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Cuento de invierno: El pacto de las termitas y los yurumíes

13 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Las termitas y los yurumíes nunca han hecho buenas migas, porque el alimento principal de los yurumíes son las termitas y, por más que éstas traten de morder a sus depredadores, sus dientes no provocan a éstos otra sensación que no sea la de un agradable cosquilleo. Pero la situación cambió de repente, por razones que nadie conoce y que estoy dispuesto a contar.

En una zona no muy bien precisada de la pampa argentina, vivía una floreciente colonia de termitas. La vista exterior de la colonia era impresionante. Estaba formada por varias decenas de pináculos de tierra, espaciados unos cuantos metros uno de otro, con una estructura interior muy semejante.

En el habitáculo más espacioso, moraba la pareja real, donde la reina, rígida por el protocolo, de aspecto orondo y abdomen inflado y seboso, estaba entregada de forma exclusiva a la producción de mano de obra. El rey consorte, carente de cometido oficial, deambulaba por los recovecos de palacio. En cada termitero podían encontrarse dos o tres reinas, que, obsesivamente ocupadas en comer y parir, desconocían la existencia de las otras, mientras los consortes organizaban francachelas con las doncellas de palacio.

La inmensa mayoría de la población la constituían las termitas obrero, que, desde la mañana temprano, debían salir a campo abierto para recoger trozos de dura celulosa que, convenientemente tratada por protozoos adiestrados, inmigrantes en sus estómagos, se convertía en una pasta alimenticia que compartían con sus hermanas y hermanos, bien regurgitándola o expeliéndola, según el conducto utilizado.

Las autoridades locales  de cada termitero correspondían, como en toda organización, a la clásica trilogía: el ejército, que agrupaba a las termitas soldado, cuya función era mantener el orden y defender al termitero de ataques tanto exteriores como interiores; el cuerpo legislativo y jurisdiccional, formado por las termitas aladas, condensación de la sabiduría práctica del termitero, que tenía por objeto producir en su seno, a partir de la formación adecuada -en especial, la sexual, con la prueba de madurez consistente en un vuelo nupcial- nuevos reyes y reinas; y, en fin, un tercer cuerpo de función imprecisa, los pseudoergados, que estaban a la expectativa de asumir una función u otra, según les pareciera y que eran, por ello, enigmáticos y peligrosos.

Tanta erudición sobre las termitas no tendría objeto alguno sino fuera la información precisa para entender que, como consecuencia de una bonanza continuada, en la que florecieron arbustos y plantas en la pampa, se ampliaron los límites de la colonia, llegando hasta donde nunca se pudo imaginar que llegaran.

La noticia sería excelente, sino fuera porque, a la par que el número de termiteros y, por tanto, de termitas, aumentó también el número de yurumíes.

Estos osos hormigueros gigantes estaban especializados en devorar termitas y hormigas, que se había convertido en su alimento exclusivo. Para facilitar su labor depredadora, desarrollaron una boca succionadora en donde se alberga una larga lengua pegajosa y unas garras tridáctilas, todos ellos excelentes adminículos para escarbar en los termiteros.

Cuando las termitas de la colonia advirtieron que los destrozos de sus termiteros eran cada vez más numerosos por los ataques de un grupo insaciable de yurumíes, tomaron la decisión de proponerles un pacto. No era sencilla la misión, puesto que cualquier aguerrido que tuviera el objetivo de dialogar con sus insaciables depredadores, corría el riesgo inmediato de ser devorado sin haber conseguido pronunciar ni la primera parte del mensaje.

-¿Cómo podemos convencer a un yurumí, cuyo único alimento somos justamente nosotras, las termitas, de que nos deje en paz? -era la cuestión principal a debatir, según expresó, con fina dicción, un especialista en Análisis conductual de los yurumíes y especies afines.

-La única forma posible, ya que cambiar sus hábitos nos llevaría un esfuerzo de varios miles de años, es derivar a los yurumíes que nos atacan a nosotras, para que se asienten en territorios alejados y devoren a otras termitas a las que no conozcamos ni de vista -expresó, con sagacidad combinada con erudición, un filósofo experto en Teoría de las compensaciones recíprocas, cuyo estudio empezaba a estar de moda.

-¿Y cómo captaremos la atención de «nuestros» yurumíes? -fue la pregunta que, por su atinada formulación, exigía un estudio profundo antes de responderla.

Después de dar muchas vueltas, consiguieron dar con una fórmula aceptable. Los enemigos más poderosos de los yurumíes son los tigres pamperos, conocidos como jaguares, que -aunque no siempre con éxito- son capaces de enfrentarse en batallas terribles con ellos, y, en una de cada tres veces, logran convertirlos en filetes.

Las termitas de la colonia hicieron llegar al representante de los jaguares, ubicado en las profundidades de la Patagonia, un mensaje, aprovechando la circunstancia de que los termiteros son regularmente utilizados por estos felinos como lugares idóneos desde donde otear y en donde defecar. Se trataba de transmitir, de jaguar en jaguar y termitero en termitero, que en su territorio pampero había carne abundante de yurumí, en especial, apetitosas crías apenas destetadas.

Muchos jaguares se acercaron hasta los territorios de las termitas emprendedoras para ver lo que había de cierto en todo aquello, y comprobaron que, en efecto, la relación de osos hormigueros versus conejos de las praderas era alta, la proporción alimentaria, adecuada, la calidad cárnica jugosa y, en consecuencia, se dedicaron a hacer algunas matanzas que diezmaron la población de osos hormigueros y, de seguir a ese ritmo, aseguraban el peligro de seguir diezmándola hasta reducirla a cero.

Los yurumíes se asustaron bastante y, aunque no disminuyeron su apetito drásticamente, se hicieron mucho más recelosos, lo que facilitó que las termitas, entre succión y ojeada, pudieran introducirles en la mollera este mensaje.

-Sabemos de una tierra en donde no hay jaguares y sí suficientes termitas para que podáis vivir en paz, como merecéis, como especie en extinción pero digna componente del equilibrio cósmico -les susurraban al oído, cuando se libraban de ser devoradas, a cada ocasión propicia, esto es, siempre que un surumí se acercaba a comer a su montículo.

Tanta insistencia tuvo sus frutos.

Por eso, si en sus paseos por la pampa argentina, el lector se tropieza con un grupo de termitas aladas seguidas por uno o varios yurumíes, debe entender que se trata de una expedición de la colonia a la que me he referido en esta historia, formada por voluntarios a la búsqueda de territorios ocupados por termitas con las que no tienen relación familiar alguna, en las que los osos hormigueros puedan vivir tranquilamente, mientras se extinguen de una vez por todas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: agresión, cuento de invierno, cuentos, emigración, hormiga alada, jaguar, pacto, soluciones, termita, termitero, yurumí

Cuento de invierno: Rigor a la carta

10 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Riguroso Poveda era muy exigente. Antes de salir de casa, se cercioraba de que el traje no tuviera arrugas, manchas de grasa o algún dobladillo descosido. La raya del pelo, ya algo ralo, parecía estar delineada con tiralíneas; el bigote, recortado al milímetro; las gafas de concha, pulcras; los zapatos, refulgentes cual patena.

Si el exterior lucía inmaculado, el interior no le iba a la zaga. Catedrático de Ampliación Vastísima de Matemáticas Orondas, en la Escuela Politécnica de Selección de Ingenios, su orgullo no tendría parejo ni en el emperador del pollo frito. Cuando impartía, cada año lectivo, la primera lección de su asignatura, escoltado por los tres ayudantes, a quienes hacía sentar en primera fila, junto a los alumnos, atraía curiosos incluso de disciplinas nada afines.

Constituía todo un espectáculo, verle interesarse por los conocimientos de aquellos a quienes, con su intensa sabiduría, le correspondería desbravar, adoctrinar, amedrentar, sojuzgar aquel semestre. Como no disponía aún de la lista oficial de matriculados, estaba  obligado a sacar a la palestra a los infelices que utilizaba para escarnio, guiándose únicamente por el azar o su intuición.

No fallaba. Acá y allá detectaba incompetentes, ineptos, ignorantes, fatuos, asnos para conocimientos que el juzgaba obvios, pertinentes, de inexcusable omisión, de incalificable ausencia.

-¡Será imposible convertir a Vd., con esa materia prima con la que acude a mí a ninguna otra sustancia que a puro material de desecho! ¡Es Vd. una escoria intelectual, un caso irremisiblemente perdido!

Y el alumno se volvía al asiento, con aspecto compungido, haciendo cortes de manga a las espaldas del ilustrado orate.

-¿No le han enseñado aún lo que son las transformadas discretas de Fourier? ¿No oyó hablar hasta ahora de la convolución circular? ¿Confunde el algoritmo de Bluestein con el de Rader? ¿Y piensa Vd. que le hagan caso cuando tenga que hacer una reconversión forzosa?

Algunos de quienes formaban el auditorio debía esconderse tras las tapas levantadas de los pupitres para que no se les advirtiera tronchándose de risa con las ocurrencias.

El profesor Poveda, cuando se recluía en su casa, -en donde vivía con una hermana algo trastocada -que era la que se encargaba de los zurcidos y labores menestrales, incluidas la adquisición y preparación de víveres y a la que la maledicencia atribuía, erróneamente, un régimen de carnal coyunda-, se pasaba el tiempo en que no repasaba lo que ya sabía, mirando por la ventana.

-Mira esos dos, Esteonora -apremiaba a su hermana, para que viniera a su lado-. Parecen el resultado del algoritmo de Bolzano, encerrado él en un reducido espacio incomunicado, de tanto como ella lo atosiga.

Y Esteonora, que se había hecho experta en tocar la flauta travesera, sonreía.

Sucedió que, un buen día, a Riguroso Poveda lo llamaron para ser miembro del jurado que otorgaba el Premio a la Creatividad Científica, en representación de la comunidad local. Tenía, desde luego, currículum y, aunque no era apreciado en todos los sectores, no eran pocos los que se jactaban de que, gracias a sus enseñanzas, habían podido comprender mejor el sentido fatuo de la existencia.

Riguroso Poveda asistió a la primera reunión del comité, como corresponde, ataviado con su mejor traje, en uno de cuyos ojales había encajado la insignia de oro y brillantes que le acreditaba como colaborador asociado o correspondiente de la Rusian Scientific Society of Qualified Eccentric Persons (RSSQEP).

Cuando se le dio a leer la relación de posibles galardonados, manifestó de inmediato su total discrepancia.

-No encuentro que ninguno de ellos sea merecedor del Premio. Les falta algo sustancial -expuso, con determinación.

-¿Qué es, profesor Poveda, lo que echa en falta de estos ilustres colegas, que, por cierto, han sido ya reiteradamente premiados en otros certámenes de mayor calidad que el nuestro?

El profesor Poveda, que había visto su nombre en la relación, indicó, con acerada parsimonia.

-Lo que les une a todos en su carencia es, sin duda, no estar muertos. Todos ellos viven por ahora y, por tanto, huelga que se les premie. No hay razón para limitarse tanto, ensalzando a quien aún no ha terminado su obra.

Y concluyó:

-Este premio solo debería ser otorgado a un difunto, pues será la medida de que todos sus méritos, descubrimientos y hallazgos no podrán, por naturaleza, aumentar. Así se extenderá el galardón a alguien que tenga su vida cumplida y cerrado para siempre el archivo que pudiera hacerse con los productos de su creatividad.

La propuesta pareció, tras una larga discusión, aceptable, ya que no absolutamente pertinente y, por mayoría simple, se aprobó la moción.

-¿Qué haremos, sin embargo, si todos los propuestos en esta lista están, por lo que nos consta, vivos y coleando todavía? -demandó el Presidente del Comité.

-Eso tiene fácil arreglo -expresó, con su habitual decisión y prístina ocurrencia, el profesor Riguroso Poveda.

Y así diciendo, para consternación de los más, sacó una pistolita del bolsillo, y allí mismo se descerrajó la cabeza.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: certamen, cuentos, cuentos de invierno, exigencia, otorgamiento, petulancia, premio, presunción, pride, prize, rigor

Cuento de invierno: Saber para olvidar

9 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Alguna vez hemos escuchado que para ser auténtico sabio hay que saber lo que se ignora, juego de palabras de apariencia estúpida si no se fuera capaz de descubrir que ese segundo saber al que se refiere el aforismo consiste en poner límites a los territorios de la ignorancia, sin preocuparse por adentrarse en ellos.

Por otra parte, con el avance implacable de la edad, todo ser humano comprueba que va ignorando incluso lo que sabe, con lo que, si la vida del sujeto, ya sea instruido o analfabeto, llega a ser lo suficientemente longeva, se llega a un estado de ignorancia perfecta, un incompetente incluso para recordar el propio nombre.

Resulta emocionante comprobar, sin más que aguardar a que la naturaleza haga su cruel trabajo, que el mayor de los sabios puede volverse incapaz de apuntar una sola certeza en la página en blanco de su memoria. Una preparación, por lo demás, sorprendente, para lanzarse por el camino de alcanzar la omnisciencia que suelen prometer las religiones verdaderas, ya que se sale de este mundo físico, si se llega a completar el ciclo vital sin interruptus, desprovisto de cualquier resto de inmundicia lógica adquirido en él.

Tengo ahora en mis manos uno de los libros de Jean Henri Fabre (1823-1915), naturalista, entomólogo y poeta, que corresponde a la deliciosa colección «Souvenirs Entomologiques». Fabre fue un observador cuidadoso de la naturaleza, y sus escritos, cargados de poesía y con un vocabulario esplendente, sugieren los elementos descritos, con tanta perfección y riqueza de términos, que suelen hacernos creer frecuentemente que los tuviéramos a la vista.

Cuenta Fabre que, un día, Louis Pasteur (1822-1895) llamó a su puerta. Aunque no recoge la fecha, supongo que debía ser sobre 1865, cuando el Gobierno francés encargó a Pasteur estudiar la plaga que estaba destruyendo la industria de la sericicultura en la región de Aviñón. Ambos tenían la misma edad, se encontraban en la plenitud de sus vidas y, aunque ya habían realizado trabajos destacables, puedo imaginar que Jean Henri no tenía razones especiales para admirar a Louis, del que «había leído su hermoso trabajo sobre la disimetría del ácido tártrico» y «había seguido con vivo interés sus investigaciones sobre la generación de los infusorios».

A Fabre le sorprendió que Pasteur no tuviera ni idea de lo que era una crisálida, la metamorfosis o cualquiera de los «mil menudos secretos de la entomología» que sabría «el último niño de la escuela» y…sin embargo, reconoce al recordar esta anécdota «iba a revolucionar la higiene de los criaderos y los gusanos y aún la medicina y la higiene en general».

La conclusión que extrae Fabre de esta observación de la ignorancia de aquel colega que merecería los más altos laureles, me ha parecido espléndida. «Animado por el magnífico ejemplo de los capullos, me impuse adoptar el método ignorante en mis investigaciones sobre los instintos. Leo muy poco (..) No se nada, tanto mejor: mis interrogaciones serán más libres (…)»

No estoy seguro de si esto parecerá un cuento al lector. Si lo incluyo aquí es porque, cuanto más medito sobre el método ignorante, más sabio me parezco. Tal vez a Vd. le pueda suceder lo mismo.

Y si no fuera así, me permito recordarle que, al final, …todos calvos y, aunque nos cueste admitirlo, ignorantes.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuentos, cuentos de invierno, entomólgo, Fabre, gusano de seda, ignorancia, infusorio, olvidar, Pasteur, saber, sabio, sericicultura

Cuento de invierno: Paradigma erróneo

16 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando los castores y las comadrejas se pusieron como locos a fabricar casas para los cerditos, los patos, los gallos y gallinas, todos se pusieron muy contentos.

Por una parte, eso significaba trabajo abundante. De una forma u otra, casi una tercera parte de los puercos, anátidas y gallináceas estaban empleados en el sector de la construcción, lo que significaba que tenían dinero para pagar las cuotas de los créditos con los que pagarían, en cómodos plazos durante decenas de años -incluso más allá de su esperanza de vida-, las casas de las que podían considerarse propietarios desde el mismo momento en que se ponía sobre el terreno la primera piedra.

¡A, las casas!. Las había de todas las categorías y diseños imaginables. Se podía elegir, de acuerdo con los gustos, con duernos de piedra, de madera de castaño o de roble; los dormitorios tenían lechos de paja fresca o cemento armado, las corralas comunitarias estaban provistas de agua corriente; incluso las había con vistas al campo o al matadero; con ventilación forzada o calefacción por suelo radiante.

Por supuesto, se construyeron muchas carreteras, puentes, vías férreas y hasta aeropuertos para que todos pudieran visitar cuando quisieran a sus familiares y amigos, pudieran conocer otros mundos y aumentar su felicidad hasta donde la curva de satisfacción alcanza prácticamente su asíntota.

Todo estaba, además, controlado y garantizado. El lema de tan frenética actividad constructora, que no podía ser más encomiable, gozaba con la máxima protección del Estado. Se habían impreso miles de pasquines para difundir el objetivo: Ninguna familia, sea de anátidas, gallináceas o puercos sin un espacio de pocilga propia.

Los injustamente temidos cánidos -ya fueran lobos de bosque abandonado como hienas de dehesa protegida-, se portaron también de forma espléndida. Concedieron, tanto a los castores como a las comadrejas como, por supuesto, a los cerditos, todo tipo de facilidades. No importaba te alimentabas de bellota en la montanera o te contentabas con desperdicios de una cloaca. Aunque no fueras ni comadreja, aún teniendo aspecto de ratoncito de campo o de oveja churra, si tenías un terreno en donde implantar una granja, los depredadores te concedían un crédito de inmediato.

-Ya nos pagaréis después-, decían los lobos de pradera y las hienas de la dehesa, con su mejor sonrisa sardónica.-Lo importante es que tengáis una pocilga o palo de gallinero propios en la que poder crecer como corresponde a vuestra dignidad y naturaleza.

Un día, sin saber por qué, los confiados animales se encontraron con que las tornas cambiaron. Los castores y comadrejas no tuvieron créditos y los cerditos, patos y gallinas, perdieron su trabajo, con lo que no pudieron pagar los recibos que les llegaban de las pocilgas y palos de gallinero que habían comprado, por lo que se encontraron con que no eran propietarios de nada más que de unos papeles pringosos.

Los hechos se aceleraron. Había miles de pocilgas y gallineros que no habían podido venderse, y los castores y comadrejas se encontraron entrampados hasta las cejas. Miles de puercos, patos y gallinas perdieron sus casitas, y se vieron de patitas y pezuñitas en la calle.

El precio de las pocilgas y palos de gallinero cayó por los suelos. Nadie podía pagárselo, a pesar de todo, porque no había dinero…Los únicos que podían permitirse aprovechar la situación eran algunos lobos de pradera, hienas de la dehesa y, sobre todo, los tigres de Bengala y los tiburones de Madagascar, que tenían liquidez para cualquier cosa.

Y vaya si la aprovecharon. Se hicieron rápidamente con casi todas las pocilgas y palos de gallinero que los confiados puercos, gallos, gallinas y patos no habían podido pagar, y que les fueron arrebatados, viendo cómo servían para nada los dineros que habían entregado hasta entonces.

Pasó algún tiempo y uno de los cerditos escribió un artículo muy curioso en el periódico del País de los animales. Decía, más o menos:

Seguimos necesitando lugares donde vivir, comida que llevarnos a la boca y, aún reconociendo la dificultad, nos gustaría intuir mejor nuestro destino como animales de granja, para ser algo más felices hasta que lleguemos a él. Construir pocilgas y palos de gallinero nuevos sigue costando lo mismo, o más, que hace unos años, y, sin embargo, los depredadores están comprando las pocilgas y palos de gallinero que ya están construídas a precios muy inferiores, aprovechándose de la necesidad de los castores y comadrejas y, por supuesto, de nosotros, los animales de la granja. Estoy seguro de que piensan volver a vendérnoslas dentro de poco, otra vez, al mismo precio o superior al que en su momento pagamos. Así nos veremos obligados a comprar la misma cosa dos veces».

Apareció solo en la primera edición del periódico. En las siguientes, fue vilmente censurado.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: constructora, cuento de invierno, cuentos, edificación, erróneo, mercado, paradigma, sector inmobiliario, situacion, vivienda

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