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Cuento de invierno: El pueblo que perdió la cabeza

28 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Esta Historia que voy a contar es muy peculiar, y, como todos los cuentos, cobra su sentido si se es capaz de extraer la moraleja que, en este caso, voy a confiar a la inteligencia del lector.

Erase una vez un pueblo formado por gentes orgullosas, independientes y excepcionalmente capaces. Por supuesto, no eran esas las cualidades que les eran atribuidas a sus habitantes por los vecinos, que los consideraban, en general, petulantes, calzonazos y bastante brutos.

Pero no estoy escribiendo esto para que enzarzarme en una discusión estéril acerca de quién es el pueblo más digno de atención principal por parte de quienes se dedicarán, pasados unos cuantos siglos, a analizar los móviles por los que las regiones se empeñan en guerrear, como los machos de los caprínidos y otras especies animales se dan, cuando entran en celo, impresionantes testarazos sin importarles las consecuencias;  éstos, con el objetivo de que sus genes se transmitan a las nuevas generaciones, aquellas, pretendiendo, aunque no lo expresen así, llamar la atención de la Historia para dejarla preñada con la semilla de su despreciable egoísmo.

Aquel pueblo con tan loables características, concibió la idea, en principio, plausible, de que todos sus habitantes podrían tener la llave de la caja en donde guardaban los artilugios que proporcionaban el máximo bienestar.  Fue una revolución cultural sin precedentes.  Como el tiempo de la existencia humana es limitado, los maestros, de cualquier disciplina y condición, se afanaban en reducir los mensajes que proporcionaban la sabiduría a su quintaesencia.

-No tenemos tiempo para explicar los fundamentos, por lo que nos atendremos solo a conocer las consecuencias -era la frase más utilizada por los maestros.

Los alumnos aprendían así, rápidamente, a utilizar los aparatos, por complicados que fueran y, en lo tocante a la filosofía, -al menos, los más avanzados de entre ellos- conocían las frases que resumían el saber más atractivo de los grandes pensadores, pero eran incapaces (no se les había enseñado, por falta de tiempo) de deducir el porqué de tales consecuencias.

No importaba si se trataba de las Universidades, las escuelas de grado medio o inferior, los talleres de los más variados oficios y beneficios, los alumnos, atraídos por el sabor de conocer los para qués pero sin ganas de aprender los porqués ni preocupados lo más mínimo por los cómos, obtenían títulos y diplomas de mucho empaque que demostraban su capacitación para manejar los artilugios de la caja del bienestar.

Durante algún tiempo, la felicidad fue máxima. Los jóvenes acudían a los centros que les daban, después de diversas pruebas y exámenes relativamente simples, el carnet de manipuladores de la ciencia. Los mayores, que habían sido educados en otra teoría, podían reparar algunos de los artilugios, porque sabían cómo estaban hechos.

Pero llegó un tiempo en que los mayores murieron o fueron jubilados y los artilugios más atractivos para la población ya no se fabricaban en aquel pueblo, en el que los jóvenes seguían siendo educados para manejarlos, pero no para saber cómo se hacían.

Por fin, un día, alguien se puso a analizar lo que estaba pasando. Había estado viviendo en el extranjero y tenía, por ello, una cierta capacidad para observar las cosas desde fuera, aunque le tocaban muy de cerca, porque conservaba las fibras sensibles suficientes de amor a su tierra.

Y reunió a los que pudo convencer y les explicó su teoría:

-Me parece que en algún momento nuestro pueblo ha perdido la cabeza. Porque aquí todo el mundo está preparado, al menos en teoría, para dirigir y conducir, pero no hay apenas quienes conozcan de forma suficiente cómo hacer las cosas, de qué están hechos los aparatos que utilizamos, cuáles son las razones por las que creemos en unas cosas y despreciamos otras.

Le escucharon con cierta atención, y uno de los que estaban presentes, sin poder contenerse, preguntó:

-Sí, eso está muy bien. Pero , ¿qué podemos hacer?

El que había estado viviendo fuera se le quedó mirando, sin saber qué decir. O, mejor dicho, sin encontrar las palabras adecuadas.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: actividad, aparato, artilugio, cuento, cuento de invierno, educación, escuela, extranjero, formación, ignorancia, saber

Cuento de invierno: Homo Inutilis

4 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Vio al encargado-jefe avanzar, tan rígido e inexpresivo como siempre, hasta su despacho, un reducto con mamparas que apenas le concedía algo de intimidad. Entró sin llamar, como un autómata, y notó, en un instante, que su frialdad contagiaba a la atmósfera; sintió un escalofrío.

-Buenos días, -dijo Meguelindo, levantándose del asiento, con indisimulado respeto.

Pero no esperaba respuesta. Meguelindo Doctorato conocía por experiencia de bastantes años que los buenos modales no formaban parte del ideario de AISCO (Advanced Integrated Solutions Co.). En todo caso, podría admitir que había sido una especial deferencia, que el encargado-jefe no hubiera utilizado, como era preceptivo según la normativa interna, intranet para enviarle un mensaje o una instrucción de trabajo.

Pero esa excepcionalidad solo revelaba que la comunicación que iba a hacerle le afectaría de forma personal, directa y terrible.

El encargado-jefe puso sobre la mesa, moviendo su brazo articulado, una caja negra.

-A partir del próximo mes, este aparato será su sustituto.

Meguelindo miró desolado la caja, comprendiendo de inmediato que, fuera lo que fuese lo que tenía enfrente, su vida estaba a punto de cambiar. En una película rápida, pasaron por su mente los muchos años de Universidad, las estancias de perfeccionamiento en Estados Unidos y Alemania, la incorporación a aquella empresa de alta tecnología como premio a tanto esfuerzo, las sucesivas reestructuraciones, la crisis sistémica, la crisis total, la reducción de empleo en aras de la automatización, la búsqueda obsesiva de rentabilidad de la que él mismo había sido uno de los principales artífices.

Por supuesto que no el único responsable. Había más involucrados, pero no conocía cómo funcionaba exactamente el Sistema. Hacía tiempo que había perdido contacto con quienes fijaban los objetivos del grupo. El se limitaba a hacer bien su trabajo, y punto. Cobraba puntualmente su salario, y punto. Le importaba su familia, no lo que pasara con los demás, porque cada uno es responsable de enderezar su vida y orientarla de acuerdo con los intereses propios.

-¿Estoy despedido? -preguntó, quitándose las gafas con las que ya compensaba su incipiente presbicia, y apagando, instintivamente, el ordenador en el que acababa de cargar el nuevo programa mixto de mantenimiento preventivo, optimizado con algoritmos paliativos complejos (OMPMACM), que le habían enviado desde el departamento de Recursos Robóticos.

-El Sistema no pretende causar daño, no está programado para el daño. La optimización global con máximo beneficio es el único objetivo. La sustitución permitirá que Vd. pueda dedicarse a trabajos más acordes con su naturaleza.

El encargado-jefe construía sus frases siempre ordenadas de la misma forma: sujeto, predicado verbal y complemento que les confería un tono aún más distante. Su cerebro estaba construida para que sus mensajes resultaran claros, inteligibles, directos para cualquiera.

Meguelindo Doctorato podía haber preguntado cuáles serían esos trabajos más acordes con su naturaleza. No lo hizo, porque, cualquiera que fuera la respuesta que el encargado-jefe le hubiera dado, no le hubiera servido para nada.

¿Sentir emociones y evasión sin moverse de casa? ¿Conectarse a dosificadores que le proporcionarían placeres sensuales, gustativos, deportivos,…? ¿Recuperar del sótano viejos libros impresos, ya comidos por las carcomas y las ratas?…No, no. Sabía bien, porque había visto en resultado en el deterioro de anteriores colegas, que, una vez se abandonaba el mundo del trabajo -siempre a disgusto, siempre forzados-, al homo inutilis le esperaba el gélido abrazo de la desidia, el desánimo, la apatía, que le iría cercando como una yedra se enhebra sobre el árbol herido.

El encargado-jefe se fue, dejando la puerta abierta y la caja sobre la mesa. En el inmenso taller, el ruido de las máquinas que, durante tantos años, había sido para Meguelindo apenas un sonido de fondo instrumental, se le convirtió en algo ensordecedor. Miró las decenas de autómatas, perfectamente alineados, ocupando el espacio con aprovechamiento imposible de mejorar, todos ellos realizando su trabajo con una eficiencia insultante. Mucho mejor, desde luego, que las miles de personas a las que, a lo largo de los años, habían ido sustituyendo.

Sin fallos.

De la caja negra surgió una voz metálica:

-En los próximos tres días, estaré a su lado, para terminar la captación de toda su experiencia práctica. Desde hace meses, vengo absorbiendo todos sus conocimientos, por observación telemática continuada. Estoy programado para resolver las más complejas cuestiones con máxima optimización. En memoria tengo ya incorporados todos los trabajos e informes realizados por Vd. en su vida laboral en esta empresa. Usted no tiene que prestar atención, solo seguir haciendo su trabajo normal y seleccionaré lo que resulte pertinente.

Meguelindo Doctorato hubiera querido quejarse ante el representante del sindicato. Pero no había. Hubiera querido gritar que era injusto el tratamiento que se le estaba haciendo, después de tantos años de servicio. Pero nadie le hubiera atendido.

Hubiera deseado hablar con algún compañero sensible acerca de las más elementales reivindicaciones laborales.

Pero era el único ser humano que quedaba en plantilla en aquella empresa. Es decir, hasta ahora, hasta dentro de tres días, para ser exactos.

Tuvo el deseo de romper la caja, abrirla para descubrir su contenido. No lo hizo, porque estaba seguro de que se trataba de una muestra sin valor, una añagaza más del Sistema para desorientar, y que estaría vacía, como todas las demás.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: aparato, articulado, autómata, cuento, cuento de invierno, despido, empleo, empresa, homo inutilis, regulación, sistema, sustituto

Cuento de otoño: El timonel mentiroso

15 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Entre los tiempos de Maricastaña y la Levitación Cósmica, en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, vivió un timonel que jamás había conducido un barco.

En verdad, que de las Escuelas Oceanográficas de timoneles y condestables de mar se salga con el título de piloto sin haberse subido jamás a un navío, no tiene tanto de extraño. La Escuela de que hablo estaba situada tan lejos del mar que hubiera llevado días enteros acercar hasta él a los estudiantes de los últimos cursos, en donde se formaban, como final de la formación exclusivamente teórica, en el arte preciso de navegar, y, si conseguían superar la última prueba, que consistía en lanzarse desde una torre inclinada a la calle sujetos por una goma elástica, se les otorgaba un diploma de Surcador Experimentado de la Mar Océana.

Así que, como suplencia al déficit de agua salada en medio de la sequedad terrosa, el Alto Almirantazgo Superior había decidido que se realizaran simulaciones a escala reducida en una bañera en las que se ejercitaran en maniobras de babor, estribor, a toda máquina y a barlovento reducido. Todos los alumnos se agolpaban en torno al simulador y, con un poco de suerte, hasta podían manejar los mandos del aparato durante unos instantes. Al menos, eso fue, hasta que una mala maniobra dejó al instrumento inutilizado, y, por falta de presupuesto, no fue posible enviarlo a reparar al dique seco del País de los días muy luminosos y las noches cortas.

Eso sí, los planos que se conservaban en la Biblioteca de los Océanos, Piélagos y Mares, eran extraordinariamente precisos. Tanto que, según se decía, hubiera sido posible construir un barco de cualquiera de los tipos conocidos, -desde fragatas hasta petroleros de triple casco- siguiendo únicamente aquellos dibujos. Solo que no era necesario, porque en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, estaba muy mal visto lanzarse a la aventura y lo que se había puesto de moda era mirarse el ombligo, sacudirse las malas pulgas o sentarse a la puerta de casa para ver pasar cadáveres de tus prójimos, fueran o no tus enemigos.

No habría cuento, ni historia, ni argumento, si no hubiera sucedido que un día cualesquiera avisaron desde el litoral del País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, que en un lugar de la costa playera había aparecido un barco. Al parecer, ese barco fantasma se había desorientado de su ruta, como sucedía con algunos cachalotes, rorcuales y orcas que también encallaban fortuitamente en aquel lugar dejado de la mano de Dios, y su tripulación lo había abandonado para no tener que dar explicaciones.

Una vez comprobado que se encontraba en estado aceptable, y pasado un tiempo prudente en que ratificaron que nadie reclamaba la propiedad del navío, lo declararon res publica, y el Alto Consejo Consultivo de Acciones Inminentes, decidió que se necesitaba un timonel para volver a lanzarlo al mar. Porque llevaban mucho tiempo deseando llevar a buen puerto las aspiraciones que habían ido acumulando durante años en los entresijos de la pereza, y la ocasión les pareció propicia para sacudirse de aquella carga legendaria.

Fue por eso que se anunció, en el Boletín Oficial de Asignaciones Digitales, la convocatoria para elegir al mejor piloto entre todos aquellos que tuvieran el título habilitante y las ganas resultantes. El concurso debería consistir en presentar propuestas de singladura, que un Jurado formado por todos los habitantes que estuvieran de momento sin nada que hacer (que eran la inmensa mayoría), determinaría como más adecuada.

Se presentaron tres propuestas, lo que no impidió reconocer que el concurso estuvo bastante reñido. Una propuesta, que fue muy valorada, consistió en contratar a un piloto extranjero, que supiera cómo manejar aquel artefacto, y dar con él la vuelta al mundo, dejando aquí y allá, desparramadas, montones de aspiraciones, para retornar al punto de partida sin ninguna de ellas.

-La idea es muy atractiva, -comentaron algunos ciudadanos- pero para un viaje tan largo y tan costoso esperaríamos que el resultado fuera más prometedor. Además, dudamos que cumpla con el Acuerdo Marcopol, que, aunque no hemos suscrito, aceptamos voluntariamente.

Así que la desecharon.

Un segunda propuesta, proveniente de uno de los titulados timoneles más antiguos, era hacer un boquete definitivo en el barco, y, en ese mismo lugar, poner un monolito conmemorativo con una historia inventada, plasmada en una serie de gestas sublimes que no habría ninguna necesidad de llevar a cabo, pero que servirían de ejemplo a las futuras generaciones.

-Es una idea estupenda, que crearía varios puestos de trabajo -no dejaron de valorar algunos ciudadanos-, pero para llevarla a cabo no necesitamos un timonel, sino un dinamitero y un picapedrero.

Así que también la desecharon.

Por fin, un timonel consiguió convencerles. Afirmó que sabía cómo manejar el barco y que, si se lo llenaban de vituallas y le dejaban a él contratar a la tribulación, cargaría con las buenas intenciones que tenían, y las convertiría en fruto maduro, para goce de todos, volviendo, al cabo de la singladura, con nuevas y más refulgentes riquezas, cúmulos de pasmosas realidades y montones de fabulosas expectativas.

Llegó el gran día. Habían venido gentes de todos los lugares del País para despedir a los expedicionarios. Orquestas, cómicos y malabaristas rivalizaban en ofrecer su espectáculo junto a los sabios, los dementes y los párrocos. El piloto elegido estaba vestido con sus mejores galas y, subido al palo mesana, pronunció un discurso enfebrecido, que fue muy aplaudido.

Costó bastante enderezar el navío y dirigirlo a alta mar, a donde entró dando tumbos, dejando tras sí una estela de un humor algo apestoso.

Finalmente, desapareció en el horizonte. Nunca más se supo de él, ni de su carga valiosa, ni de la tripulación ni, por supuesto, del gallardo timonel.

Desde entonces, en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, se traslada de boca en boca la historia del timonel mentiroso, y no falta nunca, de entre los que la escuchan, una frase como ésta:

-Es un cuento muy instructivo, sobre todo, porque no se sabe cómo acaba.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: almirantazfo, aparato, cuentos de otoño, días cortos, escuela oceanográfica, maniobra, mar, mentiroso, noches tenebrosas, palo mesana, puerto, timonel

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