Al socaire

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Cuento de primavera: La rueda

14 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Las historias más entretenidas son aquellas que hablan de amor y lujo, por supuesto. Todos los cuentistas lo saben. Como donde hay amor, florecen la envidia y el odio, y como el lujo se sustenta necesariamente en la escasez y la pobreza, un relato que se precie de realista debe combinar todos esos elementos.

Lo que no es aceptable, siguiendo las normas del buen gusto literario es que, al final, en ese momento en el que se reparten los premios y los castigos a los personajes de la obra, el autor condecorara a los peores, liberara a los asesinos, hiciera amados a los adúlteros, ensalzara a los aviesos, o destinara a gozar en su penuria a los miserables.

Advierto, pues, que esta obra va del revés. A la rueda de fortunas, acaeceres, simplezas y desgracias en la que se generan las vidas de los humanos, le basta con entregar a la publicidad un único ejemplar de cada vez: el nuestro. Y, por las muestras, el principio, el medio y el final, le traen sin cuidado.

Godofrit AlDaminante era jeque, emir o jerifalte de un país muy reducido. Con una tradición de mercachifles en lanas de cachemir y sedas de gusano, todas de regular calidad, ese feudo miserable se había transformado en una factoría de hacer riqueza, gracias a haberse descubierto, en el curso de la preparación de unas prospecciones petroleras, que en los terrenos de aluvión de lo que había sido el cauce del río Kaá, hoy un secarral, existía un depósito de torianita.

Tirando de aquel hilo, se encontró una descomunal madeja rocosa que garantizaba unos royalties tan jugosos que la renta per cápita del país se situó entre las más altas del globo.

AlDaminante tenía todo cuanto se puede desear en este mundo: casas lujosas en múltiples lugares, desde París a Putingrado, manjares deliciosos, incluso a contraépoca y natura, mujeres cariñosas de las que gozar y de todas las razas y pareceres. Tenía, por complementos, un ánimo tan laso como disoluto, adornando una salud aún aceptable.

De todo ello, se debe reconocer, usaba con mesura.

No era, sin embargo, completamente feliz. Su hijo mayor, apodado Godín, y que llevaba sus mismos nombre y apellido, el llamado a heredar el poder total en aquel árido conglomerado generador de riquezas, era un indolente.

-¿Para qué debo preocuparme? -le espetaba a su padre, el desvergonzado, dilapidando a manos llenas, en gozos, sombras y caprichos, cuanto tenía a su disposición-. Nada me falta ni faltará. A tu muerte, tendré todo lo que se puede desear y, aunque viva doscientos años, no seré capaz de gastarme toda la fortuna que heredaré, por lo que todo el mundo me fía con la promesa de que le recompensaré mañana.

Godofrit senior se desesperaba. El hijo no había conseguido terminar los estudios de Economía Universal, a pesar de haber contado con los mejores maestros particulares y del soborno a un par de profesores y la amenaza de dejar castrados a otros tres. No se interesaba por ningún negocio que no fuera de naipes, ruleta o dados. Y, para añadidos, carecía de interés por cuanto no le pudiera pasar por algún sentido, con tal de que le proporcionara goces, placeres o esa relajación viciosa de quien está siendo o ha sido maltratado y sabe que es mentirijilla.

-No quiero dejar a mi hijo expuesto a su simpleza -comentaba el padre con uno de sus consejeros áulicos-. Quiero convertirlo en alguien respetable, en un ser que sea venerado, ya que no por su inteligencia, ni por su destreza, ni por su carácter, que lo sea por haber inventado algo que sea imprescindible para el bienestar de sus súbditos.

-Eso está bien pensado, oh, señor. Pero, ¿qué podrá ser? -le contestaba el sabio, que había sido cabrero en su niñez y, en el tiempo libre, había estudiado los libros sagrados y ahora veía mucha televisión-.Todo está inventado ya. Los científicos de los países más desarrollados han resuelto todo lo que se podría necesitar y no se detienen en proponer cada día, miles de nuevas invenciones, que sustituyen, con éxito a las antiguas.

-Arréglate como puedas -le cortó el jeque-. Mi hijo ha de ser querido por haber resuelto un problema fundamental. Inventa lo que sea. Para estimularte en tu creatividad, que se que es mucha, te doy diez días. Si al cabo de ellos, no me haces una propuesta convincente, te haré cortar la cabeza y daré tu cerebro a mis mastines.

El pobre consejero se quedó pálido. No tenía mucha formación. No sabía de ciencias ni de leyes. Estuvo nueve días y sus noches dándole vueltas al problema. Consultó con los astros, con las tabas, con la sangre de los carneros. Con su mujer. El tiempo pasaba, y no se veía sino con la cabeza hueca enhiesta en un palo y los restos del cerebro en el estómago de los cánidos del tirano.

Al décimo día, cuando iba al Palacio para responder de su inútil meditación ante el jeque, en un carrito empujado por un miembro de la casta más ínfima, tuvo una idea descabellada.

Godofrit senior se quedó estupefacto cuando oyó la propuesta.

-¿La rueda? ¿Inventar la rueda? ¿Quieres que mi hijo vuelva a inventar la rueda? -estaba a punto de estallar de cólera- ¡No he oído tamaña tontería en toda mi vida!

-No te desesperes, señor. -argumentó, con calma, el consejero áulico-. Se trata, ante todo, de retirar de las calles, de los palacios, de las casas, todo lo que sea redondo, todo lo que se parezca, incluso, lejanamente, a una rueda. Perseguiremos a cuantos guarden en sus casas rodetes, cilindros, timones, cajas circulares, roscas, tornos, etc. Hagamos desaparecer todas las ruedas y sus semejantes de este país, cerrando las fronteras a cualquier entrada de ruedas, o elementos con ruedas. Tú mismo, como modelo superior a seguir, utilizarás solo cosas cuadradas, rectangulares, punzantes, con aristas picudas.

Godofrit escuchaba con atención. El consejero seguía.

-Dentro de cinco años, que es el tiempo en que la memoria humana se renueva, nadie recordará lo que es una rueda. Se habrá perdido toda huella, el menor vestigio sobre este elemento, hoy imprescindible. Y entonces, Godín, reaparecerá en escena, y reinventará la rueda.

A Godofrit le gustó la idea, y la pusieron en práctica.

FIN

 

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Cuento de primavera: Una celebración singular

1 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

En el reino de Valgamediós se celebraba la Fiesta del Trabajo. Había sido una conmemoración muy importante, equivalente a la del día de la Inmaculada, el Corpus o el Jueves Santo. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, esas fiestas seguían siendo motivo de jolgorios, aunque ya nadie recordaba el motivo.

Especialmente curioso era la situación generada en relación con esa Fiesta del Trabajo. Se la llamaba así porque, de acuerdo con la costumbre ancestral, se exaltaba el hecho -aunque surgían dudas acerca de su verdadera existencia histórica- del día, perdido en la memoria colectiva, en que a todos los valgamediosinos en edad de trabajar, y con ganas de hacerlo, les había sido posible encontrar un puesto de trabajo «digno, adecuado a su formación y sus necesidades».

Ese logro se atribuía a siglos de lucha sindical, durante los cuales, según rezaba el imaginario, se había estado presionado con contundencia, unidad y juego de cintura, a la «clase empresarial». Se presentó, durante muchos años, como demostración de la fuerza, el poder y la efectividad que conseguían quienes dependían de su trabajo para poder vivir, si estaban unidos.

¿Frente a quién?. El dilema parecía resuelto. La inmensa mayoría debería defender sus intereses (trabajo a cambio de remuneración, remuneración a cambio de bienestar) frente a un grupo minúsculo, pero potentísimo, formado por los empresarios, también conocidos como  capitalistas, a los que solo preocupaba la obtención del máximo beneficio, mezquino objetivo en el que estaban auxiliados por algunos de los más listos y capacitados, que habían estudiado en centros de formación y sectas misteriosas cómo conseguirlo.

Si bien muchos habitantes de Valgamediós no conocían los orígenes de lo que celebraban, lo más preocupante ya no era eso. Tenían un grave problema: no había, prácticamente, trabajo. Tal vez algunos creían que si se trataba de un dios, Trabajo volvería si lo invocaban con fuerza.

¿Cómo se había llegado a esta situación? Al principio, evolucionó suavemente. Durante algunos años, las mejoras tecnológicas fueron reduciendo sustancialmente la cantidad de trabajo disponible; las máquinas venían a reforzar el trabajo de operarios y oficinistas, que se sintieron muy satisfechos porque su actividad era más descansada y de mayor calidad.

De pronto, un día, miles y miles de valgamediosinos se encontraron con que fueron despedidos. Las máquinas y los que se encargaban de su correcto funcionamiento -que eran muy pocos- ocuparon su sitio, y a ellos se les consideró amortizados.

-No hay problema -se les tranquilizó, de forma anónima- os facilitaremos conseguir otra formación y os seguiremos pagando algún tiempo.

Así fue como muchos aprendieron a ser cocineros, camareros, peluqueros, modistos, programadores y delineantes de chichas y nabos, etc. Algunos se hicieron emprendedores con el dinero que habían recibido como indemnización

Demasiado tarde, advirtieron que esas tareas, que se consideraban «auxiliares», eran pan para hoy y hambre para mañana. Muchas de ellas, además, habían sido declaradas anteriormente indignas y abandonadas en manos de inmigrantes, mujeres y desnortados, como las de cuidar ancianos, atender a infantes, limpiar cacas y cristales, pasear al perro y a la abuela, etc.-

Para los que habían abierto una peluquería, pronto resultó evidente que la competencia era feroz y que el negocio no existía.

Las actividades denominadas «cualificadas» exigían, por otra parte, una especialización y formación continua y, además, al crecer la oferta, por la ley de la demanda, su remuneración disminuía.  Había que estar poniéndose continuamente al día para entender el manejo de los equipos, máquinas y programas que mentes privilegiadas de países donde se concentraban las mejores Universidades e Institutos Tecnológicos, estaban desarrollando sin parar.

Muchos fueron los que sucumbieron, física y mentalmente: por desánimo, por desorientación, por ignorancia, por despecho. Las causas fueron tan variadas, que resultaba imposible enumerarlas a todas.

Los debates para analizar posibles soluciones no daban el resultado apetecido, pero proporcionaban una visión sociológica muy interesante.

-No puedo más. He aprendido ya catorce lenguajes informáticos, asistido a diez cursos de robótica, y ampliado mi formación con tres diplomas de gestión óptima de recursos físicos, y me he vuelto a quedar sin empleo. Me dicen siempre oficialmente que mi puesto está amortizado y que tengo que reconvertirme-comentaba, en la reunión semanal de Intercomunicación de Perspectivas con Propósitos Permanentes de Encontrar Soluciones Proactivas y Protopragmáticas (IPPESPP), una mujer de treinta y tres años, que se había presentado a los asistentes como madre soltera de un bebé de cuatro meses.

-Mi caso es peor -hablaba un hombre de cuarenta y siete años, divorciado, ingeniero nuclear, que expresó haber estado residiendo los últimos cuatro años en Ghuanzou, en la China meridional-. Me quedé sin trabajo, junto con todo mi equipo, porque la multinacional que me empleaba estima ahora que los ingenieros locales, a los que yo formé, pueden hacer lo mismo o mejor, pero con la mitad del salario. Y no tengo derecho a subsidio de paro, porque la empresa dejó de pagar la contribución que correspondía.

-Nada de lo vuestro es comparable a lo mío -se levantó el que, aunque confesó tener sesenta y siete años, aparentaba casi ochenta-. No tengo pensión.  Recibo treinta vales de pan, dos kilos de sardinilla y sesenta frascos de cola azucarada de una institución benéfica. La residencia geriátrica en la que está mi mujer, enferma de Alzheimer, carece de servicio regular de agua y su ocupación es del 300 por ciento. Cultivo de tapadillo patatas, acelgas y zanahorias en una parcela del parque del Mediodía, y recojo restos de comida de los contenedores de basura. Perdonadme si hiero vuestra sensibilidad, pero desearía morirme -concluyó.

-¿A qué te dedicabas? -preguntó uno de los asistentes, que llevaba un libro de poemas de Rainer Marie Rilke en una mano.

-La pregunta importante no es esa -le contestó el anciano-, sino ¿para qué estamos haciendo todo esto?

A unas cuantas decenas de metros de allí, los representantes sindicales de Valgamediós habían conseguido reunir a algunos cientos de personas, y repetían, con voces tonantes, el mismo discurso que los años anteriores. Había banderolas de colorines, y varias pancartas con leyendas en las que podía leerse: «Agrupación Sindical Renovada de Carbuncos de Abajo», «Sindicalistas por la Unidad Definitiva» y «Parados del Mundo, jodéos» (Esta última había sido retirada por la organización).

-Hemos hablado con la clase empresarial y nos ha prometido que es probable que no haya más reducciones de puestos de trabajo, o que las que sea forzoso realizar, debido a la coyuntura, sean de empresas en donde no haya miembros de los sindicatos mayoritarios. Podemos afirmar rotundamente que tenemos garantizado nuestros puestos de trabajo. No debemos temer que la crisis nos afecte a nosotros. Incluso estamos negociando un acuerdo específico para conservación indefinida de los derechos de los representantes sindicales.

Una mujer que estaba siguiendo desde una terracita el despliegue de discursos y banderas, gritó, y su pregunta resonó, hecha ecos, en la plaza:

-¿Para qué estamos haciendo todo esto?

No había, como quedó escrito, muchos empresarios en Valgamediós. Era muy difícil organizar una actividad partiendo de cero, y las posibilidades de perder el dinero y el trabajo resultaban tan altas, que muy pocos valgamediosinos se habían atrevido a crear una empresa propia.

Si lo hacían, no importa se tratara de un bar, una mercería, una peluquería o un taller de artesanía local, desde ese mismo momento, pasaban a ser considerados capitalistas por los demás, y, como en un acto reflejo, no dudaban en ponerles todo tipo de zancadillas, para hundirles lo que llamaban «el negocio»: compraban los productos que aquellos ofrecían en las grandes cadenas, o en comercios orientales o los recuperaban del armario de la abuela, alegando que eran de mejor calidad, más atractivos o más baratos, o la excusa que se les ocurriera de repente.

No todo era negativo: había jóvenes que habían conseguido, gracias a su creatividad e ingenio, inventar algo. Se les podía ver, con su mercancía expuesta a la luz del sol, en el Valle de los Inventores, esperando que acudiera algún comprador, como quien vende baratijas. Cuando llegaba la noche, muchos se emborrachaban y, con la fuerza del alcohol y de los dopantes, seguían creando y alimentando ilusiones.

A la entrada del Valle de los Inventores, alguien había colocado una cinta con esta leyenda:

Why are we doing all these things?

Los propietarios de los grupos multinacionales, integrantes del cártel Biggest World Tycons (BWT) se encontraban celebrando también el Día del Trabajo en un lugar no determinado de un paraíso fiscal.

-Levanto mi copa -expresó, al final de la comida anual, su Presidente, Theo Lattim, con evidente satisfacción- porque los próximos años sigan en este camino emprendido, ya imparable, de incremento exponencial de beneficios. Estamos a punto de conseguir que la mano de obra se haya reducido a carácter testimonial en los países antes desarrollados, ahora concentrados en el consumo. Conseguiremos captar todos sus ahorros y los seguiremos invirtiendo en crear empresas en los países emergentes, donde sus trabajadores son dóciles a pesar de sus bajos salarios.

Resultó un momento desagradable para la concurrencia, -que su hija, Patricia Kolomoski, atribuyó a la mezcla explosiva de senectud y alcohol- cuando su padre, que seguía siendo presidente honorario de un imperio comercial que extendía sus redes por toda Africa, Asia centroccidental, Estados Reunidos Americanos y Restos Nucleares de la Vieja Europa, se levantó de su silla, tambaleante, vertió el contenido de su copa sobre el impoluto mantel, y preguntó en voz alta:

-¿Sabe alguno de Vds. para qué hacemos todo esto?

La Fiesta del Trabajo siguió celebrándose un año más.

FIN

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Cuento de primavera: El quark de la felicidad

17 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En ese lugar de la fantasía que solo se encuentra en los cuentos, se habían congregado varios miles de seres de variadas procedencias y naturalezas, atraídos por un tema sustancial pero escurridizo: Analizar la esencia de la felicidad.

Los conferenciantes que habían anunciado ponencias en esa especie de Congreso Universal de la Satisfacción eran, casi todos, conocidos y apreciados por su dominio de la cuestión.

Allí estaba El príncipe feliz, proveniente de las gélidas tierras rusas, deseoso de explicar que la felicidad no se debe valorar con la medida de cómo te ven los demás, sino  cómo te sientes tú mismo, y, en consecuencia, presentar el camino que, gracias a haber realizado obras de caridad con sus semejantes, repartiendo lo poco que tenía, acabó dotándole de un gran corazón,  indestructible, a pesar de ser una estatua de metal y haber tenido que utilizar a una golondrina como su mensajero, a la que mató con tanto ir y venir.

Por supuesto, entre los de mayor poder de convocatoria, estaba el hombre que no tenía camisa -en verdad, habría que precisar «que no la había tenido», pues gracias a su habilidad para contar una y otra vez su historia, y el dinero que obtuvo de ella, ahora se cubría con trajes de prestigiosos sastres y camisillas de fina seda-. Su defensa de que la felicidad consiste en estar satisfecho con lo que se tiene, sin añorar nada, era un clásico que se estudiaba en las escuelas de formación empresarial y en las de religión asistida.

¿Cómo iba a faltar «la ratita presumida»? Bajo ese seudónimo se escondía una damita de los arrabales, vestida pobremente pero limpia a más no poder, que había ejercido de criada en una casa de alcurnia, conocedora de varios cuplés y otras canciones muy pegadizas, que entonaba con discutible calidad mientras hacia las labores del hogar ajeno, las cuales hacía con dedicación y primor inigualables. Ella contaría al auditorio cómo también se puede ser inmensamente feliz cuando se consigue hacer refulgir las bandejas de plata, los suelos de la cocina y los cacharros de freir, como los chorros del oro.

No quiero ser exhaustivo, ni puedo. Estaban allí El gato con botas, El sastrecillo valiente, La bella durmiente y varios Príncipes encantados (y mucho), quienes estaban por la labor de defender que hay que ser feliz con lo que se tiene, sobre todo, si son cosas relacionadas con el bien comer y gozar, o se puede cambiar por ellas.

Cuando comenzó la Asamblea, amenizada, -mientras el público ocupaba sus asientos en la explanada adecuada al efecto, bajo un sol algo fuerte-, por varios conjuntos musicales que interpretaban diferentes versiones del Himno a la Alegría, Soy feliz porque el mundo me ha hecho así y Macarena, tomó la palabra el Presidente Honorario de la Asociación de Felices Mundiales, P.C. (1)

-Se ha dicho muchas veces -comenzó su alocución- que «la felicidad no consiste en lo que se tiene, sino en lo que se tuvo, y, posiblemente, en lo que se tendrá». Aquí escucharemos ejemplos de todas esas opciones. -dijo, guiñando un ojo a La lechera del cuento, de la que estaba secretamente prendado, pues tenía querencia hacia las sonrosadas turgencias-

-Mi caso desmiente esta frase, que es, desde luego, muy aparente, pero puramente literaria y, por tanto, carente de fundamento científico. -prosiguió-. Yo soy feliz con lo que no tengo, como lo era el publicano de los Evangelios; me hace muy feliz, en concreto, ver la desgracia de algunos de los que me rodean, y comprobar que yo no soy como ellos, no tengo enfermedades, no soy feo, no me pone los cuernos mi mujer, no me han despedido, no…».

La multitud gritaba, enardecida por las drogas y el alcohol ingeridos, que habían circulado gratis desde horas antes.

-¡Eso, eso! -se oía corear- ¡Dános ejemplos de quienes lo están pasando peor, para que nos sintamos mejor!

-No quiero adelantar conclusiones -prosiguió el orador, quien, seguramente, había oído el griterío-. Pero las últimas conclusiones científicas sobre las razones de la felicidad, apuntan a que esa entidad no es incorpórea o inmaterial, como se creía, sino que es corpuscular, y está formada por pequeñas partículas, de tamaño submicroscópico, que se encuentran preferentemente en algunas zonas del espacio, y que se multiplican febrilmente en ciertas circunstancias favorables, especialmente en nuestro cerebro humano. La felicidad se transmite, como la luz, a velocidades fantásticas por todo el cuerpo, produciendo un estado de excitación o entontecimiento que no tiene que ver con lo logrado: pongo el ejemplo de haber conseguido liberarse de lo que nos causa estreñimiento…

Era de ver cómo las gentes sorbían aquellas palabras, en especial, los de las primeras filas, que eran los únicos que las oían con claridad, pues la acústica dejaba mucho que desear.

-Entre esas circunstancias, cabe destacar…

En ese momento, varias explosiones provocaron el pánico entre la multitud, que se dispersó a la carrera en todas las direcciones (salvo la vertical). Aunque desde la organización se reclamó calma a voz en grito, fueron muchos los que se dirigieron a la estampida hacia los vehículos en los que habían acudido a la convocatoria, y se volvieron cagando leches por donde habían venido.

En el suelo, muy malheridos, quedaron algunos de los ponentes de la sesión, afectados por la metralla.

Quizá el peor parado fue El masoquista de Fuentetuna, que no paraba de reírse mientras se moría, desangrado.

FIN

(1) No se sabe exactamente que significan las siglas P.C.; se ha especulado mucho; el Partido Comunista ha negado, en una nota oficial redactada en tono bastante agrio, que se refiera a ellos; son ya muchos los que creen que las siglas responden a las iniciales de «por cojones», lo que no sería demasiado sorprendente.

 

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Cuento de primavera: La orden de la Vejiga y el castigo del perjuro

15 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Una de las órdenes caballerescas más antiguas, incluso más que la de la Liga y el Pellejo (conocidas vulgarmente como la de La Jarretera y el Vellocino dorado) es la de La Vejiga.

Esta prestigiosa cofradía, fundada en el siglo III d.C. por el jefe de la tribu de los Upemba, que se había instalado en lo que es actualmente la provincia de Katanga, surgió de manera fortuita. Cuenta la leyenda que el cacique Sotán Kalamú, apremiado por una urgente necesidad de orinar, mientras se estaba celebrando una espléndida ceremonia sacrificial -quince jóvenes vírgenes estaban siendo ofrecidas al dios del desierto, supuesto padre de aquél-, y no queriendo abandonar el sitial en el que estaba, por no dar a conocer a sus súbditos su origen humano, se meó por encima.

Resultó, sin embargo, que, hábil con las palabras, convenció a los próximos que aquellas aguas naturales, por intercesión de las alturas, se habían transformado en un estampado de colores sobre sus calzones principescos, adquiriendo fragancias que él mismo definió, incluso, como embriagadoras.

Ante tamaña actuación sobrenatural, Sotán Kalamú se decidió a montar la orden de la Vejiga Henchida (Después se perdió el adjetivo, difícil de pronunciar y hasta de entender en el dialecto local). Los requisitos para entrar en ella eran descomunales. Solamente podían permanecer a esta orden aquellos guerreros que hubieran demostrado capacidad de sobrevivir después de haber sido arrojados a una sima sita en la comarca -conocida hoy como la Gruta de los Desaparecidos- o, en su defecto, aquellos a los que a Kalamú le diese la real gana de nombrarlos miembros.

En realidad, nadie pudo entrar por la primera vía, a pesar de que muchos lo intentaron.

Pertenecen en la actualidad a esta orden de la Vejiga, cuyo Gran Maestre es el dictador Gustón Pachanga, solamente veintidós mandatarios mundiales, todos ellos sátrapas, déspotas o dictadores reconocidos por el orden mundial, a los que Pachanga concede tal distinción, en una ceremonia muy vistosa, en la que se les entrega la insignia característica, con forma de globo de oro y pedrería, de la que penden dos hilos de finísima hechura plateresca, simulando los uréteres del fundador.

La orden de la Vejiga mereció recientemente atención mediática, debido al castigo propiciado a uno de sus miembros, que había cometido el terrible acto de faltar al juramento prestado, incurriendo, pues, en el deshonor del perjurio. Porque los guerreros de la orden deben, en el momento de ser distinguidos con el globo henchido de los filamentos argénteos, jurar ante el dios del desierto que se protegerán sin fisuras en todas sus felonías y desmanes, disimulándolos con inmediatez, tal como hizo el gran Kalamú con sus naturales fluencias, ocultando a los demás mortales y, sobre todo, a sus leales súbditos, su condición de iguales en lo físico y su morbosa afición al latrocinio y a la corrupción en lo tocante a los dineros y bienes públicos.

Pues bien: El Gran Sultán del País de Chochonia, país que ocupa el penúltimo lugar en las rentas per cápita -contando hombres y ganados-, cuando estaba veraneando con su séquito en la Costa Blue, fue conducido con añagazas ante el Tribunal de la Justicia Incontrovertible Internacional (renovada), que dirige el ex-juez español Maese Pedro del Canto del Cisne Pérez, con sede en La Calla. Allí admitió haber mentido a sus súbditos, y que, en realidad, ni era hijo de un dios ni nada parecido, si bien no se le pudo juzgar ya que este comportamiento no está reconocido como infracción por los países firmantes del Convenio de La Calla.

En la actualidad, el ex Gran Sultán de Chochonia reside en Suiza y, al parecer, ha entregado una ínfima parte de sus posesiones en Chochonia a la ONG para el Desarrollo Lento de Africa (Africa´s Smooth Development Non Profit Organitation), dirigida desde Peijing por un grupo budista.

El Sanedrín, Capítulo o Concilio de los cofrades vejigueros, lamentando la traición al juramento del ex Gran Sultán de Chochonia.  le ha condenado a devolver la medalla que le acredita como miembro de la Cofradía. Este es el mayor castigo que se puede imponer a un perjuro, según las normas internas de la Vejiga. Lamentablemente, se ha negado hasta ahora a cumplir la terrible sanción, que suele seguir luciendo en la pechera.

FIN

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Cuento de primavera: Trascendente y Trascendido

13 abril, 2014 By amarias 2 comentarios

Se parecían como dos gotas de agua, hasta el punto que, observados de lejos, se podían tomar por fotocopia el uno del otro. No eran, sin embargo hermanos gemelos, ni siquiera familia, al menos, que se supiera oficialmente.

Si en el aspecto exterior resultaban idénticos, en el carácter, es decir, en lo que corresponde al interior de su naturaleza, eran tan distintos como pudieran serlo los huevos de las castañas.

Trascendente era un optimista crónico, de ese tipo de personas que no solo ven los vasos medio llenos cuando  se han bebido la mitad, sino que los ven llenos del todo para entregárselos al siguiente. A resultas de aplicar, una y otra vez, esa actitud, se había forjado una estructura mental muy suficiente, confiada y tenaz. Estaba continuamente imaginando proyectos, modelos, intenciones, que imponía a los demás.

Trascendido era, por el contrario, un pesimista fastidioso, de esos que siempre descubren en las cosas su lado peor y, encima, tienen razón, por lo que levantan la sospecha de que son gafes, despiertan mal fario, y se les atribuye la facultad de atraer la desgracia como los pararrayos a las urracas. Por razón de esa repetida manera de entender el mundo, había acabado tomando la decisión de que lo mejor que podía hacer era estarse quietecito, aguantar los chaparrones y aprovecharse de lo que había, sin aventurarse en tierras inhóspitas. Guardaba silencios, aprovechaba oportunidades, pero no creaba ninguna.

Para alguien que los viera por primera vez, la única característica que los diferenciaba era la forma en que se vestían. Trascendente iba a la última, encantado de llevar ropa de marca y de la más moderna tendencia: se podía decir de él, si es que la expresión tuviera un significado, que era un «it boy». Trascendido iba hecho un zaparrastroso, con la camisa, los pantalones y los zapatos tan raídos, que podría parecer que se los había encontrado en un contenedor de Humano o tirados en el aparcamiento de un recinto universitario el día después de un botellón masivo.

Seleccionados gracias a un concurso de televisión que trataba de confrontar a personas que se parecieran físicamente como hermanos gemelos, para que vivieran juntos durante un mes y contrastaran así sus diferencias de carácter para gozo de los teleespectadores, Trascendente y Trascendido se conocieron por primera vez en el mismo plató.

El presentador hizo, como corresponde a su profesión, las presentaciones:

-Hasta ahora, nunca antes en este programa, «¡Toma castaña!»que es, como Vds. saben, la versión española del éxito americano «Find your Alter Ego», nunca jamás, -enfatizó- habíamos presentado a dos tipos tan iguales.

-Aquí están -prosiguió- a mi diestra, Trascendente, y a mi siniestra, Trascendido. Nacidos a más de mil kilómetros de distancia uno del otro, educados en ambientes distintos, sin haberse conocido hasta ahora, van a convivir durante un mes en el desierto de Tutía, entre serpientes de cascabel y leones de cola negra. Aprenderán así a descubrir lo que les hace diferentes…si es que hay otras diferencias, además de lo que es evidente, que es su manera de vestir…Por cierto, irán desnudos, únicamente provistos de un utensilio, que podrán, eso sí, escoger a su voluntad.

El presentador no paraba de hablar, mientras la cámara reflejaba lo que estaban haciendo Trascendente y Trascendido. El segundo, papaba moscas; el primero, se movía en el asiento, preso de convulsiones nerviosas.

-Trascendente, ya lo ven los espectadores, a los que recuerdo que lo mejor para curarse las almorranas es la pomada Hemorroidina, es lo más parecido a un niño pijo crecido en el barrio rico de Bancherí y Trascendido, por lo mismo, tiene el aspecto de pertenecer a una banda dedicada al alunizaje que hubiera hecho un curso acelerado en la Escuela de la vida de Llavecas.

Mientras se difundían los habituales diez minutos de publicidad, Trascendente y Trascendido tuvieron ocasión de intercambiar unas palabras:

-¿Qué sabes hacer? -preguntó Trascendente, que era más rápido para la investigación.

-Nada -respondió, después de pensárselo un rato, Trascendido.

-Algo sabrás -matizó, prudente, Trascendente.

-Hago nada, pero de puta madre -fue la posterior matización.

-No me puedo creer, que siendo más o menos de mi edad, no te hayan enseñado a sacarle el máximo partido a las cosas -persistió Trascendido.

-¿Cómo que no les saco partido? -se enfadó el otro, molesto- Hasta aquí he llegado, y no me quejo.

-Yo tampoco me quejo. Solo que veo que todo se puede mejorar, y me empeño en encontrar el lado bueno.

-Yo no necesito plantearme lo que se pueda mejorar, simplemente, disfruto con lo que hay.

-Pero…eso implica que te aprovechas de lo que han creado otras personas como yo, que nos preocupamos por avanzar.

-Puede. Solo que si dedicas todo tu tiempo a trabajar en nuevas cosas, no tienes ni un minuto para disfrutarlas. La gente como yo, encontramos sentido a lo que hacéis, disfrutando con ello.

-Me resulta asqueroso que te aproveches de la voluntad de gentes activas como yo por mejorar el mundo. Es mezquino.

-Si no hubiera gentes como yo, vuestro trabajo no tendría sentido, sería inútil, por falta de destinatario.

-No tengo ninguna confianza en que me vayas a ser útil en el desierto al que nos mandan. ¿Por qué te apuntaste a este concurso?

-El que no tiene confianza ninguna, soy yo. No me apunté, me apuntaron.

-Eres un cretino.

-El cretino me pareces tú.

Estaban en ésas, cuando el presentador les advirtió que volvían a estar en antena, y les explicó las reglas del programa, que no eran muchas. Cuando tuvieron que decir qué desearían llevar al desierto, Trascendente pidió una escopeta de repetición con diez cajas de cartuchos de balines de gran calibre.

Trascendido pidió que le trajeran un sombrero para que no se le calentara mucho la cabeza.

FIN

 

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Cuento de primavera: La cigüeña partera

9 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

La inmensa mayoría de los niños de Valgamediós menores de tres años, creen a pies juntillas que los niños vienen de París, y que son traídos de allí por las cigüeñas. No existe, en la actualidad, prácticamente casi ningún adulto  que se crea tal patraña.

En los libros de texto dedicados a la educación sexual,  se explica que es imprescindible, para que se engendre una criatura nueva -en casi todo el mundo animal-, que dos seres de distinto sexo se apliquen a tal fin, realizando lo que se denomina enfáticamente  como»el acto sexual». Con todo, hay una parte relativamente importante de adultos valgamediosinos que imaginan que podría evitarse la concepción de futuros niños, sin faltar a la ejecución de la operación principal, realizando imaginativas modificaciones, algunas de las cuales (como el coitus interruptus) han recibido nombres foráneos y otras, como el uso del preservativo de punt0 lavable, no han merecido la gloria de la exportación.

Pues bien, para entender esta historia, es preciso creerse que, entre los cometidos vigentes de las cigüeñas, se encuentra todavía la de traer niños de París. Y es absolutamente imprescindible admitir, para seguir con el cuento, que una de esas cigüeñas carteras, cansada de realizar, una y otra vez, tal viaje -que puede ser largo y fatigoso, pues basta imaginar el esfuerzo de acercar a una criatura desde la ciudad francesa a Huelva-, decidió emanciparse de esa servidumbre tradicional, a la que venían dedicándose generaciones y generaciones de cigüeñas, y abrir una clínica particular.

Era un negocio claro. Lo publicitó, con rimbombancia, con estas palabras: «Diseño y Fabricación insistida de niños con ordenador». Y, en la propaganda que distribuyó, con hojas volanderas que lanzó desde el aire a los cuatro vientos, completaba la idea con este mensaje: «Evite escribir a París e innecesarias esperas o errores en el suministro. Solicite YA su descendencia al Laboratorio de la Cigüeña Partera (Doctorada en Calemania)». En la placa de entrada al local, puso incluso el cartel «Dr. Especialista en Nueva técnica Conceptual al margen de París», ocultando precisar que la cigüeña era únicamente Doctor en la Escuela de la Vida, y por correspondencia.

La cigüeña partera tenía, al margen de estudios, relativa experiencia. Había seguido un curso rápido en Pananá, con prácticas realizadas con algunos animales, vivos y muertos: rumiantes, gatos de angora, perros pequineses y ratas de alcantarilla. Con éxitos contantes y sonantes.

Para los interesados, era muy cómodo anunciar que se evitaba el viaje de la hembra humana a París, proporcionándole la semilla ya fertilizada o con posibilidad de añadir al huevo el reactivo fertilizante elegido según gustos (fresa, menta, picante, azúcar moreno, etc.). Es más, hasta se podía elegir el huevo puesto por otras hembras, ya fertilizado o por fertilizar.

Qué digo a los límites. Se podía elegir el sexo, el tipo de embrión, el momento exacto de la entrega del retoño, el sitio (clínica particular o domicilio), el embalado, y hasta se podía ejercer el derecho a devolución.

Las semillas y los embriones se guardaban en armarios en los que los frascos de material se conservaban a temperaturas suficientemente gélidas, por tiempo indefinido.

-Mira dónde te metes -le advirtió su madre, que era una cigüeña respetada, con el pico incluso algo curvo de tanto sostener las cestas en donde debía transportar las criaturas que entregaría, a su debido tiempo, a sus legítimos destinatarios.

-Está chupado -replicaba la cigüeña partera (título que se había dado a sí misma)-. He comprobado que la cosa funciona con otros animales, por lo que no veo problema alguno en aplicarlo a los humanos de Valgamediós, con lo que se ahorrarán tiempos de espera y fallos en la entrega. Será incluso posible que, sin conocer varón, una hembra obtenga el fruto deseado. Incluso en parejas estériles, con mi procedimiento, siempre les entregaré un niño, y todos los demás creerán que el retoño es suyo.

La cigüeña partera tenía un grave problema, y era de índole muy personal. Le gustaba excepcionalmente la bebida. Cuando se reunían varias aves de su calado, era ella siempre la que más líquido ingería, y no precisamente agua, sino otros brebajes de alto contenido alcohólico, lo que le proporcionaba pérdidas de memoria, además de un estado de exultación pasajera.

Empezó a ser normal encontrarse a la cigüeña partera agarrada a una farola cantando Valgamediós, Patria querida. Tampoco era raro, desde que su pareja la abandonó -e incluso, antes- verla entrar en locales llamados de placer, pagando porque le hicieran cosquillas bajo la cola, como método alternativo para liberar sus cavidades cloacales de la roña que se estaba formando en ellas.

En esos locales, organizaba escenas muy lastimosas, pegando al personal, negándose a pagar por los servicios o rompiendo material.

El negocio de la reproducción asistida estaba resultando muy bien. Un número creciente de valgamediosinos acudía a la consulta, que cada vez daba empleo a más gentes, todas de bata blanca y título de doctor en ciencias reproductivas, que concedía la cigüeña partera. La mayoría de los clientes resultaban satisfechos y pagaban cantidades muy altas, sin problemas; si se producía un fracaso de cualquier tipo, la cigüeña partera no dudaba en ocultarlo, utilizando diversos procedimientos.

Una noche, sin embargo, ocurrió que la cigüeña partera había bebido mucho, como era habitual, pero, tanto, tanto, que perdió la noción de dónde estaba. Se dirigió al local en donde se guardaban las distintas muestras de su negocio y, sin darse cuenta de lo que hacía, rompió varios de los frascos y los mezcló todos, cambiando las etiquetas de muchos. Se divirtió mucho mientras lo hacía, pero los efectos fueron desastrosos.

A la mañana siguiente, los empleados del negocio -urracas, cuervos, mirlos blancos, sabandijas, sapos parteros y patos mareados- se encontraron con el desaguisado. Probetas rotas, líquido desparramado, embriones danzando por ahí, los armarios de refrigeración abiertos y desordenados.

-¿Qué hacemos? Nuestros clientes nos cortarán el cuello cuando se enteren o nos castrarán con tijeras de podar -dijeron, casi a una, muy afligidos.

La cigüeña partera tuvo una idea, porque era, además de bastante impresentable, terriblemente imaginativa para la mentira.

-No hay más remedio que volver a llenar los frascos con lo que encontremos más a mano. Y no se nos ocurra decir a nadie lo que ha pasado.

Así hicieron. Llenaron los frascos de las más variadas maneras, volvieron a reconstruir las etiquetas, y a ninguno de los clientes confesaron lo que habían hecho para salir del paso. Los resultados no pasaron, sin embargo, desapercibidos: hubo papás blancos que tuvieron niños negros, y al revés; mamás que no resultaron embarazadas ni después de innúmeras intervenciones, todas ellas de pago; hubo malformaciones y abortos en número tal que la inspección valgamediosina, llamada al sitio por las cigüeñas que seguían trayendo los niños de París, levantó acta y cerró el negocio.

La cigüeña partera acabó sus días en un centro de desintoxicación. En el viejo local, ahora han puesto un comercio chino que vende  actualmente conejos, gatos y elefantes de la buena suerte, la que no siempre dan. Y las cigüeñas normales siguen trayendo a los niños de París, que es lo tradicional, lo seguro, lo de toda la vida. Las urracas, mirlos blancos, sabandijas, sapos parteros y patos mareados han pasado mayoritariamente a engrosar las cifras de desempleo o han ingresado en conventos de clausura. Algunos de ellos, sin que se encuentre la razón, se dedican al buzoneo de panfletos, otros realizan sesiones de imposición de manos a crédulos, diciéndose bienaventurados y no faltan dos o tres a los que se ha visto como distribuidores de pizzas y tortillas de patata congelada a los zoos de la periferia.

FIN

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Cuento de primavera: El loro y el catálogo

8 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Era una vez un loro gris con una habilidad especial: jugar al fútbol. Y lo hacía excepcionalmente bien.

Puede que no fuera el más inteligente de los loros,  aunque tampoco dispongo de estadísticas oficiales sobre los coeficientes intelectuales de estos animales -un grupo numerosísimo que abarca desde las cacatúas hasta  los guacamayos, pasando por los periquitos, pero puedo asegurar que, además de ser buen futbolista, no era feliz.

La causa de su desasosiego la tenía un catálogo. Estaba escrito en un idioma desconocido, aunque las fotografías eran por sí mismas tan expresivas que, con solo mirarlas, uno podía imaginarse fácilmente de qué iba la cosa.

En aquellas páginas impresas a todo color, que el sagaz logo gris había repasado una y otra vez, moviéndolas adelante y atrás con su pico curvo, había decenas de fotografías de loros y, entre ellas, de muchos loros grises africanos, como él. Todos aparecían en una misma pose, sonrientes, mostrando su cola roja brillante. Parecían estar diciendo o pensando: «aquí estoy yo, dichoso; ¿dónde estás tú, pobre diablo?.»

Al lado de cada una de esas aves de aspecto espléndido, había un balón y un número. Una cifra muy alta y que, sin posible error, correspondería a lo que cada uno de sus congéneres, habilidosos como él en el juego de pelota, afortunados en el reconocimiento de su destreza, estarían cobrando como artistas.

El loro se osesionó por culpa de aquel catálogo. No comía, ni bebía ni dormía. Le amargaba pensar que, mientras él apenas disponía de unas pipas de girasol y unos tímidos aplausos en el barrio, había decenas de loros grises, de papagayos de Papúa o caiques sudamericanos, que se estaban forrando las plumas con lo que ganaban.

Para abreviar la historia, diré que, después de un vuelo agotador, el loro gris llegó hasta una tremenda empalizada, formada con alambre de espino retorcido, que le impedía el paso. Es sabido que los loros, aunque excelentes voladores, no pueden levantar su vuelo por encima de unos metros, así que, por más que lo intentó -y los loros grises africanos son muy testarudos y tienen una capacidad saltarina incluso ligeramente superior a, por ejemplo, los pálidos yacos o las blancas cacatúas-, no consiguió más que herirse las patas.

Desalentado, pero no vencido, volvió unos cuantos cientos de metros sobre sus vuelos, recalando en un bosquete en donde se encontró, para su sorpresa, con centenares de loros grises africanos que, como él, había intentado traspasar aquella frontera de espino y parecían dispuestos a volver intentarlo, una y otra vez.

-¿Por qué estáis aquí? -les preguntó.

-Somos futbolistas y hemos visto en un catálogo que al otro lado pagan muy bien a los que, como nosotros, juegan bien al fútbol -le contestaron.

Un loro de la Patagonia, que estaba haciendo una entrevista para la televisión, se interesó por saber a qué catálogo se referían.

-Este catálogo -le mostraron algunos, pues no eran pocos los que lo guardaban bajo las alas.

-P…pero ese catálogo no tiene que ver con el fútbol. Esos loros no son futbolistas -dijo el de la Patagonia.

-¿Cómo así? ¿No ves estos números, no ves el balón que tienen junto a los pies? -le recriminaron varios de los loros grises, incrédulos.

-Si, si. Pero los números no son los salarios de los loros, sino el precio que alcanzan en el mercado de animales cuando son vendidos como esclavos. Y eso que véis ahí, a sus pies, no es un balón, sino la bola en la que termina la cadena a la que están sujetos, para que no se escapen.

Un profundo silencio recorrió el bosquete.

FIN

FIN

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Cuento de primavera: La oportunidad

28 marzo, 2014 By amarias 1 comentario

Como todas mañanas, hiciera frío o calor, fuera el tiempo ventoso o lloviera a cántaros, nevara o tronara, montó su caballete, mezcló en la paleta las combinaciones de colores salidos de los retorcidos tubos al óleo que atiborraban su maletín de madera de fresno, manchado por los residuos de múltiples jornadas, y se puso a pintar.

Hacía tiempo que había dejado de pintar lo que veía, para expresar otra cosa: su deseo de intervenir sobre el paisaje, modificar en el lienzo la apariencia de aquella naturaleza, mintiéndola -pero también, recreándola-. Su ideal sería que aquel conjunto de árboles, rocas, praderas, con caminos de tierra, iglesias y casuchas, desapareciera y solo quedara constancia, para un hipotético visitante de otro planeta, de lo que él había reconstruido, vertiendo sobre el lienzo su propia creación.

Porque allí, sobre pedazos de tela, en las urdimbres apelmazadas por el engrudo, había construido, día tras día, año tras año, miles de elucubraciones que sustituían, dándole otras dimensiones, el mundo que tenía ante sus ojos.

Lo vemos ahí, saliendo del umbral de lo que parece su casa, con los pantalones sucios y arrugados, y los zapatos convertidos en parte del polvo de los caminos que, tenaz y aplicadamente, siguiendo el mandato de su dueño, recorrieron -a diario -en realidad, siempre el mismo camino, que no conducía a ninguna parte, porque acababa siempre en un recodo que jamás había traspasado.  Hay un bastón apoyado en la pared, y una libreta cerrada, seguramente con más apuntes, sobre uno de los escalones.

Ese hombre, ya vencido por el tiempo, consciente de le que quedan pocos años de repetirse a sí mismo en la búsqueda de su propio paisaje, sonríe.

Acaba de atisbar su oportunidad. No es distinta de la de ayer y puede que no sea diferente de la de mañana. Pero la va a utilizar, como siempre, introduciendo en las líneas de ese paisaje que volcará sobre el lienzo, desmintiéndolo, sus ideas respecto a lo que, si hubiera sido Dios, habría sido su creación.

Cientos de visitantes pasan hoy, en el hoy del ahora, por el museo en donde se cobra una entrada por la oportunidad de ser testigos de su esfuerzo. Comentan, insensibles, pisoteando entre los vestigios de la destrucción de la serenidad de su autor. Una locura que ha dejado múltiples huellas, una introspección convertida en ariete contra la creación de Otro, superior, ajeno, magnífico.

La guía, sin que parezca percatarse de que camina entre cadáveres, de que se dirige a fantasmas, propaga un mensaje ininteligible que resbala sin piedad entre cerebros que están pensando en otras cosas:

-Aquí podemos observar como Cezánne entremezcla árboles, cielo, estanques y figuras humanas, haciéndolas participar de un mismo espacio, sin preocuparse por delimitar las zonas que corresponderían al aire, a la tierra, al agua o a los propios bañistas, de manera que todos parecen formar una unidad, integrados en una única naturaleza…

Uno de los oyentes, enarbolando su entrada, a la que no quiere abandonar, con los auriculares bien ajustados a las sienes, se cree de pronto iluminado para preguntar en voz demasiado alta:

-¿Por qué la mayor parte de estos cuadros no están acabados? ¿Se sabe por qué  este pintor no se tomaba la molestia de rematar lo que estaba haciendo?

Al salir a la calle, estaba, como siempre, la realidad externa, tan apetecible para quienes no tienen preocupaciones que ocultar. Recuerdo que el 22 de octubre de 1906, después de haber estado pintando bajo un aguacero, Paul moría de neumonía. Fue su última oportunidad de destruir un paisaje para crear el suyo.

FIN

–

FIN

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