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Archivo de noviembre 2013

Un Cuento real: La jubilación activa de los autónomos

5 noviembre, 2013 By amarias2013 11 comentarios

A quien pueda interesar, esta es la situación actual, a partir del 17 de marzo de 2013:

Si Vd. es autónomo y ha llegado a la edad de jubilación:

Si desea mantener su actividad como profesional, debe seguir dado de alta como autónomo, pasando a cotizar al mínimo correspondiente a Contingencias Comunes (IT).

Para trabajadores con 65 años de edad y 38 años y 6 meses de cotización ó 67 años de edad y 37 años de cotización este tipo es del : 3,3% ó 2,8%, si está acogido al sistema de protección por cese de actividad.

Por tanto, si está en la base de cotización máxima, que es de 1.888,8 euros, y no estando acogido al sistema de protección por cese de actividad, le correspondería pagar: 62,33 euros.

A partir del mismo momento en que alcance la edad legal de jubilación, puede empezar a cobrar el 50% de la pensión que le corresponda (determinado según la Base reguladora que le proporcionará en cualquier oficina de la SS, y que dependerá de sus cotizaciones anteriores y de que esté o no casado, y de los hijos a su cargo).

No importará que Vd. facture poco o mucho como autónomo, puesto que para estos profesionales, mientras se mantengan en esta situación, solo se les abonará el 50% de la Base reguladora.

Publicado en: Economía, Empresa, Sociedad Etiquetado como: actividad, autónomo, cese, cuota, edad, jubilación, jubilación activa, mínimo, protección, seguridad social, trabajo

Cuento de otoño: Un hongo irresistible

4 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La excepcional afición de Diodoro por desentrañar los misterios de la naturaleza, que se manifestara desde la temprana niñez en tantas facetas, se concretó relativamente pronto en la micología.

Todo micólogo que se precie debe ser también un micófago aceptable, pues se puede decir que, en este arte como en todos, la satisfacción ha de compartirse entre la totalidad de los sentidos.

Diodoro no era, en el campo de las setas, una excepción. Seccionado o desprendido el carpóforo, con el cuidado que es de suponer, de sus hifas o micorrizas, escudriñaba entre las láminas y capelos, confirmando escotaduras, decurrencias, situaciones glabras, vulvosas o pilosas.

Si así le aparecía necesario, reforzaba la investigación con un cristal de aumento o unos frascos con sustancias colorantes que llevaba en un pequeño maletín, colgado de un cinto, para que no le estorbase el fácil acceso al cesto de mimbre en el que acababa depositando, en dos montones, separados convenientemente, los hongos comestibles de los que no lo eran.

Era tanta la ciencia de Diodoro, tanta la información que, con el transcurso de los años había asimilado sobre hongos, que raras veces faltaba a ese proceso identificatorio, la satisfacción intelectual de poner un nombre exacto a la seta recolectada. Cinco nombres, para ser más precisos: el vulgar, en cada una de las cuatro lenguas vernáculas y el que correspondía a la clasificación de Linneo que, como es sabido, admite incluso variantes y, a su vez, se compone de dos y hasta tres palabras.

La intelectual era rematada con la satisfacción de la ingesta del hongo. Cierto que, a base de primaveras y otoños, Diodoro no sentía ya el mismo placer de comerse sus múltiples raciones de setas, preparadas de las más variadas maneras, salteadas, asadas, rellenas, crudas o cocidas al vapor; solas o acompañando guisos; en bechamel o en rodajitas.

No era ya así. La ingesta se había convertido más bien en una obligación, un deber. Incluso alguna de las variedades que figuraban como comestibles en los múltiples manuales que abarrotaban su biblioteca monocromática, le llegó a provocar diarreas y hasta vómitos, seguramente por incómoda saturación del estómago o del intestino por constituyentes potencialmente indigestos.

Por supuesto, con las que aparecían como dudosas en los manuales o como venenosas o peligrosas para la salud, incluso las que podían resultar alucinógenas, no entraban en el cuerpo de Diodoro, que se limitaba a fotografiarlas, si era el caso, y las dejaba, llamándolas por su nombre, en el lugar en donde las había hallado, respetuoso como era de los misterios de la madre naturaleza.

La historia hubiera sido simple y sin interés, sino fuera porque el tal Diodoro, un otoño, paseando con su cesta y abalorios por parajes de la sierra de Aizkorri, se encontró con un corro de setas, de notable porte, que habían crecido aparentemente en campo abierto, aunque a cierta distancia de un alerce.

Tenían el sombrero parcialmente umbelonado, pero no eran cabezas de fraile, porque aún se veían, en los ejemplares más jóvenes, restos de lo que debía haber sido vulva o volva, aunque, al desenterrarlas, no encontró vestigios. En la parte baja del sombrero, no había láminas, sino unos como tubos, pero que más bien se aproximaban a púas, aunque, por la época y lugar, no podrían ser hydnum repandum, sino, más bien, ¿de la subespecie pantherina?.

¿Y qué decir del pie, ventrudo, adelgazado en la base, con unas manchas ferruginosas, no imputables a la esporada, casi blanca, sino, tal vez, al roce con el mero aire?

Diodoro seleccionó los ejemplares que le parecieron mejores, por más representativos y, abandonando la búsqueda de más boletos, hongos o carpóforos, estuvo escaso de tiempo en volver a su casa, y sumergir la testa entre las decenas de libros en las que creyó encontrar ayuda para identificar su hallazgo.

Pasó la noche, y nada avanzó. Cuando le parecía que tenía ya puesta al descubierto la identidad de aquellas setas, una observación más pertinaz, daba un vuelco a la hipótesis. La esporada a veces see le antojaba blaco ocrácea y otras, rojo pardusca, la carne era por momentos consistente y por situaciones, cedente a la presión digital. El olor, a rábano, pero, bien mirado (es decir, olido) podría ser también a almendras o incluso a membrillos revenidos.

Fuera como fuese, sin aguantar ya más la incertidumbre, y aún manteniendo el misterio de la identidad de aquellas setas, el alba encontró a Diodoro preparándose un guiso con ellas. Hizo, en fin, lo que tantas veces el mismo había desaconsejado hacer.

Era aquella la que se apoderó de él, como hubiera reconocido más tarde, de haber tenido ocasión, una tentación irresistible, el deseo de penetrar gustativamente en el misterio del ser y no ser de aquella muestra rebelde de la naturaleza, que se defendía de ser catalogada. Al menos, para él, Diosdoro, tocado en su orgullo fibroso de micólogo.

Tenía que probarla.

Como no quería enmascarar el sabor, apenas si puso una base de aceite en la sartén, añadió una pizca de sal, y, sentándose a la mesa, probó un poco. Excelente. La carne era sólida, el sabor fúngico con un regusto a asado de cordero, el olor que se desprendía al masticar, propio de un manjar solemne.

Comió todo el contenido de la sartén, sintiéndose feliz. Muy feliz.

Cuando, a mediodía, como acostumbraba, la chica de la limpieza, que disponía de una llave, entró para arreglar el apartamento de Diodoro, lo descubrió volcado sobre la mesa del comedor, con un lápiz agarrado en la mano, junto a una hoja de papel, en la que había escrito, con letras gigantescas:

«NO COMER. ESPECIE VENENOSA.»

Pero no había logrado identificarla, parece.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Cultura, Restauración Etiquetado como: angel arias, capelo, carpóforo, cuento de otoño, envenamiento, éspecie, glabra, hifa, hongo, identificación, indigestión, lámina, micófago, muerte, seta, venenosa, vulvo

Cuento de otoño: El guindo del que se cayó Juan José Crédulo

3 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

A unos sesenta kilómetros de Lepe existe un guindo que la tradición identifica con aquel del que se cayó Juan José Crédulo, hace ya casi trescientos años.

Se sabe muy poco de la existencia de este personaje casi mitológico, al que muchos confunden con Simón El Estilita, sin tener en cuenta que este último vivió en el siglo V de la era cristiana, y pasó a la historia por haber resiitido más de treinta años subido a una columna que, por razones no bien explicadas, crecía con el tiempo, hasta alcanzar la altura de 18 metros.

El Estilita, además, no vivió en Lepe, sino en Aleppa, una ciudad que perteneció a la antigua Siria (hoy, Estados Unidos de Afro-Asia), y de esa columna, hasta principios del siglo XXI, se conservaba un trozo considerable, convertido en polvo microscópico después de un bombardeo con drones israelíes.

Comparado con estar subido a una columna en pleno desierto, estarlo sobre un guindo en una huerta, aunque nadie niega la incomodidad, es una diferencia importante.

Juan José Crédulo adquirió fama mundial por ser el último ser humano que se negó a bajar de su guindo, queriendo convencer al mundo con su actitud de que no era posible que todo lo que le habían dicho que era cierto resultara producto de falsedades, triquiñuelas, o mentiras.

En sus últimos años, la gente acudía desde lugares muy lejanos, para admirarse de su terquedad.

-No existe ningún antivirus informático que mantenga la privacidad de tus comunicaciones en la red telemática, -le decían, a gritos, desde abajo, mostrándole los efectos nefastos que habían provocado en muchos de los que habían creído en la invulnerabilidad de sus archivos y datos personales.

-Así que, bájate de una vez de ese guindo -le instaban.

Pero Crédulo seguía, erre que erre, defendiendo que era posible confiar en las promesas de las redes sociales de que sus datos se mantendrían rigurosamente cubiertos de la curiosidad de terceros no deseados.

Otras veces, grupos de ciudadanos, en los que no faltaban funcionarios, políticos y empresarios, se congregaban junto al guindo, conminándole a que bajara o se dejara caer, de una puñetera vez.

-Ya no queda nadie que crea que es posible conseguir un contrato sin sobornar a alguien, y los últimos guindos en los que estaban subidos quienes confiaban en el funcionamiento leal de las instituciones, son ya árboles sin otro interés que el de dar frutos para el marrasquino.

-No me convenceréis -gritaba, desde arriba, Juan José Crédulo, agarrándose a las ramas, para no caer ante los meneos que le prodigaban a su árbol desde abajo-. No es posible que nos hayan mentido tantas buenas gentes que nos hablaron de su lucha contra la corrupción, ni que sean papel mojado tantos códigos deontológicos y manuales de buena conducta corporativa.

Crédulo era dado por imposible, y se convirtió en objeto/sujeto turístico, como los toros de Guisando, el brazo incorrupto de Santa Teresa o las ruinas de la colegiata de Cornellana (Asturias), por poner unos pocos ejemplos, elegidos al azar.

Pero la tradición cuenta que un día no especificado, se cayó del guindo. No se sabe si fue por haberse enterado de las razones de la existencia de las religiones, el motivo central de las guerras, o la fórmula de la Coca Cola, pero se cayó. Y se rompió la cabeza.

Desde entonces, agrandada con el paso de los años y los siglos, su memoria fue preservada como el último cabezón, el empecinado más recalcitrante en su empecinamiento, el confiado más crédulo que existió jamás.

FIN

s una ventaja importante. No conozco a ningún estagilita,

Publicado en: Uncategorized

Día de disjuntos

2 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En toda cultura se encontrarán fórmulas de respeto a la memoria de los muertos, en particular, de los familiares y amigos a los que hemos conocido, que van desde la aparatosa manifestación externa hasta el recogimiento más íntimo.

El 2 de noviembre era, hasta que España dejó de ser católica, Día de difuntos. Pero los que hemos sido educados en esa fe, aunque se nos haya perdido en los recovecos de la razón, mantenemos vínculos con esa fecha. Para quienes no necesitamos de efemérides para mantener viva la memoria de los que se nos murieron, hoy puede ser un día para acordarnos de los que nos dejaron aunque siguen vivos por ahí. Un Día para los Disjuntos.

Estas pueden ser las advocaciones con las que recuperamos su recuerdo.

A ti, que un día dejaste las aulas que compartíamos, y desapareciste sin que nadie nos explicara los motivos.

A ti, que no me diste oportunidad de explicar por qué actué de esa manera que te disgustó, y ya no contestaste a mis llamadas, permitiendo que el tiempo marchitara nuestra amistad.

A ti, que me cambiaste por otro más listo o más hermoso, desapareciendo de mi cercanía para irte de su brazo hacia un proyecto del que ya no supe nada.

A ti, que creíste que no era de los tuyos, porque te dejaste confundir por lo que te dijeron nuestros enemigos.

A ti, que creías que podía haberte servido de algo para alcanzar tus intereses, y me abandonaste cuando te cercioraste de que mi influencia era, además de escasa, inservible para lo que pretendías.

A ti, que dedicaste una parte de tus esfuerzos en impedir que mis cualidades fueran valoradas para que no te hicieran sombra en la parcela en la que crecía tu ambición.

A todos los que no hicieron lo más mínimo -al menos, lo necesario- para entenderme, a todos los que no supe entender, a los que se fueron sin despedirse, a los que se quedaron y hoy no me reconocen o me ignoran, a los que jamás se cruzarán en nuestro camino porque estarán atentos a cambiar de acera, a los que nos menosprecian desde sus pedestales de presunta sabiduría, a los que les gustaría que nos conociéramos pero no se atreven a llamarnos, a los que nunca se les pasará por la cabeza qué interés podría tener el que nos conozcamos, a los que piensan diferente en algún tema y no quieren confrontarlo con lo que sabemos, a los que piensan igual que nosotros pero no lo han manifestado por temor a las represalias, a los que viven lejos de otras maneras y en otras circunstancias, a los que tal vez podría ayudar con lo que tengo si conociera en qué, a los que no ayudo porque no sé cómo o no me lo planteé, a los que no me ayudan porque no les preocupa lo más mínimo lo que puedo necesitar, a los que…

A todos ellos, mi recuerdo hoy. Porque es el Día de Disjuntos.

Con todo el afecto de que hubiera sido capaz, si las cosas hubieran discurrido de otra manera. Porque no ignoro que al lado de toda persona que odia, hay alguien que le ama, o que junto a los que desprecian, hay necesidades y, sobre todo, los que necesitan no siempre tienen la oportunidad de hacerse notar de aquellos a los que les sobra.

Publicado en: Actualidad, Cultura, Sociedad Etiquetado como: advocación, amistad, aulas, ayuda, compañerismo, compartir, comprensión, controversia, desaparecer, día de difuntos, disjuntos, educación, fe católica, recuerdo, rencor, solidaridad

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