Al socaire

Blog personal de Angel Arias. La mayor parte de los contenidos son copy@left, aunque los dibujos, poemas y relatos tienen el copy@right del autor

  • Inicio
  • Sobre mí

Copyright © 2026

Usted está aquí: Inicio / Archivo de amarias

La experiencia del pollito indio

19 abril, 2016 By amarias 1 comentario

Uno de los experimentos más apasionantes en relación con la planificación lo representa India, que había expulsado a sus colonizadores británicos en 1947. Mohandas Gandhi, que había liderado durante décadas el movimiento independentista, decidió instalar un estricto proteccionismo, abogando por la autosuficiencia y estimulando la producción local. En 1948, Gandhi fue asesinado y se abrió la caja de Pandora de la que surgieron todo tipo de recomendaciones acerca de lo que convenía hacer, y de interesados en recoger el legado popular del viejo líder.

Jawaharlal Nehru se consolidó como heredero político de Gandhi. Contaba con una educación muy solvente: había estudiado en la London School of Economics, cuyos profesores cubrían un abanico claramente sesgado hacia la izquierda ideológica,  y se sentía atraído por la escuela fabiana, un movimiento económico socialista creado en 1883, que matizaba la dureza del marxismo utópico y que, con la victoria laborista, había cobrado en 1945 una importancia excepcional. (1)

Lo fabiano estaba de moda, y a Nehru y sus consejeros no pudo pasárseles desapercibida la consecuencia práctica de su acceso al poder en el Reino Unido: una serie de nacionalizaciones de los medios básicos de producción, que abarcaban desde las minas a los ferrocarriles o correos y que incluyó la participación en la gestión de los trabajadores, organizados sindicalmente, medidas que, a pesar de sonar aparatosas sobre el papel, sin embargo, en realidad, se mantuvieron dentro de límites prudentes.

Sin embargo, Nehru se encontraba en una encrucijada mucho más violenta. Entendía que la moderación en las medidas económicas de privatización no bastaría para sacar a la India del profundo bache del colonialismo, y, consciente de que el esquema debería ser mucho más drástico, se inclinó por dotar al Estado del máximo poder, para lo que fue necesario crear un ejército de burócratas, que se encargarían de controlar el cumplimiento de los planes propuestos por el Partido del Congreso.

La curiosidad para conocer de primera mano los resultados del experimento que los consejeros económicos habían apoyado, motivó varias visitas ilustres. En 1955, el Gobierno de Eisenhower envió a Milton Friedman, que fue crítico tanto respecto a la preocupación de Nehru por invertir en industria pesada como con la obsesión de Gandhi por apoyar la artesanía popular. Para Friedman, ambas decisiones eran ineficientes, porque solo el mercado podría actuar de seleccionador de las inversiones rentables, que no podía confiarse a la definición de antemano de lo que era más conveniente.

Unos meses después (1956), John Kenneth Galbraith también visitó la India como consultor de la Comisión de Planificación. Era el más relevante de los mentores del plan de Nehru, y cabe imaginar que los informes de Friedman le afectaban el amor propio; su prestigio, además, era mayor, y contaba con el aplauso casi unánime de la colectividad de macroeconomistas occidentales, en especial, de los norteamericanos. Pero no solo: Galbraith había sido el encargado de supervisar la política económica de la Alemania ocupada tras la segunda guerra mundial, y defendía que era necesario dar poder a los sindicatos frente a las grandes empresas, así como mantener el control sobre los precios para evitar la especulación.

El entusiasmo de Galbraith por relanzar la economía de la India era propio de quien entiende la cuestión como un reto personal. En 1960 volvió al país como embajador nombrado por Kennedy, y reforzó la idea de llevar a cabo una planificación ordenada -por fases, primero, con inversión en infraestructuras básicas; luego, concentrándose en industria pesada; para acabar, en una tercera fase, con el impulso a la producción artesanal-. Su premisa era la desconfianza en el mercado como regulador y, por estas razones u otras más pragmáticas, fluía la ayuda del Gobierno de Estados Unidos, que llegó a aportar entre 1947 y 1962 unos 4.000 millones de dólares.

Si la idea era buena,  la realización fue pésima. Los datos que se utilizaron eran pocos y no fiables. Utilizando un programa de input-output aún no muy perfeccionado, tomado de Wassily Leontief, (la versión de Mahalanobis), y con el fin de generar el máximo de mano de obra que facilitara la redistribución de la riqueza, se limitó la producción de la industria pesada y la importación de maquinaria más eficiente, por considerar que perjudicaban el empleo, prescribiendo que se otorgaran licencias y permisos para las actividades más productivas. Se creó, en suma, un régimen de control ineficiente, que propició la corrupción, el nepotismo y el desorden.

Las medidas respecto a la producción a gran escala, se complementaron -valga la paradoja. con el apoyo a la fabricación en pequeños talleres artesanales, a donde fluyeron las subvenciones y, para asegurar su sostenimiento, donde era necesario, se protegió a la industria local de la competencia exterior con elevados aranceles . En efecto, se crearon muchos puestos de trabajo, pero no se generó desarrollo alguno. La India se distanció de los países de la zona que se apoyaron en la economía de mercado.

El cambio en la orientación no resultó sencillo, pues los primeros avances hacia la liberalización no se dieron hasta que llegó al gobierno Rajiv Gandhi, que fue primer ministro después del asesinato de su madre Indira en 1984. y que inició una tímida apertura. En la campaña electoral para recuperar el Gobierno, en 1991, fue asesinado. Una parte sustancial de su programa era el desmantelamiento del sistema de licencias y la eliminación del control de precios, como aconsejaban las teorías de Hayek y sus seguidores.

Pocas veces se habrá de encontrar en la granja una prueba de ejecución y resultados tan extraños y controvertidos. Porque se trata de la experimentación de un modelo de desarrollo centralizado, propuesto y apoyado -resalto la paradoja- por el gobierno norteamericano, y defendido con uñas y dientes por prestigiosos economistas (galardonados con el Premio Nobel muchos de ellos) que tienen su campo natural de acción bajo la economía del libre mercado.

Todo parece indicar que al pollito indio lo empujaron a salirse de la granja, para que su experiencia sirviera de indicativo a otros aventureros respecto al frío que imperaba fuera.

——

(1) La Sociedad Fabiana tomó su nombre del general romano Quito Fabio Maximo, cuya estrategia para derrotar al ejército de Anibal fue rehuir el enfrentamiento directo y apoyarse en escaramuzas que lo desgastaran poco a poco.

Publicado en: Actualidad, Administraciones públicas Etiquetado como: Anibal, fabianos, Friedman, Galbraith, Gandhi, Indira, Kennedy, Nehru, Nixon

La granja fue remozada en los 70

19 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

La granja tiene una venerable antigüedad, y ha sufrido múltiples renovaciones, cambios de decorado y hasta de ubicación de sus dependencias principales. Sería interesante analizar el detalle de esa evolución, aunque prefiero concentrarme en las características del momento presente, empezando la historia de la granja a partir de los 70, década en la que se la sometió a un importante cambio de imagen.

No fue, propiamente, una rehabilitación; fue  un remozado, dado con unos cuantos brochazos de pintura gruesa por manos sin contemplaciones.

No hace falta poner de manifiesto que una granja tiene un propósito fundamental, que es la obtención de rendimientos. Entre sus moradores, se detectan diferentes niveles de libertad y satisfacción, e incluso pueden encontrarse animales que parecen gozar de excepcional libertad y obtener, a cambio de poca cooperación al proyecto, fabulosos beneficios particulares.

Pero una mirada atenta detectará que fuera de la granja no hay opciones cabales de subsistencia. Todo el engranaje se mueve en torno a la obtención del máximo beneficio de quienes controlan la producción. ¿Quiénes son éstos? ¿Qué pretenden en realidad? ¿De qué medios se valen?

El cuento va, por supuesto, de macroeconomía, y para los orwellianos, no hay dogmas, sino solo consecuencias extraídas de los sucesos observados.

A mediados de 1944, en un hotel de Bretton Woods (New Hampshire, EEUU), representantes de las 44 naciones más importantes de la Tierra se afanaron en diseñar un sistema monetario que sustituyera el patrón oro que venían aceptando hasta entonces, y que había provocado un caos monetario. La segunda guerra «mundial» había dejado profundas huellas en la sensibilidad colectiva y se deseaba echar rápidamente una capa de olvido sobre todo cuanto recordara las diferencias que la habían motivado, desplazando cualquier responsabilidad hacia los muertos.

Los vencedores en la guerra, y especialmente, Gran Bretaña, estaban endeudados hasta las cejas y se habían quedado con muy poco oro, que era la materia mágica con la que se efectuaban los pagos internacionales. Los expertos, con Keynes a la cabeza, propusieron adoptar como referencia el dólar estadounidense, con tipos de cambio fijos, y se creó el Fondo Monetario Internacional como supervisor del sistema. Había que pensar en global, ser espléndido y solidario con los países más atrasados.

La fórmula magistral funcionó durante algún tiempo, pero el edificio monetario se desmoronó porque algunos países siguieron prácticas inflacionistas, y se les acabaron sus reservas en dólares, por lo que tuvieron que acudir al FMI para que les prestara dinero y, después, otra vez, y las que fuera necesario, para que les permitiera devaluar sus monedas respecto al dólar.

Sin embargo, otros países (Alemania, Países Bajos, Suiza, Austria), habían revalorizado su moneda. Les iba bien.

El país que tenía un comportamiento más inflacionista fue Estados Unidos. Pero… ¿qué diablos provocaba la inflación en algunos sectores de la granja?

Como siempre que se abría un debate, surgieron múltiples explicaciones del más variado carácter. Los macroeconomistas siempre han sido muy imaginativos. Para unos, la inflación estaba causada por el aumento de los salarios, debido a que se estaba cerca del pleno empleo, y las empresas se veían obligadas a pagar más a los empleados para que no se fueran a la competencia, y con más dinero para gastar, las familias desbocaban el consumo, orientándose hacia productos importados, más baratos o más vistosos; para otros, había un exceso de demanda monetaria, debido a que los Bancos centrales ponían insuficiente dinero en circulación, preocupados por la no darle demasiadas vueltas al rabil de la fabricación de billetes, lo que debilitaría la posición de la moneda propia, pero que tenía el efecto negativo de aumentar los tipos de interés, al convertir el dinero en un bien más escaso.

Puede que aun estarían discutiendo si se trataba de galgos o podencos, sino fuera porque Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos a la sazón, suspendió en 1971 -convenientemente asesorado por los economistas críticos con el modelo keynesiano, más devotos de la teoría monetarista de Fisher, Marshall y Friedman-,  la convertibilidad en oro del dólar americano, desmantelando el brillante esquema teórico de Bretton Woods.

Falto de apoyo, el dólar empezó a caer, junto a la libra, en tanto que las economías francesa, japonesa y alemana crecían -y sus monedas se robustecían-, junto con los países en desarrollo del Tercer Mundo. La idea de globalización empezaba a prender con fuerza. Las materias primas que quedaban por explotar, la mano de obra barata y una legislación permisiva o inexistente, estaban siendo aprovechadas de forma eficaz por los países tecnológicamente más avanzados y abiertos a la cooperación. Era un momento win-win para todos.

Estados Unidos y Gran Bretaña no tenían, entonces esas preocupaciones de base aparentemente altruista; en particular, Gran Bretaña disfrutaba con mano de hierro de su imperio colonial, y Estados Unidos se había afianzado como líder mundial indiscutido, y, aunque la bonanza le comía los pies, no necesitaban exportar, porque el consumo interno era suficientemente fuerte, por lo que un dólar débil no causaba mayores problemas.

Por si acaso, una actuación excepcional vino a salvar al dólar y a la libra de la depreciación a que estaban encaminados: la manipulación sobre el precio del petróleo, que subió un 400% entre 1973 y 1974, como consecuencia de una crisis ficticia por la que la OPEP tomó la desmesurada decisión -para su débil posición en el contexto mundial- de embargar el petróleo, como castigo contra Estados Unidos y los países que habían apoyado a Israel.

Era una consecuencia colateral de la guerra árabe-israelí conocida como conflicto de Yom Kipur, que tuvo lugar en octubre de 1973, por la que una coalición de países árabes comandados por Egipto y Siria intentó sacarse la espina de la guerra de los seis días librada en 1967, en una actuación inexplicable, salvo para quienes hubieran estado en la sala de calderas calentando el ambiente.

El imaginativo periodista Daniel Estulin (Unión Soviética, 1966) atribuye esta operación a una conspiración dimanada del llamado Grupo Bilderberg, que toma su nombre de la primera reunión que mantuvieron varias élites mundiales en ese hotel de una localidad de Suecia.

Como resultado de la misma, las gigantescas compañías petroleras que forman el cartel del petróleo -las seis hermanas- subieron los precios de forma desorbitada, encareciendo brutalmente una materia prima sustancial, deteniendo la industrialización en los países del tercer Mundo y provocando un flujo de dólares (los petrodólares) que no se quedó en los países de la OPEP -¿qué iban a hacer con ellos?-, sino que revirtió a Londres y a Wall Street, que recuperó de inmediato el control sobre el crédito mundial.

La granja quedaba así remozada con nueva apariencia, y el logotipo que luciría desde ahora el panel de entrada a la caja donde se guardan los misterios de la economía internacional, ostentaría, las palabras adormecedoras de: «Progreso, libertad de mercado, globalización». Eso sí, ahora, en inglés. (1) La evolución de la realidad quedaría para siempre desconectada del desarrollo natural de los hechos, y la manipulación se convertiría en la forma predilecta para ejercer el control por parte de los grandes grupos económicos de la granja.

Irlanda, Dinamarca y el Reino Unido se incorporaron en 1973 a la Comunidad Europea, que aún mantenía su idea de unión de comerciantes, pero estaba ya empeñada en comenzar de inmediato un camino visionario que la conduciría hasta la actual posición marginal en el panorama económico mundial, jalonado con declaraciones voluntaristas, manifiestos éticos y proclamas de decidida defensa ambiental.

Era necesario para el capital que utilizaba como plataforma de actuación las bases del Reino Unido estar cerca de ese invento problemático, sin sentirse comprometido.

Porque los poderes fácticos de la granja tenían otras intenciones que dedicarse a la filosofía.

(continuará)

—

(1) Aunque nunca fue formulada de esta manera, el nuevo frontis de la granja podría haber tenido esta formulación: «Free market, world as a whole, forward destination».

 

 

 

Publicado en: Actualidad

La granja en cuarentena

18 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

Reconozco que me atraen las teorías conspirativas. Utilizadas como cliché preconcebido, se adaptan, cual una fórmula magistral, para explicar casi cualquier actuación dentro de una colectividad humana, en la que un pequeño grupo, convertido en muñidor o factor creador de situaciones, influye decisivamente sobre el comportamiento de la mayoría.

Cuando George Orwell (Erich Arthur Blair) escribió «Rebelión en la granja» (1945) acababa de editarse «Camino de servidumbre» (1944), que se convertiría en el libro más citado de Friedrich von Hayek. Pocas ocasiones ofrece la literatura de encontrar en una obra aparentemente de evasión, una crítica solapada -es decir, inteligente- a la pieza clave de los defensores del capitalismo liberal como doctrina económica.

Hayek, como es bien sabido, propone abrir de par en par las puertas del campo de la economía a la iniciativa privada, limitando las intervenciones del Estado de derecho a lo imprescindible: fijar el marco regulador, de forma previa y transparente.

Paladín intelectual de la escuela vienesa, Hayek se convirtió con rapidez en el contrapunto a la doctrina macroeconómica de John Maynard Keynes, quien en 1936 había publicado «La teoría general del empleo, el interés y el dinero», en la que abogaba porque los gobiernos deberían aumentar el gasto público para impulsar la inversión. Los keynesianos apoyaban el intervencionismo del Estado en las actividades económicas, convirtiéndolo en un competidor privilegiado, que podría aparecer aquí y allá para subsanar déficits o desviaciones de la iniciativa privada, estimular determinados sectores o dirigir el desarrollo en otros, de acuerdo con el interés general.

No pretendo contribuir, desde mi reconocible limitación intelectual, al debate académico que, desde entonces, permanece abierto entre quienes defienden el «dejad hacer» y los que creen a pies juntillas que no hay nada mejor que la economía centralizada.

Porque, entre tanto, hasta los macroeconomistas prácticos occidentales que no estén dañados por las actitudes más reaccionarias han ido admitiendo, a la chita callando, que no se traiciona a Hayek cuando se mueve el fiel de la balanza hacia la posición de «haz lo que quieras, pero no abandones al Estado en la necesitad de mantener un equilibrio social imprescindible para evitar la debacle del sistema».

La clave de la teoría orwelliana  no estaría en definir la doctrina a seguir, sino en la utilidad que extraigan de ella quienes se ven obligados a vivir con ella. Frente a los maximalistas que aún se esfuerzan en resaltar las ventajas o las abominaciones tanto del sistema puramente capitalista como de las economías centralizadas, según de dónde les provenga el plato de lentejas, los orwellianos, escépticos de cuanto huela a doctrina precocinada, abogamos por utilizar los márgenes de libertad que la situación en la granja animal conceda a sus moradores, para acomodar nuestra existencia de la mejor manera posible.

Orwell no era economista, pero sí un atento observador de la realidad, que se esforzó en palpar, no desde los despachos, sino en los campos de batalla. Participó en la guerra incivil española, con el propósito inicial de «matar fascistas»para salvar el mundo (según su propio testimonio), que morigeró  en la más pragmática y pacífica posición de «defensor del socialismo democrático».

En próximos comentarios me propongo, si tengo salud, comentar mi opinión sobre la actual situación en la granja colectiva, tanto a la escala global como a la particular del pequeño país desde el que escribo (España). Y, aunque parezca que desvelo las cartas del razonamiento posterior, adelanto que la granja y sus dependencias están afectadas por diversos virus y males de cabeza, lo que obligaría, a fuer de sensatos -que supongo quedan-, a poner muchas de las jaulas en cuarentena, convenientemente separadas, para evitar una contaminación generalizada que nos haga volver a las cavernas.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: cuarentena, globalización, granja, Hayek, Keynes, Orwell

Cuidado con los ladrones

17 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

El otro día llamaron a la puerta dos agentes del Cuerpo Nacional de Policía para entregarme unas fotocopias en las que, según me explicaron, ante el incremento de estas actuaciones delictivas, se ofrecen «Consejos para evitar robos en interior de viviendas».

De momento, no tengo información sobre la posibilidad de que los órganos centrales de algún cuerpo de seguridad del Estado estén preparando un folleto, puede que también un tríptico, con indicaciones para que nos protejamos de que nos roben también en el exterior de las viviendas, puesto que allí parece igualmente detectarse un aumento de actos contra la propiedad ajena.

Bien es cierto, sin embargo, que la casa donde uno vive es un recinto acotado y los delincuentes que podrían apetecer lo que tenemos en ella se mueven con ganzúas, sprays adormecedores y sacos para esconder el producto variopinto de sus asaltos, en tanto que los amigos de lo ajeno que dedican sus afanes al exterior de las viviendas, manejan cuentas bancarias opacas, emplean testaferros, se sirven de bufetes especializados y, desde luego, no usan saquitos, sino maletines con claves de cuatro dígitos.

En fin, se trata de dos tipos de delincuentes y organizaciones delictivas muy diferentes. Unos -sin que esto sirva de prueba excluyente, sino solo orientadora-, son oriundos de países de la periferia comunitaria, y, referidos a nuestros cacos locales, guardan, en modo y artes, la misma relación que el gato montés con un minino castrado; no roban para comer, sino como negocio y disfrutan de medios muy sofisticados, incluida su falta de escrúpulos para dar un buen golpe a quien se resista a decirles la combinación de la caja fuerte o el escondite de las joyas familiares.

La eclosión de estas bandas de ladrones y peristas, que, con razón, preocupan a nuestra policía, coincide en el tiempo con el descubrimiento alarmante, de que no solo nos están robando en casa, sino que nos estaban saqueando fuera de ella, y que éstos no se habían molestado en ocultarse, sino que lo hacían a plena luz del día y, encima, había algunos que nos daban consejos sobre cómo gobernar mejor los bienes públicos.

En los papeles que el CNP está repartiendo, se dan consejos que pueden parecer triviales, junto a otros que más parecen destinados a instaurar un estado de sospecha generalizada. Al lado de «mantenga su dinero y objetos valiosos en lugar seguro» -con el recordatorio de que «existen entidades de crédito que se hacen cargo de esos objetos» por poco dinero,  o «instale una buena puerta de seguridad», que puede impulsen el negocio bancario y el de carpintería, leo mensajes de interpretación más problemática: «manténgase siempre alerta» o «si ve gente extraña merodeando en su calle, avise a la Policía».

Si el Cuerpo de Policía o algún otro de los que se encargan de tutelar el estado de derecho que tan maltrecho se nos va quedando, se deciden a buscar en el ciudadano presunta víctima el apoyo para evitar y detectar los robos de guante blanco, espero poder leer algún día consejos del tipo: «Desconfíe de cualquiera que viaje de vacaciones a un paraíso fiscal (lista adjunta) y, en general, de quien aproveche cualquier ocasión para presentarse en público como una persona intachable»; «anote la ubicación de todas las mansiones que observe en sus recorridos en bicicleta por la periferia de su ciudad y, si le es posible, el nombre de sus propietarios»; «denuncie a la inspección fiscal a quien posea varios coches de alta gama, sea propietario de un yate, una finca de caza o lleve el pelo engominado»; aún mejor: «avise de cualquier caso en que ambos miembros de una pareja tengan cargos públicos -ministro y secretari@ de estado, presidente de empresa pública y jefe de inspección de Hacienda, magistrado de lo penal y alcaldesa, por ejemplo- y colabore en descubrir familias en que muchos de sus miembros ocupen puestos de responsabilidad en empresas, cargos políticos y administraciones públicas».

Desde luego, no basta ser decente, ni con parecerlo. El Estado de derecho quiere que le echemos una mano, falto de medios incluso para imprimir ejemplares de un tríptico en el que manifiesta que está desbordado por la proliferación de delincuentes.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: consejos, ladrones, paraísos fiscales, policía nacional, tríptico

Tiempo de exposición

10 abril, 2016 By amarias 2 comentarios

Quiero creer que las opacas conversaciones entre partidos políticos para formar gobierno habrán servido, siendo evidente que no han cumplido su objetivo, para facilitar que los ciudadanos independientes lleguemos a alguna conclusión que resulte útil a nuestro país.

Si hay una distinción del carácter que define a un líder es que, cuando el equipo parece aturdido, él propone una solución y saca al grupo del escollo.  Tal vez debo indicar que no me refiero a que el dirigente (o el aspirante a tomar las riendas) tenga «la» solución, sino que sea capaz de ofrecer, lo antes posible, una opción creíble y que movilice a quienes tienen los recursos disponibles, para aliviar a los que estén sufriendo el peso más agotador de la carga. Se consigue, de esa forma y en ese preciso momento, que se salga del bache, y se obtiene la liberación de la tensión, para poder dedicarse, ya con más calma, a mejorar las estructuras y evitar que lo mismo vuelva a suceder.

Puede que todo parezca demasiado teórico, parte de un manual elemental. No niego la menor, pero me acojo a mi derecho intelectual a expresar que las propuestas que provienen de los que alardean tener información y criterios sobre cómo conducirnos a un sitio mejor, carecen de viabilidad.

Los representantes de los cuatro partidos políticos más votados parecen haber confundido el apoyo de sus concretos electores con un mandato para negociar un gobierno de coalición con garantías de estabilidad. No lo veo así, en absoluto. Si no sabemos hacia dónde ir, ¿con qué pertrecharnos? ¿Habrá que atravesar un desierto sin oasis o una selva con serpientes? Puede que, metafóricamente hablando, sean varios y complejos los espacios a atravesar y, en lugar de equiparse para una expedición al polo o con el salacot de excursionista de safari, sea más adecuado pulsar la propia capacidad de resistencia.

La diversidad de opciones presentadas ante los electores-incluso aunque mal o insuficientemente perfiladas- solo han servido para que la ciudadanía exprese su deseo de acabar pronto el período de transición, en el sentido, de momento de desconcierto o desorientación.

Que se nos saque de aquí, vamos, cuanto antes. Porque los períodos de transición, son períodos de exposición. Los que están expuestos, son más vulnerables.

Sin embargo, este período ha sido interpretado como un tiempo de exhibición, como si los portavoces de las preocupaciones de los agentes socioeconómicos, hubieran creído que nos interesaba conocer más al detalle sus diferencias personales, tomar fiel medida de sus distancias mentales o profundizar hasta el vómito en sus elucubraciones de definición ideológica catecumenal. Por eso, teniendo en cuenta que, como más de treinta y cinco millones de potenciales electores, no he tenido la menor participación en esas negociaciones, me siento facultado para expresar mi decepción.

Las exhibiciones percibidas de las débiles musculaturas, la delicadeza de las carnes ofrecidas, tan descoloridas como pegadas al hueso, necesitadas a gritos de un paseo por mayor ejercicio mental,  fueron lamentables. Sobre todo, porque nos han hecho perder bastante bagaje de lo único seguro que teníamos a disposición: tiempo para reaccionar.

Más de un centenar de días consumidos en misteriosos tejemanejes han dejado un poso de excesos verbales, marcas de intolerancia, crispación supurada y líneas rojas pintarrajeadas con tizas y lápiz de labios, que podrían parecer una preparación infantil para marcar el espacio en el que jugar a la rayuela (1). Si me arriesgara a hacer de lector de las borras resultantes en las tazas de los cafés disfrutados durante tantas jornadas, mi interpretación agorera es que hemos ido hacia atrás. Puede que sepamos más de lo que nos separa, -en gran medida, de lo inútil-, y nada nuevo de lo que nos podría unir -en general, imprescindible.

Qué pérdida de oportunidad. Los momentos de transición son fundamentales para que una colectividad consiga tender redes más sólidas que las precedentes para anclar mejor sus bases en el futuro. Ha sido grave la desilusión propagada por la exhibición, por parte del partido de Gobierno (ahora en funciones), de que no está dispuesto a cambiar el rumbo, sino a seguir conduciendo por la misma singladura, cuando está claro -incluso para ellos- que nos había llevado a una vía muerta, un culo de saco. Grave también resulta la obsesión de un partido emergente, que llenó de ilusiones (en gran parte, productos de la fantasía y la enajenación grupal) a más de cinco millones de desencantados, por querer implantar un cambio imposible, estrictamente revolucionario y contrahistórico, en la gobernabilidad de España.

De los otros dos partidos (PSOE y Ciudadanos), corresponde aplaudir su voluntad de entendimiento, aunque parcialmente contra natura, aunque, al ser, desde el origen, una postura insuficiente, su escenificación formó rápidamente parte del teatro, esto es, de la exhibición. (2)

Tendríamos que entender que, en este momento de nuestra historia política, la situación es de reorganización de efectivos, y no de actuación precipitada. Momento para eliminar muchos de los elementos que juzgamos perniciosos y que se han convertido en los síntomas más claros de lo que es imprescindible cambiar. Con la tranquilidad de poder entender que, en un Estado que dispone de una Constitución y leyes pactadas democráticamente, es posible plantearse ese tránsito, no después de una revolución, no acudiendo a una asonada o a un conflicto armado, sino mediante un acuerdo de partidos para impulsar un gobierno.

Los problemas de esta situación de transición están detectados, aunque no se conozcan las soluciones para todos ellos. Hagamos las modificaciones con cabeza, no con imprudencia, porque no estamos solos en el mundo, y pertenecemos a una sociedad, la occidental, industrializada y, sí, capitalista, que forma parte de nuestra esencia. En ella debemos encontrar las respuestas a los factores de preocupación que, aún siendo tan conocidos, no me resigno a enumerarlos, una vez más: paro (especialmente juvenil), desequilibrio en el sostenimiento del estado de bienestar, corrupción en las administraciones públicas, evasión fiscal y falta de control en las cuentas de los grandes grupos, excesivo endeudamiento de las familias, equivocada orientación de una parte sustancial de la transmisión de la enseñanza (en particular, la técnicamente productiva), pérdida de la consciencia de unidad como medida esencial de progreso, entre otras.

Ningún partido ha demostrado tener la solución, solo propuestas cuya viabilidad sería necesario que se demostrara. En una situación así, yo prefiero, por experiencia, actuar con decisión para salir del momento, pero con máxima prudencia para no sostener la misma postura más tiempo del imprescindible.

—

(1) Escribo Rayuela en homenaje solapado a Julio Cortázar, pero en mi pueblo ese juego -más propio de niñas-, se sigue llamando cascayu; y en España, cascallo, tejo o pericojo, entre otros nombres.

(2) No incluyo a Izquierda Unida como quinto partido en la disputa por el poder, porque no lo está siendo. Con un sólido argumentario del que no se ha movido -ni falta que le hacía: es el catecismo de siempre, el de la izquierda conscientemente marginal- ha aprovechado la oportunidad para pasearse luciendo músculo por los escenarios mediáticos. La proximidad a Podemos permitió ver las diferencias entre el modelo y su caricatura, dejando claro que hoy tiene cinco veces más público el docudrama circense que un buen guión.

 

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: elecciones, fracaso., negociación, partidos, programa, tiempo

Guía para enfermos de cáncer

7 abril, 2016 By amarias 9 comentarios

El 4 de febrero de 2016, con ocasión del Día Mundial del Cáncer, publiqué en este mismo blog una «Guía para acompañantes». Aquí encontrará el lector la «Guía para enfermos de cáncer», dedicada a todos aquellos, especialmente a los que empiezan su personal periplo por esta enfermedad que, siendo tan común, aún muchos no se atreven a nombrar y pretenden enmascararla con una palabra de apariencia más inocente, como es»tumor». Pero un cáncer es un tumor maligno, es decir, la manera de denominar ese crecimiento de células anómalas que, por razones en gran parte aún desconocidas, se expanden por el organismo, parasitándolo. Y, según parece, la mitad de la población mundial vivirá un episodio de este tipo a lo largo de su vida, y quizá de uno de estos dos tipos más comunes: cáncer de próstata (solo los hombres, en este caso) y cáncer de mama (fundamentalmente, las mujeres).

Este Comentario no pretende disertar sobre el cáncer, ni sus diferentes tipologías -se conocen más de doscientas-, ni sus gradaciones ni, mucho menos, sobre las modalidades de tratamiento. Es, sencillamente, una modesta Guía Básica para enfermos de cáncer.

Guía Básica para enfermos de cáncer

Recomendaciones.

Primera.- Por grave que sea el diagnóstico -y seguramente, no lo sabrá con exactitud, si no pregunta específicamente, porque los oncólogos tienden a disminuir la gravedad o a contestar con evasivas-, no caiga en la desesperanza. Por dos razones, al menos: porque los tratamientos para todos los tipos de cáncer, y especialmente los más frecuentes o comunes, han avanzado y avanzan con gran rapidez, debido a la cantidad de equipos de investigación concentrados en analizar la forma de atacar el crecimiento de las células que provocan los tumores malignos, y, en particular, probando medios para reducir su propagación; y, en segundo lugar, porque, por grave que sea su diagnóstico, se trata de su vida, y -parece una obviedad- su vida le corresponde vivirla solo a Vd., y de la mejor manera posible y dando ejemplo de comportamiento a quienes le quieren y están dispuestos a ayudarle.

Segunda. Interactúe con los médicos que le atienden. Piense en algo importante: ellos están aprendiendo con los enfermos. Cuénteles cómo se siente, las reacciones que ha tenido -de cualquier tipo que sean-. Cumpla exactamente con el tratamiento que se le esté pautando, pero no por ello deje de indicarles, con claridad, los efectos -especialmente, los negativos- que pueda estar sufriendo, aunque no hayan revestido el carácter de atención urgente, como pudiera ser una hemorragia o una retención agua de orina: cansancio, náuseas, vómitos, estreñimiento o diarreas, picores, manchas en la piel, escalofríos, etc-. Los más visibles, desde luego, en caso de quimio y otros tratamientos no necesita pregonarlos, ni siquiera a sus amigos: caída del pelo (no solo el de la cabeza), ennegrecimiento de las uñas de manos y pies. Escriba o hágase escribir las reacciones y su tiempo de aparición que el médico le ha indicado como más probables después de la ingesta de pastillas, la inyección o la quimio y compárelas con las suyas y, desde luego, no se las guarde para sí: cuénteselas a él (o a ella, porque lo más probable es que la cabeza visible con la que tendrá que entenderse en las consultas, será una oncóloga en sus primeros treinta.).

Tercera. Por supuesto, tenga la seguridad de que todo el personal médico que le atiende desea su curación, y si no es posible alcanzar ésta de forma total, su vocación y su profesionalidad le conducirán a que tenga una buena calidad de vida. (1) Pero tampoco se engañe, de la misma manera que ningún cáncer es exactamente igual a otro, ni su evolución es perfectamente previsible (depende de los antecedentes del paciente, de su fortaleza física, de sus hábitos alimentarios, del cuidado que se dispense y le dispensen, del azar, de una mecánica que otros profesionales conocemos bien y que se llama «prueba y error» etc.), ningún médico ha nacido genio (en el supuesto de que, además, llegara a serlo). No debería preocuparle a Vd. (ya que, le repito, es su vida la que está en juego), completar su propio expediente oncológico con los resultados de las pruebas, la analítica, el tratamiento, hacerse un dossier con él y consultarlo con otros médicos. Se sorprenderá, tal vez, de que esa ayuda que solicita se la darán de buen grado -el análisis de su caso es información también para ellos-, y, dependiendo de cómo la retransmita a su oncólogo o equipo de oncólogos, será también bien recibida, en especial, si proviene de alguien conocido o al que respeten por su autoridad y experiencia. Al fin y al cabo, los buenos equipos profesionales están -deberían estarlo- en contacto entre ellos, para perfeccionar de ese modo sus conocimientos y agilizar la acumulación de experiencias.

Cuarta.– Cada paciente es un mundo, (2) aunque nadie le pide a Vd, que sea un sufrido seguidor, sin rechistar, de todo lo que le diga u ordene su médico. Desde luego, hay quien se coloca delante del oncólogo como quien asiste a un acto de adoración diurna, considerándolo un demiurgo, reencarnación infalible del dios de la sanidad. Pregunte el porqué, pida claridad en el diagnóstico y en las reacciones previsibles como consecuencia de los fármacos, de las inyecciones o de las dosis de quimio que se le pauten. Le dará tranquilidad -saber satisface más que la ignorancia- y, además, el conocer de antemano (más o menos) lo que se producirá -para bien o para su sufrimiento- en su organismo, le ayudará a soportarlo, pues le servirá para no asustarse más de lo necesario.

Quinta.- La experiencia es la madre de la ciencia y, si los médicos tienen experiencia -proveniente, en general, no en carne propia, sino como observación asimilada científicamente de la ajena- en el tratamiento que marcan a sus pacientes (al menos, es de desear que la tenga, y mucha, el director del equipo), también la tiene el personal auxiliar. Y, además, no solo en lo que es accesorio. En especial, ellos podrán ser de máxima utilidad para consejos prácticos, desde cómo ponerse correctamente las vendas, qué trucos son los mejores para ducharse sin problemas, limpiar el reservorio o el catéter en casa, ponerse la heparina, cuando se deben tomar las medicinas recetadas exactamente, …incluso sobre cuál es el camino más directo, en un gran Centro Hospitalario, información imprescindible, para ir desde  la sala de analítica, al Hospital de día o a la sección de instalación del picc (3).

Sexta.- Será difícil que se resista a mirar en internet – a poca posibilidad de acceso que tenga a un ordenador y por torpe que sea su maña con lo informático- sobre su enfermedad y los tratamientos que expertos teóricos desde todos los lados del planeta exhibirán para su tumor. No faltan indicaciones de terapia derivada de la llamada medicina natural y tampoco echará de menos consejos apocalípticos y experiencias milagrosas. La medicina natural, siempre adornada de bellas palabras y prometedores resultados, cercanos al milagro, debe ser mirada con toda reserva y nunca como el único tratamiento. Nada puede sustituir a las dosis de sustancias químicas provenientes de Laboratorios farmaceúticos, y supongo que el lector sabe que la mayor parte de esos concentrados químicos que se nos ofrecen en forma de pastillas y nombres ininteligibles para el profano, provienen de plantas y extractos de la naturaleza; solo que, además de estar cuidadosamente seleccionados, para eliminar todo elemento nocivo o contradictorio al tratamiento, sus dosis están perfectamente calculadas en el proceso de fabricación.

Séptima.- Si se anima a profundizar en internet respecto a tratamientos y resultados para su enfermedad, en lugar de masticar los resultados de su investigación para sí mismo, pida a su médico que los interprete y le haga la valoración respecto al equipo médico que los ha publicado. Normalmente, los resultados de la investigación son publicados por los equipos que están trabajando en una línea, para su acceso público, con dos o tres años de diferencia. En el caso del cáncer, este período pudo haber tenido por consecuencia un avance tal vez espectacular por parte de algunos equipos, que se deberá traducir, bien en publicación especializada (con una prelectura por especialistas) o, más deseable, por congresos de especialistas, o por la intercomunicación -por vía correo electrónico, incluso conversaciones telefónicas- , a los que un particular fuera del gremio de oncólogos, y de un tumor específico. no suele tener fácil acceso. No renuncie, sin embargo, a informarse y, con lo que obtenga, contraste la opinión de su oncólogo; le ayudará a Vd, para contrastar cuánto sabe y en qué medida está informado y al día, como sin duda será así (hasta que no pueda demostrar lo contrario, lo que dudo), su oncólogo de cabecera.

Octava.- Prepárese para responder a la curiosidad y no solo a las manifestaciones de afecto, de familia y amigos. La pregunta es sencilla: «¿Cómo te encuentras?», pero la respuesta será siempre compleja (si se quiere ser suficientemente exhaustivo) y, repetida un par de veces al día, y durante meses, ante una colección de interesados, acabará siendo muy fatigosa. Puede optar por dos soluciones: Contesta de manera escueta, sea cual sea su estado real, con un: «Pues muy esperanzado, y sin mayores contratiempos», lo que debiera tranquilizar a quien formula la pregunta sin la intención de que Vd. explicite todo un panorama sobre su estado. La otra opción es la de tener a alguien muy próximo (su cuidador predilecto) para que conteste a las llamadas telefónicas o a los mensajes. Para los sufridos acompañantes diarios de los enfermos de cáncer, dar explicaciones sobre su estado (el suyo, el del enfermo), suele ser un ejercicio de compensación por sus desvelos. Cédaselo con elegancia; son un respiro para Vd.

Novena.- Sea indulgente con las historias que gentes bien intencionadas se empeñaran en contarle. Los enfermos de cáncer de próstata escucharán, no pocas veces, la «noticia esperanzadora » de que una amiga o una persona próxima de la familia, o una conocida de alguien, ha vencido un cáncer parecido. Los casos de supervivientes longevos de los más terribles cánceres que habían sido pronosticados como marca de desahucio de este mundo para el paciente, proliferan como típicas leyendas urbanas. Puede que esas magníficas noticias de resistencia ajena le hagan pensar en que no le apetecería ser quien estropee, con su resultado propio, las estadísticas de buenos resultados. (4). Tómeselo con filosofía, e incluso con sentido del humor. Imagine un monologuista del Club de la Comedia que empezara su alocución así: «Tengo cáncer de próstata. Por fortuna, mi vecina, que ha tenido lo mismo que yo, me ha convencido de que de esto se cura. Le han quitado un pecho hace ya diez años, y le han puesto una prótesis que incluso le mejora el aspecto. Así que estoy esperando ver a mi oncólogo para que me operen, y le diré que me ponga como a Schwarzenegger . »

Décima.- Dése de vez en cuando un homenaje. Invite a algunos de sus mejores amigos, organice alguna reunión familiar, déjese también invitar por ellos. Trate de que el tema de su enfermedad ocupe el menor espacio posible de las conversaciones. Es una ocasión estupenda de mostrarse más libremente y para que ellos disminuyan sus reservas, si las tuvieron: después de todo, le verán a Vd. con fecha de caducidad. Esta situación también le proporciona un as en la manga, para ser comprendido de inmediato cuando manifieste que está cansado, o que le duele la cabeza, o… Utilice este arma propia del enfermo de cáncer con discreción, pero siempre que se vea en una situación poco interesante. Además, es cierto que Vd. necesita descanso. También para poner en orden sus ideas, para redactar sus últimas voluntades (aunque no sean utilizadas en los próximos  años, es cierto que, más tarde o temprano, todos moriremos), tal vez para pensar en cómo desea que sea su última despedida. Pero no tiene por qué entristecerse dándole vueltas a la idea de la muerte. Haber pensado en que, en efecto, de eso nadie se escapa. le da a Vd. un aire de autoridad frente a los que pasan de puntillas por esa certeza irremediable (aunque aplazable con buena suerte y médicos solventes) y…hasta puede ser divertido.

—

(1) Una joven oncóloga le comentaba a un paciente, que se quejaba de lo mal que se sentía: «Esta semana se me han muerto cuatro pacientes, imagínese Vd. cómo me siento yo». Puede que la frase de la médico no sea, a primera lectura, fácil de entender, pero pone de manifiesto la tremenda tensión que viven los médicos con pacientes delicados o terminales.

(2) Oirá muchas veces que una parte sustancial del éxito del tratamiento depende de Vd., de su ánimo. Generalmente, provendrá de profanos, pero también se la oirá a algún médico. No sabría qué decir, por mi parte, a esta expresión que viene a desplazar buena dosis del énfasis de la terapia sobre el paciente. El enfermo de cáncer recibirá cientos de veces ese escueto desideratum, de cuantos se crucen con él: «¡Animo!» o «¡Tú sí puedes!». Si se tratara de una carrera de maratón, por ejemplo, comprenderíamos el efecto de los gritos de apoyo de los espectadores sobre los que van en  cabeza, discurren en el pelotón, están a punto de abandonar, o serán descalificados por llegar cuando ya está cerrado el control.

(3) Picc son las iniciales de Peripherally Inserted Central Catéter, una sonda larga y delgada que se introduce por una vena en el brazo hasta cerca del corazón. No tiene que ver con la dosis, como algún aficionado a la interpretación de términos médicos cree. Por cierto, si quiere saber algo de la jerga que emplean los especialistas, que le sirva para analizar detalles de su analítica o desentrañar las siglas que encubren a profanos su diagnóstico, le sugiero que se zambulla en alguno de los diccionarios médicos que recogen la mayoría de esos acrónimos.

(4) No me consta que los médicos sean expertos en analizar la diferencia entre una media, una moda, una mediana o, más en particular, la influencia de la desviación típica para detectar los individuos muestrales que han evidenciado posibilidad de supervivencia más allá de la media de una función de densidad normal (en la que los tres parámetros que cité en primer lugar, coinciden).

 

Publicado en: Actualidad, Medicina Etiquetado como: acrónimo, cáncer, consejos, enfermo, médico, médicos, oncólogo, picc, siglas, supervivencia, terapia, tratamiento

El cielo y el infierno está aquí

5 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

El título de este comentario lo tomo prestado de un poema de Blas de Otero, en el que, al referirse a una conversación escuchada entre dos humildes mujeres, subraya cómo la elipsis de la «n» que hubiera debido servir  para concordar el plural de ambos sujetos -cielo e infierno- con el verbo, nos pone frente a una verdad: es el infierno el que está aquí. El cielo, ni se sabe.

Hay revuelo en los media -virtuales y reales- porque se divulgó la  existencia de unas decenas de miles de cuentas bancarias en Panamá. Más revuelo, por cierto, en Argentina, España, Islandia y otros pequeños países -Marruecos, emiratos, Siria,…- o en la órbita de las economías de Estado. Silencio respecto a Estados Unidos de América (1), incluso Alemania o Francia, grandes feudos de la evasión institucionalizada. Parecería que se trata, en cierto modo, de una filtración cuidadosamente dirigida para hacer explosiones controladas.

Acabo de escuchar a Joaquín Estefanía recordar en la cadena Ser, que el libro La edad de Hielo, de Diego López Garrido -magnífico libro, de un excelente profesor-, ya había contado de pé a pa, el mecanismo de la evasión fiscal en los paraísos fiscales. Lo suscribo. Y aún existen otros, más antiguos, que hablan de lo mismo.

En realidad, ya lo sabemos todo, sin necesidad de esperar a que ningún periodismo de investigación nos desvele verdades como puños que deberían formar parte del acervo colectivo. Me parece que fue en «La gran crisis: cambios y consecuencias», de Martin Wolf  (en otra galaxia ideológica a la de Diego), en donde aparece la constatación inquietante de que muy pocos superan la lectura de la página 28 de un libro serio. (Lo hace con referencia al registro estadístico de las páginas leídas de la versión digital del libro de Thomas Picketty -«El capital en el siglo XXI»- best seller indiscutible de los últimos años.)

El lector tiene a la disposición de su curiosidad suficiente información para parecer informado desde los tiempos de Maricastaña del «escándalo de los Panamá-leaks» que ahora aflora. ¿No lo sabía, no lo había imaginado? ¿Tuvo que esperar a que alguien le pusiera el lápiz rojo sobre la noticia de que familiares con vínculos más o menos directos con magnatarios y gentes de relumbrón tenían cuentas con cantidades importantes de pasta en Suiza, Panamá, Luxemburgo y otros cuantos paraísos?.

No hacía falta, santo dios, que aparecieran en las listas caídas de los mal custodiados protocolos de un bufete panameño que disfrutaba, hasta ahora, de un prestigio que se les fue por las cañerías de internet.

No se conoce, -ni se sabrá, que a tanto llega mi perspicacia- un dato esencial: cuánto dinero guardaban en sus cuentas bancarias los titulares de ese cielo fiscal que habían encontrado en Panamá. Algunas declaraciones de guardianes del tabernáculo de la desfachatez ya indican que no hay por qué suponer ni que las cuentas estaban vivas ni tampoco que no estuvieran perfectamente regularizadas. Los palafreneros hacen lo imposible para que el leak se vaya cerrando, pues.

Me he leído suficientes libros de cómo funciona el mundo, y de cabo a rabo. Por eso, no me creo que aquellos que piden a sus hermanos, familiares o íntimos colaboradores -mejor que ellos mismos, por pudor insano-, que abran una cuenta en un paraíso fiscal, lo hagan para dejar allí unos dinerillos ahorrados con mucho sudor o surgidos de una herencia de un pariente (como en las novelas rosa). Cuatro perrillas para poder disfrutar sin agobios de unas vacaciones en beatíficas playas, en los pocos días que tienen de vacaciones. Pero ese saber no ocupa lugar, porque está más allá de la página 28.

Hablemos claro, si así os parece. Lo han hecho porque desconfían de las gentes de ese país al que, en apariencia, se esfuerzan en dedicar sus desvelos desde un puesto de la mayor relevancia, ya sea como mandamases del Estado, como magnates de los negocios, como artistas de relumbrón. Temen que la estabilidad de su status se resquebraje y la inmensa mayoría que los aplaude y venera, acaben descubriendo que les hacen trampas, que les roban.

Desconfían de nosotros, de nuestra fidelidad. Por eso, evaden nuestras plusvalías y las ponen a lo que creen el mejor recaudo. Lejos de nosotros, a salvo de nuestro infierno.

Para saber cómo acaba la historia, hay que leer más allá de la página 28. Algunos, ya lo sabemos.

—–

(1) Como mi amigo Angel Alda me hace notar, los Estados Unidos de Norteamérica, tienen en Delaware su propio paraíso. La concentración de sociedades unipersonales en ese pequeño Estado es asombrosa: casi un millón de imaginativos nombres para florecientes empresas que no tienen empleados. Muchas de las grandes corporaciones españolas -la mayoría de las que cotizan en el IBEX, en particular- han encontrado allí un buen lugar en el que depositar parte de sus elucubraciones corporativas, para evadirse de las tensiones fiscales que generan a los altos ejecutivos insoportables dolores de cabeza.

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa Etiquetado como: capital, Delaware, Edad de Hielo, evasión, fiscal, fisco, IBEX, impuesto, Lópz garrido, Panamá, panamá-leaks, paraíso, Picketty, Wolf

¡Ay, Carmena!

1 abril, 2016 By amarias 1 comentario

Como en mi casa no caben ya más libros, pero las bibliotecas públicas están cada vez más surtidas, sigo leyendo mucho y rápido, pero compro pocos. Uno de los últimos es «Por qué las cosas pueden ser diferentes (Reflexiones de una jueza)» (Ed. Clave Intelectual, 2014). Autora: Manuela Carmena. El ejemplar que tengo corresponde a su 6ª Edición.

La portada es una foto de la alcaldesa actual de Madrid, de pie, con las manos sobre el manillar de una bicicleta que, si la vista y Google no me engañan, es un artefacto de la marca y subespecie Specialized Expedition Sport FR Mujer 2014, accesible por 529 euros. La magistrada-jueza lleva zapatos de tacón, lo que indicaría que no viene precisamente de un paseo por el bosque, y la instantánea está tomada, seguramente, en su casa -se ve el arranque de una escalera de caracol, y hay un cuadro de una joven Manuela, pensativa, con una mirada algo melancólica.

En la imagen más actual, la agarrada a la bicicleta, Manuela mira a la cámara desde arriba, con la inconfundible expresión del que piensa: «A ver si terminas de una vez, que tengo otras cosas que hacer».

Me apresuro a decir que me cae bien esta señora. La defiendo siempre que ha lugar -y no faltan- porque siento que es de los míos: no hemos hecho nada de relumblón, de eso que el stablishment considera importante (yo, por lo menos, hasta ahora; ella, hasta mayo de 2015), pero lo tenemos currado, y bien curriculado. Manuela Carmena lo cuenta en su libro, con detalles que, si no se tienen puestas las gafas de entender, podrán parecer un tanto triviales, acaso, ñoños. Tal vez, presuntuosos.

Ni hablar. Su vida es una vida muy seria, consistente, coherente de principios a fines. Así me parece, y no la conocía de nada, ni la conozco más que de lo que he leído y visto, de ella y sobre ella. En parte, su vida es la de una pulpesa en sempiternos garajes. Salir viva, incluso de atentados mortales, es un milagro.

La que sería alcaldesa -la primera edición de este libro data de abril de 2014- nos cuenta, al final de sus páginas, que en 2013 constituyó la sociedad «Yayos Emprendedores S.L.» Por si me lee un marciano, yayos son los abuelos, porque la autora quería «transmitir la idea de que los abuelos, los viejos, tenemos una enorme capacidad de emprender, de idear y de inventar». Y más adelante: «Los viejos emprendedores podemos ser como una especie de puente de todo el causal de nuestras vivencias para los que ahora están comenzando sus propias vidas personales o sociales» (pág, 285).

El libro no tiene desperdicio, y entiendo bien que lleve muchas ediciones. Es una confesión de una campaña persistente, personal, en algunos momentos, íntima, en un campo de batalla. Puede ser tenido por la labor de una mezcla de dama de la Cruz Roja con uniforme de coronela de intendencias. Lo leí con fruición, que es un antídoto estupendo contra la vulgaridad que nos rodea.

Manuela Carmena es de mi partido político. En él militan muchas gentes independientes -no pocos de entre ellos, se consideran centro, pero que no saben lo que son en realidad-,  algunos pertenecen a las derechas prudentes, no pocos vienen de la izquierda consecuente, quedan unos pocos de la izquierda irredenta.

No me importa lo que piensan, sino lo que hacen. No se ponen a discutir lo que hay que hacer, ni se pasan días perfilando puntos de coincidencia que no encuentran en los programas, no se preocupan de colocar a la familia o amigos en los lugares para los que tienen alguna mano. Tratan de agrupar, reunir, sacar lo mejor de los equipos que tienen a sus órdenes; y, aún más curioso, dan pocas órdenes; señalan las rutas con el ejemplo.

Me llamó la atención, en especial, el tratamiento que la jueza-magistrada hace de la observación de la corrupción en la Justicia. Si hay algo más antagónico, supongo, es Justicia-Corrupción.

Hace Carmena un buen análisis de las oposiciones a juez, que compartimos muchos. El esfuerzo por la memorización de temas jurídicos sin conexión con la sociedad, la dura preparación para la oposición como meta y no como salida (el retruécano es mío), la falta de experiencia en la vida real para juzgar, justamente, casos reales, etapas que jalonan un currículum tempranero que superan jóvenes de menos de 30 años para «adquirir seguridad» y que, desde entonces, se ven encumbrados al poder de decidir sobre la vida de los demás.

Pero donde lleva la cesta llena de sembrar asombros a ignorantes es cuando nos cuenta lo que descubrió en su paso por los Juzgados. La tasa PSC (Por si cuela), las ayudas a algunos funcionarios para que se pierda algún expediente, las dietas  oscuras, el reparto «aleatorio» de los asuntos. la asignación de interventores concursales por complicidad.

Es una lástima que no haya pasado por el mundo de la empresa, porque nos hubiera ilustrado, con su desparpajo -el del que está de vuelta y ha sobrevivido- sobre lo que ha tenido que suceder en las relaciones entre las administraciones públicas y los contratistas. Nos ahorraríamos así muchos ayes y manos a la cabeza.

La abuela Carmena está ahora en una nueva batalla, de la que no sé si saldrá un nuevo libro, pero de la que sí deseo que salga, no solo incólume, sino reforzada. No se cuánto lleva analizado de ese Ayuntamiento de Madrid en el que no le faltarán capítulos para llenar con anécdotas. Si tiene tiempo para invitarme a un café con pastas, yo puedo contarle algunas historias enjundiosas.

Y, por favor, que en la próxima portada, se haga fotografiar con zapatillas de deporte, chándal y bicicleta de montaña. No hace falta que sean de marca, basta con que le funcionen dos o tres marchas, que hay mucha oferta de segunda mano.

 

 

 

Publicado en: Actualidad, Administraciones públcias, Administraciones públicas, Cultura, Derecho, Economía Etiquetado como: alcaldesa, clave intelectual, corrupción, cosas, diferentes, libro, Madrid, Manuela Carmena

Solo, sola, solos

31 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

La sensación de sentirse solo, desanimado, inapetente para buscar relación con los demás o frustrado por su comportamiento es una cosa y estar solo, otra.

Para lo primero, los psicólogos y siquiatras se aprestarán a proponer soluciones. Seguro que habrá consejos y pastillas. Además, en la inmensa mayoría de los casos, al cabo de un tiempo, con o sin tratamiento, la sensación desaparecerá.

Lo segundo, estar solo, es un estado. Es la realidad a la que nos conduce, sin que pongamos remedio, nuestro comportamiento colectivo.

Las causas son, posiblemente, múltiples. En primer lugar, nos hemos acostumbrado a no ver al otro. Tenemos puestas las gafas de no distinguir prácticamente, a nadie. Al caminar por cualquier calle de la ciudad, acudir a no importa qué acto o espectáculo, nos cruzaremos o compartiremos algún tiempo con cientos y hasta puede que miles de individuos a los que, cierto, con alta probabilidad no conocemos de nada, pero, con aún mayor certeza, no tendrán la menor curiosidad hacia nosotros. Ni nosotros por ellos. Pasaremos de largo sin mirarnos.

En segundo lugar, porque nuestro subconsciente tiene colocadas alarmas para protegernos de la convicción de que el conocimiento del otro es una molestia. Porque, a priori, es aburrido, inane, o seguramente estará enfermo, o nos presentará alguna necesidad o, aún peor, nos causará un problema. Salvo que sea presentado por alguien superior o busquemos egoistamente interesarlo para nuestra causa, la experiencia nos dicta que si no pertenece a nuestro círculo, tiene al menos nuestro poder adquisitivo, viste y calza como nosotros y si no se comporta o actúa como tenemos establecido grupalmente que debe ser correcto, ignoraremos su existencia. Lo que no quiere decir tampoco que, si cumple con tales condiciones, lo apreciemos por ello y le abramos la puerta. Es, en cualquier caso, un competidor -por el espacio, la mercancía, el posible afecto- y, lo mejor que se puede hacer frente a él, es mantenerlo a raya en el incógnito.

En tercer lugar, porque hemos llegado a la convicción interna de que ni siquiera nuestros iguales merecen atención, sino dosis de recelo. La proximidad al otro permitirá que descubra nuestras debilidades y nos hará más vulnerables. Incluso nos rodeamos de gases y parapetos de ocultación frente a la familia, los amigos, y, desde luego, así nos cuidamos de los compañeros de trabajo. Pocos detalles del yo, y lo más frívolos y triviales posible. Férrea cerrazón, para que nadie pueda comprometer nuestra intimidad y puerta de atrás abierta para escapar a la primera.

En cuarto lugar, porque ni buscamos ni se nos presentan ocasiones para romper el estado de soledad, y, si suceden, no sabríamos cómo interactuar. Ya podemos encontrarnos en el espectáculo más concurrido del mundo, con decenas de miles de individuos que, como nosotros, saltarán, vocearán, verán, oirán y, al final, aplaudirán, pero solo estaríamos actuando dentro del estado común de soledad. Incluso, después de ver la película, asistido a la representación política, finalizado el partido de fútbol o acabada la ceremonia religiosa, y aunque hayamos ido con amigos, nos despediremos, tal vez después de tomar una copa o el aperitivo, pero sin intercambiar más que unas pocas palabras. Ya se sabe, nos conocemos desde chiquillos, ¿qué más se puede decir?.

Las redes sociales no solo no son un escape a ese estar en soledad, sino que agudizan el diagnóstico. Podemos disponer de cientos de amigos, incluso miles, en las redes sociales. Es fácil atiborrar la cartera de perfiles ajenos. En consecuencia, nuestro ámbito virtual puede aparentar una intensa actividad, y ocupar gran parte de nuestro estado de soledad.

No negaré que cada día se pueda sentir el destello efímero de satisfacción o la somera felicidad sin consecuencias al cosechar varios decenas de «megusta» e inexpresivos emoticones convencionales de simpatía y cariño. Será aún más emocionante que algunos de nuestros contactos se hayan esforzado al escribirnos que les parece Guay, Magnífico, o Comomola,  cualquier paparrucha ajena que hayamos compartido o el Buenos días de primera hora. Ese será todo el poso de las manifestaciones de complicidad, la esencia de los deseos de compartir felicidad que podemos encontrar, tan pródigamente, en el mundo virtual.

Estamos, pues, solos. Queremos estar solos. Como la hormiga león en su covacha, esperamos que alguien se ponga a nuestro alcance, pero no salimos de ella. Nos quejamos del aislamiento en que vive la sociedad, pero no hacemos nada por abrir la ventana.

No es fácil romper el estado de soledad. Es sólido y generalizado. No hay fármacos, ni leyes, ni recomendaciones, ni consejos. Habrá que difundir actitudes.

Quiero que me mires, que te intereses de verdad por mí, que me atiendas y escuches. Por eso, ante todo, quiero saber cómo eres, qué te preocupa, qué quieres.

Quiero que dialoguemos, que interactuemos, que construyamos juntos, que nos conozcamos. Quiero que tú, como yo, como él, no estemos solos. Haz tuyo y difunde este deseo, porque son necesarios muchos estados de ánimo para cambiar el estado de soledad en que esta sociedad nos tiene situados.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: aislamiento, desánimo, deseo, Diálogo, emoticón, estado, interactuación, interés, me gusta, psicología, red social, siquiatría, soledad

Somos fútbol

30 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Parafraseando al antropólogo Ludwig Feuerbach, que en 1850 escribió «Der Mensh is, wast er isst» -«un hombre, es lo que come»-, con la intención de ilustrar a los políticos sobre que es preferible tener un pueblo bien alimentado antes que atormentado con amenazas, me parece adivinar la clara intención de los que nos dirigen (sean quienes sean) de que, en lo intelectual, quieren que seamos, sobre todo, fútbol.

Ese es el paradigma cosmogónico, el modelo que expresa a la perfección los impulsos que dominan el magma sociológico. Alentado por fuerzas muy potentes -económicas, periodísticas, etológicas, etc.,- avanza arrasando a su paso cuanto encuentra. No se detiene ante estructuras filosóficas, sobrepasa conceptos económicos, hace irrisión de baluartes intelectuales. La sostenibilidad de nuestro edificio de racionalidad descansa, hoy por hoy, fundamentalmente, en el fútbol y sus valores.

Somos, porque quieren que seamos, fútbol.

El fútbol no es un deporte, ni un espectáculo de masas, sino un modelo de comportamiento social, que, con un doctrinario bien trabado, genera sutilmente un sólido armazón que aprisiona, cual alienígena aletargante, y de manera creciente, el cerebro de los afectados por el virus y regula los ritmos de un número ingente de nuestros contemporáneos.

Para muchos de ellos, ya todo gira en torno al fútbol. No habrá otro noticiero que les interese más que las «confrontaciones» previstas en el calendario de alguno de los quasi infinitos Torneos. Su estado de humor frente a las realidades sustanciales de la vida (trabajo, familia, salud, etc.) dependerá de la situación en la Tabla clasificatoria del «equipo de sus amores». Palpitarán sus emociones al ritmo del estado físico de las plantillas, con los detalles de la vida privada de sus atletas idolatrados, hurgados y difundidos hasta alcanzar niveles de minucia propios de aberración sexosicológica.

Avanzando como terminator destructivo, el fútbol consigue que los modelos de comportamiento se tomen de él, las figuras de veneración en los altares de la ética y de la estética sean extraídas prácticamente sin excepción de entre sus figuras relevante. Los negocios y planteamientos empresariales se organizan crecientemente en torno al fútbol y forman parte de su espectáculo. En los encuentros entre equipos que puedan significar difusión mediática, allá serán convocados a las tribunas, presidentes de Estado, jefes de gobierno, ministros, gentes de empresa, tipos de todo relumbre, que se apretujarán para manifestar que son fútbol.

El deporte del balón señala las preocupaciones, es guía para las conversaciones relevantes, doctrina para la enseñanza de los alevines de la raza humana, nuestra tribu. Los entrenadores nacionales y de los principales equipos nos darán instrucciones a todos, los mejores futbolistas, nos indicarán lo que debemos hacer para triunfar en la vida.

No desaprovechan tampoco los sacerdotes del fútbol, ninguna ocasión para hacerlo más fuerte.

Hace un par de días falleció Johan Cruyff, un neerlandés afincado en Barcelona, vinculado a este deporte desde la niñez. Rompiendo el cascarón de un origen humilde, ha sido considerado por los expertos en ese arte, el mejor jugador del balón-pié después de Pelé, otra figura mítica premuerta. En su despedida, se organizaron actos multitudinarios que convocaron a más cincuenta mil personas, según las crónicas. Hubo discursos, regados con lágrimas de cocodrilo, sentidos homenajes propios a costa del finado y claras explotaciones del dolor ajeno en beneficio del que vive su gracia. Devociones inquebrantables, ahora que el santo está ya muerto.

Pues bien. En este mismo mes de marzo de 2016, junto a miles de ciudadanos del mundo que no han podido realizar actuaciones relevantes para ser rescatados por unos instantes al menos de las garras del olvido, han fallecido también Enrique Loewe, Beatriz Ocaña, Antoni Asunción, Francisco García Salve, José Luis López Sangil, Javier Bustinduy, Miguel Rodríguez Ruis, Jaime Valdivieso de Cué, Santiago Foncillas, Diego de lso Santos, Domingo Goás, José María Blázquez Martínez,…

Me paro aquí en la enumeración, que no es exhaustiva, por supuesto, sino solo provocativa. Pocos de entre ellos han merecido siquiera un par de líneas en los obituarios. De ninguno me consta que su despedida haya concitado especiales emociones públicas. Dudo que, incluso los más renombrados de los citados, consigan que más de un par de decenas de ciudadanos españoles recuerden algo de su trayectoria..

Hace un par de meses (Jot Down, EP, diciembre 2015), Nacho Carretero, en un estupendo artículo sobre la descomposición de Yugoslavia, nos recordaba que los principales equipos de fútbol de las capitales locales de la República Federativa,  representaban la confrontación existente entre nacionalismos internos, desde bastante antes de que empezara la guerra. El K Partizan y el Estrella Roja, ambos de Belgrado; el FK Sarajevo y el FK Zeljezniçar en Bosnia; el Hajduk Split y el Dinamo, de Zagreb, en Croacia.

El día 13 de octubre de 1990, iba a disputarse un partido entre el Dinamo y el Estrella Roja en Zagreb, que jamás se celebró, porque se organizó una batalla campal entre los hinchas de ambos, que duraría 70 minutos y causaría cien heridos; la patada del número 10 del Dinamo, Boban, a uno de los agentes serbios, se convertiría en símbolo. Allí empezó la guerra, en el Stadium.

Puedo poner muchos más ejemplos, más recientes, hablar de hooligans, de hinchas del Madrid o del Barça, del Atleti o del Coruña, de estadios de cualquier lugar del mundo, en donde los partidarios de un equipo y otro se lían a mamporros, navajazos, lanzamiento de sillas, bengalas y objetos. Puedo darle muchas más vueltas al tema, para reforzar un mensaje alarmante, en mi opinión.

Somos lo que quieren los que mandan sobre el fútbol, vemos lo que nos dejan ver. Hablamos con la información que nos proporcionan para hablar. Nadie parece preocupado.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Antoni Asunción, Boban, Camp Nou, Cruyff, Dinamo, Enrique Loewe, estadio, Estrella, funeral, fútbol, hooligan, Nacho Carretero, Yugoslavia

  • « Página anterior
  • 1
  • …
  • 75
  • 76
  • 77
  • 78
  • 79
  • …
  • 116
  • Página siguiente »

Entradas recientes

  • Homilía y lecturas del funeral de Angel Arias – Viernes 14 abril
  • Cuentos para Preadolescentes (12)
  • Cuentos para preadolescentes (11)
  • Cuentos para preadolescentes (10)
  • Cuentos para Preadolescentes (9)
  • Cuentos para preadolescentes (7 y 8)
  • Por unos cuidados más justos
  • Quincuagésima Segunda (y última) Crónica desde Gaigé
  • Quincuagésima primera Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para Preadolescentes (6)
  • Cuentos para preadolescentes (5)
  • Cuentos para preadolescentes (4)
  • Cuentos para Preadolescentes (3)
  • Quincuagésima Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para preadolescentes (2)

Categorías

  • Actualidad
  • Administraciones públcias
  • Administraciones públicas
  • Ambiente
  • Arte
  • Asturias
  • Aves
  • Cáncer
  • Cartas filípicas
  • Cataluña
  • China
  • Cuentos y otras creaciones literarias
  • Cultura
  • Defensa
  • Deporte
  • Derecho
  • Dibujos y pinturas
  • Diccionario desvergonzado
  • Economía
  • Educación
  • Ejército
  • Empleo
  • Empresa
  • Energía
  • España
  • Europa
  • Filosofía
  • Fisica
  • Geología
  • Guerra en Ucrania
  • Industria
  • Ingeniería
  • Internacional
  • Investigación
  • Linkweak
  • Literatura
  • Madrid
  • Medicina
  • mineria
  • Monarquía
  • Mujer
  • País de Gaigé
  • Personal
  • Poesía
  • Política
  • Religión
  • Restauración
  • Rusia
  • Sanidad
  • Seguridad
  • Sin categoría
  • Sindicatos
  • Sociedad
  • Tecnologías
  • Transporte
  • Turismo
  • Ucrania
  • Uncategorized
  • Universidad
  • Urbanismo
  • Venezuela

Archivos

  • mayo 2023 (1)
  • marzo 2023 (1)
  • febrero 2023 (5)
  • enero 2023 (12)
  • diciembre 2022 (6)
  • noviembre 2022 (8)
  • octubre 2022 (8)
  • septiembre 2022 (6)
  • agosto 2022 (7)
  • julio 2022 (10)
  • junio 2022 (14)
  • mayo 2022 (10)
  • abril 2022 (15)
  • marzo 2022 (27)
  • febrero 2022 (15)
  • enero 2022 (7)
  • diciembre 2021 (13)
  • noviembre 2021 (12)
  • octubre 2021 (5)
  • septiembre 2021 (4)
  • agosto 2021 (6)
  • julio 2021 (7)
  • junio 2021 (6)
  • mayo 2021 (13)
  • abril 2021 (8)
  • marzo 2021 (11)
  • febrero 2021 (6)
  • enero 2021 (6)
  • diciembre 2020 (17)
  • noviembre 2020 (9)
  • octubre 2020 (5)
  • septiembre 2020 (5)
  • agosto 2020 (6)
  • julio 2020 (8)
  • junio 2020 (15)
  • mayo 2020 (26)
  • abril 2020 (35)
  • marzo 2020 (31)
  • febrero 2020 (9)
  • enero 2020 (3)
  • diciembre 2019 (11)
  • noviembre 2019 (8)
  • octubre 2019 (7)
  • septiembre 2019 (8)
  • agosto 2019 (4)
  • julio 2019 (9)
  • junio 2019 (6)
  • mayo 2019 (9)
  • abril 2019 (8)
  • marzo 2019 (11)
  • febrero 2019 (8)
  • enero 2019 (7)
  • diciembre 2018 (8)
  • noviembre 2018 (6)
  • octubre 2018 (5)
  • septiembre 2018 (2)
  • agosto 2018 (3)
  • julio 2018 (5)
  • junio 2018 (9)
  • mayo 2018 (4)
  • abril 2018 (2)
  • marzo 2018 (8)
  • febrero 2018 (5)
  • enero 2018 (10)
  • diciembre 2017 (14)
  • noviembre 2017 (4)
  • octubre 2017 (12)
  • septiembre 2017 (10)
  • agosto 2017 (5)
  • julio 2017 (7)
  • junio 2017 (8)
  • mayo 2017 (11)
  • abril 2017 (3)
  • marzo 2017 (12)
  • febrero 2017 (13)
  • enero 2017 (12)
  • diciembre 2016 (14)
  • noviembre 2016 (8)
  • octubre 2016 (11)
  • septiembre 2016 (3)
  • agosto 2016 (5)
  • julio 2016 (5)
  • junio 2016 (10)
  • mayo 2016 (7)
  • abril 2016 (13)
  • marzo 2016 (25)
  • febrero 2016 (13)
  • enero 2016 (12)
  • diciembre 2015 (15)
  • noviembre 2015 (5)
  • octubre 2015 (5)
  • septiembre 2015 (12)
  • agosto 2015 (1)
  • julio 2015 (6)
  • junio 2015 (9)
  • mayo 2015 (16)
  • abril 2015 (14)
  • marzo 2015 (16)
  • febrero 2015 (10)
  • enero 2015 (16)
  • diciembre 2014 (24)
  • noviembre 2014 (6)
  • octubre 2014 (14)
  • septiembre 2014 (15)
  • agosto 2014 (7)
  • julio 2014 (28)
  • junio 2014 (23)
  • mayo 2014 (27)
  • abril 2014 (28)
  • marzo 2014 (21)
  • febrero 2014 (20)
  • enero 2014 (22)
  • diciembre 2013 (20)
  • noviembre 2013 (24)
  • octubre 2013 (29)
  • septiembre 2013 (28)
  • agosto 2013 (3)
  • julio 2013 (36)
  • junio 2013 (35)
  • mayo 2013 (28)
  • abril 2013 (32)
  • marzo 2013 (30)
  • febrero 2013 (28)
  • enero 2013 (35)
  • diciembre 2012 (3)
julio 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« May