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El progre en la playa

8 noviembre, 2016 By amarias 1 comentario

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En 1977, el gobierno de Adolfo Suárez convocó las elecciones generales que supusieron la reapertura del melón (o de la calabaza) de los comicios libres en España, cuyo resultado propició que un año más tarde se redactaría la Constitución aún hoy vigente. Con el estado de  ánimo de aquel momento (supongo que sería verano, por el asunto), pinté un cuadro al óleo, de pequeñas dimensiones, que titulé «El progre en la playa».

Afinando la vista se puede ver, en el centro de la escena,  a un bañista que porta una bandera roja entre los cuerpos de una playa abarrotada, ante un oleaje que, por su encrespamiento, parece no invitar precisamente a darse un chapuzón.

Al contemplar hoy el cuadro (dejando al margen su valor pictórico, que no me atrevo a juzgar), no puedo evitar una sonrisa, desde la edad, al preguntarme bajo qué supuestos me sentía identificado con el abanderado. Treintañero, casado y con un hijo (mi esposa embarazada del segundo), si me veía de paseo altanero por una playa llena de gentes entregadas al descanso, la exhibición de mi progresía, reflejo en efecto de mi comportamiento en la vida real, no dejaba de ser un ejercicio perjudicial para mis posibilidades profesionales.

He cumplido con bastante exactitud mi programa vital de aquellos años, y, desde luego, puedo afirmar con orgullo que nunca me han faltado enemigos, ni zancadillas, ni empujones para hacerme trastabillar. Sigo enarbolando la misma bandera -tal vez, algo ajada y con ciertos desgarros-, y, como prueba de que no se trataba de conseguir adeptos, sino de exhibir mi independencia, me puedo jactar de que no he pertenecido jamás a ningún grupo político.

Paseos por la playa no dejé de dar. Por eso, en estos últimos cuarenta años he visto sucederse regímenes políticos con opciones teóricamente distantes, caer estrepitosamente a ídolos encumbrados al quemarse sus alas de cera, ascender a otros por los que nadie apostaría un duro y, en mi batiburrillo vital, por fortuna, conocí a mucha gente interesante (casi siempre, anónima).

Mi tarjetero tiene unas pocas tarjetas de visita de personajes de los considerados importantes. Las personas de mi entorno escolar y académico que llegaron a ser ministros, o presidentes y ejecutivos de primer nivel de grandes empresas fueron escasos, y de ellas, no necesité acumular tarjetas. Por mis diversas trayectorias profesionales, sin embargo, he venido recogiendo tarjetas y tarjetones de quienes, cuando se cruzaron conmigo, se creían en el camino para llegar a serlo y unos pocos, ya habían llegado a su cima.

Parodiando a Emilio Botín, que lo expresó en otro contexto y con diferente intención, «gente excepcional, realmente excepcional, me crucé con muy pocos».

No se si vendrá a cuento para el lector amigo, pero me apetece conectar esta reflexión con otra, muy actual. Los media españoles se ocupan profusamente hoy, 8 de noviembre de 2016, de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Existe, al parecer, incertidumbre respecto al triunfo de la candidatura de Hilary Clinton, propuesta por el partido demócrata. Las encuestas reflejan obstinadamente la cercanía del candidato republicano Donald Trump.

Si nos atenemos a la presentación escueta que se nos hace de ambos candidatos, con regularidad apabullante, el ciudadano español puede imaginar que la tesitura a la que se confronta al votante americano es la de elegir entre un magnate enajenado y una rica elitista.

Vista desde la distancia, la situación no parece sino una representación más, adobada con un fuerte impulso crematístico (más de mil millones de dólares ha empleado en la campaña la representante de la saga de los Clinton, y casi ochocientos millones el xenófobo más histriónico de la Historia) de lo que llama Bauman «exarcebación del miedo al extraño», esto es, a lo desconocido (entrevista de Gonzalo Suárez, El Mundo, primer domingo de este noviembre).

Los votantes de Trump deben sentirse atraídos por la defensa y, en su caso, el alzamiento de las murallas que preserven su actual bienestar, sus negocios y sus empleos, aunque para una minoría cualificada sea simplemente un trabajo miserable. Lo extraño, para ellos, sería la entrada de más emigrantes, la polarización hacia la incipiente recuperación económica de una horda de pobres del mundo, excesiva para la capacidad de absorción que suponen tiene la economía americana.

Los votantes de Clinton -¡ay!- desean que las cosas sigan como están, y que se mantengan las murallas invisibles que preservan su actual bienestar, sus negocios y sus empleos, aunque para una minoría cualificada sea simplemente un trabajo miserable.

Ambos tipos de votantes ignoran cómo se mueve la economía y, si algo entienden de ella, es que hay que defenderse del enemigo, teniendo armas en casa (por si acaso) y potenciando la industria de armamento (y si el enemigo no existe, habrá que crearlo).

Nada habrá, pues, de cambiar en lo sustancial, y las campañas no son más que una parte del espectáculo, con su coreografía y tal, siendo lo importante no lo que se dice, sino cómo se dice.

En relación a lo que pueda afectarnos a nosotros, los españoles, es tan seguro que Donal Trump no ganará -perderá por poco, y se enredará en reclamaciones en varios Estados que harán los setenta últimos días de Obama más divertidos- como que nada cambiará para España. La constante del comportamiento norteamericano con nuestro pequeño país  es ignorarnos, salvo para venir de vacaciones y comprar espadas y disfraces de torero que serán útiles en Carnaval.

No creo que Estados Unidos de Norteamérica sea ejemplo de democracia ni de sensibilidad mundial, pero, teniendo reciente el resultado de las elecciones en España y viviendo aún la calentura mental que provoca la debilidad del ejecutivo para conseguir sacar las cuestiones principales adelante, se me ocurre plantear esta pregunta:

¿Hace falta alguna cualificación, apoyo económico especial o toque de varita milagrosa para ser presidente o ministro de gobierno en España?

Supongo que la respuesta ha de ser que sí, pero lo ignoro. No se siquiera la influencia que hayan podido tener los millones defraudados al fisco por los partidos (a la cabeza el Partido Popular) para compensar por la vía de la apropiación indebida la escasez de subvenciones a las agrupaciones políticas.

Desde 1977 hemos tenido en España 190 ministros, y la probabilidad de que, elegido al azar, un español alcance tal categoría, es casi infinitesimal. Tampoco mejora mucho el ratio si tomamos como base muestral el número de titulados superiores; el 40% de los jóvenes entre 25 y 35 años tiene un título universitario: el mayor porcentaje de Europa.

El simpático embajador norteamericano James Costos, que desplegó en España mayores empatías que todos sus antecesores, por su carácter abierto y hasta festivalero, parece sentirse capaz de arriesgarse a entender nuestra idiosincrasia con un par de pinceladas (Condé Nast TRAVELER, Pilar Guzmán, 3 nov 2016): «los españoles son orgullosos y testarudos, lo que es, a un tiempo, una bendición y una maldición». (1)

Como ejemplo de testarudez, cuenta, cuando preguntó si podían hacer una capa española más corta y con menos volumen de la que le ofrecía la prestigiosa firma Capas Seseña, le contestaron. «No, no las hacemos». Esta y otras virtudes de lo español le han hecho entendernos y querernos, dice.

Yo no voy de capa, pero sigo dando vueltas con mi bandera. Y si me encuentro a Mr. Costos en mi paseo, llevando él la capa (y puede que hasta una espada), lo saludaré, sin evitar que me asalte este extraño pensamiento: ¡Vaya! ¿Se tratará de un progre en la playa?.


La calificación que los españoles merecemos de James Costos («proud and stubborn») es muy de agradecer. Mejora incluso, en  mi opinión, la nota colectiva que merecimos de Martin A.S. Hume en 1901 («The spanish people: their origin, growth and influence») en la que, por nuestro origen afrosemítico, nos atribuye una «overwhelming individuality», que nos hace ofrecer una «obstinada resistencia a obedecer a otro, a menos que hablara en nombre de una entidad sobrenatural» (citado por Miguel de Unamuno en «El individualismo español», dic. 1902)

Publicado en: Actualidad, Administraciones públcias Etiquetado como: Costos, democracia. republicano, Donald Trump, El Mundo, elecciones, embajador, estados unidos, Gonzalo Suárez, Hilary Clinton, norteamericanas, playa, presidente, progre, Zygmunt Bauman

Cuento de invierno: Sociedad supercrítica

19 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El joven sociólogo estaba leyendo el último libro de Zygmunt Bauman, «¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?». Era evidente la avidez con la que absorbía lo que aparecía escrito en el volumen. Se había quedado de pie, apoyado en una de las estanterías de la Librería de Novedades, como si se hubiera olvidado del lugar y del tiempo.

-Me estoy aburriendo, Prometio -le apremió una joven, tirándole de la manga del anorak-. ¿Vas a comprar el libro?

-No, no. Creo que ya he captado lo fundamental -le respondió el sociólogo.

La muchacha le miró con menos ternura de la que podría suponerse entre enamorados:

-¿Y qué es lo fundamental?

-Que si los ricos no invierten lo que tienen para que, con el esfuerzo de todos, se mejore el bienestar de la sociedad, la felicidad se concentrará en ese grupo privilegiado y se generará más y más tensión en el resto -dijo el joven Prometio.

Ambos salieron de la Librería, y como llovía fuerte y no llevaban paraguas, al poco rato se introdujeron, en una cafetería.

María de las Encomiendas, que así se llamaba la muchacha, tenía el pelo empapado. Las gotas de lluvia le resbalaban por el hermoso rostro y Prometio contuvo el deseo de besar su boca.

La cafetería estaba llena de gente vociferante, pero encontraron un hueco en una esquina de la barra, limítrofe con la zona de servicio de los camareros.

No importan mucho al relato las concretas circunstancias de la pareja. Baste decir que llevaban varios meses saliendo juntos (es decir, acostándose). Pero no acababa de surgir entre ellos ese fulgor que se extiende en pasión descontrolada. Aparecían solo esporádicos chispazos, como un mechero que estuviera escaso de gas. Sus caracteres eran diferentes, los intereses presuntamente distintos, su forma de analizar las cosas, desigual o confrontada.

Aunque se encontraban cómodos el uno con el otro, crecía en ellos la consciencia de que su historia común estaba a punto de terminar.

-¿Sabes, Encomienda? Se me ha ocurrido que la sociedad en la que estamos no es líquida, como opina Bauman. Es cierto, desde luego, que hay una importante cantidad de personas que están obsesionadas por el consumo, y que, presionados por la publicidad y las modas, se dejan seducir por la supuesta felicidad de comprar, …que les dura muy poco. Eso les produce, bueno, nos produce, una constante insatisfacción. Queremos más, pero no sabemos decir qué; nos lo imponen.

María de la Encomienda pidió un descafeinado con leche. Prometio prefirió un agua sin gas.

-Si tienes sed, no se por qué no pides un vaso de agua del grifo.

-Algo tienen que ganar estas gentes. Después de todo, tienen una empresa; esto es un negocio, no una casa de beneficencia.

El sociólogo no quería perder el hilo de su razonamiento. María de la Encomienda miró en rededor, sin encontrar escapatoria visual.

-Bueno, pues he pensado que esta sociedad no está en estado líquido, sino supercrítico.

María de la Encomienda le pidió al camarero que le pusiera más leche en el café.

-¿Supercrítico? Suena muy pedante. «Lo pasé superguay; la peli estaba superdivertida» -remedó la joven, empostando la voz.

-Es un concepto de la física. Cuando un líquido se encuentra en condiciones de presión y temperatura por encima del punto crítico, se comporta, en parte como líquido, y en parte como gas…

-Prometio, te lo dije. Esa botella está rellenada con agua del grifo. Te la han dado ya destapada. Protesta y di que te den otra cerrada -interrumpió la bella.

-Creo que nuestra sociedad ha alcanzado el punto crítico y no ha perdido su capacidad de reacción, porque ya no tiene identidad colectiva. Da igual que haya un paro que en otras condiciones sería insoportable, o que la corrupción afecte a las instancias que debería garantizar el orden y la justicia, o que la mediocridad se haya instalado en todas las instituciones…Está desestructurada, falta de densidad, sin objetivo.

María de la Encomienda le exigió al camarero que cambiase la botella de su compañero, y que se la abriese delante de ella, para garantizar que no había sido rellenada.

-¿Qué le pasa? ¿Cree que aquí nos dedicamos a rellenar las botellas? ¿No sabe distinguir un agua del grifo de un agua natural? ¿Piensa que los clientes son tontos? -se encaró con ella el profesional de la hostelería.

-Tal vez si escribo a Zygmunt Bauman me haga una valoración de esta idea; puede que merezca la pena seguir investigando este asunto. -murmuró Prometio, abstrayéndose.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: abstracción, cuento, cuento de invierno, fluido, gas, Prometio, punto crítico, sociedad hipercrítica, sociedad líquida, Zygmunt Bauman

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