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Llevamos ya dos meses confinados
y temo que la reclusión va para rato
pues hay quienes, de puro confiados,
creen no les tocará pagar el pato.Tienen culpa los mensajes variados
que cambian tantas veces el relato
y aunque algunos extrememos cuidados
aquí arriesga su vida hasta el Tato.No fuera preciso adornar con boato
medidas y misterios de los hados
y admitiría que mi destino acatosi los sabios y expertos y letrados
me demuestran no guardan ningún dato
y no dan preferencia a los mercados.7 de mayo de 2020
(@angelmanuelarias, Sonetos desde la crisis)
Archivo de mayo 2020
Quedan aún días de rabia, dolor, luto (Sonetos)
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Tenemos para el caso un protocolo
que no nos disminuye incertidumbre
porque rige libertad y es la costumbre
a chirigotas reirse con Bartolo.
Habrá quien prefiera amargarse solo
o correr maratón por darse lumbre,
y quien es feliz creando podredumbre
o en los actos ajenos viendo dolo.
No falta quien llama arte al chirimbolo
y el que defiende que la luna alumbre,
se cree Narciso o reza al dios Apolo.
Brotan más confusiones en la cumbre,
sin que valga decirse «cuánto molo»
ni en debilidad, fingir reciedumbre.
5 de mayo de 2020
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A Miguel Hernández
(Otra versión, similar al Soneto 26, con las mismas rimas de su Soneto
“Como el toro he nacido para el luto”)
Quedan aún días de rabia, dolor, luto
que en página vital llevas marcado.
De refilón, por sorpresa, de costado
la pandemia marchita cualquier fruto.
El poder me parece hoy diminuto
aunque ayer pareció desmesurado
y ese aura de ayer enamorado
hoy hasta al propio amor se la disputo.
Qué hice por merecer este castigo
que en sangre me dejó el alma bañada.
Me repugna cualquier coro sonoro
que me impide la calma que persigo.
Veo de frente al matador con la espada
y llevo banderillas como el toro.
6 de mayo de 2020
(@angelmanuelarias, Sonetos desde la crisis)
Entre las láminas con temas más o menos dramáticos, contando historias de familia en penuria, portadores de cristales rotos o niñas alimentando con carne a las palomas, esta reproducción de mi dibujo «Frutas sueltas» (Lámina IV de Sonetos desde el Hospital) parece reflejar un remanso de luz y tranquilidad.
Es verdad que, dentro de la carga densa en emoción y tristeza de los Sonetos que escribí cuando estaba operado o a tratamiento en el Hospital Ramón y Cajal (por cierto: ahí sigo), me propuse incluir algún poema y algún dibujo que fueran alegres y, en particular, para los dibujos, luminosos y coloridos.
«Frutas sueltas» es un bodegón, aunque no un apunte realizado a partir de la realidad, sino de una composición imaginada, falsaria. Las peras y las manzanas no son tales, la perspectiva está rota, los colores son falsos. Las frutas son diversas, pero están amontonadas; no, no están sueltas, sino empingorotadas. Empleo a consciencia esa palabra, porque quise reflejar categorías: las uvas y los higos, fuera del tiesto: una naranja, emergiendo del océano de peras y manzanas, gravitando irreal.
Me gustaría haber conseguido abrir una ventana a la esperanza, a lo positivo. La fuerza del color, de las formas…y también, la voluntad del propio cerebro, contrariando los sentidos, para admitir lo que no hay. Yo, entonces, lo necesitaba. Lo necesito aón.
Entran más animales a la Granja (Soneto)
75
Entran más animales a la Granja
donde humanos seguimos discutiendo
qué hacer o deshacer en esa franja
tan estrecha y corta que no entiendo
haya que elegir limón o naranja
mientras el tiempo se va consumiendo.
Nadie este guirigay ordena y zanja
el fragor con unánime refrendo.
El jabalí y el oso ocupan prado
hozan y pastan libres sin debate;
tordo y grajo desvisten al cerezo.
Nos recuerdan vivimos de prestado
y para naturaleza es dislate
tanto ir y venir de la guerra al rezo.
4 de mayo de 2020
(@angelmanuelarias, Sonetos desde la crisis)
—
«Escena de familia ante una ventana» es el título de la Lámina Undécima de las que incluí en el libro Sonetos desde el Hospital. Represento un típico trío de mi iconografía: los padres y una hija adolescente. En esta escena, el padre de familia se dirige a una ventana desde la que se entrevé un turbio paisaje ennegrecido: las perspectivas no son halagüeñas.
La madre, escorada como si pretendiera disimular su turbación, esconde o arroja detrás de un sillón/muro la últimas flor de la ilusión; la hija, desde el sillón central, espera el desenlace.
El plan ansiaba la ocasión perfecta (Sonetos)
73
Hay otro mundo cuando me transporto
de la mano de disfrute y fantasía
y el ánimo raptado queda absorto
dejando a imaginación que se extravía.
Seré fiel deudor de Euterpe y de Talía
cuya magia revierte el tiempo en corto
y ora tenaces o con más suave porfía
domeñan las angustias que soporto.
De la música entrando en sintonía
a mi alma sosegada reconforto
y recargo nuevas fuerzas y energía.
Cuando trama horizonte un nuevo orto
yo me entrego a imaginar con alegría
que soy niño y acorde me comporto.
3 de mayo de 2020
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El plan ansiaba la ocasión perfecta;
la instrucción, tal vez, fuera imprecisa;
mensajes raudos e intención directa
obviaron que la gente tenía prisa.
Se dijo proteger la edad provecta
y se hizo con el caso mucha risa;
pensó la juventud que no me afecta
sin llegar a entender ni la premisa
Arriesgamos volvernos al principio
y con la misma explicación dilecta
asomarnos de nuevo al precipicio.
Retornarán las curvas y la recta,
el pasear de hospitales al servicio,
y entronizar al virus como secta.
(@angelmanuelarias, sonetos desde la crisis)
Paseando un atardecer por Tirana, en las escasas horas de distracción que nos permitía el apretado programa del Banco Mundial, sorprendí a un grupo de jóvenes que estaban dibujando, en láminas sobre tablas que tenían apoyadas en las rodillas, la fachada del hotel donde nos hospedábamos. Sin poder contener mi curiosidad, les pregunté qué encontraban de valioso -como para dibujarlo con tal detenimiento y atención- en el edificio moderno y ecléctico de la multinacional, y me contestaron, casi al unísono: «Somos estudiantes de segundo de arquitectura y nos encargaron como ejercicio de fin de semestre representar ese edificio».
Tomé mi cuaderno de apuntes y las dibujé, con cuatro rasgos, a ellas. Jóvenes, hermosas, diligentes. Era, para mi juicio, lo que merecía la pena de ese momento. Lo titulé «Jóvenes estudiantes de arquitectura en Tirana». Una de ellas, cuando ya me marchaba, me preguntó si podía darle el dibujo. Arranqué la hoja, diciendo: «Por supuesto. Yo ya me he examinado de todo lo que tenía que examinarme».
Luego, en la página siguiente, volví a dibujar la escena, que, ya en el estudio, terminé en formato grande y, como la anécdota me pareció representativa de mi manera de mirar siempre que puedo desde otra perspectiva, incluí la reproducción como Lámina III en Sonetos desde el Hospital.
Nos dan con el bromuro la esperanza (Soneto)
72
A Garcilaso
Con las mismas rimas de su Soneto
“Un rayo se levanta mi esperanza”
Nos dan con el bromuro la esperanza
tan pronto nos hayamos levantado
pero siendo la vejez el mayor grado
yo pongo en mi tazón la desconfianza.
Tiempo no es de templanzas ni mudanza
y estoy para soflamas muy cansado;
ruego que, tomando nota de mi estado,
me despierten si llega la bonanza.
A no estorbar, me cruzaré de brazos;
que, si por mala maña algo rompiera,
no culpen que el cacumen tengo espeso.
Causará reclusión más embarazos,
y antes que el niño elija lo que quiera
al can se entretendrá royendo un hueso.
2 de mayo de 2020
(@angelmanuelarias, Sonetos desde la crisis)
Este dibujo, que dio pie a otros varios y a alguna pintura de mayor formato al óleo y acrílico, se titula «La madre de John en su laberinto», y forma parte de una de las doce láminas que incorporé al libro Sonetos desde el Hospital (Angel Manuel Arias, 2019).
El título y la realización parecen crípticos, pero su origen e intención tienen referencias concretas. El dibujo básico, bastante complejo, lo realicé una noche durante una estancia en San Juan de Puerto Rico, en la curiosa pensión que la madre de John, a quien me habían presentado aquél mismo día, regentaba en la capital del Estado asociado. Yo tenía ya, obviamente, reservada habitación en un hotel, pero acepté la invitación del tal John para conocer «la más hermosa casa de San Juan», en donde su mamá ofrecía habitaciones para huéspedes.
La madre de John era uno de esos personajes curiosos, enigmáticos, polifacéticos e inasibles que alguna vez nos encontramos en la vida, los que ya hemos recorrido mucha. Tenía una ágil conversación y mantenía una alta capacidad seductora, con la palabra, los gestos y los restos vivos de una belleza que tuvo que ser esplendente. En un momento dado, para apoyar la idea que había servido a la creación de su hospedería, quiso enseñarme las habitaciones de la misma, que decía había decorado de acuerdo con la percepción, inclinaciones y gustos de los clientes, en caso de que fueran (como así eran la mayoría), habitantes de larga duración de aquel misterioso negocio.
Algunos de los cuartos estaban ocupados en aquel momento, y la apertura de las puertas de sus recintos, dejaba al descubierto sus intimidades. No estoy seguro de no haber soñado lo que pasó aquel día. Pero cuando volví, ya de madrugada, a pesar de estar cansado y algo espeso, no pude contenerme, y estuve dibujando durante más de una hora, las sensaciones que me había levantado «la madre de John en su laberinto»,
Asido al mondo palo, aquel jilguero (Soneto)
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Asido al mondo palo aquel jilguero
en la jaula cantaba emocionante:
“Todo va bien, no pongo ningún pero,
que veo feliz mi vida por delante”.
El bello trino y su decir tonante
atrae un ave, libre, que, al alero,
absorta atiende aquel trinar pedante
del ingenuo y alegre prisionero:
-“No encuentro razón a tu altanero
silbo, y lo veo tan desconcertante
que te atribuyo la maña de un trilero”
-“No juzgues mi afición como pedante
-replicó- y no apliques tu rasero,
que me dan de comer y eso es bastante”.
1 de mayo de 2020
(@angelmanuelarias, sonetos desde la crisis)
Traigo a este Comentario, como pretexto visual, un pequeño óleo (formato DIN A3), que pinté -se ve la fecha- en 1977. Ya llovió, desde luego, pero mi estilo ha cambiado poco. El título del cuadro es «El progre en la playa», y entre la abigarrada multitud se ve una figura -esquemática y borrosa- que lleva una bandera roja.
Qué auras, qué tiempos. Yo no sabía aún que se aproximaba el momento de coger la familia, el petate y las ilusiones, para marcharme para Alemania. David, mi hijo mayor, tenía dos años y Miguel nacería al año siguiente. Iniciaba una época que cambiaría la historia reciente de España y, por arrastre, la mía propia. Aunque de diminuta factura y seguramente fallos técnicos para el erudito analista, el cuadro me encanta y me ha acompañado, en cada una de mis mudanzas, desde entonces.
El proceloso mal, contrastando con la despreocupada tranquilidad de los bañistas, señala el desequilibrio entre lo que se disfruta, inocente, y lo que amenaza. La vida misma.






