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Seguridad jurídica para novatos

13 febrero, 2022 By amarias Deja un comentario

La seguridad jurídica es un principio fundamental del derecho que implica que los poderes públicos garantizan que las normas y reglas que forman el cuerpo legal son públicas, y se aplican con criterios homogéneos por los órganos designados al efecto, en lo que se debe considerar como prohibido u ordenado, y tambén en lo permitido. Las decisiones de intervención deben ser coherentes, justificadas y repetibles para casos idénticos (y, puesto que rara vez se dará la identidad total, tendrá que utilizarse la regla de la similitud para explicar las diferencias de tratamiento).

La ausencia de seguridad jurídica es un problema muy grave que imposibilita considerar a un Estado como una democracia, pues implica que pueden darse circunstancias que provoquen indefensión en los ciudadanos, y en las empresas y organizaciones cuya actividad dependa de que el marco legal sea conocido, estable y su cumplimiento correcto se vea protegido por las autoridades del Estado y, particularmente, por los órganos judiciales.

Que España no sea vista como una democracia plena (aunque lo sea bajo el prisma tendencial de The Economist, sino como una democracia irregular o insatisfactoria es una mala noticia. Si no se especifican claramente las razones de esa calificación, pueden ser interpretadas como un problema gravísimo. Desde el Gobierno de España, algunos de los ministros comprometidos con el socialismo matizan que no hay por qué ser pesimista y que hay que atender a la diferenciación de los índices, como es el caso del V-dem: el país está entre las democracias más consolidadas del mundo y la pérdida de posiciones en el ranking democrático es debida, sobre todo al índice que mide la relación de independencia entre los órganos judicial y de gobierno.

Al margen de disquisiciones, la falta de democracia afecta a la tranquidad ciudadana, a la vida empresarial, a la captación de inversiones y a la imagen internacional. Por dramático y desafortunado que pueda parecer el juicio negativo -desde el exterior- a la vitalidad de nuestra democracia, los ciudadanos, tan dados a echar mano de nuestro pesimismo consustancial, no podemos ignorar que estamos en una deriva antidemocrática desde hace algún tiempo. Se aprecia con claridad y no hacen falta índices ni análisis complejos para evidenciar ese deterioro

El aspecto más con conocido y relevante de la falta de seguridad jurídica es la no renovación de la cúpula del poder judicial, por falta de acuerdo entre los partidos mayoritarios. Solo que eso también apunta a la politización de la aplicación del derecho, pues no se entendería el interés de los políticos en influir sobre el, teóricamente independiente, órgano que administra la aplicación del derecho.

Hay otras muestras de esa carencia democrática. La presencia en el Gobierno de ministros que se han convertido en torpedos de la  estabilidad democrática es una exhibición permanente del deterioro. La ausencia de criterios  homogéneos y previamente compartidos -y aplicados sin trabas por el orden judicial- ha sido fragante en temas tan importantes para la unidad del país como el tratamiento de la rebelión catalanista, la concesión de indultos parciales o totales por impulsos mediáticos en contra del criterio jurídico expresado claramente y, no en último lugar, en la falta de una política coherente desde el Gobierno, en cuestiones relevantes como la energía, la educación, la sanidad o el empleo, en donde.

No es ya el problema principal que no haya acuerdo ni sintonía entre los dos partidos mayoritarios, es  que ni siquiera hay coherencia en los mensajes que emanan desde el ejecutivo. Incluso se intoxica a la población, al empresariado y a los órganos de crear opinión pública con medidas y argumentos que no son fundamentados técnicamente y que, por tanto, carecen de estabilidad o coherencia.

La falta de seguridad jurídica emponzoña y lastra la misma aplicación del derecho. Es sabido la importancia de contar con un buen abogado (o gabinete legal) en la defensa de la posición propia -o en la agresión a la del contrario-. Lo que no es tan conocido que, dependiendo del Juzgado en que el caso sea visto, pueden darse dilaciones injustificadas, decisiones injustas en la valoración de los hechos o del derecho y, en fin, se produzca la generación de gastos excesivos y penalizaciones impropias, en cualquiera de los órdenes civil, penal o administrativo. El más débil económicamente tiene un plus de posibilidad de que su pretensión sea desechada, su reproche penal mayor, el abuso de la administración pública sobre su derecho, más relevante.

No estoy hablando, pues, de fantasías. Las sentencias de primera instancia que son revocadas por los Audiencias provinciales son, aproximadamente, un tercio. Y en los Tribunales superiores no dejan de ser preocupantes las cifras: del orden del 17% de las sentencias dictadas por las Audiencias son revisadas, esto es anuladas o reenviadas al órgano inferior para que se reproduzca el juicio o se matice el veredicto.

Se puede pensar que esto proporciona seguridad jurídica, porque los sentencias y autos de los tribunales pueden ser corregidos por las instancias más altas (Por cierto, no en todos los casos se autoriza la doble instancia y, en general, su aplicación está limitada a la valoración de los hechos, no a éstos, que quedan fijados en primera instancia).

Motivos para apreciar falta de democracia en la aplicación del derecho, háilos. Solo que hay que considerar los gastos de una apelación, el perjuicio que causa la dilación en el tiempo de las sentencias y, no en última instancia la duda sobre el valor objetivo del derecho. Algunas sentencias sustanciales se emiten con una mínima diferencia de votos de los magistrados o con votos particulares muy documentados- y cabe preguntarse qué es lo que ha convertido al derecho en un problema de interpretación, y en la que la solvencia de los letrados, la capacidad económica de los litigantes o del investigado para aguantar un largo período de proceso judicial, entre recursos, impedimentos procesales y hasta cuentos chinos, juegan un papel tan sustancial.

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: democracia interna, índices, juzgados, primera instancia, seguridad jurídica, Sentencias, The Economist, tribunal supremo, V-dem

Cuento de primavera: Poniéndose al día

27 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

El joven juez Pedro Pertuncho se agachó para recoger uno de los papeles del suelo: «Solicitud de impulso procesal», leyó en voz muy baja. Era un escrito que llevaba fecha de hacía cuatro años. Un letrado se interesaba, con el debido respeto -expresaba- por saber en qué estado procesal se encontraba una demanda de división de herencia que, según decía, se había cursado hacía tres años.

-¿Qué significa todo esto? -preguntó al Secretario.

-Lo puedo explicar -fue la respuesta que recibió-. Desde que se fue el juez sustituto, las cosas han ido complicándose. Al principio, de los escritos que recibíamos, hacíamos una copia que enviábamos al Juzgado vecino, solicitando instrucciones. Pero como no recibíamos respuesta, los fuimos dejando aquí. Nos daba lástima desprendernos de tanto papel, aunque alguna vez hemos pensado que lo mejor sería venderlo a un trapero.

Pertuncho no dudó en acercarse a la mesa, pisando papeles y algunos de los legajos desparramados por el suelo. Había carpetas con números de los expedientes, otras estaban despedazadas y abiertas.

-P…pero, ¿no han recibido nunca  la visita de la inspección? ¿No les han comunicado ninguna actuación, proporcionado auxilio procesal en todo este tiempo? ¡Esto es una irregularidad manifiesta!  -exclamó, sin estar seguro de ser comprendido.

-Por eso, pensaba que lo mejor para Vd. sería hacer borrón y cuenta nueva. -la frase del Secretario en funciones le machacó los oídos como una perforadora de martillo.- Mi idea era limpiar toda esta morralla hoy y dejarle el despacho limpio este fin de semana.

Y prosiguió:

-Pero Vd. se me adelantó. -El tipo aquel no parecía darse cuenta de lo que se traía entre manos.

-Tengo que dar parte de inmediato a la Audiencia Provincial. Este asunto es merecedor de una sanción, desde luego. Caiga quien caiga. Yo no estoy dispuesto a asumir la responsabilidad de este desastre -razonó, sobreponiéndose al disgusto, el joven de las puñetas recién conseguidas, mientras repasaba mentalmente la posible coincidencia de aquella realidad con alguno de los temas con los que había tenido que lidiar en las duras oposiciones.

-Me temo que no va a ser posible, ni necesario -reaccionó el que, ahora, al juez Pertuncho le pareció un irresponsable manifiesto, un delincuente común, un insensato de categoría piramidal.

-¿Cómo que no es posible? Dígame dónde hay un ordenador -reclamó, ya muy serio. Y como el otro no se inmutaba, continuó, comprendiendo que en aquel tugurio no habría ningún medio moderno de sacar adelante el trabajo- Tráigame de inmediato recado de escribir, allí donde lo encuentre. Bolígrafo, papel limpio y el sello del Juzgado.

-Señoría, tiene que escucharme primero -le replicó el de las manazas-. No le aconsejo llamar la atención sobre este Juzgado. Las cosas no son como parecen.

-¿Cómo son? ¿Qué quiere decir? -explotó el juez Pertuncho, a punto de explotar.

-Esto que Vd. ve, son casos que están pendientes, pero solo de forma aparente. Diríamos, desde una perspectiva judicial, pero no jurídica. En realidad, todos están ya resueltos -aclaró, con incomprensible firmeza, el Secretario.

Después de un silencio en el que Pertuncho creyó haber oído el ruido de una rata, escapándose hacia una esquina del despacho infestado, aquel individuo que debía haber sido su más directo colaborador, el insensato de la cabeza prominente, ofreció su mejor explicación:

-Aquí no somos tan incompetentes como Vd. se podría imaginar por las apariencias. Es cierto que de aquí, de este Juzgado perdido en el culo del mundo, no ha salido desde hace años ninguna resolución. Pero no es menos cierto que, desde hace años, en esta comarca nadie se ha molestado en presentar a los Juzgados ningún litigio. Todos nuestros problemas los resolvemos al margen de la Ley y de la Justicia.

-¿Al margen de la Ley? ¿Al margen de la Justicia? ¿Se lían Vds. a bofetadas, se matan a tiros? ¿Ventilan sus diferencias como en la Edad de Piedra? -le asaeteó Pertuncho, en una batería de preguntas que formuló, a borbotones, según se le pasaban por la cabeza, caliente por la emoción.

-Nada de eso -aclaró el Secretario-. En este pueblo tenemos dos abogados. Los dos muy buenos, le puedo asegurar, y no les falta trabajo. Se han puesto de acuerdo para hacer, alternativamente, de letrado defensor y de acusador. Conocen la ley al dedillo y saben perfectamente lo que dan de sí las normas legales, y resuelven con convicción, sin necesidad de acudir a ningún Juez. Tienen carisma, y la gente les hace caso. Todos los conflictos se ventilan en el bar, tomando unas copas.

El Secretario, ahora, se jactaba de tener las ideas claras. El novel juez le miró de hito en hito.

-Me he permitido enviarles un sms. Allí nos esperan, en el bar, los dos letrados y el oficial. Para pedirle, como todo el pueblo, que no complique las cosas. En esta comarca nos ha ido muy bien en estos años sin que ningún juez nos diga lo que hay que hacer para tener paz.

Pertuncho no sabía cómo expresar su asombro. Abrió la boca como un imbécil.

-Si Su Señoría quiere, a partir del lunes, cambiar las cosas, allá Vd. Pero  le aconsejo que, antes, me deje limpiarle el despacho y quemar todos estos papeles, que carecen de valor. Será un borrón y cuenta nueva. El lunes, que es el dia en que Vd. debe incorporarse efectivamente a su trabajo, arrancamos de nuevo, con la Ley, la Justicia y todo eso que Vd. ha aprendido en los libros. Y que Dios nos coja confesados.

El juez Pertuncho, al apoyarse en uno de los montones, que resultó inestable, estuvo a punto de caerse, no de espaldas, sino de frente, aunque  en el último momento pudo encontrar otro apoyo, si bien no logró evitar que las gafas se le escurrieran de las narices, favorecidas por las gotas de sudor que perlaban su frente.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: abogados, atrasos, cuento, cuento de primavera, juez, justicia, primera instancia

Cuento de primavera: Atasco en la sala

27 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Era su primer destino, y el que se tratara de un poblachón de pocos habitantes, perdido en la geografía, no le importaba. Sentado en el sillón que le correspondía de la sala de vistas -un cuarto con apenas dos hileras de sillas, con un retrato añejo del Presidente colgando torcido de la pared frontal- contemplaba el paisaje. Un campo de ortigas, junto al cementerio.

El secretario del Juzgado entró, sonriente. Le alargó una mano grande, desde una masa carnosa corpulenta.

-Perdona, Ilustrísima. Bienvenido. No me habían comunicado que vendrías hoy; te esperábamos para pasado mañana.

-He preferido incorporarme hoy, para ver los asuntos pendientes -aclaró el joven-. Me gusta empezar la semana sabiendo lo que voy a encontrarme.

-¿Asuntos pendientes? -el Secretario aparentó cara de extrañeza- Este Juzgado es de lo más tranquilo. Desde que se fue el anterior Juez, hace ya tres años, las demandas las lleva el Juzgado de Cobaleda.

El Secretario era un hombre mayor, de talante jovial, despreocupado. El joven juez se había levantado del sillón al verlo entrar y había avanzado unos pasos hacia él, para estrecharle la mano. Acababa de cumplir veintiséis años, estaba soltero, y cuanto conocía de la vida lo había aprendido de los libros. Su rostro pálido y lampiño, sus gafas gruesas de miope y la chaqueta de tres botones completaban su aspecto necesitado de mejores cuidados.

-Te invito a tomar algo, y te explico los detalles -continuó el que acababa de llegar; llevaba la camisa abierta, por la que asomaba una cadena de oro en la que el joven creyó identificar un símbolo fálico-. Así, además, llamamos al oficial y lo conoces también.

-¿No será mejor quedarnos aquí, en mi despacho? -replicó, en un tono demasiado severo-. No he podido entrar, porque la puerta está cerrada, pero supongo que Vd. tendrá la llave.

-¿La llave? -el Secretario manipulaba en exceso, utilizando cada palabra como pretexto para mover las aspas de sus brazos-. Debería estar en el cajetín de la entrada. Pone: «Despensa».

-¿Despensa? -se sorprendió el juez. Aunque aquél era su primer destino y los cinco años de preparación para la oposición a judicatura, que había obtenido a la segunda, habían sido intensos, no por ello carecía de capacidad de asombro. La pregunta le surgió, espontánea, porque, en realidad, había creído entender «dispensa».

-Es una forma de llamarlo. Como no está ocupado desde hace tiempo, se ha venido usando como almacén. -aclaró el otro- El juez de Cobaleda hace algunos meses que no pasa por aquí, si le soy sincero.

-Me gustaría ver ahora el que va a ser mi despacho. Habrá que quitar todos los trastos que se hayan acumulado en él -replicó el joven, con disgusto; y, saliendo de la sala de vistas, se dirigió a la entrada de las dependencias, donde esperaba coger la llave. El Juzgado estaba en un segundo piso del edificio, y llegaba un olor a potaje de berzas desde la escalera.

-Lo siento, pero no puede. Al entrar aquí, he visto la puerta abierta y lo primero que hice fue mirar en el cajetín. No estaba la llave -al Juez le pareció que el Secretario estaba nervioso.-

-No entiendo. ¿Quién pudo llevarla, y por qué? -el joven empezaba a incomodarse; había algo en el aspecto del Secretario que no le gustaba; demasiado grande, demasiado altivo; demasiado distante. Seguro que no era Secretario por oposición; no le extrañaría que hubiese adquirido la función de responsable de la Secretaría por ser el oficial más antiguo. Claro que… en un Juzgado tan pequeño…

-Debió de cogerla el oficial, sabiendo que Vd. vendría el lunes, para tenerlo todo limpio y ordenado.

En el pasillo, pasaron forzosamente por delante de la puerta con el letrero, en el que se leía: «Sr. Juez» y, de forma instintiva, impulsiva, Pedro Pertuncho, el juez de Primera Instancia e Instrucción del Juzgado nº 1 de Robertillos del Condado, dio un empujón a la hoja de madera. No sabría decir porqué lo hizo. Tal vez, por secreta rabia, por incredulidad presunta, por quién sabe qué instinto doloso, aflorado sobre miles de páginas de lecturas de libros y libros de procesal, de civil, de derecho criminal, de filosofía del derecho.

La puerta se abrió con el golpe. Con asombro imposible de valorar, S. Sª el juez Pertuncho vio aparecer ante sí un inmenso montón de legajos, amontonados de cualquier manera, dispersos al azar por el suelo y por las estanterías, repartidos en paquetes de indescriptible factura sobre la mesa, y hojas, cientos de hojas de papel, algunas comidas ya por los ratones, las cucarachas y las termitas, alfombrando el suelo.

Con el aire que circuló desde la puerta a la ventana, aquella pirámide de inmundicia tuvo un momento fugaz de vitalidad, un soplo de frescor. Algunos papeles se levantaron tenuemente, y volvieron a caer con delicadeza, sobre el mismo lugar en el que se habían acostumbrado a yacer.

-Pensaba haberlo retirado hoy -se excusó el Secretario, que se quedó, rígido, a la puerta-. He traído la furgoneta. No queríamos causarle mala impresión.

Pedro Pertuncho comprendió que su primer trabajo como juez no iba a ser sencillo. No supo qué decir.

(Esperemos al lunes, a ver qué pasa.)

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: actividad, atasco, cuento, cuento de primavera, instrucción, judicial, juez, magistrado, primera instancia, Secretario

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