Al socaire

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El siguiente paso: calmar los nervios

20 septiembre, 2017 By amarias 2 comentarios

La situación de desafección entre los gobiernos de la Generalitat catalana y el Central alcanza, en estos momentos, un nivel muy preocupante.

Los partidarios del independentismo (que coinciden básicamente con los que se declaran favorables a que se lleve a cabo el referéndum ilegal del 1 de octubre) se están manifestando en clara rebeldía.

La tensión entre la población, trasladada incluso a Madrid, en donde grupos de apoyo a los insurrectos se están concentrando también en la plaza Mayor, toma el aspecto inquietante de parecer incontrolable. Otros grupúsculos pretenden defender la unidad de España con banderas y propuestas de desgraciado recuerdo.

No es una fiesta, amigos catalanes que os estáis reuniendo simulando encontraros en un momento festivo. Es un drama, o la antesala de el.

Se está confundiendo democracia con la posibilidad de que una facción, incluso habiéndose encaramado a las instituciones, actúe unilateralmente contra la Constitución y la legitimidad de lo que rige la convivencia. La responsabilidad ante la  Historia del gobierno de Puigdemont es máxima, aunque no precisamente como «salvadores  de la Patria amenazada» . El apoyo que prestan a los insurrectos y revoltosos los representantes de algunos partidos de la populista izquierda falsaria me resulta, sencillamente, incomprensible.

El falso referéndum busca el apoyo a dos propuestas anti-constitucionales: la independencia autoproclamada de una región y el cambio de forma de Estado (de Monarquía a República). Su absoluta ilegalidad implica que el resultado de la consulta amañada (previsible), su ausencia de garantías (total), esté sesgado obviamente por la negativa  a participar  en el simulacro  de aquellos ciudadanos  respetuosos con la ley y el orden. Que son, sin duda, la inmensa mayoría.

En suma, tanto dramatismo en el escenario, sin causa legítima, ni dirección apropiada, ni sentido práctico.

Análisis políticos, jurídicos o sentimentales  aparte, hay excesiva tensión en la calle. Puede saltar una chispa en cualquier momento.

Cálmense los ánimos. Quiero dejar constancia de mi admiración por el sereno cumplimiento de su deber, ante las provocaciones, de las fuerzas del orden – de la Guardia Civil y de la Policía Nacional en especial-.

Oigo decir a algunos, como si se encontraran representando una farsa en un teatrillo de títeres para infantes perversos, que «desean dejar de ser españoles» y «liberar Catalunya del yugo de España».

No hay nada de trascendente, ni la propuesta es seria, ni la realidad es un juego. Podría parecer cómico, aunque se me hiela la sonrisa pensando en las consecuencias. No solo en el corto plazo. Las heridas abiertas tardarán en curarse.

Todo resulta dramático. Incoherente. Doloroso para todo español, y, en especial, para todos los catalanes que no tengan nada que ocultar. La mayoría con voluntad silenciosa, los que creen en una democracia pactada, pacífica, sólida. Imagino que los Pujol, Mas, Ferrusola, estarán satisfechos. Sus graves infracciones y delitos están sepultados en la algarabía.

El gobierno central acaba de suspender -de facto, es cierto- el gobierno de la Generalitat. Oigo, por la TB3, la declaración del presidente  Rajoy. Serio, firme. Resulta que la situación es tan irreal que mis afectos políticos revolotean  sin encontrar asentamiento seguro.  Suspense.

Publicado en: Actualidad, Cataluña Etiquetado como: Cataluña, referéndum, suspensión, tensión

Soneto a un independentista catalán

13 septiembre, 2017 By amarias 1 comentario

Coincido en la ocasión, ponme en la lista.
Estoy harto de mentiras y patrañas
y me duelen hasta el fondo las entrañas.
Quiero pasar a ser, como tú, protagonista.

Desvelaré sin piedad las artimañas
que pretenden ocultar de la vista
problemas, sin dejar que me despista,
que hay tantos españoles como Españas.

Admiro, que aún sin que tengáis prevista
manera de sortear ríos o montañas,
ni pertrechos, estéis ya en la pista…

Vagar sin apoyo en tierras extrañas
es confiar que, sin fe, Dios nos asista.
Piénsalo, amigo, tómate unas cañas.

(@angelmanuelarias, sept 2017)

Publicado en: Actualidad, Cataluña Etiquetado como: cañas, Cataluña, independencia, lista, ocasión

¿He sido yo?

8 septiembre, 2017 By amarias Deja un comentario

La serpiente se asoma por el ojo divino y encuentra que el mundo está bien hecho. Así es en una región española llamada Cataluña. Un clima excelente, una tierra próspera, una élite económica imaginativa, una población trabajadora.

Todos los españoles estamos orgullosos de Cataluña. Los catalanes -nacidos allí o incorporados a ese gentilicio por haberse afincado allí- siempre presentaron con satisfacción sus credenciales: el hecho irrelevante en apariencia de decirse catalán suponía un plus de consideración ajena. Existía consenso en que los catalanes eran un poco más industriosos, un poco más listos, un poco más creativos.

Y, además, existía una realidad cultural excepcional: en muchas áreas se hablaba un idioma que no era, como el bable o el gallego, el castuero o el andaluz, fácilmente comprensible para los demás españoles. El catalán era una lengua propia de un territorio que llegaba más allá de los Pirineos, cubría la región valenciana, incorporaba las Pitiusas. Cierto que el euskera era aún más propio y más oscuro, pero no tenía igual difusión entre los vascos por ius soli, y era de muy difícil aprendizaje.

El catalán, como todas las lenguas vernáculas que habían sido superadas por una lengua común de mayor alcance, servía para entenderse y profundizar en la diferencia, para distanciarse de los demás en lo que se compartía.

Los demás españoles estamos orgullosos de Cataluña. En realidad, estamos orgullosos de formar parte de una diversidad con miles de matices y con mucha Historia compartida. Todos tenemos el regusto en la boca de una guerra incivil, de una dictadura vergonzante, del desprecio de otros nacionales de la cercana Europa de la perfección, que nos veían como tipos bajitos, con bigotito los hombres y con mantilla y ojos negros las mujeres

Costó decenas de años convencernos de que no éramos peores que los demás europeos, sino, incluso algo más creativos, algo más espléndidos, e igual de trabajadores, abnegados, serios, por lo menos. No éramos bajitos por genética, sino por alimentación deficiente.

Pudimos construir una democracia ejemplar, desde las ascuas calientes de un régimen devastador. Somos muchos los que estudiamos y trabajamos fuera y supimos que podíamos mirar de igual a igual, e incluso por encima del hombro, si alguien se ponía farruco, a aquellos que antes creían tener el patrimonio de decirse europeos.

Puedo detallar múltiples cuestiones que permitirían profundizar más en lo que hemos conseguido en democracia, y cómo esa obra común, no es atribuible en particular a ninguno de los pueblos que componen España, ni ninguno de sus habitantes puede arrogarse el mérito en exclusiva de haber conducido a nuestro país a un lugar de cabecera entre los países del mundo.

No voy a dar aquí nombres, de las ciencias, las letras, el deporte, las artes, la filosofía, la medicina, de quienes, nacidos en cualquier lugar de España, son una referencia mundial. Hay catalanes, madrileños, extremeños, andaluces, gallegos, mallorquines, riojanos…

Ayer, 7 de septiembre de 2017, seguí con el ánimo dolorido, hasta que ya no pude más, el desencuentro en el Parlamento catalán con la cordura, la lealtad y la Ley, de quienes, desde la precaria posición de creerse representantes de una mayoría independentista, se afanan en desbrozar una selva de interrogantes, obsesionados por liberar, esgrimen, a Cataluña del yugo de España. Esto es, en correcta dicción, del resto de España.

El gobierno español que dirige en la actualidad Mariano Rajoy, apoyado por los representantes de los partidos PSOE y Ciudadanos, ha movilizado al Tribunal Constitucional y, por su vía, a las fuerzas del orden, para que paralicen un referéndum que pretende reflejar que una mayoría de residentes en Cataluña quieren separarse del resto de España.

El gobierno de la Generalitat y varios de los alcaldes favorables a la independencia, mantienen, cuando esto escribo, sus posiciones: quieren que el pueblo catalán se exprese acerca de la voluntad de separarse del resto de España, que dan por posición mayoritaria. Lo presentan como un derecho a decidir, y lo sustentan en el poder superior de las leyes emanadas por un Parlament dividido en el que han conseguido una mayoría pírrica, respecto a las Leyes del Estado, y en especial, la Constitución, que, como representantes en una democracia, han debido prometer o jurar.

Como no hay programa para el camino a seguir, en caso de que el referéndum fuera a celebrarse y se obtuviera el resultado favorable a la segregación, hay que aceptar que los votantes del «sí, quiero irme», tienen asumido que los demás españoles -catalanes o no- somos una compañía indeseable, y les estorbamos para cumplir sus objetivos.

Hermano, sí a ti me dirijo. Tú, nacido en Barcelona, Terrassa, León, Cádiz, Melilla, Marseille, o en cualquier otro lugar del ancho mundo, llámeste Carles, Anxo, Paloma, Neus, Pera o Mohamed, y que te consideras catalán porque tienes residencia ahora en territorio que conforma Catalunya y crees que te irá mejor individualmente si ese equipo de visionarios republicanos separatistas consigue su objetivo,

¿De verdad piensas que somos un lastre? ¿Te hemos hecho algún daño los españoles que no residimos en Cataluña? En este mundo amenazado por tantos frentes por la insolidaridad, las tensiones egoístas, la falta de crítica, la ausencia de ética, ¿te ves mejor caminando solo que en nuestra compañía?

¿Te sientes agraviado por algo? ¿Te han robado, quitado aquello a lo que tenías derecho? ¿Te has sentido marginado? ¿Te menospreciaron?

¿He sido yo? ¿Has mirado bien?

Publicado en: Actualidad

Otras gentes: (y 10) Mi gente

6 septiembre, 2017 By amarias Deja un comentario

Termino este conjunto de disquisiciones acerca de algunas de las varias acepciones que en el rico idioma español adopta el vocablo gente, con uno de sus empleos más polisémicos y, por ello, curiosos.

La expresión «mi gente», en la actualidad, es más habitual en el mundo de la empresa y de la política. Cuando un jefe o jefecillo anuncia a un cliente «te envío mi gente», está manifestando, por ejemplo, tanto una relación de autoridad como una situación de confianza con el personal a su mando y un específico interés en solucionar el problema o situación. Si existiera solamente una obligación, derivada del cargo, de atender a la petición y, en particular, si se tratara de una reclamación de resultado incierto, posiblemente se limitaría a decir, desde su poyete autoritario «Le mando a alguien».

En el ámbito doméstico, por «mi gente» o «los míos», debe entenderse, inequívocamente, la familia, aquellos miembros de la misma, a los que se siente unido el dicente por vínculos muy especiales, de sangre y proximidad. Con esa gente existe, al menos en el momento en que la frase se formula, una confianza máxima, nacida de enlaces genéticos y no adulterada por zancadillas y traspiés de la vida. Si algo se tuerce, el hijo de vuelve pródigo y dilapida el negocio, el cónyuge nos pone cornamenta sentimental (y lo descubrimos) o el progenitor evidencia una demencia senil insoportable, es probable que los apelativos no sean, ni de lejos, cariñosos.

En estos tiempos en que lo gregario es signo de identidad de la especie, la sintonía máxima puede encontrarse entre desconocidos con los que se está viendo en directo un partido de fútbol, o una carrera de motos, a los que, en un ataque de fervor, se puede llegar a decir: «Vosotros sois mi gente, la gente con la que me siento bien».

Hay bastante devoción a reunirse, al cabo de muchas décadas, con los compañeros del colegio o del Instituto a los que se perdió de vista por avatares de la vida; los que hicimos la mili, tenemos una protuberancia nostálgica a convocar para un almuerzo multitudinario a los comilitones de la compañía, de cuya inmensa mayoría se ignora el nombre, y en las copas, alguien se suele levantar para apostillar algo así como «vosotros sois mis mejores amigos, mi gente».

Lamentablemente, llevados por la falsificación, también de los sentimientos, conocemos muy poco del próximo, incluso del muy próximo. El lema que parece presidir nuestras actuaciones con los demás, a salvo de un círculo restringido pero variable de acuerdo con el momento, es «ignora a los demás, como ellos te ignoran a ti».

Lo que se ha revelado como peligroso. Para la seguridad y para la libertad. Padres que ignoran que sus hijos son terroristas, vecinos que definen como «simpáticos», porque les saludaban con un «Hola» cuando se cruzaban en el portal, a violadores en serie, ejecutivos de prestigio que acumulaban réditos irregulares en paraísos fiscales, políticos honorables que recibían herencias falsas de antepasados especuladores, etc.

Gerald Durrel, en «My family and other animals», en un inolvidable retrato autobiográfico, pasa revista a «su gente», el grupo de seres adorables con los que compartió una niñez llena de pasión. El juego burlón del título resulta certero para quienes nos adentramos, con el autor, en las anécdotas de su peculiar troupe.

Observando el cariño con el que bastantes de mis coetáneos cuidan a cánidos a los que encuentran, al parecer, merecedores de un afecto que no están dispuestos a dispensar a quienes más se les asemejan (al menos, en lo exterior), me pregunto, a quién considerarán, si fueran requeridos para ello, digno de aparecer como «su gente». ¿Excluirían a sus familias, a sus coetáneos?

(Estoy convencido de que dentro de unos meses la tensión actual que se vive por el llamado «tema catalán» se habrá disipado como azucarillo en el tazón, pero quiero traer a colación lo que leí en un periódico de la pluma de un periodista solvente: «La gente que sigue a Puigdemont no es la misma que votó a Mas, pero es «su gente», y, con él, está dispuesta a llegar hasta el final»)

Por mi parte, este es el final de mi librito que he titulado como «Otras gentes».


En un charco de agua fresca, cerca del follaje, apremiadas por la sed, resulta habitual que se concentren aves de varias especies. Aquí, junto al carbonero y los herrerillos, un pinzón abreva también sin importarle la vecindad ni la discrepancia de plumas o pelajes.

 

 

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: carbonero, Cataluña, failia, gente, herrerillo, pinzón

Otras gentes: (8) Muy preparadas

1 septiembre, 2017 By amarias 2 comentarios

Cuando el príncipe Felipe, actualmente Rey de las Españas amenazadas de descomposición, fue nombrado Jefe de Estado, fueron muchas las voces -no solamente de monárquicos- que expresaron que era «el más preparado de todos los Reyes que había tenido España».

Esa era también la opinión de su padre, hoy Rey emérito, Juan Carlos, que había reiterado en varias ocasiones que era «el príncipe mejor preparado para su función de Rey de toda Europa».

Bajando el listón al pueblo llano, existe amplio consenso, entre educadores y padres de educados, que la actual juventud española (ampliando benévolamente el abanico de edad hasta los cuarenta y tantos) está mejor preparada que sus antecesores en el calendario.

Mi insolente pregunta es ¿Preparados para qué?. El futuro nunca ha estado tan oscuro y, frente a la obsesión por mejorar a preparación académica, que llevó a tantos jóvenes hoy en paro, a acumular títulos para comprobar que el mundo real tenía otros sistemas de valoración, lo que hoy se va consolidando es que no es posible prever qué tipo de prestaciones demandará la sociedad incluso a corto plazo.

Por una parte, son muchas las profesiones tradicionales, con pretendido consolidado prestigio, que han pasado a ser casi testimoniales. El paso acelerado de la informática, la robótica y las comunicaciones ha dejado en la cuneta oficios que parecían imprescindibles. Y el descalabro de la pirámide académica del pasado irá a más: cálculos técnicos, diagnósticos clínicos, reservas para viajes, decisiones de gestión y compraventa, son realizados con mayor rapidez y fiabilidad, por autómatas.

Leo hoy (1 de septiembre de 2017) en The New York Times (que compro de vez en cuando para ilustrarme en directo de las reacciones a la escalada fáctico-verbal del sicópata Trump- )que «(the) Death of Diana transformed Monarchy, and Britain», y en el texto del artículo se nos explica que, 20 años después de la muerte de la princesa, la monarquía, confrontada a modernizarse o morir ante lo que parecía una amenaza de revolución contra ella, eligió la opción de supervivencia, impulsada por una generación de elementos de la realeza mejor preparados.

No soy tan optimista respecto al sostenimiento en el tiempo de las monarquías que, como ya se encargan los líderes republicanos de recordarnos a cada momento, son un residuo anacrónico del pasado. En lo que respecta a España, no me ciega ninguna pasión monárquica si afirmo que el Rey Felipe VI les da un par de vueltas en preparación , saber estar, presencia física y síquica y otras virtudes, a todos los líderes políticos -a unos más que a otros- y, en especial, a los que podrían construir la alternativa republicana.

Pero, como a todos estos jóvenes que acumulan títulos académicos y buenas voluntades, no basta.

A las decenas de miles de universitarios, muchos con expedientes magníficos, que no han conseguido aún, años después de haber sido egresados, su primer empleo o transitan por el mundo laboral con subempleos de chicha y nabo, no les ha bastado estar oficialmente mejor preparados que las generaciones anteriores. En realidad, en relación con la demanda del mundo laboral y las oportunidades que se ofrecían, están y estaban peor preparados, pues la distancia entre lo que se les enseñó y enseña y lo que se precisa en el corto plazo es mayor que hace décadas.

Supongo que el Rey Felipe tiene consejeros que actúan de educadores a medida de las circunstancias, y que le preparan, por la cuenta que les tiene, para afrontar las dificultades del día a día, en especial, las que no están en los libros de Historia. Me gusta creer que es así, en especial en estas fechas en que la unidad del Estado está siendo bombardeada por francotiradores desde el flanco este.

Pero, obviamente, me preocupa más la falta de preparación adecuada que reciben los jóvenes españoles hoy en día, por lo que tengo suficientemente comprobado. Mucha doctrina trasnochada, falta de práctica real, docentes cansados y apolillados en sus cátedras y posiciones académicas, empresas con directivos sin visión ni misión (aunque alardeen de tenerla) y una sociedad, en su conjunto, que está demostrándose anquilosada para decidir, sin dudas ni ilusionismos, a dónde quiere ir.


Este camachuelo macho (phyrrula phyrrula), encaramado a las ramas secas de una morera, residuo de tiempos en los que se había aconsejado cultivar gusanos de seda -y plantar tabaco- como negocio seguro, entona su canto (débil, casi imperceptible, salpicado con tonos más ásperos), despidiéndose del verano. En la península ibérica, es ave propia del norte, que construye sus nidos en ramas altas, difíciles de percibir.

El tono rosa fuerte del pecho lo distingue de la hembra, que lo tiene gris; y su aspecto rechoncho y cuello grueso son características de la especie que, por lo demás, no es fácil encontrar en la naturaleza, a pesar de que se le denomina oficialmente como «camachuelo común».

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: camachuelo, Donald Trump, felipe VI, New York Times, preparada, prícnipe, princesa Diana de Gales

Otras gentes: (7) De fiar

1 septiembre, 2017 By amarias Deja un comentario

No se precisa realizar estadísticas, para afirmar que nunca en la Historia de la Humanidad ha habido tantos individuos analizando, con seriedad y profesionalidad, y en las más variadas materias, la manera de mejorar, aunque fuera solo un poco, el espacio intelectual a su alcance.

Nunca antes en la Historia de la Humanidad hubo tantos mentirosos, tantos crédulos. Jamás se difundieron tantas falsedades y se dio cancha a tantos falsarios, que, actuando en beneficio propio o de terceros, o simplemente, por el placer individual de hacer daño o propagar tonterías o maldades, han convertido el espacio de la información y de las comunicaciones en un campo minado por mentiras, citas espurias y consejos ruinosos.

Por eso, cabe preguntarse porqué, habiendo muchas personas que tienen solvencia técnica, sobriedad argumental, seriedad formal, respaldadas por una trayectoria individual de estudio, investigación o pureza deontológica, se concede por las masas credibilidad mayor a los que vociferan, a los payasos de la idea, a los ignorantes revestidos de toques de farándula.

Coincido con la idea central que expone Arjun Appadurai en su artículo «Fatiga democrática» (incorporado en una colección que recopila pensamientos de una decena de ilustrados, publicada bajo el título de «El gran retroceso», Seix Barral, 2017): los líderes de los nuevos populismos tienen en común que, como ninguno puede controlar la economía de sus conciudadanos, prometen la purificación de lo que presentan como base cultural, rescatada con falsificaciones y adulteraciones del fondo de saco de la historia, a un grupo, una facción o un pueblo a la que se presenta como víctima, ya sea de colonialismo, centralismo o de la etnia o grupo antes dominantes.

Los ejemplos de este rescate cultural a la carta son muchos, y se encuentran por doquier: han supuesto y suponen graves conflictos en la India, Pakistán, Irán, Irak, Afganistán,…, y muchos Estados frágiles africanos, por deplorable ejemplo. Se presentan en Escocia, brotan ahora en el Reino DesUnido, viven a sus anchas incluso en la paciente Canadá, trepan por los recovecos existenciales, «bouquet garni»  con resonancias étnicas, marginación social y ribetes paranoicos, de Bolivia, Nicaragua, Colombia, Ecuador, etc.

Es, sin duda, y lo escribo con dolor de corazón, el mismo síndrome sociólogico que se está viviendo en Cataluña (esto es, en España), con un equipo de iluminados que, incapaces de ofrecer soluciones al deterioro de la economía regional, se han concentrado en la recuperación de una supuesta raíz cultural propia endógena, catalana of course.

De nada sirve argumentar que estamos en un mundo global o que las bases culturales de la Humanidad son fruto de la consolidación, durante siglos y siglos, de los resultados de intercambios pacíficos o enfrentamientos revolucionarios o bélicos, de ideas felices de afortunados elegidos, de aspiraciones frustradas o consolidadas de grupos muy diversos y, en fin, son el soluto indescifrable de un camino de hipotética perfección y búsqueda de la verdad filosófica y técnica en la que estamos todos embarcados. Nadie, ningún pueblo o facción debería considerarse superior, ni siquiera distinto. Los pueblos elegidos por los dioses no existen. Jamás existieron. (1)

Los profetas de tierras prometidas por ellos son, sencillamente, trileros, falsarios, mentirosos que ocultan su ignorancia, su ignominia o su desfachatez pretendiendo que saben lo que hay que hacer para salvarse del mundo global, de la pérdida de fuerza de las democracias, del control financiero de los grandes grupos, de la eterna lucha entre la ética y el mal…acudiendo al reducto sin futuro de encerrarse a cal y canto en las cuatro paredes del proteccionismo y la insolidaridad.

(1) Puede que para algunos, esa sea solo mi verdad, de la que no participan. No discutiré jamás sobre peticiones de principio.


Este joven busardo ratonero (la edad queda delatada por su pecho rayado, que se torna barrado en la edad adulta) se posó en un poste de la luz, aquel atardecer belmontino asturiano, y pareció ignorarme durante unos minutos. La luz era mala, pero la proximidad del Buteo buteo a mi cámara, idónea. Al cabo de un tiempo de observación recíproca, se elevó, majestuoso, hacia algún lugar en las montañas próximas, en donde tendría su sede principal.

Tenía, sin duda, su lugar principal de caza de topillos, pequeños pájaros o insectos cerca de donde yo residía entonces, pues volví a verlo otras veces, aunque, lamentablemente, ya no tenía la cámara al alcance. Por cierto, si el lector se toma la molestia de aumentar el tamaño de la imagen, verá que el busardo sostiene un insecto en su pico, del que sobresalen las patas, que acabaría de atrapar.

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Otras gentes: (6) De rompe y rasga

31 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

Una división posible de los humanos, atendiendo a sus hábitos consolidados, sería entre gentes que todo lo guardan y quienes, a la primera de cambio, se desprenden de lo que ocupe algún sitio en su proximidad, sin valorar que les pueda volver a servir o no.

Aunque no escribo solo para bancarios ni tipos que pisan moqueta o parqué laminado, valga decir que, en las oficinas, lugar en donde la observación de comportamientos de los homínidos que antes se llamaban de cuello blanco suele ser más provechosa, los despachos o estanterías de quienes parecen conceder a cada libreta, informe mensual o papelucho,  destacan por la acumulación de carpetas y chirimbolos, con los lugares prácticamente vacíos de quienes no tienen afecto alguno por informes, memoranda y hojas de control de calidad. (1)

Cuando cada jefecillo de departamento tenía secretaria -esas sufridas mujeres que empezaban casi de niñas a mecanografiar, sin perder la sonrisa, una y otra vez el mismo informe y cuyo final, antes de la jubilación, no quiero glosar- era corriente escuchar: «Fulanita, tráigame el acta de aquella reunion de ese día que llovió», y allá volvía, a los pocos minutos, la criatura, con el documento deseado. Hoy todo el mundo es su propia secretaria, y los papeles de antaño se guardan en ordenadores y lápices usb, hasta que petan o cambian el sistema operativo.

Las gentes de rompe y rasga no tienen por qué identificarse con quienes disfrutan rompiendo papeles y atiborrando las papeleras de los resultados de su afición destructora. Aunque el término ha caído en desuso, hasta hace unas décadas era la forma afectuosa de referirse a los tipos valientes y decididos y, puesto que a los hombres «el valor se le supone», era preferida para designar a aquellas mujeres de carácter, con pelo en pecho (pido perdón por la gracieta).

Los tipos -hombres y mujeres, por supuesto- que merecerían hoy esta apelación, siempre elogiosa, son aquellos que no se arredran ante una situación que parecería enmarañada a los cualquiera, y, sin necesidad de encomendarse a dios ni al diablo, tiran por el camino de en medio, se saltan a la torera las señales de precaución que los demás seguramente exageran y, para bien o para mal, allá se van con su criterio.

No tenemos hoy mucha gente de rompe y rasga, aunque no faltan los que rompen, sin venir a cuento, lo que se ha construido por los demás sin esfuerzo. De entre los rompedores que hoy destacan, están aquellos que pretenden ocupar un lugar en la Historia saltándose las normas legales y tensando la cuerda de la convivencia buscando, más que el provecho colectivo, su gloria personal. Que, siendo falsa, se convierte en vanagloria.


(1) Se me puede objetar que ahora casi nadie tiene despacho, sino que los lugares de trabajo son apenas unos cubículos abiertos, separados por mamparas trasparentes; incluso, hay empresas en las que los puestos para currar no están asignados a persona concreta, y se ocupan por orden de llegada a la oficina o según convenga a la tarea a realizar.

—–

La mayor parte de las gaviotas que se ven en las costas del norte ibérico -y en vertederos de basura del interior- son de las llamadas patiamarilla (Larus michahellis). Tienen estas aves, poco simpáticas por su carácter vocinglero y su afición a defecar sobre los autos aparcados en sus mediaciones, un crecimiento lento, y no alcanzan su madurez hasta pasados dos o tres años, soportando varias mudas y cambiando, en consecuencia, su aspecto; se admite que presentan, ni más ni menos, cuatro grupos de edad diferenciables.

Esta gaviota es un juvenil de segundo año, con el plumaje más claro que las de la temporada anterior, y, lejos, aún, de alcanzar el aspecto níveo de sus congéneres adultos; la mancha ocular y el pico grueso delatan que avanza hacia su tercer invierno.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: coleccionistas, concervadores, gaviota, patiamarilla, rompe y rasga, rompedores

Otras gentes: (5) Gentes del montón

30 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

A pesar, o quizá por ello, de considerarnos especiales, de pretender como axioma que somos el centro de nuestro mínimo universo, la igualdad, monótona, anodina y cruel, se cierne sobre nuestra existencia, devorándola. Nacemos, consumimos nuestro tiempo en diminutas acciones sin la menor repercusión exterior, salvo para un círculo de familiares y amigos cuya dimensión trasladada a escala cósmica sería inmensamente ridícula, y morimos, desapareciendo para siempre, y en un somero instante, de la memoria colectiva.

Si emplazados en el Universo con nuestro bagaje mínimo, somos menos que una mota de polvo estelar, ubicados en el planeta Tierra y en este preciso instante, como seres vivos humanos, con capacidad para imaginar, sentir y crear, nuestra anomalía colectiva adquiere un encanto especial. ¿Qué significa tener consciencia de nuestra existencia, a qué conduce ser capaces de planificar, aún equivocándonos, el futuro?

Estas y otras preguntas similares han consumido muchas energías de gentes especiales, extraordinarias, que, a lo largo de los siglos, han aportado granitos de arena sobre nuestro desconocimiento global, poniendo alguna claridad en la noche de la supina ignorancia. Pero solo unos pocos, quizá apenas un par de miles de humanos, han superado en toda la historia de la Humanidad, el umbral de la oscuridad, iluminándola con la antorcha de su sabiduría, de su tenacidad, hasta que su luz se apagó para siempre, dejándonos alguna reflexión sobre la compleja personalidad del Universo en el que estamos realizando nuestra trayectoria como especie hacia un final aún desconocido.

Todos los demás, somos gentes del montón, sin nada extraordinario, tan parecidos a cualquier otro de los que llamamos oficialmente semejantes que bien podríamos considerarnos idénticos a ellos, como las moscas que importunan nuestro descanso, como vemos los pájaros cuyo nombre ignoramos y a cuyos detalles morfológicos o  diferentes cantos no prestamos la menor atención.

Gentes extraordinarias y gentes del montón compartimos la misma estructura química, que combina únicamente cuatro elementos: carbono, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, con solo cuatro radicales, que Watson y Crick en 1953 caracterizaron como adenina, guanina, citosina y timina. Con ese soporte químico tan básico, se construye la vida, se transmiten las características genéticas, se genera la genialidad o la vulgaridad; solo la combinación de cadenas de esos radicales, y las transformaciones químicas o físicas que presentan, diferencia a la mosca del mono, al científico del lerdo, al criminal del pacífico.

Ah, pero algo más sutil, aún por detectar, maravilloso y enigmático, provoca que esas bases nitrogenadas acumulen experiencia, sean capaces de transmitirse sensaciones, imaginar y transmitir ideas y elucubraciones. Se sabe que algunos individuos son geniales desde el nacimiento, por la afortunada combinación de radicales con información y estímulos previos. Se sabe también que esas estructuras genéticas son aptas, especialmente en el ser humano, para incorporar más datos, más información, sabiduría creativa.

Si pudiera formular un deseo de aplicación general, escribiría que mi sueño existencial es que, guiados por gentes excepcionales, la inmensa mayoría de los tipos del montón, nos concentremos en trazar los límites de nuestra ignorancia, venciéndola, al margen de ideologías, falsificaciones, y fantasias. Las herramientas para lograrlo me parecen, hoy como siempre, la formación, la investigación, el espíritu crítico, la solidaridad, el método, la confianza en la capacidad humana, …


Estos  tres gorriones comunes (passer domesticus) vuelan hacia el comedero, que les proporciona alimento fácil y abundante. Resultan indiferenciables, salvo para un observador interesado en analizar el comportamiento de estas aves en un entorno reducido. El ave del medio es un macho con plumaje de verano, el píleo gris, babero negro y  mejillas gris sombrío.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: ética, formación, gentes, ideologías, investigación, montón, religión, sociedad, solidaridad

Otras gentes:(4) Gentes del libro

29 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

Según la versión clásica del Islamismo y su relación con el derecho, «gentes del libro» son aquellos que practican una de las tres religiones monoteístas que tienen su base en el Antiguo Testamento: cristianismo, judaísmo e islamismo, considerado por todas ellas un libro sagrado.

Cuando  la península ibérica estuvo casi totalmente bajo dominio musulmán, estas gentes o pueblos Libro (gente de la dhimmah) vivían bajo la protección del sultán, siendo sus derechos y deberes diferentes, pudiendo practicar su fe y mantener determinadas prerrogativas a cambio de impuestos, que eran muy superiores para los no islamistas.

La reaparición de la yihad, guerra santa por causa de Dios, -invocada por fanáticos del Islam que, en versiones bastante incoherentes entre sí e ininteligibles desde una posición moderna y deontológica, pretenden implantar una interpretación rígida de los preceptos supuestamente transmitidos por un arcángel al profeta, y no dudan en inmolarse o cometer atentados indiscriminados contra poblaciones que disfrutan de la libertad que han traído la implantación de sistemas democráticos y, en general, oficialmente no confesionales-, ha conmovido la sensación de seguridad de las democracias occidentales.

El vertiginoso envenenamiento de las pacíficas concepciones del Islam, en que, como se esfuerzan en repetir creyentes, admiradores o antiguos educandos en esa religión, se basan sus preceptos, ha aportado incomprensión y recelo hacia todos los practicantes de la doctrina de Mahoma.

Nos sentimos directamente amenazados por estos fanáticos, y, en la confusión entre creyentes y radicalizados, muchos ven en cualquier musulmán -incluso en quienes tienen aspecto árabe, cobrizo o negroide- un potencial sospechoso, un enemigo de nuestra libertad.

Contagioso, el mal está extendido por doquier y no resulta posible identificar una sola causa de la difusión de adeptos a esa doctrina herética. Se propaga utilizando promesas de placeres terrenales y futuros, concentrando extorsiones que implican manejos de dinero y poder, adobando mentiras, lanzando amenazas y provocando terror; es alimentado por drogas, robos y saqueos, no desdeña el ejercicio de autoridad malsana, se cuela como presión de grupo contra crédulos, necesitados, iluminados o sicópatas, supone la falsificación de la historia y el desprecio a la interpretación humanista del Corán, se apoya en la marginación y pobreza reales, crea y mantiene guetos, ritos y vestimentas que separan y se retroalimentan.

Cierto que quienes invocan el nombre de Alá, para embarcarse en acciones terroristas que han causado ya decenas de miles de víctimas civiles (en el sentido o acepción de «no militares») proliferan con mayor intensidad en países en los que la religión islámica es oficial o de seguimiento mayoritario, pero desde el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, son muchos, harto frecuentes, y con efecto mediático muy alto por sus características de actuación indiscriminada, los individuos radicalizados que actúan en Occidente y,  especialmente, en Europa.

El atentado sufrido por pacíficos transeúntes de las Ramblas de Barcelona, el 17 de agosto de 2017, perpetrado por un grupo de individuos, al parecer dirigidos por un imán de Ripoll, y cuya extensión y número aún no está completamente clarificado, ha puesto de manifiesto demasiadas cosas para dejarlas en la nube de la ignorancia. He aquí algunas:

  1. Los terroristas yihadistas, son la mayor amenaza actual contra la seguridad ciudadana. Puede que no consigan amedrentar ni afectar a la libertad ambulatoria de la inmensa mayoría, pero la diversidad de sus métodos y su misma existencia, con células que se han formado y crecido en el territorio europeo (y, en lo que más nos afecta, español), y, por tanto, camufladas como «ciudadanos normales», exige una actuación policial y de las fuerzas de seguridad, coordinada, seria, inteligente, completa. Esta actuación ha de desarrollarse también, contando con la colaboración ciudadana: hay riesgo también de radicalización de fanáticos en la permisividad y la excesiva  tolerancia cuando está en peligro nuestra vida y la de ciudadanos pacíficos, que nada quieren entender ni saber de esa antihistórica, antiética y criminal iniciativa religiosa. Se nos pide que no nos amedrentemos, y puede que, en general, se consiga -aunque las limitaciones ya existen, y los gastos extras por la seguridad, aumentan-, pero debemos también ser vigilantes y actuar defensivamente ante el riesgo. Ignorar al otro, al semejante, genera un espacio de ocultación para el diferente, el potencial asesino, el fanático que usa la religión como justificación mortífera.
  2. La falta de coordinación policial, los errores y omisiones en la transmisión de información sobre individuos peligrosos o en vías de radicalización, es inadmisible. Da lo mismo que sean treinta mil o cien mil los radicalizados con perfil criminal. Las redes de información, en una época digital y de comunicaciones, han de funcionar a la perfección y no hay excusa para que no haya sido así, para que no sea así. Cierto que la policía no puede vigilar a todo sospechoso (no sería admisible legalmente), pero los atentados han demostrado que no existen «lobos solitarios», sino grupos coordinados, dirigidos por cabecillas extremistas, educados en la interpretación elucubrante de la doctrina de Mahoma, amparados en su libertad -la nuestra, la que deseamos para nuestra sociedad- para urdir actos terroristas.
  3. Nuestra sociedad, devenida fundamental agnóstica, e incluso crítica de valores históricos vinculados a la religión cristiana, ha caído en la trampa de una excesiva tolerancia. Nuestros representantes públicos se abrazan sonrientes con sátrapas y tiranos nuestras ministras y empresarias se ponen la mantilla o visten «con recato» para no contrariar o escandalizar con la exhibición de su cabellera, sus brazos o piernas al descubierto…y aquí nos hemos acostumbrado a la visión de una pobre mujer cubierta con velo hasta las cejas y con un paño que tapa hasta la menor curva de su sobrepeso, acompañada por un tipo en camiseta que mira sin ocultar su apetencia rijosa ante cualquiera fémina infiel en pantalón corto.
    En fin, si queremos abortar definitivamente esta lacra que nos ha surgido, abandonemos -al menos, de momento- la idea de llevar a la democracia a países islámicos, aplaudiendo primaveras árabes conducidas por un par de centenares de jóvenes voluntariosos concentrados en una plaza pública.  Controlemos el comercio de armas  (también, al detalle), preocupémonos de la verdad de la integración de los inmigrantes y mejoremos hasta el límite la bondad de nuestra policía contra esa delincuencia organizada, que no dude en utilizar cualquier medio para atentar. Y alertemos a los pacíficos contra los excesos de confianza.
  4. Y, como cristianos, judíos, agnósticos o practicantes de cualquiera de los múltiples
    caminos para solucionar nuestra necesidad de explicar nuestra existencia, podemos recordar lo que ya Gilles Kepel en 2000 escribía en su libro «La Yihad» -aparte de algunas equivocaciones de perspectiva que se detectan desde la evolución posterior del terrorismo islámico, al que daba por prácticamente finiquitado-: «El declive de la ideología abre a los musulmanes un vasto espectro para determinar su futuro y emanciparse del corsé dogmático (…)» enlazando con la tradición de sus sociedades que «se caracteriza  por una extrema plasticidad en cuanto a las mutaciones del universo».
    Esta plasticidad es la que debería unir, hoy más que nunca, a las gentes del libro, con los agnósticos, y los demás creyentes, en la ética universal que, para muchos -entre los que me cuento- es la doctrina suprema del ser humano.
    —-
    Mientras estaba a la caza de una buena fotografía de avutardas, en Villafáfila, esta  avecilla vino a posarse sobre un murete cercano, con graciosos revoloteos. Es un macho de lavandera boyera (motacilla flava), con su plumaje de verano, que gusta de los campos de alfalfa, para criar, y que abandonara en el invierno.

La hembra y el ave joven  pueden confundirse con la bisbita campestre, que tiene el mismo porte, mismos hábitats (en tierras pan llevar ibéricas).

 

Publicado en: Actualidad, Política, Religión Etiquetado como: islamismo, libertad, libro, motacilla, policía, radicales, Ramblas, religión, seguridad, terroristas, vigilancia, Villafáfila

La cuestión del control de las masas

12 julio, 2017 By amarias Deja un comentario

Antes de leer «Sapiens», el libro de Harari al que me refería en el Comentario inmediatamente anterior, había tenido ocasión de deleitarme con el que escribió posteriormente, «Homo Deus. Una breve Historia del mañana» (Penguin Random House, Grupo Editorial, 2016). Encuentro éste último más interesante y entretenido que el primero y, desde luego, más provocador.

Es una recomendable lectura para las vacaciones y, sobre todo, es una reflexión que deshace, con elegancia y las oportunas referencias históricas, la mitología generada por el hombre en torno a su necesidad de trascendencia, de inmortalidad, de poderes divinos y otras elucubraciones.

No es esa, sin embargo, la cuestión que me trae a redactar este Comentario, sino el asunto de si el dataísmo -neologismo con el que se recoge la idea de que el universo consiste solo en flujos de datos – alcanzará a explicar  que todos los organismos -el hombre, también- se pueden reducir a algoritmos y, cuál será el sendero hasta allí.

Al margen de que la idea pueda parecer una extravagancia inaceptable (para todos los que profesan una religión, desde luego), Harari aclara que la mente humana no tiene capacidad de procesamiento para llegar a esa conclusión y, por tanto, lo que le parece relevante (a mí, también) es, por eso, lo que sucederá, en el camino, a los seres humanos. ¿Seremos más felices, más poderosos, más longevos? ¿Todos, solo algunos? ¿Cómo nos arreglaremos para procesar mejor los datos y avanzar en los nobles deseos de repartir el conocimiento útil para conseguir esos saludables efectos?

Nos falta, en todo caso, mucho trecho para recorrer el camino -éste u otro que conduzca a la Verdad-, y, entre tanto, me parece que lo que nos está afectando, hoy como hace miles de años, es la manera en que algunos grupos pretenden alcanzar el poder de regir las vidas de sus coetáneos (o seguir manteniendo el que tienen), prometiendo que les conducirán a una mayor felicidad, si les hacemos caso, y aderezando las promesas con doctrinas, programas y teorías.

Quisiera creer en la buena intención de los que se erigen en guías hacia tierras de satisfacción -con especial mención a los que consiguen el apoyo de grupos crédulos en sus promesas, obtenido por elección democrática entre ignorantes-, pero me asombra lo poco que saben ellos mismos, los escasos datos que manejan y, en fin, la tranquilidad con la que venden con cuatro pinceladas, el producto de sus religiones particulares, sea el libre mercado, los grandes grupos empresariales, el comunismo, el socialismo con o sin apellido o…la voluntad de un Dios supremo al que se encomiendan.

El dataísmo está aún muy lejos, si ha de llegar. Pero la revolución humanista, también. Sin necesidad de acudir a la gran potencia de procesamiento de superordenadores, utilizando solo el cerebro humano y la lógica no contaminada por axiomas y falacias, podríamos hacerlo mucho mejor. Pienso yo, vamos; aunque nuestra existencia esté gobernada por miles de millones de algoritmos, Dios fuera una elucubración útil en algún momento de la Historia (incluso hoy), y el futuro sea impredecible.

Solo necesitaríamos analizar con seriedad los márgenes de libertad que tenemos a nuestra disposición colectiva, y emplearlos en mejorar la función de utilidad; sin machos alfa, navajazos entre correligionarios, incompetentes que confían en que el paso del tiempo lo arreglará, o amiguetes que se reparten las mejores tajadas del búfalo que hemos cazado entre todos.


Como no todo son pájaros, traigo la fotografía de dos acémilas, a las que encontré jugando en un vallado, actividad a la que se emplearon con tanto ardor e intensidad, que acabaron dándose mordiscos.

No se si ganó el burro o el potro, pero puedo dar fe que, cuando abandoné la observación, ambos estaban sangrando por las orejas y los hocicos.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: control, Harari, Homo Deus, Sapiens

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