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Cuento de otoño: La empresa más rentable

26 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando consiguió la licenciatura en Economía empresarial aplicable, Jorge Policarpo Méndez de Poliedro y Otrasierbas, lo festejó mucho. Al disipársele el dolor de cabeza de las prolijas libaciones, se propuso aplicar todo lo que sabía, montando una empresa de inmediato.

Como no estaba para dispendios inútiles, Méndez de Poliedro, se autoimpuso tres condiciones: debía ser una empresa con óptima rentabilidad, precisar de una inversión mínima y contar con el menor número de empleados posible.

Poliedro era imaginativo, pero tampoco era cuestión de reinventar la rueda, así que, con la inestimable ayuda de internet y una impresora, se hizo con la relación de todas las empresas que se habían creado en los últimos diez años en su país. Las separó por objetos sociales, empleando las palabras clave que tuvo a bien, y, finalmente, en lugar de ordenarlas siguiendo el alfabeto, las clasificó (automáticamente, por supuesto), según la cuantía del capital social declarado.

No tuvo tan claro cómo podría deducir la rentabilidad de los emprendimientos, por lo que se contentó -de momento- con recoger del registro informático las empresas que se habían disuelto en los últimos diez años, y las ordenó, igualmente, por objetos sociales y capitales comprometidos.

Para su confusión y horror, encontró que eran tremendamente coincidentes. Cumpliendo con el principio de la energía que indica que todo lo que se crea, se destruye, las empresas morían masivamente en períodos máximos de diez años y dejaban el sitio a otras que, cambiando alguna que otra palabra, o perspectiva, hacían lo mismo.

Puede que mejor o más rápido, o con menos personal y más rentables, pero el registro mercantil nada expresaba que permitiera aclarar esos supuestos. Las empresas nacían, crecían, languidecían y morían, como salmones que acuden, ya cumplido su ciclo vital, a desovar al río en donde se criaron de alevines, sirviendo de alimento para que osos, zorros y zancudas se entiendan con el suyo.

Descorazonado al ver que su idea original se desvanecía en cuanto a sus pretendidos propósitos, elucubró acerca de lo que podría ser su objetivo empresarial si tuviera que resolverlo matemáticamente. Máxima rentabilidad, mínimo riesgo, una dotación de personal en nada redundante.

Como Poli era ingenioso, plasmó esas condiciones en un software bastante sofisticado que, a la manera de esos programas de generación de poemas que combinan al azar palabras (sujeto, verbo y predicado) entre las que suponen rima (consonante o asonante, según gustos), permitía obtener como resultado (output) varias opciones válidas, de acuerdo con el problema de contorno planteado (1).

Por eso, Po, siguiendo fielmente lo propuesto por el software, creó una empresa de fabricación de humo. Y, según me ha contado, le va bastante bien.

No ha invertido un euro, ha generado su puesto de trabajo y, por lo que parece, le van a dar el premio a mejor empresario del año, como mejor idea para salir zumbando de la crisis.

Como Po es conocido desde los tiempos del parchís, quise satisfacer mi curiosidad preguntándole en directo:

-¿Fabricar humo? ¡Tío! ¿Y quién es tu clientela?

Jorge Policarpo Méndez de Poliedro y Otrasierbas me miró de hito en hito:

-Clientes somos todos -me espetó.

Y se fue tan campante.

—-
(1) Es decir, Boundary values in complex connected domains.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Economía Etiquetado como: angel arias, creación, cuento de otoño, economía, empleo, empresa, generación, humo, ordenadores, rentabilidad

Cuento de verano: Olvido busca Memoria

20 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Ya sé que es un título raro para un cuento. Tenía pensado uno buenísimo pero no consigo recordarlo.

Yendo directamente al grano del asunto, el protagonista de este relato no es un pueblo concreto, ni una raza, sino una especie. La humana. Y el marco de referencia no es la Tierra, sino el cosmos. Puede parecer pretencioso, aunque no es exactamente mi intención.

Cuando quienes imaginaron el Universo habían ya colocado toda la escenografía, activado los mecanismos semiautomáticos y decidido los momentos en que se producirían los momentos más impactantes, y se disponían a disfrutar de los efectos, tranquilamente sentados en la primera fila de butacas, uno de ellos tuvo una idea singular:

-Pongamos la condición de que, en la evolución de las especies, una de ellas no tenga memoria.

El resto de los artífices del Universo estuvo de acuerdo de inmediato en que podría ser interesante, y ese y no otro es el origen de la especie humana, tal como la conocemos hoy. La ausencia de memoria afecta por igual a hombres y mujeres, porque lo importante para este cuento no es ignorar o no dónde dejaste las llaves o cuál era el traje que llevabas el día que se casó tu prima la de Logroño, sino que me estoy refiriendo a la Memoria colectiva, a los hechos claves de la Historia de la Humanidad que hubieran permitido reconocer porqué estamos y somos así, y no repetir más que los éxitos, evitando caer por segunda vez en lo que salió mal.

Me he referido en el párrafo anterior a «la Historia de la Humanidad» y, en realidad, no existe. Tenemos a disposición de los curiosos y eruditos una colección de anécdotas, en su mayor parte inventadas o tergiversadas, que es imposible interpretar, por mucho que te rompas la mollera. Como la especie humana es actualmente muy numerosa -hace tiempo que alcanzó la masa crítica-, hay centenares de análisis de lo que pudo haber pasado, y hay que reconocer que algunos llegan a conclusiones divertidas.

Tanta palabrería no impide ser claro en afirmar que la humanidad, como no tiene memoria, esté continuamente volviendo a empezar, para diversión de los dioses de esta gran aldea global, aunque lo hace cada vez con menos margen de actuación, como si estuviera representando ya el último acto. Esto explica -es un decir- que, con las tensiones entre pueblos y razas, que hace apenas un siglo desembocaban en guerras y operaciones destructivas de ámbito local, ahora tengan un carácter general, y por un quítame allá esas pajas, se esté a punto de organizar la de vámonos, Juana. Como si esto fuera un patio de colegio, los grandullones y los gallitos no paran de trazar líneas rojas y de tirar petardos al lado del vecino, que te dejaban sordo un par de días.

Aunque todo parece más estructurado, no hay tal. El origen de la tensión no ha cambiado, y es el afán de dominar y acapararlo todo que surge, como una enfermedad, en ciertos grupos y en todas las generaciones. La ausencia de Memoria es la razón.

A nivel individual, como han resuelto algunos estudiosos, lo deseable es llegar a la vejez con buena salud y mala memoria. Solo que, como especie, hemos llegado a este punto con mala salud y nula Memoria. Lo que es muy poco tranquilizador.

He soñado que los autores del libreto y la escenografía, en este acto, habían previsto que Olvido saliese a buscar a Memoria. Era un sueño muy entretenido, que me hubiera gustado recordar.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, creación, cuentos de verano, dioses de la aldea, éspecie, especies., evolución, guerra, humanidad, memoria, memoria colectiva, olvido, paz

Cuento de verano: Noticias de Patolandia

17 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cada vez que el pato Donald veía al tío Gilito sentado encima de uno de los montones de monedas de oro que almacenaba en torres de seguridad cerradas con siete llaves, se ponía de los nervios.

-Fijaos -decía a sus sobrinos, sin ocultar su disgusto – en la cara de satisfacción que se le pone, mientras manosea esa riqueza improductiva. Y mientras tanto, yo no tengo ni para pipas, con lo que me gustan.

-Sí, tío -expuso Juanito, que tenía momentos muy reflexivos-. Son cada vez más los patos y patas, por no hablar de todas las especies del país, que no tienen trabajo y viven de lo que escarban en la basura.

-He tratado de convencer a tío Gilito de que me de algo de ese oro, para crear una empresa de telecomunicaciones avanzadas -se justificó Donald- pero me dice que empiece como él, con una mano delante y otra detrás.

-Tenemos que hacer algo para cambiar el rumbo de las cosas -concluyó Jorgito-, picoteando en la tierra de nadie.

Fue Jaimito quien tuvo una idea arriesgada, pero muy atractiva: consistía en convencer a los golfos apandeadores de que, utilizando un butrón, entrasen en una de las torres y sustituyeran varias capas de las monedas del fondo por guijarros coloreados de purpurina.

-No se dará cuenta. Antes metía cada cierto tiempo máquinas de revolver, para airear el oro, pero ahora solo está preocupado por ver subir el nivel de monedas en las torres.

Los golfos apandeadores, cuando Donald les contó la estrategia, estaban encantados.

-Vosotros os quedaréis solo con el tres por ciento, que es la comisión habitual para estos casos de intermediación. Para nosotros, será el resto. Y, por supuesto, nadie más debe saberlo.

La actuación fue un éxito, en el sentido de que el tío Gilito no se enteró. Los golfos, burlando a los guardas de seguridad, que, por la tacañería de Gilito, para reducir costes, ya no eran contratados entre los perros pastores payeses sino a los chiguaguas nepaleses, hicieron un agujero a modo de gatera (bueno, de perrera) en la torre más alejada del control, y sacaron varios sacos de monedas de oro, cambiándolas por piedras pintadas de amarillo refulgente.

El pato Donald, con el grueso de las monedas, montó dos o tres empresas para puesta en valor de los recursos naturales de Patolandia, que fueran registradas con nombres imaginativos -First Change, Second Change y Third Change- y puestas a nombre de la Sociedad para la Recuperación del Sentido Común, S.L, para no despertar sospechas. Se crearon así algunos puestos de trabajo.

-Esto va bien -comentó Jaimito en el primer Consejo de Administración, que celebraron en una estación del subterráneo-. Propongo que digamos a los Golfos Apandeadores que hagan otro agujero más alto en la torre, y sigamos con el mismo procedimiento, y creemos más empresas.

No será necesario referir con demasiado detalle que tampoco en esta ocasión el tío Gilito se percató. Es por tanto, aceptable, creer a pies juntillas que, en el curso de varios años, fueron esquilmando las monedas de oro de las torres en donde Gilito guardaba, suponiéndolo a buen recaudo, sus riquezas improductivas. Dejaron solo una capa bastante delgada en cada torre, que era la que Gilito manoseaba con placer, cuando se recluía en cualquiera de ellas para dejar volar su avaricia.

Fue Jaimito, como siempre, el que se percató de algo muy curioso. A pesar de que estaban saqueando las torres, en el recinto donde se guardaban las monedas de oro que formaban el caudal de Gilito, cada vez había más torres. Es decir, entraban más y más monedas de oro, por lo que, si alguien se hubiera tomado la molestia de hacer cálculos, deduciendo las piedras sin valor, los ingresos de nuevas monedas eran tan altos, que la riqueza neta de tío Gilito aumentaba y aumentaba sin cesar.

Era un misterio que ni siquiera Jaimito podía resolver.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: acumulación, angel arias, búnker, creación, cuentos de verano, dinero, golfos apadeadores, Pato Donald, Patolandia, puesto de trabajo, purpurina, riqueza, tio Gilito, torre, trabajo

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