Al socaire

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Cuento de primavera: Entre caballeros

28 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

-Me parece que necesito tomar algo -dijo el juez Pertuncho. El Secretario en funciones le había agarrado por el brazo izquierdo y le había hecho daño.

-Me parece estupendo. Así, conocerás a los demás. -oyó decir al Secretario, que volvía a tutearle, como al principio, cuando le había interrumpido en sus pensamientos de satisfacción por el poder que creía recién consolidado. Los oídos le zumbaban. «Me ha subido la tensión», pensó.

No hubiera sido capaz de recordar si la puerta del Juzgado quedó cerrada, si el olor a potaje se había disipado, si el bar estaba a pocos metros o habían utilizado la furgoneta y hasta qué punto Al notar que algo caliente se le deslizaba por la comisura, el juez Pertuncho tomó conciencia de que estaba sangrando por la nariz, lo que hacía tiempo no le sucedía.

-Estás sangrando por la nariz -le advirtió el Secretario-.

-Me pasa con frecuencia -mintió Pertuncho, quitándole importancia, mientras buscaba un pañuelo, que no encontró, en el bolsillo del pantalón.

-Siéntate en ese murete y echa la cabeza hacia atrás; se te pasará pronto -aconsejó el subordinado-. A mi mujer le sucedía también al principio de los embarazos.

La comparación de situaciones tuvo un efecto revitalizador sobre el ánimo del juez, quien, taponándose fuertemente las fosas nasales con los dedos pulgar e índice de la mano derecha, expresó -con voz gangosa- su voluntad de seguir andando hasta el local en donde le esperaban, según le había anunciado el Secretario, «los demás».

Estaba, en verdad, o así le pareció al Juez, reunido para la ocasión, todo el pueblo. Al abrirse la puerta batiente -una lejana rememoranza de los salones de las películas de vaqueros, a las que había sido aficionado cuando estudiaba la licenciatura de Derecho- comprobó que el bar estaba abarrotado; incluso en el exterior se habían cruzado con grupos de personas conversando animadamente.

Cuando la pareja desigual entró en el local,  se produjo un silencio profundo, expectante, y los corrillos iban abriendo un pasillo respetuoso. El aire era de solemnidad.

-Bienvenido, señor juez -pronunció un anciano, al que Pertuncho calculó no menos de ochenta años, con voz teatral-. Soy el oficial del Juzgado.

El juez aceptó la mano tendida, sin dejar de observar que la otra se apoyaba en un bastón con empuñadura metálica, lo que le recordó otros momentos, sin que pudiera precisar cuáles.

-Permítame que le presente a los dos letrados de los que ya le hablé -dijo el Secretario, tomando nuevamente el protagonismo-. El honorable Sr. Gastón Palaciegos, y el no menos honorable Sr. Patrocinio del Corbo.

Pertuncho se descubrió a sí mismo dando la mano a aquellos dos venerables, quienes podían rivalizar con el oficial en cuanto a la antigüedad de su placa de matrícula de inscripción en este mundo de mortales; ambos estaban sentados en torno a una de las mesas, que, a pesar de la aglomeración, no compartían con nadie más. Había restos de café con leche en sus tazas y sendas copas de coñac, casi rebosantes, las flanqueaban.

Los designados como honorables por el Secretario, le habían tendido su mano, simultáneamente, pero no se levantaron de los asientos.

-Encantado de conocerles -empezó Pertuncho, quien, aún sin tener claro el discurso de lo que debía decir, tenía la convicción de que no podía consentir que se le arrebataran las riendas del momento-. El Sr. Secretario me ha puesto al corriente de las graves irregularidades que se han estado cometiendo en el Juzgado que ha pasado a ser de mi jurisdicción. Vds., como letrados, deben ser conscientes de la gravedad de los hechos. Aunque no tenga nada que objetar respecto a las actividades de mediación o arbitraje voluntarios que, al parecer, Vds. han venido ejerciendo, por el contrario…

El otro anciano le interrumpió, con un tono no menos teatral:

-Siéntese con nosotros, joven, y escuche, antes de hacer elucubraciones que no vienen al caso.

Pertuncho, superado por la situación incontrolable, se sentó en una de las sillas vacías; el Secretario hizo lo propio.

-En primer lugar, no somos abogados. -continuó el que había hablado primero-. Por lo menos, no en ejercicio. Yo hace quince años que me dí de baja en el Ilustre Colegio de Robertillos, Cobaleda y Guadalatara como ejerciente, y Patro, nunca estuvo colegiado, porque no consiguió aprobar Derecho canónico, y al agotar todas las convocatorias  hubo de dedicarse a la quiromancia. Fue…¿cuándo fue Patro? ¡Hace, por lo menos cincuenta y cinco años!

-¿Qué está pasando aquí? -fue lo único que se le ocurrió al juez Pertuncho. La tensión que depositaban sobre su nuca decenas de miradas le estaba pesando como una losa; además, aunque a ratos se tocaba la nariz para comprobar que ya no goteaba, no estaba seguro de que la fuga estuviera controlada del todo. ¿Y ese tono teatral, esa solemnidad en la dicción, a qué diablos se debía?

El oficial se acercó con una botella de coñac peleón y una copa de balón, que llenó hasta el borde, poniéndola al alcance de Pertuncho.

-Beba, le hará falta.

El llamado Patro tomó la palabra, sin esperar la venia.

-En realidad, Vd. cree ser juez de esta jurisdicción, querido amigo, pero no lo es, porque tampoco existe este Juzgado de Robertillos, al que Vd. está asignado. Desde hace siete años, cuando se decidió la drástica reducción de gastos en la Administración pública, fue suprimido. Solo que en el Boletín Oficial, por razones que ignoramos, apareció en la relación de vacantes a cubrir en la última convocatoria.

-Es un error, sin duda, solo imputable al grave desorden que impera en este país. Por eso que Vd., aunque haya sido nombrado juez, no puede serlo en realidad, pues el Juzgado que se le adjudicó, no existe -completó Gastón, con una sonrisa que no tenía nada de condescendiente. Sus ojillos, agrandados por unas gafas de culo de vaso, chispeaban. «Estos tipos están borrachos», pensó Pertuncho. «Cuando se aclare este galimatías, llamaré al alguacil, para que los prenda…si es que este poblachón de pandereta dispone de tal figura»

El juez Pertucho tomó un trago largo de la copa de coñac; lo notó fuerte, denso y rasposo como lija en el gañote. Estaba a punto de llorar, actitud deplorable que solo su dignidad sostenía.

De pronto, se encendieron unas potentes luces, que iluminaron todo el local y los asistentes comenzaron a aplaudir, sin venir a cuento.

Del fondo, un individuo con chaqueta de lentejuelas se aproximó a la mesa en donde estaban sentados los cuatro protagonistas de esta historia, mientras Pertuncho, corrido a rabiar y enrojeciendo a más no poder, le oía decir:

-¡Ha sido todo una broma! ¡Es todo ficción, cuya realización agradecemos a todos estos magníficos actores y actrices, que han ayudado a convertir en apariencia este momento inolvidable!.

El juez Pertuncho hubiera disparado una ametralladora de haberla tenido a mano, pero no habría estado seguro de a quién disparar primero hasta que el locutor de las lentejuelas, con una locuacidad sin tapujos, anunció:

-¡Es una fantasía, juez Pertuncho!. Nada de esto hubiera sido posible sin la información proporcionada por tu padre, el prestigioso magistrado del Tribunal Supremo, D. Rodomiro Pertuncho, que ha querido, de esta manera singular, trasladar a su querido hijo la evidencia de que un juez ha de ser, ante todo, humilde, y que la vida es la mejor fuente de sabiduría, y que depara sorpresas a las que hay que saber hacer frente con juego de cintura!

El magistrado Rodomiro Pertuncho se dispuso a fundirse en un abrazo con su querido hijo, que se quedó quieto, sin saber qué decir todavía.

FIN

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: abogado, cuento, cuento de primavero, ficción, juez, justicia, Secretario

Cuento de primavera: Poniéndose al día

27 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

El joven juez Pedro Pertuncho se agachó para recoger uno de los papeles del suelo: «Solicitud de impulso procesal», leyó en voz muy baja. Era un escrito que llevaba fecha de hacía cuatro años. Un letrado se interesaba, con el debido respeto -expresaba- por saber en qué estado procesal se encontraba una demanda de división de herencia que, según decía, se había cursado hacía tres años.

-¿Qué significa todo esto? -preguntó al Secretario.

-Lo puedo explicar -fue la respuesta que recibió-. Desde que se fue el juez sustituto, las cosas han ido complicándose. Al principio, de los escritos que recibíamos, hacíamos una copia que enviábamos al Juzgado vecino, solicitando instrucciones. Pero como no recibíamos respuesta, los fuimos dejando aquí. Nos daba lástima desprendernos de tanto papel, aunque alguna vez hemos pensado que lo mejor sería venderlo a un trapero.

Pertuncho no dudó en acercarse a la mesa, pisando papeles y algunos de los legajos desparramados por el suelo. Había carpetas con números de los expedientes, otras estaban despedazadas y abiertas.

-P…pero, ¿no han recibido nunca  la visita de la inspección? ¿No les han comunicado ninguna actuación, proporcionado auxilio procesal en todo este tiempo? ¡Esto es una irregularidad manifiesta!  -exclamó, sin estar seguro de ser comprendido.

-Por eso, pensaba que lo mejor para Vd. sería hacer borrón y cuenta nueva. -la frase del Secretario en funciones le machacó los oídos como una perforadora de martillo.- Mi idea era limpiar toda esta morralla hoy y dejarle el despacho limpio este fin de semana.

Y prosiguió:

-Pero Vd. se me adelantó. -El tipo aquel no parecía darse cuenta de lo que se traía entre manos.

-Tengo que dar parte de inmediato a la Audiencia Provincial. Este asunto es merecedor de una sanción, desde luego. Caiga quien caiga. Yo no estoy dispuesto a asumir la responsabilidad de este desastre -razonó, sobreponiéndose al disgusto, el joven de las puñetas recién conseguidas, mientras repasaba mentalmente la posible coincidencia de aquella realidad con alguno de los temas con los que había tenido que lidiar en las duras oposiciones.

-Me temo que no va a ser posible, ni necesario -reaccionó el que, ahora, al juez Pertuncho le pareció un irresponsable manifiesto, un delincuente común, un insensato de categoría piramidal.

-¿Cómo que no es posible? Dígame dónde hay un ordenador -reclamó, ya muy serio. Y como el otro no se inmutaba, continuó, comprendiendo que en aquel tugurio no habría ningún medio moderno de sacar adelante el trabajo- Tráigame de inmediato recado de escribir, allí donde lo encuentre. Bolígrafo, papel limpio y el sello del Juzgado.

-Señoría, tiene que escucharme primero -le replicó el de las manazas-. No le aconsejo llamar la atención sobre este Juzgado. Las cosas no son como parecen.

-¿Cómo son? ¿Qué quiere decir? -explotó el juez Pertuncho, a punto de explotar.

-Esto que Vd. ve, son casos que están pendientes, pero solo de forma aparente. Diríamos, desde una perspectiva judicial, pero no jurídica. En realidad, todos están ya resueltos -aclaró, con incomprensible firmeza, el Secretario.

Después de un silencio en el que Pertuncho creyó haber oído el ruido de una rata, escapándose hacia una esquina del despacho infestado, aquel individuo que debía haber sido su más directo colaborador, el insensato de la cabeza prominente, ofreció su mejor explicación:

-Aquí no somos tan incompetentes como Vd. se podría imaginar por las apariencias. Es cierto que de aquí, de este Juzgado perdido en el culo del mundo, no ha salido desde hace años ninguna resolución. Pero no es menos cierto que, desde hace años, en esta comarca nadie se ha molestado en presentar a los Juzgados ningún litigio. Todos nuestros problemas los resolvemos al margen de la Ley y de la Justicia.

-¿Al margen de la Ley? ¿Al margen de la Justicia? ¿Se lían Vds. a bofetadas, se matan a tiros? ¿Ventilan sus diferencias como en la Edad de Piedra? -le asaeteó Pertuncho, en una batería de preguntas que formuló, a borbotones, según se le pasaban por la cabeza, caliente por la emoción.

-Nada de eso -aclaró el Secretario-. En este pueblo tenemos dos abogados. Los dos muy buenos, le puedo asegurar, y no les falta trabajo. Se han puesto de acuerdo para hacer, alternativamente, de letrado defensor y de acusador. Conocen la ley al dedillo y saben perfectamente lo que dan de sí las normas legales, y resuelven con convicción, sin necesidad de acudir a ningún Juez. Tienen carisma, y la gente les hace caso. Todos los conflictos se ventilan en el bar, tomando unas copas.

El Secretario, ahora, se jactaba de tener las ideas claras. El novel juez le miró de hito en hito.

-Me he permitido enviarles un sms. Allí nos esperan, en el bar, los dos letrados y el oficial. Para pedirle, como todo el pueblo, que no complique las cosas. En esta comarca nos ha ido muy bien en estos años sin que ningún juez nos diga lo que hay que hacer para tener paz.

Pertuncho no sabía cómo expresar su asombro. Abrió la boca como un imbécil.

-Si Su Señoría quiere, a partir del lunes, cambiar las cosas, allá Vd. Pero  le aconsejo que, antes, me deje limpiarle el despacho y quemar todos estos papeles, que carecen de valor. Será un borrón y cuenta nueva. El lunes, que es el dia en que Vd. debe incorporarse efectivamente a su trabajo, arrancamos de nuevo, con la Ley, la Justicia y todo eso que Vd. ha aprendido en los libros. Y que Dios nos coja confesados.

El juez Pertuncho, al apoyarse en uno de los montones, que resultó inestable, estuvo a punto de caerse, no de espaldas, sino de frente, aunque  en el último momento pudo encontrar otro apoyo, si bien no logró evitar que las gafas se le escurrieran de las narices, favorecidas por las gotas de sudor que perlaban su frente.

FIN

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Cuento de primavera: Atasco en la sala

27 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Era su primer destino, y el que se tratara de un poblachón de pocos habitantes, perdido en la geografía, no le importaba. Sentado en el sillón que le correspondía de la sala de vistas -un cuarto con apenas dos hileras de sillas, con un retrato añejo del Presidente colgando torcido de la pared frontal- contemplaba el paisaje. Un campo de ortigas, junto al cementerio.

El secretario del Juzgado entró, sonriente. Le alargó una mano grande, desde una masa carnosa corpulenta.

-Perdona, Ilustrísima. Bienvenido. No me habían comunicado que vendrías hoy; te esperábamos para pasado mañana.

-He preferido incorporarme hoy, para ver los asuntos pendientes -aclaró el joven-. Me gusta empezar la semana sabiendo lo que voy a encontrarme.

-¿Asuntos pendientes? -el Secretario aparentó cara de extrañeza- Este Juzgado es de lo más tranquilo. Desde que se fue el anterior Juez, hace ya tres años, las demandas las lleva el Juzgado de Cobaleda.

El Secretario era un hombre mayor, de talante jovial, despreocupado. El joven juez se había levantado del sillón al verlo entrar y había avanzado unos pasos hacia él, para estrecharle la mano. Acababa de cumplir veintiséis años, estaba soltero, y cuanto conocía de la vida lo había aprendido de los libros. Su rostro pálido y lampiño, sus gafas gruesas de miope y la chaqueta de tres botones completaban su aspecto necesitado de mejores cuidados.

-Te invito a tomar algo, y te explico los detalles -continuó el que acababa de llegar; llevaba la camisa abierta, por la que asomaba una cadena de oro en la que el joven creyó identificar un símbolo fálico-. Así, además, llamamos al oficial y lo conoces también.

-¿No será mejor quedarnos aquí, en mi despacho? -replicó, en un tono demasiado severo-. No he podido entrar, porque la puerta está cerrada, pero supongo que Vd. tendrá la llave.

-¿La llave? -el Secretario manipulaba en exceso, utilizando cada palabra como pretexto para mover las aspas de sus brazos-. Debería estar en el cajetín de la entrada. Pone: «Despensa».

-¿Despensa? -se sorprendió el juez. Aunque aquél era su primer destino y los cinco años de preparación para la oposición a judicatura, que había obtenido a la segunda, habían sido intensos, no por ello carecía de capacidad de asombro. La pregunta le surgió, espontánea, porque, en realidad, había creído entender «dispensa».

-Es una forma de llamarlo. Como no está ocupado desde hace tiempo, se ha venido usando como almacén. -aclaró el otro- El juez de Cobaleda hace algunos meses que no pasa por aquí, si le soy sincero.

-Me gustaría ver ahora el que va a ser mi despacho. Habrá que quitar todos los trastos que se hayan acumulado en él -replicó el joven, con disgusto; y, saliendo de la sala de vistas, se dirigió a la entrada de las dependencias, donde esperaba coger la llave. El Juzgado estaba en un segundo piso del edificio, y llegaba un olor a potaje de berzas desde la escalera.

-Lo siento, pero no puede. Al entrar aquí, he visto la puerta abierta y lo primero que hice fue mirar en el cajetín. No estaba la llave -al Juez le pareció que el Secretario estaba nervioso.-

-No entiendo. ¿Quién pudo llevarla, y por qué? -el joven empezaba a incomodarse; había algo en el aspecto del Secretario que no le gustaba; demasiado grande, demasiado altivo; demasiado distante. Seguro que no era Secretario por oposición; no le extrañaría que hubiese adquirido la función de responsable de la Secretaría por ser el oficial más antiguo. Claro que… en un Juzgado tan pequeño…

-Debió de cogerla el oficial, sabiendo que Vd. vendría el lunes, para tenerlo todo limpio y ordenado.

En el pasillo, pasaron forzosamente por delante de la puerta con el letrero, en el que se leía: «Sr. Juez» y, de forma instintiva, impulsiva, Pedro Pertuncho, el juez de Primera Instancia e Instrucción del Juzgado nº 1 de Robertillos del Condado, dio un empujón a la hoja de madera. No sabría decir porqué lo hizo. Tal vez, por secreta rabia, por incredulidad presunta, por quién sabe qué instinto doloso, aflorado sobre miles de páginas de lecturas de libros y libros de procesal, de civil, de derecho criminal, de filosofía del derecho.

La puerta se abrió con el golpe. Con asombro imposible de valorar, S. Sª el juez Pertuncho vio aparecer ante sí un inmenso montón de legajos, amontonados de cualquier manera, dispersos al azar por el suelo y por las estanterías, repartidos en paquetes de indescriptible factura sobre la mesa, y hojas, cientos de hojas de papel, algunas comidas ya por los ratones, las cucarachas y las termitas, alfombrando el suelo.

Con el aire que circuló desde la puerta a la ventana, aquella pirámide de inmundicia tuvo un momento fugaz de vitalidad, un soplo de frescor. Algunos papeles se levantaron tenuemente, y volvieron a caer con delicadeza, sobre el mismo lugar en el que se habían acostumbrado a yacer.

-Pensaba haberlo retirado hoy -se excusó el Secretario, que se quedó, rígido, a la puerta-. He traído la furgoneta. No queríamos causarle mala impresión.

Pedro Pertuncho comprendió que su primer trabajo como juez no iba a ser sencillo. No supo qué decir.

(Esperemos al lunes, a ver qué pasa.)

FIN

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La seguridad jurídica y los recursos

4 diciembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

En la magnífica revisión de la clásica película sobre el oeste americano titulada «Valor de Ley» («True Grit» en inglés), los sagaces hermanos Coen, recogen varios tiroteos dialécticos en torno a la cuestión de la justicia, mezclando mensajes sobre la forma de alcanzarla. Por cierto, el título de la versión en el español de España, que es magnífico como reclamo publicitario, introduce su propio mensaje en el guión, tergiversándolo, pues la cuestión va más de «verdaderas agallas» que de lo que significa la Ley, incluso para tomarse la justicia por propia mano.

En una escena inolvidable, de las muchas de que dispone esa obra maestra, cuando la adolescente Mattie Ross (interpretada por Hailee Steinfeld) quiere convencer al malo Lucky Ned (al que pone su cara Barry Pepper) para que la deje marchar libre, prometiéndole que le buscará un buen abogado que le defenderá de sus delitos, el forajido le contesta: «Lo que necesito es un buen juez».

Quienes estamos metidos en los berenjenales justicieros, apreciamos lo que es un buen juez, y hasta nos podemos arriesgar a definirlo: persona experimentada en la vida real, que conozca muy bien el Derecho, que venga del ejercicio de la abogacía (al menos, por algún tiempo), que actúe con independencia de cualquier presión y, sobre todo, que se lea los expedientes y resuelva con base en ellos, aplicando la Ley y la comprensión de los hechos y sus circunstancias.

Como estamos en un país que se mueve por profundidades misteriosas, e incluso abisales, tenemos muy pocos datos acerca de la fiabilidad de un juez. Otras veces escribí que los países anglosajones nos sacan terrible ventaja en esa necesidad de transparencia, hasta el punto de que se puede conocer la calificación que merece un juzgador, en relación con los procesos en los que ha intervenido y la sostenibilidad de sus fallos.

La seguridad jurídica depende también, y, en realidad, mucho, de las revisiones de las Sentencias que provoquen las Instancias Superiores. Si, por ejemplo, la tercera parte de las Sentencias de primera instancia civil son revocadas por las Audiencias Provinciales y, en no pocos casos, muchas han sido ejecutadas provisionalmente (gracias a las ya no tan novedosas disposiciones de la Ley de Enjuiciamiento específica que lo permiten), esa hipótesis -nada alejada de la realidad- da idea del caudal de actividad deconstructora que generan los procesos judiciales.

Un buen abogado -más bien, uno experimentado- puede, desde luego, construir todo un arsenal de recursos, demandas de revisión, apelaciones, quejas, protestos, impugnaciones, etc., que prolonguen el proceso, lo compliquen, lo encarezcan y desfiguren, haciendo que los más débiles económicamente se dejen la piel en el camino, incluso aunque hayan visto cumplidas provisionalmente sus expectativas en primera instancia.

Si los órganos superiores confirmaran con abrumadora mayoría las sentencias de los inferiores, se alcanzaría más calma en el maremágnum justiciero. Pero no echemos, ni mucho menos, la culpa de ese desequilibrio a la ignorancia (aparente, todo sea con el debido respeto) o a la falta de diligencia de los jueces de menos grado. En realidad, tampoco las Sentencias de las Audiencias se libran de pescozones de los magistrados del Supremo, ni éstos se ven libres, como la historia muestra, de anulaciones por parte del Constitucional o de los Tribunales europeos.

Tal vez no sea solo cuestión de que le toque al que pleitea un buen juez (además de poder confiar en que un buen abogado defienda sus razones y enuncie los hechos que le importan). La Justicia no es totalmente ciega y, mientras no se implante la fórmula general de que cualquier estamento pueda verse analizado en su labor por el pueblo al que representa en su función, en éste, como en otros órdenes, se generarán reductos de oscurantismo, secretismo y corporativismo.

Por eso, ayudaría a la transparencia del conocimiento de los senderos reales por los que anda la justicia que, además de ofrecer en los Informes Anuales algunos porcentajes, números insuficientemente desagregados de litigios entrantes, o de las causas resueltas en cada instancia y otros datos no muy inteligibles, tuviéramos más visión de lo que hace cada portador de puñetas, y de su eficacia y solvencia como contribuyente a la seguridad jurídica del paisanaje. Porque las Sentencias son públicas y las del Supremo generan, en su caso, jurisprudencia de obligada aplicación, pero, si hubiera muchos buenos jueces, y se utilizaran las herramientas informáticas y telemáticas como es debido, ¿harían falta tanto tiempo para resolver, serían necesarios tantos papeles acumulándose en legajos, habría tantos funcionarios, abogados, procuradores, clientes, testigos, curiosos, paseando su tiempo por los Juzgados?

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Problema de competencias

27 marzo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hoy, 27 de marzo de 2013, cuando, como vengo haciendo a diario desde hace ya bastantes años, me disponía a hacer una pausa en el trabajo posiblemente remunerado para escribir el Comentario de este blog, no tenía una idea precisa acerca del tema a elegir para dar rienda suelta a mi furor scribendi.

Iba a titular, en principio, la entrada con el apetecible interrogante «¿Ni caso a Nicosia?», pero me pareció que la cacofonía era tan evidente que debía haber sido utilizada por otros autores. Google me contestó, con la celeridad a la que acostumbra, que, de momento, solo había una coincidencia. Por cierto, en un blog muy interesante, cuyo autor es Luis Bagué.

Desistí, pues. Y, como temas no faltan, por desgracia nuestra y mayor gloria de los dioses que nos dominan, me decido por poner mis puntos sobre las íes ajenas ante el caso de las competencias judiciales para investigar la presunta financiación del Partido Popular merced a dádivas de empresarios aspirantes a la adjudicación de obras públicas (o agradecidos por ella).

Algunas de las mentes preclaras de nuestro país para cuestiones jurídicas ya han emitido su dictamen: la disputa dialéctico-procesal entre los jueces de la Audiencia Nacional Pablo Ruz y Javier Gómez Bermúdez, despojada por supuesto de cualquier sospecha de connotación ideológica, dada la independencia que es dogma de fe de nuestro estado de Derecho,  debe ser resuelta a la manera salomónica, esto es, amenazando con repartir al desgraciado infante entre los dos reclamantes del, por otra parte, por su aspecto aparente, maloliente pastel.

Como ninguno de los competentes juzgadores va a ceder su pretensión al otro, a diferencia de la verdadera madre bíblica, y para solaz de observadores ajenos a la jurisdicción y a la política, permanecerá largo tiempo la cuestión como disputa entre putativos, y ello, a pesar del apoyo que desde el palco prestó la Fiscalía a quien de los dos concedió mejores perspectivas.

No veo, por mi parte, dónde está el problema competencial. Una cosa es el desmadre provocado por los papeles de Bárcenas, (ex-tesorero del PP y vigente tocapelotas  de ese partido), aunque no sean suyos. Ese asunto es un delicioso arabesco lateral derivado del caso Gürtel (que es palabra alemana que significa cinturón, aunque también se emplea en geología para designar un cordón o barrera montañosa), por el que se están investigando cuentas en Suiza, evasiones fiscales y pagos extras no declarados fiscalmente por/a muy respetables -al menos, hasta ahora- mandos del tinglado político.

Y otra cosa muy distinta, mariposa, son las entregas de dinero por parte de empresarios  y altos directivos para agradecer que sus empresas hubieran sido adjudicatarias de obras de las calificadas como públicas, vía, naturalmente, los pertinentes concursos y pliegos de condiciones. Porque esta cuestión puede derivar, si se probara, en una figura delictiva que por el lado malo se llama cohecho, malversación y hasta prevaricación y por el otro, éxito comercial.

Aunque hay que tener cuidado con la profundidad con que se escarba o, mejor, se excava. Si, por un casual, al seguir revolviendo en los papeles (sean de Bárcenas o de otros) resultara fundada la sospecha de que todas (bueno, prácticamente todas) las empresas de construcción y servicios del país, para mantener sus tipos, han pasado por las cajas de todos (perdón, prácticamente de todos)  los partidos del país, el asunto puede derivar en un proceso general al sistema, confirmando que lo que tenemos, más que democracia es un apaño para salir de un paso.

De ser así, las consecuencias serían imprevisibles, incluso para mí, que, como ve el lector, hay días en que me siento bastante imaginativo. Si llegáramos al punto de que, levantando papeles, el asunto a juzgar fuera la corrupción total que se hubiera instalado en nuestro pequeño país, solo cabría esperar a que se hiciera justicia en el otro mundo.

¿Ni caso a Nicosia?. Más nos valdría hacerle caso, por si acaso. Porque los guardianes de la aldea global siempre han sido expertos en elegir sus bancos de pruebas en donde someter a sus bucos emisarios (Prügelknabe, en alemán, chico recogetortas en español) a cuidadosos procesos de tortura, hasta que confiesa que sí que él ha sido, el único culpable.

Y en el asunto de la corrupción, creo que por aún ignotas razones, nos han pillado como macho cabrío expiatorio de la ética universal, violada múltiple y acurrucada en una esquina.

Publicado en: Derecho, Internacional Etiquetado como: Bárcenas, caso, Chipre, competencias, cuestiones jurídicas, derecho, Gómez Bermúdez, juez, Luis Bagué, Nicosia, Partido Popular, rescate, Ruz

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