Al socaire

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Otras gentes: (7) De fiar

1 septiembre, 2017 By amarias Deja un comentario

No se precisa realizar estadísticas, para afirmar que nunca en la Historia de la Humanidad ha habido tantos individuos analizando, con seriedad y profesionalidad, y en las más variadas materias, la manera de mejorar, aunque fuera solo un poco, el espacio intelectual a su alcance.

Nunca antes en la Historia de la Humanidad hubo tantos mentirosos, tantos crédulos. Jamás se difundieron tantas falsedades y se dio cancha a tantos falsarios, que, actuando en beneficio propio o de terceros, o simplemente, por el placer individual de hacer daño o propagar tonterías o maldades, han convertido el espacio de la información y de las comunicaciones en un campo minado por mentiras, citas espurias y consejos ruinosos.

Por eso, cabe preguntarse porqué, habiendo muchas personas que tienen solvencia técnica, sobriedad argumental, seriedad formal, respaldadas por una trayectoria individual de estudio, investigación o pureza deontológica, se concede por las masas credibilidad mayor a los que vociferan, a los payasos de la idea, a los ignorantes revestidos de toques de farándula.

Coincido con la idea central que expone Arjun Appadurai en su artículo «Fatiga democrática» (incorporado en una colección que recopila pensamientos de una decena de ilustrados, publicada bajo el título de «El gran retroceso», Seix Barral, 2017): los líderes de los nuevos populismos tienen en común que, como ninguno puede controlar la economía de sus conciudadanos, prometen la purificación de lo que presentan como base cultural, rescatada con falsificaciones y adulteraciones del fondo de saco de la historia, a un grupo, una facción o un pueblo a la que se presenta como víctima, ya sea de colonialismo, centralismo o de la etnia o grupo antes dominantes.

Los ejemplos de este rescate cultural a la carta son muchos, y se encuentran por doquier: han supuesto y suponen graves conflictos en la India, Pakistán, Irán, Irak, Afganistán,…, y muchos Estados frágiles africanos, por deplorable ejemplo. Se presentan en Escocia, brotan ahora en el Reino DesUnido, viven a sus anchas incluso en la paciente Canadá, trepan por los recovecos existenciales, «bouquet garni»  con resonancias étnicas, marginación social y ribetes paranoicos, de Bolivia, Nicaragua, Colombia, Ecuador, etc.

Es, sin duda, y lo escribo con dolor de corazón, el mismo síndrome sociólogico que se está viviendo en Cataluña (esto es, en España), con un equipo de iluminados que, incapaces de ofrecer soluciones al deterioro de la economía regional, se han concentrado en la recuperación de una supuesta raíz cultural propia endógena, catalana of course.

De nada sirve argumentar que estamos en un mundo global o que las bases culturales de la Humanidad son fruto de la consolidación, durante siglos y siglos, de los resultados de intercambios pacíficos o enfrentamientos revolucionarios o bélicos, de ideas felices de afortunados elegidos, de aspiraciones frustradas o consolidadas de grupos muy diversos y, en fin, son el soluto indescifrable de un camino de hipotética perfección y búsqueda de la verdad filosófica y técnica en la que estamos todos embarcados. Nadie, ningún pueblo o facción debería considerarse superior, ni siquiera distinto. Los pueblos elegidos por los dioses no existen. Jamás existieron. (1)

Los profetas de tierras prometidas por ellos son, sencillamente, trileros, falsarios, mentirosos que ocultan su ignorancia, su ignominia o su desfachatez pretendiendo que saben lo que hay que hacer para salvarse del mundo global, de la pérdida de fuerza de las democracias, del control financiero de los grandes grupos, de la eterna lucha entre la ética y el mal…acudiendo al reducto sin futuro de encerrarse a cal y canto en las cuatro paredes del proteccionismo y la insolidaridad.

(1) Puede que para algunos, esa sea solo mi verdad, de la que no participan. No discutiré jamás sobre peticiones de principio.


Este joven busardo ratonero (la edad queda delatada por su pecho rayado, que se torna barrado en la edad adulta) se posó en un poste de la luz, aquel atardecer belmontino asturiano, y pareció ignorarme durante unos minutos. La luz era mala, pero la proximidad del Buteo buteo a mi cámara, idónea. Al cabo de un tiempo de observación recíproca, se elevó, majestuoso, hacia algún lugar en las montañas próximas, en donde tendría su sede principal.

Tenía, sin duda, su lugar principal de caza de topillos, pequeños pájaros o insectos cerca de donde yo residía entonces, pues volví a verlo otras veces, aunque, lamentablemente, ya no tenía la cámara al alcance. Por cierto, si el lector se toma la molestia de aumentar el tamaño de la imagen, verá que el busardo sostiene un insecto en su pico, del que sobresalen las patas, que acabaría de atrapar.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: Appadurai, buteo, Cataluña, cultura, engaño, fiar, ratonero

Otras gentes: (6) De rompe y rasga

31 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

Una división posible de los humanos, atendiendo a sus hábitos consolidados, sería entre gentes que todo lo guardan y quienes, a la primera de cambio, se desprenden de lo que ocupe algún sitio en su proximidad, sin valorar que les pueda volver a servir o no.

Aunque no escribo solo para bancarios ni tipos que pisan moqueta o parqué laminado, valga decir que, en las oficinas, lugar en donde la observación de comportamientos de los homínidos que antes se llamaban de cuello blanco suele ser más provechosa, los despachos o estanterías de quienes parecen conceder a cada libreta, informe mensual o papelucho,  destacan por la acumulación de carpetas y chirimbolos, con los lugares prácticamente vacíos de quienes no tienen afecto alguno por informes, memoranda y hojas de control de calidad. (1)

Cuando cada jefecillo de departamento tenía secretaria -esas sufridas mujeres que empezaban casi de niñas a mecanografiar, sin perder la sonrisa, una y otra vez el mismo informe y cuyo final, antes de la jubilación, no quiero glosar- era corriente escuchar: «Fulanita, tráigame el acta de aquella reunion de ese día que llovió», y allá volvía, a los pocos minutos, la criatura, con el documento deseado. Hoy todo el mundo es su propia secretaria, y los papeles de antaño se guardan en ordenadores y lápices usb, hasta que petan o cambian el sistema operativo.

Las gentes de rompe y rasga no tienen por qué identificarse con quienes disfrutan rompiendo papeles y atiborrando las papeleras de los resultados de su afición destructora. Aunque el término ha caído en desuso, hasta hace unas décadas era la forma afectuosa de referirse a los tipos valientes y decididos y, puesto que a los hombres «el valor se le supone», era preferida para designar a aquellas mujeres de carácter, con pelo en pecho (pido perdón por la gracieta).

Los tipos -hombres y mujeres, por supuesto- que merecerían hoy esta apelación, siempre elogiosa, son aquellos que no se arredran ante una situación que parecería enmarañada a los cualquiera, y, sin necesidad de encomendarse a dios ni al diablo, tiran por el camino de en medio, se saltan a la torera las señales de precaución que los demás seguramente exageran y, para bien o para mal, allá se van con su criterio.

No tenemos hoy mucha gente de rompe y rasga, aunque no faltan los que rompen, sin venir a cuento, lo que se ha construido por los demás sin esfuerzo. De entre los rompedores que hoy destacan, están aquellos que pretenden ocupar un lugar en la Historia saltándose las normas legales y tensando la cuerda de la convivencia buscando, más que el provecho colectivo, su gloria personal. Que, siendo falsa, se convierte en vanagloria.


(1) Se me puede objetar que ahora casi nadie tiene despacho, sino que los lugares de trabajo son apenas unos cubículos abiertos, separados por mamparas trasparentes; incluso, hay empresas en las que los puestos para currar no están asignados a persona concreta, y se ocupan por orden de llegada a la oficina o según convenga a la tarea a realizar.

—–

La mayor parte de las gaviotas que se ven en las costas del norte ibérico -y en vertederos de basura del interior- son de las llamadas patiamarilla (Larus michahellis). Tienen estas aves, poco simpáticas por su carácter vocinglero y su afición a defecar sobre los autos aparcados en sus mediaciones, un crecimiento lento, y no alcanzan su madurez hasta pasados dos o tres años, soportando varias mudas y cambiando, en consecuencia, su aspecto; se admite que presentan, ni más ni menos, cuatro grupos de edad diferenciables.

Esta gaviota es un juvenil de segundo año, con el plumaje más claro que las de la temporada anterior, y, lejos, aún, de alcanzar el aspecto níveo de sus congéneres adultos; la mancha ocular y el pico grueso delatan que avanza hacia su tercer invierno.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: coleccionistas, concervadores, gaviota, patiamarilla, rompe y rasga, rompedores

Otras gentes: (5) Gentes del montón

30 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

A pesar, o quizá por ello, de considerarnos especiales, de pretender como axioma que somos el centro de nuestro mínimo universo, la igualdad, monótona, anodina y cruel, se cierne sobre nuestra existencia, devorándola. Nacemos, consumimos nuestro tiempo en diminutas acciones sin la menor repercusión exterior, salvo para un círculo de familiares y amigos cuya dimensión trasladada a escala cósmica sería inmensamente ridícula, y morimos, desapareciendo para siempre, y en un somero instante, de la memoria colectiva.

Si emplazados en el Universo con nuestro bagaje mínimo, somos menos que una mota de polvo estelar, ubicados en el planeta Tierra y en este preciso instante, como seres vivos humanos, con capacidad para imaginar, sentir y crear, nuestra anomalía colectiva adquiere un encanto especial. ¿Qué significa tener consciencia de nuestra existencia, a qué conduce ser capaces de planificar, aún equivocándonos, el futuro?

Estas y otras preguntas similares han consumido muchas energías de gentes especiales, extraordinarias, que, a lo largo de los siglos, han aportado granitos de arena sobre nuestro desconocimiento global, poniendo alguna claridad en la noche de la supina ignorancia. Pero solo unos pocos, quizá apenas un par de miles de humanos, han superado en toda la historia de la Humanidad, el umbral de la oscuridad, iluminándola con la antorcha de su sabiduría, de su tenacidad, hasta que su luz se apagó para siempre, dejándonos alguna reflexión sobre la compleja personalidad del Universo en el que estamos realizando nuestra trayectoria como especie hacia un final aún desconocido.

Todos los demás, somos gentes del montón, sin nada extraordinario, tan parecidos a cualquier otro de los que llamamos oficialmente semejantes que bien podríamos considerarnos idénticos a ellos, como las moscas que importunan nuestro descanso, como vemos los pájaros cuyo nombre ignoramos y a cuyos detalles morfológicos o  diferentes cantos no prestamos la menor atención.

Gentes extraordinarias y gentes del montón compartimos la misma estructura química, que combina únicamente cuatro elementos: carbono, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, con solo cuatro radicales, que Watson y Crick en 1953 caracterizaron como adenina, guanina, citosina y timina. Con ese soporte químico tan básico, se construye la vida, se transmiten las características genéticas, se genera la genialidad o la vulgaridad; solo la combinación de cadenas de esos radicales, y las transformaciones químicas o físicas que presentan, diferencia a la mosca del mono, al científico del lerdo, al criminal del pacífico.

Ah, pero algo más sutil, aún por detectar, maravilloso y enigmático, provoca que esas bases nitrogenadas acumulen experiencia, sean capaces de transmitirse sensaciones, imaginar y transmitir ideas y elucubraciones. Se sabe que algunos individuos son geniales desde el nacimiento, por la afortunada combinación de radicales con información y estímulos previos. Se sabe también que esas estructuras genéticas son aptas, especialmente en el ser humano, para incorporar más datos, más información, sabiduría creativa.

Si pudiera formular un deseo de aplicación general, escribiría que mi sueño existencial es que, guiados por gentes excepcionales, la inmensa mayoría de los tipos del montón, nos concentremos en trazar los límites de nuestra ignorancia, venciéndola, al margen de ideologías, falsificaciones, y fantasias. Las herramientas para lograrlo me parecen, hoy como siempre, la formación, la investigación, el espíritu crítico, la solidaridad, el método, la confianza en la capacidad humana, …


Estos  tres gorriones comunes (passer domesticus) vuelan hacia el comedero, que les proporciona alimento fácil y abundante. Resultan indiferenciables, salvo para un observador interesado en analizar el comportamiento de estas aves en un entorno reducido. El ave del medio es un macho con plumaje de verano, el píleo gris, babero negro y  mejillas gris sombrío.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: ética, formación, gentes, ideologías, investigación, montón, religión, sociedad, solidaridad

Otras gentes:(4) Gentes del libro

29 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

Según la versión clásica del Islamismo y su relación con el derecho, «gentes del libro» son aquellos que practican una de las tres religiones monoteístas que tienen su base en el Antiguo Testamento: cristianismo, judaísmo e islamismo, considerado por todas ellas un libro sagrado.

Cuando  la península ibérica estuvo casi totalmente bajo dominio musulmán, estas gentes o pueblos Libro (gente de la dhimmah) vivían bajo la protección del sultán, siendo sus derechos y deberes diferentes, pudiendo practicar su fe y mantener determinadas prerrogativas a cambio de impuestos, que eran muy superiores para los no islamistas.

La reaparición de la yihad, guerra santa por causa de Dios, -invocada por fanáticos del Islam que, en versiones bastante incoherentes entre sí e ininteligibles desde una posición moderna y deontológica, pretenden implantar una interpretación rígida de los preceptos supuestamente transmitidos por un arcángel al profeta, y no dudan en inmolarse o cometer atentados indiscriminados contra poblaciones que disfrutan de la libertad que han traído la implantación de sistemas democráticos y, en general, oficialmente no confesionales-, ha conmovido la sensación de seguridad de las democracias occidentales.

El vertiginoso envenenamiento de las pacíficas concepciones del Islam, en que, como se esfuerzan en repetir creyentes, admiradores o antiguos educandos en esa religión, se basan sus preceptos, ha aportado incomprensión y recelo hacia todos los practicantes de la doctrina de Mahoma.

Nos sentimos directamente amenazados por estos fanáticos, y, en la confusión entre creyentes y radicalizados, muchos ven en cualquier musulmán -incluso en quienes tienen aspecto árabe, cobrizo o negroide- un potencial sospechoso, un enemigo de nuestra libertad.

Contagioso, el mal está extendido por doquier y no resulta posible identificar una sola causa de la difusión de adeptos a esa doctrina herética. Se propaga utilizando promesas de placeres terrenales y futuros, concentrando extorsiones que implican manejos de dinero y poder, adobando mentiras, lanzando amenazas y provocando terror; es alimentado por drogas, robos y saqueos, no desdeña el ejercicio de autoridad malsana, se cuela como presión de grupo contra crédulos, necesitados, iluminados o sicópatas, supone la falsificación de la historia y el desprecio a la interpretación humanista del Corán, se apoya en la marginación y pobreza reales, crea y mantiene guetos, ritos y vestimentas que separan y se retroalimentan.

Cierto que quienes invocan el nombre de Alá, para embarcarse en acciones terroristas que han causado ya decenas de miles de víctimas civiles (en el sentido o acepción de «no militares») proliferan con mayor intensidad en países en los que la religión islámica es oficial o de seguimiento mayoritario, pero desde el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, son muchos, harto frecuentes, y con efecto mediático muy alto por sus características de actuación indiscriminada, los individuos radicalizados que actúan en Occidente y,  especialmente, en Europa.

El atentado sufrido por pacíficos transeúntes de las Ramblas de Barcelona, el 17 de agosto de 2017, perpetrado por un grupo de individuos, al parecer dirigidos por un imán de Ripoll, y cuya extensión y número aún no está completamente clarificado, ha puesto de manifiesto demasiadas cosas para dejarlas en la nube de la ignorancia. He aquí algunas:

  1. Los terroristas yihadistas, son la mayor amenaza actual contra la seguridad ciudadana. Puede que no consigan amedrentar ni afectar a la libertad ambulatoria de la inmensa mayoría, pero la diversidad de sus métodos y su misma existencia, con células que se han formado y crecido en el territorio europeo (y, en lo que más nos afecta, español), y, por tanto, camufladas como «ciudadanos normales», exige una actuación policial y de las fuerzas de seguridad, coordinada, seria, inteligente, completa. Esta actuación ha de desarrollarse también, contando con la colaboración ciudadana: hay riesgo también de radicalización de fanáticos en la permisividad y la excesiva  tolerancia cuando está en peligro nuestra vida y la de ciudadanos pacíficos, que nada quieren entender ni saber de esa antihistórica, antiética y criminal iniciativa religiosa. Se nos pide que no nos amedrentemos, y puede que, en general, se consiga -aunque las limitaciones ya existen, y los gastos extras por la seguridad, aumentan-, pero debemos también ser vigilantes y actuar defensivamente ante el riesgo. Ignorar al otro, al semejante, genera un espacio de ocultación para el diferente, el potencial asesino, el fanático que usa la religión como justificación mortífera.
  2. La falta de coordinación policial, los errores y omisiones en la transmisión de información sobre individuos peligrosos o en vías de radicalización, es inadmisible. Da lo mismo que sean treinta mil o cien mil los radicalizados con perfil criminal. Las redes de información, en una época digital y de comunicaciones, han de funcionar a la perfección y no hay excusa para que no haya sido así, para que no sea así. Cierto que la policía no puede vigilar a todo sospechoso (no sería admisible legalmente), pero los atentados han demostrado que no existen «lobos solitarios», sino grupos coordinados, dirigidos por cabecillas extremistas, educados en la interpretación elucubrante de la doctrina de Mahoma, amparados en su libertad -la nuestra, la que deseamos para nuestra sociedad- para urdir actos terroristas.
  3. Nuestra sociedad, devenida fundamental agnóstica, e incluso crítica de valores históricos vinculados a la religión cristiana, ha caído en la trampa de una excesiva tolerancia. Nuestros representantes públicos se abrazan sonrientes con sátrapas y tiranos nuestras ministras y empresarias se ponen la mantilla o visten «con recato» para no contrariar o escandalizar con la exhibición de su cabellera, sus brazos o piernas al descubierto…y aquí nos hemos acostumbrado a la visión de una pobre mujer cubierta con velo hasta las cejas y con un paño que tapa hasta la menor curva de su sobrepeso, acompañada por un tipo en camiseta que mira sin ocultar su apetencia rijosa ante cualquiera fémina infiel en pantalón corto.
    En fin, si queremos abortar definitivamente esta lacra que nos ha surgido, abandonemos -al menos, de momento- la idea de llevar a la democracia a países islámicos, aplaudiendo primaveras árabes conducidas por un par de centenares de jóvenes voluntariosos concentrados en una plaza pública.  Controlemos el comercio de armas  (también, al detalle), preocupémonos de la verdad de la integración de los inmigrantes y mejoremos hasta el límite la bondad de nuestra policía contra esa delincuencia organizada, que no dude en utilizar cualquier medio para atentar. Y alertemos a los pacíficos contra los excesos de confianza.
  4. Y, como cristianos, judíos, agnósticos o practicantes de cualquiera de los múltiples
    caminos para solucionar nuestra necesidad de explicar nuestra existencia, podemos recordar lo que ya Gilles Kepel en 2000 escribía en su libro «La Yihad» -aparte de algunas equivocaciones de perspectiva que se detectan desde la evolución posterior del terrorismo islámico, al que daba por prácticamente finiquitado-: «El declive de la ideología abre a los musulmanes un vasto espectro para determinar su futuro y emanciparse del corsé dogmático (…)» enlazando con la tradición de sus sociedades que «se caracteriza  por una extrema plasticidad en cuanto a las mutaciones del universo».
    Esta plasticidad es la que debería unir, hoy más que nunca, a las gentes del libro, con los agnósticos, y los demás creyentes, en la ética universal que, para muchos -entre los que me cuento- es la doctrina suprema del ser humano.
    —-
    Mientras estaba a la caza de una buena fotografía de avutardas, en Villafáfila, esta  avecilla vino a posarse sobre un murete cercano, con graciosos revoloteos. Es un macho de lavandera boyera (motacilla flava), con su plumaje de verano, que gusta de los campos de alfalfa, para criar, y que abandonara en el invierno.

La hembra y el ave joven  pueden confundirse con la bisbita campestre, que tiene el mismo porte, mismos hábitats (en tierras pan llevar ibéricas).

 

Publicado en: Actualidad, Política, Religión Etiquetado como: islamismo, libertad, libro, motacilla, policía, radicales, Ramblas, religión, seguridad, terroristas, vigilancia, Villafáfila

Otras gentes: (3) Gentes falsas

8 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

Es «más falsa que la falsa moneda», se escucha para descalificar a aquella persona que es propensa a mentir en lo que nos atañe de cerca. Esas personas, que no son de fiar, por su naturaleza retorcida, han hecho del hábito de engañar, su principal característica, y quien se acerca a ellas, pretendiendo que le den información veraz, se encontrará de hoz y coz con el embuste, que le acabará doliendo, generalmente en el bolsillo.

La mentira es algo despreciable, sin duda, porque a todos nos gusta contar con información fidedigna, fehaciente, coherente y, sobre todo, útil. Sin embargo, quien no haya mentido alguna vez, que tire la primera piedra, y que procure no tirarla a lo alto, porque puede quedarse, si le cae encima por mal sitio, sin un ojo o con un considerable chichón en la mollera.

Son, sin embargo, los que han hecho de la mentira el oficio, aquellas gentes a las que me refiero. Son tipos con apariencia de credibilidad, que ocupan un puesto de relevancia (al que habrán llegado, sin duda, utilizando las mismas malas artes), y que no mueven ni una pestaña cuando lanzan sus embustes. Mi tío Manuel decía que, «si te engañan una vez, la culpa es del mentiroso, pero si la misma persona te engaña dos veces, la culpa es tuya».

Pues el personal no parece darse por enterado de esa magnífica máxima, puesto que proliferan las mentiras y se encumbran los mentirosos. Internet es un foco infestado de mentiras, que se difunden impunemente por miles de crédulos: consejos estúpidos para conseguir la felicidad, citas falsas de escritores y personajes reales o de ficción que les harían sonrojar -incluso a estos últimos- si fueran enterados de la atribución, noticias seleccionadas con mala uva para difundir mensajes difamatorios contra inocentes, etc.

Quienes mejor me encajan en el apelativo de gentes falsas, son, por una parte, los comerciantes, que nos venden el género con un sobreprecio que no guarda relación alguna con la calidad, o adornan el producto con palabras rimbombantes, para que, con nuestra credulidad a flor de piel, traguemos su mercancía adulterada en calidad o en coste.

Y, por otra, están los políticos y afines, que amparados en títulos de Boston, Oxford o Tegucigalpa (para el caso), rodeados de otros tipos de parecida calaña, traje de merecer y palabras adormecedoras, nos engañan, una y otra vez, con un futuro que no llega (es decir, no llega con el color con el que nos lo pintaron), una recuperación laboral que no aparece más que en los papeles, unas ventajas de productos financieros que jamás tuvieron, en realidad, el mérito que pronosticaron, etc.

No todos los que se dedican a la política , a las finanzas o a la empresa, son «gentes falsas». Solo algunos. Aunque este tipo de enfermedades de la ética son muy contagiosas. Sospecho que incluso se contagian a distancia, por emulación, o  por instinto de supervivencia en el caldo en el que se desarrolla la actividad a la que algunos han decidido consagrarse como forma de ganar los garbanzos.

Razones estas por las cuales, veo mentirosos profesionales tanto en la izquierda como en la derecha, en la oposición como en el Gobierno. Los tipos que no son de fiar en el mundo de la empresa, merecen capítulo aparte, aunque no estará más recordar a los niños que la economía, la política y la religión son los tres jinetes que conducen la Humanidad hacia su destino.


He fotografiado a este estornino dando de comer a su cría, ya talludita. No son los estorninos las aves a las que tengo más simpatía, pues las asocio a asaltar los campos recién sembrados como si se tratara de enjambres de langosta. Sin embargo, su canto es bastante melodioso y, aunque suelen encontrarse en bandos numerosos, si se las contempla aisladamente, tiene su belleza. Su plumaje negro, brillante, y su agilidad para levantar el vuelo al ser avistados, les hace contrastar vivamente con los tordos, aves con las que los que solo se fijan en lo superficial, frecuentemente los confunden.

Por que los tordos, o mirlos, son también negros -los machos-, pero su plumaje es más opaco, son territoriales y, para levantar el vuelo, tienen que dar algunos saltitos, haciendo su peculiar carrerilla.

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Otras gentes: (2) Los tipos con carácter

3 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

Hay tipos enérgicos, con genio, que solemos definir coloquialmente como «gentes de carácter». Hasta no hace mucho tiempo, a los jefes -no solo en los Ejércitos- se les exigía tener carácter, equivalente no ya a dotes de mando, sino como a la capacidad para imponer su criterio entre los subordinados.

Porque se admitía que quien había ascendido algunos peldaños -pocos o muchos- por la escalera del poder, tenía más información, inteligencia y capacidad que las gallináceas que nos encontrábamos más abajo. Ya fueran profesores universitarios, directores de departamento, subsecretarios de Estado o bedeles de un establecimiento, las «gentes de carácter» indicaban, con tono y gesto inconfundibles, que había que seguir sus instrucciones, o… exponerse a las consecuencias (suspenso, marginación, congelación de salarios, paralización de expedientes, vueltas al patio, etc.)

El paso del tiempo y el cambio de época trajo como consecuencia la pérdida de aprecio hacia la característica del «carácter», al menos entre los directivos de empresa. Se valoran ahora más, dicen, los «jefes colaborativos», los «creadores de equipo», los «jefes que no se imponen, sino que convencen».

Por supuesto, no me creo -o muy poco- en los fundamentos de esa corriente, en lo que pueda interpretarse como que el jefe ha de ser «blandito» y acomodaticio, para sacar el máximo rendimiento a un equipo. Los jefes han de saber lo que quieren, tener las herramientas para hacerlo cumplir- premiando a unos y penalizando a otros- y, aunque no sepa exactamente cómo hacerlo, más le vale poder criticar (con rudimentos, por básicos que sean, pero certeros) lo que han hecho sus subordinados, para no convertirse en un títere a expensas del grupo sabihondo.

No son estos tipos con carácter a los que me vengo refiriendo hasta ahora, los que más me enervan. Al fin y al cabo, allá las organizaciones con la valoración que hagan de las personas. Si me fijo en los directivos de empresa españoles y hago un rápido análisis comparativo con los de otras nacionalidades -y claro está, no los conozco a todos-, aquí son muy apreciados los tipos «hechos a sí mismos» y, además de la opción de ser «hijo de papá» para asumir el mando de una empresa familiar, antes de mandarla al concurso de acreedores, en los grandes grupos empresariales -estos es, lo que llamamos aquí grande- no escasean los que han hecho sus dientes con los dineros públicos, para poder aplicarse bien después en la gestión de los privados.

Las gentes a las que ofrezco mi falta de aprecio en este Comentario son quienes interpretan que su posición de poder les da carta de naturaleza para despreciar, mancillar o explotar a los subordinados, ya les paguen ellos directamente o no.

Esos esclavistas «modernos», negreros de devoción, fulanos sin respeto al otro, que se creen poseer el dominio sobre un semejante porque le remuneran -generalmente, por debajo de lo que marca la ley- o porque, en los recovecos de su mente retorcida, se imaginan que el otro les debe el favor de la existencia, no son tan escasos.

Especialistas en el maltrato, vocingleros, cortos de alcance pero hábiles en sacar partido de su posición injusta (ni son inteligentes, ni merecen su posición en justa lid, ni, en todo caso, no hay mérito ni virtud que les autorice a pisotear a otros), cuando encontremos a uno de esa subespecie, habría que hacerle la trompetilla.

Lamentablemente, no es extraño advertir que, con su inicuo comportamiento, consiguen no pocas veces sacar tajada. Se las tiene miedo, y, no ya el oprimido, sino el testigo de su exhibición de impudicia con él, se callan. En las conversaciones, nos referimos a ellas como, «gente con mal café», «gente de mal genio», pero mejor les va el tenerlos por «gente sin corazón», «gente desalmada», y, en fin, ponerlos en el sitio de «gentuza», negreros fuera de estación, tipejos que se encumbran sobre las espaldas de otros.


La belleza del cisne -blanco o negro- es objeto de alabanzas, un tanto por tradición. Todos los niños nos emocionamos con el cuento del patito feo y los adultos quedamos una y otra vez embelesados con las interpretaciones de «El lago de los cisnes».

En el agua, los cisnes lucen, con su largo cuello tan maniobrable, su singularidad. Fuera del líquido elemento, son realmente patosos, y su cuerpo desgarbado es evidente. ¿Qué decir de su canto? ¡Un graznido sin emoción, un tufido de trompeta!

 

 

Publicado en: Literatura Etiquetado como: carácter, gentes, negrero, tipos

Otras gentes: (1) Los impacientes

23 julio, 2017 By amarias 1 comentario

Introducción

«La gente», son los demás, pero no todos y no cualesquiera. Según el contexto, o la intención, podemos acotar con mucha libertad, como si se tratara de un elástico, lo que entendemos por este vocablo excepcionalmente flexible.

En estos comentarios con trasfondo veraniego, pretendo referirme a tipos muy especiales de gente. Pero, antes de entrar en harina, quisiera poner de relieve algunas particularidades del empleo de este genérico.

Cuando decimos, por ejemplo, «Hay demasiada gente», estamos significando una decepción. El imaginado disfrute con la pareja, la familia o los amigos, de ese rincón que habíamos deseado despoblado, se ha visto afectado en su valoración por una aglomeración indeseada de semejantes. Nada que ver con lo que habíamos sentido cuando «Había poca gente», o «casi nadie». La prometida sensación de absorber, sin contaminación de desconocidos, el paisaje que creíamos recóndito, la exposición de pintura que deseábamos contemplar con calma, etc., se ha roto en pedazos, por culpa de la «excesiva gente» en relación con lo que hubiéramos considerado tolerable (según un baremo individual intrasvasable).

Pero, cuidado: «poca gente», puede significar, en una ambivalencia memorable, que el espectáculo, el restaurante, la sala de fiestas o… la celebración popular, no alcanzan la densidad prometida o deseada de cuerpos ajenos. Para el equipo organizador de una manifestación, un certamen o para el dueño de un negocio, que haya «poca gente» es una mala noticia. Porque hay momentos en que nos apetece cumplir con el ritual de ver y ser vistos, curiosear con otros, compartir la afición, rentabilizar la inversión o zambullirnos en la algarabía de un acontecimiento programado.

El vocablo, en las conversaciones distendidas, entre amigos, refleja su polisemia cuando  tratamos de establecer nuestra teoría particular sobre los comportamientos colectivos: «La gente es maleducada», o «desconsiderada», o «ignorante». Con estos giros y modismos dejamos claro que nosotros y nuestros interlocutores no somos «ese tipo de gente». Nos separamos, pues, de «la gente», para subrayar nuestra superior individualidad, que, claro, nadie ajeno tiene por qué comprobar, ni necesitamos refrendarla con certificado o diploma alguno.

En la empresa -y también en la política, y, por lo general, allí donde cuecen unas habas con sudores colectivos-, no es extraño oir al jefecillo hablar de «mi gente», cuando se quiere poner de manifiesto que se cuenta con adeptos fieles, de esos que te comen en la mano.

El despectivo de gente es gentuza, que reservamos para aquellos que son «mala gente», incluso aunque no los conozcamos de nada. Se distingue así entre quien es «una mala persona» -que es un atributo personal que enjaretamos al tercero que nos hizo alguna faena, y un «grupo de gentes», al que por razones éticas, sociales o estéticas descalificamos en tropel. Es probable que la gentuza no nos haya hecho mal alguno, y que sea su origen étnico, su indumentaria o -en épocas convulsas, como la presente- el pertenecer a una ideología o  creencia distante de la nuestra, que será, por definición, la verdadera.

Sospecho que quedan cada vez menos «buenas gentes», esas «gentes de buena voluntad» de la que hablaban los cánones de la conducta, «dispuestas a echar una mano» o «de fiar». Y, desde luego, a ningún político actual se le ocurrirá referirse al auditorio como «Gentes que me escucháis».

Aunque, en algunos textos, «gente» sea equivalente a «pueblo», o «sociedad» en su conjunto, ahora, lo que pide el cuerpo social es apelar a «ciudadanos y ciudadanas» (indicando la localidad o el grupúsculo específico), «hombres y mujeres», «amigos y amigas» y combinaciones similares. Yo sería partidario, como desagravio histórico, hablar solo de «mujeres» o «amigas» (entendiendo que se está incluyendo también al sexo masculino).

Quizá aún más correcto sería, cuando hubiera que dirigirse a un público heterogéneo, aunque me desvío del tema «gente» para zambullirme a «cuerpo gentil» en la vigente tontuna, enumerar, «Querido colectivo GLTBIA, hombres y mujeres heterosexuales puros -matizando, si queda alguno que tal se considere-, a vosotros me dirijo».

Los impacientes

El impaciente es un tipo de gente que concede, por razones ignotas, un valor desmedido al tiempo. Desarrolla sus actitudes, en especial, cuando está motorizado. Cuando el semáforo cambia de color, hace sonar el claxon de su vehículo varias veces, apremiando a que la cola se mueva a velocidad supersónica. Si encuentra el badén de entrada a su garaje interceptado parcialmente por otro vehículo, o advierte que un coche en doble fila le obligaría a hacer una maniobra más compleja de lo habitual, obsequia al vecindario con un recital de bocinazos

El impaciente se arriesga a llevar por delante al descuidado peatón que no sabe que la luz verde no es suficiente para detener su preocupación obsesiva para ahorrar unos segundos, poniendo a prueba la capacidad del motor para pasar de reposo a máxima aceleración.

El impaciente sale el primero de la sala de conferencias pero estará ya con la copa de vino y el canapé en la mano, cuando el grueso de asistentes pase al lugar del cóctel (si lo hay).

No hay que confundir al impaciente con el «jeta» o «aprovechado», al que dedicaré atención en su lugar.

Debo señalar que «el impaciente» es poseedor de un estado transitorio y, además, vano y hasta inútil, cuando no peligroso, incluso para él mismo. No hay provecho real para el impaciente, que se pierde los títulos de crédito y la música de final de las películas, que no aguarda al coloquio de las conferencias y se va de los cócteles con el atragantón de los primeros canapés, sin esperar a que saquen las croquetitas y las tartaletas de riñones al Jerez.

En fin. Todos hemos «estado impacientes», aunque no lo seamos. Se está impaciente ante el nacimiento de un hijo, de un nieto; impaciente por conocer el resultado de un examen, saber si hemos sido preseleccionados en un certamen (aunque sea para un micro-relato sobre la tortilla de patata y el arte de la manduca), y, naturalmente, antes de que nos indiquen el diagnóstico resultado de las pruebas clínicas, nuestras o de un allegado.

Hay gente que «se muere de impaciencia», aunque no me consta que pasen a ocupar sitio -al menos, no inmediato- en las necrológicas. También la impaciencia puede «corroer» (hay que imaginar que algún lugar recóndito en las entrañas metafísicas). La impaciencia se debe contener, aunque no se sabe cómo, pero «tener paciencia» es un consejo que se suele dar, aunque no se pida; sobre todo, a los niños y, entre los adultos, a quienes participan en cualquiera de esos concursos estúpidos que prodigan las cadenas de televisión privadas, y en la que el presentador repite «no te precipites» al participante, como si fuera el soluto de una disolución en una marcha analítica en la que hemos confundido los reactivos.

En fin, si el lector «ha agotado su paciencia» con esta lectura concebida para pasar un rato veraniego, discúlpeme. No por ello lo juzgaré impaciente, ni yo me laceraré por parecerle pesado. Que no todos tenemos la «paciencia del Santo Job», ni ganas de que se nos pruebe en ella.


Este gorrión sacia su sed en acrobática postura sobre uno de los arroyos del Retiro. Una joven hembra, parece. Obtener fotos de aves -tan ágiles, móviles, cambiantes- es un ejercicio de paciencia. ¡Salud!

(continuará)

 

Publicado en: Literatura, Sociedad Etiquetado como: buena gente, gente, gentuza, gorrión, impacientes

Ambiente, ¡Presente!

20 julio, 2017 By amarias Deja un comentario

 

(El Club Español de Medio Ambiente -CEMA- celebra sus dos décadas de funcionamiento. Se nos pidió a los vocales de la ONG, un escrito con tema libre para formar un libro virtual, que ya está en la red, con las contribuciones de todos.

Mi texto era muy largo y, para no resultar desequilibrado, tuve que suprimir prte de él. Me sucede a veces. Lo que incorporo aquí es lo que suprimí).

Algunos de los defensores de las políticas ambientales se esfuerzan en presentar la cuestión desde la perspectiva de la creación de puestos de trabajo. Es cierto que no pocas de las actividades relacionadas con la protección o recuperación del ambiente han supuesto la aparición de nuevas profesiones y negocios, pero el enfoque me parece, sino equivocado, engañoso.

Porque la realidad es que, como con todas aquellas medidas que supongan incorporar el coste de las externalidades, hasta entonces gratuitas, a los procesos productivos, al aumentar los gastos de los emprendimientos, sin garantías de que el mercado los compense con un incremento en los precios de venta, se está presionando sobre la viabilidad de las empresas existentes.

El incremento de la presión fiscal, de las medidas legales y de las multas contra las infracciones, provoca, considerado de esta manera, pérdidas de actividad y empleo. No será fácil compensarlas con la aparición de nuevas empresas y allí donde se produzca la sustitución de las ineficientes ambientales por las mejor concienciadas, será, en general, gracias a la incorporación de tecnologías menos consuntivas en factor trabajo.

No necesito subrayar con mayor énfasis que el ya expresado que, en épocas de crisis, es el recurso ambiental el que más sufre: aumentan los abandonos irresponsables de residuos, se reduce el reciclado costoso, se enmascaran los controles de contaminación y aumentan las trapacerías y actuaciones delictuales por parte de diversos agentes, aumentando el consentimiento oficial hacia las ineficiencias, para no aumentar la presión social. Puede que el lector imagine que me estoy refiriendo solo a las empresas, aunque, lamentablemente, también estoy pensando en los particulares. La crisis económica introduce una mayor lasitud en el comportamiento ambiental.

El negacionismo expreso del presidente actual del país más contaminante de la Tierra en relación con el cambio climático -al menos, en la vertiente de su negativa a cumplir los preacuerdos de la COOP21-, no es sino un ejemplo de la subordinación de la protección ambiental a los intereses económicos. “Norteamérica primero”, significa, no solo reclamar la posición preferente en el comedero comercial, sino relegar a lugares secundarios todos aquellos factores que puedan afectar a la pérdida de competitividad. Por supuesto, entre los lastres de la globalización entendida como una apuesta colectiva por el crecimiento conjunto, se encuentra la protección ambiental, y resulta sencillo liberarse de él, puesto que el dueño de ese input que no se rige por el mercado, somos todos, sin que importen fronteras.

En mi opinión, el enfoque de la defensa ambiental debe dejar de centrarse en posiciones excesivamente científicas, que, al pretender convencer al gran público, a menudo empañan su naturaleza dogmática con argumentos ingenuos o voluntaristas, para detenerse en un abordaje crítico, pragmático y directo.

Hay un medio ambiente que es nuestro hábitat directo, como humanos, cuyo deterioro, en el mundo occidental, ha sido evidente y es continuo, y que no se ha podido contener ni con programas de recuperación de ríos y humedales, declaraciones de protección paisajística, medidas de educación ambiental, ni colocando más puntos limpios o contenedores separativos en las poblaciones.

Habrá que seguir analizando la eficacia de las medidas adoptadas y ser más vigilante y severo con los infractores.


El observador  de aves suele encontrarse en estos días con juveniles de aves, algunas con características morfológicas muy diferentes a los adultos. Un caso muy singular, dado lo frecuente que resulta toparse con él, es el del joven petirrojo, que carece del pecho colorado que da nombre a la especie, pues lo tiene moteado.

Esta pareja de aves lo forman pinzones vulgares (fringilla coelebs): una madre y su hijo, ya talludito. Los pinzones tienen una voz muy potente, característico -doce notas y un floreo final- y, como les gusta cantar, es fácil identificarlo por sus trinos, y familiarizarse con ellos. Diría que es común, pero no vulgar.

En la foto, tal vez no se distinga que el adulto es una hembra, pero estoy seguro, pues tengo varias fotos de la pareja. Las hembras de este fringílido tienen el pecho de un rosa blanquecino y la cabeza con un tono pardo grisáceo menos marcado que los machos.

Publicado en: Ambiente Etiquetado como: ambiente, CEMA, club español de medio ambiente

Demasiados frentes

19 julio, 2017 By amarias 2 comentarios

La muerte, en extrañas circunstancias, de Miguel Blesa y Rita Barberá ha venido a conformar una pareja triste y dramática, que parece señalar, con lápiz amargo, la tremenda tensión política y económica que vivimos.

Los problemas son de tal magnitud y diversidad que su simple enumeración produce escalofríos. La falsa recuperación económica, la ausencia de una directriz formativa para los jóvenes, la presión inmigratoria y el riesgo climático, se agrupan junto a la incertidumbre del proceso secesionista catalán, la falta de credibilidad de un gobierno decadente y el descrédito autoinfligido de su no muy leal oposición, el cuestionamiento de la ética de miembros de la familia real, el menos que dudoso delictivo proceder de las huestes del antes muy honorable President de la Generalitat catalana y, ya tomando carrerilla, la puesta en solfa de todas las instituciones y autoridades.

Bajo este sombrío panorama, el óbito de Blesa, acaecido en la madrugada del día en que esto escribo, si, como se está difundiendo (no sé si con temeridad) pudo ser causado por él mismo, me provoca  la especial desazón de sospechar que la impecable persecución judicial de quienes fueron segundones en actuaciones probadas o presuntamente delictivas les está provocando como daños colaterales,  graves desequilibrios anímicos. No se trata de «la pena del telediario». Es la «pena del abandono como apestado» de aquel a quien fuiste fiel durante años.

Imagino lo duro de sufrir, primero, la presión del dedo del reproche público y, luego, la cárcel, sabiendo que los principales impulsores y beneficiarios de la actuación del investigado, empicotado y penado, andan parapetados en la inmunidad que concede la inmensa hidra del sistema. Aunque algunos se jacten de hacer amigos entre los «reclusos del montón» y escriban luego libritos con la experiencia (alardeando de capacidad de resistencia). Incluso aunque se pueda relajar la mente pensando en la futura disponibilidad de los millones puestos a recaudo en paraísos fiscales y no descubiertos por la investigación de solvencias con que responder del delito.

No estoy de lado, por supuesto, del que delinque, pero sí tengo que poner de relieve que los frentes abiertos del sistema económico y social son excesivos para la munición con que contamos.

Restringiéndome solo a nuestro código penal -y a pesar de las modificaciones recientes-, entiendo, como ya puse de manifiesto otras veces, que precisa una urgente revisión de las sanciones, haciéndolas proporcionadas, modulares y coherentes con el fin que se persiga.

Preparado para castigar a delincuentes de poca monta en la mayor parte de los tipos y de las penas, bajo la ingenua idea decimonónica de que permanecer privado de libertad en un centro penitenciario varios años debe servir también a la reinserción, no solo no se cumple, en general, para aquellos, pero la reeducación es una quimera para los autores de los delitos económicos graves. Deberían sufrir la confiscación de bienes familiares para responder de su gestión delictiva, llevando la restitución hasta sus últimas consecuencias, lo que plantea el problema de investigar a fondo el origen de las fortunas.

Ni los fiscales, ni los jueces, ni las cárceles, están previstos para tratar este tipo de infractores.

Quizás la cuestión clave está en que, así como la sociedad, sin necesidad de pasar por los Juzgados, reprocha de inmediato a quien roba una gallina o acuchilla a un compinche en una reyerta, y no le importa qué tipo de sanción penal recibe, carece de criterio para valorar ciertos delitos «nuevos». A veces encubre y disculpa, otras sobreactúa, y no pocas, castiga sin esperar que los jueces se pronuncien, haciendo caer en el descrédito irrecuperable a sospechosos inocentes.


El milano real de la foto sobrevuela, majestuoso, oteando la oportunidad de algún polluelo despistado. La cola de los adultos, rojiza en la zona superior, larga y muy ahorquillada, sirve de primera identificación del Milvus milvus.

Los milanos son rapaces relativamente grandes (hasta 70 cm). Para distinguir entre las especies, si la visión del ave se realiza, por suerte, con la iluminación adecuada, la zona anal-ventral puede ser determinante. El milano real tiene esa zona de color rojizo (más pálido en los jóvenes).

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: Barberá, Blesa, cárcel, frente, paraísos fiscales, políticos

La cuestión del control de las masas

12 julio, 2017 By amarias Deja un comentario

Antes de leer «Sapiens», el libro de Harari al que me refería en el Comentario inmediatamente anterior, había tenido ocasión de deleitarme con el que escribió posteriormente, «Homo Deus. Una breve Historia del mañana» (Penguin Random House, Grupo Editorial, 2016). Encuentro éste último más interesante y entretenido que el primero y, desde luego, más provocador.

Es una recomendable lectura para las vacaciones y, sobre todo, es una reflexión que deshace, con elegancia y las oportunas referencias históricas, la mitología generada por el hombre en torno a su necesidad de trascendencia, de inmortalidad, de poderes divinos y otras elucubraciones.

No es esa, sin embargo, la cuestión que me trae a redactar este Comentario, sino el asunto de si el dataísmo -neologismo con el que se recoge la idea de que el universo consiste solo en flujos de datos – alcanzará a explicar  que todos los organismos -el hombre, también- se pueden reducir a algoritmos y, cuál será el sendero hasta allí.

Al margen de que la idea pueda parecer una extravagancia inaceptable (para todos los que profesan una religión, desde luego), Harari aclara que la mente humana no tiene capacidad de procesamiento para llegar a esa conclusión y, por tanto, lo que le parece relevante (a mí, también) es, por eso, lo que sucederá, en el camino, a los seres humanos. ¿Seremos más felices, más poderosos, más longevos? ¿Todos, solo algunos? ¿Cómo nos arreglaremos para procesar mejor los datos y avanzar en los nobles deseos de repartir el conocimiento útil para conseguir esos saludables efectos?

Nos falta, en todo caso, mucho trecho para recorrer el camino -éste u otro que conduzca a la Verdad-, y, entre tanto, me parece que lo que nos está afectando, hoy como hace miles de años, es la manera en que algunos grupos pretenden alcanzar el poder de regir las vidas de sus coetáneos (o seguir manteniendo el que tienen), prometiendo que les conducirán a una mayor felicidad, si les hacemos caso, y aderezando las promesas con doctrinas, programas y teorías.

Quisiera creer en la buena intención de los que se erigen en guías hacia tierras de satisfacción -con especial mención a los que consiguen el apoyo de grupos crédulos en sus promesas, obtenido por elección democrática entre ignorantes-, pero me asombra lo poco que saben ellos mismos, los escasos datos que manejan y, en fin, la tranquilidad con la que venden con cuatro pinceladas, el producto de sus religiones particulares, sea el libre mercado, los grandes grupos empresariales, el comunismo, el socialismo con o sin apellido o…la voluntad de un Dios supremo al que se encomiendan.

El dataísmo está aún muy lejos, si ha de llegar. Pero la revolución humanista, también. Sin necesidad de acudir a la gran potencia de procesamiento de superordenadores, utilizando solo el cerebro humano y la lógica no contaminada por axiomas y falacias, podríamos hacerlo mucho mejor. Pienso yo, vamos; aunque nuestra existencia esté gobernada por miles de millones de algoritmos, Dios fuera una elucubración útil en algún momento de la Historia (incluso hoy), y el futuro sea impredecible.

Solo necesitaríamos analizar con seriedad los márgenes de libertad que tenemos a nuestra disposición colectiva, y emplearlos en mejorar la función de utilidad; sin machos alfa, navajazos entre correligionarios, incompetentes que confían en que el paso del tiempo lo arreglará, o amiguetes que se reparten las mejores tajadas del búfalo que hemos cazado entre todos.


Como no todo son pájaros, traigo la fotografía de dos acémilas, a las que encontré jugando en un vallado, actividad a la que se emplearon con tanto ardor e intensidad, que acabaron dándose mordiscos.

No se si ganó el burro o el potro, pero puedo dar fe que, cuando abandoné la observación, ambos estaban sangrando por las orejas y los hocicos.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: control, Harari, Homo Deus, Sapiens

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