Creo que sí, que claustro es la palabra
que buscaba; de gótico flamígero
y en su patio, un pozo con brocal de piedras berroqueñas
y naranjos en flor y aljibe con aguas irisadas;
los aleros, con gárgolas; las columnas, junto a cenefas,
escenas de calvarios, sátiros y ninfas practicando
goces prohibidos.
Ese patio,
rendido al atardecer con las luces y sombras del estío precoz
conducirá a través de secretas puertecillas,
provistas de aldabas de bronce y rejillas para secretos percolados,
a austeros refectorios donde ojos de núbiles gacelas
acecharán con temblores juveniles, atisbando
entre los huecos de sus manos delicadas y hermosas,
movimientos que solo en su imaginación cobran sentidos.
En ese claustro ahora vacío, irrumpe en un antojo
un jolgorio de mirlos, -para estruendo de vencejos,
con escándalo soez de las grajillas- y, violando los rezos,
unas risas se oyen, contenidas
en aleteos de pasos que rompen cristales a su vuelo,
y una madre sin hijos les reclama silencio
mientras cierra el pórtico de gloria
donde se recogen las siervas de lo altísimo
en busca de íntimo reposo.
nov. 2005
(Angel Manuel Arias, Poema 25 de los 82 Poemas de encargo)
