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Cuento de primavera: El loro y el catálogo

8 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Era una vez un loro gris con una habilidad especial: jugar al fútbol. Y lo hacía excepcionalmente bien.

Puede que no fuera el más inteligente de los loros,  aunque tampoco dispongo de estadísticas oficiales sobre los coeficientes intelectuales de estos animales -un grupo numerosísimo que abarca desde las cacatúas hasta  los guacamayos, pasando por los periquitos, pero puedo asegurar que, además de ser buen futbolista, no era feliz.

La causa de su desasosiego la tenía un catálogo. Estaba escrito en un idioma desconocido, aunque las fotografías eran por sí mismas tan expresivas que, con solo mirarlas, uno podía imaginarse fácilmente de qué iba la cosa.

En aquellas páginas impresas a todo color, que el sagaz logo gris había repasado una y otra vez, moviéndolas adelante y atrás con su pico curvo, había decenas de fotografías de loros y, entre ellas, de muchos loros grises africanos, como él. Todos aparecían en una misma pose, sonrientes, mostrando su cola roja brillante. Parecían estar diciendo o pensando: «aquí estoy yo, dichoso; ¿dónde estás tú, pobre diablo?.»

Al lado de cada una de esas aves de aspecto espléndido, había un balón y un número. Una cifra muy alta y que, sin posible error, correspondería a lo que cada uno de sus congéneres, habilidosos como él en el juego de pelota, afortunados en el reconocimiento de su destreza, estarían cobrando como artistas.

El loro se osesionó por culpa de aquel catálogo. No comía, ni bebía ni dormía. Le amargaba pensar que, mientras él apenas disponía de unas pipas de girasol y unos tímidos aplausos en el barrio, había decenas de loros grises, de papagayos de Papúa o caiques sudamericanos, que se estaban forrando las plumas con lo que ganaban.

Para abreviar la historia, diré que, después de un vuelo agotador, el loro gris llegó hasta una tremenda empalizada, formada con alambre de espino retorcido, que le impedía el paso. Es sabido que los loros, aunque excelentes voladores, no pueden levantar su vuelo por encima de unos metros, así que, por más que lo intentó -y los loros grises africanos son muy testarudos y tienen una capacidad saltarina incluso ligeramente superior a, por ejemplo, los pálidos yacos o las blancas cacatúas-, no consiguió más que herirse las patas.

Desalentado, pero no vencido, volvió unos cuantos cientos de metros sobre sus vuelos, recalando en un bosquete en donde se encontró, para su sorpresa, con centenares de loros grises africanos que, como él, había intentado traspasar aquella frontera de espino y parecían dispuestos a volver intentarlo, una y otra vez.

-¿Por qué estáis aquí? -les preguntó.

-Somos futbolistas y hemos visto en un catálogo que al otro lado pagan muy bien a los que, como nosotros, juegan bien al fútbol -le contestaron.

Un loro de la Patagonia, que estaba haciendo una entrevista para la televisión, se interesó por saber a qué catálogo se referían.

-Este catálogo -le mostraron algunos, pues no eran pocos los que lo guardaban bajo las alas.

-P…pero ese catálogo no tiene que ver con el fútbol. Esos loros no son futbolistas -dijo el de la Patagonia.

-¿Cómo así? ¿No ves estos números, no ves el balón que tienen junto a los pies? -le recriminaron varios de los loros grises, incrédulos.

-Si, si. Pero los números no son los salarios de los loros, sino el precio que alcanzan en el mercado de animales cuando son vendidos como esclavos. Y eso que véis ahí, a sus pies, no es un balón, sino la bola en la que termina la cadena a la que están sujetos, para que no se escapen.

Un profundo silencio recorrió el bosquete.

FIN

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: Africa, barrera, bosquete, cacatúa, cuentos, cuentos de primavera, frontera, fútbol, loro, loro gris, papagayo, periquito

Cuento de otoño: El clavo, la mariposa y la niña que festejó el solsticio de invierno

22 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Todos hemos oído historias en las que una actuación de apariencia intrascendente acaba provocando efectos muy importantes. Es el caso del clavo mal encajado por el que se soltó una herradura, lo que dejó manco a un caballo que montaba el general que mandaba los ejércitos en la batalla que decidió el destino de un país.

Hay un proverbio chino que sostiene que el aleteo de una mariposa puede llegar a provocar un huracán en la otra esquina del mundo, y se ha realizado una película de éxito que lo demuestra o, por lo menos, lo intentó.

El caos está siempre acechando, y hasta existen leyes de la termodinámica que le han dado carta de naturaleza intelectual. Lo que no quiere decir que, por su parte, los amantes del orden estén desprotegidos: existe una probabilidad, aunque obviamente muy pequeña, de que todos los átomos de la materia con los que está fabricada la mesa sobre la que ahora escribo, coincidan en ponerse a danzar en la misma dirección, lo que me permitiría vivir la inolvidable experiencia de verla levitar unos palmos sobre el suelo.

El escenario de este cuento es un mundo en desorden, por lo que se podía suponer que había sido pasto de aplicación simultánea de las teorías del clavo y de la mariposa. Para que el lector no tenga que utilizar la imaginación, que es aconsejable la reserve para otros momentos, basta con que mire a su alrededor.

En consecuencia del desorden imperante, los habitantes no perdían ocasión, tanto a escala doméstica como a nivel global, de enzarzarse en peleas y discrepancias por cualquier motivo, desde un quítame allá esas pajas a yo lo vi primero. Por supuesto, los motivos variaban según las zonas de la Tierra, las etnias, las castas, las naciones o los intereses particulares o generales. Lo que era común a todos eran las ganas de pelear.

Quiso la casualidad que, en vísperas del solsticio de invierno, una niña de diez años, que vivía en un poblado del centro de Africa, mientras volvía a la choza con un cántaro de agua sobre la cabeza, tuvo una revelación y, como resultado, tomó una decisión que no le correspondía. La pequeña se llamaba Maisha Niara, que significa en swahili Vida con Máximas Aspiraciones. Por cierto que era la única persona de la tribu que tenía dos nombres, pero, cuando murió al poco de nacer su hermana gemela, Maisha, como consecuencia de una patada de una cabra, su padre decidió que se llamaría así en adelante.

Maisha Niara había tenido mucha suerte. A pocos kilómetros de su poblado había una escuela y, desde que aprendió que había garabatos con significados, le encantaba escribir. Se pasaba mucho tiempo imaginando historias que podían suceder de verdad.

Después de dejar el cántaro a la sombra, la niña, tomó un bolígrafo y una hoja del calendario de hace tres o cuatro años que colgaba de una pared de la choza, y escribió, con su letra menuda y líneas bastante rectas, una carta dirigida al Presidente del país más importante de la Tierra.

Al día siguiente, apenas llegó a la escuela, le pidió a su maestra que le tradujera la carta al inglés.

-¿Una carta al Presidente más importante de la Tierra? -le preguntó, curiosa, la profesora a la niña.- ¿Qué puede decirle a una persona de ese rango, una niña de un poblado perdido en el corazón de África?.

Maisha Niara no contestó, sino que le repitió, por favor, que la leyera y, si le parecía bien, que la tradujera al inglés, la copiara en un papel lo más limpio posible, la metiera en un sobre con los sellos que fueran necesarios y se la entregara al buhonero que venía los jueves al pueblo con vituallas y conservas de salazón y pescado, para que le diera el curso conveniente.

La maestra leyó en voz alta, luego de ordenar a todos los niños, incluso los mayores, que se sentaran alrededor.

«Querido Presidente del país más importante de la Tierra: Me llamo Maisha Niara y vivo en África. No pude verte por la televisión porque en mi poblado no tenemos electricidad, pero me dijeron que tienes cara de buena persona. Soy una niña de diez años y estudio mucho porque me han dicho que es la forma de tener futuro. Verás, he pensado que como tú tienes tanto trabajo con cosas muy urgentes no debes tener nada tiempo para pensar en el futuro de los niños como yo. Cuando yo tenga treinta años, tú serás un anciano achacoso o te habrás muerto, y si la gente como tú, preocupada por solucionar el presente, no ha tenido tiempo para crear nuestro futuro, nos encontraremos con que no existe cuando lleguemos a él. Por eso, se me ha ocurrido que si todos los habitantes de la Tierra dedicásemos, por ejemplo, diez minutos cada día para hacer un poco del trabajo de otra persona, sin dejar por ello de hacer el que nos corresponde, tendríamos todos los días cien mil millones de minutos libres que te podíamos dar para que tú los distribuyeras de la mejor manera posible. A mí se me ocurren algunas cosas que podría hacer, pero creo que es mejor que te envíe un vale por mis diez minutos, para que, si te parece, pidas a todo el mundo que te envíe también un vale por diez minutos y, cuando los tengas todos, ordenes a cada uno que haga en ellos lo que te parezca mejor, y así también tú tendrás mucho más tiempo para pensar en el futuro de los niños.
No se me ocurre nada más. Te mando un beso desde el corazón de África. Disculpa las manchas de la carta, pero mi hermano ha tirado la papilla cuando estaba escribiéndola».

-Eso último puedes quitarlo, dijo Maisha Niara.

Cuando el buhonero recogió la carta que iba dirigida al Presidente del País más importante del mundo, prometió darle el curso que correspondía. Pasaron los días, y en el poblado, una niña espera, ansiosa, la llegada del cartero.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Africa, carta, clavo, corazón, cuento de invierno, efecto, escuela, importante, inglés, Maisha Niara, mariposa, máximas aspiraciones, minutos, país, poblado, presidente, proverbio chino, swahili, tribu, vale, vida

El Informe Barquisimeto (9): Gestión de la propiedad

11 abril, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Si se atiende a la cuestión de separar los tipos de propiedad distinguiendo entre aquellos bienes que proporcionan un disfrute inmediato de los que, por tener una vida útil muy superior a la de la humana naturaleza o, aún mejor, resultar imperecederos, debemos referirnos a la importancia de la presencia (o ausencia) de la creencia respecto a la prolongación de la existencia después de la muerte, y su significado.

No entra en discusión, puesto que este es un informe realizado por científicos, que no existe prueba alguna en contra de que todos los seres provistos de vida -sea cual sea su forma de manifestación- y, entre ellos, los humanos, desaparecerán para siempre, reducidos a masas rápidamente putrescibles, cuando  sus organismos pierdan la capacidad para transformar en energía, con finalidad más o menos coordinada,  las materias que les servían de alimentación a sus máquinas térmicas.

Por eso, para quienes comprendieron, por su superior inteligencia, y desde los primeros tiempos, que era posible aprovechar pragmáticamente esas energías, la coordinación de las actividades de sus congéneres vivos pasó a ser un objetivo primordial. Ese propósito, no sin indefiniciones y altibajos, se encuentra concretado, en las sociedades más activas, desde hace casi 25 siglos, en oriente y, de forma mucho más tardía, -en general a partir del siglo XVIII e incluso posteriormente-, en occidente, en dos sistemas de acción y tratamiento sobre el acceso y la posterior gestión de la propiedad más importante: la tierra.

Aunque la actuación sobre la forma de pensar del individuo y la acumulación de deseos y propósitos inocentes o inútiles sobre su actividad cerebral es muy importante, resulta inevitable -salvo en los más estúpidos- que quienes vivan en un momento determinado tomen una decisión, que ha de serles crucial, respecto a si buscarán el máximo placer propio mientras se mantengan vivos, o se subordinarán a algún interés colectivo, reconociendo que la satisfacción de objetivos generales ha de ser más importante que atender a deseos o criterios personales.

Conforme con lo enunciado aquí, los grupos de acción que se afanan en la actualidad por conseguir el pleno control socioeconómico del mundo, independientemente del sistema elegido para alcanzar ese fin, se concentran, en la acumulación de la propiedad de la tierra. No renunciarán a ningún método para ello, aunque se han dulcificado algo las estrategias, ya que es cada vez más raro que se realice por la fuerza (invasiones, guerras, apropiaciones violentas de todo tipo).

En la economía del mercado, el precio (que no el valor) de la tierra se ha vinculado tradicionalmente a la producción agraria que, a su vez, está muy relacionado con la disponibilidad de agua.

Así fue durante siglos, hasta que los controladores del sistema movilizaron el interés por la tierra, elevando el precio a niveles terribles, convenciendo a la población de que la tierra no arable era mucho más valiosa, si en ella se pudieran edificar construcciones para vivienda. En consecuencia, los precios de tierra urbanizable multiplicaron, en las últimas décadas, el precio de la tierra agrícola, provocando una grandiosa burbuja especulativa, y, no de forma fortuita, sino consecuente, el campo sufrió un progresivo abandono.

Esta evolución en los precios ha favorecido, ligada a otras razones, que algunas fortunas pudieran adquirir a precios irrisorios grandes extensiones de tierra agrícola, para dedicarlo, transitoriamente, a cubrir sus aficiones cinegéticas o, simplemente, dejarlos como terrenos baldíos o inactivos por un tiempo. En Sudamérica y Africa, en especial, terrenos inmensos han sido adquiridos por nuevos propietarios, a menudo anónimos.

Para quienes pretenden controlar la Tierra desde la fórmula de la economía centralizada, la actuación ha sido especialmente inteligente: se han mantenido al campesinado en posesión de pequeñas parcelas que garantizan, con su trabajo, una vida miserable pero suficiente, en tanto que se ha copiado o inventado el esquema de acaparamiento de  latifundios en manos de los fieles al sistema de control.

(continúa)

Publicado en: Economía, Internacional, Política, Sociedad Etiquetado como: Africa, agua, Asia, economía centralizada, economía de mercado, latifundios, propiedad, terreno urbano, tierra, tierra agrícola, urbanizable

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