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Mi Diccionario desvergonzado: analfabeto, conmoción, olvido, ayer, barra, nivel, esperanza, marido, hijo, hospital

19 agosto, 2014 By amarias Deja un comentario

Analfabeto.-1. Persona feliz que ignora que es necesario saber leer y escribir para llegar a ese estado. 2. En la era digital, retrasado tecnológico, que se jacta de que solo usa el iphone -léase aifón- como teléfono.

Conmoción. 1. Calificación del efecto del suceso -generalmente, local, y posiblemente, deportivo- que ocupa la primera página de una publicación y que es comentado a la hora del café. 2. Estado de ánimo por el que resulta justificado no manifestar ninguna emoción.

Olvido. 1. Pretensión inútil de que un agravio quede borrado para siempre de la memoria de quien lo sufrió. 2. En el espacio virtual, formulación retórica de un derecho imaginario. 3. Forma de protección que ha desarrollado el cerebro humano para controlar el paso del tiempo, y que se pierde memoria de los errores propios.

Ayer. 1. Cualquier día de hace bastante tiempo, en el que se sitúa un acontecimiento del que el que lo cuenta ha sido testigo o protagonista. 2. Junto a mañana, emparedado temporal en el que transcurre la vida.

Barra. 1. Lugar con bebidas alcohólicas que suele pagar un abstemio en donde se acumulan los varones en una celebración. 2.  Metal oxidado que se utilizaba en la construcción, antes de la crisis. 3. Adminículo con el que las mujeres se refuerzan el tono de los labios, siempre con más intensidad de lo que gustaría a sus parejas, y que es el único objeto que utilizan de su bolso.

Nivel. 1. Etapa de una enseñanza reglada que conduce al siguiente paso,  dentro del objetivo pretendido, y cuya utilidad práctica se cuestiona en cada cambio de gobierno. 2. Instrumento de cierta complejidad que era utilizad0 por el capataz de un equipo para dilucidar si un suelo era horizontal, antes de colocar las baldosas que lo convertirían en inclinado.

Esperanza. 1. Deseo sexual que no tiene correspondencia, pero consume energías y tiempo. 2. Exhibición de seguridad por parte de quien ha hecho una especulación arriesgada, apelando a la complicidad del azar.

Marido. 1. En la pareja homosexual, aquel que lee el periódico o ve la tele mientras el otro cocina. 2. Manera arcaica de referirse al varón por parte de la mujer casada.

Limpia. 1. Desempleado de larga duración que gana algún dinero en la calle embetunando zapatos de gente a la que le importa un comino. 2. Dícese de la mujer que mantiene su casa y enseres como los chorros del oro, cuando no se le quieren encontrar otras virtudes.

Hospital. 1. Lugar de domesticación del ser humano, en donde cualquier paciente tiene el derecho a recibir una respuesta ininteligible y a ser operado con escrupuloso respeto a la legalidad vigente. 2. En las ciudades grandes, complejo de difícil acceso, provisto de cafetería y tanatorio, al que se acude con bombones, ramos de flores y ositos de peluche.

Hijo. 1. Criatura que prolonga una especie, y que, en los humanos, durante mucho tiempo se creía que traía un pan bajo el brazo, a pesar de lo fácil que hubiera sido comprobar la falsedad. 2. Dícese del yerno, cuando está presente.

Tienda. 1. Lugar regido por una familia oriental, en el que hace un par de décadas había un tendero, en el que no se fía, pero se puede encontrar a cualquier hora todo lo necesario hasta el día de mañana. 2. Conjunto de varillas de metal y tela impermeable que es muy difícil montar las primeras veces, resultando útil para entablar discusiones acaloradas con los colegas de una excursión al campo y que, cuando se aprende a utilizar, ya no se necesita.

Publicado en: Diccionario desvergonzado Etiquetado como: analfabeto, ayer, barra, conmoción, diccionario desvergonzado, hijo, nivel, olvido, tienda

Cuento de primavera: Discusión en las alturas

30 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Hubo un tiempo en que el Olimpo estaba densamente poblado. A estas alturas, no se trata de buscar culpables, aunque, como en todas las cosas, incluso las de los dioses, la situación tenía varios responsables.

El principal, desde luego, era el propio Zeus, que había explotado su capacidad de seducción hasta límites que resultaban inimaginables, protagonizando actos que, si no fuera por su potestad y que, a la postre, era él quien confeccionaba los códigos de conducta y juzgaba las trasgresiones, merecerían las más duras calificaciones éticas y penales.

En un crimen pasional sin precedentes celestiales, había devorado a Metis, que estaba encinta de Atenea, que nació, por eso, dentro del estómago de su padre, y a la que la pobre niña no sabía si llamar papá o mamá; se casó luego con Temis, con la que tuvo las doce Horas, tal para cual; conquistó a Eurínome, que parió las tres Gracias, a cual más hermosa, pero no por ello libres del gen licencioso…Siguieron otras víctimas en su haber rijoso, las pobres Leto y Mnemosina, que, siendo fértiles y sin que les fuera permitido abortar ni utilizar anticonceptivos, le hicieron también padre; la segunda, de las nueve Musas, y la primera, de Apolo y Artemisa.

Sin complejos, Zeus no encontró tabúes para aparearse incluso con su propia hermana, Deméter, y de aquel incesto nació Perséfone. Próximo ya a sus últimos días, vivía con Hera, aunque la hipotética decadencia senil no le impidió, seguramente con estimulación artificial, seducir a Alcmene y engendrar con ella a Hércules, fuerte como Sansón y bastante bien mandado para los recados.

Si a tantos devaneos del primer causante, se suman los de hijos y nietos, derivados de su propia fogosidad, y habida cuenta que todos ellos heredaron la misma afición a gozar de los placeres tanto de carnes como de espíritus, apareándose los de arriba, perdidos los remilgos, tanto entre sí como con los que moraban más abajo, resulta obvio que en el Panteón faltaba sitio, entre hijos legítimos, naturales, adoptados, putativos y adjudicados.

La explosión demográfica de tantos seres, todas con sus bocas que alimentar, con sus moradas propias, con gineceos, vírgenes, y mancebos que sustentar, deseos que satisfacer, objetivos por cumplir, fue tan terrible, que se planteaban de continuo disputas entre ellos, los que, dadas las alcurnias, no se limitaban a un quítame allá esas pajas o nos vamos de veraneo al campo o a la playa. Deseosos de gloria y trascendencia, obsesionados por acumular cuantas más hazañas y méritos, pugnaban por interceder incluso en los menores asuntos de los terrenales súbditos y adoradores, que eran, como es natural, los más necesitados.

La búsqueda de glorias en la Gloria era frenética y el hedor de la concentración de residuos mágicos, insoportable para narices elegidas.

Así fue que tanto griegos como advenedizos, devotos como escépticos, tirios como troyanos,  aqueos junto a dorios, ilustrados lo mismo que paganos, disfrutaban de un bienestar que no les correspondía, pues con solo apelar al auxilio de cualquier divinidad, ya al comienzo mismo de sus rezos y plegarias, aparecían, diligentes, decenas de endiosados, fueran o no convocados por el demandante, a hacer como que solucionaban el problema.

No consta en qué momento exacto, ni por quién en concreto, se suscitó la urgente necesidad de repartir entre los dioses, demiurgos y hasta los seres menos divinizados del atiborrado escalafón celestial, las peticiones de intercesión de los humanos, que, para mayor presión, iban siendo cada vez menos, ya que éstos incorporaban a su acervo cultural, y lo hacían de forma exponencial,  nuevas tecnologías, escepticismos y más dudas. Así que las demandas de auxilio que llegaban a lo alto, eran claramente insuficientes para tener ocupados a todos los habitantes del Olimpo, causándoles una frustración incontinente, y constantes peleas por este devoto es mío, yo lo ví primero.

-Hay que poner orden en el caos, que perjudica a nuestro prestigio, y nos provoca tantos desasosiegos y rencillas. No voy a culpar a nadie, pero pienso que la culpa es de las deidades femeninas y, en general, de todas las hembras procreadoras, Con tanto parir a cada rato nuevos dioses y héroes, somos hoy por hoy demasiados los que tenemos o creemos tener poderes y, en paralelo, cada vez son más escasas, atrabiliarias y raras, las peticiones que nos llegan desde abajo. -expresó Hércules, que tenía gran facilidad de palabra, como todos los atletas-. ¿Qué decir a los que nos piden que hagamos porque gane su campeón local en unas justas, ya sea cojo de solemnidad o borracho empedernido? ¿Cómo habría de juzgarse la incalificable ligereza de los que conceden a un devoto, con solo ver que les han encendido un par de velas u ofrecido el sacrificio de alguna oveja enferma que la hizo incomestible, tener la suerte de verse sanado desde un forúnculo en el ano, a conseguir un puesto en el Gobierno de su polis?

No quedaba ahí, para Hércules, la cosa:

-Nos atropellamos para ejecutar cualquier trabajo, y hay dioses de primera fila que incluso asumen labores que corresponderían claramente a otros de calidades inferiores, y lo hacen solo por mantenerse ocupados, para no aburrirse. Nos quitamos trabajo unos a otros. A nosotros mismos, los héroes, se nos encomiendan nimiedades por las que no merece la pena ni agacharse. Tomo mi propio ejemplo, sin que esto signifique crítica ante tamaña aberración: ¿qué sentido tiene que yo tenga que encargarme de robar manzanas del jardín de las Hespérides? ¿No sería labor más propia de un centauro?

Zeus, que empezaba a sufrir ataques de Alzheimer (que, como se sabe, no era héroe ni personaje de esa constelación, pues aún no había nacido), pidió consejo a Hera, que, sentada en su regazo, se estaba haciendo la manicura con unas tijeras de podar flores del maná, abundantes en la época (aproximadamente año 4.000 previo a nuestra era cristiana):

-Tiene  razón el muchacho -habló Hera, la taimada deidad, que había sido elevada recientemente a la categoría de reina del Olimpo por el vetusto Zeus,  y que se consideraba, gracias a sus afeites y conjuros,  más bella incluso que Afrodita, a la que algunas versiones modernas se refieren como Blanca Nieves, por utilizar un dentífrico de marca-. La idea es buena. Habría que matar a todas las hembras en edad de parir, empezando por Alcmene y Afrodita. Eso solucionará el núcleo del problema, y aquí paz y después, gloria.

Pero, como siempre que se organizaba un intercambio de pareceres, y estando minada la autoridad del que antes había dirigido, surgieron muchas otras opiniones, abierta la caja de Pandora:

-Oye, Zeus, el Olimpo está en lucha. Reconoce que tu tiempo ha llegado al final, a salvo de lo que Cronos opine, que en este concreto asunto tiene más autoridad -dijo Plutón, surgiendo, tridente en mano, de las cavernas profundas de las pelágicas aguas-.  Manda al destierro o al infierno a los héroes. Cede poder a los que tenemos más futuro. Confíame sin tapujos a los dioses menores, que los confinaré en un Panteón especial en los avernos, a donde no se pueda llegar sino en barca de remos y allí los retendré hasta que se mueran por aburrimiento e inacción.

-Querrás decir, colega, de inanición, aunque algunos dioses, ya sabes, son de poco comer -le puntualizó Dédalo, que era muy quisquilloso, lo que no le impedía ser prolijo en sus argumentos. Pero antes de que iniciara sus laberínticos razonamientos, se oyó una voz muy  femenina, aunque tonante.

-¿Qué insensatez es ésa? Pongamos a cada cual en su sitio, como siempre debió ser. Que los centauros retornen a su naturaleza animal, que nunca debieron abandonar. Que los dioses menores se encarguen del servicio celestial, que está muy descuidado, y que se contenten con nuestra contemplación. Y que los héroes vayan a la Tierra, como simples humanos, desprovistos de toda capacidad,  y que se apañen con lo que yo les dé.-dijo Gea, que aprovechó un tic convulsivo que le producía hablar en público para tirarle los tejos a Urano, aunque de momento éste no le hacía puñetero caso.

El debate se prolongaba, por lo que Cronos se adelantó unos pasos, y sentenció de esta manera:

-Por alusiones de Plutón, pero también porque me da la real gana. Yo tengo la clave de todo y, en resumidas cuentas, de lo que discutimos, es ésta: que cada poco tiempo, se retrasen los relojes de los humanos, volviéndolas a un punto anterior. Así, se encontrarán haciendo, sin saberlo, una y otra vez lo mismo. Sísifo se encargará, y lo hará de buen grado, ya que tiene experiencia, de repartirles los inútiles trabajos, de manera que nada den jamás por terminado. Que haya guerras, corrupción, nepotismo, acumulación de despropósitos, mercados…

-Calla, calla…Me gusta esa idea -dijo la Poesía-. Que haya incluso compasión, inocencia y que Amor los visite de vez en cuando. Pero, ¿qué pasará con nosotros, los de arriba?

-No tenemos por qué preocuparnos -replicó Cronos, que se había dado cuenta de que a Zeus le había vencido el sueño, y roncaba profundamente-. Yo me ocuparé de sacar del Olimpo a todos los dioses. Os guiaré a un sitio recogido que conozco, en el que nada tendréis que hacer en adelante, más que ocuparos de vosotros mismos.

Todos estuvieron de acuerdo, por aclamación, aunque, por un momento, la Música pidió el voto a mano alzada.

Y de inmediato, Cronos, cumpliendo su palabra, los condujo a todos al Olvido, de donde no volvieron.

En cuanto a los humanos, la leyenda dice que algunos consiguen escaparse del control de Sísifo y se resguardan en el oasis de Fantasía, cuyos propietarios son Eros y Tanatos (Amor y Muerte).

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: Afrodita, Cronos, cuento, cuento de primavera, Eros, Hércules, Olimpo, olvido, Sísifo, Tanatos, tiempo, Zeus

Cuento de verano: Olvido busca Memoria

20 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Ya sé que es un título raro para un cuento. Tenía pensado uno buenísimo pero no consigo recordarlo.

Yendo directamente al grano del asunto, el protagonista de este relato no es un pueblo concreto, ni una raza, sino una especie. La humana. Y el marco de referencia no es la Tierra, sino el cosmos. Puede parecer pretencioso, aunque no es exactamente mi intención.

Cuando quienes imaginaron el Universo habían ya colocado toda la escenografía, activado los mecanismos semiautomáticos y decidido los momentos en que se producirían los momentos más impactantes, y se disponían a disfrutar de los efectos, tranquilamente sentados en la primera fila de butacas, uno de ellos tuvo una idea singular:

-Pongamos la condición de que, en la evolución de las especies, una de ellas no tenga memoria.

El resto de los artífices del Universo estuvo de acuerdo de inmediato en que podría ser interesante, y ese y no otro es el origen de la especie humana, tal como la conocemos hoy. La ausencia de memoria afecta por igual a hombres y mujeres, porque lo importante para este cuento no es ignorar o no dónde dejaste las llaves o cuál era el traje que llevabas el día que se casó tu prima la de Logroño, sino que me estoy refiriendo a la Memoria colectiva, a los hechos claves de la Historia de la Humanidad que hubieran permitido reconocer porqué estamos y somos así, y no repetir más que los éxitos, evitando caer por segunda vez en lo que salió mal.

Me he referido en el párrafo anterior a «la Historia de la Humanidad» y, en realidad, no existe. Tenemos a disposición de los curiosos y eruditos una colección de anécdotas, en su mayor parte inventadas o tergiversadas, que es imposible interpretar, por mucho que te rompas la mollera. Como la especie humana es actualmente muy numerosa -hace tiempo que alcanzó la masa crítica-, hay centenares de análisis de lo que pudo haber pasado, y hay que reconocer que algunos llegan a conclusiones divertidas.

Tanta palabrería no impide ser claro en afirmar que la humanidad, como no tiene memoria, esté continuamente volviendo a empezar, para diversión de los dioses de esta gran aldea global, aunque lo hace cada vez con menos margen de actuación, como si estuviera representando ya el último acto. Esto explica -es un decir- que, con las tensiones entre pueblos y razas, que hace apenas un siglo desembocaban en guerras y operaciones destructivas de ámbito local, ahora tengan un carácter general, y por un quítame allá esas pajas, se esté a punto de organizar la de vámonos, Juana. Como si esto fuera un patio de colegio, los grandullones y los gallitos no paran de trazar líneas rojas y de tirar petardos al lado del vecino, que te dejaban sordo un par de días.

Aunque todo parece más estructurado, no hay tal. El origen de la tensión no ha cambiado, y es el afán de dominar y acapararlo todo que surge, como una enfermedad, en ciertos grupos y en todas las generaciones. La ausencia de Memoria es la razón.

A nivel individual, como han resuelto algunos estudiosos, lo deseable es llegar a la vejez con buena salud y mala memoria. Solo que, como especie, hemos llegado a este punto con mala salud y nula Memoria. Lo que es muy poco tranquilizador.

He soñado que los autores del libreto y la escenografía, en este acto, habían previsto que Olvido saliese a buscar a Memoria. Era un sueño muy entretenido, que me hubiera gustado recordar.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, creación, cuentos de verano, dioses de la aldea, éspecie, especies., evolución, guerra, humanidad, memoria, memoria colectiva, olvido, paz

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