Al socaire

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Desnudando el gas de pizarra

7 febrero, 2016 By amarias Deja un comentario

Mi buen y laureado amigo Eloy Alvarez Pelegry, junto a Claudia Suárez Diez, -ambos ingenieros de minas-, han publicado el libro «Gas no convencional: shale gas» con un subtítulo comprensivo: «Aspectos estratégicos, técnicos, medioambientales y regulatorios» (Orkestra, Marcial Pons, 2016).

El volumen fue presentado en un acto organizado por la Real Academia de Ingeniería (Eloy es académico de esta rancia institución), y contó con la introducción cariñosa -y algo peculiar- de otro colega de la ingeniería, mi profesor de Ampliación de Física con base en el cálculo tensorial, José Luis Díez Fernández, quien dibujó con trazos más bien negros algunas cuestiones de la trayectoria seguida con el gas en España, que tiene muchos claros y algún oscuro. José Luis recordó, por ejemplo, en su intervención preliminar, accidentes causados por el peligroso grisú en las explotaciones de carbón de las cuencas del norte y ciertas explosiones en la red de Barcelona cuando las instalaciones que estaban previstas para gas ciudad se utilizaron para gas natural, lo que no dejó a la audiencia, desde luego, con el mejor cuerpo para el plato que nos disponíamos a degustar.

Eloy y Claudia han realizado un trabajo serio, no exhaustivo -el tema está abierto- pero sí sistemático y documentado sobre el presente del recurso. Es, sin duda, el mejor resumen técnico -más de 300 páginas, con multitud de cuadros y referencias- que se ha hecho en España, hasta ahora, sobre la cuestión. El propio texto, que encaja con lo que se podría considerar un trabajo académico de altura sobre una metodología, ofrece un Resumen, al final, en seis páginas,  de lo  sustancial expuesto por los autores, para aquellos escasos lectores -supongo- que prefieran, ante un tema de tanto interés y actualidad, contentarse con quedarse con algo de la música y no detenerse a oir la partitura entera.

El libro es una referencia obligada para ilustrarse sobre la situación mundial del shale gas, comenzando por definirlo bien, detectar las explotaciones del mismo actualmente en uso, la evolución de los precios de referencia, las tensiones geopolíticas que ordenan o complican su mercado y, como ya se advierte en el subtítulo del mismo, también aborda cuestiones legales, tanto al abrigo de la legislación medioambiental específica española como incorporando visiones adoptadas por países que ya están realizando la explotación de hace tiempo de estos reservorios a gran profundidad que se pueden extraer aplicando técnicas de perforación mixta, horizontal y vertical.

Se ha leído y oído tanto, y adornado con tonterías, nimiedades o medias verdades, acerca del shale gas, -traducido aquí, en general, como gas de esquisto, aunque Fernando Pendás, otro de los mineros que andan haciendo apología de la necesidad de explorar este potencial recurso autónomo, no pierde ocasión de corregir/nos que deberíamos decir gas de pizarra, o mejor gas de lutitas- que el viene bien poner orden, y hacerlo de forma documentada, con datos y referencias serias, acerca de una cuestión que aquí parece controvertida y es pan de cada día para otros. Ojalá sirva, al menos, para que los que sabiendo muy poco hablan por los codos, se callen o se les haga callar con buenos argumentos.

Recomiendo, pues, el libro. Aunque también advierto de su efecto limitado fuera de los ámbitos estrictamente técnicos o académicos: estas cuestiones que afectan temperamentalmente al ambiente y al riesgo técnico potencial, se envenenan muy fácilmente, y el asunto, en nuestro país, está muy contaminado por reservas a priori, datos falsos, e intereses económicos oscuros difíciles de detectar. No niego que también el llamado «lobby gasista» tenga su interés en que se autoricen las prospecciones, pero si no existe un móvil económico, también se paralizan los asuntos de interés general.

El salón de actos de la Real Academia de Ingeniería dio, pues, empaque a la difusión de un mensaje serio. En esencia, que hay que autorizar la exploración del recurso, y que existe experiencia suficiente para garantizar que la misma se hará con las garantías de seguridad del más alto nivel, y que, en fin, si se detecta que el subsuelo español tiene volumen extraíble suficiente para hace rentable la producción de gas de esquisto, no deberíamos de renunciar neciamente a la explotación de un recurso propio.

Se necesita es, sobre todo, tranquilizar a la opinión pública y, para ello, hay que aportar a los debates a personas que aporten credibilidad, experiencia concreta, y  contrarresten las opiniones negativas construidas desde la falsedad, con la verdad. Lo que no implica dejar de señalar los puntos débiles que toda tecnología posee, pero sin exagerar su alcance. Todo lo que sirve al hombre tiene riesgos: la función del que sabe es controlarlos.

Enhorabuena a Claudia y a Eloy, y que consigamos llevar al puerto de la sensatez el debate sobre el shale gas. Después de todo, lo que se está demandando es que se explore la existencia rentable del recurso, no que se explote. Aunque mi admirado José Luis Diez Fernández haya hablado de viejas explosiones relacionadas con gases, pero acaecidas en otro contexto, con otras sustancias, en otras circunstancias de exigencia y control en España y en el mundo.

Publicado en: Actualidad, Economía, Geología, mineria, Tecnologías Etiquetado como: Claudia Suárez Díez, defensa, Diez Fernández, Eloy Alvarez-Pelegry, fernando pendás, gas de esquisto, gas de lutitas, gas de pizarras, gases, Orkestra, shale gas, tecnología

Políticos, funcionarios y ciudadanos

1 febrero, 2016 By amarias Deja un comentario

La sociedad civil es, muy posiblemente, una entelequia formal. No es difícil asimilar, cuando se leen crónicas de sucesos y escritos aderezados de historias y políticas, a los civiles a sujetos/objetos pasivos, inermes, indolentes, anónimos. Son destino de actuaciones de otros, y aparecen no pocas veces como víctimas colaterales (casualties). Se les toma por masa homogénea, predecible, inmune al estímulo individual y, en todo caso, se consideran detectables sus vaivenes cuando se les somete a la servidumbre adicional de las encuestas y sus necesidades y deseos se jalonan, como marcas de clase en estadísticas.

Frente a ellos están las fuerzas vivas, los estamentos, los ejércitos y el aparato inescrutable del Estado  que actúa para ellos, pero sobre todo, por encima, sobre ellos, y, muy raras veces, con ellos.

Así que, demandando un esfuerzo de abstracción podríamos preguntar: ¿cuál es la esencia de la ciudadanía? ¿A quiénes se refieren con el término ciudadanos y sociedad civil los que la usan tan despreocupadamente, y oímos a diario?

Procedamos por exclusión, para acercarnos a un intento, ya que no de definición, al menos de los confines del asunto. Desplacemos con decisión a quienes, precisamente, por utilizar el término ciudadanos para enmarcar a terceros, ni se consideran de ese grupo, ni apetecen que se les confunda con sus miembros: hablo de funcionarios y, por supuesto, de políticos.

Como funcionarios, incluyo a todos cuantos ocupan un puesto laboral pagado total o parcialmente desde el Estado.

No importa si en calidad de militares, desde generales a soldados; desde magistrados a oficiales: a todos cuantos estén adscritos a los recovecos de las administraciones de justicia; vayan fuera (con respeto), médicos, enfermeros, ATSs, analistas, gerentes, celadores y, sin dudar, todo el personal con bata de los centros de salud públicos del Reino; eliminemos, cómo no, a catedráticos, profesores titulares y suplentes, conserjes, asociados, eméritos, becarios y a los que ocupen los escalones administrativos y subalternos de cualquier centro de enseñanzas públicas; sean caídos del panel, abogados del Estado, TACs, actuarios, inspectores, y, con ellos, a todo tipo de ocupantes, ya sea por oposición, designación digital o asignación provisional, de cuantos lugares sean previstos en el escalafón de las legal o reglamentariamente definidas estructuras de las Administraciones; incluyamos el personal de los servicios de aguas, saneamientos, residuos y depuraciones; de los transportes, tierra, mar y aire, si reciben la nómina del Estado o de contratas, apéense ; del censo grupal, no caben tampoco en este empeño, los directivos, titulados, y todo el personal contratado por empresas públicas, mixtas, y parapúblicas; y, en fin,  desclasifiquen de la cosa de la ciudadanía, a todos cuantos reciban, si no están ya comprendidos en alguno de los epígrafes anteriores, una parte de su salario, remuneración o prebenda del erario común o de los centros relacionados con él por cualesquiera de sus arabescos organizativos.

Vayamos, luego a desclasificar a los políticos. Más fácil está, pues no pocos se habrán caído antes. Pero, al grano. Habría que entender por tales, no solamente a los que ocupan posiciones -no importa si esporádicamente- en cualesquiera de los Parlamentos, Senados y Senadetes, Municipios, Diputaciones, Consejerías o Gobiernos de toda alcurnia y condición -desde los Ministerios hasta las Direcciones Generales y los asesores áulicos, ya hubieran accedido en virtud de carnet o afiliación, aún la imprecisa; saquemos del plantel, también, a cuantos reciban encargos retribuidos sobre actuaciones pasadas o futuras, regalos y dádivas más o menos sólidas, sean o no de marca, y, en especial, los que encubran compensaciones económicas por trabajos ya acabados o de los nunca empezados, y a no olvidar los que tengan expectativas  fundadas o infundadas de acabar recibiéndolas, y, si se cumplieron, bájense o retírense, aunque falten documentos y razones demostrables de que las hayan disfrutado.

Si quedaran aún gentes incólumes; de la batalla y purga, irredentas; vírgenes de oposición, limpios de maniobra o engaño; incumplidores tenaces de las condiciones que les habrían llevado a otra situación que no gustaban; orgullosos de su nulo poder; tibios para ascender, diligentes al bajar y ayudar; si hubiera algo remanente, ahí tendríamos, como aquella rosa de la creación siderúrgica que salió de la mano de Aranguren y que acabó llamándose Arcelor-Mittal, voilá, la sociedad civil.

Gentes inocuas, invisibles, oscuras: siervos de la gleba. No tienen nada que ver con políticos ni funcionarios, no esperan de unos y otros nada de particular (tal vez, disgustos), de lo que no saben no contestan, y prefieren no contestar de lo que saben, si no es a su debido tiempo. No comprenden de asuntos políticos y, cuando les toca con su mano de hierro la función pública, agachan, sumisos, la cabeza.

Lo que no quiere decir, que no sean ellos, sin embargo, los que sufren de las crisis, disfrutan de las migajas de la bonanza, reciben premios de lo que cae de la mesa, padecen disgustos, se someten aunque se muestren reacios, entregan su valor cuando las levas, y se esfuerzan en cumplir prescripciones, dictámenes, decisiones e incluso los caprichos que del otro mundo de la esencia vienen.

Si existieran, como yo me siento, más gentes pertenecientes a la sociedad civil, -que no representantes, pues la heterogeneidad excluye cualquier representación-, entenderán mi desconcierto.

Porque hétenos aquí llegados a un punto en que los políticos aparecen enzarzados, no en decidir cómo gobernar mejor la polis, sino en pavonearse entre sí acerca de lo bien que podrían hacer no se sabe qué y aún menos, cómo. Nos exhiben lo mucho que se valoran a sí mismos y quieren que los admiremos por ello.

Y vuelvo mi mirada hacia los funcionarios. Mientras la sociedad civil, esa formada por los que dependemos de nosotros mismos, los que, si no hemos conseguido en el día de hoy vender nuestra mercancía laboral no comeremos mañana, asistimos, con envidia, al hecho de que el aparato funcionarial sigue funcionando. Es buena cosa: sigue habiendo clases, asistencias médicas, multas, inspecciones fiscales, encausamientos, sentencias. Nadie marca a los funcionarios, desde arriba, el camino a seguir. El sistema tiene inercia, y actúa, no por las decisiones marcadas por los políticos, sino por la necesidad de otros, por la voluntad de unos, por conocimientos, perspicacias e intereses que no están dictados desde arriba.

Ya me gusta sentir ese aire en la cara. Se habla de corregir el rumbo, pero yo lo que creo es que hay que poner más dosis de realidad en la política. Si no saben descender a donde estamos los ciudadanos, si no saben qué dar o mandar a los funcionarios para que lo hagan mejor, renuncien los políticos a formar gobierno, olviden los resultados de las elecciones de diciembre de 2015, y dejen que se convoquen otras nuevas. Por favor, eso sí: Que no vuelvan a presentarse los mismos ni con los mismos programas -si es que hubo-, que a esos y a éstos ya los hemos votado.

Que vengan otros que utilicen la oportunidad de orientar y dirigir mejor el trabajo de los funcionarios, haciendo que el magma del que vive la sociedad civil se tranquilice, y el dinero y el trabajo dinamicen las ruedas, que se paran.

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: Ciudadanos, elecciones, funcionarios, políticos, sociedad civil

Espíritu grupal, objetivos y liderazgos

14 septiembre, 2015 By amarias Deja un comentario

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Tinta china y acuarela: «Expedición de buscadores de nada» (oct 1987, @angelarias)

La idea no es nueva, y no es el único dibujo con el que la expresé. Un grupo heterogéneo de gentes, con banderas, símbolos y bagajes, avanzando por un terreno desértico. No falta un vigía que parece señalar, como renovado Rodrigo de Triana, un destino invisible; hay musicantes, danzarines, avasallados por la turba, amantes, niños…Alguien mira hacia atrás, tal vez incluso añorando el desperdicio que se abandona.

En estas mismas páginas, en la serie «Cuadros comentados», glosé el significado de otro dibujo satírico, trasunto en aquel caso del famoso de Lecroix «La libertad guiando al pueblo», al que no puedo sino remitir al lector curioso.

Me han preocupado siempre los liderazgos sin razones, los seguidores sin crítica, los objetivos sin futuro, los argumentos sin matices. A lo largo de mi vida, he tenido múltiples ocasiones de observar el comportamiento de líderes y guías y, cómo no, de analizar los de sus seguidores, ya sean subordinados, colaboradores, fieles, devotos, y hasta esbirros. De una manifestación grupal, me interesa estudiar el resultado pretendido: para el que promueve el objetivo, para los que lo apoyan convencidos, para quienes esperan conseguir, a cambio de su apoyo, prebendas y dádivas.

Es muy difícil conseguir seguidores; no digamos ya, adeptos. Quienes escribimos, por ejemplo, en un blog, -sin padrinos, desde la independencia de partidos, grupos o sectas, sin nada que ofrecer a cambio más que el eventual producto de nuestro reflexión cultivado en el terreno ignoto del parecer peculiar de cada lector-, sabemos cuánto cuesta que te lean, qué riesgo supone que te malinterpreten los que te lean, que milagro se tiene que producir para que los que te hubieran leído, y te hayan interpretado sin sesgos, intervengan. Qué pocas opciones hay de que los otros se manifiesten contigo, aunque sean en tu contra, en desacuerdos fundados.

Por eso, cuando veo a varios cientos de miles, parece incluso que millones, siguiendo un objetivo que no alcanzo a comprender, en pos de uno o varios líderes que no comprendo lo que dicen (igual me da que se expresen en español que en inglés o en su prístina lengua vernácula), vuelvo la vista a este cuadro que cuelga de una de las paredes de mi casa, y me pregunto: «¿quo vadis?». Porque, estas huestes a las que me refiero hoy, no huyen de nada ni de nadie, -no las persiguen por sus creencias, no hay guerra en sus predios, no les amenazan de muerte por existir a su manera-.

A esas gentes, no les caracteriza ni su lengua, ni su pasado histórico común, ni la mayor eficacia presunta de sus capacidades y estructuras propias. Si tal creyeran, estarían ahondando únicamente en sus limitaciones: porque hablar un idioma particular, anclarse en la Historia pasada, pretender que se tienen inteligencias superiores, no son más que argumentos de los que no se puede comer ni con ellos disfrutar de una vida mejor.

Así que a esas gentes las guía solamente la promesa de que alguien -atribuyéndose una credibilidad mesiánica, una portavocía sideral-  les ha dicho que tendrán una existencia más feliz si se separan del grupo en el que, juntos, íbamos. Les han hecho incluso creer, trileros del lenguaje y del pasado común, que les hemos estado quitando algo que era suyo.

Dejemos a los aguirres con su cólera de dioses ultrajados, y a los que le siguen, con firmeza, cariño o despecho, según cuadre, vayámosles quitando sin tapujos las vendas que tapan sus ojos, para que, pudiendo mirar en rededor sin anteojeras, abandonen esa expedición de buscadores de nada. Persuadidos de lo que nos es a todos útil, únanse a nosotros, a todos nosotros. Les estaremos esperando allí donde se dejaron seducir por adormecedores cantos de faunos, trasgos,  mendaces sabihondos y mórbidos sirenos.

Publicado en: Actualidad, Economía, Sociedad Etiquetado como: Arias, buscadores, Catalunya, españa, grupos, líderes, nada, sectas, separatismo, Spain

Rusia ha vuelto

30 mayo, 2015 By amarias 1 comentario

Con ocasión de la visita de Felipe VI al centro de la OTAN en Torrejón (un búnker subterráneo en el que operan 180 militares de varias nacionalidades), el teniente coronel del CAOC (Centro de Operaciones Aéreas Combinadas), Velázquez Gaztel,  expresó que Rusia ha emitido el mensaje de que «está de vuelta» (1).  Matizó luego que no creía que nos encontráramos en el albor de una nueva guerra fría, aunque se desconocía la intención con la que ese vecino pródigo nos hacía la visita.

Las radiaciones recogidas por el sensor militar con ocasión de la reunión de estrellas de alto rango, coincidieron en el tiempo con la emisión de una señal paranormal que afirmó haber detectado Esperanza Aguirre, estrella de gran magnitud ella misma, y que fue la candidata más votada -por los pelos- en las recientes elecciones de mayo de 2015.  La frustrada proto-alcaldesa, asentada en territorio post electoral, denunció la intención de la juez retirada Manuela Carmona, alcaldesa in pectore de una coalición que no acaba de cuajarse, de implantar los soviets en los barrios.

Fue una casualidad. Pero el azar también lanza sus mensajes, y, tratándose de una política avezadas en jugar con las palabras,  identificar la idea de las asambleas participativas, herencia yacente de las plataformas del 15-M,  con la creación, allá por 1905, en la Rusia precomunista, de unas agrupaciones mixtas de obreros, militares y campesinos, que tenían por objetivo derrocar al zar, confirma el fino olfato de la condesa para detectar olor a ruso en un cocido aunque no figure en la receta.

Para los militares que gustan de tener claro el enemigo -alguno ha de quedar-, la vuelta de Rusia a la confrontación potencial, significaría volver a soñar con hacer carrera triunfando en batallas campales y no con cursos de ascenso al generalato impartidos en aulas en donde las clases prácticas se realizan con simuladores. ¡Qué tiempos aquellos en los que la población civil se desayunaba cada dos por tres con la vista puesta en el cielo, temiendo atisbar un misil de cabeza atómica dirigido hacia un «objetivo estratégico» situado en la manzana de al lado.

Para los políticos que se habían acostumbrado a tener solo una alternativa a la que desmontar, el que el enemigo sea ahora difuso, debe provocar inquietud, y encuentro lógico (poniéndome en su piel) que atribuyan a las nuevas especies políticas cualidades que pertenecieron a poderes extintos, a formaciones de viejos manuales de campaña, en la ingenua obsesión de creer que el antídoto será insultar la inteligencia de la ciudadanía.

No estoy en condiciones (ni tengo la formación necesaria) para negar taxativamente que Rusia y el comunismo no vayan a volver, aunque mi conocimiento de la Historia me indica que son dos entidades de diferente naturaleza, y con objetivos diferentes.

Además, como ciudadano pacífico y de talante posibilista, quiero ver, sobre todo, oportunidades de cooperación entre países, grupos y personas. Prefiero situarme al lado de los que analizan el terreno para tender puentes y avanzar, en un mundo que está, al menos en lo que respecta a las comunicaciones,  globalizado.

Estupenda ocasión  para que los Estados se esfuercen en mejorar el producto interior bruto mundial y lograr, de una vez por todas, repartir mejor las plusvalías, para aliviar con urgencia la situación de los más desfavorecidos, no importa allí donde se encuentren.

Me encantaría oir hablar de la existencia de un Centro de Operaciones de Cooperación Combinadas, en el que personal con amplios conocimientos tecnológicos y datos fidedignos sobre los flujos de riqueza y la óptima rentabilización de los recursos naturales del planeta (además del óptimo aprovechamiento de las fuentes de energía accesibles con nuestros actuales conocimientos), se encargase sin desmayo de proponer actuaciones de mejora.

Y en cuanto a la puesta en solfa del bipartidismo PP-PSOE, que ya había mostrado su agotamiento y, aún peor, la inclusión en el esquema del virus de la corrupción galopante, veo motivos para estar de enhorabuena, porque toda nueva expectativa, significa ilusión. Y, tal como se presenta el panorama político en la mayor parte de los municipios y autonomías españolas, no nos vendrá mal dedicar un tiempo a tratar de entendernos sobre las prioridades, sin recelos ni ideas preconcebidas, ni clichés que pertenecen a otras épocas, otros países, y a temores desfasados.

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(1) La noticia la recojo del blog de Carlos Penedo en Estrella Digital.

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Política

Exámenes

27 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Estamos en época de exámenes. Para casi todo el mundo, aunque me voy a referir especialmente a aquellos que, atendiendo a esa bella categoría que caracteriza su situación de aprendices de ciencia y conocimientos, denominamos estudiantes.

Para este colectivo, fundamentalmente formado por niños y jóvenes, son momentos importantes, porque los exámenes son aquellas pruebas por las que sus educadores -los docentes- determinan si han alcanzado la suficiencia, es decir, han asimilado los conocimientos suficientes para ser aprobados de una materia.

Esa es la teoría. La práctica ha quedado de tal forma desdibujada que, seguramente consciente del despropósito en que esta sociedad se ha dejado guiar en todo lo que signifique calificar a otros, pocos están enterados de cómo se realiza en la actualidad esa evaluación, y a qué conduce. No pretendo explicarlo en detalle con este sucinto comentario, sino descorrer, desde mi información, algunos velos que ocultan la realidad de la situación y aportar, de paso, mis reflexiones al respecto.

Para empezar, debe el lector ignorante desechar la idea que seguramente pervive en su subconsciente, a partir de su propia experiencia pasada, de que existen exámenes de junio y, para los que han suspendido o no se han presentado a esa primera convocatoria del curso escolar, subsiste la posibilidad de volver a intentarlo en septiembre. Quiá. La mayor parte de las pruebas que se llevaban a cabo en junio, se harán en mayo; y los exámenes de septiembre, no serán tales, sino que los que no superen la prueba de mayo tendrán una segunda opción en junio. Ha leído bien: un mes después.

Es evidente que esta secuencia tan próxima de pruebas no está hecha en beneficio concreto de los alumnos, sino, sobre todo, de dejar un panorama vacacional hasta principios de octubre suficientemente expedito de pruebas académicas a los docentes. No me parece que un mes sea tiempo suficiente para preparar unos exámenes que no se ha conseguido superar -particularmente, si han quedado suspensas varias asignaturas- y, por tanto, el azar juega un papel importante en la posibilidad de que esa segunda prueba permita al alumno encontrarse con la oportunidad de que se le pida responder a alguna de las cuestiones que mejor tenía preparadas, y que no se le propusieron en el examen inmediatamente anterior.

Las opiniones de los docentes -universitarios tanto como de primera o segunda enseñanza- son coincidentes en que los alumnos están peor preparados cada año, tienen menos interés por aprender, y son más contestatarios que nunca ante la perspectiva de ser suspendidos. Por supuesto, los mejores de cada curso destacan mucho, demasiado, en relación con un pelotón cada vez más numeroso, no de torpes, sino de pasotas, de rebeldes en relación con el aprendizaje.

Esta dicotomía creciente entre los que aprecian el saber y los que, despreciándolo, se centran en demandar que se les conceda la superación de las pruebas apelando a la indulgencia del examinador, o, aún mejor, sin ser sometidos a prueba alguna, me lleva de la mano, a otra cuestión.

Me parecen fundamentales los exámenes y las reválidas. Son tanto más importantes, en tanto que la masificación de las aulas no permite diferenciar a los alumnos durante el curso. En cuanto a las reválidas, es decir, los exámenes que permiten apreciar la asimilación de conjunto -lo que antes se llamaba «madurez»- son esenciales para conocer si, después de los estudios, queda un poso duradero suficiente.

Participo con asiduidad en foros de opinión, escucho con atención la forma de expresarse de nuestros estudiantes -y también, ay, de muchos de sus profesores- y puedo constatar que estamos generando una subespecie de indocumentados: una parte nada despreciable de nuestros discentes saben poco, lo poco que saben lo saben muchas veces, mal, y lo que saben mal, creen que es la verdad absoluta.

Si nuestra sociedad quiere reflexionar seriamente acerca de lo que puede esperar del futuro, me parece imprescindible que consiga separar, y con rapidez, la paja del heno formativo. No valen igual todos los títulos, no se exige lo mismo en todos los centros docentes y no cuenta igual un aprobado conseguido con esfuerzo y asimilación personal que el logrado por cansancio, desesperación del examinador (o la necesidad de mejorar su ranking de aceptación para cobrar un plus de docencia). Habría que detectar en los currícula estudiantiles los «aprobados generales», no poco frecuentes.

Me parece necesario que los programas educativos, en lo que respecta a la formación reglada, se realicen por el más amplio consenso. La dirección seguida es la contraria, con desmesurada e indescifrable proliferación de titulaciones, plagadas de imaginativas asignaturas a la medida del gusto de los docentes o de las arbitrarias políticas universitarias (por llamarlas de algún modo) de las Comunidades Autónomas y todo al amparo de un mal entendido derecho a la libertad de cátedra, que tenía otro propósito y no el de dejar con la rienda suelta al que define los programas.

El futuro de un país se construye en la enseñanza de sus jóvenes. Con rigor, con exigencia, con honestidad, con visión de lo que esta sociedad necesita para mejorar lo que tiene hoy y preparar sus opciones -las colectivas junto a las individuales- para acometer los retos venideros. No se está haciendo. Se está de espaldas a que la tecnología es exponencialmente más compleja a cada paso, la necesidad de adaptación a un entorno cambiante y en parte impredecible -pero sobre el que se puede y debe actuar- supone un tipo de enseñanza que se oriente a la resolución de problemas complejos y no a la idea feliz o a la memorización de materias que servirán para poco.

Es muy cómodo corregir exámenes tipo test, hacer pruebas escritas en lugar de orales, juzgar por una sola prueba sin conocer personalmente al alumno, y retirarse a la cueva profesoral lamentando que los alumnos sean cada vez más torpes. Demasiado cómodo. Para la sociedad que consiente este estado de cosas, la responsabilidad es terrible, porque se está propiciando profundizar en la dicotomía del que sabe para qué, y el que no sabe ni para qué, ni tiene ganas de saberlo algún día.

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Una yunta díscola: Los efectos de la tecnología (2)

30 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Continúo con mis reflexiones sobre las consecuencias de la globalización de la tecnología sobre el empleo.

2. La población potencialmente activa mundial crece en tanto que disminuye la cantidad de trabajo disponible

Aceptando, como valor aproximado, que la población potencialmente activa mundial es de 3.150 millones de los que solo 650 millones se encuentran en los países desarrollados, se deduce de inmediato que la capacidad potencial laboral (medida exclusivamente en horas de actividad disponibles) es de 4:1 a favor de los que, en este momento, tienen menor capacidad tecnológica.

Si consideramos que las horas de trabajo potenciales por persona son de 2.000/año, llegamos a la cifra abrumadora de 5 billones (millones de millones) de horas/año disponibles en los países menos desarrollados en tecnología, de los que, desde luego, China, India y Brasil concentran la mayor parte. Mucho potencial y, también, un gran campo para valoración de las consecuencias de las políticas locales de empleo y de los efectos de la globalización.

La cuestión a dilucidar, -en principio a escala global-, pero, sobre todo, dado que no existe un líder mundial, lo que demanda una valoración y estrategias locales, es si resulta posible mantener ese número de horas laborales en un país o una zona geográfica, al incorporar los avances tecnológicos -los actuales y los que se vayan produciendo- a los procesos (antiguos y modernos), y cuál debería ser el ritmo de esa incorporación para que los desfases -tanto en necesidades de cualificación de los empleados como en la acomodación del reparto de las horas disponibles entre las familias-, de manera  que todos (o la inmensa mayoría) obtengan por esa vía los recursos económicos para su subsistencia.

En mi opinión, la ecuación a resolver es muy difícil (eso no es nuevo: todos los análisis macroeconómicos implican atender a variables extremadamente complejas), pero el problema principal es que ni siquiera se ha planteado como dilema.

Tomemos como ejemplo las ventajas y carencias de un país del tamaño de España (en situación tecnológica media-alta) en relación con modelos de éxito que evidencien ventajas respecto a nuestro modelo actual de producción y consumo. Algunos son competidores (Alemania, Francia, en especial, a los que cabe añadir, a su escala, Suecia, Noruega, Holanda o Dinamarca, por no hablar de Estados Unidos o Canadá).

Como es bien conocido, Alemania y Francia compiten con éxito tecnológico respecto a nuestras empresas, pues son nuestros principales proveedores extranjeros de mercancía con mayor valor añadido.

Otro grupo de países, estaría conformado por quienes tienen necesidades tecnológicas importantes en relación con sus expectativas de crecimiento, que se podrían cubrir desde nuestro nivel tecnológico, y que constituyen y constituirían el principal destino exportador de nuestras mercancías (China, India, Corea del Sur, Indonesia, Brasil, Chile, Colombia, México, por ejemplo).

Aquí aparece ya una cuestión inquietante. China, país que aparece como interesante destino de nuestros productos tecnológicos (por supuesto, en competencia descarnada con los demás productores, incluidas las propias empresas chinas), se está convirtiendo en principal productor de mercancía de baja y media tecnología, que desplazan, por falta de competitividad, a las empresas españolas.

Finalmente, existe un tercer grupo de países para los que resulta necesario analizar la dimensión y alcance de medidas de “ayuda” a aquellos otros países que, por proximidad, relaciones históricas u otras razones –incluso humanitarias- puede ser la base para cimentar una tercera línea de crecimiento exportador, con beneficios a medio o largo plazo (Marruecos, países centroamericanos, la región del Sahel, Etiopía, Bangla Desh, Pakistán, etc.)

Todos estos países necesitan recursos financieros y técnicos para mejorar sustancialmente sus economías productivas, además de, como valoración general, poner en marcha reformas administrativas y políticas. El Caso de Marruecos es, naturalmente, especial, tanto por proximidad geográfica a España como por las conectividades empresariales, culturales y políticas que existen entre ambos países. Sin embargo, la experiencia muestra las dificultades de generar líneas de colaboración intensas y rentables para las empresas españolas, dada la francofilia de las administraciones marroquíes, por tradición, educación  y al ser el francés la segunda lengua del Reino alauí.

Si superponemos el enfoque demográfico con el tecnológico, en cada país advertiremos que las tensiones que provocarán en cada uno de ellos son muy diferentes.

Existen, desde la visión de los países desarrollados, tecnologías y desarrollos empresariales que están al final de su período de vida útil, y otras que se encuentran en sus comienzos e incluso cabe entender, por la celeridad de los avances científicos y técnicos -la ley de Moore, que no ha encontrado contradicciones prácticas, cifra este ritmo como exponencial-, que continuarán apareciendo otras nuevas, cuya dirección general puede ser, en ciertos casos, detectada o intuida y en otros resulta totalmente desconocido.

De las primeras, hay que analizar el apoyo a las que resultan imprescindibles para sostener el modelo productivo, al menos a corto plazo, hasta que puedan ser sean sustituidas; a las segundas, debe impulsárselas con apoyos fiscales, facilidades a la financiación, y estímulo con beneficios económicos y proyección social por la creación de empleo y riqueza.

No se puede alimentar un sistema tan complejo confiando únicamente en las iniciativas individuales. Ni siquiera se puede tolerar que sean las ideas de los grandes grupos empresariales los que controlen las decisiones.

Por una parte, el apoyo con información y conocimiento es imprescindible para los pequeños inversores: la sociedad debe avanzar en conjunto en su modelo productivo. El individuo está desvalido frente a esa vorágine tecnológica. No se puede confiar, como durante el siglo XX y anteriores, en que las iniciativas individuales servirán, actuando independientemente, para generar un modelo estable y autosostenido.

Existen más condicionantes. La consciencia de la necesidad de conseguir más recursos para atender a las necesidades del estado del bienestar y sostener, con inversiones públicas, la mejora y mantenimiento de las infraestructuras y servicios generales, supone la permanente revisión de la estructura impositiva.

En el caso de España, se necesitan recursos y movilización de los mismos para adaptar las estructuras productivas y generar nuevas líneas de desarrollo. El momento no será idóneo, pero la prioridad es evidente. Con la mirada puesta en la estructura impositiva y en las capacidades tecnológicas del resto de países de la Unión Europea -y particularmente, de Alemania, Francia e Inglaterra- es imprescindible  estudiar el rediseño de la gestión fiscal, que podría orientarse (no veo otra forma) hacia una mayor presión fiscal de los que más tienen y, en especial, hacia el incremento de los impuestos sobre el beneficio empresarial, ofreciendo reducciones fiscales y ventajas de financieras o crédito en caso de su reinversión, con apoyo a los sectores preferentes y a las iniciativas creación de empleo, dentro de un marco general de control y transparencia.

No es un tema de solidaridad, sino de supervivencia colectiva. El rediseño de la presión fiscal debe afectar también a los ingresos más altos, aumentando sobre ellos la presión impositiva, en beneficio del mantenimiento o mejora de las prestaciones sociales de la mayoría. En suma, se trata de implantar un modelo mucho más solidario, en el que el reconocimiento a las medidas sociales o altruistas sea visto como algo natural y prestigioso.

Se ha puesto énfasis, en multitud de trabajos económicos, como si se tratara de un objetivo de alcance inmediato, en el aumento de la productividad, como esencial para incrementar el valor añadido de las producciones. Es cierto que un incremente de la eficiencia afecta positivamente a las actividades tradicionales como a las de tecnología avanzada. Pero, y especialmente en las primeras, genera pérdida de puestos de trabajo. Y si estos no se recuperan en las actividades nueva, aumentará el desempleo, que significa, obviamente, el incremento de los índices de pobreza y de dependencia de las ayudas sociales.

No resulta difícil buscar los referentes. Son las empresas más competitivas de cada sector -españolas o extranjeras-. La construcción de la pirámide de competitividad en el sector no es un ejercicio inútil, ni a escala del sector ni para determinar la viabilidad individual. Es cierto que se puede subsistir como empresa con un cierto grado de ineficiencia (se puede suplir con mano de obra más barata, materias primas de peor calidad, precios más bajos), pero hay que considerar que la situación de equilibrio de un proyecto de ese tipo es inestable: solo los más altos de la pirámide competitiva subsistirán, y hay que plantearse si se debe apoyar a los actualmente menos eficiente, y de qué forma, o abandonarlos a su suerte.

Estas consideraciones no contradicen que la producción española tenga que ser dualizada en mayor grado –en el sentido de actuar en dos direcciones aparentemente contrapuestas-, compatibilizando lo tradicional y clásico con lo nuevo o innovador. Hay , buscando nichos tecnológicos, y procurando estimular la repetición de los resultados de éxito, siempre que se detecte la existencia de mercado suficiente, pero sin que las ayudas, si se ofrecen, sirvan para destruir empleo local existente: el objetivo fundamental ha de ser la ampliación de mercado en países emergentes (o la competencia con productos de alta calidad en los países consolidados), no la reducción de oportunidades en el propio.

Aunque parezca una paradoja, el mantenimiento de ciertos niveles de ineficiencia a escala local –en comparación con el óptimo del mejor saber hacer o de la más avanzada tecnología- se puede convertir en garantía, en no pocas ocasiones, para sostenimiento de empleo en zonas deprimidas, lo que obligaría a tomar en consideración el efecto indiscriminado de las ayudas públicas a determinados desarrollos tecnológicos o de distribución, cuando actúan en detrimento de los artesanos y comercios tradicionales. Con otras palabras, el mensaje propagandístico de que “todo lo nuevo es mejor”, puede condenar a la desaparición a industrias y empresas basadas en la calidad del producto y la mano de obra individualizada, que no serían capaces de competir en cantidad.

La globalización, unida a la orientación masiva hacia el consumo inmediato y sin baremos de calidad (porque la moda y la oportunidad sustituyen a los criterios de calidad y durabilidad), supone, por tanto, una amenaza intrínseca, que es imprescindible evaluar, también desde la perspectiva de la educación para el consumo responsable.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad, Economía

Una yunta díscola. Acompasar actividad económica y empleo (1)

28 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Comienzo con ésta una serie de reflexiones sobre la Generación de actividad económica y empleo. Nace este análisis de la apreciación de que , o bien la realidad socioeconómica -a escala local como global- no está siendo valorada en profundidad (lo que resultaría inadmisible, pues hay que presuponer la alta capacidad intelectual de muchos de los que estudian los datos de la situación) o, por razones que habría que detectar y exponer, las previsiones dimanantes de esa información se mantienen ocultas o se enmascaran a sabiendas.

Ninguna de ambas opciones me parece satisfactoria. Pero, en lugar de romperme la cabeza para tratar de dilucidar lo que está pasando en los círculos de opinión, ofrezco al lector mi análisis para que saque sus propias conclusiones. Como pretendo darle, en lo posible, un enfoque académico, pido disculpas por no renunciar a citas y a la aportación de gráficos o cuadros, para apoyar mis tesis.

Capítulo Primero. Marco general.

La capacidad de moverse aparece como una característica diferenciadora entre los seres vivos. Y, a similitud con los seres humanos, que compartimos con ellos el espacio terrestre,  se mueven en relación con la satisfacción de dos necesidades básicas: alimentarse y  obtener cobijo o posibilidad de escapatoria contra las inclemencias del tiempo o los cambios bruscos de su hábitat.

Cómo se resuelve el problema de tales servidumbres de la naturaleza, depende según las especies.  Si un individuo o conjunto particular  no lo consigue durante un  tiempo, perece. Los humanos, también.

Aunque se observa en los animales, e incluso a nivel individual, una preferencia por determinados alimentos o lugares, lo que les lleva a buscar, cuando tienen opciones, esa satisfacción, esta preocupación no parece determinante, y se subordina a las necesidades principales: comer y protegerse de ataques externos. Los humanos,  también. El sexo, salvo calificaciones patológicas, no supone prioridad, e implica que se encuentren satisfechas o garantizadas aquellas, aunque se debe reconocer que en situaciones extremas, en las que se presume el fin de la existencia (catástrofes, guerras, etc.), algunos acudan a él, pues la identificación física con el otro actúa de catarsis.

Este no es un trabajo sociológico, aunque es imprescindible trazar algunas líneas generales que, si se comparten, podrán servir para entender mejor las propuestas que se hacen en él. La actividad sexual, más que relacionada con el disfrute de la práctica del sexo, está ligada a la protección y garantía de continuidad de los mejores genes, y aparece en los animales, tanto los superiores como los considerados inferiores en la escala, como un condicionando impuesto por la naturaleza en determinados períodos, típicamente señalados por la disponibilidad para el apareamiento de las hembras.

Es evidente que la especie humana ha evolucionado mucho, abandonando en gran parte la preocupación por estos planteamientos elementales, incorporando otros muy complejos. Lo que no quiere decir que estén resueltos para todos los seres humanos e, incluso, se puede detectar que para más de mil millones de personas (del orden de 1/6 de la población mundial actual, lo que no es en absoluto despreciable), la atención a la subsistencia básica es ocupación prioritaria o única y, se debe indicar, no siempre resuelta.

La monetarización de la sociedad humana, en la que el trueque de mercancías ha quedado supeditado a la intermediación del dinero, ha supuesto que para la inmensa mayoría de los seres humanos y, desde luego, para prácticamente todos los que se encuentran en las economías desarrolladas, el poseer dinero, entendido como el medio económico intercambiable de inmediato por bienes de consumo, es imprescindible. Y la forma más directa, y honesta, de conseguirlo, es mediante el trabajo personal.

El disponer de trabajo es clave para sostener la economía individual y familiar, y la generación de puestos de trabajo suficientes para todos habría de ser el objetivo general irrenunciable de una sociedad humana organizada con prioridad a la atención de la comunidad.

Los avances tecnológicos han supuesto, siempre, la generación de desequilibrios en la sociedad humana. La invención de la rueda, el dominio del fuego, como la aparición de la pólvora, la máquina de vapor o el ordenador digital, -por enumerar algunos de los descubrimientos que señalaron esos cambios- ha provocado modificaciones en la estructura de las sociedades, desplazando a unos y situando en la cúspide a otros. Es decir, generando marginación que llevó a familias a la pobreza y, seguro, al fallecimiento por inanición o congelación, y a otros, los catapultó a la acumulación de bienes materiales.

Con el actual nivel de desarrollo tecnológico, el desequilibrio, a escala global, debiera ser admitido como imposible de resolver. Trataré más adelante de desarrollar esta afirmación en detalle, pero la expongo desde un principio para dar cuenta de la magnitud del problema. Crear empleo estable (con aceptable estabilidad) para mantener en ocupación a toda la población que desee estar activa parece irresoluble, y, especialmente imposible, a escala global.

La amplia aplicación de tecnología –sobre todo, robótica, telecomunicaciones, informática- elimina continuamente mano de obra que no puede ser compensada por el nacimiento de nuevas empresas, surgidas para cubrir nuevas necesidades. En los países más avanzados tecnológicamente y con gran capacidad exportadora sería posible, teóricamente al menos, combinar la cantidad de empleo sostenible suficiente para que la presión fiscal sobre empresas y empleados permita soportar las necesidades de población inactiva (estudiantes, jubilados, desempleados, etc.).

En la mayor parte de los países, el desequilibrio está destinado a aumentar. En España, está próximo el momento en que el número de empleados activos que coticen a la Seguridad Social (excluidos quienes cobren el subsidio de desempleo, cuyas cuotas las paga el Estado), disminuya definitivamente por debajo de la proporción 2:1 respecto a los pensionistas. (En datos disponibles del último trimestre de 2014, habría 17,8 millones de empleados activos, frente a 8,5 millones de pensionistas y 5,4 millones de desempleados estarían a la expectativa de encontrar algún trabajo).

No hay por qué ocultarlo, sino asumir responsablemente las consecuencias y paliar los efectos. El modelo de producción y consumo que nuestra sociedad ha desarrollado, no resulta sostenible. No lo es ambientalmente, porque las medidas de control del deterioro ambiental han sido tardías y dispersas, y se revelan como insuficientes. Pero aún es más grave, puesto que pone en riesgo la supervivencia de la humanidad –como conjunto- a un plazo relativamente breve, porque el consumo de materias primas no regenerables y la misma producción de desechos no recuperables superan la capacidad del planeta.

Sin duda, la transformación del modelo actual, seguido sin significativas excepciones, sustituyéndolo por otro que supusiera la plena concienciación de la urgencia por detener ese deterioro consumista y cambiar los hábitos de producción y consumo, implicaría decisiones muy difíciles de adoptar de forma conjunta. Una actuación unánime de todos los países se revela como una quimera irrealizable, lo que no significa que no deba ser asumida por aquellos países que, por su nivel de desarrollo y sensibilidad, entiendan la magnitud del problema y crean, coherentemente, que deben dar ejemplo y actuar de motores del cambio.

Para ellos, y en especial, para un país intermedio como España, las modificaciones productivas implican cambios profundos que afectarán al empleo de un modo sustancial.

En la medida, sin embargo, en que la sostenibilidad se va conformando, por convicción o por necesidad, en un factor importante para la competitividad en los terrenos donde prima la calidad y la concienciación colectiva, por encima del menor precio de los bienes, esa transformación es una oportunidad para afrontar el futuro de forma colectiva, transparente, solidaria y bien informada. Para cuantos creemos en un futuro mejor y, sobre todo, más solidario, posicionarse en ciertos sectores con una oferta razonable, de sostenibilidad demostrable, aparece como una forma inteligente y coherente de liderar actividades con vocación de durar y, por tanto,  generadoras de empleo estable.

El cambio de modelo es necesario, pero su plasmación concreta no resulta evidente. En la transición, no solamente la oferta de empleo disminuirá, sino que una parte de él se hará más exigente en calidad (es decir, exigirá una superior formación del empleado). En especial, en los sectores tradicionales, que pueden seguir siendo considerados básicos, hay que analizar seriamente la necesidad de redistribuir los tiempos totales de trabajo del personal, especialmente del menos cualificado, reduciendo las jornadas, estudiando la remuneración que sea acorde, no solo con la capacitación, sino también con las necesidades familiares (obtención de un salario mínimo por empleo).

Estas consideraciones, propias de un enfoque preliminar, apuntan a la reflexión de que la solución del problema de creación de empleo, implica, en primer lugar, analizar las soluciones técnicas que sean abordables, realizar su cuantificación económica y, en relación con los enfoques técnico-económicos que se estimen viables, estudiar las repercusiones sociales. En ese contexto, es posible implementar decisiones políticas que satisfagan plena o, al menos, de forma suficientemente eficiente, el objetivo de la generación de actividad empleadora. Si se altera el orden en la toma de decisiones, dando prioridad, por ejemplo, a los problemas sociales, despreciando las valoraciones económicas o las soluciones técnicas probadas más eficaces, el resultado conseguido es inestable, ineficiente económicamente y socialmente insostenible.

En los países con estructuras económico-sociales más estables, el salario máximo debería reducir su proporción, tanto respecto al salario medio como al mínimo. En la situación actual. la remuneración a los gestores y directivos llamados “de confianza” en algunos grupos empresariales resulta, objetivamente, escandalosa.

El mercado o el rendimiento obtenido por la eficacia de esos ejecutivos –que no juzgamos hipotética, sino real-, no puede servir para justificar los actuales sueldos de los directivos de primer nivel de las grandes empresas. Además, el acceso a los puestos gerenciales más altos debe ser mucho más trasparente, y la valoración de las capacidades, lo más objetiva posible, para evitar suspicacias respecto a la forma y méritos de acceder a la cúpula de la gestión empresarial.

Una mala gestión, en una gran empresa o grupo empresarial, arrastra, de forma piramidal, otras deficiencias sectoriales. El control de las entidades públicas y de las decisiones, en particular, las más relevantes, de las Administraciones del Estado, es inexcusable y los resultados deben ser transparentes. La desconfianza hacia las instituciones agrava la solución de los problemas, porque los dirigentes y empleados públicos han de dar ejemplo de honestidad y servicio a los intereses colectivos

Desde la perspectiva de la estabilidad socioeconómica, no es soportable que siga creciendo el número de pobres o desclasados con salarios ínfimos, cuando coexiste con el aumento de la concentración de riqueza en los más ricos, cuyo número total, además, tiende a disminuir.

El aumento del pib o de indicadores globales que no tengan en cuenta la situación desagregada puede dar la impresión falsa de que estamos ante un “aumento colectivo del bienestar”. Sea como fuere, debe analizarse la manera de distribuir mejor ese bienestar potencial (que tiene una base tecnológica ineludible), penalizando el disfrute despilfarrador, y detectando la concentración de recursos inactivos, creando paralelamente estímulos para la rotación del capital que lleven el disfrute de los beneficios a todas las capas sociales.

Una gestión política sensata debe valorar continuamente el descontento de los estratos socioeconómicos medios y bajos, y no atender exclusivamente a la satisfacción de los sectores más altos, confiando en que éstos serán los motores de la economía. Es un error. El nivel de descontento puede alcanzar situaciones muy peligrosas y, en los momentos actuales, se ha alcanzado.

Es urgente acudir a las medidas de urgencia: incremento progresivo de la presión fiscal sobre las grandes fortunas, penalización de los inmovilizados inactivos, implantación de beneficios económicos y reconocimiento social para la creación de nuevas empresas, análisis del destino del ahorro y estímulo a la reinversión, actualización de los valores catastrales, etc…

Sin embargo, las medidas de corrección deben ser también estructurales.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Economía

Una reflexión acerca de la orientación del consumo

2 diciembre, 2014 By amarias 2 comentarios

Hace hoy cuatro años nació mi primera nieta, Carlota. Es muy lista -mis cuatro nietas lo son, pero ella siempre será la mayor-, aunque aún no sabe leer. Entre los muchos regalos que recibirá en este día -tiene abuelos entregados, tíos muy próximos, tíos abuelos al acecho de fechas importantes, amigos consecuentes de sus papás y compañeros de sus trabajos- no creo que nadie haya tenido, además de un servidor, la descabellada idea de entregarle un relato socioeconómico para que lo lea, no ahora (ni siquiera para que se lo lean ahora), sino cuando tenga edad suficiente para analizar las cosas que se le ocurrían a su abuelo Angel, y poder juzgar, entonces, si tenían algún sentido o eran solo elucubraciones propias de la edad tercera.

Claro que, a lo mejor, también hay alguna persona mayor que se interese ya hoy por este regalo singular a mi nieta Carlota, y le apetezca leerlo mientras tanto.

Querida nieta:

He pensado que muchos de estos movimientos que los gobiernos de la Unión Europea y, entre ellos, particularmente, el nuestro, dicen que están haciendo para generar actividad y empleo, no dejan de ser manotazos al aire de la economía. Que estamos en crisis, lo sabe todo el mundo.  Pero cómo salir de ella, ¿lo sabe alguien? ¿Se puede salir de esta crisis? ¿Todos, o solo unos cuántos? ¿En cuánto tiempo?

Cuando tú leas estas líneas, dentro de unos años (si es que no se han perdido en las cenizas del tiempo), las respuestas ya estarán dadas o serán muy fáciles de obtener, con solo mirar alrededor y contemplar lo que ha pasado. Hoy por hoy, en el momento de escribir estas elucubraciones (yo las llamo elucubraciones, para no inquietar a nadie, porque los pesimistas tenemos muy mala prensa), no hay consenso sobre lo que conviene hacer.

Los que toman las decisiones, (y los que, por estar fuera del Gobierno, no pueden tomarlas, sino solo criticar lo que hagan los que están haciendo como que saben por dónde van),  no se ponen de acuerdo sobren las medidas concretas que tendrían efecto seguro sobre esas dos variables que te he nombrado antes: actividad económica y empleo. Ni siquiera parece que conozcan, con certeza, cuál de las dos es la variable dependiente, o si las dos son dependientes de otras variables principales. Hay muchos estudiosos que dicen que han reflexionado sobre el asunto, aunque mi opinión es que lo han hecho sentados cómodamente en sus despachos calentitos de profesores universitarios, entre clase y clase de teoría.

Tengo fundadas sospechas (es decir, es mi opinión), que las dos variables se han hecho, hoy por hoy, ya bastante independientes (en relación con lo unidas que estaban hace uno o dos siglos, por ejemplo) y, lo que es más importante, me temo (otra opinión personal), que cada vez lo serán más, porque las tecnologías -sí, esa especie de monstruo de las galletas que devora empleo por aquí y genera actividad económica por allá, y, a veces, a saber dónde-, eliminan mucha mano de obra allí donde se aplican, y, ya habrás visto, se aplican con intensidad y frecuencia creciente.

Caminamos hacia un mundo muy, pero que muy, automatizado, y eso, que parece bueno o bonísimo, casi óptimo (todos hemos soñado con la idea de que alguien nos haga el trabajo mientras estamos tirados a la bartola), sería nefasto si resulta que todo aquello que la mayoría de nosotros sabríamos hacer, (porque nos lo han enseñado en las escuelas de formación  o lo hemos aprendido por nuestra cuenta), no tiene ninguna demanda.

Porque sabemos todos, y algunos lo hemos experimentado en nuestra carne, que lo que no tiene demanda, equivale a decir que nadie pagaría ni un chavo por ello, aunque nos pareciera lo más hermoso y útil del universo. (Por cierto, ya se que no habrá chavos cuando puedas leer esto por ti misma; ni siquiera los hay hoy, en verdad, esos chavos, cuando ésto escribo. Mi curiosidad para ese entonces en el que tú estás es: ¿hay alguna moneda en circulación, de las que sirven para comprar y gastar, o la mayoría de la gente, en el después, solo se dedica a cambiar unos productos por otros -habríamos vuelto a la economía del trueque-, o tal vez están a la espera de que su Banco les diga que ya tiene bitcoins en su cuenta personal?)

Se puede estar mucho tiempo discutiendo acerca de si las cosas van a evolucionar a peor o no, y si -como dicen algunos, en mi opinión, sin ningún fundamento claro – lo que va a suceder es bueno, ya que la humanidad demostrará, una vez más, ser tan inteligente, (de forma colectiva, claro: unos pocos perfeccionarán las tecnologías para que los que les pagan hagan con ellas lo que les convenga, que se va a encontrar la solución a los principales roblemas actuales y seguiremos avanzando (hacia donde creamos estar avanzando).

Al grano, Carlota. Lo que se me ha ocurrido es que lo más importante para estar seguros de que los desequilibrios del crecimiento ultra-rápido no nos descompongan gravemente nuestro sistema socioeconómico, (ahora tan precario en su equilibrio), debiera ser atender a lo que está pasando con el consumo. No hay que mirar solo a la producción, no. Encuentro que hay un error grave en que lo hagamos así. Porque estamos en un mundo de productores, que nos señalan, en su propio interés, que no es el nuestro, la mayor parte de lo que tenemos que consumir.

Debemos  darle la vuelta a la tortilla y mirar desde la perspectiva que nos importa a nosotros, a la mayoría. A los consumidores.

Fijémonos, pues, en el consumo, es mi mensaje. En lo que necesitamos consumir y en lo que queremos consumir para ser más felices, mejores, más iguales, en aquello que interesa que seamos más iguales, que no quiere, ni mucho menos, pretender que a todos se nos encaje en el mismo rasero.

La matriz que importa -me refiero a algo parecido a la matriz de Leontieff, que ya hace tiempo que dejó de estudiarse, pero aún tiene su migajita de interés para mí y, posiblemente, algunos pocos que andarán desperdigados por ahí, dando clases de teoría económica o enfrascados en la poesía lírica para su exclusivo recreo- es el punto de vista del consumo.

Pongámonos, pues, a concretar y definir lo que nos interesa consumir a los consumidores. (Parece un juego de palabras, pero no se me ha ocurrido otra forma de resaltar que las personas no nacemos consumidoras, y que solo lo somos, cuando consumimos, que es una parte pequeña de nuestro tiempo, pues también somos productores, y amigos de divertirnos, y aprendices de brujo, y…). A partir de ahí, deduciremos si somos capaces de producirlo, con qué medios, dónde y con el propósito de hacerlo de la manera más eficiente de todas las posibles.

¿Qué cuál es? ¡La más barata que nos permita cubrir la necesidad y, si no es la de menor coste respecto a las alternativas (que eso es ser la más barata), la que nos apetezca mantener, pero porque lo hayamos decidido nosotros, los que hemos fijado la calidad del producto que consideramos más interesante en relación con el objetivo! (por ejemplo, para preservar el medio ambiente, o mejorar el empleo de una zona, o llevar energía, agua y servicios de sanidad para todos, o ayudar a un sector de la población a salir adelante de una catástrofe… )

Hay varias formas de llegar desde el consumo a la producción, -no digo que sea sencillo, hay que ponerse a ello- y algunas nos vienen señaladas por lo que se seguirá llamando, mientras el mundo sea mundo, factores de conversión. Los que yo propongo utilizar son los factores inversos, no los directos. ¿Cuánto hace falta producir de cada cosa para satisfacer este consumo? ¿Cuánta superficie tenemos que sembrar para tener, por ejemplo, las doscientas toneladas de tomates, trescientas de patata, veinte de remolacha,…que queremos consumir? ¿Cuántos agricultores? ¿Cuántos camiones para transportarlas a los mercados? ¿Cuántos conductores de camión? ¿Cuántos…?

Y así, con todo.

Me repito algo, pero como no sé la edad que tendrás cuando puedas leerme, y mucho menos, la edad en que tendrás capacidad para entenderme, voy a dar una vuelta más al argumento.

Lo sustancial es saber, y definir, cómo alcanzar de forma verdaderamente interesante para la mayoría, la producción de un bien, de cualquiera de los bienes que deseamos consumir, porque hemos tomado antes la decisión de que nos apetece tenerlo, hacerlo, disfrutar de él.

Puede ser que lo consigamos explotando racionalmente los recursos naturales (decimos ahora, de forma sostenible, pero hay que advertir que los sostenible no lo puede decidir un grupo empresarial, ni siquiera un Estado, sino que hay que medirlo con neutralidad, a escala de toda la Tierra).

Tampoco es complicado saber lo que es sostenible: lo es si lo que necesitamos para producirlo es igual o menor que lo que desaparece cuando lo consumimos. Puede que lo consigamos fabricando un bien intermedio a partir de los beneficios que podamos generar en otro lado. Puede que sea necesario inventar alguna forma nueva, por ejemplo, de curar enfermedades, de prolongar la vida, de hacer más confortable la existencia de los ancianos, de los que sufren adversidades físicas, de los que no tienen tanta formación o información.

Tenemos que calcular con cuidado que lo que necesitamos consumir no haga desaparecer para siempre lo que necesitamos para producirlo. Eso nos obliga a ser muy cuidadosos a la hora de planificar nuestro consumo.

Tenemos que analizar, siempre de atrás hacia adelante, del final a la cabecera, cómo se distribuye toda esa cadena de consumidores-intermediarios- productores, teniendo en cuenta que los que mandan y marcan lo que hay que producir y cómo, seremos nosotros, los futuros compradores, los que los necesitamos.

Así, si se trata de un producto natural, sabríamos cuánto interesa extraer ahora -lo justo-, guardando las reservas para otro momento, sin agotarlas ni despilfarrarlas, sabiendo que otros necesitarán también lo mismo, o más, o mejor.

Si se trata de un producto derivado, se fabricará en la cantidad exclusiva para cubrir exactamente la demanda. No vamos a querer -¿verdad?- ni aparatos que consuman más productos naturales de los que podemos producir, ni más juegos ridículos que nos idioticen, ni más coches tan veloces que nunca podamos utilizar a las prestaciones teóricas de su fantástico diseño, ni maquinitas que nos aislen de los demás, encerrándonos en nuestra soledad de profundidad interminable…

Si hemos calculado mal y  hemos agotado lo que producimos sin cubrir todas las necesidades de todos, lanzaremos un nuevo pedido urgente a los centros de producción más eficientes, y lo tendremos inmediatamente el cálculo para corregirlo la próxima vez. Si se ha producido de más, o se ha estropeado una parte, guardaremos el excedente para otro uso posterior, conservándolo con cuidado, o reciclaremos o recuperaremos, hasta donde sea posible, lo inservible para su destino original, aprovechando la energía que aún contiene su materia.

Habrá que ponerte ejemplos, porque ya se que, incluso ahora, en que aún eres muy pequeña, te gustan los ejemplos concretos y, por supuesto, infiero que cuando seas más mayor, y más juiciosa todavía, te gustarán mucho más.

Tomemos  por ello, como ejemplo, el consumo de los funcionarios: del dinero de que dispongan, una parte se dedicará a comprar alimentos, ropa, y otros bienes de consumo propio o familiar; ese dinero o disponibilidad económica, irá a parar (ahora) a los cadenas de distribución de alimentos o vestidos (cada vez menos, al tendero de la esquina), que obtendrán beneficios, tal vez importantes, porque, a través de sus intermediarios (que ganarán algo cada uno), son capaces de comprar barato a los agricultores, ganaderos o a los que confeccionan los trajes y zapatos, tal vez en países aún pobres en donde las gentes ganan poco.

De esa manera, los que producen esas materias imprescindibles para vivir y sentirse abrigados o frescos, e incluso pasarlo algo mejor, a veces tienen que vender por debajo de lo que les cuesta y, casi siempre, mucho más barato de lo que el consumidor paga por ello. Y como nadie se preocupa (o poco) de repartirlo bien, para que llegue a los que no pueden pagárselo, incluso habrá muchas veces (así sucede ahora) en que, para mantener los precios o porque no llega a tiempo al punto en donde podría consumirse, se pierde. No digamos si, además, nadie ha calculado cuánto es, de verdad, necesario producir para que todos los que  consumen tengan lo necesario. ¡Aunque no puedan pagarlo de momento!

No te quiero complicar la historia, sino solo que te imagines toda la cadena de personas que se sostiene -no solo con el dinero de los funcionarios españoles, claro- con ese flujo de dinero, que tienes que tener presente de dónde proviene: de los impuestos que pagan los ciudadanos de cada país.

Podíamos seguir también el rastro de la parte que los funcionarios pueden dedicar a comprar viviendas, a alquilarlas, o a disfrutar de su ocio. Así construiríamos una cadena de gasto y consumo que nos llevaría hasta el destino final de ese flujo de dineros; los productores, constructores, terratenientes, especuladores, etc. Unos, bien intencionados; otros -¿los más?- egoístas y ávidos de acumular para sí.

Pensemos ahora en un trabajador de una empresa. En la parte inferior de la pirámide de salarios, están aquellos que apenas ganan lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas (algunos, ay, ni siquiera eso). El dinero que entreguen a sus proveedores seguirá un camino parecido al del dinero del salario de los funcionarios. Solo que el origen de lo que reciben debe provenir de una actividad de producción o servicios regida por el mercado.

Atención, Carlota. El trabajo de los funcionarios es muy importante, y no debes interpretar, ¡al contrario!, que no son necesarios: son imprescindibles, pero no tengo tiempo ahora para explicarte por qué. Lo que quiero decir ahora, porque me importa más a este relato, es que los que trabajan para el mercado tienen que obtener la productividad que justifica sus salarios a base de lograr que el valor añadido de lo que fabrican o realizan es positivo: lo que venden sus empresas tiene que dejar beneficio respecto a lo que les ha costado lo que necesitan para producirlo.

¡Santo Dios! me dirás. ¿A dónde quieres llegar, abuelo?. Tranquila, estamos casi al final de esta historia. Lo que compran los asalariados que menos cobran, sean funcionarios o trabajadores de empresas privadas, o autónomos de cualquier tipo, está, fundamentalmente, dedicado a productos de primera necesidad.

Puede que paguen mucho más de lo que van a recibir los que han cuidado las hortalizas en el campo o confeccionado los vestidos y zapatos en un sótano de la India, Bangladesh o Madrid, pero lo que importe es que, por el camino, diversos intermediarios -incluso de otros países-, algunos de ellos, quizá, grandes empresas, se habrán quedado con las diferencias. Y las emplearán en lo que les apetezca comprar, porque, para ellos, son sus beneficios. Si los emplean en montar más empresas y poner ese dinero nuevamente en circulación, y lo hacen en el país en donde se generó el beneficio, vamos bien. Si lo emplean en otros países, los que irán bien serán los ciudadanos de allí. En otro caso, si el dinero permanece congelado, improductivo, estéril, es un desastre para todos.

La parte que más interesa saber a dónde va es la que corresponde a aquellos productos que no son de primera necesidad. La sociedad de consumo nos está continuamente bombardeando con anuncios muy seductores: electrodomésticos que hacen maravillas (muchas de ellas, estrambóticas o inútiles), aparatos reproductores de imágenes o música, espectáculos con figuras sobrehumanas alimentadas de fantasía generada en estudios electrónicos, vehículos con prestaciones muchas de las cuales jamás utilizaremos, viajes exóticos, etc. etc. ¿Quién se va a quedar con los beneficios generados por todo ese mundo de avidez y apetencias teledirigido, cuya base es que pocas veces sabremos el coste exacto de producir las mercancías, y por tanto, no sabremos el precio justo, sino que, simplemente, nos hemos guiado porque nos apetece tenerlo en nuestro poder?

Pues aquí está mi mensaje, Carlota, y me repito nuevamente. Fijémonos en quién está al final de la cadena de producción,  a partir del consumo específico y preguntémonos qué está haciendo con el dinero que va acumulando, al recolectar los beneficios del trabajo de muchos. ¿Lo pone en circulación, lo invierte en otros países, compra tierras, se hace una mansión o varias aún más lujosas, crea una fundación, adquiere cuadros para su colección privada….?

He aquí la obligación más importante de una sociedad responsable de su futuro: controlar la reutilización constante de las plusvalías que se generen colectivamente, de forma que produzcan más, y, sobre todo, que se distribuyan bien. Y mi indicación es que, en cuanto puedan y tengan voluntad para hacerlo bien, lo hagan mirando hacia atrás desde el consumo, y canalizando las apetencias de la mayoría para evitar despilfarros o acumulaciones interesadas de plusvalías colectivas.

Ese es mi regalo, querida nieta. No es una muñeca, ni un vestido de hadas, ni se puede comer como un chuche, ni siquiera te va a divertir como los cuentos que te cuenta, para que duermas mejor, la abuela Chus, cuando tus papás te dejan con nosotros algún día.

Tu abuelo Angel es, posiblemente, uno de los abuelos más aburridos del mundo para una nieta de tu edad. ¿ O no?

Un beso y, por supuesto, Happy Birthday! (Te lo dicen así, ¿verdad?)

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Espatuxando (I)

24 octubre, 2014 By amarias Deja un comentario

Decimos en Asturias, cuando alguien está tratando de hacer valer su opinión sobre las de otros, sin atender a las razones que se le exponen, que está espatuxando. Es decir, chapotea en el charco del decir, embarulla, distorsiona.

Uno de los temas que, por su naturaleza, resultan más adecuados para espatuxar es el del agua. Como todos bebemos de ese líquido varias veces al día y no hay nada más acogedor y relajante que un paisaje con ella, nos sentimos animados, cuando se nos presenta ocasión, para opinar con autoridad sobre el tema.

Agua para todos, derecho al agua, muertes por insuficiencia o falta de calidad del recurso, depuración de aguas usadas, control de regantes, negocios en torno a la gestión del asunto, etc., son algunos de los tópicos que garantizan un ferviente debate cada vez que alguna entidad abre la caja de pandora.

Asistí hoy, como muchas otras veces (mi voluntad de estar atento a lo que dicen los demás espero que no se agote mientras viva), a uno de esos diálogos en torno al agua, que, en realidad, se constituyen en pluri-monólogos que vienen a demostrar que es muy difícil ponerse de acuerdo cuando los que tienen alguna información se aferran a su conocimiento parcial del tema, y no se preocupan en liberarlo de errores de información o apriorismos ideológicos.

En torno al agua no me duelen prendas ni quiero aparentar modestia impropia, si me postulo como uno de los técnicos españoles que tienen más experiencia práctica sobre el agua, habiendo ocupado responsabilidades en la empresa pública como en la privada, en la gestión nacional como en la internacional; he podido también aportar mi formación jurídica y financiera en distintos proyectos.

Pues bien: cuando oigo, especialmente en foros españoles, hablar a los entendidos sobre lo que hay que hacer con el agua, sobre la bondad o maldad de los planes hídricos (en los que no han participado, claro), sobre la conciencia ciudadana (de los demás), el precio justo que ha de darse al líquido (sin haber tenido que cobrar por él para organizar el servicio) , la reglamentación local o mundial que correspondería implementar (con mensajes hacia un ente incorpóreo), etc., etc., me he acostumbrado a callar.

Mientras se esté en la fase de espatuxar, lo mejor es mantenerse alejado para evitar las salpicaduras. Llevamos así, si no calculo mal, en esa tarea de chapotear en los charcos, más de treinta años, que yo sepa y seguro que los más viejos del lugar aún son capaces de ponerle un horizonte más lejano.

(seguirá)

Publicado en: Ambiente, Economía, Empresa Etiquetado como: agua, espatuxar

Etica para un mundo global

16 octubre, 2014 By amarias Deja un comentario

Puede que aún haya quien no le preste atención, pero la sociedad de las comunicaciones ha levantado la gran piedra en la que se ocultaban buena parte de las contradicciones de la sociedad occidental, y ha dejado al descubierto la desnudez de los dogmas con los que había venido trabajando, en particular, desde ese momento singular que se llamó revolución industrial.

Estamos en un momento que carece de interés sociológico, porque en realidad, lo que debería interesarnos es que nos encontramos ante la evidencia de que se prepara un gran diluvio, que será, esta vez, mucho más universal que los anteriores.

La Biblia, ese libro imaginativo en el que han quedado reflejados, con metáforas y cuentos cortos sin otra aparente relación que la de referirnos el camino de un pueblo elegido hacia su utopía, ya lo tiene reflejado: solamente se salvarán quienes consigan construir un arca en la que hayan introducido, antes de la debacle colectiva, además  de a sí mismos y a unos pocos familiares, algunos ejemplares de otras especies, con lo que conseguirán mantener encendida por algún tiempo más la llama de la fantasía.

La amenaza detectada se llama hoy calentamiento global, y el pecado colectivo consiste en la adoración del dios dinero, sostenido por sacerdotes y profetas que se expresan en conciliábulos de apoyo al mercado libre y animan a la búsqueda sin límites de la satisfacción, a la que nos conduce, ciega de su destino final, la sociedad de consumo.

¿Hay solución? En múltiples foros se aborda, con manifiesta falta de profundidad, el análisis acerca de las posibles soluciones: responsabilidad social corporativa, ayuda al desarrollo, planes para la reducción de las emisiones (incumplidos sistemáticamente), eliminación de barreras al comercio internacional, programas de acceso al agua y energía para todos, protección al medio ambiente en bosques tropicales, humedales y zonas  sensibles, etc.

Entretanto huelen el tufo de la catástrofe, las sociedades teóricamente más avanzadas, se pertrechan para mantener el equilibrio inestable del bienestar de sus mayorías, descuidando aceleradamente los problemas de las minorías cada vez más marginadas en su soledad, condenándolas a su suerte, vendiendo a los fieles que se mantienen en los tabernáculos, la esperanza fatua de una recuperación de los mercados, acumulando medidas y promesas de actuación que la realidad revela, una y otra vez, no ya como insuficientes, sino como equivocadas.

No se habla de la ética, es decir, de los principios éticos universales, que es tanto como decir, de las cuestiones deontológicas más elementales, que se resumen en una: nadie puede arrogarse el derecho a vivir con base en la eliminación de los otros.

Aunque sigue habiendo guerras de usurpación y dominio, las batallas se ganan también en el campo de la ineficiencia, de la falsa dedicación a poner en práctica soluciones que representan engañiflas, de la ocultación de los datos relevantes del problema a los más y, también, del desprecio a la situación de quienes tienen menos recursos (económicos, intelectuales, sanitarios, de información y contactos), imposibilitados de raíz para encontrar por sus propios medios, el camino que podría conducirles a su supervivencia, a construir su arca de salvación para los suyos.

El cristianismo, en cuanto a teoría humanitaria a la que es posible, sin desdoro, suprimir el aspecto teológico para dejarlo en su esencia, reducido al aforismo de todo filósofo honesto, respeta al semejante sin hacerle daño (podíamos llamarlo amor, pero no hace falta apuntar alto para acertar a lo que se tiene al lado) no tiene la varita mágica. Pero sí sería capaz, en este momento de su evolución para aproximarse a términos de doctrina social, y después de siglos de dar tumbos, cometer innúmeros errores y causar mucho daño, de ayudar a un buen diagnóstico.

Porque la cuestión no está en lo que ningún Dios pueda querer de nosotros, sino en lo que el hombre pretende conseguir de sí mismo.

Es imprescindible pensar en soluciones globales, olvidarse de dogmas y egoísmos individuales, nacionalistas o gregarios, y presentar una panoplia de actuaciones globales, en la que la tecnología, la cooperación leal, el trabajo conjunto entre todos los pueblos, ayuden a salvar los muebles de este desequilibrio dramático en el que estamos construyendo un presente precario con un futuro claramente imposible para todos.

No me parece digno que se esté construyendo el arca de la salvación de unos pocos, a costa de sepultar en el diluvio global a las mayorías. La gobernanza total, hoy, como nunca, exige liderazgos y compromisos en muy corto plazo, con la mirada puesta en lo que habrá más allá de esta generación o la siguiente. Menos cifras, digamos no a inútiles promesas, censuremos esa proliferación de conferencias internacionales sin conclusiones efectivas, en donde cientos de representantes de quién sabe intercambian sus tarjetas y palmaditas en la espalda.

Puede que algunos contemporáneos se salven si la temperatura global sube demasiado, los centros económicos cambien bruscamente de Londres y Nueva York a Pekín, Sao Paulo o Nueva Delhi, la hambruna provocada por el desigual reparto de las sobrantes se desplace sin rumbo, las guerras por el poder derivado del agua, la energía o las materias primas se desencadenen como fuegos de artificio. No se si las arcas salvíferas estarán en occidente o en oriente, que hasta ese punto llega mi percepción de la confusión. Lo que es hora de poner de manifiesto es que no se está trabajando por la salvación colectiva, y eso, aquí, y ahora, se llama faltar a la ética, aunque se adorne con mucha palabrería y expresión de voluntades que no se tiene intención de cumplir.

No es necesario apelar a un Dios omnipotente dispuesto a premiar a los justos por haber seguido su designio superior. No hace falta apuntar a las fuerzas etéreas. La humanidad habrá perdido, si se cumplen las peores expectativas, y seguramente no habrá sido la única, sino una vez más, la oportunidad de avanzar colectivamente en el descubrimiento de una respuesta que está en la esencia de cada uno de nosotros, y que parecía estar algo más cercana.

 

 

Publicado en: Economía, Política, Religión, Sociedad Etiquetado como: agua, Biblia, civilización, desarrollo, diluvio universal, energía, ética universal

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