Al socaire

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De crisis en crisis

16 agosto, 2016 By amarias 1 comentario

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La humildad no es característica que pueda encontrarse en el terreno donde pacen los políticos, a quienes una deformación del ego -exacerbada por el creciente desapego de la realidad, que ocultan con fantasías- hace creer, salvo excepciones que sus propios colegas se encargan de sepultar en el ostracismo y el descrédito, que son imprescindibles.

Ejemplos de esta patología pueden encontrarse en todas partes. Parece, además, que el mal sería transmisible genéticamente, y hasta hay sospecha de que resulte contagioso por vías corporales (principalmente, la sexual): familias enteras, parejas y amantes, forman parte de una genealogía de encumbrados por méritos propios. En España tenemos aceptables representantes de esta ralea mirífica y, de entre todos ellos, voy a detenerme hoy en un personaje excepcional, que fue Presidente de Gobierno en una de las épocas de bonanza que disfrutamos entre vacas flacas (1996-2004): José María Aznar, autor, entre otras piezas literarias de valor, del libro «España puede salir de la crisis» (Planeta, 2009).

Es un libro que puede parecer antiguo -han pasado siete años desde su publicación, hasta la fecha en que esto escribo- pero, como corresponde a un autor con acrisolada experiencia de gestión pública, sus ideas son plenamente vigentes para poner de manifiesto lo que piensan él y un cierto sector de la población. Me parece, por tanto, digno de figurar como libro de cabecera imprescindible, ejemplo meritorio de una hipótesis sustancial: el mercado lo puede todo, es un abrepuertas de crisis multiuso, y si se le da pábulo, no pueden esperarse sino gozos.

Cierto que, también, es una excelente demostración, de esta paradoja: incluso quienes han estado dirigiendo un país intermedio durante varios años, siguen sin tener idea de cómo funciona el mundo. O, por lo menos, sin confesar públicamente lo que saben de cómo funciona.

En sus 218 páginas se recoge una limitada serie de lugares comunes y obviedades de excepcional calibre, perfectamente inútiles para cumplir con el objetivo que se habría propuesto el autor, según el título del volumen. Ya en los primeros capítulos, con lenguaje sencillo y directo, se defiende taxativamente que «los frívolos escarceos proteccionistas y populistas son peligrosos, porque amenazan socavar las claves del éxito sin precedentes que ha vivido la economía mundial en los últimos cincuenta años». No parece difícil encontrar aplicaciones del esquema libertario: tómese «el ejemplo de China, India y otros países asiáticos muy poblados» (sic) que «han sido capaces de sacar de la pobreza rápida a muchos de sus habitantes gracias a la apertura  comercial y financiera».

Unas cuantas páginas más adelante, el prestigiado pensador económico pontifica que «el principal problema español es que muchos productos españoles ya no pueden colocarse, a los precios actuales, no ya en el resto del mundo, sino en los propios mercados españoles. » Es decir, con otras palabras, rebatiendo con certera pincelada el propósito que atribuye a la competencia ideológica, el socialismo -o lo que hubiera sido- del gobierno de Zapatero: «el problema económico español no está en la construcción ni en el consumo de las familias, sino que se llama falta de competitividad»·

Las conclusiones del trabajo académico de Aznar son, por tanto, reducción de impuestos (especialmente, de Sociedades), libertad de contratación, austeridad en las inversiones públicas, «más España», reforma de la Universidad, «honradez»,…para mejorar la competitividad y tener amplio acceso a los mercados exteriores.

He defendido durante años que no se debe confundir generación de negocio exterior -ya sea como construcción de infraestructuras o como exportación de tecnología- lamentablente, genera escaso empleo nacional y, además, de alta cualificación, por lo que no soluciona el problema del paro.

Pero, sin volver sobre lo andado, valga aquí que tengo otro libro a la vista, algo más moderno, escrito por la Dra. en Economía por Oxford, Dambisa Moyo (Galaxia Gutemberg, 2013) «El ganador se queda con todo». Su último párrafo (280 páginas de letra bastante apretada) dice así: «(…) nos encontramos en un momento único del planeta, con el extraordinario desafío de gestionar y navegar por los vientos de la escasez de productos básicos a los que se enfrenta el mundo en las dos próximas décadas. En la actualdiad, estamos mal preparados para lidiar con esta eventualidad; pero los retos a los que nos enfrentamos van más allá de nuestros niveles de vida y alcanzar a la supervivencia del planeta tal como lo conocemos. Esta lucha es cuestión de vida o muerte».

Claro que Dambisa Moyo, nacida en Lusaka, pretende ofrecer una visión global de lo que pasa y, en ese contexto imaginativo, analiza las actuaciones de dos colosos: China y Estados Unidos. No parece que a quienes están dirigiendo la economía mundial les preocupe «el problema económico español».

A mi me preocupa, en todo caso, la escasa capacidad que estamos demostrando, y no solo por parte de los políticos, sino también de los economistas, para analizar, con profundidad y necesaria, lo que deberíamos hacer para crear empleo y distribuir mejor las rentas del trabajo. Escribiendo con menos obviedades y dedicando más tiempo a desarrollar propuestas concretas.


P.S. La foto es de un pájaro de alero, de los muchos que anidan en el tejado de nuestras casas de campo. Vecinos oportunistas, generalmente tímidos, raramente osados. Dicen los expertos que los gorriones están en extinción, acogotados por las cornejas, las urracas y los insecticidas. No me parece. Echo de menos otras especies de la fauna avícola: petirrojos, reyezuelos listados, malvises,…

Publicado en: Actualidad

La investidura del líder desnudo

12 agosto, 2016 By amarias 2 comentarios

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Si yo fuera Pedro Sánchez -y doy gracias a mi vida y circunstancias por no hallarme en su tesitura-, me sentiría, desde luego, profundamente resentido contra Rajoy (es decir, el Partido Popular) y contra Iglesias Turrión (es decir, los de la agrupación recreativa Podemos): han impedido, al negar su abstención, la viabilidad de la interesante propuesta de convertirlo en presidente del Gobierno de España. que contaba con el apoyo de Ciudadanos, el partido de la renovación de la derecha.

Se ha pedido una oportunidad de cambiar de aires en la política de este convulso país, y ahora, después de unas segundas elecciones, y tras un amargo período de incertidumbre, Mariano Rajoy ha recibido el encargo del Rey Felipe VI, -como resultado, por supuesto, de secretas consultas con los líderes de los partidos, de cuyos resultados los ciudadanos de a pie hemos podido solo atisbar el olorcillo de los potajes- de postularse como Presidente. No lo tendrá fácil, aunque cuente con el apoyo indirecto de Ciudadanos que, de momento, indica que se abstendrá en la segunda votación, situación que no mejorará en la práctica, aunque le brindase apoyo directo en la primera.

No se conseguirá así, ni sumando los votos de la derecha regional dispersa, el volver a contar con Mariano Rajoy como Presidente de Gobierno. Porque hacen falta algunos votos más, si se mantiene la negativa del PSOE y de Unidos Podemos a su candidatura.

Y, en mi opinión, esa doble negativa ha de mantenerse. Por razones ideológicas, y de coherencia ante la necesidad de pervivir como fuerza política. Tanto del PSOE como de Izquierda Unida; no me atrevería a apelar a la coherencia en el caso de Podemos, pero no quiero que mi escepticismo respecto a lo que bulle en esa colectividad, empañe la línea argumental de este Comentario.

¿Qué hacer, para evitar unas nuevas elecciones, que a nada positivo conducirán, sin menoscabar dramáticamente las líneas de la izquierda española, ya muy deterioradas? Pues solo se me ocurre dejar que seis o siete diputados del PSOE voten a favor del tándem Rajoy-Rivera y, con ello, otorguen al primero la mayoría para liderar el Gobierno. El PSOE votaría en contra y, con gran aparatosidad, expulsaría a los diputados «traidores» de su seno, que pasarían a formar parte del grupo Mixto, o formar una nueva agrupación, cuyo nombre no brindo de momento.

No es tan malo, porque podía ser peor. Al menos, he leído que, como consecuencia de la vuelta de Ciudadanos a los apriscos de la derecha, Luis de Guindos y Luis Garicano, economistas muy valorados profesionalmente y gente seria, están poniendo en común sus carpetas de apuntes.

Vamos, pues, a ver.


P.S. La foto que incorporo a este Comentario, es la de un arrendajo. No es tan común que estas aves, por lo general, esquivas, posen para el objetivo. Tengo otras de arrendajos (garrulus glandarus) volando, pero no son tan hermosas.

Publicado en: Actualidad

La estrafalaria figura del mandato político

9 agosto, 2016 By amarias 1 comentario

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Durante estos últimos meses de oscurantismo político en España, se está utilizando con profusión, la expresión «por mandato del pueblo», reforzándola o aderezándola con supuestas variantes: «los españoles han decidido con su voto» o «tenemos la obligación frente a nuestros votantes», y otras muchas de parecido tenor, con las que sus dicentes pretenden haber obtenido la facultad para hacer, en esencia, lo que les peta.

Esta adulteración del término proviene de una doble confusión. Por una parte, ignorar que el mandato es el período por el que un elegido para representar a una colectividad ejerce la función que se le ha encomendado. No hay mandato, pues, hasta que no se toma posesión del cargo.

Por otra, se ha producido la extralimitación sobre el significado y, por tanto el alcance, del hipotético contrato verbal entre quien detenta el poder (actualmente, en la acepción constitucionalista tipo, el pueblo soberano, al que se atribuye haber decidido con anterioridad que existen valores patrimoniales, funciones de gestión y control que es conveniente encomendar a ciudadanos privilegiados) y aquellos a quienes se delega su ejercicio (los políticos electos, mediante procedimientos consensuados). No es esta encomienda un permiso vacío, amplio o irrestricto; ni siquiera está basado en la confianza que pueda generar la capacidad del elegido, sino que está sujeto a las condiciones de contorno que marcan, conjuntamente, el programa propuesto por el partido correspondiente, y la propia situación a resolver, sea cual fuere su complejidad.

Defiendo, por tanto, que, contrariamente a lo que se está interpretando ladinamente por quienes negocian, en no se sabe ya qué términos ni bajo qué condiciones, la formación de un Gobierno, no hay mandato para actuar libremente, ni patente de corso para ir por las calles de la improvisación que más les apetezcan. En un momento como el que se vive en España, en que llevamos dos elecciones generales y vamos camino de una tercera, sin que exista acuerdo entre los partidos para elegir un presidente de Gobierno, no es la capacidad negociadora de los líderes políticos la que está en juego, sino que se ha puesto de manifiesto la incapacidad de la sociedad para encontrar una solución a las graves crisis que padecemos.

No ha habido ninguna propuesta que resultara suficientemente convincente, y el voto popular se ha desparramado entre varias opciones, sin privilegiar realmente a ninguna.

Por tanto, analizado con frialdad, lo que los españoles han expresado con su voto es, sencillamente, el cumplimiento de una obligación surgida por los usos y costumbres de un estado democrático, que quizá tuvo su sentido -paradógicamente, cuando no había tanta parafernalia puesta en papel- en reuniones o juntas abiertas, en las que todos los asistentes tenían ocasión de expresarse (y lo hacían, con la precisa contundencia). Ese «·derecho ciudadano a votar», en la actualidad, se ha convertido en una trampa, un engorro o un rompecabezas para el hallazgo colectivo de soluciones complejas en momentos delicados.

Los programas políticos son líneas abiertas sin compromisos claros, propuestas sin alicientes precisos, trucos ideológicos que el líder de turno convierte en base para sus dotes de improvisación. No se debería votar a programas prendidos con alfileres y mal ajustados, para que luego los partidos entendieran que se les ha dado un voto de confianza.

Lo que la disparidad de votos ha demostrado, en suma, es que lo que los ciudadanos hemos emitido, en conjunto,  voto de desconfianza.

Los ciudadanos, en situaciones así, nos vemos sobre-solicitados. No se nos pida que, en tanto que votantes, ofrezcamos soluciones, ni siquiera que sepamos interpretarlas o valorar las que se nos presentan de forma confusa o imperfecta. Incluso, no se espere que abramos en torno a los programas, en un par de meses, un debate constructivo. Ese no se improvisa, ni se construye desde la discusión paritaria, cuando los temas a discutir superan ampliamente lo que cabe esperar del sentido común o del raciocinio combinado de la experiencia y la voluntad. Lo obvio, cuando se propone a un grupo de gentes, sin información ni los conocimientos previos, que propongan una actuación concreta sobre un tema complicado, es que se obtengan múltiples sugerencias, una panoplia de opciones, de las que algunas podrán ser utilizables -previo desbaste y pulido intelectual- pero lo mayoría serán simples elucubraciones.

Nada hay más complejo, hoy por hoy, que dirigir los asuntos de un Estado de los llamados desarrollados, en un panorama general de crisis, con amenazas de extrema gravedad -desde el colapso del sistema capitalista hasta el terrorismo indiscriminado-. No cabe la improvisación, ni apelar a mandatos del pueblo para justificarse. El pueblo no sabe, ni tiene por qué saber. Quiere, pero no puede; no tiene argumentos o soluciones sobre cómo salir de los problemas ni predecir la mejor actuación futura, pero, con razón, donde le duele, protesta.

Grave responsabilidad la de los cabezas de lista de los partidos más votados. No tienen mandato para lo que pretenden, ni siquiera tienen mandato aún para lo que les encomendaremos, que no es sino la imperiosa necesidad de sacarnos del atolladero. Juntos. Es comprensible que duden, que no sepan muy bien qué hacer. Tenían que haberlo pensado mejor antes, Pues que trabajen en ello. Pero lo que no resulta admisible es que, encima, nos calienten la cabeza.

—-

PS.- Incluyo una fotografía de un aguilucho. Vuelan muy alto, casi siempre a las mismas horas, lanzando gritos agudos. Con su vista extremadamente penetrante, los pajarillos que se asusten con esos estridentes sonidos y cambian de lugar, delatando su situación, se convierten en la presa elegida para su voracidad. Los que se quedan quietos, no corren peligro. Por su parte, los córvidos, ante uno de sus ataques, se defienden en grupo, y los ahuyentan. He sido testigo del éxito de una oropéndola macho en defender su nido frente a uno de estos majestuosos depredadores, al que sometió a una persecución implacable, hasta que lo hizo salir de su área de control.


 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: acuerdo, democracia, elecciones, gobierno, mandato, partidos políticos, pueblo

Habérmelo dicho antes

27 julio, 2016 By amarias 2 comentarios

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La dama, más bien obesa, que obstaculizaba la cola para pagar en el supermercado, mientras introducía con parsimonia sus compras en en el carrito, respondió a la educada indirecta del pobre diablo (yo) que esperaba pacientemente a que dejara el paso libre, y que expresé así: «¿Me permite que le ayude a meter las cosas?»  con un «No hace falta. Puedo yo».

«Es que…-indiqué con mi mejor tono de sutil condescencia- Quizá no se está dando cuenta de que ha paralizado la cola…»

«¡Habérmelo dicho antes!»-me espetó, mientras estiraba ligeramente su voluminoso abdomen, por lo cual pude, sin apenas rozar sus carnes, pasar a recoger mi compra.

No pensar en el otro, ni atender a las consecuencias -mínimas o letales- de nuestras actuaciones, se ha convertido en una socorrida manifestación de pobreza intelectual. Podría haber escrito que lo que evidencia este desapego por la molestia, o el daño, que podemos estar provocando con nuestra actitud de pensar únicamente en lo que nos interesa, es producto del egoísmo dominante.

Pero quiero ir más allá. Nuestra sociedad es pobre intelectualmente. No sé si nos hemos hecho así, o siempre hemos sido colectivamente de esa manera. Solo que esa percepción se me ha hecho casi insoportable.

La señora del supermercado es un ejemplo trivial, inocente y simple. Me sirve únicamente como referencia para revolotear en torno a un asunto más grave: individualmente estamos corriendo un grave riesgo. No tenemos el menor valor para esa mayoría que se guía por la intuición de lo que les conviene exclusivamente a ellos. Somos su molestia, su incordio, su pesadilla.

Si «se lo hubiésemos dicho antes», no nos hubieran prestado por ello más atención. Tendrían otros argumentos, nos darían otras contestaciones. «Actuamos así por tradición», o «por mandato de la mayoría», o «por designios de nuestro Dios», o…»porque sí».

Me sobran los ejemplos. En nuestra polis, hemos perdido los españoles una oportunidad excelente de tener un gobierno mejor que el que teníamos: la coalición PSOE -Ciudadanos, que solo precisaba de la abstención del PP o de Podemos. No pudo ser. «Si nos lo hubieran dicho antes»…

No creo que el PP de Rajoy consiga la investidura para su líder, en esta segunda vuelta de pirinola electoral -no le conviene a Ciudadanos apoyarlo a las claras, ni al PSOE abstenerse a la primera, ni mucho menos dejar manos libres a unos diputados para que apoyen al impertérrito presidente en sus eternas disfunciones… Será incluso peor si por los pelos, sin fuerza, con un traje de circunstancias y el jaretón mal hilvanado, se mantiene agarrado al clavo ardiendo de la falta de coordinación de sus oponentes. No debiera ser. Volveremos a recurrir al «Quélástima. Si nos lo hubieran dicho antes».

Tengo amigos que aún creen que hay una oportunidad de gobernar desde la izquierda plural. No va a ser. Fue un error de Izquierda Unida asociarse con el patafísico partido oportunista, Podemos, disfrazado de izquierda trasversal y sometido a la labia verborreica de su líder actual, Pablo Iglesias (jr.). Ay, si Errejón hubiera capitaneado las negociaciones, otro gallo habría cantado, dicen.  «Habérnoslo dicho antes».

El Reino Unido se va de la UE, aunque, como ha afirmado perogullescamente su nueva Premier, «no de Europa». Si en lugar de haber catapultado a la dirección de ese organismo que prometía a personas sin carisma, y con demasiado apego a defender sus intereses nacionales, se hubiera avanzado en aquel proyecto frustrado de Constitución Europea…Si hubiera más capacidad para adoptar una posición coherente hacia el exterior, si se fuera capaz de analizar con visión de futuro los temas clave (cooperación internacional, sistema financiero, evolución de la empleabilidad, enrgía y ambiente, igualación salarial, etc.)…Si el Parlamento de la UE fuera menos partidista y más eficiente…Si…No pudo ser. «Si lo hubiéramos sabido. Haberlo dicho antes».

Ponga, ponga el lector ejemplos. Puede enfocar su interés hacia los temas del terrorismo islámico (y a los de los otros), de la desigualdad social, de la quiebra probable de los estados de bienestar allí donde se encuentren, a la involución turca de Erdogan y cía, al riesgo de implosión siria, al llamado problema palestino (o, mejor, ¿será solo problema israelí?), a los desastres afgano e irakí, a la financiación irregular de los partidos (de aquí y de allá), a la corrupción generalizada (¡pues!), a la deficiencia de la enseñanza, al ascenso de un candidato impresentable del partido republicano en el país más rico del mundo, al cambio climático que tiene un final previsible, etc. etc.

«Haberlo dicho antes», ¿verdad?. Pero,  ¿a quién? ¿de qué modo mejor? ¿con qué capacidad de persuasión?


Nota sobre la fotografía que acompaña este comentario: Me trato de especializar, gracias a un magnífico objetivo 200-800 que me han regalado mis hijos y nueras, en fotografiar aves volando. Es divertido (y algo difícil, por su gran movilidad: se necesita buena luz, y disparar a velocidades altas y sensibilidades bajas para que la apertura del diafragma sea la adecuada). Alguien dijo que si los mamíferos han sido puestos por Dios en la Tierra por su utilidad al hombre, las aves están entre nosotros para alegrarnos la vista y servir a nuestra evasión. Puede. ¡Habérmelo dicho antes!.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: abuso, Brexit, Ciudadanos, confianza, Irak, Izquierda Unida, Palestina, paro, Podemos

Oda al deterioro (Poema)

16 julio, 2016 By amarias 1 comentario

Oda al deterioro

Hermano, qué callado te lo tenías:
crecías a la par que mi satisfacción
y cuando estaba a punto para emprender
mi gran hazaña
apareciste para burlarme la baraja.

No era lo mío el paso del mar Rojo:
los vientos huracanados soplaban a la contra,
las horas justas tocaban a destiempo;
los vados, inseguros presagios alentaban
y para escapar de filisteos y ladrones
no había un dios amigo
que esperase al otro lado con laurel y mesa puesta.

Era todo modesto.

Resulta que no surgiste solo, para qué la molestia.
Trajiste un tumor maligno de la mano, al alimón
repartiendo las cartas para un juego sin reglas,

No recuerdo si gané algunas bazas,
porque en principio ya está todo perdido.
Tuve las oportunidades a la chica, llevé pares,
si encontré ocasiones, fueron falsas.

Se rompió la partida.

Óyeme, amigo. Te estoy agradecido
porque hayas aparecido primero.

De la hazaña que iba a acometer, no guardo
ni recuerdos.
Por tanto, puedo asegurar a tiempo
que carecía de la menor importancia.

Pero esa conclusión es también mi venganza.

(30 de mayo de 2016, Poemas de encargo, @angelarias)

 

Publicado en: Poesía Etiquetado como: angel arias, deterioro, poema, poemas de encargo

Amenaza concreta, estrategia improvisada, terrorismo endémico

15 julio, 2016 By amarias Deja un comentario

Cuando terminaba el día 14 de julio de 2016, un francés «de origen tunecino», se lanzó, conduciendo un camión que había alquilado dos días antes, haciendo zig-zags, contra la multitud que veía los fuegos artificiales con los que se conmemoraba la toma de la fortaleza de la Bastilla, declarada el día nacional francés. Hasta el momento se han contabilizado 84 personas asesinadas, y hay varios heridos muy graves.

Mi solidaridad sin resquicios, con las familias de las víctimas, con el pueblo francés y mi repulsa con corazón compungido contra esta nueva barbarie. Je suis très touché, me trouve proche et tout à fait solidaire.

Con ocasión de tan dramático suceso, dirigentes, autoridades y comentaristas noticieros de todas partes, han emitido manifestaciones en las que, con monótona regularidad, combinan las palabras: amenaza global, terrorismo islámico, estrategia global. En orden: Ante la amenaza global del terrorismo islámico, es necesario ofrecer una estrategia global.

Son varios los elementos que concurren en el perfil de este atentado, en coincidencia con otros, que no se puede decir sean pocos (desgraciadamente) que se han producido tanto en zonas de cristiandad como de devoción musulmana.

Las organizaciones de persuasión, extremadamente crueles, de quienes son animados a cometer estas acciones, se confiesan empeñadas en una guerra santa (yihad), siguiendo designios de Alá, para lograr que los seguidores musulmanes se reconviertan a lo que consideran doctrina ortodoxa y el mundo entero acabe sometido, por las buenas o por las malas, a sus arcaicas normas sociales.

Para hacer efectivos tan elucubrantes propósitos, han elegido realizar llamadas de atención brutales. Atentados, incluso con autoinmolación de sus autores, con los que buscan conseguir el mayor número de víctimas: mercados, fiestas populares, medios de transporte, son los espacios preferidos. La difusión mediática de sus actos, en especial si se realizan en territorio occidental y han conseguido algunas decenas de muertos, está así garantizada.

De los ejecutores de los atentados que se producen en ciudades de mayoría musulmana, no sabemos mucho: que pertenecen a una etnia o rama doctrinal diferente de la dominante en el país, o que han actuado contra una asamblea de fieles judíos o cristianos, o contra embajadas o centros en donde se concentran mayoritariamente extranjeros. También, en algún caso, pretendiendo conseguir altos rescates, han apresado miembros de ONGs o periodistas, a los que no dudaron en ejecutar, difundiendo imágenes impactantes en las redes sociales.

Cuando los atentados se producen en territorios occidentales, las investigaciones posteriores -mucho más activas- acaban poniendo de manifiesto, ya de forma recurrente, muy parecidos elementos, que no dejan de producirme perplejidad porque, en su fondo, reflejan la descoordinación o la falta de profundidad con la que se ejecutan los protocolos de «máximo riesgo terrorista» : tipos jóvenes, mayoritariamente varones, de la llamada segunda generación, habitantes en zonas específicas de la ciudad en donde se concentran musulmanes, radicalizados personalmente al Islam en fecha reciente, fichados por la Policía por algún incidente anterior, y cuyas familias y entorno eran ignorantes de sus últimas andanzas, que involucraban entradas y salidas del país o asistencia a centros de adoctrinamiento (léase, «lavado de cerebros»). (1)

Como todos los creyentes/devotos en el ser humano y en el máximo valor de la libertad y el respeto al otro que actúa sin voluntad de herir, como cualquiera respetuoso con la vida humana, abomino de estos guerrilleros, de sus ideales y de su estrategia. Son miserables.

Pero no considero que respondan a una amenaza global, porque su objetivo es irrealizable, sino que forman parte de amenazas concretas, detectables y, por tanto, que se pueden abortar con la adecuada investigación, control, seguimiento; sin ridículas ni ingenuas confianzas.

Tampoco creo que sus actuaciones forman parte de una estrategia global, sino que está, en su misma esencia, improvisada. Esta característica, justamente, le dota de su peculiar fortaleza aparente: cualquiera con un instrumento de matar (un vehículo cualquiera, lo es) y la voluntad de sacrificarse él mismo, puede provocar un atentado.

Esta cuestión tiene, para mí, su importancia, pues desliga los atentados de la necesidad de ayudar a los países menos desarrollados a que salgan de su pobreza (también la intelectual), con ayudas en destino. Ese asunto no tiene ya nada que ver con el yihadismo: ahí los países occidentales han perdido, sí, la batalla. Los fanáticos que han encontrado en una sinrazón de imaginaria base islámica su punto de apoyo,  no piensan ni actúan en términos de desarrollo, cultura, bienestar. En su caso, esos términos solo son de interés para sus dirigentes, para los que se ocultan detrás de las negras bambalinas del terror.

Finalmente, no me parce que se trate de un terrorismo islámico, en el sentido de exterior a las naciones occidentales. No lo es, desde luego, porque, como se encargan de poner de manifiesto los dirigentes de las comunidades musulmanas, ellas también sufren los efectos de los atentados y, por supuesto, su doctrina defiende la paz  y el respeto al otro como corresponde a una religión evolucionada.

Los terroristas que actúan en nuestro territorio son nuestro problema, son nuestros fanáticos, son producto de la podredumbre que se ha incrustado en nuestra manera de segregar a los otros, a los que piensan distinto, a los que no disfrutan de las mismas opciones de bienestar, conocimiento y búsqueda de placeres que nosotros.

No son terroristas islámicos, aunque les demos ese nombre, para tranquilizarnos. Son terroristas producto de nuestra sociedad, de nuestro credo. Y los tenemos, por tanto, que combatir en nuestro territorio. Sin ir más lejos.


(1) Quiero destacar un cierto parecido con el perfil de esos jóvenes enajenados que, armas en ristre, se lanzan a disparar contra sus antiguos compañeros de escuela, maestros o quienes paseen por delante de sus ventanas, en la muy civilizada nación norteamericana.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: apoyo, atentado, Bastilla, declaraciones, musulmán, Niza, occidental, París, terrorista, yihadismo

Línea sabor

10 julio, 2016 By amarias Deja un comentario

Hace unos días, en el supermercado donde me provisiono de legumbres y frutas, me percaté de que ofrecen una «línea sabor», cuyo propósito, según me confesó una dependiente, era ofrecer una mercancía con el mejor gusto disponible. «Está funcionando muy bien», me reconoció.

Como el tratamiento oncológico al que estoy siendo sometido me reduce la capacidad de percepción y, por lo tanto, el disfrute, de las características organolépticas de los alimentos, me decidí, sin mayores reflexiones, por cargar el carro de la compra con melocotones, albaricoques, melones y otras vituallas, que tenían un aspecto aceptable pero que carecían de calificación, lo que les hacía notablemente más baratos.

Mi disgusto fue, que, llegado a casa y puesto a cotejar con la exigente controladora de la calidad alimentaria con la que comparto mi vida, descubrimos que los melocotones y albaricoques estaban «duros como peñas», no pocos tenían el hueso mohoso o con gusano, y los melones eran un híbrido de calabacín. Así que deduje que la «línea sabor» no era sino una engañifla para protegerse de la mala calidad de otros productos, sorteando la clasificación reglamentariamente obligatoria.

Podía continuar este Comentario recordando los múltiples engaños y triquiñuelas con las que el comercio trata de engatusar al comprador acerca de lo que ofrecen: patatas de Galicia que provienen, según la etiqueta, de Francia; quesos de Cabrales que no han pasado jamás por Asturias, o fresones y espárragos de Aranjuez que han crecido con el agua del Tajo, pero en Almería.

Pero, cambiando de rumbo, quiero referirme a la macroeconomía, y hacerlo con un disparo de calado.

Resumo el argumento así: Sospecho que la economía mundial está basada en la alimentación de una estafa piramidal, en la que los beneficios de los países más avanzados se producen por las aportaciones de los menos desarrollados.

La sospecha se alimenta de que se ha construido una «línea sabor» por parte de los centros que recogen los datos de crecimiento de la economía, que tiene en cuenta, desde luego, el coste de los factores de producción, las entradas y salidas de bienes y servicios en cada país, pero que ignora que una parte, y seguramente, una gran parte, de la economía mundial, no se produce por la vía del mercado, ni de los datos oficiales, ni, en su caso, tiene en cuenta -porque es imposible preverlo o calcularlo- que el valor de muchos productos que afloran al mercado -todos los basados en nuevas tecnologías o en el aprovechamiento de recursos naturales que antes no tenían aplicación-, es ficticio .

Por supuesto, la tecnología, el trabajo y los flujos monetarios cumplen una función central en ese trasiego, pero, lo que corresponde preguntarse es: ¿qué tipo de plusvalías, y cómo se calculan en los diferentes países, hace que el crecimiento del PIB mundial, sea positivo? ¿cómo se reinvierten las que se generan en los empresas que concentran la producción de bienes y servicios cuyo precio se realiza al margen del mercado, por carecer de competencia? Y, en fin, ¿en qué condiciones se está realizando la aportación al crecimiento de la mano de obra y recursos de los países con menor PIB de la Tierra?

Son muchos los coetáneos que ignoran la existencia de la «línea sabor» de la economía mundial, y muchos de los que la conocen, no pueden  permitírsela, porque no pueden pagársela o por estar a tratamiento especial de suspensión o restricción de crédito.

He cambiado de supermercado y, en el nuevo, más que en hipotéticas «líneas sabor», me fijo en el precio y en el aspecto del producto: si me dejan probarlo, lo compro. En cuanto a mi presunción de burbuja mundial, basada en el temor a una versión a gran escala del timo de pirámide, en la que los que están cobrando los beneficios de su inversión, lo hacen porque lo soportan los que entran nuevos en el mercado, con sus productos y su mano de obra barata, tendré que darle otra vuelta, a ver si se me escapa algo de ese trío que se presenta como apetitoso, que forman: la globalización, el desarrollo sostenible y la defensa contra el cambio climático global.

 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: burbuja, cambio climático global, desarrollo sostenible, estafa piramidal, globalización, lìnea sabor, pib mundial, pirámide, política, producto

Las bazas de Mariano Rajoy

9 julio, 2016 By amarias Deja un comentario

Mariano Rajoy, todavía Presidente en funciones del Gobierno de España, es, sin duda, la persona más cualificada para dirigir el país en este momento. Nadie como él atesora experiencia acerca de cómo funcionan las cosas por aquí.

Es cierto que no «ganó las elecciones», ni las de diciembre de 2015 ni las de junio de 2016, porque, aunque el Partido Popular fue la opción más votada, lo fue por una minoría del total de votantes. No cabe decir, pues, que «el pueblo ha expresado su voluntad de que gobierne el PP», ni otras retóricas, y falsarias, expresiones con las que los representantes más conspicuos de la derecha española defienden su presunto derecho a seguir gobernando.

Pero la capacitación de Mariano Rajoy que defiendo en este Comentario proviene de su abrumador currículum. Registrador de la Propiedad al año siguiente de terminar la licenciatura de Derecho, concejal del Ayuntamiento de Pontevedra, Presidente de la Diputación de la Provincia homónima, diputado durante décadas, ministro de Educación y Cultura, de Administraciones Públicas, de Interior, de la Presidencia, vicepresidente Primero y Presidente de Gobierno él mismo…¿Quién podrá alardear de una experiencia similar? Nadie.

Nadie como él ha de conocer las triquiñuelas que se vienen realizando desde tiempo inmemorial para compensar, en los discretos despachos anexos al principal, las diferencias entre el precio declarado en las escrituras públicas y el concertado entre comprador y vendedor de inmuebles; siendo Pontevedra lugar de asentamiento clásico de los grandes traficantes de droga de España y de Europa, en donde suntuosas mansiones, barcos de recreo, lugares de placer y lenocinio, han proclamado, sin rubor, durante decenas, el origen misterioso y con seguridad, ilícito, de los dineros con las que se adquirieron tales bienes, no es ajeno, sin duda, al conocimiento de tales maniobras (de las que, por supuesto, siempre se mantuvo al margen).

Rajoy estuvo en los entresijos del derrocamiento a Sadam Husein, -cuya figura alcanza, por cierto, con el tiempo, dimensiones propias de la veneración santificada-, y estar apoyando a José María Aznar en la difícil decisión adoptada, junto a Bush jr, Barroso y Blair, tuvo que darle amplios conocimientos acerca de cómo se mueven los designios del gran capital norteamericano, que han de estar conservados en algún lugar de su prodigioso cerebro.

Como Ministro de Educación, y Ciencia, que fue, y harto brillante (como se puede comprobar en las hemerotecas, propulsor de los nuevos Planes de Formación Profesional) nadie mejor para saber cómo impulsar, de una vez, la pureza de la Universidad española, la regulación del acceso transparente a las cátedras y títulos, la elevación del decaído prestigio de las carreras y profesiones, o la orientación acerca de los puestos de trabajo que se crearán en las ya no tan nuevas, tecnologías, incluidas, claro, las ambientales.

No admito que nadie se jacte de conocer mejor las administraciones públicas -salvando, quizá, al desaparecido en la batalla Francisco (Paco) Sosa, que propugnó una reforma imposible-, porque él fue quien firmó la LOFAGE en 1997,  y, por supuesto, ningún antecesor ni subordinado ha igualado su prestigio como Ministro de Interior, con sus éxitos para doblegar a ETA al aprisco de la deposición de las armas y su Ley de Extranjería, que tanto ha significado para la cobertura de puestos laborales que los españoles despreciaban.

Como Presidente, su ilusión y empuje por impulsar nuevos proyectos empresariales, en negociación continua con los mejores empresarios de este país, además de ponerle en delicado pero efectivo conocimiento de las relaciones subterráneas entre el gran capital y los partidos políticos (si no lo había adquirido antes), ha significado la generación de millones de puestos infra-mileuristas, y el crecimiento de los negocios de algunos grupos empresariales en el extranjero, lo que ha mejorado sus resultados, por supuesto, aunque, desgraciadamente, ha significado la reducción de su capacidad de empleo en España.

No tiene, pues, necesidad de suscribirlo alguien de tanto prestigio pasado como Felipe González. Mariano Rajoy debe gobernar. Y debe hacerlo en solitario, contra todos. Quizá con apoyos puntuales de Ciudadanos, del PSOE, incluso de Unidos Podemos que, como recordamos bien, en el curso de las negociaciones para estudiar la posibilidad de coaliciones de gobierno más aventureras, negó su apoyo -cuando eran solo la mitad de la denominación, aunque más numerosos en simpatizantes.

Nos esperan, por supuesto, tiempos muy difíciles. Pero entretenidos. Mariano Rajoy, con su visión escénica del Estado español, con su conocimiento profundo de la Administración Pública y de las capacidades de iniciativa privadas, nos lo garantiza.

Ah, y que vaya enseñando a los nuevos -esos «chicos» voluntariosos, pero inexpertos aún, llamados Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera, Alberto Garzón,…cómo se corta el bacalao. Sugiero que los nombre ministros por turnos, y que cuente, en esa hipotética Escuela de Otoño- con la asesoría inapreciable (en el sentido de, gigantesca) de Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero y José María Aznar; para no ampliar más la nómina de expertos en la política real. Sobre la economía real, habría otro curso, más avanzado, para los que aprobaran el primero.

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: administraciones públicas, apoyo, currículum, diputado, empresa, empresario, españa, ETA, exportación, Formación Profesional, gobierno, laboral, Mariano, PP, PSOE, puesto de trabajo, Rajoy, Unidos Podemos

Salidas

25 junio, 2016 By amarias 6 comentarios

En el metro de Madrid, que es el que mejor conozco, hay una norma no escrita por la que, en las paradas, los que tienen que salir del vagón lo hacen por el centro, y los que quieren entrar, utilizan los laterales, ya sea de la izquierda o de la derecha.

Desde luego, en el predecible como nunca panorama resultante de las reelecciones para formar gobierno en España, del 26 de junio de 2016, los que están en el vagón no quieren salir ni aunque les inviten sus amigos íntimos, y los que están locos por entrar, se han liado a darse empujones y dedicarse algunas bofetadas, para defender su presunto derecho a ocupar los asientos libres, en especial, los reservados.

No entiendo muy bien por qué. Los ciudadanos, después de una campaña en la que dudo que alguien se haya leído los programas electorales -incluso, los resúmenes- y, por tanto, dado que su decisión fue puesta de manifiesto ya en la anterior convocatoria, votarán lo mismo. ¿Por qué habrían de cambiar? ¿Para facilitar un acuerdo que los líderes de los partidos principales no han sido capaces de adoptar? ¡Vaya! Si hacen lo que el cuerpo les pide un día de domingo de junio, se abstendrán.

Los indecisos -se especula que un 30% oculta su intención o anda dándole vueltas a si entregará su (estéril) voto individual a alguno de los opositores a dirigirnos durante cuatro años el soliviantado cotarro-, en nada contribuirán cuando aclaren su incertidumbre personal a mejorar la indefinición colectiva.

Los que predicen, precisan, incluso, que la mayor parte de esos que dejan para el último momento la decisión sobre la papeleta que introducirán en la urna, son mujeres, y, profundizando en la sospechosa misoginia de sus análisis, abundan en que, son aficionadas a otros programas (los de diversión mediática).

Si eso fuera cierto, una parte no despreciable de los votos se decidirá, por tanto, por la aplicación de cualquiera de los métodos de decisión holístico-elucubrante que aplicábamos cuando éramos niños. (Recuerdo para la memoria de los más provectos, algunos torpes ejemplos: «Si me cruzo con alguien con perro, voy a aprobar el examen de Ciencias Naturales»; «Si mi madre ha preparado arroz con leche de postre, me compro una peonza»; etc.)

He dejado de creer en las mal llamadas consultas democráticas desde que me di cuenta que la inmensa mayoría de la gente es muy, pero que muy, manipulable y, como premisa menor, es incapaz de leerse nada escrito.

Si se confía en que las decisiones se tomen por todos los asistentes a una convención, acto o asamblea, por ejemplo, y nadie se ha preocupado por tener preparado de antemano la forma satisfactoria de salida de la reunión, los debates serán interminables, y las voces se tornarán cada vez más encrespadas. En definitiva, siguiendo con la imagen del principio: los que están en el vagón no saldrán (si lo desearan, que no parece sea el caso), ni los de fuera, podrán entrar (aunque lo ansíen).

Nuestra función como espectadores, con nuestra papela de votantes en la mano, es mínima. Podríamos imaginar lo que sería más conveniente (ordenar el flujo de entrada y salida, para facilitar el cumplimiento de los itinerarios), pero el tren está parado en el andén, calentando motores, con riesgo de ripado.

Bloqueo a la vista, y… si el metro avanza, porque alguno de los que estén dentro quiera hacer de maquinista, alto riesgo de que se lleve por delante a unos cuantos de los que pugnan en los andenes.

El ejemplo del Brexit es estupendo para concretar esta metáfora. Ha ganado por los pelos de la casualidad más herrumbrosa, la opción de los que quieren salirse de la Unión Europea, una idea que, como el lema de los anuncios del Banco de Santander, que Goma Espuma ha convertido en genial, representa «algo sencillo, personal y justo», para los que tienen la intuición de que vale más estar solo que mal acompañado.

El mismo lema sirve para los que han votado quedarse, solo que éstos perdieron. Los que quieren salirse superaron a los que desearían mantenerse en esa agrupación de «viejos comerciantes con colmillos retorcidos que defienden lo suyo con añagazas legales » y «torpes ilusos de la intención infantil de lograr algún día una Europa fuerte». La diferencia entre el 51,8% y el 48,2% conseguida por los ganadores, se puede calificar, por lo menos, muy sutil.

Salen unos, entran otros, el tren cambia de dirección, la vida sigue. Entretenidos quedan unos (pocos) en recomponer destrozos, mientras la mayoría se apuntará con brío a la nueva situación haciéndola viable y -mal que nos pese a los que queríamos que se quedaran-, mejor. El futuro siempre es mejor, por eso, por definición.

En nuestras elecciones del domingo -mañana cuando esto escribo- ganarán los que hayan votado al Partido Popular, que serán una ridícula minoría en relación con el total de votantes, y aún más exigüa si se contabiliza respecto al número de los que podrían haber votado.

Estarán próximos a una mayoría imposible, porque no van a coaligarse, los votantes del decaído PSOE y del emergente avieso combinado Unidos Podemos. Y asistiremos a la caída ligera, pero apreciable, de la opción contemporizadora de Ciudadanos, dirigida por un brillante Albert(o) Ribera, que, al margen de simpatías ideológicas, aprecio como el que más juego dialéctico, y coherencia personal, ha ofrecido de todos los candidatos.

Así, pues, no saldremos del atolladero. Porque lo que interesa no es quien gana la ridícula ventaja de ser el más votado de cuatro opciones, cuyos programas, dejando aparte tendencias del corazón e impulsos ancestrales, son inviables.

Los de unos, porque han surgido de un gabinete de iluminados que desconoce el mundo real (aunque utilicen algunas anécdotas extraídas de él);los de otros, porque se obstinan en defender seguir con lo emprendido sin escuchar a los descontentos (que tienen poderosas razones para estarlo); y, en fin, los otros dos partidos, …uno porque ha olvidado que la socialdemocracia es realismo de progreso, pero concreto, contante y sonante; y el otro, porque tiene un tufo a condimento profesoral londinense que echa para atrás a los que podría atraer, que son los juiciosos posibilistas.

Yo ya voté, o sea que no me voy a dejar influir por lo que pase hoy ni por el tiempo de mañana.

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: elecciones, fracaso., metro, Partido Popular, Podemos, profesor, salidas, tren, votaciones, voto

¿Quién manda aquí?

22 junio, 2016 By amarias Deja un comentario

Si el lector quiere provocar polémica, al mejor estilo del que se atribuye a Miguel de Unamuno cuando, al llegar a cualquier tertulia de amigos o conocidos, preguntaba: «¿De qué opináis? Yo opino lo contrario», le sugiero una frase equivalente: «¿Quién manda aquí?».

A mí me ha dado siempre un magnífico resultado. Naturalmente, es preciso acompañarla de una serie de frases que, a modo de cabestros, introduzcan el victorino o miura en la plaza dialéctica. No importa el momento.

Quienes oigan su frase, que puede repetir con énfasis, para estar seguro de que penetra en los cerebros de sus oyentes, se cebarán en ella, e interpretarán como les venga en gana lo que ha dicho. Tenga, eso sí, la seguridad de que le criticarán duramente y la polémica se centrará en Vd. y en su intolerancia.

He tratado de entender por qué resulta molesto que se pregunte a un colectivo aparentemente homogéneo quién tiene el manual de instrucciones para ejercer el liderazgo de cualquier asunto. En este momento emocionante de la situación española, en la que el conjunto plural de ciudadanos no sabe -no puede saberlo- a dónde seremos conducidos, si no teme poner en riesgo su integridad o ser maldecido por las fuerzas del orden interno y sus files seguidores, pregunte en una reunión política ¿quién manda aquí?

Me han contestado a veces, de forma tal vez airada por el peso de sentirse escandalizados, que manda el Gobierno, que tenemos una Constitución, que la separación de poderes funciona y funcionará. Que somos un pueblo pacífico, serio, sabio y prudente.

No tengo idea en qué se basan estos bienaventurados, porque el Gobierno está en funciones, la Constitución y la forma de Estado, cuestionada, la separación de poderes, contaminada, y la tranquilidad de nuestro pueblo -y de cualquiera-, es una falacia desmentida por la Historia.

Afirmo, y lo lamento, que, hoy por hoy, ante la ausencia deplorable de líderes, de convicciones, de propuestas coherentes, no manda nadie. La televisión y todos los medios nos han intoxicado, y ni los que hablan ni, claro, los que escuchamos, tenemos tiempo para pensar.

Improvisamos. Corremos, llenamos páginas a tanto la palabra. A izquierda y a derecha. Desde los púlpitos en donde se lanzan las soflamas, se va recogiendo todo lo que se encuentra, y se incorpora al discurso como si se tratara de una psico-obra moderna confeccionada con hallazgos, materiales de desecho, artículos de arribazón, etc. buscando provocar, más que causar evocación de la creatividad o la belleza. El escándalo se ha hecho verbo entre nosotros.

Leo que casi dos centenares de economistas apoyan el programa económico de Unidos Podemos y, me parece bien. Me parece bien, porque he defendido, con mis propios argumentos, sin ser ni Picketty ni el hijo de Galbraith, que hay que romper con la política de austeridad y propiciar el incremento de consumo.

Ah, pero no se me va a olvidar preguntar, tampoco en este Comentario: ¿quién manda aquí?. Por eso, junto a esa argumentación -y me jacto de ser uno de los pocos españoles que ha leído hasta el final centenares de libros de economía y política macroeconómica, de autores de todo signo y condición ideológica- me preocupa tener claro cómo se va a conseguir sostener el preciado estado de bienestar, bajo qué mando.

Para ello, hace falta, en mi opinión fundada, tener realizado un análisis muy completo acerca de los sectores tecnológicos que van a propiciar la generación de nichos de trabajo en el inmediato futuro, estudiar muy bien cómo se va a realizar la distribución de las plusvalías colectivas generadas, y, no en último lugar, conocer la manera en que se van a hacer llegar a los millones de desplazados por la eficiente tecnología -no es cuestión de formación, sino de adaptabilidad- los recursos imprescindibles para su sostenimiento.

Por supuesto, en el fondo, el tema no deriva únicamente de la economía, que explica mal que bien el pasado pero es incapaz de predecir el futuro. No puede predecirlo porque los intereses capitalistas -incluidos los de los países bajo teórica dicción comunista- y siento ser tan esquemático para lectores tan inteligentes como los que me siguen, están continuamente generando elementos caóticos en su propio beneficio.

Para un país intermedio, que es como vengo caracterizando a España, la solución debe huir de maximalismos: no somos un país rico, ni tenemos recursos importantes, ni alta tecnología disponible o empresas grandes, a escala mundial. No funcionará la chispa del resentimiento: detonará sin voladura.

Hay que aumentar la presión fiscal y estimular la reinversión de los beneficios, pero con tiento de no espantar a los que sostienen la generación y distribución de la riqueza generada. La participación de las empresas públicas en ese entramado ha de ser discreta y selectiva y, por supuesto, orientada hacia el mercado.

La inteligencia práctica aconseja fervientemente que el cambio pacífico descanse también en la mejora de la formación, en la eficacia de la educación para responder ante los retos y dificultades presentes y futuras. De todos, no solo de unos cuantos. A todos los niveles. Teniendo presente que la economía mundial no regala nada; se lo cobra, en moneda contante o en víctimas a lamentar.

Para España, la solución no es sencilla. Habrá que formar a miles de estudiantes con una base muy ancha para que puedan llegar a lo más alto del conocimiento. Justamente lo contrario de lo que resulta que estamos haciendo, ya que hemos vulgarizado un tanto las enseñanzas, bajado los niveles, para aumentar el número de los que tienen formación intermedia, dejando que muchos de los mejores, a los que no sabemos a qué dedicar, se vayan al extranjero.

Con los maestros adecuados, convenientemente cualificados, continuamente reciclados, que sepan de qué van las cosas que enseñan. Qué difícil hacerlo bien desde el ruido mediático, sin que nadie mande aquí.

Pero no bastaría con tener unos cuantos miles de profesionales con muy altas cualificaciones. Hay que resituar, y hacerlo con mucha frecuencia, a millones de personas en una estructura laboral y económica extremadamente inestable.

Porque no estamos solos, no decidimos en los despachos, ni en las tertulias, ni siquiera en las asambleas universitarias, ni tampoco en las reuniones en la calle, en donde se manifiesten lícitos descontentos, legítimas aspiraciones, que acabarán dirigidas hacia una escaramuza inútil en la que los directores serán un par de decenas de alborotadores profesionales que se enfrentarán a la policía.

Si vuelvo a preguntar quién manda aquí, también en este artículo, estoy seguro, por experiencia, en que no faltará quien decida que soy partidario de que las cosas sigan igual, que me asustan los cambios, que estoy en contra del progreso social. También habrá quienes me vean como un peligroso polemista que oculta su afición izquierdófila por comunistas o socialdemócratas, y quienes, si les apetece tomarse la molestia de juzgarme por lo que pienso, concluirán que soy un tipo amorfo, acomodaticio, al que importa poco lo que pase a los demás,

Estoy sentado a la puerta de mis ideas, y veo pasar a la gente muy alborotada. Hay sillas a mi lado, disponibles para quien quiera asistir al espectáculo. Volverán.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Constitución, economistas, elecciones, falacia, Galbraith, gobierno, historia, Picketty, quién manda, tranquilidad, Unidos Podemos

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