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Cuento de primavera: Jaulas para pájaros y otros animales

12 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

El conferenciante, un hombre de unos cincuenta años, con camisa a cuadros, talante deportivo, pantalón con color haciendo juego con los zapatos, tomó un sorbo del vaso de agua mineral que se había servido de una botella, y continuó su plática ante un auditorio variopinto, en el que algunos incluso tomaban notas en carpetas escolares:

– Un gran avance en el maltrato animal ha sido la prohibición de que algunas especies no puedan comercializarse si no han nacido en cautividad.

-Perdone -le interrumpió una joven, que había acudido a la sesión, porque le encantaban los animales (tenía dos gatos sin pedigree y un galgo recogido en la calle con una pata rota-. No estoy segura de haberme aclarado bien, ¿qué quiere decir con eso?

El ponente no pareció disgustarse por la pregunta.

-Es muy sencillo: si el animal ha nacido en una jaula o procedente de padres que ya estaban privados de la libertad, no tendrá conocimiento previo de lo que es estar libre, por lo que no sufrirá si el resto de su vida permanece enjaulado.

En realidad, se lamentaba internamente de no haber utilizado palabras más cuidadas; pero se trata de ser didáctico, pensó.

-Perdone otra vez -la joven se había levantado de su asiento, y se apoyaba, ligera, sobre el respaldo-. ¿Significa eso que un animal que no sabe lo que es ser libre no tiene derecho a serlo nunca, salvo que pueda escaparse? ¿Y qué le pasaría, si logra huir?

El conferenciante pareció entender, de pronto, que aquella mujer debía ser una activista infiltrada de los defensores de los derechos de los animales. Tragó saliva, y preparó mejor su respuesta, después de meditarla un instante.

-En absoluto -replicó, sin estar aún plenamente convencido de lo que iba a decir exactamente-. Piense que no podemos hablar, sensu stricto,  de derechos de los animales, como algo que ellos estén en situación de exigirnos. Somos nosotros, los humanos, en cuanto a seres superiores, como poseedores de reglas jurídicas y éticas, los que se los otorgamos, asumiendo sobre nuestras propias espaldas el deber adicional de que se cumplan estas precisas normas.

Casi no había terminado de hablar, y se encontró con otra pregunta; mejor dicho, con la repetición de parte de la anterior:

-No me contestó a la cuestión de qué sucedería si un animal, que ha nacido y vivido hasta entonces en una jaula, se escapa: ¿es cierto, como dicen, que se moriría, porque no sabría dónde encontrar comida o cobijo?

La joven se había puesto algo colorada. El rubor, que se expandía por sus mejillas, la hacía parecer más hermosa. No estaba dispuesta, según entendieron todos los presentes, a dejarse convencer con facilidad. Algunos de los que habían torcido el cuello para mirar hacia dónde ella se encontraba, curiosos por conocer quién había intervenido,  empezaban a murmurar.

-Los estudios conocidos hasta ahora sobre animales que han obtenido su libertad, demuestran que, por falta de práctica de cómo conseguir alimento, mueren rápido, caen fácilmente en trampas, o son devorados por depredadores salvajes -explicó el orador, ya más molesto. Y, sin solución de continuidad, preguntó en tono burlón:

-¿Me deja continuar, señorita?…He venido a dar una conferencia, no a un debate. Pero le contesto. Los animales no son solidarios como lo somos los seres humanos. Por eso corren peligro, estas especies que nacieron cautivas, cuando alcanzan la libertad. Son los más débiles del ecosistema, y perecen, porque el sistema las expulsa, sin miramientos.

La sala respiró, aliviada. No así la joven, quien salió de su fila y ocupó el centro del pasillo.

-Le voy a decir algo -expresó la muchacha, con voz alta y clara-. El mundo de los animales no racionales me interesa bastante, pero me interesa mucho más el de los seres humanos. En lo que ahora estamos viviendo, por lo menos, no comparto su idea de que los seres humanos seamos solidarios. En absoluto. Y, en cualquier caso, no lo somos más que lo puedan ser los animales irracionales, me parece. De acuerdo con su razonamiento, por tanto, si una persona ha vivido ignorante, pobre, o marginado toda su vida, sería mejor que siga así hasta que muera.

La muchacha se tomó un respiro, para continuar en tono aún más enfático:

-¿Cree entonces que a los pueblos subdesarrollados, a los que faltan medicinas, trabajo, alimentos, cultura, …sería mejor mantenerlos en sus jaulas, en sus guetos, en sus fronteras, impidiéndoles salir, para evitar que conozcan otros Estados que viven en mucho mejores condiciones, en situación de riqueza y bienestar mucho mejor, o… sería partidario de ofrecerles la libertad para que puedan volar? ¿Les prohibimos ver la televisión, tener móviles, estudiar en el extranjero, viajar…?

La sala guardó, por unos momentos, un silencio respetuoso. Alguna voz clamó, sin embargo: «¡Seguridad!» Otros pidieron: «¡Calma!». «Esto no es un debate político, ¿qué se habrá creído?» -comentó, en un susurro, una mujer de edad, sentada en las primeras filas, a su vecina de asiento, pareciendo muy contrariada.

-No se qué contestarle -expresó el conferenciante-. No es mi especialidad, el ser humano. Yo he venido aquí solo a hablar de los animales y, en especial, de los pájaros. De los pájaros cantores, para ser exactos.

La sesión prosiguió, aunque el conferenciante no dejó de advertir que varios asistentes de las últimas filas, entre ellos, la joven interesada, la que había hecho las preguntas incómodas, habían abandonado la sala.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: animales, cautividad, conferencia, cuento, cuento de primavera, derechos, jaula, libertad, pájaro

Cuento de otoño: Señales engañosas

14 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La joven tomaba notas en un cuaderno, sentada en la primera fila. Hacía varios meses que se había licenciado en Geología y aún no había conseguido su primer empleo. Acababa de volver de Londres, en donde había estado perfeccionando su inglés, y el profesor australiano le había dado un consejo para aumentar sus posibilidades:

-Apúntate a un Congreso relacionado con tus estudios al que vaya mucha gente, y haz el mayor número de contactos posible.

Por eso estaba allí. Entre todas aquellas personas de edad madura, la mayor parte, varones, encorbatados y serios, su delicada compostura sobresalía. Se había puesto su mejor falda y una blusa algo escotada. Sin conseguir vencer su timidez, echando miradas de reojo a los demás asistentes, esperaba la oportunidad de presentarse a alguien, y contarle su historia.

Algo así como: «Soy geóloga y busco empleo. Me gustaría algo relacionado con lo que he estudiado. Sobre todo, me encantaría trabajar en un laboratorio».

El conferenciante estaba presentando sus elucubraciones acerca de la repercusión de los ensayos sísmicos sobre algunos animales marinos. No hacía muchos días, habían aparecido decenas de cetáceos desorientados en la costa, y la mayoría, a pesar de los esfuerzos por devolverlos al mar, girándolos hacia la dirección correcta, habían muerto varados en la playa.

La joven leía en los labios del ponente, con avidez, y no cesaba de tomar apuntes. Había sido una alumna aplicada, y conservaba sus costumbres.

-Algunos creen que la desorientación proviene de las explosiones producidas desde barcos especiales que recogen información del subsuelo marino. Estas embarcaciones recorren sistemáticamente una zona elegida, peinándola, y provocan múltiples ondas sonoras a intervalos regulares. Como pequeños seísmos. Estas emisiones sónicas rebotan en el fondo del mar, y son recogidas e interpretadas por sensores adecuados y un programa de ordenador que reconstruye la orografía de esa parte del océano -explicaba el técnico, y su vocalización era, por fortuna, muy clara.

-Saber cómo afectan estas ondas a los animales que encuentren a su paso, será siempre una especulación, porque no es posible entrar en comunicación con ellos. Puede que algunos, en especial, los que pertenecen a las categorías superiores, más sensibles, capten también estas señales o resulten aturdidos por el ruido, y se desorienten, malinterpretándolas -continuaba.

Después, se volvió de espaldas, sin dejar de hablar, y dibujó en la pizarra algo parecido a un cerebro bastante deformado, y lo señaló con varias flechas. La joven, dejó de tomar notas, y mordió el bolígrafo.

-Si se pudiera mantener en cautividad un cachalote o una ballena para probar sobre él el efecto de esas ondas, se habría avanzado bastante. De momento, solo se conoce que a las focas y a los delfines sí parece afectarles, aunque no dejan de comer por ello. Se comportan como lo harían los humanos: pierden oído, se inquietan, en algún caso, tienen comportamientos erráticos…

El presidente de la mesa advirtió al conferenciante que había llegado la hora del café y que, por tanto, la sesión quedaba interrumpida.

Todos se levantaron apresuradamente. La joven geóloga, absorta, aparentemente distraída, había cerrado los ojos para tomar impulso y hacer, por fin, una pregunta. Su pregunta. No se dio cuenta de que la sala había quedado vacía.

Alzó la mano, se levantó seguidamente, sin ver, sin oir (temblaba por la inseguridad), se alisó la falda, nerviosa, y suponiendo que le habrían ya concedido la palabra, con el tono de voz que creyó adecuado (quizá demasiado alto), preguntó:

-¿Y por qué los cachalotes vienen a morir a la costa y no lo hacen en alta mar? ¿Por qué quieren escapar de su medio natural? ¿No estarán suicidándose porque no desean soportar el suplicio al que les estamos sometiendo, como algunos humanos hacen cuando, perdida la razón, se tiran al mar para morir?

Entonces se dio cuenta, por fin, de que estaba sola en la sala. Un sonido cantarín de cucharillas y tazas, entremezclado con voces de conversación y algunas risas, provenía del pasillo.

La joven, sin embargo, no podía oírlas. Era sorda.

Parece que no asistió al resto de las sesiones de la tarde, porque nadie volvió a verla.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, animales, cetáceos, congreso, cuento de otoño, etología, experimentos, explosiones, geóloga, muerte, prospección geológica, ruido, sismicidad, sordera

Cuento de otoño: La granja sin matarife

10 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hay cuentos que ponen la carne de gallina, incluso a los que presumen de ser duros y correosos como los cocodrilos. Este es uno de ellos, por lo que no es aconsejable que se lea a los niños antes de irse a dormir, pero es conveniente que lo conozcan para que estén bien despiertos ante lo que se les avecina.

Había una granja en la que los animales eran cuidados con esmero. Comían cuanto les apetecía, tenían sus zonas de esparcimiento y, por las noches, se procuraba, con el auxilio de unos feroces mastines, de que ninguna alimaña merodease por los alrededores.

En consecuencia, vivían una existencia muelle, engordaban, se reproducían y disfrutaban de las ventajas de un clima y entorno muy agradables. El propietario de la granja era un hombre bueno, sensible con los animales y, en consecuencia con unos principios éticos que había asumido como inquebrantables, había tomado una decisión muy importante.

Había despedido al matarife. No soportaba que sus animales fueran convertidos en carne para ser llevados al mercado como hamburguesas, filetes o chorizos. Ni siquiera cuando las gallinas habían dejado de poner huevos, las vacas de dar leche o los caballos ya no aguantaban el peso ni del más liviano de los jinetes, les daba pasaporte forzado al otro mundo.

Los seguía alimentando y cuidando, mientras envejecían. Y cuando la muerte les llegaba de forma natural, los enterraba piadosamente en una ladera soleada.

La situación se hizo difícil. No exactamente para el dueño de la granja, que era muy rico porque su abuelo había hecho fortuna en las Américas (cuando las Américas existían como tierra prometida). Se hizo difícil para los animales más jóvenes, que veían cómo los más viejos ocupaban los mejores sitios en los comederos, en los pesebres, en las perchas y en las zonas en donde se podía rumiar bajo la mejor sombra.

Un cerdo de raza ibérica prístina convocó a los jóvenes de todas las especies para una reunión informativa. Lo hizo al amparo de la hora de la siesta, mientras los mayores dormitaban. Y eligió como sitio en donde despertar las menores sospechas, un lugar alejado de los comederos, cerca de los montones de estiércol, en donde se fabricaba abono orgánico para fortalecer los campos de remolacha y trigo.

-No debemos soportar más esta deplorable situación. Los viejos ocupan el sitio que nos corresponde en la granja. El amo los quiere más, solo porque son más antiguos en este lugar, y ellos se comen lo más sustancioso del alimento, sin producir nada a cambio. -argumentó, convincente.

-Es cierto -corroboró una de las gallinas ponederas-. El amo se come nuestros huevos, bebe la leche de las vacas nodrizas y carga pesadamente a los alazanes más jóvenes, mientras las gallinas cluecas y añosas, las vacas estériles y los caballos que no sirven ni como sementales ni para tiro, nos desplazan de los lugares de privilegio.

-Aún peor -gritó una ternera primeriza, que estaba recién parida-. Mi abuela y sus amigos decrépitos nos miran por encima del hombro, dándonos estúpidos consejos, acerca de si no debemos desperdiciar la comida que cae de los comederos, o la conveniencia de tener pocas crías para no sobrecargar la economía del patrón.

-No valen ni para solazarnos con ellos -terció una oveja que tenía restos de hierbabuena en el mentón-. Hay varios machos cabríos a los que no les importa que estemos en celo para cubrirnos, pero que se interponen entre los más potentes de nuestros compañeros, reclamando prudencia en las prácticas sexuales, porque alegan que disminuye la esperanza de vida…

El intercambio de pareceres discurrió de ese tenor durante una hora larga. Al final de la cual, uno de los cerdos más lustrosos, propuso la adopción de una medida que, en realidad, llevaba ya estudiada.

-Debemos proponer al amo que vuelva a contratar el matarife. Será la forma de eliminar a tanto vejestorio y disfrutaremos de la granja para nosotros solos, los jóvenes, como merecemos.

La propuesta fue aprobada por aclamación. Y aquella misma tarde, los animales jóvenes de aquella granja especial, que estaban dotados .como también sus mayores- de la facultad de hacerse entender de los humanos, trasladaron, como una condición irrenunciable, que el matarife debía volver a ocupar sus funciones en la granja.

El amo no quería, llevado de su sensibilidad, malestar entre los animales a los que respetaba y quería. Deseaba hacer lo mejor para ellos y, no queriendo que el alboroto se convirtiera en una revolución, llamó al matarife, para que cumpliera con el trabajo para el que estaba capacitado.

Y lo hizo, válgame Dios si lo hizo a conciencia. Explicó al amo que los animales viejos tenían la carne demasiado dura para ser llevada al mercado y no merecía la pena pagar las tasas del matadero ni los costes de conducirlos al mercado.

En cambio, sacrificó a una buena parte de los animales jóvenes, que tenían las carnes tiernas y mucho más jugosas y apetecibles para los mercados.

La calma volvió a reinar en la granja. Y los animales rebeldes, tanto los que quedaron por el momento en la casa de labranza como los que fueron conducidos al sacrificio, tuvieron algún tiempo para meditar sobre el alcance de su protesta.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: . sacrificio, amo, anciano, angel arias, animales, caballo, cerdo, cuentos de otoño, estéril, gallina, granja, joven, matarife, propietario

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