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Asido al mondo palo aquel jilguero
en la jaula cantaba emocionante:
“Todo va bien, no pongo ningún pero,
que veo feliz mi vida por delante”.
El bello trino y su decir tonante
atrae un ave, libre, que, al alero,
absorta atiende aquel trinar pedante
del ingenuo y alegre prisionero:
-“No encuentro razón a tu altanero
silbo, y lo veo tan desconcertante
que te atribuyo la maña de un trilero”
-“No juzgues mi afición como pedante
-replicó- y no apliques tu rasero,
que me dan de comer y eso es bastante”.
1 de mayo de 2020
(@angelmanuelarias, sonetos desde la crisis)
Traigo a este Comentario, como pretexto visual, un pequeño óleo (formato DIN A3), que pinté -se ve la fecha- en 1977. Ya llovió, desde luego, pero mi estilo ha cambiado poco. El título del cuadro es «El progre en la playa», y entre la abigarrada multitud se ve una figura -esquemática y borrosa- que lleva una bandera roja.
Qué auras, qué tiempos. Yo no sabía aún que se aproximaba el momento de coger la familia, el petate y las ilusiones, para marcharme para Alemania. David, mi hijo mayor, tenía dos años y Miguel nacería al año siguiente. Iniciaba una época que cambiaría la historia reciente de España y, por arrastre, la mía propia. Aunque de diminuta factura y seguramente fallos técnicos para el erudito analista, el cuadro me encanta y me ha acompañado, en cada una de mis mudanzas, desde entonces.
El proceloso mal, contrastando con la despreocupada tranquilidad de los bañistas, señala el desequilibrio entre lo que se disfruta, inocente, y lo que amenaza. La vida misma.









