Al socaire

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Estrategias salvajes. (Epílogo). Propuesta de estrategia para civilizados. Previsiones (1)

25 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Desarrollo aquí las ideas generales sobre cómo evolucionará, con alta probabilidad, el escenario de interactuación de los seres humanos en el siglo XXI. Puede que, incluso, en el siglo XXII. Es un plazo cortísimo, considerado desde la perspectiva de nuestra evolución como especie.

Por eso, su título y, por eso, también, la necesidad de realizar dos puntualizaciones: es mi previsión, sin que haya que darle otra validez o importancia que la que le conceda el lector y su propia cualificación para valorar y decidir; y se refiere a la tendencia de los elementos sustanciales, no a los más evidentes, y, por supuesto, no a todos, que señalan las lineas evolutivas de la humanidad en su conjunto. ¿A dónde va la especie, si siguen actuando las mismas fuerzas directoras, y con la inercia o potencia que se detectan hoy, 25 de marzo de 2016, Viernes Santo?

Previsiones del desarrollo, principalmente, a corto plazo, de aquellos elementos sociales, económicos, éticos y filosóficos que considero sustentan la evolución de la humanidad.

Los principales factores de evolución de la humanidad en el momento presente, son fáciles de detectar, y enumero ocho, que separo en dos grupos de forma artificial (solo para evitar un párrafo demasiado largo):

Primer grupo: 1) el desplazamiento de las modalidades de trabajo y su retribución en los países occidentales por la tecnología, no solamente digital; 2) el incremento exponencial de la monetarización impropia de las economías orientales por la masiva exportación de productos elaborados, gracias a su mano de obra barata y a la incorporación de la tecnología; 3) el agotamiento de muchas materias primas juzgadas esenciales para el sostenimiento de algunos países, o su sustitución por alternativas no controladas por ellos; 4) la globalización parcial de la economía, generando tensiones inimaginables en el intercambio de productos y modificando las ventajas comparativas con extrema rapidez;

Segundo grupo: 5) la existencia de dos bloques económicos con distintos presupuestos ideológicos y las dificultades de plasmar un modelo conjunto de cooperación y crecimiento; 6) el cambio climático, que, debido a la muy probable incapacidad de controlarlo, supondrá aún mayores necesidades y sufrimientos para las poblaciones más pobres; 7) la resistencia hedonista a replantear, con solvencia, el empleo que se está haciendo del concepto de la ética universal, y 8) el aumento en la escasez o en la distribución desigual de agua, alimentos y otros elementos en amplias zonas del planeta (provocando mayor incremento de muertes, emigración desesperada, guerras).

En conexión con lo ya expuesto, detectamos la existencia de estrategias salvajes que, aplicadas por los colectivos humanos, pretenden tomar ventaja de algunas situaciones.

La alimentación de los pulgones por las hormigas es, sin duda, la estrategia que subyace en la compra masiva de propiedades agrarias en Africa  (y otras zonas), con el apoyo del gobierno chino. No es la única vez que se aplica, al contrario, es una de las estrategias más habituales: la ha seguido y sigue Japón en algunos países latinoamericanos, con el apoyo a centros educativos o asistenciales y la obtención de contraprestaciones en otros terrenos de los que obtener beneficios mucho más relevantes; las colonias y protectorados de los que los países de centro Europa han hecho amplio uso en Africa, América y Asia: Inglaterra,  en Egipto, India, Pakistán, Bangladesh; Francia en Marruecos, Argelia, Camboya, Vietnam,..; Bélgica en Ruanda, Burundi, Zaire; Alemania en Tanzania, Tanganica, Camerún, Togo, Samoa, …entregadas por el Imperio después de la primera guerra mundial a los vencedores. (1)

Podría citar también a España y Portugal, con sus conquistas trasatlánticas, que arrebataron territorios ajenos utilizando armas incluso misteriosas, o a los colones ingleses exterminando a los pobladores nativos en Estados Unidos, pero la diferencia entre estas actuaciones y las anteriores es que se concentraron en el siglo XV y XVI las primeras y, la enumerada en segundo lugar, durante el XVII y XVIII. Este trabajo no es un tratado de Historia. Quiero ir a lo elemental, esto es, a lo básico.

La estrategia de conquista y explotación ha tomado forma más sutil en tiempos más recientes. Se empleó, en apariencia, el modelo de ocas voladoras, si bien, con peculiaridades que lo caracterizarían como «modelo forzado de las ocas voladoras». Los consorcios y las empresas más activas de países  avanzados tecnológicamente, a partir sobre todo de la mitad del siglo XX, empezaron a implantar sus instalaciones en los países menos desarrollados. Se beneficiaban así de la legislación permisiva o inexistente (en tema fiscal, laboral, jurídico, ambiental, etc,), de la mano de obra mucho más barata para producción de bienes que importaban, semielaborados o elaborados a sus países de origen y preparaban también el acceso al mercado interior de las zonas «colonizadas» tecnológicamente.

Esos modelos deben considerarse positivos en sus efectos. El caso de Japón y de los denominados dragones asiáticos ya fue analizado. Alemania también lo utilizó en China, con éxito. Estados Unidos utilizó un modelo combinado de oca voladora y dragón de Komodo, con una sensibilidad que, cuanto menos, se puede calificar peculiar respecto a los demás países que tienen como eje el principio activo de considerarse, gracias a las dos guerras mundiales, artífice global de la economía, líder mundial con capacidad para hacer y deshacer, al menos, hasta hace muy poco.

No es posible despreciar el análisis de la concentración de gases perniciosos en la atmósfera terrestre, por efecto de la combustión masiva de combustibles fósiles, que significaron el apoyo principal a la revolución energética, que impulsó el desarrollo de algunos países a niveles nunca alcanzados, provocando el mayor desequilibrio económico de la historia de la Humanidad y la amenaza cierta de una debacle extendida.

La estrategia salvaje seguida en este caso, se interpreta ahora por algunos como que se cerraron los ojos a los efectos que se estaban provocando hasta que se detectó que eran ya, en la práctica, irreversibles, es la propia del avestruz. Para quienes me hayan seguido hasta aquí, entenderán que opine, más bien, que es la estrategia salvaje de la avispa de las abejas.

No traté esta «estrategia del avestruz», que, por cierto, ha sido siempre interpretada tendenciosamente. El animal no esconde la cabeza, cuando se ve amenazado de cerca, pretendiendo así no ver el enemigo depredador. Lo que sucede, detectado por zoólogos es que, para que su gran envergadura -la cabeza del adulto, gracias a su alargado cuello, se eleva por encima de los dos metros- no le delate, se oculta entre la vegetación, y baja la cabeza hasta el suelo.

Reinterpretada la estrategia de las empresas contaminantes, y de los países que podían haber impuesto restricciones a sus emisiones, no fue la de «esconder la cabeza para no ver el peligro», fue la de esconderla a sabiendas para que no les vieran lo que estaban haciendo, conscientes de sus efectos.

En cualquier caso, las largas y tediosas negociaciones entre los países más contaminantes y los que aún están en fase de desarrollo y poseen recursos para quemar, vienen a demostrar que los acuerdos que se alcanzan son débiles, no tienen carácter vinculante, y como la amenaza está ya declarada cierta y próxima, se puede adelantar que antes de finales del siglo XXI la temperatura media de la Tierra subirá, al menos dos grados o dos grados y medio.

Los efectos de este aumento térmico serán terribles, y provocarán mayores desigualdades, inundaciones, hambrunas,…pero favorecerán a algunos países, que verán la opción de incorporar nuevos territorios y recursos (para seguir explotándolos) y que no se verán afectados sino positivamente por el aumento de temperatura.

—-

(1) Es una relación que no pretende ser exhaustiva, ni seguramente recoge siquiera los países que más se han distinguido en la explotación de otros. Faltan, por omisión voluntaria en este momento, aquellos que, partiendo de las zonas del Este han colonizado, arrasado o sojuzgado, tanto a vecinos como a distantes.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Economía, Internacional Etiquetado como: cambio climático, colonización, conflictos, contaminación, estrategia, estrategias, mundo, salvajes

Estrategias salvajes (9): Las consecuencias de exterminar a los gorriones

23 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

En alguna parte leí que se han catalogado más de 2 millones de especies animales, y ese número se cree que es una parte menor (menos del 3%) de las que puede haber en la Tierra. Las que han sido domesticadas por el hombre o le proporcionan servicios tenidos por directamente útiles para esta especie depredadora máxima son, relativamente, insignificantes.

El desconocimiento de cómo se desarrollan las cosas a nuestro alrededor, al menos, con detalle, no impide tener opinión acerca de algunas especies benefactoras que, desde su libertad de acción, nos ayudan a que nuestra vida sea mejor. Entre estos animales se encuentran, en selección representativa de otros muchos, los luciones (esculibiertos en mi patria chica), los sapos, los pececillos de plata (lepisma saccharina), las salamanquesas, las lombrices de tierra, y…por supuesto, los gorriones.

No siempre ha sido así. Ni siquiera hoy es unánimemente admitido que los gorriones, como otras aves, deben ser protegidas. De aquí que sea necesario hablar de algunas estrategias salvajes que han pretendido eliminarlos y contar su historia.

Las consecuencias de exterminar a los gorriones

El gorrión común (passer domesticus) es bien conocido por todos, ya que en nuestro país y en varios europeos es el ave más abundante, superando ampliamente a su inmediato seguidor, el pinzón vulgar (Fringuilla coelebs), que ocupa espacios más abiertos.

Los gorriones son omnívoros y en las ciudades, parecen omnipresentes. No es raro ver acercarse a unos cuantos a las terrazas al sol en donde tomamos el aperitivo, atentos a que les arrojemos unas migas de pan o unos trocitos de patata y, los más atrevidos, corretearán sobre la mesa picoteando cualquier desperdicio y hasta picoteando el pincho de tortilla.

Con varias expresiones, el lenguaje común revela tanto la devoción hacia algunas cualidades atribuidas a los gorriones, como algunos recelos. Su carácter oportunista las caracteriza como una de las aves más inteligentes, y algunos dichos populares reflejan que no pasan desapercibidas. Se puede ser «listo como un gorrión», «comer tan poco como un gorrión», y con la clarividencia de Perogrullo,  también se nos recuerda que «cada gorrión tiene su corazón» y «para matar un gorrión no hace falta un cañón».

Hay una historia respecto a los gorriones que recoge una estrategia nefasta, surgida del más profundo desconocimiento del papel que juegan en la naturaleza. Mao Ze Dong, en el año 1958, como parte del proyecto «Gran Salto Adelante», y para potenciar la agricultura, puso en marcha la campaña de las «Cuatro Plagas». Se proponía eliminar completamente cuatro especies, consideradas extremadamente dañinas: ratones, moscas, mosquitos y gorriones.

En defensa de la orden de exterminar al gorrión, el programa utilizó el argumento de que cada ave venía a comer unos 4,5 kg de grano anualmente, por lo que, con lo que se tragaban 1 millón de gorriones, se podría alimentar a 60.000 personas (calculaba 75 kg de grano por persona y año: ¡solo 200 gramos diarios!…en tanto que la proporción del grano que se imputaba a la voracidad de los pájaros duplicaba prácticamente la realidad).

La población china se empeñó con diligencia al exterminio, destruyendo nidos y ahuyentando a los pájaros adultos, impidiendo que procreasen. El aforismo que guiaba a Mao era impecable: «Ren Ding Sheng Tian» (La determinación del hombre vencerá sobre la naturaleza). Hasta en Corea del Norte, el presidente Kim II-Sung se sintió también motivado para aniquilar en su territorio los dañinos gorriones, si bien, prudente, esperó a conocer los resultados en el país vecino antes de implantar su Plan Trianual para Eliminación de los Gorriones.

Pocos años bastaron (dos) para que los fanáticos de la lucha contra los gorriones se convencieran de que estas aves comían muchos más insectos que granos. Al desaparecer masivamente por el éxito de la campaña, los campos quedaron entregados a los insectos. Las cosechas disminuyeron en picado. En 1960, convencido de que se había equivocado, el gobierno maoísta lanzó una nueva recomendación «Suán Le» (Olvidadlos) y el sitio de los gorriones fue ocupado por las cucarachas.

El daño estaba causado, sin embargo. Una terrible plaga de langostas asoló los campos, causando tres años de «Gran Hambruna», en la que murieron más de veinte millones de personas, sobre todo, los campesinos más pobres. Se pidió, incluso, un cargamento de gorriones a Rusia, para acelerar la repoblación de las aves esquilmadas.

Actualmente, los gorriones son especie protegida en China desde 2001 (por ley, desde 2002), aunque este cambio en la valoración oficial no está impidiendo que su población siga disminuyendo, al parece, como consecuencia ahora de los pesticidas.

No necesitamos, en realidad, poner la vista tan lejos. En España, hasta no hace mucho -e incluso, de forma ilegal, ahora mismo en ciertos antros-, en los bares y tabernas, sobre todo, desde Madrid a Andalucía, se ofrecían como aperitivo «pajaritos fritos», una delicatesse culinaria formada por aves de pequeño tamaño, entre las que se encontraban el gorrión, el tordo, el petirrojo o la curruca capirotada. Se cazaban con redes y se freían en aceite, normalmente lardeados con tocino y condimentados con dientes de ajo y perejil.

A partir de la vigencia de la Ley 4/1986 de Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres, en el territorio español quedó prohibido de forma absoluta «dar muerte, dañar, molestar o inquietar intencionadamente a los animales silvestres, incluyendo su captura en vivo y la recolección de sus huevos o crías, así como alterar y destruir la vegetación. En relación a los mismos quedan igualmente prohibidos el tráfico y el comercio de ejemplares vivos o muertos». El Anexo I del Real Decreto 1095/1989 y el Real Decreto 439/1999 prohíben terminantemente la caza y comercio de aves fringílidas y de la mayor parte de las aves insectívoras. Numerosos Decretos y reglamentos autonómicos han extendido y precisado estas prohibiciones.

Las conductas sancionadas no solo se consideran ilícitos administrativos, sino, también, penales, y se encuentran tipificadas en los artículos 332 a 337 del Código Penal de 1995.

Pero los gorriones no están desapareciendo solo por causa de su captura para pasar por la sartén y, sobre todo, se cree ahora que su propia existencia es un indicador de otra especie que puede estar amenazada. La humana.

Seo/Birdlife  ha elegido al gorrión «Ave del año 2016», advirtiendo que su población en Europa ha disminuido quizá un 60%. Se calcula, por diversas fuentes, que habría, hace diez años, más de 60 millones de gorriones y actualmente la población en España, menos afectada relativamente, habría caído de un 10 a 15%, afectada por la contaminación, las aves invasoras, los venenos y la caída de las propias defensas inmunológicas.

Cuando leo que la economía necesita de un tejido de pymes, como base estructural para su mejor solvencia, pienso en los gorriones y en la necesidad de aplicar una estrategia coherente.

Porque se puede creer que las grandes empresas, los grupos internacionales, son imprescindibles para el desarrollo social y económico. Lo son, desde luego, en cuanto que concentran núcleos importantes de empleo: el cierre de uan empresa con diez o treinta mil trabajadores es un trauma inmediato para miles de familias y conmociona una o varias zonas en donde estaban implantados sus centros de producción.

Sin embargo, el control de sus actuaciones se escapa: sus centros de decisión están alejados, su fortaleza económica es, en muchos casos, más fuerte que la del Estado, y pueden tomar sus decisiones con muchos menos condicionantes. Al fin y al cabo, sus consejos de administración tienen perfectamente claros sus objetivos e intereses.

Nuestras pymes, por el contrario, son como nuestros gorriones empresariales. Desaparecen suavemente, sin que advirtamos el efecto hasta que alcanza límites alarmantes. Su disminución es claro síntoma de alarma, que demuestra la debilidad de nuestra economía, su falta de capacidad para resistir, la contaminación por elementos foráneos que no sabemos cómo controlar.

Deberían analizarse con urgencia las razones por las que las pymes mueren y las que nacen, tienen peor arraigo. Demasiadas peluquerías, mercerías, bares, tiendas de comestibles, librerías de textos escolares, bollerías, …Demasiadas sucursales de Bancos, tiendas de todo a cien, franquicias de ropa china, bufetes unipersonales, dentistas, …

Hay que disponer comederos y abrevaderos en los lugares estratégicos para que críen y se reproduzcan, con ideas imaginativas. Hay que criar inquietudes empresariales en las Universidades y centros de formación profesional. Porque las pymes viven en nuestro entorno próximo, anidan en nuestros tejados industriales y comerciales.

No se si encontraremos alternativas mejores para distribuir los beneficios de las empresas entre el grueso de la población que la vía del trabajo remunerado. Mientras no las encontremos, impulsemos la generación de pequeñas empresas, esforcémonos en incrementar el número de gorriones, orientándolos. Ellos no se comen el grano de nuestro imprescindible desarrollo, se comen los insectos que lo deteriorían.

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa, Sociedad

Estrategias salvajes (7): Conjunto intersección vital para gacelas y leones

22 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Si las cifras no engañan, en el parque nacional del Serengueti (Tanzania) coexisten unos 3.000 leones con más o menos un millón de gacelas. Aunque la dieta de los leones puede ser más variada, mi información es que prefieren comer gacela.

Analizar la situación en el parque, desde el punto de vista de unos y otras, revela una cuestión de interesante aplicación a los parques en donde los humanos desarrollamos nuestras vidas.

Conjunto intersección vital para gacelas y leones.

Se atribuye a Roger Bannister la concreción de una parábola bastante obvia, que este investigador clínico británico expresó así: «Cada mañana, en Africa, se despierta una gacela. Sabe que debe correr más rápido que el león o no sobrevivirá. Todas las mañanas, un león se despierta y sabe que debe correr más rápido que la gacela más lenta, o se pasará hambre. Así que, no importa si eres la gacela o el león, cuando el sol sale, lo mejor es que estés moviéndote.» (1)

El asunto plantea la cuestión de la supervivencia entre depredadores y posibles víctimas, en términos precisos. Las gacelas lo tienen más difícil, pues no les basta correr muy bien, sino que tienen que superar la marca del león más veloz, con el que tienen el riesgo, en su momento de peor suerte, de encontrarse. Por supuesto, la mayor parte de las veces en las que se vean obligadas a correr delante de un león, no estarán enfrentándose al campeón, pero esto no las exime de prepararse para la eventualidad más perjudicial, si quieren tener la seguridad de sobrevivir en cualquier circunstancia.

Para los leones, el dilema tiene una formulación mucho más cómoda. Si la casualidad les llevó a competir con las gacelas más veloces que ellos, no tienen más que desistir, y esperar a toparse, recuperadas las fuerzas, con un grupo de esos gráciles herbívoros en el que alguno de ellos no alcance a superar su registro personal. Como todos los leones tienen la misma necesidad de alimentarse, no será preciso que su estrategia sea prepararse para ser el campeón de los leones: le bastará a cada uno con confiar que la casualidad le permita confrontarse con una gacela que, no siendo desde luego la más veloz de las gacelas, al menos, sea menos rápida que él mismo.

Me he visto confrontado, como todos, varias veces, a lo largo de la vida, con otros coetáneos que disfrutaban de marcas inalcanzables para mí. Prudentemente, procuré, si me era posible, evitar entrar en conflicto y, cuando la situación lo permitía, entrar en colaboración con el más listo, más ágil, mejor informado.

Pero si entendía que el momento no me facilitaba ni escabullirme ni buscar la cooperación eficiente con los mejores, me esforcé en estar dentro del pelotón.

Es posible imaginarse situaciones así. En mi caso, la actitud propuesta me resultó especialmente útil en las pruebas físicas de selección, para las que la naturaleza no me dotó  con prodigalidad. Ni he jugado bien a ningún deporte, ni corrí para destacar. Consciente de esas limitaciones, no pretendí ser el mejor, sino asumir mi limitación. En las pruebas de milicias (en aquellos tiempos en los que el servicio militar era obligatorio), mi clave personal era no resultar la gacela más lenta. No pretendí, en esos casos, competir con los más capaces -ni de lejos, para no despilfarrar mis fuerzas-, pero sí pasar desapercibido en el grupo.

En el mundo de las empresas, me sorprende encontrarme con equipos que parecen desconocer sus limitaciones de gacelas. Se empeñan en correr en los torneos para leones, en lugar de concentrarse en aumentar sus opciones en aquello en lo que son realmente buenos, en lugar de pretender competir con los campeones. Hay muchos sitios que ocupar en los escalones intermedios, porque se necesitan habilidades a diferentes niveles.

Para sobrevivir como gacela, lo más prudente es estar alejado de las zonas que frecuentan los leones. Si aceptamos que la relación es de 3.000: 1.000.000, la probabilidad somera de encontrarse, haciendo abstracción de más complejas consideraciones, es tan pequeña como 3 milésimas.

Para tener éxito como león, por supuesto, todo es mucho más fácil, pero no hay que olvidarse de que se come gacela. Instalados en un territorio, la capacidad de supervivencia está directamente relacionada con la habilidad para mantenerse en la carrera entre gacelas o leones. Si eres de las primeras, no es aconsejable, salvo intenciones suicidas, lanzarse inconscientemente al terreno de los leones.

Si eres de los leones, en lugar de empeñarse en ser el más veloz, bastará tener más agilidad que parte de las gacelas. Y, la verdad, si se advierte que la propia empresa está en el pelotón de las menos eficientes, ya sea de gacelas o de leones, mejor será liquidar el hipotético negocio y dedicarse a otra actividad para la que nos veamos más capacitados, pero siempre, en comparación con nuestra naturaleza.

Por eso, me sorprende cuando oigo, por ejemplo, a un joven que acaba de abrir su restaurante, con la ayuda del dinero que le prestaron sus padres o su futura familia política (solo probable), y con el equipaje precario de unos cursos en la Escuela de Hostelería de su ciudad, decir: «Me propongo conseguir la primera estrella Michelín en dos años».

Si encuentro que mi mensaje va a llegarle a tiempo, le tengo que replicar: «¿Y para qué quieres esa estrella, difícil, sino imposible de conseguir, en un mundo en donde hay miles de leones y gacelas que pretenden ser las más veloces? ¿No será más adecuado para tu futuro, limitarte a tener un buen restaurante, con clientela satisfecha, colaboradores eficientes, y una caja diaria que te permita sobrevivir dignamente y devolver el dinero que te han prestado?

——

(1) Bannister redactó su reflexión de esta forma: “Every morning in Africa a gazelle wakes up. It knows it must move faster than the lion or it will not survive. Every morning a lion wakes up and it knows it must move faster than the slowest gazelle or it will starve. It doesn’t matter if you are the lion or the gazelle, when the sun comes up, you better be moving.”

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa Etiquetado como: Bannister, estrategias salvajes, gacelas, leones

Estrategias salvajes (6): Cómo las avispas de las arañas preparan a sus hijos para el futuro

22 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Los animales carnívoros se benefician de las proteínas que otros han formado, ahorrándose así varios pasos en la cadena trófica. Como la naturaleza no abusa de la crueldad, lo más habitual es que los depredadores seguen la vida de sus víctimas rápidamente, sin ensañamiento: un mordisco en la yugular, un aguijonazo venenoso y paralizante, por ejemplo.

Aunque hay algunos animales que extreman el abuso de su dominio. Las avispas de las arañas son un ejemplo de estrategia salvaje destinado a obtener el máximo rendimiento, en su exclusivo beneficio, de aquellos a quienes eligen como objetivo.

Cómo las avispas de las arañas preparan a sus hijos para la vida

Dentro del orden de los himenópteros, existe un suborden más evolucionado que, por haber estrechado su abdomen con aspecto de cintura, parecería que tienen un tórax. Se les ha calificado de apócrita, y a las dos zonas del abdomen, se les llama, respectivamente, mesosoma y metasoma. No pretendo introducir al lector a ningún cultismo entomológico, sino enfocar su atención hacia una familia peculiar, los pompílidos, himenópteros apócritos de la superfamilia de los vespoideos.

Se les llama avispas de las arañas, porque, todas ellas, alimentan a sus larvas con arañas, a las que paralizan con el veneno de su aguijón, y la arrastran así, inmóvil, hacia su nido, para comérsela tranquilamente.

Puede pensarse que, siendo las arañas también carnívoras, encuentran así un destino equilibrador de su despiadada naturaleza con terceros. Pero un grupo de las llamadas avispas de las arañas exacerban su actuación a un límite de especial crueldad. La subfamilia de los ceropalíneos son ectoparásitos (parásitos externos). Cuando una avispa con huevos avista una araña adecuada (del tipo ctenízido), deposita un huevo sobre ella, justamente profundo como para que la larva, cuando nazca poco después, pueda alimentarse de la hemolinfa de su hospedador, que seguirá haciendo vida normal.

Imaginemos la cruel situación. La araña sigue tejiendo sus redes de caza, segregando los jugos gástricos y la adrenalina que correspondan a su naturaleza, cada vez que algún animal queda apresado en ella, envolviendo el cuerpo de su víctima en los hilos cuidadosamente acomodados por sus pedipalpos y quelíceros, y comiéndosela con la parsimonia propia de los arácnidos, obedeciendo al impulso natural de alimentarse, si bien, supongo, agudizado, porque lleva una vida en su interior, creciendo a su costa.

Hasta que, como final inexorable, la araña fallecerá, y la larva consumará el periplo, engullendo los restos de su nodriza involuntaria, que le servirán para construir la celda en la que se transformará en insecto adulto.

Quizá puedo tranquilizar relativamente al lector, indicando que, dentro de la gran diversidad de arácnidos, se detectan subespecies que han desarrollado una placa endurecida en el opistosoma -una zona del mesosoma-, que actuaría como segunda tapadera de defensa, para repeler, o intentarlo al menos, el ataque de los pompílidos.

Si analizamos desde el beneficio propio pretendido, la actuación de las avispas de las arañas, debemos reconocer su extremada eficiencia, y su perfecta ejecución. ¿Quién no desea para sus hijos la máxima protección en los momentos delicados de la infancia y la adolescencia? ¿Cómo negar que una solución óptima a esa inquietud es confiar esa educación y cuidados de nuestro vástago, a alguien que esté dispuesto a dar la vida, si fuera preciso, por él?

Nuestra ética no permitiría aprovechar la ignorancia, la situación de debilidad o de dependencia ajenas para que la vida de nuestros hijos crezca más cómoda, a costa de segar el futuro de otras, convertidas en instrumentos útiles puestos a su servicio exclusivo. Porque defendemos la igualdad de oportunidades, el impulso a los mejores talentos, la selección neutral y transparente de quienes han de ocupar puestos de mayor responsabilidad. Nos hemos fijado el objetivo de una sociedad justa, equilibrada, regida por los principios de la honestidad, la libertad, la justicia.

¿Verdad? La estrategia de las avispas de las arañas, analizada por el prisma de la superior inteligencia y sensibilidad humanas, debería parecernos totalmente inaceptable, por más que no estamos autorizados a criticar la evolución de las especies en una naturaleza regida por la competitividad y el sálvese quien pueda.

Aconsejo al lector escudriñar en rededor y extraer sus conclusiones.

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa, Sociedad Etiquetado como: arañas, avispas, avispas de las arañas, ctenízido, estrategias salvajes, opostosoma, pompílidos

Estrategias salvajes (5): Un necio colaborador para las cotorras invasoras

21 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Se identifican ciertas estrategias en el mundo animal que necesitan de ayudas externas para tener éxito. Entre ellas, son sorprendentes las que actúan en contra de los intereses del propio cooperador. A quien ofrece ayuda al invasor para que se implante con mayor facilidad en su territorio, perjudicándolo, no resultaría difícil catalogarlo como imbécil.

Que un juicio tan duro esté destinado a un ser humano, no viene sino a probar la innata capacidad para lo insensato de la que no es capaz de sustraerse nuestra especie.

Un necio colaborador para las cotorras invasoras

Las cotorras argentinas se han convertido, en pocos años, en parte esencial de nuestro paisaje avícola urbano. Son extremadamente ruidosas, actúan en grupo, tienen un vuelo veloz, con aleteo constante, y disputan a otras aves el grano de los comederos. En primavera, sus graznidos y peleas anuncian su excitación sexual, y se las puede distinguir en las altas cúpulas de algunos árboles -palmeras, abetos, altos pinos, etc., normalmente, a más de siete o diez metros sobre el suelo-, donde instalan sus grandes nidos, que comparten varias parejas.

Proceden de Sudamérica, y no han llegado hasta aquí por sus medios. Como muchas otras especies invasoras, lo han hecho de la mano del hombre, como el mejillón gigante, el cangrejo americano, los castores, las mofetas, las tortugas verdes, las iguanas o las serpientes pitón.

Son extraordinariamente adaptativas. La historia de su aparición en nuestro espacio es tan común como deplorable. Ofrecidas por tiendas de comercio animal o por un importador en fraude de ley, se convierten en un regalo  de cumpleaños o primera comunión, apetecido por los niños. Se encaprichan con la posesión de un animal así, por haberlo visto en los escaparates o haber despertado la simpatía infantil en tiernos dibujos animados.

Una cotorra parece un ave interesante, de cuerpo con color verde brillante y alas azuladas; fácil de cuidar. La mascota perfecta. No es muy grande (unos 30 cm de longitud),y  se puede mantener en una bonita jaula dorada en el salón. A lo mejor, hasta por la inocencia del destinatario del regalo o de su donante, éstos creen que puedan empezar a hablar algún día, como los loros del pirata de las novelas de aventuras. Alguna palabra sin sentido sí que llegan a pronunciar, si la paciencia de sus mentores alcanza altos niveles.

Solo que, al cabo de poco tiempo, -como sucede casi sistemáticamente con todos esos animales de los llamados de compañía que sirven, en teoría, para socializar a los infantes- los niños o los papás se cansan de la suciedad que provocan, o de su sostenimiento ineficaz, y, surgido el desinterés, se las deja escapar. Para no acusar en vano a sus propietarios, puede también que se haya escapado por sí solas, dada la alta capacidad para escabullirse de las cotorras y sus semejantes.

Ya libres, estas aves verdiazules se reproducen sin descanso. Ponen hasta siete huevos por nidada, y los incuban casi en el mismo tiempo que las gallinas, en solo 27 días. Desplazan a las palomas, amenazan incluso a las urracas con quitarles la comida, ahuyentan a los pájaros insectívoros, destruyendo sus nidos.

Desde 2011 estas aves están catalogadas como Especies Exóticas Invasoras, (Real Decreto 1628/2011), y está prohibida en España su posesión, comercio e introducción en el medio natural. En todos los ayuntamientos afectados por la invasión de las cotorras, se estudian medidas para erradicarlas. Se estudian con intensidad y parsimonia, porque su número crece. En Madrid, a veces he llegado a pensar que son las aves con poblaciones más densas: en el Retiro, en Arturo Soria, en la Ciudad Universitaria, en la Casa de Campo, en…

¿Qué podemos aprender, en el supramundo empresarial, de la estrategia de las cotorras? En mi opinión, que también se puede medrar y ganar dinero sin ninguna estrategia. Basta contar con un tonto útil que nos encumbre a la posición privilegiada, cediéndonos el terreno. No necesitamos más que contar con un aspecto apetecible, hermoso, disimular nuestra condición dañina o perversa.

Lamento haberme metido en este berenjenal, pero también ahí se pueden encontrar ejemplos de éxito entre aquellos que no tienen más virtud que la del ropaje con la que se disfracen, para engatusar a alguien que -presumiendo de haber descubierto a un mirlo blanco- nos lo introduzca en el gallinero. Acabará comiéndose las gallinas, sin que sus huevos ni carne sean comestibles.

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa Etiquetado como: abeto, cotorra argentina, cotorras, éspecie, especie exótica, estrategia, estrategia salvaje, invasora, palmera

Estrategias salvajes (4): Ocas y gansos en busca de residencia de invierno

21 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Los modelos migratorios de algunas aves, desde las golondrinas hasta las ocas, han inspirado cuentos de Navidad y, más recientemente,  propuestas de acción en las escuelas de negocio. Se trata, en efecto, de un esquema muy fértil, de gran versatilidad, provocador de interesantes sugerencias, movilizando los ánimos hacia la misericordia o el deseo de lucro.

Ocas y gansos en busca de residencia de invierno

Cuando los economistas japoneses Kaname Akamatsu y Saburo Okita propusieron a los políticos de su país, derrotado por la segunda guerra mundial, un modelo de desarrollo inspirado en el vuelo de los gansos -el Ganko-Keitai-, supongo que tuvieron que dar algunas explicaciones.

La idea, sin embargo, es sencilla. Los gansos, cuando emigran a tierras más cálidas en las que pasar el período invernal, avanzan en uve, guiados por uno de ellos. Todos siguen la estela de ese líder, ahorrándose así el esfuerzo de romper cada uno de ellos los aires, si hubieran decidido volar de forma independiente. Akamatsu y Okita pensaban que Japón debería acelerar la recuperación de los desastres de la guerra, apoyando algunas empresas clave, en sectores especiales, para que actuaran con capacidad de arrastre de las demás.

El modelo, inspirado en Hegel (ni más ni menos), según reconoció el propio Akamatsu, que estudió en Alemania, no solo sirvió de inspiración al gobierno de Japón, sino a otros países de la zona. A lo largo de décadas, Corea del Sur, Taiwan, Singapur, etc. se incorporaron a la propuesta, adaptándola.

Aunque el modelo tuvo muchas reinterpretaciones, en su concepción más difundida y explicada se pretende plasmar con esa analogía que el desarrollo no puede confiarse al azar. Porque, al principio de un proceso de desarrollo, son necesarios, sobre todo, bienes industriales, que, si carece de ellos, debe importar o desarrollar un país líder.

Con el tiempo, se impulsa la generación de bienes de consumo y capital en la economía, y se produce una realimentación continua, y eficaz, que actúa como persistente punta de lanza del crecimiento. Si se consigue implantar el esquema en varios países que actúen de forma coordinada, siguiendo al país más avanzado, los demás gansos u ocas, al conseguir la evolución de sus economías de manera más acelerada que si lo hicieran de manera independiente, se convierten, a su vez, en exportadoras. El paso del tiempo les llevará a conseguir una cierta uniformidad con el país líder, diferenciándose toda la bandada de gansos de aquellos otros países que no han comenzado aún su fase de industrialización.

Fuera del mundo empresarial, los gansos y las ocas, que no han estudiado economía ni les preocupa el crecimiento sostenido, cuando emigran, saben hacia dónde van. Lo hacen siempre al mismo lugar, donde, año tras año, generación tras generación, han estado yendo, y en donde colectivamente se sienten seguros de encontrar algunos pastos, el calor suficiente y el mínimo descanso que necesitan hasta que llegue la primavera. Entonces retornarán a las tierras ya desheladas que tuvieron que abandonar para no morirse de hambre y frío, y que, con el rebrotar de la naturaleza, les volverán a proporcionar lo que necesitan para procrear y proseguir su ciclo vital.

La observación más cuidadosa hubiera permitido descubrir que no existe un «ganso líder», sino que el que vemos encabezando el grupo, cuando la bandada surca por encima de nuestras cabezas, caerá al cabo de un tiempo, exhausto, si antes su lugar no es ocupado por otro, y esa sustitución le permita retirarse a una posición más modesta en la «uve». Que es la misma situación, por cierto, que suele producirse, por lo general, en esas escapadas de las carreras ciclistas, que tanto nos gustan a los aficionados a ver espectáculos, y en las que suele ganar la carrera quien está en el grupo de cabeza, pero no «ha tirado» mucho en el mismo.

Los países asiáticos consiguieron generar unas estructuras económicas muy solventes, en un espacio extremadamente competitivo, y aunque no lo hicieron de forma muy transparente, tuvieron una actuación bastante coordinada. Se mejoraron los rendimientos de los sectores básicos, se potenciaron varias industrias y sectores de producción de bienes de consumo que resultaron muy eficientes, sobre todo en el mercado internacional, y el ahorro se trasvasaba con rapidez hacia las industrias de alta tecnología y a los centros de investigación aplicada.

Bien. Solo que la tendencia tan positiva de las tasas de ahorro y la renta per cápita, que habían crecido de forma paralela durante un tiempo, llegando a absorber las primeras más de la tercera parte del PIB que se generaba, se rompió. Las familias y los empresarios se sintieron más interesados en invertir que en ahorrar, aunque los márgenes de las empresas tecnológicas resultaban cada vez más estrechos, por la competencia creciente y… porque el mercado se agotaba a ojos vistas.

Resultó que las economías de la llamada «constelación del yen» se habían ido tensando hacia esa idea de crecimiento puro y duro, a cualquier precio, y el estímulo a las exportaciones, que debería apoyarse en una productividad constantemente creciente, para conseguir un valor añadido consistentemente más alto o, al menos, razonablemente sostenido, acabó estancando la productividad marginal del capital.

Se arriesgaba estar cambiando el dinero de mano, simplemente.

Las inversiones en capital ya no eran (tan) rentables y, aunque no se exportaba ya competitivamente, a pesar de todo, el consumo crecía. Pero era solo el consumo interno, porque la gente, viciada por los comportamientos de pasado, no estaba interesada en ahorrar, y compraba convulsivamente, en auge de la sociedad líquida. Los agentes socioeconómicos parecían ignorar que las exportaciones no dejaban margen como antes, y aunque el mercado interior mejoraba,  la población de los países asiáticos más eficientes se estaba consumiendo el resultado de su eficacia, autofagocitándose. El riesgo de deflación estaba ahí.

Por si el lector no ha entendido del todo el razonamiento -no por su deficiencia comprensiva, sino por mi torpeza expositiva-, permítame que le resuma la idea: el crecimiento sin límites a partir de algunas ventajas comparativas no es, en la práctica, posible. No puede sostenerse.

Por varias razones y, entre ellas:

a) Del grupete de gansos seguidores surgirán, mientras el mundo globalizado lo sea solo en el papel, algunos que tengan costes laborales más bajos, si es que no disponen de ciertas cualidades adicionales para superar  la competitividad del ganso líder (recursos naturales, legislación más tolerante, financiación más barata, etc.). Exactamente igual que en la realidad natural de las anátidas, no es posible mantenerse en cabeza por tiempo indefinido, y hay que estar preparado para ceder el sitio, o sucumbir.

b) Y, lo que es peor, el mercado mundial no resulta, ni resultó, ni aún menos, resultará, lo suficientemente grande para absorber todas las exportaciones asiáticas, máxime si se han ido incorporando masivamente otros a la carrera de gansos.

En cada país asiático, además, el incremento de los niveles medios de renta per cápita, aumentó el consumo sectorialmente, por zonas o áreas más industrializadas, lo que provocó desigualdades internas inaceptables. Se hizo necesario deslocalizar las producciones, llevando la prioridad política hacia la generación de un tejido industrial propio, tipo «tela de araña». Hubo que hacer reajustes sustanciales para paliar los efectos de la tensión social, deteniendo el crecimiento por el crecimiento y ordenando e consumo interno.

La estrategia de las ocas voladoras se desveló así como de aplicación interesante, aunque de gran complejidad en su puesta en práctica. Los seres humanos no somos fáciles de dirigir, y aún menos, si se consideran los objetivos de países diferentes, con economías dirigidas y de mercado, y programas poco explícitos. Por seguir con la analogía, había por doquier grupos de ocas empresariales orientadas hacia fines particulares -confesables o no-, y el lugar de primacía que podía ocupar, en un momento dado, una tecnología concreta, pasaba pronto a ser ocupado por otras ocas o gansos que habían estado chupando rueda, y que copiaban las patentes o captaban a los investigadores principales de los centros de excelencia del ganso líder.

Las tecnologías mismas, a diferencia de los lugares en donde los gansos tienen claro que pasarán el invierno, no son tan previsibles y el crecimiento propio de los resultados de las investigaciones alcanzaba, en algunas especialidades, ritmos exponenciales, en tanto en otras, se estancaba.

Hay dos países asiáticos que han cubierto, con todo, -además de Japón- un espacio fundamental en el panorama del crecimiento conjunto, y han aprovechado la carrera de la eficiencia: Corea del Sur, con una economía dominada durante décadas por solo cuatro o cinco chaebol («empresa familiar» en coreano): Samsung, Hyundai, LG, Lotte y SK Group; y Taiwan, cuya competitividad está basada en una red intensa de pymes. Ambos países se han convertido en escaso tiempo, en exportadores hacia Japón, después de haber seguido durante décadas su senda. Le comen los pies, por así decirlo, junto a Singapur o Vietnam.

El vuelo de los gansos asiáticos, por supuesto, sigue. Ha atravesado por varias vicisitudes, su rumbo sigue siendo relativamente impreciso, y está profundamente afectado por las turbulencias de los mercados internacionales. Como se sabe, los chaebol han visto delimitada su influencia, acusados de corrupción, y después del susto de la quiebra de Daewoo o la reducción estructural de Hyundai.

Sigue siendo un modelo muy sugerente, lleno de gansos; no pocos de los grupos, exhaustos.

Por cierto, en su adaptación al crecimiento europeo, se ha revelado mucho menos aplicable. Si se me permite la petulancia, mi tesis doctoral sobre desarrollo para la región asturiana, analizaba esta cuestión, allá por 1989. Como seguí interesado en el tema, pude analizar otros modelos de estrategia animal sobre los que inspirarse, para cuyo desvelamiento propongo al lector algo de paciencia.

 

 

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Estrategias salvajes (3): Los dragones de Komodo quieren búfalo

20 marzo, 2016 By amarias 2 comentarios

Aprovechar las propias ventajas diferenciales para conseguir posicionarse mejor en el mercado, está en el adn básico de todo empresario. Los dragones de Komodo proporcionan un ejemplo eficiente de utilización de las cualidades naturales, y de la importancia de saber esperar para hacer que desarrollen sus efectos.

Los dragones de Komodo quieren búfalo

El llamado dragón de Komodo (Varanus komodoensis) es, en realidad, un lagarto. Puede alcanzar los tres metros de longitud y superar, en la edad adulta, los 130 kg de peso. Su corpulencia le obliga a tratar de cazar presas adecuadas a su talla, aunque, en realidad, es un animal frágil y poco dotado para las grandes aventuras: no es veloz como el tigre, ni tiene las fuertes mandíbulas de cocodrilo, así que debería estar condenado a alimentarse simplemente de la carroña abandonada por otros animales depredadores.

Durante mucho tiempo, se atribuyó al dragón de Komodo una capacidad peculiar: se sabía que su boca era un foco de bacterias infecciosas, y se extendió entre los estudiosos naturalistas la creencia de que, si conseguía morder a otro animal, en pocos días, el desgraciado fallecería de una septicemia incontrolable, es decir, una infección generalizada.

Pero resulta que no es así. Investigaciones más precisas han venido a probar que el varano de Komodo utiliza un complejo método de caza, centrado, no en las bacterias de las que es portador, sino en un veneno que inocula con el menor mordisco, y que, por contener un poderoso anticoagulante, causa en su presa una pérdida terrible de sangre, debilitándola hasta causarle la muerte.

Los dragones de Komodo, debido a su poca movilidad, tienen que apostarse en los lugares adecuados, por donde conocen que sus potenciales presas han de acudir. Un lugar por el que, más tarde o más temprano, todo animal de la zona deberá hacer su aparición, es allí donde haya agua. Otros animales depredadores también acostumbran a tener su puesto de caza en las cercanías de los abrevaderos naturales, aprovechando, además, que un animal agachado para beber pierde atención y es, por ello, más vulnerable.

Pero el de Komodo, aunque puede lanzar una rápida dentellada, no aguantaría el paso de una persecución en distancias incluso cortas. Tampoco puede saltar sobre su víctima potencial. Si, por un azar doblemente venturoso, consiguiera morder en la pata de, pongamos, un búfalo, que se hubiera acercado a beber en una charca en donde se encontrara al acecho, su presa habría escapado de inmediato a la carrera, y, aunque falleciera al cabo de un par de días, se encontraría a kilómetros de distancia, imposible, por tanto, de alcanzar por él.

Lo que hace el varano, para controlar ese riesgo, es actuar en grupo. Cuando uno de ellos consigue poner sus dientes venenosos en un búfalo -apetitosa pieza, por tamaño y carnes-, que se haya acercado a la charca que entre todos vigilan, ya sea para aliviarse del calor, beber, o, -si acaso ya estuviera enfermo-, buscar algo de tranquilidad, los demás acuden con la máxima presteza que le proporcionan sus patas de lagarto, y lo rodean, mordisqueándolo, por turnos, cuando se presenta oportunidad.

Deben tener mucho cuidado de no ser alcanzados por la cornamenta del búfalo, que puede causarles destrozos importantes. Pero si su labor de acoso y derribo tiene éxito, y el gran bóvido se ve en la imposibilidad de escapar, al advertir que una decena de dragones -o más- le tiene rodeado y a cada intento de huir le lanza una dentellada (minúscula, pero eficaz), solo será ya cuestión de paciencia.

Al cabo de dos o tres días, debilitado hasta la extenuación, dando tumbos por la pérdida de sangre y la infección, el búfalo se dejará caer definitivamente. Sin esperar a su muerte, los dragones le desgarrarán las entrañas y lo devorarán entre todos.

En el mundo empresarial, no es infrecuente observar estrategias basadas en las ventajas diferenciales. Todo el mundo sabe, seguramente desde antes de que Samuelson lo expresara de forma impecable, que la manera óptima de hacerse con una cuota de mercado -a escala de empresa como de región o país- es seleccionar aquellas fortalezas que permitan ofrecer algo con mejor cualificación que la mayoría: por tener recursos naturales adecuados en el territorio, disponer de una Universidad especializada en ciertos temas de investigación aplicadas y aplicables, por ofrecer mano de obra cualificada, (mejor si más barata), o por estar apoyada la implantación por subvenciones oficiales o inoficiales, cuando no con contar con terrenos o equipamientos a precios más ventajosos, incluso regalados.

En el caso del dragón de Komodo, debo hacer notar, que no ha habido, por su parte, cambio de estrategia. Lo que hubo fue diferente apreciación del método utilizado por él desde la perspectiva de quienes lo analizaban. Se creyó que el medio diferencial eran las bacterias y el efecto, la septicemia en la víctima, cuando lo relevante eran la inoculación de un medio anticoagulante, la cooperación en grupo, y la paciencia.

A veces me detengo a observar cómo se comportan los dragones humanos con los búfalos empresariales. Los búfalos son animales nobles, quizá con gran peso, herbívoros, un tanto inocentes, lo que se dice: buena gente. Han estado trabajando durante años, tal vez, por varias generaciones, para poner en pie un negocio, que está afincado en su zona, con prestigio.

De pronto, aparecen, como surgidos de la nada, unos cuantos tipos hambrientos, deseosos de hincar el diente en la parcela del buen búfalo. No lo atacan a la primera, porque no les merecerá la pena; tampoco se acercarán demasiado, para no recibir una cornada. Le darán un mordisquito por aquí, otro por allá, esperando que se debilite y se hunda, preso de las deudas.

¿Que el lector se ve en dificultades para encontrar ejemplos para aplicación de esta estrategia? Pues me parece que es la que utilizan los franquiciados en no pocos casos. Observe con atención cuando pasee por la ciudad, y se encontrará con que cada vez hay menos búfalos y más dragones de Komodo.

 

 

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Estrategias salvajes (2): Pulgones junto a hormigas

19 marzo, 2016 By amarias 2 comentarios

La segunda estrategia salvaje que paso a analizar es ésta:

Estrategia de explotación disfrazada de falsa cooperación: la generación de un paraíso artificial para los pulgones por parte de las hormigas

La mayoría de los  pulgones son insectos áfidos (sin alas) y todos ellos tienen una gran afición por los brotes de las plantas, particularmente, las de las cultivadas sin pesticidas. De entre la variedad de especies de pulgones, florecen los que se multiplican con excelente fecundidad adaptativa.

La invasión de una planta se produce por el aterrizaje sobre ella de una primera hembra fundadora, que se reproducirá con ahinco sin necesidad de que ningún macho le preste asistencia para obtener descendencia (por partenogénesis). Lo hará, además, de forma vivípara; los pulgoncitos ya tienen el aspecto de los adultos y una excelente voracidad. En cada puesta es capaz de depositar hasta doscientos huevos, por lo que se comprende que rápidamente la colonia se constituya en una plaga muy molesta para el horticultor o para el aficionado a mantener sus plantas decorativas  a salvo.

El ciclo de la vida de los pulgones y su capacidad acomodaticia es admirable. Cuando la alimentación ya escasea, algunos de los huevos de la puesta de la hembra primigenia, darán lugar a machos y hembras aladas que serán capaces de copular entre sí y, presionados por el hambre, se mudan rápidamente a otras plantas, en donde las fertilizadas se convertirán en fundadoras de nuevas colonias.

Los aficionados a la entomología recreativa, creyeron descubrir que las hormigas podían actuar en defensa de los horticultores, al existir una aparente asociación entre los pulgones y las hormigas. Se comprobó, en efecto, que las hormigas gustaban del líquido azucarado que expelían los pulgones (por sus anos) y, en semejanza a lo que el ganadero humano hace con la cabaña de mamíferos domésticos, parecía que los ordeñaban.

Se imaginaron incluso que, a la manera de los campesinos (especialidad laboral y de disfrute de la naturaleza que está prácticamente extinguida entre los humanos), las hormigas cuidaban con exquisitez de los pulgones, los sacaban a pasear en las mejores horas de sol de primavera, y, como eficaces ganaderos, los guiaban hacia nuevos brotes de las plantas que crecían en los alrededores de su hormiguero, de manera que sus protegidos pudieran seguir alimentándose de la savia especialmente rica en nitrógeno de esa época del año en que casi todo crece.

Parece que, visto desde la verdad, todo lo imaginado por los humanos era bastante fantasioso. La realidad antural resulta bastante más cruel para los débiles. Las hormigas tienen esclavizados a los pulgones que, como hubiera sido sencillo imaginar si no se estuviera limitado por razones apriorísticas, vivirían más felices sin nadie que los ordeñase ni los esté continuamente mareando, conduciéndolos  de aquí para allá para atiborrarlos de comida.

Y ni siquiera parece del todo encomiable que las hormigas defiendan a su ganado de otros depredadores, como la mariquita (coccinella sectempunctata, entre otros) o las abejas. Porque si actúan de escudos protectores es para evitar la competencia de otros.

Se trata, en fin, de una explotación pura y dura, por la que los pulgones son sojuzgados por las hormigas en su propio y exclusivo beneficio. Es cierto que, gracias a las idas y venidas de los grupos de hormigas y pulgones, acercándose a los brotes tiernos, las colonias de pulgones se multiplican con mayor ritmo, y, engullendo sin parar, no tienen tiempo para pensar en otra cosa más que en engordar, pero…¿en dónde puede beneficiarles a ellos crecer sin parar. ya que no tienen la instrucción superior de poblar la Tierra? Siempre serán pulgones, y dependen de los brotes tiernos de las plantas sin insecticidas para vivir.

Por el contrario, las hormigas sí parece que tienen ese mandato de ocupar todo el espacio, son prácticamente omnívoras, resistentes, acomodaticias, y…vaya si están rentabilizando esa dosis genética natural.

Esta estrategia de las hormigas, en el terreno de los humanos, aunque nos parezca cruel, es una de las más comunes. Se puede apreciar, sin mayor esfuerzo de análisis, en las grandes empresas, aunque tampoco falten ejemplos entre las pymes, incluso las más pequeñas, aunque, en estos últimos casos, se hace la explotación de forma menos gravosa para los pulgones de nuestra especie, porque la falta de sensibilidad del pequeño empresario o del autónomo, si no es mayor, sí que es más difícil de disimular.

En las grandes empresas,  sin embargo, existen planificadores muy experimentados, que saben lo que hay que hacer con los pulgones. A poco que se les deje hacer, se rodearán de un colectivo de pulgones, -de la propia empresa o por externalidades- a los que sacarán todo el jugo posible, para poder presentar óptimos resultados en las cuentas de explotación y ofrecer más valor añadido a los accionistas.

Hay pulgones de muchos tipos, y es muy posible que la mayoría de los pulgones humanos no hubieran podido prosperar jamás, o no lo hubieran hecho tan rápidamente, de no haberse topado con la atención de un equipo directivo de una empresa consolidada, que los hubiera detectado con su gran perspicacia, o seleccionado por un críptico proceso, en el que se valoraron sus cualidades y defectos por expertos en seleccionar pulgones.

En todo caso, lo que interesa a los efectos de esta estrategia, es que las hormigas necesitan de los pulgones para llevar una vida mejor y hacer que sus hormigueros se desarrollen con mayor velocidad, pero no está en absoluto demostrado que los pulgones necesiten de las hormigas.

Y como la naturaleza humana no es diferente de las otras, aunque se enmascare con su superior inteligencia, cuando se acaba el jugo de las plantas, o las hormigas humanas ya no necesitan a los pulgones, los primeros en salir de la escena, si no han tenido la perspicacia de hacerlo antes, son los pulgones. Si no lo hacen así, serán pasto de otros depredadores, ya sean avispas, abejas o sectempunctatas, cualesquiera que uno se imagine que pueda ser la correspondencia humana con las especies de insectos.

Para sacar provecho de un escenario terriblemente competitivo, los sanedrines o núcleos centrales de los hormigueros -nadie pretende negar su importancia a las hormigas, ¿eh?-, precisan engañar a los pulgones. Para salvarse de la previsible escabechina, el rebaño tiene que confiar en que la reina de los pulgones atisbe el final de una bonanza, y, cambiando de actitud, genere en su descendencia el espíritu emprendedor, llevando a algunos de ellos a montar su propia colonia en otra planta. Un buen día, notarán que les crecen las alas y se irán con viento fresco, dejando a las hormigas sin su preciado alimento dulquérrimo. Puede que se asienten en otro jardín, y tengan una vida feliz si no son descubiertos por ninguna hormiga.

Si un ejército de hormigas les descubre, no tardarán en adueñarse de ellos, por donde tienen el mayor defecto: su ansia desmesurada de comer, de atragantarse a comida. Serán ordeñados, una y otra vez, y se les acercará al sol, con móvil de empresa, despacho independiente, coche en leasing, fiestas de celebración por cada nuevo contrato.

¿En beneficio recíproco?.

Dejo la pregunta en el aire, para comprobar si Vds. han leído con atención hasta el final esta estrategia salvaje.

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Estrategias salvajes (1): La abeja común contra el avispón asiático.

19 marzo, 2016 By amarias 3 comentarios

La palabra estrategia es, desde hace décadas, uno de los vocablos preferidos en las escuelas de negocios y, por tanto, en las empresas: toda corporación debe tener una estrategia a corto, a medio, y a largo plazo, una misión y una visión.

Esta terminología que se traduce en informes, documentos y planes de desarrollo de negocio que raramente se ajustan a la realidad venidera -aunque se supone que sirven para orientarse mejor hacia ella-, ha contagiado a las vidas personales. Existen estrategias para conseguir un puesto de trabajo, mejorar de posición en él, no hacer el ridículo en un «medio maratón»(el de diez km), comprar o vender acciones en bolsa con rendimientos superiores al mercado, y hasta para postularse como ganador en la vida del más allá, en el supuesto de que tengamos la oportunidad de entrar en ella por alguna puerta.

Empiezo aquí una serie de artículos, que numeraré correlativamente, para explicar estrategias salvajes, esto es, de animales, y analizar su posible aplicación a la vida de los humanos. Me consta que algunas han sido ya presentadas como ejemplos de comportamiento que, salvando distancias, permiten sacar deducciones aprovechables. Si espero que el lector saque algún provecho de mis reflexiones es, sobre todo, porque añadiré un ingrediente menos común: el de la ironía.

Estrategias de confrontación desde la desigualdad: La abeja común contra el avispón asiático

¿Cuál podría ser la estrategia del que tiene todas las de perder?

El avispón asiático (Vespa simillima xanthoptera (1)), como su nombre común indica, es originario de China, y algunos parientes próximos se han afincado en Japón y otros lugares de una amplia zona, en donde comparte hábitat con la abeja común. Se trata de un insecto muy agresivo, y de notable tamaño si se compara con las abejas: cuando se observa una fotografía de ambos animales que permita cotejar sus respectivas dimensiones, se comprende bien que, en caso de ataque, una abeja no tiene nada que hacer.

En Europa estos avispones eran desconocidos; había otras muchas especies de unos y otras, pero por estos lugares occidentales los primeros hacían su vida independiente de las segundas, y las abejas melíferas tienen establecido, además, un acuerdo de no agresión -tácito- con la especie de los humanos, -la más peligrosa de todas-, que entraña una forma de colaboración sui generis, a la que no voy a referirme ahora.

Sucedió que, hace un par de años, llegaron a Francia, en un contenedor procedente de un puerto de China, algunos avispones hembras de la especia asiática. Desde entonces, se están propagando con rapidez, apoyados en su fertilidad y en que se han encontrado que las abejas melíferas de aquí son de lo más inocente. Incluso los que están más interesados en detener su avance, los apicultores, desconcertados, no han dado aún con un método eficaz para combatirlas y, hasta que no den con la tecla -si es que lo consiguen- asisten consternados a la destrucción de las colmenas de sus fieles cooperadoras en la producción de miel, jalea real y cera, que tan buenos beneficios les proporcionaban. (2)

Porque los avispones adultos se alimentan de frutas maduras y néctar, pero -¡ay!- cuando tienen larvas que cuidar, el avispón madre, desde lo profundo de su colmena, las incita, con mordiscos persuasivos, a buscar carne fresca. Y la que les resulta más apetitosa es la de las abejas y las de sus larvas. Así que, cuando una de las exploradores detecta una colmena, la señala con sus feromonas para encontrar luego el camino, y vuelve luego con un ejército de colegas que, en pocas horas, deshacen la defensa de las pobres abejas, matándolas con cruel frenesí, sin que los aguijones que clavan las infelices invadidas les dejen huella apreciable (necesitarían más de ocho o nuevo pinchazos de su veneno, y, como es sabido, además, cada vez que una abeja pierde su aguijón, está condenada a morir).

Los sabios entomólogos, presionados por la necesidad, han puesto al cubierto que, en sus zonas de origen, las abejas melíferas (de la especie apis cerana) habían desarrollado una estrategia especial para el momento en que  detectaban a un avispón de patrulla cerca de su colmena.

Se acercan, aparentemente sin miedo, y le invitan con movimientos de sus antenas,  señalándole la entrada  de su casa común. Cuando, confiado, el gigante se ha adentrado lo suficiente en el domicilio ajeno, en lo que imaginará es una muestra de sumisión ante su superioridad, se agrupan en tropel en torno al intruso, y, batiendo sus alas con frenesí, consiguen que la temperatura suba por encima de los 40 o 45ºC , que es el máximo que puede soportar el avispón, que muere de sobrecalentamiento, atufado.

Resulta, por ello, que no puede volver con los suyos a avisarles de lo que había encontrado, y la colmena de abejas puede seguir su existencia tranquila.Lamentablemente, las abejas europeas (apis mellifera) no han desarrollado esa estrategia, y, ante el ataque de los avispones asiáticos, no saben cómo defenderse.

Encuentro que la aplicación al mundo de los humanos es inmediata. Si un gran consorcio pretende hacerse con un sector del mercado de distribución de cercanías, las actitudes posibles son dos: dejarse vencer o convencer por el gigante, abandonando resignadamente el sitio que se ocupaba, o, dejando que se instale en el territorio que ocupan -no necesariamente invitándolo a hacerlo, desde luego-, pero, en lugar de realizar una defensa aislada, coordinando su actuación en unión de los demás pequeños comerciantes.

Me resulta curioso que nuestros mercados de cercanías, hace apenas cuatro o seis décadas ocupados por comerciantes locales -las emotivas «tiendas de la esquina», cuyos propietarios fiaban sin problemas, anotando en hojas de papel de estraza las cuentas por cobrar de sus clientes, y que éstos liquidaban cuando disponían de efectivo, hayan sido sustituidas, por una invasión de dos especies muy diferentes. Las instalaciones de las grandes cadenas, que se establecieron en las afueras, en gigantescas superficies cedidas a precios de conveniencia por los ayuntamientos, y, cuando los pequeños comerciantes tuvieron que cerrar sus tiendas, ahogados por las deudas, se instalaron en las cercanías representantes de una especie foránea, resistente al ataque de los avispones, que es la abeja asiática: el comercio chino.

No se conoce aún cómo se las arreglan esos industriosos humanos abejínidos para subsistir, aunque se sabe que no tienen horario, que actúan todos coordinadamente, que son misteriosos como las noches de primavera y otoño, y que aprovechan las necesidades de los abejínidos autóctonos, y su manifiesto carácter acomodaticio, para crecer y multiplicarse.

Y esta es la primera estrategia salvaje que ofrezco para meditar.

(continuará)

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(1) Considerada como la especie Vespa velutina, en otros lugares.

(2) Lo que se les ha ocurrido, hasta ahora, a los humanos, no ha sido especialmente brillante. Repiten esquemas antiguos en la creencia de que situaciones distintas, cuando son tratadas con una fórmula que tuvo éxito anteriormente, van a resolverse igual.

Una de las ocurrencias más tontas ha sido, sin duda, imaginar que. disparando a una colmena de avispones con una bomba incendiaria, iban a conseguir quemar a toda la población que se cobijase en su interior y, en particular, matar al avispón reina.

Tururú, El núcleo de la colmena de avispones asiáticos, en donde se cobija la reina madre está especialmente protegido, y se ha revelado extraordinariamente resistente a este tipo de ataques. Peor aún, los avispones, al sentir el calor, al que son muy sensibles se dispersan rápidamente y, algunos, enfilando al humano que les disparó, lo atacan con virulencia. Sus picaduras son muy peligrosas, porque tienen mucho más veneno que las avispas locales, y se han reseñado algunos apicultores que lo han pasado muy mal.

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Gansadas

4 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Los gansos no tienen buen cartel entre nosotros, que llamamos gansadas a toda ocurrencia surgida sin meditación y que está, para quien así la juzga, fuera de contexto y lugar. Cuando decimos de un adolescente que se encuentra en la edad del pavo, podríamos mejor decir que esta pasando por la edad del ganso.

Este menosprecio idiomático hispano al noble animal que avisaba en el Capitolio de la llegada de extraños y del que, convenientemente sobrealimentado, los vecinos franceses supieron extraer el delicioso foie-gras, no fue compartido por los economistas Kaname Akamatsu y Saburo Okita, que han visto en ellos, allá por los años 60 del siglo XX, la inspiración para explicar el modelo de desarrollo de las postguerras mundiales que convenía seguir a Japón.

El Ganko-Keitai, o «modelo de los gansos voladores» pasó a ser un referente para los teóricos del desarrollo. Como es sabido de todo ornitólogo y de cualquiera que haya visto el comportamiento en vuelo de estas aves migratorias, las bandadas de gansos avanzan en uve, con una de ellas, en cabeza, rompiendo los aires. Las que van detrás se benefician de ese esfuerzo y, cuando la que venía realizando el trabajo, se cansa o muere, otra la sustituye de inmediato, y así, hasta que llegan a su destino.

No me propongo desbrozar aquí los intríngulis del esquema que, dicho sea de paso, fue mejorado en los setenta por Raymon Vernon, llamando a su modelo «Teoría del ciclo del producto» (TCP), adaptándolo a cuestiones microeconómicas.  Sus aplicaciones prácticas dejaron huella en este mundo parcialmente globalizado, incluidos algunos cadáveres.

Todavía hoy, algunos pensamos que, apelando a los gansos, a los tigres o a los tiburones, todo desarrollo tecnológico realmente novedoso necesita de visionarios innovadores que se convierten en líderes de una bandada de seguidores, que, siguiendo una ley natural, les irán siguiendo los pasos lo más cerca que puedan, haciendo cierto el riesgo de que acaben engullidos, convertidos en víctimas de su proeza.

Sean bienvenidos los desplazamientos de gansos tecnológicos, y, entre las llamadas start-ups, no dudo que hay empresas dirigidas por genios de la creatividad y hasta me jacto de conocer algunos. Pero también advierto: los aficionados al ciclismo saben bien cómo suelen terminar las gloriosas «escapadas en solitario», que tanto prestigio dan al deporte reina del esfuerzo por equipos. Otros ganan la carrera, aprovechándose del esfuerzo de los héroes.

Llego aquí para comentar que, en este momento singular de nuestra historia, veo vuelos de gansos por todas partes, movimientos migratorios de todo pelaje e intención. Aquí y allá: en la vida política, en el tejido empresarial, en la judicatura, en la enseñanza, en la medicina. Hasta en los patios de vecindad, si se me apura, veo bandadas de seres humanos -gansos en la ficción que estoy contando- que siguen, ciegos, en pos de alguien que ocupa la cabeza.

Lamento decir que, en muchos casos, no acierto a saber hacia dónde van esos esforzados. Aún peor, por lo que deduzco del camino que siguen, especulo que tampoco lo saben bastantes de los supuestos líderes de esos grupos que, enarbolando proclamas, se animan unos a otros graznando, aplaudiendo lemas o batiendo alas, y aletean, aletean y aletean, siguiendo en las formaciones sin  rendirse.

Traspasado el horizonte de sus fuerzas, supongo que caerán, exangües, sin tiempo ya para preguntarse qué es lo que les incitó a moverse impetuosamente de los lugares donde estaban -¿fue solo la curiosidad, acaso el descontento, pudo ser la envidia, les impulsó el odio?-, sin haberse puesto de acuerdo antes de emprender su vuelo sobre el lugar al que querían ser conducidos por su líder después de un largo viaje.

Porque los gansos de veras, no los de un cuento cualquiera, los que responden a su naturaleza, sí lo saben. Al sitio donde hará menos frío en el invierno y que dejaron atrás para volver a anidar en primavera. No será ésta la conclusión aplicable a los humanos, cuya naturaleza racional les impulsa a ir hacia lo desconocido, que es su forma de entender donde se halla lo mejor.

Pero que no lo hagan ciegos, que para algo han de servir, para encauzar los primeros aleteos de todo cambio de rumbo, las referencias del pasado y su enseñanza básica, que no está toda en los libros, sino en los costurones colectivos.

Publicado en: Actualidad, Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: Akamatsu, ganso, Okita, Vernon

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