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Cuento de invierno: Saber para olvidar

9 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Alguna vez hemos escuchado que para ser auténtico sabio hay que saber lo que se ignora, juego de palabras de apariencia estúpida si no se fuera capaz de descubrir que ese segundo saber al que se refiere el aforismo consiste en poner límites a los territorios de la ignorancia, sin preocuparse por adentrarse en ellos.

Por otra parte, con el avance implacable de la edad, todo ser humano comprueba que va ignorando incluso lo que sabe, con lo que, si la vida del sujeto, ya sea instruido o analfabeto, llega a ser lo suficientemente longeva, se llega a un estado de ignorancia perfecta, un incompetente incluso para recordar el propio nombre.

Resulta emocionante comprobar, sin más que aguardar a que la naturaleza haga su cruel trabajo, que el mayor de los sabios puede volverse incapaz de apuntar una sola certeza en la página en blanco de su memoria. Una preparación, por lo demás, sorprendente, para lanzarse por el camino de alcanzar la omnisciencia que suelen prometer las religiones verdaderas, ya que se sale de este mundo físico, si se llega a completar el ciclo vital sin interruptus, desprovisto de cualquier resto de inmundicia lógica adquirido en él.

Tengo ahora en mis manos uno de los libros de Jean Henri Fabre (1823-1915), naturalista, entomólogo y poeta, que corresponde a la deliciosa colección «Souvenirs Entomologiques». Fabre fue un observador cuidadoso de la naturaleza, y sus escritos, cargados de poesía y con un vocabulario esplendente, sugieren los elementos descritos, con tanta perfección y riqueza de términos, que suelen hacernos creer frecuentemente que los tuviéramos a la vista.

Cuenta Fabre que, un día, Louis Pasteur (1822-1895) llamó a su puerta. Aunque no recoge la fecha, supongo que debía ser sobre 1865, cuando el Gobierno francés encargó a Pasteur estudiar la plaga que estaba destruyendo la industria de la sericicultura en la región de Aviñón. Ambos tenían la misma edad, se encontraban en la plenitud de sus vidas y, aunque ya habían realizado trabajos destacables, puedo imaginar que Jean Henri no tenía razones especiales para admirar a Louis, del que «había leído su hermoso trabajo sobre la disimetría del ácido tártrico» y «había seguido con vivo interés sus investigaciones sobre la generación de los infusorios».

A Fabre le sorprendió que Pasteur no tuviera ni idea de lo que era una crisálida, la metamorfosis o cualquiera de los «mil menudos secretos de la entomología» que sabría «el último niño de la escuela» y…sin embargo, reconoce al recordar esta anécdota «iba a revolucionar la higiene de los criaderos y los gusanos y aún la medicina y la higiene en general».

La conclusión que extrae Fabre de esta observación de la ignorancia de aquel colega que merecería los más altos laureles, me ha parecido espléndida. «Animado por el magnífico ejemplo de los capullos, me impuse adoptar el método ignorante en mis investigaciones sobre los instintos. Leo muy poco (..) No se nada, tanto mejor: mis interrogaciones serán más libres (…)»

No estoy seguro de si esto parecerá un cuento al lector. Si lo incluyo aquí es porque, cuanto más medito sobre el método ignorante, más sabio me parezco. Tal vez a Vd. le pueda suceder lo mismo.

Y si no fuera así, me permito recordarle que, al final, …todos calvos y, aunque nos cueste admitirlo, ignorantes.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuentos, cuentos de invierno, entomólgo, Fabre, gusano de seda, ignorancia, infusorio, olvidar, Pasteur, saber, sabio, sericicultura

Cuento de invierno: Verdades de sabios y barqueros

5 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

De vez en cuando, llegaban incluso a la calle las explosiones de risotadas de los asistentes al espectáculo. En las paredes, carteles en colores anunciaban, señuelos irresistibles, que «La diversión está garantizada» y, como refuerzo argumental, junto al nombre de actores, cabareteras, cupletistas y hasta el de un supuesto cómico -con letras aún mayores-, otra frase contundente: «Olvide por un momento sus preocupaciones».

La función llevaba algún tiempo empezada. Habían actuado, danzando con sus cuerpos semidesnudos, una decena de jóvenes muchachas, a las que un petimetre interrumpía la cadencia de vez en cuando, empujándolas hasta hacerlas perder el equilibrio.

La sala se encontraba abarrotada de un público entregado, jovial, distendido. En el centro del escenario, fuertemente iluminado por los focos, un actor, que aparentaba no tener más de treinta y pocos años, subido a una especie de púlpito, contaba chistes e historias, nuevas y viejas, divertidas algunas, vulgares las más.

La calidad de los chascarrillos y anécdotas no parecía afectar en absoluto el ánimo de la concurrencia, que aplaudía sin reservas, riendo a placer, e incluso, de cuando en cuando, lanzaba exclamaciones y gritos de admiración y complacencia.

-¡Olé tu gracia! -llegó a decir una señora, levantándose del asiento, con una dedicación tan enfervorecida que cabría sospechar que se trataba de la madre del artista.

En esas se estaba, cuando entró en la sala una pareja de mediana edad, con las cabezas cubiertas por sendos sombreros que a todos parecieron estrafalarios. Avanzaron por el pasillo central y, guiados por el acomodador, acabaron sentándose con estrépito en la primera fila, justo delante del cómico-payaso. Tal vez provocados, recogieron algunos murmullos de desaprobación, e incluso llegaron a sus oídos un par de improperios:

-¡Fuera esos gorros! -gritó un tipo de la tercera fila.

-No se desmelene, joven. Somos los propietarios del local y aquí hacemos lo que nos venga en gana. Podríamos ordenar la evacuación si nos apeteciera, y quedarnos solos con el espectáculo -expresó la mujer, encarándose con quien así había hablado.

-¡Lo que faltaba por oir! ¡Este local es público, pertenece al Ayuntamiento! -apremió otra vez.

-Pues eso. Por si no lo sabía, mi esposo es el mismísmimo alcalde. Así que, compórtese -reincidió la señora, tan pizpireta.

El cómico reclamó orden y silencio, los ánimos se calmaron al poco y los recién llegados se acomodaron en los asientos que les correspondían. El espectáculo continuó.

-Esta pequeña circunstancia que acaba de suceder me recuerda una historia de un barquero que fue contratado por un banquero para cruzar un río.

El contador de cuentos se paró, y optó por corregirse de inmediato.

-No, no. Me corrijo. No era un barquero, era un sabio. Un sabio bastante petulante que contrató a un banquero. Tal vez, ahora que lo pienso, el asunto tenga algo que ver con la economía sumergida, ahora que ha salido a flote.

Risas en la sala.

-¡Ah, no! Perdonen. Me estaba confundiendo completamente.(Hizo ademán de manejar un catalejo). Bis veo, qué veo. En realidad, ahora lo veo mejor, si me ajusto los lentes de mirar el pasado. Veo a un sabio que está en la misma barca que un barquero. Se encuentran en medio de un lago muy grande. (Parecía estar describiendo lo que observaba, en medio de una sesión de siquiatría). Si fuera el banquero de antes, diría que estaba pescando oportunidades. Aquí una vivienda desahuciada, allá una empresa agobiada por las deudas…Pero, no, éste sabio está pescando peces.

Se hizo un silencio. El cómico siguió gesticulando.

-De pronto, se desató una tormenta. No una tormenta de ideas, de las que están ahora tan de moda, sino una más clásica, terrible, a medio camino entre la tormenta del diluvio universal y la que hundió el Titanic: con truenos, relámpagos, y granizo. Daba mucho, mucho miedo. Especialmente si no estabas en tu casa, calentito, viéndolas venir, sino en medio de un lago, sobre una pequeña barca.

Silencio en la sala.

-El barquero, que era prudente y experimentado, propuso volver de inmediato a la orilla, pero el sabio, que era petulante y engreído, quiso quedarse. Estaba teniendo mucha suerte con la pesca. «Yo he pagado tres horas de barca, y tres horas quiero. Además, cuando el agua está revuelta es cuando más pican», decía. El barquero, por su parte, opinaba que los peces no iban a salir del agua por sí mismos y estarías allí al día siguiente, así que lo mejor era largarse para estar no correr el peligro de que un rayo cayese sobre sus cabezas y las convirtiera en material de recuerdo, como las figuras de Pompeya.

Silencio.

-«Es matemáticamente imposible» explicó el sabio, poseído de sí y, sobre todo, del no, mirando su reloj, en el que contó los segundos que transcurrían desde que se veía el relámpago hasta que se oía el ruido del trueno. «Veinte segundos, cuatro kilómetros. -dijo- La tormenta está aún muy lejos. Además, es de todos sabido que la probabilidad de que un rayo caiga sobre una barca en un lago es infinitesimal».

Silencio.

-No bien acababa de pronunciar la palabra «infinitesimal» cuando un rayo terrorífico cayó, con estruendo, en la caña que sostenía el sabio, que tenía, según parece, algún elemento de grafito y de la que el erudito no había leído la advertencia de que no se debía usar en caso de tormenta. El intelectual no se carbonizó, ni se murió, ni perdió nada más que la caña. Porque la caña se le soltó de inmediato de su mano, cayendo al agua. Sin embargo, el pobre barquero cayó de espaldas y se rompió un brazo por el golpe. (El actor se tiró al suelo y se levantó, inmediatamente, doliéndose del brazo).

Algunas risas.

-«Tendrá que remar usted, porque yo no puedo», expresó el pobre barquero, retorciéndose de dolor. «Me ha estropeado la pesca», le reprochó el sabio engreído, que era también petulante y apestoso. «Ahora estaban picando como nunca», continuó, quejándose a rabiar. «No se remar, pero puedo aprender si me dice donde guarda el libro de instrucciones». Por cierto, debo precisar que los dos hombres no podían utilizar los teléfonos móviles, porque se habían encharcado con el agua de lluvia y no tenían granos de arroz para secarlos ni otros de repuesto, a poder ser, insumergibles.

Risas y silencio, a partes iguales.

-El barquero, entre gritos y ayes, explicó que no había ningún libro de instrucciones en el que se pudiera aprender a remar, porque a remar se aprende solo con la práctica. Así que rogó al sabio, que era engreído, petulante, egoísta y, además, bastante apestoso, que se aplicara a los remos, y probase a manejarlos correctamente. Pin, pan, pin, pan, así lo hizo. En efecto, la barca avanzó algo, dando unas vueltas sobre sí misma, aunque, con la tormenta, que no solo no había terminado sino que estaba en su apogeo, es decir, en la misma picorota, se levantaron unas olas terribles, como tsunamis en miniatura, que consiguieron volcarla a la de tres. El sabio, el barquero, los aparejos y la pesca, todo, cayó al agua en un santiamén, quiero decir, en el lago.

Silencio.

-«¿Sabe usted nadar», le preguntó el barquero al sabio apestoso y egoísta. «-No muy bien», contestó éste. «-Pues a mí de nada me ha de servir, con este brazo roto», se lamentó el barquero. «Así que no tenemos otra solución que ponernos a rezar y esperar a que se cumpla nuestro destino», dedujo, de forma pragmática, el buen hombre.

Silencio. Una voz desde lo profundo de la sala: «¡Esa historia no tiene ni pizca de gracia!». La pareja de la primera fila, los dos que habían llegado tarde, se miraron. Sin inmutarse, el cómico-actor, prosiguió con su cuento:

-«Soy agnóstico», expresó el sabio, y continuó. «Pero, en este cuento, a diferencia de ese otro en el que el sabio no sabía nadar y el barquero, que no sabía nada, se salvó, aquí el que sabe nadar soy yo, así que usted será el que cumpla su destino, rezando, y yo quien me salvaré». Y así diciendo, se alejó de la barca, mal que bien, nadando, una mano delante y otra atrás, hacia la orilla.

El cómico avanzó cuanto pudo al borde del proscenio, y, levantando un brazo, explicó:

-Yo era el barquero, y, como ven, me salvé. El sabihondo apestoso que me dejó en medio de la tormenta, con el brazo roto, era, en realidad, el que hoy tienen ustedes como alcalde, aquí presente, y al que he tenido el gusto de invitar a esta función. Como ven, el se salvó también, pero no volvimos a vernos hasta hoy, ya que yo me dedico desde entonces a contar historias.

Se inclinó hacia la pareja de la primera fila, y en tono educado, pero firme, preguntó:

-¿Me quiere usted, por fin, devolver el flotador sobre el que está sentada su señora, señor alcalde?

Risas sin sentido. Se oyó un bufido, como el desinflar de un globo.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: alcalde, Barça, barquero, cuentacuentos, cuento, cuento de invierno, flotador, nadar, pesca, sabio, tormenta

Cuento de otoño: El sutra del opositor cultivado

19 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Gaoxuan fue un patriarca chino del que no se conocía nada en absoluto hasta que el año pasado, al remover tierras en la periferia de Chengdu para construir un supermercado, se descubrió un Sutra firmado con su nombre. Ese relato ejemplar, que lleva por título El opositor cultivado, ha sido ya traducido a todas las lenguas del mundo y puede encontrarse fácilmente en internet, en su versión más completa, que ofrezco aquí de forma resumida, ya que el Sutra en cuestión es el de mayor extensión conocida hasta la fecha, pues está escrito en una cinta de Möbius, sin principio ni fin.

Según refiere la historia que allí se cuenta, cuando varios discípulos se encontraban disfrutando con su mentor de la paz de una tarde de finales de agosto, meditando sobre la mejor manera de conducir a un pueblo a su máxima felicidad, el maestro Gaoxuan sacó del refajo de su manto inmaculado una semilla de loto y ofreciéndola a la vista de todos, preguntó:

-¿Qué tengo en la mano?
-Una semilla de loto, sin duda -contestó de inmediato uno de los jóvenes que seguían sus enseñanzas.
-Eso es lo que se ve -replicó el sabio-. Pero lo que no se ve es que esta semilla tiene más de veinte siglos y conserva intacto su poder germinativo.

Todos observaron, encantados, aquel fruto rugoso, que pasó de mano en mano, encontrándolo parecido a cualquier otra semilla de las que se pueden hallar en parques y jardines. Uno de los discípulos, picado por la seguridad, quiso saber:

-¿Cómo es posible, maestro Gaoxuan, que se pueda conocer tan exactamente la edad de una semilla?

Gaoxuan centró su profunda mirada en quien había hecho la pregunta, al mismo tiempo que hacía con la punta de su sandalia, un agujero en el barro, en donde depositó con sumo cuidado la semilla.

-Esta semilla estaba guardada en una caja de marfil que perteneció a los enseres de mi familia, y trasmitida de generación en generación desde los tiempos más remotos de la primera dinastía Quin. Uno de mis antepasados estuvo en desacuerdo con el emperador Huanddixián, que era un tirano. Fue el primer poseedor de esta semilla. Como consecuencia de su rebeldía, fue condenado a la horrible muerte de la tajadura lenta.

Gaoxuan, que no acostumbraba a hablar tanto tiempo de corrido, guardó silencio un instante, mientras volvía a tomar en su mano la semilla de loto, para rascar su corteza.

-Pero lo más importante no es la edad de la semilla ni cómo ha llegado a mis manos, ni que mi sangre provenga de la sangre de un rebelde. Lo más importante es que de ella saldrá, a su debido tiempo, una flor de loto tan hermosa como las del resto de estos parajes.

Nadie se atrevió, por supuesto, a dudar de la verdad de Gaoxuan, que prosiguió, encantado de la atención expectante que causaron sus palabras:

-Como sabéis, el suplicio de la tajadura supone que al que va a ser martirizado se le hagan los primeros cortes en los ojos, para que no pueda ver dónde le serán infligidos los siguientes. Sin embargo, en este caso, y según me ha referido mi padre, a mi antepasado le privaron de la vista en último lugar, con la intención de que pudiera contemplar cada uno de los tajos que se le causaron, y temiera horriblemente cada vez que se aproximara al lugar elegido para el corte la cuchilla del verdugo.
-Es horrible lo que cuentas, maestro -exclamó, horrorizado, aquel muchacho al que llamaban Qianxí, el de las orejas de soplillo, que era uno de los de menor edad.-¿Y qué más has conocido de tu antepasado? ¿Por qué fue condenado a tan desgarradora agonía?

El maestro volvió a cubrir la semilla de loto con el barro, y dirigió su vista hacia el cielo:
-Eso es lo más interesante de todo. Mi tatarabuelo estaba en desacuerdo con el emperador. Pero, en lugar de levantarse en armas contra él o tratar de asesinarlo aprovechando uno de los banquetes a los que, sin duda, venía siendo regularmente invitado, no se consideró jamás opositor, sino que se ofreció como leal colaborador desde la discrepancia.
-¡Ah! -dejaron escapar varios discípulos, impresionados.

-Fue precisamente esa actitud la que los oficiales del emperador no pudieron o no quisieron tolerar. No concebían que nadie estuviera en contra de algunos aspectos de la política imperial y se ofreciera para ser colaborador en otros. No admitían otra forma de comportamiento que estar totalmente a favor o totalmente en contra. Por eso, primero lo sometieron al suplicio para que reconociera que discrepaba en todo y, como no consiguieron que reconociera tal cosa, sino que afirmaba, una y otra vez que solo disentía en algunas, y que en otras, podían contar con él, concluyeron que debían acabar con él, para que su ejemplo no contagiara a otros.

Los discípulos de Gaoxuan se cruzaron miradas entre sí.

-Cuando murió, su esposa e hijos recogieron el cuerpo para darle sepultura y encontraron en una de sus manos esta semilla. Ahora, después de tanto tiempo, la enseñanza de esta semilla, y ella misma, están listas para fructificar.

Y dándole un último y suave pisotón al barro que cubría completamente la semilla, los invitó a seguirle, lo que hicieron, obedientes.

-Maestro Gauxuan, -dijo, al cabo de un tiempo de andar juntos, el jovencísimo Qianxí, agarrándole de la manga-. ¿Hay algo más que debamos saber respecto a esta historia?
-Sí -contestó el maestro-. Apréndetela de memoria y repítela en tu corazón, hasta que comprendas su sentido.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento de otoño, cultivado, enseñanza, germinación, historia, loto, memoria, opositor, política, repetición, sabio, semilla, sutra

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