Al socaire

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Jaleo en la jaula de grillos: quiere Jauja

12 mayo, 2016 By amarias Deja un comentario

Próximo ya a finalizar este repaso sesgado por las peculiaridades de la Granja Humana, y habiendo enfocado el telescopio hacia la jaula hispánica, creo conveniente volver a situar lo que tenemos magnificado en el objetivo dentro del contexto. Con atención específica a una cuestión: los modos de generar mayor valor a la actividad humana, la problemática inherente a la remuneración por el trabajo como fórmula -más o menos eficiente para distribuir las plusvalías colectivas a la mayoría de las familias-,  y la aplicación de esa servidumbre a nuestra realidad actual. (1)

La Organización Internacional del Trabajo calcula que más de 3.000 millones de personas en la Granja humana, trabajan. Aunque el término trabajo es utilizado con gran profusión, su definición resulta permanentemente controvertida. ¿Qué es, en realidad, un trabajo decente? ¿Cómo se determina la productividad de una actividad humana? ¿Solo si se consideran trabajo las actividades que se realizan para un tercero y, dentro de ellas, cuando el prestatario de las mismas recibe alguna compensación, ya sea material o…espiritual (incluida la palmadita en la espalda)? (2)

En todo caso, el número de personas que realizan actividades transformadoras en la Granja s muy superior al indicado por la OIT.  El ave humana, desde muy pronto -«apenas siendo flor de pluma o ramillete con alas»-, interactúa con su entorno, pretendiendo cambiarlo, aunque no sea para obtener un beneficio concreto, sino solo por bulla. Por ello, sin abrir una nueva discusión, admítase que la capacidad de la población para modificar los estados de la materia y de la energía a formas más elaboradas (irreversibles en su mayoría) es inmensa y la potencialidad de que la mayoría de esos cambios redunden en mejoras de la situación en la Granja, muy estimulante.

Por desgracia, el optimismo en la Granja tiene recorrido corto, si se analiza el resultado a nivel global y se focaliza el estudio en relación con el reparto del incremento de los beneficios o utilidades. De forma más lamentable aún, la decepción es tremenda si se considera la cantidad de esfuerzo que se dedica a destruir, obstaculizar o dejar abandonados sin uso, los esfuerzos de otros.

La remuneración por el trabajo está sujeta al principio de la explotación del que más puede sobre el que ás necesita. El porcentaje de trabajadores por cuenta ajena en situación de pobreza (por ganar menos de 2 dólares diarios) se acerca a la tercera parte del colectivo total (28%); la alta tasa de desempleo juvenil oscila entre el 30% del Norte de Africa y el 17% de las «economías desarrolladas»: un gran despilfarro.

Dado que la solidaridad se esgrime como virtud de la especie humana, resulta curioso descubrir que la indolencia colectiva es el fenómeno predominante. La diferencia de productividades en la Granja, la explotación de esos desequilibrios, hasta hace muy poco, no afectaba psicológicamente a los que vivían en las zonas cálidas (léase, supuestamente desarrolladas). Sencillamente, por activa o por pasiva, se aprovechaban éstos de su existencia, sin sentirse culpables. No había problemas en considerar a otros, esclavos, seres inferiores, colonizables, estúpidos, salvajes o, simplemente, enemigos a los que avasallar.

Esas actitudes subsisten, porque están muy bien arraigadas. Puede que formen parte del ADN subliminal de la Granja. Solo hay que descubrir el núcleo de buena parte de los mensajes políticos: la prevalencia de lo que «nos» conviene frente a lo que necesitan «ellos». No hay mayor dificultad en convivir con que, para algunas almas sensibles, la situación ahora no resulta -ahora- soportable. «Hay que hacer algo», defienden, apuntando a responsabilidades ajenas, salvando así sus conciencias y ofreciendo un argumento para aplicar algunas cataplasmas y placebos a las necesidades de los que más sufren el peso de la bota insolidaria.

En lo que respecta a la explotación sin compensaciones adecuadas del trabajo de otros pueblos y de sus recursos, entiendo que no es la globalización la que ha hecho presente ese sentimiento de bonhomía. La culpable principal de la difusión limitada de esa sensibilidad -que se compensa, como he adelantado, con acciones meramente simbólicas-, ha sido la introducción de la televisión en las casas particulares. También ha contribuido, aunque en mucha menor medida, la aparición en la escenografía de los debates políticos internos de una nueva terminología, que habla de los problemas de las migraciones, de las catástrofes causadas por cambio climático, de los perniciosos efectos económicos de las guerras y del la amenaza de  atentados terroristas en las jaulas propias.

En casi todos esos problemas, que existieron siempre por cierto, se puede detectar el cóctel genuino, nada misterioso, de extremismo religioso forzado, miseria rampante e ignorancia culpable.

Las encuestas prueban que la asimilación de las noticias desagradables es, con todo, muy rápida. Una catástrofe con decenas de muertos próximos (miles, si se han producido a miles de km, en la equivalencia acomodaticia) se olvida en pocas semanas, no importa si producidas por un tsunami, una explosión nuclear o una bomba colocada por fanáticos con pretensiones expiatorias).

En la jaula hispana, los cuatro mayores diarios deportivos, todos de pago,  editan 800.000 ejemplares, con una difusión que alcanza a 5,5 millones de lectores (datos de la OJD, Oficina de Justificación de la Difusión). Los cuatro mayores diarios generalistas no gratuitos, editan algo menos de 1 millón de ejemplares, y solon llegan a 4,4 millones de lectores. El dato es ya significativo de por sí, pero su valor esclarecedor cobra nueva dimensión cuando se reconoce que resulta exótico oir conversaciones sobre la situación económica general o acerca de temas de política internacional. En cambio, en cada lugar de la jaula, hay aves deseosas de entablar una conversación animada sobre la situación física o anímica de cualquier futbolista, con empeño y conocimientos asombrosos.

La capacidad de la jaula hispana para poner énfasis en lo marginal es proverbial. Los insulsos debates de la política interna sobre lo que habría que hacer (¿impedir a toda costa que gane el otro? ¿conseguir un gobierno de cambio para hacer qué?), no están enfocados, desde luego, a solucionar el problema mundial. En un momento tan grave de nuestra economía, y dada la debilidad relativa del poder de nuestra jaula, no tendría sentido preocuparse del todo si la parte se resquebraja. No está el horno para bollos del tipo «alianza de civilizaciones» ni para que nuestro apoyo simbólico a cualquier causa bélica o pacífica merezca la menor atención. Cada lugar de la Granja está enfrascado en resolver su propio problema. Tocan a «sálvese quien pueda», sin que importe a quién ha de pisar para alcanzar la piñata.

Los poderes económicos y su brazo armado, desde los cuarteles superiores de la Granja, han generado una situación de alta tensión internacional. Las posiciones reaccionarias, regresivas, han vuelto a ocupar los lugares preferentes del escenario; son aplaudidas, como corresponde a un momento de confusión, no solo por los directos beneficiarios, sino por la cohorte de desorientados, que es mucho más numerosa. (3)

Para la jaula hispana, el momento impondría la obligación de encontrar una solución pragmática y aprovechar los huecos de la coyuntura, sin generar ni atención ni tensiones. Dado el reducido tamaño de nuestro territorio, y la condición de país intermedio,  habría que arrimarse al calor de otros que aumenten la capacidad de respuesta, y no desaprovechar los vientos, ni despreciar, por el momento, las migajas. Pero hemos convertido la jaula en jaula de grillos, y las promesas electorales en un viaje a Jauja (salvo para el Partido Popular, que quiere que se monten aquí tres tiendas: una para el sol; otra para el humo; y otra para sus dirigentes).

No es posible entender la razón por qué los partidos que pugnarán, nuevamente, a finales de junio de 2016 por el control del gobierno de la jaula hispana desestimen que lo (único) importante ahora es no desaprovechar ninguno de los escasos recursos: económicos, técnicos, y humanos.

Que hayan vuelto a aparecer cuatro o cinco posturas ideológicas radicales no es síntoma de vitalidad democrática, sino de la pobreza de las propuestas concretas. Discúlpeseme la simpleza: Todos los ricos son, por naturaleza, conservadores; todos los pobres son, genuinamente, revolucionarios; todos los descontentos quieren que la situación cambie a su favor; todos los lerdos quieren que la inteligencia se menosprecie y los talentos se igualen; pocos habrá que no se crean el más capaz ni el que posee mejores méritos, ni deje de apoyar a los suyos en detrimento de los demás; todos los que aplauden a un líder esperan conseguir algo a cambio, en su propio beneficio. Quienes digan ser espléndidos, y no ponga en circulación, ante todo, su propio peculio, mienten. Jugar a pelo y a pluma conjuntamente es doctrina seguida sin problemas.

En fin, allá va un consejo no pedido. No es momento para cambios bruscos, porque nos faltan elementos clave para saber por dónde irán las corrientes dominantes. El examen al que hay que responder con solvencia solo contiene tres cuestiones: 1) seleccionar las medidas más eficientes para generar, de inmediato, riqueza y actividad con perspectivas de mantenimiento; 2) valorar, simultáneamente, cuanto cuestan y, por supuesto, si podemos encontrar la forma de pagarlas o financiarlas con los recursos disponibles y la escasa capacidad de endeudamiento remanente y 3) tratar de llevarlas a cabo lo antes posible, sin menospreciar ninguna aportación ni ahuyentar a los detentadores del capital, porque hay que ser taimados, no ingenuos.

Me resulta un ejercicio vacío discutir acerca de qué teorías económicas son mejores: los creadores de casi todas ellas, contrapuestas o no, tienen su premio Nobel. Hay que actuar de forma combinada desde el Estado y desde el apoyo a la iniciativa privada: no a cualquier precio. Seleccionando cuidadosamente los sectores, los apoyos, los objetvios.

Ni los programas de los partidos  -ni los anteriores, ni lo que se va sabiendo de «los nuevos»- ni las ideas expresadas por aquellos que son o fueron líderes de los mismos, se ocupan de cuantificar, solo de prometer. Subir impuestos a los que más tienen, puede ser interesante, pero más importante es saber concretamente qué se va a hacer con ese hipotético aumento de la recaudación fiscal, y, claro, valorar el efecto espantapájaros para los soportadores de la leva.

Hay mucha ingenuidad, cuando no ignorancia de base, en los discursos programáticos. Se lee como un librito de doctrina elemental el «Juntos podemos; el futuro está en nuestras manos» de Albert Rivera (Unigraf, 2014), y los no menos ligeros,  «Esto tiene arreglo» (2012) o «La tercera República» (2014), de Alberto Garzón. No mejora el calificativo de un ejercicio de mirada al ombligo, «El compromiso del poder», de José María Aznar, (2013) y el doctrinario panfleto de «Ganar o morir», coordinado por Pablo Iglesias Turrión, que no mejora su «Disputar la democracia, política para tiempos de crisis», con prólogo de Alexis Tsipras.

Supongo que eso es lo que el gran público desea, lo que el votante valora. Se ha escrito, desde la Academia, muchísimo, sobre todo, para obtener doctorados y licenciaturas. Papel de envolver, en su mayoría. Por profesión y afición, leo con frecuencia los análisis y propuestas de ilustrados economistas, y, porque conozco a muchos personalmente, sigo sus trayectorias profesionales con asombro. He vuelto a hojear «España, Economía: ante el siglo XXI», coordinado por José Luis García Delgado (Espasa Calpe, 1999), una mente lúcida, sin duda, no sé si independiente, porque el tiempo ha pasado por encima de casi todo. No lo veo culpable de que la recopilación tenga hoy el aire de lo que nació obsoleto, y de que las buenas voluntades subyacentes no hayan encontrado seguidores.

El análisis económico que en ese libro de apuntes profesorales, pongo por caso, hace Julio Segura -que despertaba en los 7o del pasado siglo admiración de féminas e izquierdosos asamblearios- sobre el sector público en las economías de mercado, me mueve a preguntarme, como tantas otras veces, para quién se escriben estos libros, qué se hace con las tesis serias, a quién aprovechan los mensajes. Leo (escrito en 1998) que «es imposible que la economía española avance sostenidamente en el proceso de convergencia real sin un aumento de los gastos -públicos y privados en estas rúbricas»(se refiere a las de infraestructura civil, inversión en i+d, mejora de los niveles educativos, formación y cualificación de mano de obra). ¿No es lo mismo que propugna, hoy, Luis Garicano, mentor económico de Ciudadanos? ¿Repugnará a alguien?

Surgen, en fin, varias preguntas, cuando contemplamos las sonrisas con las que un partido «transversal» (lo dicen sus simpatizantes) se une con un partido cuya ideología -utópica, pero impecable- siempre he respetado.

¿Va la jaula hispánica a marcarse un do de pecho uniéndose a los más pobres de la Granja, participando en la confusión mental por el lado de la izquierda, o prefiere arrimarse a los que se benefician por el costado de un progresismo moderado? Como republicano, agnóstico, progresista, me contesto: prefiero la actual monarquía, vivir en un país católico oficialmente aconfesional y me enorgulleceré siempre de participar en el cambio desde dentro, con decisión, en todo lo que me dejen y en bastante de lo que pueda hacerme con el sitio. Pero con cautela. Tengo el culo pelado de gallo viejo curtido en cientos de peleas, de las que no todas gané, claro, pero habrá testigos de que me empeñé hasta el fondo.

(continuará)

———

(1) El presidente de Cantabria, Miguel Angel Revilla, es el mejor maestro local conocido en el empleo de la economía como elemento recreativo. Con un título en Ciencias Económicas, ha protagonizado programas de TV que han levantado ampollas a críticos ortodoxos de la izquierda como de la derecha ideológicas.  Se olvida quizá, que no siendo la economía -a pesar de la denominación de las Facultades y diplomas- una ciencia exacta, sino una elucubración cercana a la metafísica (cuando no a la patafísica), su poder adormecedor sobre las conciencias es lo que más cuenta.

(2) Según la misma OIT, el 66% de los trabajadores por cuenta de otros sufren de alguna, o todas, de estas vulnerabilidades: carecen de contrato o derechos de los reconocidos como fundamentales, tienen una remuneración muy inferior a sus capacidades o muy distante del beneficio que generan a sus empleadores, no disponen de protección social, etc. La mitad de la población activa de la Granja no tiene cobertura alguna en caso de desempleo, enfermedad, discapacidad, vejez o maternidad.

(3) El debate por la Presidencia en Estados Unidos ha permitido destapar el fondo del vaso ideológico del partido republicano; si se produce, el triunfo de H. Clinton, no será ni sencillo ni sin compromisos. En el Reino Unido, los intereses del capital afloran por encima de la solidaridad con la UE, y el Brexit es una propuesta con reales posibilidades de éxito, cuyo beneficiario no ofrece dudas. El apetito ruso por recuperar áreas productivas de la Europa oriental convierte esa franja en zona caliente. China, India, Corea del Norte, etc. proporcionan motivos para la preocupación. Latinoamérica arde en incongruencias y Africa sigue siendo utilizada como solución rápida a problemas ajenos, despreciando las opciones de considerar el abordaje de los suyos propios.

Publicado en: Actualidad

La jaula hispánica tiene puesto el pestillo por dentro

9 mayo, 2016 By amarias 2 comentarios

(Hamlet: Do you see yonder cloud that,s almost in shape of a camel?
Polonius: By th´mass, and it,s like a camel indeed.
Hamlet: Methinks it is like a weasel.
Polonius: It is backed like a weasel.
Hamlet: Or like a whale?
Polonius: Very like a whale. (*)
(Hamlet, William Shakespeare)

En la jaula hispánica se escribe mucho, pero se lee menos y se profundiza apenas. Se debate continuamente, pero no se escucha o muy poco. Cuando se eligen personas para un cargo, puesto o prebenda, no importa si público o privado, se atiende más a las recomendaciones y al amiguismo que a otras virtudes.

No es sencillo cambiar esa inercia, porque viene de muy antiguo y está enquistada en el comportamiento popular, admitida como principio para conseguir algo con mayores opciones. Por supuesto, no todo se mueve en el nepotismo ni se enmarca en la designación interesada, pero el mal está ahí, bien arraigado, y el tiempo acaba disimulando los orígenes, legitimándolos.

Solo sería necesario observar la rudeza con la que los que tienen un puesto de prestigio o valor defienden la necesidad de duros requisitos para que otros accedan a su misma condición, para deducir que hay gatos encerrados. Cuanto más duros sean los niveles exigidos para una oposición, deberían crecer las sospechas de que la designación no será leal. No han de buscarse, al fin y al cabo, genios, sino solo gentes capaces para desempeñar el cometido que el puesto demanda.

Cuando escribo estas líneas, en la jaula hispánica se van a repetir las elecciones políticas para designar un Presidente de Gobierno. Las anteriores fueron en diciembre. No ha habido acuerdo entre los partidos respecto al candidato, y cuatro de las facciones que se repartieron los votos ciudadanos casi por igual, consumieron el tiempo en conversaciones baldías, mareando las perdices hasta la asfixia.

Salvo el presidente de Gobierno saliente, Mariano Rajoy, -y no pretendo que en él sea mérito- los cabezas de lista de las distintas polladas son gente muy joven, que, por tanto, han vivido poco. Eso no les impide alardear, quien más quien menos, con petulancia culposa, de saber cómo solucionar los problemas de la jaula.

No lo saben, sin embargo; no demuestran saberlo. Se olvidan de que estamos en una jaula pequeña, con mayores necesidades que recursos y que es imprescindible contar con ayudas externas para que toda la población avícola sobreviva manteniendo el actual nivel de vida. La cuestión de fondo, muy preocupante, tiene una exposición muy simple: no existe perspectiva creíble para sostener el actual nivel del estado de bienestar, sin que la línea más simple, aumentar los impuestos de los que más tienen, arriesgue hundir aún más la economía.

El capital fluye sin fronteras, es cobarde, se esconde a la primera señal de peligro, y lo hará con destreza, porque siempre encontrará cómplices y pagará bien a los que más sepan de agujeros (preferiblemente, si ellos mismos los han creado). Los «papeles de Panamá» son solo una minucia, una engañifla para entretenimiento de periodismo diletante y asombro de ignorantes de cómo funcionan las cosas, en esta jaula y en toda la Granja.

Si preferimos ir al núcleo que interesa y no dar palos de ciego entre los matorrales de los bordes, debemos conocer que el problema que tenemos que resolver, en lo que nos es propio, es otro. Ni la corrupción, con ser aparatosa; ni las castas, con ser lamentables; ni la incapacidad de los políticos para entender de economía real, tecnología y humanidades.

La estructura económica española, con escasez notoria de centros de actividad e insuficiente dinamismo, no permite garantizar la generación de los puestos de trabajo suficientes, y desde luego, no lo serán de la calidad necesaria para que el reparto de las plusvalías que la estructura de actividad sea capaz de producir, y cuya manera eficiente es hacerlo por la vía de los salarios y no de los subsidios, permita recuperar la situación de bonanza que se ha vivido antes de la crisis inmobiliaria.

No es necesario repetir un análisis ya perfectamente trazado y bastarán un par de pinceladas para ponerlo en contexto. Por culpa del boom inmobiliario, una parte sustancial de la población se decidió al dinero fácil que proporcionaban los empleos en el sector de la construcción y servicios derivados, que no exigían cualificación previa. Diez años más tarde, la mayoría siguen indecisos ante la necesidad de adquirir una formación útil, inmersos en la frustración del desempleo e incapaces de entender las claves de una sociedad que creen les ha traicionado.

Tampoco la Universidad ha sabido adaptarse. Aunque las estructuras universitarias se vanaglorian de que los egresados han aguantado mejor  la crisis, la realidad descubre que una mayoría están subempleados, y que no pocos han debido emigrar. El modelo no ha funcionado, ni por arriba, ni por abajo; no ha generado alternativas a la amenaza de crisis, y sigue sin encontrarlas.

La falta de crítica objetiva en la jaula es manifiesta, y los que critican, son menospreciados. La versión oficial apoya el optimismo convulsivo y los planteamientos desde la oposición son maximalistas, destructivos, rancios. La cruel realidad es que el sistema se ha deteriorado con fuerza, desde hace, al menos, una década, y no debe atribuirse el problema a la política, al menos, no en exclusiva y ni siquiera de forma prioritaria.

Todos los sectores económicos y sociales tienen parte de culpa. Unos más, otros menos: no será igual la culpa de los que retiraron las ganancias a paraísos fiscales, en lugar de reinvertirlas en nuevos emprendimientos, que la de quienes alimentan la economía sumergida mientras cobran el subsidio de desempleo; pero ambos, son culpables de deteriorar el sistema legal.

Ni la Universidad ha sabido adaptarse o prever los cambios, enfrascada en un nepotismo y amiguismo lamentable; ni las organizaciones del Estado, empeñadas en una ineficaz carrera de emulación que condujo a un despilfarro mayúsculo; tampoco las grandes empresas han sabido diversificarse ni apoyar las líneas de desarrollo más prometedoras, obsesionadas con ofrecer valor para el accionista, lo que, aunque no se conseguía, no excluía la obtención de beneficios para los consejos de administración, en donde se sientan consejeros independientes muy bien adoctrinados.

No hay por qué ocultar que ni la Administración pública -jueces, secretarios, interventores, funcionarios de toda condición- ni los, ministros, alcaldes, concejales, representantes político tampoco han estado a la altura.

La jaula hispánica, después de un momento de intenso fulgor (con combustible en gran parte, ajeno), ha perdido peso en el contexto internacional, consumido su credibilidad, falta de empuje. Los culpables de ese descalabro no son tanto las personas (al fin y al cabo, las personas son fáciles de sustituir), sino el deterioro de las infraestructuras, que hay que revisar, apuntalar y corregir de inmediato si se quiere conseguir su funcionamiento eficiente. Es divertido, sin duda, criticar a las personas, sacar de sus cuevas a corruptos e ineptos (qué difícil será llegar a lo más profundo, a los más contaminados), apuntar con la más genuina mala baba a objetivos seleccionados -sospecho que abandonados primero por sus propios comilitones-, aunque esto no soluciona el fondo del asunto.

No funciona correctamente la justicia, no los jueces; no actúan bien las empresas, no los empleados; no consigue sus objetivos la política, no los políticos. No culpemos a los sanitarios, sino a la estructura sanitaria; no nos preocupemos tanto de los docentes (y menos aún de los discentes), y sí de la formación que se imparte por decisión de programas confeccionados sin visión.

El deterioro de la jaula se manifiesta, desde luego, en los comportamientos individuales. Todo el mundo parece feliz de no respetar el espacio común, de contribuir a la suciedad de la jaula, como si el asunto no fuera con él.

Sin acudir a la metáfora, vayan ejemplos: el propietario de perros, dejará que las necesidades de sus chuchos queden abandonadas en la calle cuando nadie le observe; cigarrillos, papeles, plásticos, aceites, se arrojan en cualquier sitio; los contenedores separativos no cumplen  su función, porque son utilizados sin miramientos respecto a su destino previsto; los coches son aparcados en doble fila, o en lugares expresamente prohibidos, y no hay más que ver la cara de satisfacción del infractor, que toma aires de que la norma no va con él; los productores de ruido no se controlan, se enmascaran; hay vertederos en cada esquina de la jaula, en los montes protegidos, en las tierras de labor y algunos, que han crecido a la vista de todos, arden espontáneos.

Los inspectores, los policías, los designados para efectuar la vigilancia y proponer la sanción a los infractores, tienen una escusa: son pocos, cobran poco, están superados, no tienen motivación.

En general, la calidad de la oferta ha disminuido, favoreciendo la sustitución en los mercados de la competencia en precios por la brusca caída de la calidad de los productos. Se nos han colado los chinos, en las tiendas de cercanía y en sustitución de los productos artesanos propios: así lo hemos querido.

Entre los pocos libros interesantes que tratan de las posibles soluciones, selecciono el de alguien que tuvo responsabilidades en el Estado y que, vuelto a su posición académica de docente de Derecho constitucional, se ha decidido a contar ciertas verdades y propone medidas que, al menos, convendría discutir.

Me refiero a Diego López Garrido, quien publicó en 2014  un análisis sobre los problemas de fondo que  han conducido a la «Edad de Hielo» (1). Concreta tres posibles actuaciones de alcance:

  1. Abandono del ajuste presupuestario rígido, recomendando un giro en la política del Banco Central Europeo hacia la expansión inflacionista. Es decir, más inversiones desde el Estado, más gasto público. Postkeynessiano en ésto, yo estoy básicamente de acuerdo, aunque con la premisa de un férreo control y la selección consensuada e inteligente de los proyectos y sectores que conviene activar.
  2.  Detener la tendencia, que califica de suicida, que ha venido sustituyendo los impuestos directos por el incremento sin fin de la deuda, volviendo a los impopulares impuestos progresivos. Paralelamente, propone atajar el mal endémico del Estado contemporáneo: la «industria de la evasión fiscal», y perseguir sin miramientos la evasión fiscal de las multinacionales. Aquí caben matices, puesto que una cosa es la inspección fiscal de quienes evaden, su detección y sanción, y otra, reordenar el sistema impositivo. Hay que saber bien para qué, puesto que la simple recaudación para mantener el estado de bienestar no solucionará los desequilibrios estructurales, sino que los agudizará.
  3. Implantar el control político del sistema financiero, que es quien creó la crisis y que se protege de ella con medidas destinadas a su propio beneficio. Entiendo que no será fácil, porque la Banca es especialmente escurridiza y los altos salarios con los que compensa a sus altos ejecutivos permite seleccionar a profesionales muy eficientes en los tinglados financieros, bastante opacos o misteriosos para quienes no provienen del sector y no pueden analizar las cifras desde dentro. Las auditorías de las grandes entidades financieras, como la Historia ha demostrado, son demasiadas veces, apaños de estómagos agradecidos.

En consecuencia con su argumentación (que yo dejé algo mancillada con mis puntualizaciones) López Garrido defiende el que tanto en la jaula hispana como en la Unión Europea, se de un giro progresista al timón político, abandonado el rumbo seguido en tres décadas de (r)evolución conservadora, que considera la culpable de haber establecido los pilares para la Edad de Hielo,» de la cual vemos solo la punta del iceberg».

Al contraponer ideológicamente las posiciones de la derecha y la izquierda, con una visión más bien reduccionista, atribuye a la primera el argumento de que el Estado de bienestar es ya insostenible, porque no hay medios económicos suficientes para la sanidad y la educación universales y gratuitas, la dependencia, las pensiones, el seguro de desempleo, etcétera.

Según L. Garrido, la izquierda defiende justamente lo contrario: el modelo social europeo forma parte de nuestra identidad y hemos de proponernos luchar por la desaparición del desempleo y del subempleo, la pobreza y la exclusión social, que afecta particularmente a la infancia, y la desigualdad, el gran desafío de nuestro tiempo. En España, la crisis habría provocado el aumento de los  hipermillonarios.

La reforma fiscal progresiva es la solución propuesta, con aumento de impuesto a las grandes fortunas y salarios, y la subida de otros impuestos directos como el impuesto de sociedades, con descenso de impuestos indirectos y de los que recaen sobre las clases medias y la clase trabajadora.

Por atractiva que parezca la propuesta desde las posiciones de izquierda, no puedo sino manifestar la insuficiencia del planteamiento, desde mi conocimiento de la realidad. Porque, además de recaudar, el Estado debe fomentar y apoyar las iniciativas generadoras de actividad y empleo.

Demonizar a los empresarios -especialmente, a los propietarios de las grandes empresas- es un (grave) error, porque no existen alternativas que puedan propiciarse, ni desde el Estado ni desde la iniciativa privada emergente, no ya en el corto, ni siquiera en el medio plazo. La colaboración con el capital es imprescindible, apretando lo justo, sin ahogar.

La puerta de la jaula está abierta -se abre por dentro- y el dinero, como siempre se dijo, no tiene más amigos que los que lo hacen crecer y multiplicarse, y los candidatos a acoger a un gallo despechado, salido de una quintana, son numerosos.

(continuará)

—-

(*) Ofrezco aquí la traducción de este diálogo entre Hamlet (ya fingiéndose loco) y Polonius (Lord Chamberlain, consejero real) :(Hamlet: ¿Ves aquella nube que tiene casi la forma de un camello?; Polonius: Por supuesto, y es, en verdad, como un camello; Hamlet: Aunque, si lo pienso mejor, quizá se parezca más a una comadreja;Polonius: Sí, tiene el lomo como una comadreja;Hamlet: ¿O…tal vez como una ballena?; Polonius: En efecto, se parece mucho a una ballena. (Hamlet, William Shakespeare)

(1) «La edad de hielo. Europa y Estados Unidos ante la Gran crisis: el rescate del Estado de bienestar» (RBA, 2014). En su blog, López Garrido ha puesto de manifiesto que «la crisis —la impotencia de la política ante ella y sus efectos— ha traído una bipolarización nueva (…). Es la oposición entre la “gente” (sin distinciones) y la “casta”, que estaría constituida por todo aquel dirigente que forme parte de los partidos políticos tradicionales. Este enfoque es, por ejemplo, el sustento ideológico de Podemos, cuyo éxito electoral se basa en plantear ese binomio como un mantra. Así ha logrado captar votos de todos los partidos. En ciencia política se le ha llamado a un grupo de esa naturaleza catch-all party (“partido atrapatodo”)».

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Edad de Hielo, elecciones, Granja humana, López Garrido, política

Patologías destructivas en la jaula hispánica

6 mayo, 2016 By amarias Deja un comentario

Permítanme que me presente. Soy solo un ave de corral en esta Granja humana, una más entre los 7.000 millones de aves de toda clase, especie y condición que en este preciso instante están ocupando los cercados, perchas, jaulas, naves y criaderos que la llenan casi por completo. Somos aves peculiares, con capacidad propia para volar, incluso lejos, pero solo con los recursos de la imaginación.

Vivo en una jaula con otros cuarenta y cuatro millones de aves (más o menos), llamada España. La mayor parte, somos gallos, gallinas, y patos (algunos, algo despistados); pero nos visitan también milanos, águilas y buitres, que algunos confunden con seres meríficos.

Si algo llama la atención a quien se aventure, de buena fe, a visitar nuestro espacio, posiblemente sea nuestra heterogeneidad física: los hay rubios, morenos y pelirrojos y, tanto entre jóvenes como ancianos, si varones, muchos calvos; alternan gentes de estatura más bien pequeña con estándares europeos -y más, sobre todo, entre mujeres, casi todas bellas-, con algunos muchachos que sacan a todos más que la cabeza; por supuesto, que los hay gordos y delgados (los menos;  y pocas mujeres a partir de ciertas edades, que han resistido a la tentación de lo dulce); blancos, mulatos, negros, cobrizos; no nos importan géneros ni orientaciones a los más. La tolerancia prima.

Hay, en proporción a lo que se veía por aquí hace solo unos años, muchas aves venidas de otros sitios   que están para quedarse -Marruecos, Latinoamérica, El Sahel, Rumanía, Ucrania, China,…-, de los que no de todos sabríamos decir en qué trabajan, y otros que vienen de vacaciones, disfrutar del sol y el mar, blanquear dinero u operarse de cataratas o un tumor benigno.

Somos un buen país de acogida, aunque lo estamos pasando muy mal. «La vida en España es dura», escribió Luis Garicano (en el libro colectivo «La España posible», Península, 2015), como prólogo para sus ideas de cómo cambiar España. A pesar de todo, y de los casi 5 millones de habitantes que quieren trabajar y no encuentran un modo oficial de hacerlo (¡y la mitad, jóvenes!), disimulamos bien.

Tenemos muchos problemas en nuestra jaula en este momento, y el más grave, es que no somos capaces de entendernos para salir de él. Preciso: no saben cómo sacarnos del agujero momentáneo los que tienen, sino la capacidad completa, sí la obligación de hacerlo. Como no voy a hablar de personas concretas, solo citaré los grupos en donde se les encontrará: políticos, empresarios (en particular, propietarios de las grandes empresas), universitarios, funcionarios, jueces, sindicatos, periodistas. Y algunos otros, que iré señalando, según sea.

Un problema que distorsiona mucho la solución más global de las preocupaciones de nuestra jaula es el de las nacionalidades. Es evidente el empeño que algunos ponen en exagerar la condición de diferentes, atribuyendo virtudes o defectos según en qué espacios o rincones; me resulta, como supongo a muchos, patético y desleal, pero se bien que no es trasladando esa apreciación directamente al que defiende la postura, como se le hará desistir de ella. Porque son duras de pelar las razones de los que, creyendo ser superiores, más ricos, o más capaces, quieren dejan de estar apoyando a los que consideran inferiores, más ineficaces, menos solventes.

Si manejan falsedades, hay que confrontarlos a ellas -también a los que los apoyan- con recios argumentos, no con ocurrencias.

Si en algún punto manejan verdades, habrá que reconocerlas, y negociar el darles algunas contraprestaciones, a cambio de que no abandonen -por un tiempo, al menos- la necesidad de avanzar hacia lo que es ventaja común, sin detenerse más que lo justo en la pretensión de separarnos de golpe, haciendo sangre.

J. Alvarez Junco, en su libro «Dioses útiles», destroza con repaso a la Historia de esta jaula, las presuntas diferencias de las que han surgido en España nacionalismos de ocasión. España es una nación consolidada. Producto de mezclas y mosaico de culturas, seguro que más que otros pueblos de Europa, nuestros ancestros han sabido integrar. Si hubo expulsiones de judíos, jesuitas o moriscos, no fue porque el pueblo llano lo pidiera; lo desearon los de arriba.

Que no haya pureza en las estirpes, que casi todos seamos López, González o Fernández, debería sera punto de orgullo y no vergüenza ni desdoro. ¡Hay tantos apellidos y lustres inventados, robados a otros, pervertidos!. La inmensa mayoría somos bastardos, hijos de la pobreza histórica, plebeyos. Un orgullo.

Por eso es de lamentar que los nacionalismos surgidos de la vieja chistera de los intereses particulares se pretendan llevar al terreno de los razonamientos puros, inventando diferencias y clases: no han surgido limpios de condición, llevan la mierda pegada al cascarón de lo que fueron las intenciones previas de quienes los pusieron en circulación como bandera.

Se nos atribuye un carácter vehemente, una tendencia disidente y pendenciera y se nos escatiman desde otras jaulas los méritos, de los que no solemos, además, hacer alarde. No lo veo así, tenemos mucho trasfondo de valor colectivo. Somos, por lo normal, sumisos, obedientes: no cobardes, pero preferimos no discutir, y si llegamos a ese punto, con frecuencia nos acaloramos, perdiendo por el ardor buenas razones.

Quizá no ha sido siempre así. Pesa en nuestro déficit, que hemos tenido hace poco una guerra civil, excepción en la Europa que se cree más civilizada -ni Alemania ni Francia han vivido nada parecido (tuvieron siempre claro sus dirigentes dónde estaba el enemigo, siempre fuera)-. De los entresijos de la jaula, surgen, a poco de rascar, los rencores de las dos Españas que han contribuido a nuestro retraso colectivo.  La guerra civil causó una tremenda destrucción de España, que no está ni físicamente -en el territorio- ni sicológicamente -en los espíritus- superada.

Las heridas no se cubrieron con una postguerra en la que los vencedores fueron, precisamente, los que se levantaron contra el orden, y se aprovecharon de la victoria redistribuyendo ventajas. Los perdedores siguieron sufriendo en la paz, y tuvieron que callar, acomodarse; ellos sí, olvidar para salir adelante. No quiero, por mi parte, reabrir ningún capítulo de rencor. Soy hijo de la postguerra, y he podido, como muchos de mis actuales coetáneos mayores, disfrutar de la apertura y tolerancia del tardofranquismo: no fue gratis. Había becas y oportunidades para algunos más, y, en especial, para los mejores si venían de atrás recomendados.

No fueron pocos los estudiantes brillantes que se aprovecharon de esa ventana abierta y, con trabajo, hicieron algo de dinero con el que comprar lo que más apetecía: un coche, un piso, unos estudios mejores para los hijos, a los que no se les negó nada. Todos, los de arriba como los de más abajo, buscaron acomodo: es cierto que la vida sigue, que sobrevivir es la necesidad que está en la sangre.

No merece la pena escarbar en las razones de la guerra civil, pero tampoco parece preciso elucubrar más sobre ella queriendo hacer con ello mala sangre, porque debiera quedar reducto intelectual de la Academia, si en ello encuentra placer que no enseñanza. Ilustres historiadores han detectado opciones por las que ambos bandos lucharon, pero me atrevo a dudar que la mayoría de los que combatieron a sangre y maza, y se mataron a cientos de miles, tuvieran muy claro qué defendían. A los nacidos en la postguerra, y en especial, a los menores de cuarenta y cinco años, no interesa saber qué pasó, sino lo que está pasando. Que no es lo mejor, y, aún peor, que no es lo que podemos hacer que pase.

Pero si alguien quiere sonreir tristemente con lo que algunos, desde su pretendida autoridad moral, pensaban y escribieron, para adoctrinar a otros, valga como desgraciada muestra lo que Enrique Herrea Oria, (hermano del primado), Licenciado en Ciencias Históricas, S.J. con el título meloso de «España es mi madre», decía en el «III Año Triunfal, 1939»: (pág, 283) «Lo malo es que los mismos gobiernos de España se han vendido a los comunistas rusos, porque los gobernantes son malos, muy malos, son masones. ¿Qué es esto de masones? Son unos hombres que reniegan de Dios. No quieren ni curas, ni frailes, ni religiosas, ni iglesias. Dicen que ellos son amigos de hacer el bien. Pero se reúnen ocultamente a media noche, en unas casas que llaman logias. Allí reciben instrucciones secretas de lo que hay que hacer, de sus Jefes, gente malvada que también reciben instrucciones de otros jefes que están en Francia. (…)»

Estoy convencido de que, en tiempo de grave crisis colectiva, ahondar en el pasado tiene escaso interés, salvo para detener a quienes pretenden repetirlo, sin haberlo conocido ni estudiado bien.

No escribo así por petulancia ni por sabiduría. Mi visión de conjunto de esta jaula es propia y, por tanto, la responsabilidad es mía, y no pretendo imponerla, ni tampoco tengo un foro para expresarla ni difundirla, salvo estas páginas. No es fruto de una improvisación ni de una calentura. Proviene de los muchos libros leídos, de no pocos viajes, y, sobre todo, de haber vivido casi hasta el final el período de mi estancia en esta jaula: la experiencia, que comparto con otros que peinamos canas y hemos aprendido a amortiguar vehemencias y a detectar falsas plumas y turbios intereses.

Como sujeto, normalmente paciente y pocas agente (quiero creer que no por mi culpa, zancadillas no faltaron), tuve ocasión de conocer muchas gradaciones de lo que se llama libertad, y, de resultas de haber buscado siempre el acomodo, procurando no herir, aunque sin renunciar a avanzar en la conquista de derechos de los más, he aprendido a amar lo que poseo y a desconfiar de los que ofrecen mejoras como quien vende acémilas de desecho en los mercados.

No acostumbro a citar a otros cuando escribo, porque siempre me pareció que era auparse con ello en la autoridad de otros, pretendiendo parecer igual, pero la ocasión merece aquí algunas ajenas referencias.

Empiezo con una que parecería traída a contrapelo. La tomo de «La selección natural y el apoyo mutuo», de Piotr Kropotkin, un teórico del anarquismo polifacético: «Para dar una idea completa de la respuesta de los animales a su entorno, deberían también analizarse las (…) modificaciones que se producen en el color y las marcas de los animales cuando se transforma su entorno» y más adelante (citando a De Vries): «no nos asombra conocer (…) que cada mutación debe tener no solo una causa interna, sino también una causa externa».

Como postdarwinista, Kropotkin cree que la evolución no viene determinada solo por la genética, sino por lo que sucede alrededor. A veces, nos acomodamos al entorno, para sacar beneficio de él o subsistir, pero también sucede que lo externo nos constriñe, nos limite y entorpezca. En nuestra jaula hispana, siempre ha habido una gran densidad de aves que, sin haber tomado tiempo en analizar qué problema hay que resolver primero, nos hablan de soluciones y prometen glorias.

Por aquí y por allá se han organizado, en todo tiempo, en casi cada lugar, en torno a esos visionarios, verduleros de afición, cantamañanas de oficio, grupos de devotos en los que alternan polluelos, gañanes, gallos, pollastras y tipos de la uña, que se atontan con lo que escuchan, tomando por verdades sacras cualquier cosa que escuchen desde lo alto, con tal de que les suene a beneficio propio, y, en particular, si lo ven factible en corto plazo.

El caso es que nuestra jaula está, de natural, bien orientada: da al sol, tiene buenas vistas, no falta la comida. Pero somos un país pobre, sin recursos naturales salvo los que se pueden enfocar hacia el turismo, que es y será pan para hoy y hambre para mañana.

Tenemos otro valor muy mal aprovechado. Si nos olvidamos de la paja, descubrimos buen percal entre algunos de los que se arriesgan a pensar con independencia -y que no mandan, aunque, para analizar con otra calma, no falta quienes mandaron y vienen ahora con consejas-. Hay tela de valor, en los estantes, de quienes podrían actuar con mérito y valor si estuvieran mejor orientados, se les instruyera mejor, y, en tantos casos, no se les calentara de fantasías la cabeza.

Un problema que no es fácil de resolver mientras estemos dirigidos por gentes incompetentes o con poca experiencia, es el de tomar las decisiones correctas -también lo apuntan César Molinas, Luis Garicano y otros en el libro citado, pero no se me interprete con ello que estoy con pleno acuerdo en sus propuestas, sino que solo escribo ahora desde el análisis-. Ese análisis, convertido en pieza fundamental, de nuestro comportamiento colectivo, podría ser tomado por cierto por aclamación y es el verdadero deporte nacional.

Seguros de la incapacidad del que dirige, de forma intuitiva, si algo apreciamos, en grupo, es ver derrotado al que está encumbrado, aunque lo haya sido por nuestro impulso. Estamos cómodos es no respetar ninguna regla, educados para transgredirlo todo, con permiso que nos autootorgamos con total beneplácito.

¿Para qué una Constitución? ¿Una norma de acción? ¿Unos principios, unas reglas? Como mejor nos sirven es para obviarlas, olvidarnos de ellas cuando se trata del beneficio propio. La tendencia innata nos anima a desear como espacio mejor, el de anarquía. No la de todos, la que consolida nuestra independencia para mirarnos a gusto el propio ombligo.

Esto trae consecuencias funestas. J. K. Galbraith, en su libro «La anatomía del poder», después de analizar las distintas formas de ejercer el poder, expresa: «En una democracia nadie puede dudar de la eficacia real de la oposición organizada al poder concentrado.» Antes había indicado: «(…) la vida se caracteriza por el número de organizaciones que compiten por dominar la mente pública y política…, grupos de presión, comités de acción política, organizaciones de interés público, asociaciones comerciales, sindicatos, empresas de relaciones públicas, asesores políticos y de otro tipo, evangelistas por Radio y Televisión y muchas más»…»si tienen alguna función que cumplir es porque son capaces de influir en el Gobierno y apropiarse de alguna parte de su poder».

Precisamente por no conseguir estar bien organizados, la ventaja la tienen los que lo están para sacar tajada.

Dudo que quienes ejercen el control político más directo de la jaula hispana hayan leído a Galbraith, lo que tampoco sería importante, si tuvieran presente que la mayor parte del poder que ostentan es «poder condicionado», y que la libertad de palabra y expresión es solo una parte de otras libertades cuyo correcto ejercicio debe controlarse desde el Estado, como elemento de «poder compensatorio», protegido por la Ley.

Una sociedad capitalista no puede subordinarse a las grandes empresas o a los intereses del mayor capital, porque no debe abandonar la responsabilidad de garantizar el bienestar a sus ciudadanos, ordenando la redistribución de las plusvalías colectivas.

Hace falta, en esta jaula, un Estado fuerte, convincente, serio. Y con voluntad de actuar para todos. Sí, estoy defendiendo, hoy, un gobierno de concertación, o, al menos, el de más amplio espectro. Ningún partido tiene la verdad completa, y, como idea más fuerte, hay gentes valiosas en todas las grandes opciones. No es momento para ideologías, sino para acciones concretas. Y, si nos quitamos las gafas de no ver al otro, entenderemos que, al margen de partidos, de posiciones de clase, de intereses manifiestos, semienterrados u ocultos, hay personas que saben que pueden, que quieren.

Es la obligación de este instante, ponerlas en valor, sacarlas de donde están, escucharlas y atender a sus propuestas. Ponerlas en marcha es más sencillo.

(continuará)

 

 

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Cuarenta años de El País

4 mayo, 2016 By amarias 1 comentario

Hace 40 años que se publicó, por primera vez, El País. Este comentarista era entonces un joven ingeniero, bastante escorado hacia la izquierda, que, prácticamente cada día, al iniciar su jornada laboral, dibujaba un chiste en la hoja del día de su calendario de sobremesa, Myrga. Muchos de aquellos dibujos se han perdido. Traigo aquí algunos, elegidos al azar, del aproximadamente el centenar que yo conservo. Están realizados entre 1975 y 1977.

chistes 1976

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Experimentos en La Granja

3 mayo, 2016 By amarias Deja un comentario

La Granja Humana tiene una evolución natural, intrínseca. Aunque el proceso es dual -esto es, por una parte avanza hacia el mayor desarrollo tecnológico. por otra, se sumerge en la ignorancia y el caos-, los humanos con mayores disponibilidades económicas, ponen de manifiesto, con satisfacción, la tendencia positiva. En los foros políticos, académicos y mercantiles, la expresión que mejor recoge ese contento es «La ciencia siempre acude». Su sencilla formulación facilita que sea utilizada tanto por los sabios oficiales como por los lerdos consagrados.

No hace falta ser un lince para constatar que ese avance tecnológico, que está vinculado a la sensación de bienestar y al concepto de utilidad, no tiene una distribución homogénea. Para grandes colectividades de La Granja, la distancia respecto al grupo de cabeza se percibe como creciente, un ave que se escapa. Su situación, llena de precariedades -falta de agua, de electricidad, de saneamiento, de viviendas (no «dignas»: mínimas), de medios para explotar los recursos, de centros sanitarios, educativos, infraestructuras, de legislación, etc.- resulta, además, indecentemente afectada por la tolerancia de situaciones de corrupción, explotación humana, crímenes, marginación de género y de etnias, por parte de otros sectores aventajados de la Granja.

No hay explicación coherente ni aceptable para el mantenimiento de esas trabas, cortapisas, rémoras, promesas de ayudas incumplidas, cuando no exigencias desmesuradas, etc., que impiden que las regiones más deprimidas de La Granja levanten la cabeza. Pero, menos aún, para la introducción de elementos ajenos, que actúan a modo de experimentos. Hay muchos ejemplos: venta de armas y explosivos a tiranos o grupos incontrolables, envío de chatarras informáticas y residuos, incluso nucleares, explotación infantil y cargas de trabajo inadmisibles en horarios inaceptables.

La historia reciente de La Granja levanta la sospecha de que se han ensayado acciones de desestabilización, previstas inicialmente a pequeña escala, que se han descorregido de manera incontrolada, al fallar los puntos de contención. No de otra forma se pueden calificar los sucesos de la guerra en Afganistán, el derrocamiento y homicidio de Sadam Hussein en Irak, el apoyo al ayatolah Jomeini en Irán, la guerra en Siria, el asalto a Libia con la muerte de Gadafi, el consentimiento de la presión israelí sobre el pueblo palestino, etc.

Este relato solo pretende referirse tangencialmente a las cuestiones históricas. Sin embargo, no puedo dejar de comentar que en todos los puntos actualmente en conflicto, se detectan, aunque no sin esfuerzo, como si se tratara de un incendio provocado en un bosque, dónde empezó la desestabilización, y qué vientos la impulsaron. No siempre será fácil identificar a los culpables; los actores materiales son escurridizos y los instigadores espirituales se ocultan en laboratorios recónditos de la Granja, incluso puede que camuflados tras Oficinas de Ayuda al Desarrollo, Centros de Inteligencia, o Cooperación Humanitaria.

Hay un Olimpo para los verdaderos Poderes fácticos de la Granja. Allí están, quienes controlan los grandes factores macroeconómicos, las hambrunas, las guerras. Reparten los premios y los castigos. También se encuentran con ellos los poderes más oscuros, las injerencias metafísicas. Son los dioses no terrenales, deidades flexibles a las que se rinde devoción. En La Granja total, entre los humanos, pululan entes invisibles. (1)

Como la imaginación del Poder es inmensa, y muchas de sus creaciones y recreaciones, son efímeras, ha quedado huella solo de algunas de sus actuaciones. En este momento histórico de la Granja, la expresión más potente de esa fuerza bien pudiera ser el «mundo árabe» y su reciente evolución.

El mundo árabe comprende alrededor de una veintena de países y es un sentimiento nacido de la combinación fructífera de una lengua: el árabe y una religión: la musulmana, (con algunas variantes). Desde la perspectiva europea de La Granja, este espacio comprende el Oriente Próximo (Arabia Saudí, Chipre, Egipto, Emitatos Arabes Unidos, Irak, Irán, Israel, Jordania, Bahrein, Kuwait, Líbano, Libia, Omán, Qatar, Siria, Sudán y Yemen) y el Oriente Medio (Afganistán, Pakistán e India). Habitan en él 450 Millones de humanos, muy jóvenes en relación con la envejecida población europea: más de la mitad tiene menos de 25 años. Su potencial es tremendo, pues, además de esa fuerza juvenil, laboral e intelectual, disponen de recursos energéticos y minerales muy importantes.

Para los propios Estados de la zona, el mundo árabe incluye tanto los Estados situados al Oriente de Africa, que integrarían el Magreb ( Marruecos, Túnez, Argelia, Mauritania, República Árabe Saharaui Democrática y Libia) y el Mashrek (Egipto, Palestina, Jordania, Líbano, Siria, Arabia Saudí, Sudán, Yemen, Irak, Qatar, Bahrein, Omán, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos), excluyendo, algunos de la relación anterior.

En esa zona de la Granja, con diferencias económicas terrribles -el PIB/cápita de Arabia Saudí es 19.100 dólares; el de Yemen, 2.500; Afganistán, 1.100), a los graves problemas de subsistencia para grandes sectores de población, se ha añadido, de forma artificial, el efecto de las creencias musulmanas concretas como elemento reactivador de un conflicto olvidado.

Es una vuelta a la Baja Edad media. Pocos árabes musulmanes, hasta hace muy pocos años, tenían preocupación alguna por conocer los límites o diferencias entre la doctrina chií o suní, – la batalla de Kerbala, en el 680, señaló la separación entre ambas y la forma de seguir las enseñanzas de su Libro sagrado y de atender a los exégetas-; sucedía igual que entre protestantes y católicos, por ejemplo.

Cada uno seguía individualmente sus inclinaciones, tanto dentro de Estados laicos, como teocráticos; así era en Irán bajo el Shah Reza Palehvi; o en Egipto, con Nasser o Sadat. Pacífico estaba Túnez, hasta encabezar la ilusión de una primavera árabe, animada por «expertos occidentales» y convertido en un Estado sin rumbo desde la huída de Ben Alí -que había sido apoyado anteriormente como «democráta»- y que cuenta en su haber luctuoso el asesinato a balazos del líder marxista panárabe Chokri Belaid en 2013.

Qué decir de Siria, en guerra civil desde la revolución de los jazmines (enero 2011), copiada de Túnez, donde se intentó de derrocar a Al-Asad sin contar con el avance del DAESH, lo que cambió las tornas. No se puede dejar de mentar a Libia, donde Gadafi, apoyados los rebeldes por la OTAN, capturado herido, fue ajusticiado de forma ignominiosa, dejando al país en manos de caciques de decenas de taifas.

En 2011, por los múltiples flancos abiertos en la Granja árabe, entró un grupo depredador, llamado Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS, DAESH para quienes niegan al monstruo al que ayudaron a engendrar). Es, sobre todo, un ejército de asalariados, bien entrenados en las guerras de Afganistán e Irak, que siguen la herejía salafista. Los conflictos armados se extienden por la región, en donde los contendientes usan sus armamentos europeos, rusos, israelíes, canadienses y norteamericanos. Hay un efecto colateral muy importante: el miedo se ha apoderado de La Granja.

Tengo la penosa impresión de que ha sido saludado con vítores de Bienvenida desde algunos lugares.

(continuará)

—–

(1) Esa base tiene varios sustentos: 1) la flecha del tiempo no parece que tenga un blanco definido con el que chocar, por lo que el tiempo para evolución de la mutación de energía en materia es infinito/indeterminado; 2) resulta irrefutable la idea de que, si el tiempo no tiene límite, todo lo imaginable como posible acabará siendo verdadero; Tomás de Aquino y otros sabios han puesto de manifiesto que la concentración de todas las excelencias y bondades imaginarias tiene forzosa representación ontológica; sensu contrario, la de todas las maldades y miserias, apunta a un maligno igualmente poderoso; 3) en fin: más de 3.000 millones de seres (digamos, la mitad de la Humanidad) están seguros o han sido convencidos de que Dios existe, de que se ha manifestado en varios lugares de La Granja, y en los libros que recogen las bases de la teoría teocosmogónica, figura hasta el árbol genealógico de la deidad.

 

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¿Un huevo de ave Fénix?

25 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

En los cuentos, aunque sean de macroeconomía, hay que dejar siempre lugar para el misterio, o si se quiere expresarlo de manera más acorde, para la fantasía. Caperucita y su abuela salieron indemnes del estómago del lobo feroz y la bella durmiente superó los cien años de letargo y vigilia sin que una sola arruga mancillara su donosura.

En la parcela de la Granja dedicada a la vieja Europa, esa apelación mágica lleva el nombre de Unión Europea, y tiene por modelo, orientación o trasunto, los Estados Unidos de América. Si el objetivo final fuera equiparable al del estatus norteamericano, es una quimera, porque entre otras cosas, supondría la superación del concepto de nacionalidad propia, algo irrenunciable quienes se han estado matando, se matan o están dispuestos a matarse, generación tras generación, en defensa de ese arcano.

Daniel Cohn-Bendit y Guy Verhofstadt en un librito titulado «¡Por Europa!», cuya intención es transparente, señalan con razón que «en el credo nacionalista solo hay un pequeño paso de distinto a enemigo».

La integración de los estados europeos en una Unidad común no es algo que interese, además, al gallo de la quintana norteamericano. En su momento, la creación de la OTAN pretendía establecer una línea de contención al probable expansionismo de la URSS. Esta idea de crear una protección bélica para Europa no tiene sentido ahora, en donde los puntos serios de conflicto mundial están muy alejados de esta parte de la Granja.

La tercera guerra mundial tiene muy altas probabilidades de desatarse lejos, en el Mar de la China Oriental, lugar de tránsito marítimo de gran interés estratégico, y en donde confluyen, como en un delta ficticio, los sedimentos del ansia de dominio mercantil, energético y sociopolítico, de China y varias potencias asiáticas emergentes, con una densidad de población muy alta, y el sueño imperialista norteamericano.

Sin política exterior común detectable, sin ejército propio, con una colección de nacionalismos irreconciliables e incluso emergentes, Europa tiene poco papel que jugar en la globalización como conjunto. Curiosamente, menor que el que de algún Estado comunitario, actuando de manera independiente.

Lo que se había presentado como un avance hacia la integración, la moneda única -que no aceptó Gran Bretaña, que se ha especializado en rentabilizar su diferencia- se convirtió en una rémora. Porque un euro no vale lo mismo en los diferentes estados europeos que lo adoptaron, ya que las economías internas no se comportan de igual manera -tejidos productivos, prestaciones sociales, niveles educativos, productividad, salarios, etc., desiguales. La tasa de paro es muy distinta de un país a otro y, en la pretensión de una Europa sin fronteras, el arraigo de los ciudadanos en su territorio natural está sometido a una tensión permanente.

No es, ni mucho menos, evidente, detectar, desposeyéndolos de todo sentimentalismo, cuáles serían los elementos de unión principal unos Estados Unidos de Europa. No sería la lengua común -hay más de 30 idiomas y seguramente centenares de dialectos en el seno de la Unión-; no lo es la religión cristiana, aunque cumplió su papel -incluso como elemento de tensión bélica-, pues la separación entre Iglesia y Estado se ha ido imponiendo, por fin, aunque, nuevamente aquí la singularidad de Gran Bretaña. en la que S.M. Isabel II es cabeza de la iglesia anglicana, resplandece con rancias características propias.

Es, por otra parte, la laicidad oficial europea, unida a la filosofía de la tolerancia (con tufos a dejación) la que favorece la implantación en su seno de colectividades unidas por la religión, que actúan como aglutinante extra-nacional, lo que queda demostrado por el avance de la religión musulmana en Europa; la posible integración de Turquía, cuya aconfesionalidad oficial parece goma elástica,  en la deslavazada Unión de naciones, añadirá más incertidumbre a los teóricos elementos que pudieran servir de cola de pegar.

No quiero aparecer maximalista, pero la única opción válida para el futuro de los Estados Unidos de Europa es la de trasladar competencias desde los Estados a los órganos centrales comunitarios. Es decir, seguir -como un tactismo, una orientación, no como atraídos a sus teorías por un imán- J.M. Keynes y a J.K. Galbraith antes que a F. Hayek y a M. Friedman, al menos, hasta que se produzca la consolidación de una estructura básica de la Unión que fuera suficientemente resistente. (1)

El germen fértil de ese huevo salvífico, ha de estar en el eje Francia-Alemania. Doy por admitido que Gran Bretaña tendrá su «corazón partido» entre ambos Estados Unidos, ya que sus dirigentes (y su población) aparecen más vinculados a los beneficios económicos de una infraestructura propia independiente que a los que se derivarían de la solidaridad con un renacimiento europeo.

El abrazo del oso de un saliente presidente B. Obama a una caciller casi en campaña, A. Merkel, animando a profundizar en esa Unión Europea, no debería mover a engaño. La zona de la granja europea tiene asumidos como si fueran de su exclusiva responsabilidad, conflictos que no lo son. La globalización está fracasando, por razones externas. Los problemas generados por la presión migratoria siria, libia o afgana (como más significativos en número) no son europeos, si bien la proximidad de la región nos hace sentir más cerca el calor (incendiario) de la situación desestructurada de esos países.

A la zona de la granja en la que se distribuye el grano islámico dedicaré otro capítulo. Aquí bastará con indicar lo elemental: hay que reconstruir, con una actuación internacional rápida, la paz en Siria, y ello implica eliminar la ambigüedad y no alimentar la tensión interna con apoyos exteriores a ambas partes del conflicto. España ha sido, en 1936, idéntico campo de experimentación.

Por otra parte, el espejismo de las «primaveras árabes», concreción de la obsesión por aplicar como fórmula infalible, el modelo propio a lo que sucede en lugares muy diferentes y con distintas motivaciones, de historia, religión y cultura, ha provocado más pobreza, desplazamientos, tensiones, guerras civiles, y repartido nuevas desgracias.

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(1) Con un presupuesto aprobado para 2016 de 155.000 Mill. € en «créditos de compromiso» y 143.900 Mill. € en «créditos de pago», y un PIB de la zona euro inferior a 19,5 billones, se comprende de inmediato el limitado campo de acción de la Unión respecto a los Estados miembros.  (Zona euro: Alemania, Austria, Bélgica, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Países Bajos y Portugal).

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Viejas gallinas ponedoras para un caldo

23 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

La Historia mejor documentada de la Granja humana se encuentra en Europa. La versión occidental de la filosofía de la vida, es europea, y está basada en un elemento mágico, perfeccionado a lo largo de casi veinte siglos (unos diecisiete, para ser exactos), que es el cristianismo. Esa religión, que ha probado una excepcional maleabilidad, ha evolucionado desde una concepción puramente esotérica, cerrada, hasta su actual condición de teoría ética universal.

Existen teóricos que pretenden para Europa una posición relevante en la Granja, pero el tiempo  de protagonismo ya no le corresponde. Como se suele decir vulgarmente, se le pasó el arroz. Lo que no quiere decir que el tiempo haya transcurrido en vano para el núcleo duro. Ahí queda la magnífica concentración de pensadores, de investigadores, eruditos, economistas, o políticos con sus peculiares, y contradictorias, visiones del mundo. Europa ha defendido una tesis y la contraria, demostrando la versatilidad de los productos del cerebro humano.

A Europa se le debe el desarrollo norteamericano, incluso el japonés, y, por supuesto, el israelí, derivado de dos guerras mundiales y, muy particularmente, de la segunda, que ha sido una perfección diabólica del esquema de la primera. ¿Se puede decir más? ¡Sí! La Granja no sería concebible sin la explotación colonial por ese núcleo duro europeo de grandes zonas de Africa y Asia… Y aunque la península ibérica ha aportado sustanciales perversidades a la apropiación de lo que pertenece a los otros, debe reconocerse, a fuer de objetivos, que la Leyenda negra que todavía algunos criollos esgrimen para criticar a los herederos de los que se quedaron aquí, es un libro de cuentos para niños comparado con lo que aún no está escrito de las actuaciones de otros Estados con vocación imperial menos sofisticada.

Incluso antes de que se firmara la paz que dio fin a la segunda guerra mundial, las tensiones entre los bloques ganadores se manifestaron con tal fuerza, que parecían presagiar una tercera contienda. Truman, en junio de 1947 apoyó el Plan Marshall, ayudas económicas que se añadirían a las militares, y que se enfocaron, sobre todo, a la rápida recuperación de la Alemania occidental. Stalin copió la idea con el Plan Molotov y bloqueó el acceso a Berlin, que, como es sabido, había sido dividido entre los países vencedores como quien reparte un bizcocho, pero quedaba en medio de países que habían pasado a tutela soviética.

A medida que la tensión crecía, y ambos bloques evitaban enfrentarse directamente, pero apoyaban a facciones diferentes en conflictos que surgían por doquier (Corea, Grecia, Vietnam, China, República Dominicana, Yugoslavia, etc.) Europa aparecía como un excelente campo de pruebas para liberar la adrenalina.

El cambio de Truman y Stalin por Eisenhower y Khrushev (1953), caracteres menos contenidos que los anteriores en sus declaraciones públicos, propició la difusión en Europa de la creencia patética -que duró hasta 1963, al menos, y que tuvo un momento cumbre con la crisis de los misiles de Cuba- de que, cualquier día, uno de los dos gallos de sus quintanas lanzaría un misil o varios sobre ella, lo que serviría de catarsis para ambos, que se abrazarían, arrepentidos, sobre unos cuantos millones de muertos europeos.

En 1951, Francia, Alemania Occidental, Italia y el Benelux acordaron eliminar las barreras arancelarias para el carbón y el acero. Se dice que allí quedó implantada la semilla de la futura Europa comunitaria, y se considera a Jean Monet, Robert Schuman, Paul Henri Spaak y Konrad Adenauer, los padres de Europa. El objetivo del acuerdo era mucho más elemental, y era facilitar la reconstrucción de las infraestructuras y dar impulso, sobre todo, a las comarcas de Francia y Alemania más devastadas por la guerra. Gran Bretaña no vio el interés de participar en esa acción puramente capitalista, que favorecía a los grandes grupos siderúrgicos: su granja isleña ya contaba con apoyo directo de Estados Unidos.

Y en lo que nos afecta a los españoles, España se convirtió, durante casi tres décadas, en un «país tercero», luchando a cara de perro por hacerse un miserable hueco en el mercado siderúrgico alemán, con aranceles, cuotas, «alineaciones» y marginaciones vergonzosas. Sin participar en ella, España había perdido la guerra.

(continuará)

 

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El gallo de la quintana

23 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

«El gallo de la quintana» es una obra teatral de Eladio Verde, un escritor costumbrista asturiano, al que nacieron en Madrid en 1899. Una quintana es una casa de recreo; la expresión, en Asturias, se ha convertido en una frase hecha, que tiene varias acepciones. La traigo aquí por una de ellas: alguien que presume y alardea de sus valores -es el más guapo, el más fuerte, o el más listo-, y lo hace de forma tan agresiva y petulante, que se prefiere no discutir su posición para no entrar en conflicto con él.

En este relato en el que lo imaginario sucumbe ante las evidencias, el gallo de la quintana es Estados Unidos. En la granja humana, la quintana norteamericana crea identidad refleja a sus habitantes, en curioso efecto de contagio, pues la mayoría de los estadounidenses se consideran, -sobre todo cuando salen de viaje por ahí, y, en particular, si lo hacen por Europa-, gallitos o representantes de la quintana; la estructura de la identidad norteamericana es, por ello, fractal, asemejándose a una gran matrieska que cobijara millones de matrieskitas en su seno.

El corpus colectivo norteamericano está conformado por una amalgama heterogénea -historias, leyendas, fantasías que apuntan a atribuciones identitarias- que tiene por objetivo reafirmar la superioridad a quienes se otorga el privilegio de identificarse con él. No tiene que ver con el territorio, ni con la tradición documentada, a diferencia, pongo por caso, de las identidades catalana o vasca (cuyo principal elemento aglutinador parece ser el territorio) o con esa pluralidad de esencias presuntamente irrenunciables, en las que podría adivinarse una base religiosa, étnica, tribal -e insolidaria- que podrían converger sobre un mismo territorio, como es el caso de los Balcances, o de otros muchas regiones y países, en las que se ha puesto el énfasis sobre cualquier idea separadora.

En lugar de profundizar demasiado en identidades  comunes, el gallo de la quintana norteamericano se reafirma sobre todo por el ejercicio práctico del poder frente a otros pueblos, y, en especial, por un sentimiento de primacía respecto al segundo clasificado en la Liga de poderes antagónicos (que fue en su momento la URSS y hoy día, parece que emerge en esa posición, China). Como en toda reafirmación colectiva, se combina con la ignorancia del otro, el desprecio a sus cualidades, y ese caldo de cultivo se simboliza en la bandera de las franjas y estrellas, que está en el corazón, en el patio delantero o en la ventana visible de todo buen norteamericano. Contrasta con el uso que los españoles hacemos de nuestra bandera y cómo canalizamos hacia ese símbolo, no lo que nos une, sino nuestras diferencias.

Las instituciones del país, las grandes empresas con sede en Estados Unidos, los representantes de la quintana en las organizaciones internacionales, sus embajadores y miembros diplomáticos,la práctica totalidad de los blancos nacidos en ese territorio de la Granja,  una parte significativa de los de humanos raza negra que tienen esa nacionalidad y algunos latinos, incluso aunque no la tengan, resultan expresión viva de ese peculiar efecto.

Por supuesto, para ser presidente de un país así, hay que seguir un proceso de selección muy duro. Y, aunque se supere el proceso, se estará siempre expuesto a que su actuación no guste a los poderes de la granja colectiva. Mayor riesgo corren, en general, quienes lideren intentos de transformar el orden, subvertir los cimientos de una sociedad en la que los conceptos de libertad y democracia son versátiles y, por ello, de lenta gestación.

Algunos ejemplos recientes estarán todavía, sino en la memoria colectiva de la granja, al menos, en las hemerotecas. El reverendo Martin Luther King Jr., seguidor de la ideología pacífica de Mohandas Gandhi, y propulsor de la eliminación de la discriminación racial de los negros y otras minorías, fue asesinado en 1968 en Memphis. Poco antes, Malcolm X que pretendía lo mismo, desde posiciones religiosas musulmanas, había sido acribillado a balazos en febrero de 1965. A pesar de todo, el Tribunal Supremo de Justicia había puesto de manifiesto que todo ciudadano tenía derecho a la equal opportunity, ¡en 1954!, pero la idea no había prendido en los dominadores de la quintana.

En enero de 1961, J.F. Kennedy llegaba al poder, y a pesar de pertenecer al partido demócrata, siguió la política internacional de sus antecesores republicanos Dwight Eisenhower (que, a su vez, había seguido la estela de Harry Truman). En política interior, las propuestas kennedianas no cuajaron, ni por el ni por su posible sucesor, el hermano Bob, pues ambos fueron asesinados (John Fitzgerald en nov. 1963; Robert, en jun. 1968). Una inmolación que sucedió delante de todo el mundo.

Para el gallo de la quintana, la Granja había quedado dividida como resultado de  la segunda guerra mundial, porque el otro principal vencedor de la contienda, la URSS, representaba valores inconciliables. Se configuró una separación económica, es decir, ideológica, que creció como espuma de jabón en la batidora: el occidente capitalista, debía de ser próspero, plural y democrático, y el oriental comunista, aparecía como totalitario, despótico y atrasado. Por si fuera poco, los Estados Unidos no dudaron en ponerse especiales galones en su manga, apelando a un as invencible: su fe en Dios.  «In God we trust» será, desde 1956, el lema oficial del gallo de la quintana. Un valioso aliado supraterrenal frente al agnosticismo o el ateísmo de la URSS y los países comunistas.

Los ánimos en la quintana a mediados de los 50 del siglo XX estaban ya muy revolucionados. En 1949, la revolución comunista de Mao triunfaba en China. El peligro se estaba extendiendo. Y estaba el caso de Indochina y, más específicamente, de Corea. Había que tomar medidas para que el capitalismo liberal tuviera espacio para crecer.

La península coreana había sido ocupada por Japón en 1910, pero cuando el imperio nipón se rindió, se dividió en 1945 ese territorio con tiralíneas, siguiendo el paralelo 38: las tropas soviéticas ocuparon el Norte. Si la teoría pretendía que unas elecciones libres, que estaban convocadas para 1948, facilitaran un gobierno común para una Corea unificada, sucedió exactamente al contrario, aunque, por supuesto, el azar tuvo poco que ver. Se propició una guerra en la que el norte fue apoyada por la URSS y China y el sur, por Estados Unidos y la ONU (es decir, Estados Unidos al cuadrado): se apuntaban a la guerra fría los dos antiguos colegas que lucharon contra Hitler. Por guerra fría ha de entenderse un marco de disputa en el que se elige a un tercero como chico de los mamporros.

En 1954, Corea quedó definitivamente dividido en dos.

Más ilustrativo aún sería el modelo vietnamita. Ho Chi Min era presidente de Vietnam desde 1954. Había derrotado a los franceses (que habían disfrutado de esa colonia). También se pensó en elecciones libres. En 1955, un golpe de estado puso en Vietnam del Sur al presidente católico Dinh Diem, y se inició un conflicto armado que duraría 20 años, cuyo objetivo era, para las fuerzas del orden mundial, impedir un gobierno comunista unificado. Estados Unidos y otras naciones amigas del imperio apoyaron a Dinh, contra el Viet Cong (Frente de Liberación de Vietnam) y el ejército del Norte, al que respaldaban la Unión Soviética y China.

Ho Chi Min era un político nacionalista, y, para mi gusto, un buen poeta. Escribió varios libros, entre ellos, cuando estaba en la cárcel, «Diario de la prisión», en el que figura el poema «Duro es el camino de la vida», que dice así:» Después de haber escalado a pie montañas y altos picos,/¿Cómo iba a suponer que en la llanura encontraría peligros mayores?/En las montañas encontré al tigre, y nada me pasó./En las llanuras me topé con los hombres, y fui arrojado en prisión.»

Ho Chi Min moriría de tuberculosis, en 1969, a los 79 años; Dinh, sería asesinado, junto a su hermano, en 1963, por su propia guardia, como resultado de un golpe que tutelaba, desde la distancia…Estados Unidos: ambos hermanos creían que se les había ofrecido un avión para salir del país.

Como se suele decir en los títulos de crédito cuando se acaba la película, en 1975, la guerra terminó y Vietnam quedó unificado bajo un gobierno socialista.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad, Internacional Etiquetado como: China, Corea, Dihn, Eisenhower, Eladio verde, estados unidos, gallo, Ho Chi Min, Kennedy, quintana, Truman, Viet Cong, Vietnam

El pienso de la Granja contiene la droga del olvido

21 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

En verdad, la droga que se distribuye con la alimentación en la granja humana no es propiamente la del olvido. Tampoco puede afirmarse categóricamente que en todos los pesebres de la granja la dosis de opiáceos sea la misma, porque se hace depender de la situación en la que los moradores se encuentren dentro de la sociedad de consumo, la perspicazmente calificada como sociedad líquida por Zygmunt Bauman.

Porque en aquellos lugares a los que se ha conseguido convencer de que lo más importante que pueden hacer los humanos en su corta existencia es matarse unos a otros, no se precisa más que dejar que la mecha del odio, una vez encendida, arda por sí sola, alimentada por los oscuros conceptos de diferencias étnicas, preceptos divinos, tradición, idiomas o dialectos o la versátil instrumentación de los matices culturales.

La preocupación primaria que los humanos compartimos con los demás animales es llenar el estómago a diario. La hora en la que la atención está más disipada es la del almuerzo, por lo que se prefiere utilizar los telediarios para bombardear los cerebros con una acumulación masiva de imágenes efímeras que no se pueden asimilar y cuyo objetivo, expreso o tácito, es impedir el análisis reposado que obligaría a la selección de las noticias relevantes, que acaban sepultadas por toneladas de basura documental o información de la que no somos capaces de valorar sus consecuencias.

Los estudiosos que podrían ayudarnos a su interpretación correcta son silenciados, menospreciados o sobrecargados con actividades urgentes e intrascendentes, beneficiando, por el contrario, a los que complacen a los poderes económicos con estudios y propuestas inocuas, aunque, en general, nada inocentes.

De vez en cuando, los artificieros de la granja dejan que «estalle un escándalo»; su experiencia en trabajar con material delicado les permite colocar el material con precisión en puntos que no dañen el núcleo del sistema, y que, sin embargo, levanten mucho humo en los aledaños del poder y, si han de causar perjuicios, se cuida de que sea en lugares alejados o en áreas de menor interés relativo.
Los casos de «graves escándalos» que en los últimos años han sido aireados en Gran Bretaña, por ejemplo, no pueden menos de provocar una sonrisa sarcástica cuando se contempla con espíritu crítico.
El 28 de septiembre de 2014 dimitó el ministro Brooks Newmark, debido a que una foto suya, vestido con un pijama de cachemira, fue a parar a un reportero del Sunday Mirror y no a una joven admiradora.
Unos años antes, en octubre de 2011, el ministro de Defensa de tan respetado país, Liam Fox, también dimitió al revelarse que un amigo suyo actuó de asesor no declarado en algunas reuniones y misiones oficiales.

En febrero de 2014, el ministro de Migración, Mark Harper, se vio obligado a renunciar al conocerse que una de sus empleadas de limpieza no tenía permiso de residencia.

Estas historias tienen el efecto de presentar a Gran Bretaña como un paraíso de seriedad, corrección y control. Son, en cierto modo, las nietas venidas a menos de aquel caso John Profumo, que era ministro de la Guerra en 1963, cuando se le descubrió una breve historia pasional con una corista cuyo apellido era Keeler y con encantos tan versátiles que -aunque nunca se probó- repartía sus favores también con un espía soviético. El ministro dejó la cartera y el premier, Harold MacMillan, quedó tan gravemente tocado en su prestigio, que se vio obligado a dimitir poco después.

¿Harold MacMillan? ¿Quién era ese hombre? Héroe de las dos guerras mundiales, con la doble nacionalidad británica y norteamericana, era defensor práctico de la doctrina keynessiana, con una aplicación cuidadosa de las medidas desde la Administración del Estado, que redujese drásticamente el desempleo, lo que convirtió en una demostración de perspicacia, para alguien que militaba en un partido conservador.

¿Más? Defendió la descolonización, abogó por el control nuclear, negoció con sus amigos Kennedy y Khrushef la salida airosa de la llamada guerra fría que tenía atenazado por el pánico a Europa (que temía ser cogida en el medio), sacó con inteligencia los trastos británicos de la extraña intervención de apoyo a Egipto en la guerra con Israel que había generado la crisis de Suez (en 1957) y solicitó el ingreso de su país en la Comunidad europea, a lo que se opuso De Gaulle en enero de ese año fatídico para sus honorables ambiciones de apoyar una Europa unida y fuerte, y contrastar el poder norteamericano.

Desde su retirada forzosa, criticó abiertamente a sus sucesores. Era un outsider del sistema.

Otras historias con mayor enjundia que afectan a personajes vinculados a primeras figuras de la política británica, no han merecido más que una atención momentánea. No lo fue la trama en la que se vio involucrado uno de los hijos de Margaret Thatcher, ni tampoco hay por qué consumir preciosos cartuchos en el análisis de los rendimientos -ya que no de la procedencia- de la inmensa fortuna de la Reina Isabel II, sólida cuentarentista que recibió durante varios años la mayor subvención de la Política Agraria Común por su estupendo rebaño de merinas. (¿Un miserable lugar décimo cuarto, entre monarcas, en un ranking con pocos datos fiables, cuyo primer lugar ocupa persistentemente el longevo Rey Bhumibol Adulyadej (1) de Tailandia, con algo más de 35.000 millones de dólares?)

—-

(1) El Rey Bhuminol Adulyadej, posee una licenciatura en Políticas por Lausana, es constitucionalmente «inviolable», y aunque con un gobierno formado por militares adictos, interviene en las decisiones esporádicamente. Es propietario de 3.500 Ha en Bangkok, su fortuna está administrada por una entidad de propiedad familiar, la CEC, que no paga impuestos. Entre las sociedades en las que posee la mayoría se encuentran Siam Cement, Christiania & Nielsen, Devesa Seguros, Siam Commercial Bank y Corporación Shin. Con ellas controla el sector bancario, la construcción, las comunicaciones, los seguros, y el turismo de «su» país.

Tailandia ofrece muchas curiosidades socio-políticas: nunca ha sido colonia de un país europeo y sus casi 70 millones de habitantes ocupan un espacio similar al de España, con una renta per cápita aproximadamente de 1/4 la nuestra, siendo la tasa de analfabetismo inferior al 5%.

(continuará)

 

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Brown, Buminol, Gran bretaña. Thatcher, Harper, Isabel II, Keeler, MacMillan, Profumo, Thailandia

Ventajas posicionales en las perchas del gallinero

20 abril, 2016 By amarias 2 comentarios

En los gallineros de corral, hay perchas en donde las aves se encaraman para dormir; tienen una puerta de madera, marcada por muchas estaciones de inclemencias, que se cierra de forma elemental con un pasador metálico o un tarugo, y su gatera inferior sirve de acceso a los residentes durante el día, sobre todo, a las gallinas ponedoras.

No hace falta que el granjero conmine a gallos y polluelas a recogerse para el descanso, porque, apenas anochece, todos se retiran voluntariamente, y el propietario de la explotación asegura la puerta con un candado y tapa la gatera con una tablilla, en la esperanza de que los hurones, martas, zorros, ladronzuelos y otras alimañas no aprovechen la oscuridad para perjudicar su economía.

En las perchas, los animales dominantes se sitúan siempre arriba. Allí se encaraman los gallos y sus predilectas. Si los espacios entre varas no son suficientemente grandes, las deyecciones de las aves que se posan en los palitroques superiores, caen sobre las que están abajo.

En la granja humana hay un país que se coloca, desde que el mundo es este mundo, en el palo más alto de la percha, que es Estados Unidos. Desde allí, anuncia las madrugadas y lanza picotazos a quienes apetece. A su lado se encuentra un segundón que le tributa fidelidad, con tal similitud que puede llegar a confundirse con él, aunque por lo general actúa como un eficiente mayordomo; sin embargo, por sus modales se  le intuyen poderes impropios a un sirviente, recordando la película de Joseph Losey que se tituló, precisamente, The servant. Me refiero al Reino Unido.

Esa hegemonía bicéfala no admite discusión desde comienzos del siglo XX, y venía preparándose con minuciosidad por los secretistas poderes de la granja. Lo demás, son anécdotas para los álbumes de familia. Por ejemplo, la aparición  en marzo de 2003, del jefe de gobierno español José María Aznar, flanqueando el dúo formado por George Bush y Tony Blair, que representaban aquel poder, como también lo hacía un despistado José Manuel Durao Barroso, fue no solo extemporánea, sino esperpéntica. La decisión de tomar el acuerdo para invadir Irak, estaba tomada, y respondía a intereses superiores. ¿La globalización? ¿El desarrollo internacional? ¿La paz?

En la granja no hay lugar para sentimentales. La década de los 70 del siglo XX ofrece tremendos ejemplos de cómo esos poderes están preparados para ejercer el control, sin importarles incluso manipular los elementos fácticos.

En esa década perniciosa se abandonaron los neo-experimentos basados en teorías macroeconómicas, inspiradas por papeles de propósitos pacíficos, escritas por tipos serios que habían estudiado en prestigiosas Universidades. Se cambiaron los elementos de acción, impulsando actividades temperamentales, a la manera tradicional : guerras, asesinatos de líderes, división de etnias, sectarismos religiosos. Se pretendía que el miedo se apoderase de la granja, porque los animales bajo el terror actúan sin concierto.

No estoy escribiendo un folleto de Historia, pero tampoco un cuento chino. En 1967, Israel se apoderó -en la guerra de los Seis días- del Golan, que pertenecía a Siria, tomando el control del alto Jordán y garantizándose el acceso al agua, bien escaso y fundamental en esa árida zona.

Contrariamente a lo pactado al finalizar la Guerra de Yom Kipur (1973), Israel conservó este territorio y lo mantiene hoy día, a pesar de que el Consejo de Seguridad de la ONU, por unanimidad, declaró en 1981, que la decisión israelí era»nula y sin valor». No faltan expertos legales que discuten el carácter vinculante de la decisión, e Israel se ha esforzado, con la sonrisa de los gallos de la quintana, en negar que se trate de una anexión porque no ha declarado territorio israelí al ocupado. Reconoce, eso sí, que se trata de un espacio fundamental, y no solo para proveerse de agua, sino como base para un posible acuerdo de paz con Siria.

La década terminaría con magníficos fuegos, no de artificio, sino de armas automáticas. En 1979 fue asesinado en Pakistán (que provenía de la división de la India en 1947 en dos estados, a los que se incorporó Bangla Desh en 1972) el primer ministro Zulfikar Ali Bhutto, por el general Zia ul Haq, que contaba con el apoyo del Estado Mayor. Quedaron así sentadas las bases para la inestabilidad del país, gobernado por militares o políticos afectos, solo alterada por cortos y dramáticos períodos de gobierno en los que consiguió el poder el PPP (Partido Popular de Pakistán), de base socialista, del que fue dirigente la hija de Zulfikar, Benazir, asesinada el 27 de diciembre de 2007.

Se encuentra un frío paralelismo con el final forzado de la aventura del pollito indio, aunque con menos contemplaciones.

El mismo año 1979 , la Revolución islámica del ayatolá Jomeini derrocó al sah Mohamed Reza Pahlavi, convirtiendo a Irán en un estado religioso. El fanatismo se incrustó como norma de actuación, haciendo olvidar en pocos meses que Irán era hasta entonces un país próspero, culto y pacífico, con un crecimiento rápido de su PIB, lo que anunciaba su acercamiento próximo al de las naciones más avanzadas.

1979 fue también el año en el que Sadam Husein asumió, mediante un golpe de Estado calificado de palaciego, la presidencia de Iraq. En 1978, Sadam había recibido el Collar de la Orden del Mérito Civil español. Era un político amigo, comandante de un país rico. Con la ambición de hacerse con el control de los pozos petrolíferos de la frontera, y apoyado por Estados Unidos, la URSS y Francia, en septiembre de 1980, de forma inexplicable para quienes no leen entre líneas, Irak e Irán se enzarzaron en una guerra que sumió en la miseria y en el odio recíproco a ambos países.

En 1981, Anuar el Sadat, presidente egipcio que había firmado un tratado de paz con Israel en los acuerdos de Camp David y que había sido co-galardonado por ello con el Premio Nobel de la Paz fue asesinado durante un desfile militar por miembros de la Yihad Islámica, una rama de los Hermanos musulmanes.

1979 fue un año especial también porque estalló la guerra en Afganistán, como consecuencia de su invasión de la Unión soviética, guerra que duró diez años, y que fue financiada por Estados Unidos y Arabia saudí y que contó con el apoyo de fuerzas muyahidines que habían sido reclutadas en Pakistán. Cuando los rusos se marcharon, se inició allí también una guerra civil.

Solo unos pocos años antes, a finales de 1971, había hecho su dramática aparición la organización terrorista árabe que se llamó Septiembre Negro (en recuerdo de la lucha entre Palestina y el ejército jordano en 1970). Fue responsable de varias masacres, del secuestro de un avión en el aeropuerto de Tel Aviv y del asesinato de once atletas israelíes durante los juegos de Munich en 1972, Según un telegrama del 13 de marzo de 1973, desclasificado en 1981 por el Departamento de Estado norteamericano, Septiembre Negro era un apéndice de Fatah.

Es un rompecabezas, pero solo aparente. Si se tiene la plantilla, las piezas encajan y componen una figura nada tranquilizadora.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Benazir, Butto, estados unidos, Fatah, Golan, Gran bretaña, granja, Israel, Jomeini, Palestina, Reza Pahlavi, Sadam Husein, Sadat, Seis Días, Septiembre negro, URSS, Yon Kipur, Zia Ul Hak, Zulfikar

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