Al socaire

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Miedo a la vida

1 noviembre, 2018 By amarias 1 comentario

En las calles de la ciudad donde vivo, me crucé ayer -víspera de la festividad católica de Todos los Santos- con muchos infantes que lucían, divertidos, al salir de la escuela, sus rostros pintados, aparentando, con mayor o menor fortuna, ser reflejo de muertos vivientes. Con sus ojeras marcadas,  pómulos ennegrecidos o dentaduras rotas, no daban miedo, por supuesto, sino que suscitaban ternura por su inocente representación.

Esa noche, los mayores organizan, en esta España acomodaticia a lo que significa diversión sin frenos, masivas fiestas, en copia infiel del Halloween americano, a las que se acude con los atavíos más complejos, que incorporan seductores delantales para brujas encantadoras que dejan ver hasta el final de los muslos, guerreros con sus cráneos sangrantes perforados por hachas  y cuchillos, y muchas otras evocaciones de la muerte y sus daños físicos.

Este carnaval de final del otoño, tiene un significado perdido y se ha quedado en lo que más importa al cuerpo, que es el jolgorio, en sus variadas evocaciones pasionales. Ya pocos de los más jóvenes -digamos, de los sesenta para abajo- van a los cementerios, ni en esta fecha del uno de noviembre ni en el siguiente día, llamado de Difuntos. Se da sepultura a los difuntos y se pasa página, cumpliendo a conciencia el rito del vivo al bollo y el muerto al hoyo. Pareciera que, al dejar los muertos en su paz, los cementerios se perfeccionan año tras año como lugar de reposo -al menos, por los noventa y nueve años que dura la perpetuidad legal, o incluso muchos menos, si necesita el responsable del campo más espacio, o se precisa mover la mojama por caprichos de redención histórica, o… hay una demanda de paternidad por medio-.

Entiendo correcto y muy moderno, no tener miedo a la muerte. Si el final nos pilla en un Hospital, tras una enfermedad bien solventada en sus dolores, y se nos aplica la dosis conveniente de somnífero, los expertos que asistieron a cientos de finales se ratifican que el paciente moribundo se va al otro barro (sic) con una sonrisa de estulticia, como quien entra en un sueño después de una borrachera.

Lamentable es, desde luego, que haya cientos de miles de desgraciados que vean su final huyendo de la hambruna o de la miseria, ahogados en los mares que lindan con la prosperidad aparente o mantenidos a raya con dispares letales desde muros insuperables, pero no hay peligro, parece, de que eso nos suceda a nosotros. Lamentable es que haya lugares en esta esfera achatada que es un mínimo punto en el cosmos, donde las gentes prueban en los de enfrente armas cada vez más precisas y con capacidad letal asumible por la conciencia de sus usuarios y fabricantes y que, como efectos colaterales, haya millones de anónimos espectros aún vivos (por poco tiempo) que se vean obligados a deambular con su nada a cuestas, pidiendo compasión.

No tengamos miedo a la muerte. Aún en los casos más violentos, el acto final dura relativamente poco y el cuerpo y la mente están preparados para soportarlo; no hay otro remedio. Tengamos miedo a vivir sin ideales, sin convicciones, compartiendo la existencia con el egoísmo y el desprecio. Tengamos miedo a que nuestra vida haya sido inútil, vacía, despilfarradora de ocasiones y afectos. No se trata de ser un sabio, ni un santo, ni un héroe, ni de pasar a la historia pequeña de la humanidad.

Podría parecer un mensaje desde el púlpito, aunque ni tengo autoridad ni pretendo la peana. Es una lectura en voz alta de mi propia desorientación, el reconocimiento de mis temores y tremendas limitaciones. Se trata de conseguir estar a bien con uno mismo, ser consciente de haber hecho, cuanto menos, lo posible.

A una vida perdida en la frivolidad es a la que habría que tener miedo. Formamos parte, -quiero verlo así, por encima de credos, mandatos, falacias y promesas  de una existencia atemporal-, de un colectivo en marcha permanente hacia su perfección. Como individuos de esa especie racional que tenemos circunstancialmente el soplo de la vida, nos debemos a los demás y a ese objetivo.

Nuestra aportación, por pequeña que sea, debería someterse al propósito de mejorar a la Humanidad en su camino para desbrozar el misterio de la existencia. ¡Qué difícil resulta no equivocarse, con tantas tentaciones para claudicar, espejismos a seguir, necios poniendo zancadillas!

Buen día de Difuntos, amigos vivos.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: cementerio, difuntos, exisencia, fin, Halloween, humanidad, muerte, objetivo, propósito, proyecto vital, vida

El joven imprudente y el taxista tozudo

6 enero, 2016 By amarias 3 comentarios

Entre los curiosos sucesos de la vorágine de final de año, me llamó la atención especialmente el grave accidente sufrido por un joven que tuvo la ocurrencia de encaramarse al techo de un taxi, y que, habiendo sido invitado por el conductor a bajarse, se empecinó en mantenerse en esa peligrosa plataforma, con el obvio resultado de que, cuando el taxista puso el vehículo en marcha, al doblar una esquina, salió despedido y se rompió la cabeza contra la acera.

La historia, siendo real, me parece aplicable también como metáfora a la actual situación de la política española, y en los frentes tanto general, como local. Si, salvando el que el asunto verídico está aún bajo investigación judicial, se me permite suponer que ambos -jovenzuelo y guía- no estaban en perfecto uso de sus facultades mentales, encuentro similitudes en el comportamiento de los que se presumen líderes de opinión -conductores del vehículo colectivo-, empeñados en ponerse en marcha sin haber elegido el destino, y la sociedad danzante sobre el capó, inconsciente de que la sensatez aconseja bajarse del carro y discutir a dónde se quiere ir, y cuál será el precio de la carrera.

Si estuviéramos hablando de cocina, diría, siguiendo con el gusto por las metáforas, que estamos en un momento en que se cargan tintas para que llamar la atención sobre lo que se guisa antes de probarlo, poniendo nombre rimbombante al menú y sirviéndolo con pinzas y lente de aumento en plato grande.

Pero lo que se está cocinando hoy en nuestra sociedad, y específicamente en la española, tiene un sabor amargo, porque a los ingredientes de carne y de pescado que vienen frescos de la plaza común, se le están aportando al buen tuntún, por aprendices de brujo e infiltrados en cocina, estas delicadas especies: improvisación, dejación, desprecio e ignorancia.

Tengo para mí que hay una parte nada despreciable de la población española en edad de discernir que no saben lo que quieren aunque están muy dispuestos a admitir lo que no quieren.  Faltándoles conocimiento, tiempo o ganas, se incorporan, por gracia, devoción, omisión o simple inercia, al ideario elemental difundido por monologuistas más adecuados para el Club de la Comedia que para tomar las riendas del carro colectivo.

Resultado: entre quienes se han esforzado en presentarse con su lado más seductor, con las  entradillas más graciosas y los estirados de piel propia y despellejamiento de contrario más logrados, el público asistente ha seleccionado los cuatro o seis actores que merecerían pasar a la siguiente fase del concurso.

Solo que no estamos en un concurso, sino que nos jugamos el futuro.

En uno de los grupos vocingleros, están los que aseguran que lo que necesitamos para curarnos del mal que tenemos -antes incluso de diagnosticar su naturaleza- es una nueva República, que sería, por tanto, la tercera; pero, en lugar de echar mano a los conceptos, se prefiere echar mano a los símbolos, colando en cada oportunidad la bandera tricolor (que es enseña prestada), el menosprecio a la Constitución o el gusto por las algaradas (de las que la procesión en Valencia de tres señoras y su séquito de fantasías, en época de cabalgatas de Reyes Magos, representando a la Libertad, la Fraternidad y la Igualdad, ataviadas con disfraces que apuntaban a su identificación con animadoras de salones para un western, es la última ocurrencia).

Están también, en otro grupo, los que gritan que se vive mejor de forma insolidaria; no es éste, principio de acción nuevo, ni ha germinado solo entre ciertos catalanes. Lo cultivan también serenísimos ingleses y franceses, no pocos montaraces norteamericanos, muchos intuitivos israelíes, turcos, sudaneses, marroquíes,…Vamos, que se estila en todos y cada uno de los rincones del globo, cercanos como lejanos, y se buscará siempre el amparo en la supuesta supremacía de una etnia, una religión, una intuición.

Para los que hemos sido educados en la religión católica (y hemos evolucionado, serenamente, hacia el agnosticismo), crecido en el seno de una dictadura (y sabemos, por tanto, lo que implica vivir en democracia), conocemos, por la teoría como por la práctica, la libertad de mercado (y hemos comprendido sus limitaciones); para quienes creímos en la igualdad de oportunidades (y hemos visto cómo se la transformaba en una fórmula para proteger clanes y determinados intereses), en la fortaleza conseguida desde el respeto a los demás (y lamentamos cada muestra de su incumplimiento, porque nos debilita), en la importancia de las ideas y del intercambio de opiniones para encontrar las mejores con las que avanzar (y asistimos, rebeldes, a la imposición de criterios, al aturdimiento que se pretende provocar desde el griterío, a la trampa fácil de la ocultación de evidencias), …para todos aquellos que, dudando acerca de la forma preferible, y, por tanto, sin concederle la importancia decisiva, hemos consolidado un núcleo corto de razones al que adscribirnos sin reservas, … todas esas posturas de coetáneos que defienden las formas y no presentan sus fondos y las concretas maneras de avanzar, nos parecen añagazas.

Porque sí, hay que progresar, y rápido, hacia la mayor igualdad (que no es uniformidad, sino estímulo para diferenciar para conseguir el óptimo colectivo), hacia la mayor libertad (que, claro que no es libertinaje, sino respeto a la frontera de la intimidad del otro), hacia una coherente fraternidad (que no es contubernio de amiguismos, sino sensibilidad social para reconocer los méritos y las necesidades de los demás), y la forma de conseguirlo de manera eficiente es muy dura: abandonando muchos de los propios intereses, siendo espléndido para compensar las desventajas con las que parten los demás.

Se ha avanzado mucho, en España, por múltiples razones, en muy buenas direcciones. Sin embargo, el edificio en el que se acumulan los logros, presenta grietas evidentes (y otras, más ocultas). Lo sensato sería estudiar por qué, y analizar cómo incrementar los unos y apuntalar o corregir las otras.

No hay que improvisar, ni pretender ser los primeros de la clase, desconociendo que el ritmo lo están marcando otros y que una carrera de resistencia no se gana por ir en cabeza los primeros metros. Tampoco se debe destruir lo que se tiene, si funciona bien o no molesta para el viaje.

Algunos quieren convencernos de que la fórmula salvífica es apelar a la tradición -recogiendo del arcón del pasado unos unos ritos y pretendiendo ridiculizar, de paso, otros-, son traiciones, invasiones en el terreno de las creencias y derechos de otros. No hay que ver como inocuas ni inocentes esas intromisiones: si se hace mofa de una religión, una postura política, una etnia, se está pretendiendo marginar a los que la practican, la defienden o pertenecen a ella; si se denuncia que otros nos están robando bienestar, y se oculta el latrocinio de quienes tuvieron al lado, se está sirviendo de cómplice y no de guía.

Mi sugerencia, pues, es apearse del vehículo sin perderlo de vista, invitar a los que conducen o quieran conducir a que también lo hagan y, ya serenos todos y decidido a dónde queremos ir y lo que cuesta, volvamos a montarnos.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Constitución, democracia, fines, joven, objetivo, partidos políticos, programa, taxista

Algo por lo que ilusionarse

7 junio, 2014 By amarias 2 comentarios

«Por Dios, por la Patria y el Rey»,  han sido históricamente los tres conceptos sublimes por los que merecía la pena luchar y morir, al menos en las cristianas belicosidades que formaban el mosaico europeo de nacionalidades.

Ese mensaje trascendente fue recogido, de una u otra forma, en no pocos himnos y cánticos, pero pocos alcanzaron la rotundidad con la que se recogió el patriotismo, la religiosidad y la devoción al monarca que creían más legitimado para gobernarlos, con los que los carlistas festejaban la victoria de Oriamendi  1837) sobre los cristinos. Por esa triada superior «lucharon» (en otras versiones, incluso se dice, «murieron») «nuestros padres/ por Dios», y «por la Patria y el Rey/lucharemos nosotros también». (1)

Hasta en la guerra incivil española de 1936, un siglo más tarde, la arenga fue incorporada sin reparos por el bando sublevado -luego triunfador-, y luego sería cantado, no solo como himno de los requetés, en institutos y colegios de la postguerra por inocentes criaturas dirigidas sus voces por otras adultas nada inocuas («Cueste lo que cueste/ se ha de conseguir/ que los boinas rojas/ entren en Madrid»… «defendiendo todos juntos la bandera de la santa Tradición»).

Tiene que ser decepcionante,  si queda en nuestro convulso país alguien idealista, que esos tres conceptos no solo hayan caído en desuso como elemento inspirador de los ánimos y los cánticos, sino que hayan sido  sustituidos por otros sin el menor misterio.  Porque ni «la roja», ni «Ronaldo», ni «Shakira» ni «Beyoncé» (cito al azar) o cualquiera de esos ídolos de carnes y huesos que mueven el fervor de los jóvenes, tienen el encanto poético de un Dios omnipotente, una Patria ahíta de hazañas bélicas contra pérfidas albiones, califas malandrines o caudillos impíos.

Por no decir de un Rey, al que Dios salve, que represente el aglutinante, el liante pegamento que relacione las dos esencias anteriores, conectando la vulgaridad doliente con lo que es inalcanzable, abstracto, metafísico, poniendo poesía y magia de la buena a la monotonía de nuestras vidas.

Un grupo de jóvenes universitarios parece haber encontrado una vía de ilusión en las elecciones europeas de mayo de 2014. El análisis serio y ponderado, realizado por mentes sesudas, de lo que pretenden, ha revelado que su programa -o lo que fuera- es irrealizable, por costoso y por utópico.

No se han dado cuenta estos sensatos, que los símbolos que han movido a la humanidad son, justamente, intangibles, etéreos, inextricables. Lo que necesitamos es algo por lo que ilusionarnos. Cuanto más incomprensible e inexplicable, mejor.

—

(1) Pertenecí durante cierto tiempo al grupo de chavales incompetentes (para entender de tradiciones) que creían incluso que ese era también el himno de las «tropas rojas» que querían volver a entrar en Madrid, después de haberlo perdido para la República, pues hasta tan punto se nos había teñido de rojo todo lo que no era franquista.

 

Publicado en: Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: 1837, 1936, Dios, fin, ilusión, inextricable, Monarquía, objetivo, Oriamendi himno, Patria, República, rey

El efecto Falacia y las consecuencias de la caída del mentiroso

24 abril, 2013 By amarias2013 1 comentario

La idea del «efecto falacia» no es una creación mía. Que quienes tienen alguna forma de poder utilizan su conocimiento de las realidad para tergiversarlo, ofreciendo a quienes poseen menos información una opinión contraria, a sabiendas, respecto a lo que creen más probable, es bastante habitual.

También tenemos claro lo que pretenden los que actúan así: conseguir que una parte de los que les escuchan , actúen de forma diferente a lo que harían de tener la información de que dispone el inductor y, por tanto, mejoren las expectativas de beneficio de éste.

La rentabilidad del efecto falacia depende directamente de la posición de credibilidad del presunto mentiroso.  Eso lo saben bien quienes promueven a puestos de relevancia a ciertas personas, a las que previamente han revestido de un manto de perfección casi sobrenatural.

Podemos encontrar muchos ejemplos, y algunos muy buenos, sobre el efecto falacia y sus consecuencias positivas para quienes jugaron con él a favor. Casi todos los partidos políticos, en período electoral, lo utilizan. Las Juntas Generales de las grandes empresas están pobladas de momentos en los que se cuida el efecto falacia. Diría más: una parte muy alta, desde luego, excesiva, de las actuaciones propuestas por los dirigentes en quienes confiamos están fundadas en el efecto falacia.

Habrá algún ingenuo que piense que no siempre la intención de quien promueve la falacia es perverso, y que puede estar motivado para evitar un mal mayor: por ejemplo, si un Presidente de Gobierno afirma que se ha tocado fondo en la crisis o que la solvencia del sistema bancario del país es de las mejores del mundo, puede estar cruzando los dedos para que se lo crean otros que están en posición de perjudicar a los que desea proteger y evitar así que se le caigan los palos del tenderete.

Pero se comprenderá que los que tienen más información no se van a creer algo así, y, por tanto, lo que se pretende es que los crédulos no armen alboroto, sigan haciendo lo mismo, y, al introducirse más profundamente en el barro se lo pongan más fácil a los que están en mejores condiciones para juzgar que lo que se está diciendo oficialmente tiene es, con gran seguridad, falso.

No tiene el mismo valor para un oyente sin criterio previo, desde luego, oir que la Directora del Fondo Monetario Internacional opina que es importante tener un sistema bancario sólido como forma eficiente de canalizar a su través los préstamos con los que impulsar el crecimiento, antes o después de ser investigada por la policía francesa bajo la acusación de haber favorecido a un amigo empresario, de su misma cuerda ideológica, compensándolo generosamente en un arbitraje sobre la valoracón de la participación en Adidas que había vendido previamente al Crédit Lyonnais.

Se pueden poner otros muchos ejemplos del efecto Falacia, aunque lo que me interesa hoy es resaltar sus seguras consecuencias: cuando se produce la caída del mentiroso, se buscará por quien corresponda un sustituto de credibilidad intachable. Porque el objetivo seguirá siendo el mismo: engañar a los que saben menos para que hagan lo que beneficia a los que quieren tener más, teniendo ya mucho.

Publicado en: Economía Etiquetado como: amistad, arbitraje, credibilidad, Credit Lyonnais, efecto falacia, engaño, ingenuo, Lagarde, objetivo

El Informe Barquisimeto (13): Capitalismo frente a Economía Centralizada

15 abril, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Los integrantes del Equipo de Trabajo debemos reconocer que el análisis de la situación mundial desde la perspectiva, obligada por la personalidad del Grupo de Solicitantes del Informe, de aquellos que están dirigiendo sus actuaciones con base en la economía centralizada ha sido muy sugerente.

En el fondo, la cuestión que hemos tratado de resolver, como científicos y estudiosos educados en las Universidades con orientación liberal, colocándonos hipotéticamente en la piel de las fuerzas oscuras que pretenden, desde la negación del capitalismo, el mismo objetivo de la completa dominación mundial, sirvió para poner de manifiesto las amplias similitudes entre ambos bloques ideológicos.

En ambos sistemas, los poderes visibles son simples instrumentos con un doble propósito: ocultación de la identidad de los poderes reales, a los que suplen como sus mandatarios, y el servir de ejecutores, no pocas veces de forma inocente o inconsciente, de sus órdenes. La forma sutil en que se realiza esta suplantación de identidades es, sin lugar a dudas, una genialidad experimentada a lo largo de los siglos y convertida en una mecánica de acción irrefutable.

La selección de quienes han de ostentar las posiciones de liderazgo en regímenes neocapitalistas como estatalistas es similar: oscura, despiadada, grupal. En cualquiera de los llamadas instituciones, sean organizaciones corporativas, grandes empresas, partidos políticos, estamentos funcionariales, incluso (o, sobre todo) entre los encargados de funciones judiciales, y todos ellos independientemente de su signo  u orientación confesos, se abortan las iniciativas democráticas o de apertura tan pronto como se detectan: el objetivo irrenunciable es la reproducción de los mismos esquemas, consolidados en la costumbre, el falso mérito, la primacía concedida a la defensa del estatus grupal o familiar, la repetición, en fin, alegando que es lo que mejor funciona, de lo que se ha convertido en forzada tradición, y de todo lo cual son baluartes inexpugnables los que ya están allí, en la cima, especializados en arrojar su aceite hirviendo sobre los candidatos que no sean de su agrado y no hayan confesado fidelidad sin tapujos..

A esta postura autoregenerativa del inmovilismo se une, como instrumento de refuerzo, el miedo de la masa al cambio. Se aprovecha el inmenso pavor a lo desconocido que posee la especie humana, por naturaleza timorata y, como colectivo, nada arriesgada. La experiencia colectiva, incrustada como instinto en los genes individuales, es indicativa de que quienes se arriesgan, separándose del grupo, diferenciándose, son devorados. La propia masa es, no pocas veces, la ejecutora del castigo del que se diferencia, sometiéndolo a un implacable linchamiento.

La combinación interesada e inteligente -en el sentido de enfocada correctamente al objetivo- de las ambiciones y de las debilidades de la especie humana, ha permitido a las verdaderas fuerzas superiores experimentar desde estas dos posiciones aparentemente contrapuestas -capitalismo liberal y economía estatalizada-, en una modalidad cósmica de juego solitario o de partida de ajedrez en la que el mismo jugador mueva las fichas tanto de las blancas como de las negras.

Por eso, en estos momentos en que el juego está llegando a su fin -al menos, para la especie humana- los entrelazamientos de ambos sistemas hacen, a veces, muy difícil distinguir qué ideologías o qué propósitos son utilizados por cada uno en determinados contextos. No nos dejamos engañar, sin embargo, los componentes de este Equipo de Trabajo, que estamos convencidos de que las eventuales concomitancias entre los dos sistemas son solo manifestaciones de su sentido utilitario. Como el objetivo del jugador único es ganar como sea, no tiene problemas en retirar una ficha del tablero, recuperar otra ya eliminada o, incluso, repetir algunas de las jugadas para contemplarlas desde otra perspectiva.

Solo así quedarán explicadas las alianzas temporales entre el gobierno chino y el estadounidense (para solicitar al de Corea del Norte que disminuya la tensión, pero también para minimizar un conflicto que no tuvo más finalidad que la de distracción). De esa manera se entenderá la globalización que supuso la incorporación de modelos de la explotación capitalista a sociedades comunistas (y viceversa) y, en fin, las anodinas reuniones de coordinación de los G-8, G-20 o las multitudinarias asambleas de la ya inmensa, pero no más eficaz, parafernalia asociativa de los países, gobernantes y funcionarios.

Esta, posiblemente, prolija explicación de nuestra visión de lo que pudiera estar sucediendo, no nos impedirá reconocer que la orientación de las fichas del hipotético tablero al que nos hemos dirigido, es inequívoca hacia el triunfo, previo a la gran hecatombe final, de la economía anticapitalista, esto es, de la gran revolución comunista, en la que se conceda al Estado centralizado el dominio del orbe y se reconozca la total subordinación del individuo a lo grupal, dejando solo el espacio de la intimidad no compartida con nadie para que cada uno busque, en el caso improbable de que le hubieran quedado ganas, su satisfacción personal.

Publicado en: Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: anticapitalismo, capitalismo, China, dominio, economía centralizada, fuerzas oscuras, Informe Barquisimeto, objetivo, triunfo

A falta de una gran Pirámide europea

17 marzo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Entre los años 247 y 208 a.C., el emperador chino Qin Shisuang dedicó una parte importante de los recursos a crear una ciudad mortuoria colosal en Xian, cuyo centro sería su propio mausoleo. Se calcula que más de 700.000 seres humanos encontraron allí una ocupación, es decir, el objetivo vital de los modestos, que les permitió subsistir.

Para muchos de ellos significó también un lugar de muerte: por accidente, extenuación e incluso porque allí fueron enterrados vivos, en ritos cuyo significado concreto se trata de descifra. Pero que podemos intuir, en coherencia con el resto del despliegue: servir al emperador en su supuesto entorno metafísico, enlazando, de paso, caminos de la vida con la muerte, tanto para el que domina como para sus lacayos, condenados en su proyecto megalómano a servirle eternamente.

Los momentos de prosperidad generan próceres que aprovechan la oportunidad para engordar su imagen mientras dure la bonanza. Fue también el mismo emperador el que dió impulso a la Gran Muralla, iniciada tres siglos antes, y cuya renovación y conservación proporcionaría trabajo, es decir, pan y distracción para que no se obsersionaran con su penuria, al pueblo chino durante la dinastía Ming, unos siglos más adelante.

Un esfuerzo descomunal en tiempos y dineros cuyo objetivo teórico era servir de freno a las invasiones de los pueblos del norte (mongoles y manchúes), que resultó militarmente baldío: Gengis Kahn solo tuvo que sobornar a un centinela para atraversar la Gran Muralla con su ejército por una de sus puertas.

La Historia está llena de ejemplos de obras que hemos caracterizado popularmente como «obras faraónicas», en referencia a las pirámides de Egipto. Trabajos que reclamaron concentraciones fabulosas de recursos, cuya finalidad parece haber sido un pretexto. Ese aparente despilfarro lo encontraríamos también -por ejemplo- en los templos incas, en la misteriosa muralla de Adriano que limitó tenuemente la antigua Britania, en los templos esculpidos en la piedra de Petra, y, con el nivel de gradación de despropósito o inutilidad  que queramos otorgarles (o al revés), en coliseos, catedrales, mezquitas, altares, castillos, necrópolis, infraestructuras viales, naves industriales, centrales nucleares o térmicas, ciudades abandonadas, y en esos millones de ruinas -vestigios de grandes y pequeñas obras devenidas inútiles- que testimonian esfuerzos de inversión y trabajo que en su momento fueron consideradas necesarias.

Lo que tienen en común todas esas referencias es que, en su momento, generaron trabajo, repartieron recursos. Muchas de entre ellas, fueron inútiles para cumplir sus objetivos, o lo consiguieron durante muy escaso tiempo, o se erigieron en honor de dioses y cultos -celestiales y humanos- que  no resultaron útiles, y se abandonaron, a ellos y a sus centros de devoción.

Hay otras acciones humanas que también generaron actividad, en el sentido de dedicación de esfuezos económicos y recursos humanos e intelectuales, y, por tanto, generaron y riqueza para nuestros predecesores. Lo significan también hoy día. Son las  expediciones de conquista, cruzadas, invasiones, guerras, expolios. ¿Cómo olvidar que muchas de las bonanzas y fortunas actuales tienen su origen en actuaciones que, si fuéramos libres para juzgarlas,  reprobaríamos éticamente?. Encontramos en ellas una línea viscosa:  la utilización de los otros (muchos) en beneficio propio, siempre de unos pocos.

Quienes tengan la memoria más activa pueden recordar que, incluso recientemente,  el desarrollo de maquinaria de guerra más eficiente está en el núcleo de algunos momentos estelares de los pueblos. Bastaría, en todo caso, consultar los planes de defensa conjuntos entre los gobiernos de Canadá y Estados Unidos de los 90 del pasado siglo, considerados como eje de su impulso económico, o analizar sin más escrúpulos que la búsqueda de la verdad, el apoyo a la industria metalúrgica en la Alemania hitleriana, y expurgar decenas de otros testimonios, en occidente como en oriente, de la dedicación consistente, sistemática, firme, para combinar proyectos que sirvieran para mantener al pueblo ocupado en actividades que conservaran, o mantuvieran al menos, la posición de dominio de la élite.

¿A dónde quiero llegar? En realidad, no quiero llegar a ningún sitio, sino mostrar una carencia. La decadente Europa no tiene en este momento recursos para generar un proyecto de Gran Pirámide, ni tiene ideario para embarcarse en una Cruzada, carece de liderazgo para encargar un mausoleo, o generar cualquier actividad gigantesca que le suponga empleo colectivo suficiente para sostener el bienestar del que disfrutan las clases medias.

La globalización, uno de los dioses a los que algunos grupos industriales y políticos europeos han levantado altares, ha provocado un efecto indeseado: el centro mundial de actividad se ha encuentra desplazado hacia Oriente y América.

No nos queda sino asumir, con dignidad, nuestra posición de derrotados. Y deberíamos hacerlo desde la solidaridad y la inteligencia, aprovechando al máximo las oportunidades que aún nos brindaría una ordenada retirada del campo de batalla. Porque nuestras Pirámides y Murallas van adquiriendo el aspecto de piezas de museo, mientras meditamos por qué no nos dimos cuenta a tiempo que a los invasores les ha bastado con convencer a los centinelas.

Publicado en: Europa, Política, Sociedad Etiquetado como: empleo, Europa, Gengis Kahn, Gran muralla, invasión, manchúes, mongoles, objetivo, pirámide, proyecto comín, Qin Shisuan, Xian

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