el tiempo presuntamente  dedicado, a partir de las estadísticas disponibles- a leer esos mensajes.

Encontró que cualquier mensaje de los llamados gurús o conductores de opinión, en especial, los que se limitaban a indicar: «Feliz día» o «Os deseo que os vaya bien» obtenía cientos y hasta miles  de adhesiones inmediatas, concretadas en «Me gusta» o, más explícitamente: «Te deseo lo mismo».

En relación con mensajes más elaborados, cuya lectura, incluso rápida, hubiera consumido, al menos, de tres a cinco minutos, los registros evidenciaban que solo había merecido, salvo contadísimas excepciones atención durante un máximo de 3 segundos, supuesto, por lo demás, que los contadores fueran capaces de registrar tamaña precisión.

Concluyó, pues, que esos -en principio, tenidas por importantes y, por qué no, en algún caso, elaboradas elucubraciones de sus autores, cuya escritura podía haberles llevado un mínimo de entre veinte minutos a media hora- era consumido en menos tiempo que el que se emplea en sonarse la nariz o tirarse un p.

El cuentista, con este bagaje práctico, concluyó su análisis con esta determinación:

Haré lo que me parezca bien, sin importarme la trascendencia que consiga con mis elaboraciones. Al fin y al cabo, escribir cuentos me produce una satisfacción personal que no puedo conseguir de otra manera y, tal vez, alguien. que hoy ni siquiera conozco, conceda atención a lo que escribo, y le sirva para algo. Y, en todo caso, estoy muy agradecido de esas diez o veinte personas que me consta que me leen y, de vez en cuando, me comunican que les gusta lo que han leído.

Eso me basta, escribió el cuentista. Y escribió, aquel día, este nuevo cuento, para que, quien tenga ganas y tiempo de leerlo, disfrute o piense, aunque solo sea un instante, sobre lo que merece la pena y por qué .

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuentista, cuento, cuento de invierno, difusión, importancia, lector, partido político, premisa, programa, público

Mi Diccionario desvergonzado (21): partido político, gratis, pueblo, apartamento, criada

5 julio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

partido político: 1. Club social que, una vez cada cuatro o siete años -dependiendo del Reglamento- realiza una representación estupenda a la que han estado preparándose concienzudamente. 2. Forma, desgraciadamente dispendiosa, de dilapidar el caudal y expectativas de la democracia. 3. Formación a la búsqueda permanente de identidad, constituída con pretensiones intelectuales. (N. del E. Estas definiciones se incorporan a la dada con anterioridad, en la edición definitiva del Diccionario)

gratis: 1. Reclamo publicitario por el que se atrae incautos dispuestos a pagar mucho más por todo lo demás. 2. Forma de aprovecharse por parte del que administra algo de la falta de control que se ejerce sobre lo que él hace.

pueblo: 1. Lugar donde uno dice que nació, cuando se trata de fingir un origen humilde. 2. Conjunto de casas abandonadas entre cuyas ruinas se ve elevarse alguna columna de humo y que sugieren a los viajeros palabras llenas de tensión poética, aconsejando al anciano que encuentran en su paseo, que se anime a montar un restaurante, que es lo que echan en falta.

apartamento: 1. Tradicional recurso para ligar entre desconocidos. 2. Piso pequeño, que ha variado su función como picadero a residencia fija del hijo estudiante universitario. 3. Saloncito con cuarto de baño y cocina americana en el que se amontona la familia entera con el deseo imposible de pasar unos días de verano relajados, si bien les sirve para conocerse algo mejor.

criada: 1. En las novelas históricas, moza de pueblo que servía de iniciación sexual al señorito de la casa. 2. Denominación, caída en desuso, de la empleada de hogar, distinta de la esposa. 3. En diminutivo, plato de alta cocina preparado con los testículos de algunos animales (machos), que solo se aprecia verdaderamente mientras no se conozca su procedencia.

Publicado en: Actualidad, Diccionario desvergonzado Etiquetado como: apartamento, criada, diccionario desvergonzado, gratis, partido político, pueblo

Mi Diccionario desvergonzado (1). Alcorque y Partido Político.

24 junio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Esta es la primera entrega de Mi Diccionario desvergonzado. En realidad, el título no es muy original, pues The Unabashed Dictionary era la forma en la que PlayBoy recogía esporádicamente entre nalgas y pectorales, algunas deficiones picantuelas; pero como hace décadas que no compro revistas del corazón, ignoro si sigue publicándolo y, desde luego, no me consta que exista un Diccionario en español con ese nombre.

Sea como fuere, y de forma anárqica, sin orden alfabético ni concierto con editorial alguna, iré ofreciendo mis interpretaciones de lo que debieran significar algunos vocablos de uso más o menos corriente, a raiz del empleo real que se viene dando por el pueblo llano a los objetos físicos y metafísicos a que se refieren.

Alcorque: Dícese de aquellos lugares previstos en las aceras para arrojar cigarrillos, latas y recoger excrementos de cánidos; excepcionalmente, pueden utilizarse para marcar el territorio en donde un árbol citadino se encuentra en avanzado estado de abandono, o es ya cadáver. Véase: excremento, citadino, estado de abandono.

Partido Político: Reunión de amigos íntimos, de difícil caracterización ideológica salvo que se encuentren en campaña cuatrienal, cuyo objetivo principal es dotar a sus componentes del mayor número posible de empleos públicos, empeño que, como característica residual, puede conducir, dada la opacidad de sus restantes intenciones, a generar el caldo de cultivo adecuado para que medren pájaros de las más diversas calañas, que se alimentan, como humanos cucos, de la ingenuidad y apatía de la mayoría silenciosa, que cree estar dando de comer a sus propios hijos. Vocablos relacionados: Mayoría silenciosa, calaña, empleo público.

(Continuará)

Publicado en: Cultura, Literatura Etiquetado como: alcorque, desvergonzado, diccionario, partido político

Partidos, ideologías y programas

3 marzo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Los licenciados en Ciencias Políticas se escandalizarán y los seguidores de Beppo Grillo me verían como uno de los suyos: creo que, al menos mientras nos serenamos, nos iría mejor sin partidos políticos.

¿Qué es, en realidad, un partido? No lo sé.

¿Qué ideología tienen los partidos cuyos miembros ocupan los puestos de representantes populares los hemiciclos? No lo sé.

¿Cuál es el programa que está llevando a cabo el partido gobernante y cuáles son las propuestas de sus contrarios, llamados de la oposición? No lo sé.

Nunca he pertenecido a un partido pero, como casi todos los españoles de cierta edad, en algún momento he colaborado o tenido simpatías con alguno. Todos me han decepcionado rápidamente; de todos he visto cómo oportunistas se hacían, en beneficio propio o de sus familias o amigos, con posiciones privilegiadas, ya fuera en la Universidad, en la empresa, en la judicatura; en cualquier sitio. Y allí se han quedado.

Tenía razón Julio Anguita, en mi opinión, cuando enfatizaba que era necesario «Programa, programa, programa«. Solo que ese programa no debería ser el objetivo perseguido por un grupo específico, sino el objeto social del proyecto común llamado España. No necesitamos para su defensa, ni militantes, ni líderes.

¿Que necesitamos crear empleo? Se analizan las opciones de todos los sectores productivos y se concentran las ayudas en los más eficientes en generar trabajo.

¿Que queremos mejorar la balanza exterior? Se estimulan los sectores exportadores y se anima al consumo de productos de producción propia.

¿Que es imprescindible mejorar el nivel educativo? Se incorporan docentes más capaces y se imponen planes de estudios más intensos con controles más estrictos.

¿Qué se nos han colado vías de corrupción en el sistema? Las localizamos y aislamos de inmediato, para seguir trabajando en lo que importa.

La dificultad mayor que tenemos en este país es la dificultad para renovar, de forma suficiente, las cúpulas directivas. Los equipos de poder se reproducen implacables, repitiendo sus vicios. Y como nos falta acuerdo sobre el programa común, nos entretienen los partidos discutiendo sobre detalles sin apenas importancia, que son como adornos y chorreras.

 

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: apolítico, Beppo Grillo, ideología, Julio Anguita, partido político, programa

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