Entre los muchos cachivaches que había heredado de sus padres, que eran buhoneros de dignísima profesión, y que había resuelto entregar, pagando incluso unos dineros, con el fin de que se los quitasen de encima, a los recolectores de una asociación de exdrogadictos, aquel distinguido joven descubrió una lámpara que se le antojó, a primera vista, especial.
En realidad, le pareció especial porque, aunque estaba sucia de mugre y porquería, brillaba con luz propia.
Pero como no entendía una papa de lámparas ni, en realidad, del valor de cualesquiera objetos de segunda mano, pues, gracias a la dedicación y esfuerzo de sus queridos padres, había podido estudiar en la más famosa Universidad del Reino el prestigioso oficio de técnico superior en calzadas reales, principescos subterráneos huecos y mágicos voladores ingenios -abreviadamente, Maestro de Todolosé-, acudió a un especialista en lámparas antiguas.
-Esta lámpara es realmente la más antigua que jamás tuven en mi mno Por su forma y aspecto tan especiales, y, en particular, por esta marca que figura troquelada en uno de sus brazos, diría que esta lámpara pertenece a la misma especie que la famosa lámpara de Aladino, -le indicó el experto, después de mirarla por todas partes, y, en particular, por el lugar en donde debería estar la conexión eléctrica, de la que carecía por completo, faltándole, además, cualquier soporte para candela, vela cerúlea o mecha ignífuga.
El joven heredero no cabía en sí de gozo.
-Con mucho gusto se la compraría, pero, dado el estado ruinoso del negocio de lamparero, no tengo dinero ni para pipas -confesó el entendido.
-No pretendo venderla, sino, ahora que se de sus potencialidades, utilizarla en mi provecho. Pero ¿qué debo hacer, pues, para disfrutar de sus beneficios? Porque, por mala suerte, y a pesar de mi exceso de capacidad formativa, me encuentro actalmente en paro, y desearía que la lámpara me proporcionase un trabajo digno, y a ser posible, sin tener que emigrar de mi país.
El lamparista le aclaró, como pudo, el problema que atisbaba en el aparato.
-Sucede que esta lámpara parece tener desactivado el poder de conceder deseos. Seguramente, por el paso del tiempo, que le ha dejado encima esta capa de roña muy notable, que impide que la fuerza mágica alcance la superficie. Para que recupere su milagrosa actividad, entiendo, hasta donde alcanza mi ciencia, qe será preciso limpiarla de esa mierda ocultativa, por lo que debe Vd. acudir a un especialista en eliminación de suciedades de lámparas maravillosas, del que le daré de inmediato la dirección.
Así fue. El anciano erudito en lámparas antiguas escribió la dirección del limpiador de las mismas, en su facción o categoría de maravillosas, y con aquel papel en la mano, el Maestro de Todolosé se encaminó, presuroso, a la calle cuyo nombre figuraba en él.
Grande fue su sorpresa cuando, llegado a ese punto, se encontró con que, en aquél preciso lugar, en donde debería hallarse un servicio de limpieza de lampistería (o algo parecido), se había instalado un rascacielos de varias decenas de pisos.
Desde la acera, puesto que el servicio de seguridad no le había permitido la entrada, pudo distinguir en lo más alto del edificio, un letrero, posiblemente luminoso desde el ataredecer, en el que se leía, en grandes caracteres: Ministerio de Control Absoluto de la Sociedad Líquida.
¿Para qué servía una lámpara maravillosa de la que no podía extraerse su poder? Para nada, desde luego. Así que, apesadumbrado, volvió con ella al montón de chatarra y desperdicios que había heredado de sus padres, al que la arrojó y se dedicó a buscar con mayor atención más cosas de las que pudieran servirle para andar por casa, mientras esperaba, vanamente, que alguien le llamase para ofrecerle un empleo.
Pero, aunque dedicó mucho tiempo a hurgar entre los restos heredados, no encontró nada que volviera a llamarle la atención, por lo que llamó a la asociación de ex-drogadictos para que le limpiasen gratuitamente de tanta porquería, y pronto aparecieron con una furgoneta para hacerse cargo de los desechos.
-Se lo llevamos todo, menos esa lámpara, -dijo uno de ellos, que parecía el jefe.
-¿Qué le pasa a la lámpara? Es una lámpara maravillosa, aunque, según me informaron, ha perdido su poder.
Con una sonrisa, el otro le aclaró bastante: -Tenemos el local abarrotado de lámparas maravillosas que no funcionan, y nadie las quiere porque lo que la gente busca son lámparas que sirvan para soportar bombillas y den luz, no que hagan milagros.
El joven se quedó, pues, con la lámpara, y, como industrioso que era, trató de encontrar un procedimiento para restaurar lámparas maravillosas, estudiando con ahinco cuantos libros de quiromancia, magia y artes espirituosas pudo consultar en la red de bibliotecas públicas.
Por ahí debe estar, todavía, buscando la solución entre las estanterías.
FIN




