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La cuarta dimensión

9 noviembre, 2016 By amarias Deja un comentario

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Contra todos los pronósticos que se hacían desde nuestro pequeño país, y a despecho de las buenas vibraciones que le enviaban a su opositora casi todos los responsables de las ejecutivas europeas, Donald Trump será el nuevo Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

La campaña que le llevó a encumbrarse como máximo dirigente del país aún más poderoso de la Tierra ha sido incomensurable. Defendió Trump, y no solo metafóricamente, la necesidad de establecer barreras frente al mundo exterior para conseguir reactivar la economía norteamericana con los mimbres estrambóticos de hacer que las grandes empresas paguen menos impuestos, expulsar a millones de irregulares que hacen el trabajo sucio, reducir las ayudas al desarrollo internacional a países en los que se fomentan las guerras civiles y olvidarse de majaderías reconocidas por la comunidad científica como los males de la contaminación industrial y las consecuencias catastróficas del deterioro del medio ambiente.

En sus discursos,para conseguir ocupar de manera convincente las primeras páginas y los prime time de todos los media, incluidas las conversaciones en círculos privados,  insultó a rabiar a la candidata demócrata, Hillary Clinton (a la que trató de enferma mental, de incapaz, de filtrar secretos de estado), a los mexicanos -en las propias barbas de su presidente-, a los inmigrantes regulares y clandestinos (sin apreciar que su mamá era escocesa y sus abuelos, alemanes), a los musulmanes (a los que confundió con terroristas), a las mujeres (a las que presentó como proclives a sucumbir sexualmente ante los encantos del dinero)…Destruyó con un par de martillazos la imagen de cooperación internacional y no tuvo problemas en cuestionar la defensa de los valores democráticos y, sobre todo, de ayuda social, de los que Barak Obama, el presidente saliente, había hecho su estandarte. Negó el cambio climático…

59.182.321 de norteamericanos no pueden estar equivocados, sin embargo. Son, desde luego, unos cuantos votos menos de los 59.349.282 que consiguió la candidatura derrotada, que, dada la magnitud de la cifra, tampoco pueden estarlo. Así que el bipartidismo ha generado su monstruo perfecto: han aflorado nuevamente las dos caras de la bifronte nación americana.

El elefante y el burro tienen otra vez la misma fuerza, pero esta vez el candidato ganador no tuvo necesidad de aparentar que las dos opciones se acercaban a un punto medio. Trump  pudo mostrarse tal cual es, sin ambages, ahondando en el precipicio entre republicanos y demócratas. ¿Por qué iba a utilizar la politica? ¡El es un empresario de éxito en el país de las oportunidades!. Eso le permitió ser mentiroso, despótico, despreciativo de los políticos, antisistema, reaccionario, incoherente, defraudador, misógino, xenófobo, etc. Su exceso de munición dejó la pantalla de juego llena de agujeros en su caza de marcianitos.

Ni siquiera puede objetarse nada contra el sistema electoral de ese curioso super estado que, utilizando una modalidad del strip póker, permite atribuir todos los escaños que corresponden a cada uno de los 50 estados que lo componen, a la candidatura más votada en él, lo que permitió a Trump obtener 290 escaños en el Congreso frente a los 232 de Hillary Clinton. ¿Quién se atreverá ahora a criticar al país que es modelo de democracia, paladín de la defensa de los valores occidentales?

Para los que estamos convencidos, por las evidencias anteriormente acumuladas por la Historia, que hay una cuarta dimensión física desde la que actúan las poderosas fuerzas de lo ilógico, lo acaecido no  es sino una prueba más de su existencia. Suceden así las cosas porque se trata de hacer  el camino de la Humanidad hacia su autodestrucción, más entretenido. Ya se sabe que las películas con desastres, villanos pésimos, malos con doble fondo sentimental, buenos inocentes y torpes, mujeres exuberantes, tipos con tupé, lacrimales para cocodrilos, sufrimientos inesperados, muertes súbitas, caídas de resbalón, son más divertidas.

Utilizo, en fin, como ilustración de este Comentario una sección del Cuadro «La cuarta dimensión», justamente aquella en la que he representado a una joven que está haciendo el ejercicio intelectual de penetrar en ella. Es una pintura mixta (óleo y acrílico), de gran formato para lo que yo suelo hacer, y relativamente reciente (2014). Sobre la mesa, se encuentra la banda de Moebius y la botella de Klein. La representación sobre un plano de un cubo de cuatro dimensiones es sugerida desde la misma tabla en la que apoya su brazo la pensadora. (1)

No le tengo miedo, por supuesto, a Trump. Estoy lejos para respirar de su aliento y soy mayor para que me asuste un fantoche. He oído su discurso de ganador y también el de Clinton, defendiendo la necesidad de apoyarlo, en virtud de los valores democráticos, el reconocimiento del vencedor y sus argumentos sobre la defensa de los suyos, y todas esas cosas que hacen llorar a los simpatizantes y bramar de alegría a los seguidores del victorioso.

Es curioso, por cierto, que Hillary haya tenido tantos apoyos relevantes (aparentemente) que resultaron inútiles, en tanto aparecía que su contrincante se movía solo por los escenarios iluminados llenos de lentejuelas de los diferentes Estados.

Pero, en verdad, no estaba solo. Faltó ver la cuarta dimensión, aquella en la que se mueven las fuerzas de lo ilógico para todos los que solo nos obstinamos en ver desde las tres dimensiones. Allí, en la cuarta, moran los intereses económicos más poderosos, las voluntades de poner trabas en las ruedas del avance social, los que alzan muros de incomprensión ante las voluntades de acceder al bienestar por parte de los más débiles.

También están allí los que se encargan de convencer, con argumentos cuya coherencia no se sostiene intelectualmente, a los suficientes millones de votantes indecisos, perdidos en el bosque de la complejidad de los intereses, y que otorgarán, con su decisión contra natura, desafiando lo que aparecería como lógico, la presidencia del país que aún es el más poderoso de la Tierra a uno de los demiurgos que conectan la cuarta dimensión con el mundo real.

Donald Trump, congrats. You won; how much we lost with your victory?

—

(1) La idea ya la recogí en otros comentarios de mi amplia producción literaria. La banda de Möbius es un falso objeto tridimensional superficie, ya que puede recorrerse de cabo a rabo con un bolígrafo, sin necesidad de levantarlo de ella. Se consigue uniendo los extremos de una cinta, girada sobre sí misma. La botella de Klein es una botella que no es capaz de contener ningún líquido, porque, aunque aparenta estar cerrada, se vuelca sobre sí misma. Se la puede construir hundiendo, por ejemplo, el fondo de una botella de las de sidra o cava y estirándolo hasta que, una vez se haya atravesado uno de los laterales, se le haga conectar con la boca del recipiente.

En cuanto a la representación en el plano del cubo de cuatro dimensiones… lo dejamos para otro día, ¿no?

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: ambiente, Arias, Clinton, cubo, dimensión, elecciones, estados unidos, expulsión, inmigración, Klein, mexicano, Moebius, Obama, sociedad, triunfo, Trump

El Informe Barquisimeto (13): Capitalismo frente a Economía Centralizada

15 abril, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Los integrantes del Equipo de Trabajo debemos reconocer que el análisis de la situación mundial desde la perspectiva, obligada por la personalidad del Grupo de Solicitantes del Informe, de aquellos que están dirigiendo sus actuaciones con base en la economía centralizada ha sido muy sugerente.

En el fondo, la cuestión que hemos tratado de resolver, como científicos y estudiosos educados en las Universidades con orientación liberal, colocándonos hipotéticamente en la piel de las fuerzas oscuras que pretenden, desde la negación del capitalismo, el mismo objetivo de la completa dominación mundial, sirvió para poner de manifiesto las amplias similitudes entre ambos bloques ideológicos.

En ambos sistemas, los poderes visibles son simples instrumentos con un doble propósito: ocultación de la identidad de los poderes reales, a los que suplen como sus mandatarios, y el servir de ejecutores, no pocas veces de forma inocente o inconsciente, de sus órdenes. La forma sutil en que se realiza esta suplantación de identidades es, sin lugar a dudas, una genialidad experimentada a lo largo de los siglos y convertida en una mecánica de acción irrefutable.

La selección de quienes han de ostentar las posiciones de liderazgo en regímenes neocapitalistas como estatalistas es similar: oscura, despiadada, grupal. En cualquiera de los llamadas instituciones, sean organizaciones corporativas, grandes empresas, partidos políticos, estamentos funcionariales, incluso (o, sobre todo) entre los encargados de funciones judiciales, y todos ellos independientemente de su signo  u orientación confesos, se abortan las iniciativas democráticas o de apertura tan pronto como se detectan: el objetivo irrenunciable es la reproducción de los mismos esquemas, consolidados en la costumbre, el falso mérito, la primacía concedida a la defensa del estatus grupal o familiar, la repetición, en fin, alegando que es lo que mejor funciona, de lo que se ha convertido en forzada tradición, y de todo lo cual son baluartes inexpugnables los que ya están allí, en la cima, especializados en arrojar su aceite hirviendo sobre los candidatos que no sean de su agrado y no hayan confesado fidelidad sin tapujos..

A esta postura autoregenerativa del inmovilismo se une, como instrumento de refuerzo, el miedo de la masa al cambio. Se aprovecha el inmenso pavor a lo desconocido que posee la especie humana, por naturaleza timorata y, como colectivo, nada arriesgada. La experiencia colectiva, incrustada como instinto en los genes individuales, es indicativa de que quienes se arriesgan, separándose del grupo, diferenciándose, son devorados. La propia masa es, no pocas veces, la ejecutora del castigo del que se diferencia, sometiéndolo a un implacable linchamiento.

La combinación interesada e inteligente -en el sentido de enfocada correctamente al objetivo- de las ambiciones y de las debilidades de la especie humana, ha permitido a las verdaderas fuerzas superiores experimentar desde estas dos posiciones aparentemente contrapuestas -capitalismo liberal y economía estatalizada-, en una modalidad cósmica de juego solitario o de partida de ajedrez en la que el mismo jugador mueva las fichas tanto de las blancas como de las negras.

Por eso, en estos momentos en que el juego está llegando a su fin -al menos, para la especie humana- los entrelazamientos de ambos sistemas hacen, a veces, muy difícil distinguir qué ideologías o qué propósitos son utilizados por cada uno en determinados contextos. No nos dejamos engañar, sin embargo, los componentes de este Equipo de Trabajo, que estamos convencidos de que las eventuales concomitancias entre los dos sistemas son solo manifestaciones de su sentido utilitario. Como el objetivo del jugador único es ganar como sea, no tiene problemas en retirar una ficha del tablero, recuperar otra ya eliminada o, incluso, repetir algunas de las jugadas para contemplarlas desde otra perspectiva.

Solo así quedarán explicadas las alianzas temporales entre el gobierno chino y el estadounidense (para solicitar al de Corea del Norte que disminuya la tensión, pero también para minimizar un conflicto que no tuvo más finalidad que la de distracción). De esa manera se entenderá la globalización que supuso la incorporación de modelos de la explotación capitalista a sociedades comunistas (y viceversa) y, en fin, las anodinas reuniones de coordinación de los G-8, G-20 o las multitudinarias asambleas de la ya inmensa, pero no más eficaz, parafernalia asociativa de los países, gobernantes y funcionarios.

Esta, posiblemente, prolija explicación de nuestra visión de lo que pudiera estar sucediendo, no nos impedirá reconocer que la orientación de las fichas del hipotético tablero al que nos hemos dirigido, es inequívoca hacia el triunfo, previo a la gran hecatombe final, de la economía anticapitalista, esto es, de la gran revolución comunista, en la que se conceda al Estado centralizado el dominio del orbe y se reconozca la total subordinación del individuo a lo grupal, dejando solo el espacio de la intimidad no compartida con nadie para que cada uno busque, en el caso improbable de que le hubieran quedado ganas, su satisfacción personal.

Publicado en: Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: anticapitalismo, capitalismo, China, dominio, economía centralizada, fuerzas oscuras, Informe Barquisimeto, objetivo, triunfo

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