Al socaire

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Estado judicial

18 febrero, 2017 By amarias Deja un comentario

El 17 de febrero de 2017, la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca ha dado a conocer la Sentencia del llamado Caso Noos.    Se trata de un texto de gran extensión (741 páginas), ocupando el Fallo las últimas doce. La extensión y el cuidado que evidencia su redacción ponen de manifiesto que no se trataba, en absoluto, de un proceso cualquiera.

Por supuesto, no necesitamos ninguna exhibición de buenos propósitos ni alardear del funcionamiento impecable de los estamentos del estado de derecho. Pueden ahorrárselos sus defensores, en particular, ésos que, cuando una Sentencia penal les afecta a ellos o a sus correligionarios, se apresuran a decir, con la boca pequeña, que la acatan, que el poder judicial es independiente.

¿Pero qué necesidad tenemos de coronar con mentiras y medias palabras algo que surge de la propia imperfección de las decisiones humanas? ¿Porque abogamos por su eterno inmovilismo?: ni las Leyes son perfectas, ni los tipos penales están analizados con total equilibrio y completa objetividad (y no digamos, las penas que acarrean los delitos), ni todos somos iguales ante la Ley o, al menos, no lo somos ante los órganos jurisdiccionles.

No podemos serlo, por la naturaleza de las cosas. Ni todos los abogados son igual de brillantes, ni todos los jueces igual de diligentes, ni todos los demandados o encausados tienen los mismos medios económicos y de influencia, ni todas las sentencias son idénticas para los mismos hechos y datos.

Esto es lo que hay. Y, al afirmarlo así, desde el conocimiento que nos da -a todos los que ejercemos en el campo del Derecho- el actual estado de cosas, no estamos apoyando la necesidad de una revolución, sino insistiendo en la continua necesidad de reformas y la importancia de añadir mesura a los análisis. Acatamos las sentencias, -qué remedio, aunque agotando todos los trámites procesales para buscar su enmienda, cuando la advertimos injusta a nuestras pretensiones- pero no siempre las compartimos.

Voy, pues, al grano del tema de estos días. Los media se han ocupado de difundir las conclusiones de la Sentencia del caso Noos, concentrándose en las penas impuestas y, en su caso, las absoluciones a algunos imputados.

De entre todas ellas, las que afectan a Ignacio Urdangarin, casado con la infanta de España, Cristina de Borbón, y a ella misma, también imputada, han concentrado los análisis. Como en toda cuestión polémica, los comentarios se orientan, según la ideología y simpatías de lo autores, bien a criticar la supuesta benignidad de las penas -y, en particular, la absolución penal de la Infanta-, bien a poner de manifiesto que la Justicia ha actuado, independientemente de la personalidad de los acusados.

Estamos en un Estado judicializado, en el que el profundo deterioro de todos los estamentos ha derivado hacia los procesos judiciales, y, en especial, los penales, la necesidad de redención colectiva.

Los años de la dictadura y los de democracia formal subsiguientes no han eliminado la corrupción, en sus variadas formas. Puede que, incluso, la hayan hecho más refinada. Solo los muy ingenuos o ignorantes pueden sostener la creencia de que se está en los últimos años procediendo con serenidad y contundencia contra la corrupción que, desde hace décadas -me atrevería a afirmar que, siglos-, forma parte del Sistema económico.

La corrupción no se juzga en los tribunales ni se condena en ellos. Vive con el sistema, porque forma parte de la educación general, impregnándolo todo. Los pocos casos que han salido a la luz en España (como en otros países) lo han sido por denuncias de arrepentidos o por declaraciones de pececillos corruptos que, para aliviar sus penas, han acusado a sus superiores. El clan de corruptos y corruptores se cierra sobre sí mismo, protegiéndose.

En relación con el juicio Noos, puede que algunos piensen que se ha juzgado a la monarquía, y que, con este proceso, se va a debilitar a la institución. Tal vez, incluso desde una parte de la judicatura se haya visto con buenos ojos que condenar a miembros de la familia real significa avanzar en el cambio de régimen,

No pienso así (tampoco me puedo imaginar que la Monarquía salga reforzada). Necesitamos la Monarquía porque carecemos de un sustituto válido como forma cabal de Estado. La propia institución se ha encargado de ponerla en bretes evitables, probando su resistencia, de los que ha salido prácticamente indemne: los detentadores de la Corona pueden alardear de rijosidad consustancial a su naturaleza, matar elefantes y osos como sana diversión elitista, casarse con plebeyas a despecho de lo indicado por sus consejeros áulicos… Nuestras abejas reinas no tienen sustituto.

Las Monarquías que sobreviven en países democráticos se han hecho impermeables como fórmula de subsistencia. Levitan sobre lo razonable. Hay un ejemplo paradigmático: la Reina de Inglaterra. Su distancia  infinita con la realidad es la mejor defensa: cuando se manifiesta con algún signo humano, es algo parecido a haber sido testigos de una aparición espectral. Indestructible.

Aquí se sigue el ejemplo, mal que bien, porque hay que salvar la Monarquía, esto es, a todos nosotros, sus súbditos desnortados. Las sonrisas forzadas de SSMM en la inauguración de la exposición en el Museo Thyssen, el mismo día de la publicidad de las condenas a personas de su familia, obviamente, han sido ensayadas previamente en los días anteriores, pues la Sentencia tuvo que ser conocida con anterioridad. La procesión irá por dentro, pero no se la deja trascender.

Y, sin embargo, no es posible ignorar los propósitos y consecuencias de este sometimiento al escarnio popular de la divina Institución. Porque el que personas de la familia real, incluso en una dinastía empobrecida como la española, se vean imputadas, paseadas por los juzgados, analizadas sus conductas a placer por cualquier nindungui, es fruto de un intento de poner a prueba la resistencia de la Institución, pero sin afectar a la vulnerabilidad del núcleo central, poniendo sobre el tapete colectivo, que «la Justicia es igual para todos», incluso para ese plebeyo deportista al que se le arrojó a los pies de los caballos justicieros.

Se ha producido, en efecto, la apariencia de una sacudida brutal a la esencia de la Monarquía española. ¡Miembros de la Familia, corruptos!. Es lógico que ante un ataque de tamaña envergadura, se hayan activado todos los recursos de contención del daño.

Nadie, disponiendo de su sano juicio mental, admitirá que la justicia haya actuado con total independencia (¿cómo mantener la «total independencia» con ese continuo clamor de la calle, esa tensión permanente, a ratos, insoportable?) , ni dejará de valorar que el gobierno no haya utilizado todos los medios posibles para conducir el tempo y la intensidad del proceso («espero y deseo que la Infanta salga libre, con todos los predicamentos favorables, del proceso») y que el propio Monarca Felipe VI, sus padres y resto de familia real (y de otras dinastías monárquicas), y sus apoyos, valedores y beneficiarios sustanciales, no hayan visto con intranquilidad y disgusto el que uno de sus miembros haya sido puesto en la picota justiciera (¿no podemos imaginar llamadas de la reina Sofía a su hijo varón, pidiendo intersección salvífica?).

Tenemos una forma de gobierno anticuada, pero que funciona. La mayoría de las monarquías europeas han dejado de existir, salvo en los libros de Historia o como reliquias depuestas, vagando a la eterna espera de tiempos mejores. Algunas han terminado de forma cruenta. Sin embargo, pasado el tiempo, nada ha cambiado en los pueblos que han visto culminado el proceso de sustitución de las Monarquías por otras formas de Gobierno. República o Monarquía, es lo de menos.

Esa enseñanza de la Historia la tenemos impresa en nuestros genes, los españoles.

Analizada someramente la Sentencia, encuentro algunos elementos para la polémica jurídica. La pena principal de Urdangarín lo ha sido porque el Tribunal le estimó como autor de un delito continuado de falsedad en documento público, además de por malversación de caudales públicos (art. 404, 390.1.2º y 4º y 432.1, con la atenuante de reparación del daño). No se cierra con ello la posibilidad de revisión, a pesar del extenso y meditado escrito de las Sras. magistradas. No me ocupo, gracias a Dios, del caso, pero entiendo que la consideración de Urdangarin como «autoridad o funcionario público» que prescribe el art. 390 abre una vía de acogida al recurso de casación, por la reducida extensión jurídica que viene siendo aplicada a estos términos.

Interesante es también el análisis de la comisión del delito de tráfico de influencias, en su tipo agravado, por el que también se condena a Urdangarin, penado según el art. 429 del Código Penal, al entender la Sentencia que  ha obtenido beneficio por la influencia derivada de la situación personal con la autoridad o funcionario público que debe tomar la decisión. Me parece que la influencia de un personaje tan encumbrado como es un miembro de la familia real, en un país en el que la Monarquía es la forma de Estado, ante quien debe tomar una decisión pública, queda manifiesta por el solo hecho de aparecer como interesado, sin necesidad de actuar positivamente como «influyente».

En cuanto a la exoneración de culpa a la infanta Cristina de los delitos contra la haciendo pública, a mi no me sorprendió en absoluto. Pero, ¿es que nos hemos olvidado de en qué país y bajo qué orden estamos?

Y, como ya han avanzado algunos comentaristas con más intención que yo, tenemos que esperar a la revisión de la sentencia por parte del Tribunal Supremo. Como prueba a la solidez de la Monarquía, de momento, ya hemos tenido dosis suficiente.


Las urracas han ocupado grandes espacios, tanto en las ciudades como en el campo. Son agresivas, gregarias, tienen un excepcional poder de adaptación a los medios, y son prácticamente omnívoras.

En las ciudades españolas, lo normal es encontrarse, en cualquier lugar y ocasión, con estas aves, atentas siempre a hurtar un bocado, ahuyentar a otros pájaros e, incluso, a presentar batalla a animales de mayor tamaño: ni cuervos, ni rapaces se atreven con ellas, cuando se encuentran defendiendo sus nidadas, lo que hacen en grupo sin problemas.

Esta urraca, a la que fotografié en el momento de desplegar sus alas para huir, aguantó, como si me echara un pulso, un buen rato. A diferencia de la inmensa mayoría de los pajarillos (salvo algunos gorriones comunes, que andan siempre mendigando residuos en torno a los humanos), las urracas, o pegas, sostienen al máximo el momento, aparentemente inmutables, hasta que, de pronto, se lanzan en un vuelo rápido, potente, corto.

 

Publicado en: Actualidad, Derecho, Sociedad Etiquetado como: Infanta Cristina, juicio, Monarquía, Noos, sentencia, urdangarín, urraca

Tiempo entre costuras

5 octubre, 2016 By amarias 1 comentario

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Tomo prestado el atractivo título del magnífico libro de María Dueñas, inspirador de una serie de televisión, para enmarcar mi Comentario sobre el Partido Socialista español. Pero advierto al amable lector que no me refiero de esta forma a la labor de zurcidor que le espera a mi colega en la ingeniería Javier Fernández, sino a los años transcurridos desde que Rodríguez Zapatero y su equipo de circunstancias hicieron lo imposible para ocultar bajo la cama de la complacencia la basura de la crisis que inundaba las estancias del estado social y hasta que Pedro Sánchez derrotó a Eduardo Madina en las primarias para elección de Secretario General del primer partido de la oposición.

Tiempo perdido fue para el PSOE. Desde la dimisión de Rodríguez Zapatero en 2011 hasta julio de 2014 fue secretario general del PSOE, candidato a Presidente y líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, doctor en química orgánica y una de las cabezas más sensatas del panorama político español. Ejerció, en lo que lo tengo analizado, un liderazgo de capacidad, de solvencia académica, con dotes peculiares para explicar lo que estaba pasando en el país y fuera de él. Su música pareció celestial, no ya a los militantes, sino a las mayorías que sirven para elegir presidente de Gobierno, y Mariano Rajoy y su equipo de coordinados guerreros del antifaz se hicieron con el poder y, una vez conseguido, se aferraron a él, sin importarles monsergas.

Tengo que admitir que la socialdemocracia (o lo que sea lo que representa el PSOE) tiene incapacidad congénita para proponer alternativas en momentos de crisis. Le asusta tomar riesgos. No se atreve a profundizar en las propuestas para aumentar los impuestos al gran capital (que en España, país intermedio, no dejan de ser cuatro amigos), por miedo a alborotar de refilón a la clase media (que, en efecto, es la que paga los patos) , y carece de visión económica global (y eso que muy insignes profesores universitarios que se autoproclaman de izquierdas no dejan de publicar estudios académicos con análisis retrospectivos)

En esas circunstancias, y sabiendo que, como señala la Biblia, a períodos de vacas flacas y espigas macilentas seguirán siempre vacas gordas y cosechas henchidas, cualquier líder de un partido conservador de un país de medio pelo, no tiene más que echar la culpa de mala gestión al equipo al que le tocó lidiar con la crisis mundial y esperar tranquilo la rentabilización del éxito de su teórico buen hacer con los frutos que pongan en su feudo las bonanzas externas: más exportación, aumento del empleo menos cualificado, disminución de deuda externa, miedo al cambio.

Ni la corrupción, ni los desgastes personales, ni los escándalos ocasionales, prevalecerán contra un partido conservador aupado a gobernar al tiempo en que empiecen a soplar los aires buenos. De él serán los triunfos y, pretendiendo diferenciarse, los que, desde la oposición pretendan innovar, tropezarán con la dificultad de proponer propuestas que alcancen consenso interno.

Que el PSOE esté hoy dividido entre los que proponen abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy y los que ven opciones en embocar unas terceras elecciones que mejore el número de escaños y facilite un gobierno de coalición con los del abrazo del oso podemita, no es más que un síntoma de la desorientación ideológica de la izquierda prudente

Dejen, pues, los diputados de ese partido que ha perdido el contacto con los votantes, que gobierne Rajoy gracias a la abstención del mínimo de la bancada socialista que, con estricta disciplina de voto, le abra el camino para agotar la leche que aún darán las enflaquecidas vacas. Y que, desde el reposo, los militantes de los llamados partidos de izquierda (desde el PSOE hasta Unidos Podemos) piensen bien lo que van a hacer cuando las tornas se hagan claras. Sin cal viva de por medio, sin insultos, sin gritos ni algaradas en las calles. Teniendo presente que les tocarán vacas y espigas flacas.

Porque mientras algunos militantes crean que es tiempo de desgarros, cortes de tijera, exhibición de retales y fuertes desencuentros a cuchillo, no esperen que los que tienen que votar la credibilidad de sus opciones, les vayan a dar apoyo incondicional.

Javier Fernández tiene, ante sí, un reto de los que menos rédito personal producen. Tratar de coser los rotos, mientras dentro y fuera de su partido, muchos andan aún con las tijeras. Rubalcaba no lo consiguió; Javier Fernández tiene la expectativa soplándole a la cara.

—–

P.S. Incluyo hoy la fotografía en vuelo rasante de una urraca. Gregarias, agresivas, en expansión al parecer imparable. Me contaba un lugareño, aficionado a la caza, que un día en que volvía de vacío, encontró forma de aliviar su frustración disparándole a una de esas aves, y la llevaba al cinto. Al cabo de un rato, notando dolor en un costado, observó que el animal, aunque herido de muerte, le estaba picoteando el flanco con ardor.

Publicado en: Actualidad, España, Sociedad Etiquetado como: costuras, Dueñas, Rajoy, Rubalcaba, Sánchez, terceras elecciones, tiempo, urraca, Zapatero

Cuento de invierno: El cuervo y el huevo

6 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Érase una vez que se era, un país dominado por las alimañas. Sin que se supiera muy bien la razón, las tierras, las aguas de mares y ríos y hasta el aire de ese país, estaban controlados por los animales depredadores más abominables.

Para fijar las ideas, y que el lector no caiga en confusiones que pudiera hacerle malentender el sentido de esta historia, sucedía que en los prados y los bosques, y en todo el terreno firme que pudiera abarcarse con la vista, dominaban las hienas, los coyotes, los lobos carroñeros y las víboras de todo pelaje, coexistiendo con las tarántulas y otros bichos venenosos; en las aguas dulces, los lucios y los cocodrilos campaban por sus respetos y en las saladas, vibraban los tiburones y otros escualos, junto a los cangrejos, los gobios y las medusas, y lo hacían con todo su maligno esplendor y máxima desfachatez; y en el aire, los cuervos, las urracas y los buitres se habían constituido en los controladores, en su propio beneficio, de cuanto pretendieran los demás animales alados, a los que avasallaban sin piedad.

Es cierto que había leones, tigres, elefantes e hipopótamos (por ejemplo) que, por su tamaño y natural destreza, podrían haber mantenido a raya a animales que, en la escala de fuerzas comparadas, hubieran podido establecer su ley. Nada cabría objetar, teóricamente, a que, si se librara una batalla de igual a igual, los cachalotes y las ballenas hubieran podido ahuyentar a los escualos, los córvidos se sintieran amedrentados por las águilas o los lucios por los manatíes, …

Pero no era así, sino al contrario. En el país de esta historia, reinaba la calma, a pesar de la patente injusticia.

Podía calibrarse la cuestión como producto de la dejación de los más poderosos y del omnímodo poder reproductor de lo que se había dado por conocer como El Sistema, un complejo entramado de favores y dádivas, acogidas al principio de do ut des, que se enseñaba en las escuelas de Derecho, y que la práctica había adulterado. También podría alegarse, buscando entre las cenizas y los despojos, que la falta de unión y la torcida representatividad, en las pirámides sociales y en los estamentos de poder, de quienes detentaban, de lejos, las mayorías, les había conducido a ese penoso y desaforado extremo, en el que el voto de muchos no valía más que para limpiarse las heces de los que anidaban arriba.

Pero no es cosa ahora de profundizar en las razones históricas, sino de atenernos a la real situación que se había implantado en aquel territorio, alejado de las sanas reglas de la naturaleza, que rigen la convivencia y el respeto común.

En lo que interesa contar ahora, y ciñéndonos a lo que pasaba en el aire, los buitres y los córvidos, como quedó expresado, hacían lo que les parecía mejor a sus intereses y, lo que es ciertamente lamentable, contaban con la aquiescencia de los poderes fácticos del reino alado, que se doblegaban a lo que aquellos querían, cuando no por apoyo explícito, por dejación excrable.

Sucedió que a un cuervo muy plumoso se le antojó el nido que había construido una pareja de jilgueros, en la que una pacífica familia de fringílidos, venía, año tras año, alimentando a su prole. Era, en verdad, un hermoso nido, fabricado con paciencia, imaginación y cariño por los trabajadores pajarillos, que, además, con sus floridos cantos, alegraban las mañanas de cuantos pasaban por allí, que se hacían lenguas de tanta armonía como habían sido capaces de crear en un paraje, por demás, desolado.

Una mañana, aprovechando que ambos progenitores estaban a la búsqueda de insectos con los que atender a sus polluelos, llegó el taimado cuervo, acompañado de otros de su banda, tiró por la borda a los indefensos hijuelos, y se instaló tan pancho en el nido ajeno, dispuesto a disfrutar de la casa que no era suya, de las vistas cuyo disfrute no le pertenecía, y, por supuesto, sin tener el menor remordimiento por haber sacrificado víctimas inocentes para satisfacer su cruel intención.

Los desolados padres, tan pronto se percataron del desaguisado -que aún no había sido consumado, pues volvieron de su tarea a tiempo de ver a la pandilla de cuervos sacrificando a su familia – después de enjugar sus lágrimas como bien pudieron, acudieron a las instancias jurídicas que funcionaban en el territorio, cuya función y no otra era, obviamente, mantener oficialmente el orden y hacer cumplir las leyes.

Hagamos un paréntesis. Era notable, y actuaba este extremo como barrera de humildes, que los órdenes jurisdiccionales se movían con gran lentitud, acumulando las peticiones de restablecimiento de la justicia, lo que servía, por supuesto, a los intereses de los depredadores y no al cumplimiento de las disposiciones que, con resultados inquietantes, habían sido promulgadas en teoría para defender lo que, aún entre animales, se entendía como estado social y de derecho.

En primera instancia, a pesar de lo fundamentado de la petición de los mancillados jilgueros, el juez animal -una lechuza corta de vista- dio la razón al cuervo. Puede ser que tuviera intereses espurios para actuar de esa manera, aunque no había forma de probar tal sospecha. En aplicación de esa sentencia judicial, el cuervo se asentó en el nido, y, ejecución provisional de ese derecho que se le otorgaba, amplió la casa ajena a su conveniencia y, llamando a su pareja, se disponía, siguiendo las leyes de su propia naturaleza, a poner los huevos que correspondían a su calaña, consumando así la expropiación. Pues dice el refrán, cuando no exista el fuero, pon el huevo.

No contaba el cuervo con que en segunda instancia y aún en tercera, la sentencia que le había autorizado al despojo, resultó revocada. El consejo de estorninos y pájaros carpintero, les quitó la fuerza de las razones. Los jilgueros se sintieron en buena parte recompensados por el hacer de los órganos superiores y solicitaron, respetuosos, que se cumpliera la sanción definitiva, y se ordenase el desalojo de los cuervos, restituyéndoles su propiedad perdida y resarciéndoles, al menos económicamente, de las pérdidas sufridas.

Pero si la cuestión parecía resuelta, no lo fue por la habilidad de los cuervos para abrir un nuevo capítulo inesperado en la historia. Cuando supieron de la condena, subarrendaron de inmediato el nido a un córvido cojo y demandaron de la justicia que, en amparo del derecho de los animales minusválidos a disponer de una vivienda digna, se autorizara al handicapado a ocupar la casa.

El juez de las aves que entendió del caso en primera instancia -un inteligente ejemplar de oropéndola, ejemplar que ya escaseaba en aquellos predios-, no se dejó engañar por la añagaza, y falló en contra de la pretensión, que estimó completamente falsaria. Los jilgueros tuvieron, con ello, un soplo de aire fresco, que les imbuyó de redoblada confianza en la justicia.

Ah, pero no acabó aquí la historia, que va camino de ser larga. El córvido cojo y los córvidos sagaces, gente esta última con poderosas influencias entre los animales superiores, actuando éstos -decían- en apoyo del incuestionable derecho del inválido a tener su nido, apelaron a instancias más altas.

Para consternación de los sufridores fringílidos, que ya habían perdido en lo que iba de pleitos, todos sus ahorros en granos y falsas esperanzas, los tribunales más altos -esta vez, formados por cuervos disfrazados de halcones y urracas con pintas (de pájaros bobos)- fallaron en contra, acreditando el derecho del córvido cojo a habitar una casa digna, sin entrar a considerar la forma en que había sido obtenida, ni los nidos que estaban desocupados capaces para ese uso, ni los reales intereses que se movían por detrás, que eran las cuerdas de los córvidos orondos.

Nos encontramos así frente a una aparente paradoja. El nido de jilgueros expropiado no puede ser morada para córvidos sanos que desplazaron a sus legítimos dueños, como decretaron los altos tribunales pero sí puede ser expropiada, por decisión de otra sala de los mismos altos tribunales, vivienda de un córvido cojo.

Muy contentos, los córvidos sagaces, con la sentencia en la mano, dieron unos dineros al córvido cojo, estéril, agradeciéndole sus servicios, y se instalaron, tranquilamente, en el nido de jilgueros, en donde pusieron varios huevos, garantizando así su descendencia. Por lo que fue antes el huevo que la gallina, quiero decir, el cuervo.

Esa es la justicia imperante en el país donde las leyes se distorsionan al gusto de las alimañas. Al menos, por lo que vamos viendo.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: apelación, cojo, córvido, cuento, cuento de invierno, derecho, desfachatez, escualo, expropiación, injusticia, inválido, jilguero, nido, urraca

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