Al socaire

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De blunt to smart city, una guía para dummies (4)

4 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

El camino hacia la categoría de Smart City (como signo de calidad reconocida tanto por los propios habitantes como por terceros) tiene muy peculiares características, pues no solo se basa en conceptos y valoraciones subjetivas, sino que está fuertemente condicionado por las condiciones de partida. Es, por otra parte, multidisciplinar, exigiendo la colaboración de especialistas  que ayuden a perfilar ese recorrido hacia la perfección (idea dinámica, como ya indiqué).

Pero, lo más importante, es que el juicio de mayor valor es el que emitan los propios habitantes, independientemente de su formación, clase social, forma de subsistencia, inquietudes culturales o intelectuales y lugar que ocupen físicamente en ella. Yo introduciría un factor muy especial, compuesto de índices a su vez muy diversos, que señalaría la diferencia máxima entre los grupos que la componen y que reflejaría las tensiones intrínsecas que coexisten en ella.  Otro factor sustancial es de su diversidad, en el sentido de que las categorías sociales, culturales, profesionales, los distintos grupos de edad y de género, resulten integrados de forma armónica.

Niego, por tanto, que una Smart City pueda ser un campus universitario, o un Sillicon Valley o un conjunto residencial de alto nivel. Estos ejemplos -y otros muchos que el lector puede aportar por sí mismo- pueden ser, y de hecho lo son, imprescindibles para configurar un nivel más amplio al de una ciudad, e incluso resultarían elementos sustanciales para el desarrollo o el bienestar de una Comunidad más amplia o de un Estado, pero no son ejemplos de Smart City.

A partir de una realidad existente, la voluntad de transformar una ciudad actual en una ciudad Smart, exige una permanente discusión política, y un acuerdo de la comunidad sobre la estrategia. De otra forma, se caerá en el precipicio de la introducción de parches (especial atención a las copias de medidas extrañas que hayan tenido éxito en otro contexto) o en despilfarros inútiles, que solo servirán para aumentar la frustración colectiva, además de, por supuesto, incrementar el gasto municipal, dejando la ciudad con nuevos cadáveres.

Esta observación es muy importante, en  mi opinión, pues se ha desencadenado una estéril y peligrosa carrera de rivalidad entre las ciudades Europas (pongo por caso), que se enfoca más hacia una pretensión de homogeneidad, en lugar de aprovechar, corregir o rentabilizar (en provecho colectivo de sus habitantes) las diferencias. Las críticas respecto a esta concepción elitista e igualadora en medidas que pueden ser vistosas o que se presentan como fórmulas ecológicas o de ahorro energético sin que se las haya analizado desde una perspectiva propia e integradora, han aparecido ya, pero su presencia en el debate es aún débil, puesto que los responsables políticos están, como siempre, obsesionados por el corto plazo y por la rivalizar en la mejora en baremos de puntuación en ciertos índices que no son apropiados, frecuentemente, para sus ciudades.

Para empezar el camino, es imprescindible tener en cuenta el mapa urbano de origen, sus estratos socioecónomicos y el modelo de vida actual de sus habitantes. La disponibilidad de territorio urbanizable es un elemento clave, y una medida de gran valor hacia la smart city sería convertirlo de inmediato en no urbanizable, en zonas verdes, delimitando de esta forma, de manera obviamente brutal, el crecimiento sustentable, que pasaría necesariamente a enfocarse sobre la mejora de las urbanizaciones existentes y el aumento del equipamiento y su óptima distribución, a partir del inventario de lo ya disponible.

Los elementos de dinamismo endógenos de la ciudad debieran ser analizados con máxima objetividad y precisión. La oferta tecnológica propia, la capacidad para resolver de forma autónoma las necesidades para recorrer el camino hacia una mayor intercomunicación de sus activos es parte esencial del reto a resolver. ¿Qué necesita la ciudad para ser más limpia, menos ruidosa, más transparente para sus habitantes, más cómoda para el transporte, más eficiente y creativa? ¿Dónde están los focos que pueden ser las claves para ese desarrollo? ¿Cómo se les puede motivar, impulsar, interconectar?. Hay que poner en valor, ante todo, esas características endógenas, antes de lanzarse por un camino de gasto que, si no se ha analizado con rigor, conducirá indefectiblemente a hacer la ciudad más dual y, por tanto, menos Smart.

La detección de esas áreas de desarrollo que han de ser impulsadas, con soluciones consensuadas o, al menos, claramente explicitadas, es imprescindible. Una ciudad no será más inteligente por haber apostado por convertirse en una ciudad de servicios hacia el exterior, con múltiples centros de convenciones, salas de exposiciones o lugares feriales o parques tecnológicos, puesto que su potencial éxito en esa dirección (medido, siempre, en bienestar de sus habitantes) entraría en competencia con otras ciudades que pueden estar mucho mejor situadas para rentabilizar esas inversiones.

La ciudad Smart aprovecha de manera inteligente sus singularidades, para potenciarlas, y rehúye entrar en competencia en campos para los que carece de factores diferenciales positivos. En eso radica la fuerza de la idea de un e-gobierno responsable. En la coordinación e integración de los elementos infraestructurales, formas de movilidad, interrelación de sus agentes propios con los impulsos ajenos, con una base de información mixta (geográfica, digital y analógica) que sea transparente, pero, sobre todo, mensurable. Esa gobernanza ha de apoyar, sin sustituirlos, las posibilidades de incorporación tecnológica, de información y de comunicación, dentro de un marco, no ya de respeto ambiental (concepto superado), sino de mejora ambiental drástica.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: e-gobernanza, smart city, urbanismo

De blunt to smart city, una guía para dummies (3)

2 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Solo la complacencia política puede pretender que una Smart City se presenta como una realidad inmutable, un logro definitivo, Ni siquiera aquellas ciudades que consiguieran hoy el galardón de ser apetecibles como lugar de residencia (juzgado tanto por los que habitan en ellas como por los que las conocen y no viven allí), pueden sentarse a  contemplar el futuro con tranquilidad.

Porque, como ya expresé, el concepto de Smart City es una utopía, un objetivo que se desplaza, como el horizonte, a medida que nos acercamos teóricamente a él. Ninguna definición puede superar, en mi opinión a ésta: La Smart City es un conglomerado urbanístico, cuyos objetivos permanentes son la información, la interrelación, la movilidad, la seguridad, y la sostenibilidad.

Las ciudades necesitan una reconstrucción, un replanteamiento, que puede ser tenido por una pacífica destrucción que permita la eliminación de las trabas que impiden el cumplimiento de esas ideas globales, intuitivas, pero que encuentran su concreción cuando contemplamos otra urbe que nos suscita envidia especial, porque tiene características de las que no disponemos.

La labor es ingente, que es como decir, que es imposible. No se puede pretender que todas las urbes del mundo disfruten de iguales características, y lo que es más importante, el mantenimiento de esos niveles de bienestar es una cuestión de élites, porque cuesta dinero.

Las Smart Cities habrán de estar defendidas por barreras especiales, de las que, sin duda, el alto coste de vivir en ellas será el más significativo: quien quiera lo bueno, tendrá que pagarlo. Los habitantes de una Smart City serán seres privilegiados, que ganarán más dinero que los demás, tendrán acceso a mejores fuentes de información, aunque también será cierto que en torno a esas apetecibles estructuras se conformarán barrios marginales -a mayor o menos distancia- en las que vivirán quienes cubran los servicios menos esenciales de los Smart citizens.

La dinámica de la urbanización es diferente según el nivel económico-tecnológico de los países: es especialmente alta en los países en desarrollo, y en los menos desarrollados, en donde se están produciendo continuamente masivas incorporaciones desde las zonas pobres del campo, atraídos por el olor a bienestar de las capitales y urbes mayores, que crecen indiscriminadamente. En otros trabajos, he defendido que debería apoyarse la creación de «ciudades intermedias» (con limitación a setecientos mil habitantes, como máximo), que sirvieran de descongestión a las grandes ciudades y, desde luego, como elemento disuasorio al crecimiento desorbitado que se está presentando, desde hace décadas, en los estados más pobres (y que tampoco puede decirse sean tan fácil de contener en los desarrollados, dado el nivel de concentración que alcanzan algunas urbes).

A nivel global, el urbanismo -esto es, la acomodación física del territorio a la habitabilidad-  tiene, como consecuencia de este crecimiento rápido, y en buena medida no planificado (o mal previsto), distintas concreciones, que van desde los asentamientos espontáneos, o los barrios miserables a las ciudades dormitorio. El abandono del campo agrario se mantiene ininterrumpidamente. Aunque pretendamos estar en una sociedad tecnológicamente avanzada, la generación de empleo más importante se vincula a la industria pesada, la producción masiva de bienes de consumo, o la construcción de infraestructuras.

No existe consciencia de la importancia de sostener la agricultura no intensiva, de una naturaleza no subyugada al interés económico, a la avidez temporal. La vida en el campo es despreciada, aunque quienes pueden, aún pretenden disfrutar unos días al año asistiendo a su declinar acelerado.

Estamos en el comienzo de una nueva forma de urbanización y, en mi apreciación, de forma curiosa, son típicamente las «ciudades cercadas»  las que se ofrecen de modelo a seguir. En toda Europa, aunque para llamar la atención sobre España, Barcelona es un caso paradigmático, al que uniría Santander, La Coruña, Cádiz, Córdoba y otras ciudades a las que las limitaciones de espacio han obligado a plantearse la calidad de su crecimiento urbano. Son «ciudades terminadas» (o casi) por razón de su falta de terreno para crecer megalo -maníacamente .

Sí, Madrid, en este sentido, podría ofrecerse como contramodelo, pues la amplia disponibilidad de espacio convertido en urbanizable ha permitido crear un monstruo de megaciudad, aprisionado, más que enaltecido, por más de diez núcleos urbanos que han copiado con manifiesta simplicidad un modelo urbano centrado en la especulación, en el corto plazo, en el individualismo.

El renacimiento de las ciudades ha de estar basado en la incorporación de la cultura a la convivencia, como forma de vida saludable. Las ciudades del futuro, sean o no calificadas de Smart, han de ser más polifacéticas, más verdes, deberán estar interna y externamente, más y mejor intercomunicadas. Es el comportamiento de sus habitantes el que los hará inteligentes, y ese propósito global, fundamentalmente político, tiene que ser incorporado con urgencia, robustecido y animado si ya se encuentra en él en sus principios, a la esfera ciudadana.

En los próximos comentarios proseguiré con este análisis.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: ciudad, ciudad terminada, desarrollo, núcleo urbano, política urana, smart city, territorio, urbanismo, urbanización, verde

Espatuxando (2)

25 octubre, 2014 By amarias Deja un comentario

El análisis de la problemática vinculada al agua implica no perder de vista la complejidad derivada de la confluencia de factores económicos, sociales y ambientales sobre ella. Su distribución sobre la superficie terrestre es desigual, y las necesidades derivadas de la concentración de las poblaciones y, sobre todo, de los consumos agrícolas e industriales, muy diferentes según zonas.

En ese contexto, hablar de un derecho al agua genérico puede mover a graves confusiones. Los humanos necesitamos para la supervivencia apenas dos litros de agua diarios, cifra muy alejada de los 60 a 120 litros/persona y día -e incluso más- que son precisos para equilibrar el consumo de un urbanita con baño, lavadora y lavavajillas.

Pero el mayor consumidor de agua es la agricultura. Cierto que no necesita el nivel de calidad de lo que se llama «agua de boca» (esos dos litros o tres que ingerimos a diario como máximo), aunque sí es el grave causante, debido al empleo masivo de pesticidas, herbicidas y abonos, de la contaminación de acuíferos, lagos y ríos.

Aquí aparece una primera panoplia de análisis en relación con la necesidad de generar puntos no naturales de acceso al agua, captación del recurso hídrico, costes de conducción y tratamiento hasta aquellos, y las expectativas de rendimiento derivadas del uso o consumo del agua, y su canalización posterior, depuración y reutilización.

Los lugares de necesidad de agua no coinciden con los puntos de disponibilidad, ni en cantidad ni en calidad. Las poblaciones, inicialmente ubicadas donde había agua, han crecido, incluso desmesuradamente, y contaminado sus fuentes con los residuos. Algunas industrias imprescindibles para el desarrollo son grandes consumidores de agua y, además, expelen un efluente muy contaminado. Devolver el agua a un estado puro es difícil (en algunos casos, imposibles) y, caro.

El ciclo completo del agua para uso doméstico -incluida la depuración de la residual-cuesta, actualmente, entre 1,5 y 2,5 euros cada 1.000 litros. En los países desarrollados, pagar por los 30 o 40.000 litros que una persona puede necesitar al año (incluidas esas otras necesidades distintas de beber el líquido, que son las que verdaderamente hacen correr los contadores) no supone sacrificio para la gran mayoría.

Por eso, los servicios de agua en estos países pueden calcular muy bien sus ingresos: los impagados no superan el 2%, y existen, además, grandes posibilidades de combinar imaginativamente los precios que se cobran por el agua, según usuarios domésticos o industriales, o por zonas, o penalizando altos consumos, o implantando tarifas o subvenciones para determinadas situaciones familiares o económicas.

No resulta complicado, por tanto, hacer la previsión de ingresos y gastos en las empresas de gestión de agua encargadas de dar servicio a poblaciones con aceptable nivel de vida, y se puede (y debe) incluir en el precio la renovación de las infraestructuras, o las ampliaciones de canalizaciones, instalaciones de depuración, etc. que se precisen. La tentación de incluir otros elementos ajenos al coste del agua en el precio que se cobra por el servicio, es muy alta, y no son pocas las Administraciones que incorporan partidas al mismo que ayudan a compensar déficits de otros sectores.

En los países en desarrollo, los desequilibrios son notorios. El agua no llega a toda la población, no se trata adecuadamente y, en lo económico, no es extraño que solo un 40 o 60% de los usuarios domésticos paguen la factura. Es muy difícil alcanzar el equilibrio entre ingresos y gastos y la necesidad de subvencionar a amplios sectores de la población convierte la gestión en una combinación de política social y apelación a decisiones técnicas que obligan a priorizar actuaciones en relación con el coste-efectividad, que involucran la esencia misma de la colectividad y su desarrollo futuro.

Se ha puesto recientemente en evidencia que la crisis ha generado, incluso en España, «desahucios hídricos», es decir, cortes de agua a familias que no pueden pagárselo, y que han tenido que decidir entre «comer o pagar por el agua». Con más de un millón de familias con todos sus miembros en paro, no me atrevo a poner en duda esta cuestión, que exige un inmediato control y revisión de las actuaciones desde el punto de vista de la sensibilidad social.

No disponer de 10 o 20 euros/mes para pagar el agua revela un estado de necesidad dramático, que más que conducirme a elevar gritos en contra del desahucio hídrico, me lleva a pensar que estamos condenando al rechazo humanitario a mucha gente, y que el desequilibrio mundial avanza en varios frentes: quien se ve castigado cruelmente al corte de agua por no pagar una cantidad así, ha sufrido con anterioridad penalidades muy superiores que ponen de manifiesto la insolidaridad de nuestra sociedad.

Así es: en países en desarrollo hay quienes se están enriqueciendo aceleradamente -generando mayores desequilibrios entre muy ricos y muy pobres- y en los desarrollados se están generando nuevas bolsas de pobreza, con los mismos efectos: el problema de «la factura del agua» es solo un reflejo de la necesidad de replantear, y con urgencia, los supuestos cimientos de nuestra sociedad, retrayéndolos a la luz de la ética, la ayuda a los ocasionalmente marginados para que puedan vovler a reintegrarse y la cooperación internacional.

He propuesto, y en muchos foros, incluso cuando estaba trabajando como director de aguas para una empresa privada, que debería fijarse un margen máximo al beneficio por la gestión del agua. También he propuesto que, con mayor motivo al que sirvió de creación del embrión de la Unión Europea, la CECA, o a la política agraria común, debería crearse un fondo universal para solucionar el problema mundial del agua de boca.

Debería crearse, y de inmediato, una Unión Mundial por el Agua, en la que los países aportaran las cantidades necesarias para implantar las infraestructuras y gestión técnica cualificada para que ningún ser humano dejara de disponer de agua de boca suficiente. La cuantía ha sido puesta de manifiesto por varias entidades, incluido el Banco Mundial: entre 100.000 y 200.000 millones de dólares anuales durante los próximos diez años. El fondo podría constituirse con aportaciones equivalentes a la mitad de ese importe: menos de 10 dólares/año por habitante de un país desarrollado, que, desde luego, debería acomodarse al PIB de cada estado, y reflejarse en los presupuestos anuales, transfiriéndolos a la entidad gestora del fondo, que actuaría a modo de una Comisión Supranacional del Agua.

Distinto es el caso, incluso en los países desarrollados, de implementar un precio para el agua utilizada para regadío. Cerrar económicamente el ciclo del agua que se destina a usos industriales, puede implicar instalaciones complejas de depuración, con tratamientos químico-físicos de gran especificidad y, por tanto, altos costes que, si no existe una legislación e inspección severas, las empresas tendrán tendencia a evitar.

(seguirá)

Publicado en: Ambiente, Derecho Etiquetado como: espatuxando

Espatuxando (I)

24 octubre, 2014 By amarias Deja un comentario

Decimos en Asturias, cuando alguien está tratando de hacer valer su opinión sobre las de otros, sin atender a las razones que se le exponen, que está espatuxando. Es decir, chapotea en el charco del decir, embarulla, distorsiona.

Uno de los temas que, por su naturaleza, resultan más adecuados para espatuxar es el del agua. Como todos bebemos de ese líquido varias veces al día y no hay nada más acogedor y relajante que un paisaje con ella, nos sentimos animados, cuando se nos presenta ocasión, para opinar con autoridad sobre el tema.

Agua para todos, derecho al agua, muertes por insuficiencia o falta de calidad del recurso, depuración de aguas usadas, control de regantes, negocios en torno a la gestión del asunto, etc., son algunos de los tópicos que garantizan un ferviente debate cada vez que alguna entidad abre la caja de pandora.

Asistí hoy, como muchas otras veces (mi voluntad de estar atento a lo que dicen los demás espero que no se agote mientras viva), a uno de esos diálogos en torno al agua, que, en realidad, se constituyen en pluri-monólogos que vienen a demostrar que es muy difícil ponerse de acuerdo cuando los que tienen alguna información se aferran a su conocimiento parcial del tema, y no se preocupan en liberarlo de errores de información o apriorismos ideológicos.

En torno al agua no me duelen prendas ni quiero aparentar modestia impropia, si me postulo como uno de los técnicos españoles que tienen más experiencia práctica sobre el agua, habiendo ocupado responsabilidades en la empresa pública como en la privada, en la gestión nacional como en la internacional; he podido también aportar mi formación jurídica y financiera en distintos proyectos.

Pues bien: cuando oigo, especialmente en foros españoles, hablar a los entendidos sobre lo que hay que hacer con el agua, sobre la bondad o maldad de los planes hídricos (en los que no han participado, claro), sobre la conciencia ciudadana (de los demás), el precio justo que ha de darse al líquido (sin haber tenido que cobrar por él para organizar el servicio) , la reglamentación local o mundial que correspondería implementar (con mensajes hacia un ente incorpóreo), etc., etc., me he acostumbrado a callar.

Mientras se esté en la fase de espatuxar, lo mejor es mantenerse alejado para evitar las salpicaduras. Llevamos así, si no calculo mal, en esa tarea de chapotear en los charcos, más de treinta años, que yo sepa y seguro que los más viejos del lugar aún son capaces de ponerle un horizonte más lejano.

(seguirá)

Publicado en: Ambiente, Economía, Empresa Etiquetado como: agua, espatuxar

Bien común, males corrientes

12 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Voy a empezar mal: no se lo que es el bien común. Tengo, sí, una idea genérica de que el término debe relacionarse con aquello que no puede ser legítimamente apropiado por nadie y su explotación y rentabilidad solo debería servir para mejorar la situación del conjunto de los seres humanos, y no de unos pocos. Pero si quiero avanzar algo más, precisar lo nuevos elementos que aparecen en la hipotética definición, me voy complicando cada vez más.

Su plasmación concreta como objetivo universal entremezclaría la negación de la propiedad particular de las materias primas, incluida la tierra, y de los sistemas de producción de bienes y servicios, cuando su utilidad pública fuera superior a la conseguida con la explotación privada.

Implicaría, por supuesto, el reconocimiento de una serie de derechos inalienables para individuos y grupos, que situasen en claro régimen de igualdad a todos los seres humanos y que no precisasen ser reclamados para ser ejercidos. Y, como contrapartida natural, supondría la satisfacción de varios deberes que tampoco necesitarían expresarse, pues descansarían en universales fundamentos deontológicos, sin discusión ni réplica admisibles, siendo su prestación, en sí misma, motivo de satisfacción.

Recurro a la ética, a la filosofía, a la economía o a la sociología, y encuentro múltiples intentos de definición de lo que es el «bien común», de los que no me convence ninguno. Demasiadas peticiones de principio, gran confusión de términos y conceptos abstractos para un fin tan preciso, limitación de aplicaciones a sectores y, por tanto, faltos de orientación general. Concluyo que nadie sabe qué es concretamente el bien común o, en caso de que lo supieran, no han sido hasta ahora capaces de expresarlo de forma clara y concluyente.

En cualquier caso, constato que el bien común, como objetivo, no es una preocupación universal, por lo que cabría negar su existencia física y, posiblemente, hasta su atractivo metafísico. La Historia no refleja que «lo común» haya sido preocupación de los pueblos y personajes dominantes (al contrario: ha sido «lo local» o «lo particular» lo que primó y prima).

El menosprecio generalizado a filósofos, místicos e investigadores científicos, que son vistos -fuera de ciertos pináculos- como una singularidad de la especie, más bien estrambótica, y no como recurso genético al que potenciar sin límites, confirmaría también que el discurrir ideológico de la Humanidad no considera siquiera de interés detectar o fijar un objetivo universal, aquello que, de ser alcanzado, supondría, por excelencia, la generación sistemática del «bien común».

Por eso, cuando lei que Christian Felber, el laureado fundador del movimiento Attac, tenía publicado un libro sobre «La economía del bien común» (Edit. Deusto, 2012) me apresuré a comprarlo. El modelo económico propuesto por el autor, según la portada de la edición, «supera la dicotomía entre capitalismo y comunismo para maximizar el bienestar de nuestra sociedad».

Voy a seguir peor de como empecé este comentario: no entendí casi nada de los consejos que ofrecía Felber para que la sociedad global (así me obligué a entender el apelativo de lo que llama «nuestra») diera un salto categorial sobre los dos sistemas económicos más conocidos, que, hasta el momento, solo han probado su persistente intención de conducirla hacia su extinción, por la vía de una guerra universal de todos contra todos.

Si fuera por el capitalismo, del que el ilustrativo juego del Monopole es su modelo en miniatura fidedigno, el objetivo a perseguir sería que, al final, sobre el tablero de los recursos e intereses, uno solo o unos pocos se hayan hecho con todo, y los demás, se apañen con las ganas. La búsqueda del máximo beneficio individual, a la largo de la Historia, consolida élites cada vez más poderosas.

Si fuera por el comunismo, del que el cristianismo primitivo es su doctrinario ideal y la dictadura soviética o el chavesianismo bolivariano simples aberraciones populacheras, se llegaría, por métodos ni más ni menos deplorables si los juzgamos por sus efectos conocidos, a que, a la postre, unos pocos se quedasen con todo, y los demás, con las ganas. Los que juzgan, nunca se sancionarán a sí mismos y los que se benefician de su actuación, jamás se rebelarán contra ellos y, si alguno lo intentara, será rápidamente represaliado.

Que la primera fórmula haya probado mayor habilidad en alcanzar su culminación, dilatando el momento de su triunfo final y enmascarando los logros parciales con reparto de limosnas a los más agradecidos, no debería contar a su favor: el «bien común» no puede identificarse con el deseo de acumular, sin límite, poderes y bienes para ponerlos al servicio y administración de unos pocos egos.

En ambos sistemas, sin embargo, la falacia brutal que es el bien común es el objetivo perseguido teóricamente. Está en los idearios, porque mentarlo supone tranquilizar a los que son avasallados y salvar las apariencias. Las democracias capitalistas y las neoliberales lo persiguen. Los fascismos, dictaduras, gobiernos despóticos, democracias orgánicas e inorgánicas, teocracias y aristocracias, también. Los regímenes comunistas, socialistas, comunas, etc. por supuesto. Todas las organizaciones conocidas entronizan el bien común y dicen respetarlos. Como no se sabe lo que es, no hay riesgo en que alguien objete que lo que se pretende sea una quimera. En todo caso, a nadie preocupa que el «bien común» no sea sinónimo de «bien universal».

Felber, en su librito, presenta varias opciones de lo que podemos entender, lisa y llanamente, como simples fórmulas cooperativas. En España tenemos una experiencia reciente, muy documentada y prácticamente exhaustiva de cómo acaban, tarde o temprano, las cooperativas: con sus miembros a la greña, las subvenciones perdidas, las naves que se construyeron con dineros públicos y la maquinaria y equipos que sirvieron a la ilusión de los primeros momentos, abandonadas o, en los mejores casos, arrendados o cedidos a un ex-miembro.

Hay características comunes a las propuestas del filósofo-sociólogo austríaco: su elementariedad. Se centran en el sector agropecuario, en los servicios básicos o en la fabricación de productos de primera necesidad. Deja al margen el sostenimiento de sistemas complejos y pretende crear islas de producción y consumo, comunas o guetos a los que aglutinaría una excepcional capacidad de sacrificio y la autolimitación para obtener beneficios del mercado.

Nada nuevo bajo nuestro sol hispano. Las cooperativas han tenido mucho predicamento entre nosotros.

¿Por qué no funcionan, cabe preguntarse? ¿Por qué estoy petulantemente convencido de que no funcionarán? Por algo muy sencillo: los que reciben aquello que no tienen, aceptan encantados el modelo, sea el que sea y, mientras mantengan el estado de necesidad, serán exigentes con el cumplimiento de lo que se previó. Los que aportan más -más trabajo, mayor formación, más capacidad, quizá, incluso, más capital o más bienes- desearán recibir más y, salvo que estén optando a figurar en el santuario o en el martirologio, lo reclamarán, o dejarán de rendir como se esperaba de ellos. Puede que la relación de 1:6 o 1:10 en los salarios sea la adecuada para señalar y recompensar las diferencias, pero mientras no se resuelva qué pueden hacer con los excedentes, la cuestión capital quedará sin resolver: ¿cuánto estarían autorizados a vivir mejor? ¿se toleraría la transmisión hereditaria? ¿quién califica la calidad de las aportaciones, y con qué  baremos?

No sé definir satisfactoriamente lo que es el bien común, pero no soy un descreído, ni me rindo tan fácil. Bienes comunes son, desde luego, la biodiversidad, el medio ambiente, … están vinculados a derechos individuales e inalienables, pero no solo: saber leer y escribir y poder situarse en el sendero del saber más y mejor, libertad de desplazamiento y ubicación en un territorio, tener alguna descendencia y que crezca sana y a la que se pueda dar la seguridad de que su futuro será mejor que el presente, disponer de acceso a alimento, agua potable y satisfacciones que justifiquen la calidad de la propia vida, contar con fuentes de energía y calor para protegerse del frío o de las temperaturas extremas, acceso libre y gratuito a los fármacos que hayan supuesto la erradicación de cualquier tipo de enfermedad contagiosa o epidemia, contar con un mínimo de trabajo y de forma regular, que garantice, no solo la existencia, sostenimiento y goce de toda familia, sino la satisfacción de sentirse útil frente a los demás y, en particular, la colectividad más próxima, vivir en paz, sin riesgo de ser atacado en la intimidad ni forzado a actuar contra otras colectividades ni a infringir cualesquiera derechos universales…

¿Sigo? Christian Felber apela a la solidaridad universal, a la eliminación de la competencia con el objetivo de acaparar, a la creación de Bancas (rehúye el término entidades financieras) que presten dinero sin interés -conseguido por ahorros cedidos por bienaventurados- y midan su eficacia en términos de ética, a la implantación de una renta básica universal…Bastantes de esas ideas las hemos visto replicadas en las intervenciones de los portavoces de ese movimiento con bases libertarias, elegantemente utópico y de incuestionable atractivo para descontentos, que es Podemos.

Si fuera bastante más joven y estuviera menos escaldado en mis sensibilidades, seguramente escribiría que me encantan las ideas de Felber, poyadas por Stéphane Hessel por Jean Ziegler, por Juan Carlos Cubeiro (que escribe el Prólogo de la primera Edición española)…Me siguen gustando, pero no me seducen. Frente a la perspectiva del bien común, difusa e imperfecta en sus contornos, están los males corrientes. A esos, los distingo claramente.

Habrá que seguir investigando. De la teoría a la práctica, sigue habiendo mucho trecho. Demasiado para saltarlo de golpe y, menos, alardeando de «mostrar el camino hacia una economía en la que el dinero y los mercados vuelvan a servir a las personas y no al revés» (Jakob von Uexküll). Por eso, con respeto, pero con escepticismo crítico formulo mi respuesta actual:

No entiendo lo que me dice, pero por si, debido al ruido ensordecedor, el problema es acústico y no de lenguaje, ¿me lo repite?

Publicado en: Ambiente, Empresa Etiquetado como: Attac, bien común, Cubeiro, Felber, mal corriente, Podemos

Mi Diccionario desvergonzado (26): corrida, chino, burbuja, cultura, infraestructura

7 julio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

corrida: 1. Representación estética de la eterna lucha de la barbarie contra la razón, interpretada en este caso con los papeles cambiados. 2. Polución no contaminante. 3. En el campo económico-financiero, cada una de las satisfacciones que se permiten los especialistas, analizando variantes de evolución de un negocio que jamás llegarán a cumplirse.

chino: chino: 1. Establecimiento abierto noche y día en el que los dependientes son, a pesar de su funcionamiento automático, ciudadanos orientales conectados a un aparato de traducción simultánea y en el que puede encontrarse cualquier producto extremadamente perecedero. 2. Japonés, miembro de un grupo de personas con oblicuidad en los músculos orbiculares de los ojos, que recorren las ciudades sacando fotografías de las piedras, detrás de un tipo que les habla en inglés llevando en alto un paraguas de color chillón y que, observado de cerca, luce alguna prenda de marca europea y que se enfadaría, por motivos históricos, si se le atribuyera tal origen. 3. Aplicando cálculo de probabibilidades, lugar ciudadano de la Tierra nacido en China; esta probabilidad aumenta de forma vertiginosa en tanto nos aproximamos al fin del mundo.

burbuja: 1. Manera imaginaria, aunque equivocada, de llamar, entre otros, al globo inmobiliario, inflado a partes iguales por la avaricia de unos pocos y la ignorancia de la mayoría, y que al explotar, ha cubierto de mierda la economía. 2. Divertida formación esférica, que se produce a borbotones cuando hierve un recipiente con agua y que indica a los padres primerizos que es noche avanzada y les recuerda que su bebé tiene hambre.

cultura: 1. Colección de tonterías que sirve de excusa para señalar la identidad histórica de una población insolidaria. 2. Acervo conservado a través de los siglos por la Humanidad en mastodónticas enciclopedias que solo están al alcance de los eruditos pero que son interpretadas a diario por gentes muy cortas de inteligencia.

infraestructura: 1. Conjunto de equipamientos, formado fundamentalmente carreteras, aeropuertos y vías férreas, que, si se pudiera levantar, dejaría al descubierto, además de la naturaleza primitiva del terreno donde se asientan, algunas sabandijas que, aunque no participaron en su construcción, se beneficiaron de ella. 2. Plasmación sobre el terreno de las líneas de colores que figuran en un mapa o plano y que se consideraban imprescindibles para el bienestar y desarrollo humanos, amenazando con cubrir de hormigón armado todo el espacio existente, hasta que se acabó lo que se daba.

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Diccionario desvergonzado, Sociedad Etiquetado como: chino, corrida, infraestructura

Problemática mundial de la gestión del agua

21 junio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Madrid sigue siendo una ciudad en la que o das un conferencia o te la dan, aunque dada la inmensa proliferación de Centros, Fundaciones, Asociaciones, Jornadas y Congresos, y -en mi caso, al menos- las limitaciones de tiempo y categoría, lo más habitual es que te la den, o al menos, intenten dártela.

En cuanto puedo, acudo a escuchar a los demás, especialmente a las personas que ocupan cargos en las Administraciones públicas y grandes empresas o asociaciones de este país. Me da información de primera mano y me permite analizar talantes, intuir transfondos de las personalidades y, desde luego, si hay turno de preguntas, no desaprovecho la ocasión de intervenir. No tanto por afán de protagonismo -uno es consciente de que le quedan pocos trotes- sino por ayudar a que esa mayoría silenciosa que, por timidez y recelo individual nunca se expresa, al menos obtenga algunas respuestas fuera del guión.

El 20 de julio de 2013 el Comité de Ingeniería y Desarrollo Sostenible (CIDES) del Instituto de Ingeniería de España organizó una Jornada bajo el lema: «El Agua, efectos transversales».

Figuraban como ponentes dos de las personas que más saben del agua en España -Rafael Fernández Rubio y Roque Gistau- y, además, Liana Ardiles, que es actualmente Directora de Agua en el Ministerio de Ambiente y Agricultura, o sea, que la que manda en el sector.

La presentación corrió a cargo de Rafael Ceballos, presidente del Comité, quien estaba previsto que moderase la mesa redonda posterior, pero que no tuvo lugar -hubo solo una pregunta, pues no queríamos correr el riesgo de quedar encerrados junto a la cápsula del tiempo-. porque la Sesión comenzó con retraso (estuvimos esperando un buen rato a la Directora, hasta que nos dimos cuenta de que solo acudiría a dar su charla). Seguro que por aquello de compensar el tiempo que nos hizo perder al principio, la intervención de Liana Ardiles, interesante y didáctica, superó ampliamente los veinte minutos previstos, a las que los demás ponentes nos ajustamos.

He escrito «nos» porque el cuarto ponente era yo, y el título de este Comentario fue el de mi charla. Tenía un subtítulo también muy ambicioso: «Estrategias, conflictos de intereses. Resultados y cuestiones pendientes». Había preparado, como es mi estilo, una intervención llena de datos y con varias propuestas provocadoras que, rompiendo el esquema clásico, presenté como conclusiones desde el principio de mi charla.

Me sorprendió que en el Salón de Actos, a pesar del esfuerzo de difusión de la convocatoria, no hubiera más que dos decenas de personas. Eso sí, todas ellas relevantes, y todas buenos amigos.

Yo ya me he acostumbrado a que mis esfuerzos por comunicar no encuentren el eco que me desearía, pero, ¿y el interés que tiene lo que puedan decir los demás ponentes de una mesa como la del día 20 de febrero? ¿Estamos saturados? Roque es Presidente de la Asociación Española de Abastecimiento y Saneamiento, y fue Presidente del Canal de Isabel II, Comisario de la Expo de Zaragoza y un largo etcétera. Rafael es Premio Jaime Primero a la Protección del Ambiente, fue catedrático de Hidrogeología y mantiene una actividad como consejero internacional en temas hídricos que le hace aparecer como uno de nuestros mejores expertos. Liana, en fin, es la responsable de la Planificación Hídrica española y nos dió una magnífica y actual visión sobre la problemática.

Yo…Pero ¿a quién le importará todo esto? Por si acaso, en algún Comentario posterior haré un resumen de mi ponencia, e invito a visitar la web del Intituto para conocer de qué hablaron los demás.

Publicado en: Ambiente, Derecho, Ingeniería Etiquetado como: agua, Arias, CIDES, efectos transversales, Fernández Rubio, IIE, Liana Ardiles, mundial gestión, problemática, Roque Gistau

El precio de contaminar y el homenaje polaco

16 junio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Estoy hojeando un libro de casi 300 páginas, lleno de cifras y cuadros, que recogí el viernes, 14 de junio de 2013, a última hora de la mañana, de las oficinas de Endesa-Enel situada en esa avenida desestructurada de Madrid que alguien tuvo el humor ácido de llamar «Ribera del Loira».

El volumen se titula: «Análisis de datos de emisiones de CO2 en España. Entidades sujetas a la Directiva 2003/87/CE. Período 2011 y contexto global». Su autor es Arturo de las Heras.

La información recogida en ese libro proviene de otras fuentes, y el mérito del autor -grande- es haber estructurado los datos, proporcionando así elementos que facilitan sacar las consecuencias.

Podía, desde luego, sacar las mías, pero el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Federico Ramos, me ha proporcionado un titular al que no puedo resistirme: «Si voy a Varsovia me harían un homenaje.»

¿Por qué? Porque nos hemos visto obligados a comprar a Polonia, para cumplir -mal que bien- los compromisos del programa de Kyoto, grandes cantidades de cuotas de carbono, y, al parecer, cuando estaba caro (1) . Ahora, con la crisis, vamos mucho mejor, sin necesidad de comprar tanto, porque no consumimos tanta energía y tenemos el sector de la construcción hecho unos zorros: las cementeras, válganos Dios, si los precios de la unidad de CO2 equivalente alcanzaran los niveles de 20-30 €/t, podrían ser rentables vendiendo sus derechos.

En fin que «cumpliremos» -dijo el Secretario de Estado- con la obligación de incrementar solo un 15% el CO2 equivalente de las emisiones de las industrias sujetas a la Directiva.

En realidad, nada nos salvará, a escala mundial, de que la temperatura media de la Tierra suba 6ºC en 2050, porque, para obviar ese escollo, habría que reducir un 5 o 6 % -¡anual!- las emisiones globales y hasta ahora, como mucho -entre 2000 y 2011, la intensidad de carbono global se redujo solo en un 0,8%. Lo dijo, en las últimas intervenciones del acto, la Directora de Sostenibilidad y Cambio Climático de PwC, Mari Luz Castilla.

Nos queda, pues, una única opción, a la que los responsables de los Gobiernos mundiales se están apuntando con gran interés y su más que cuestionable solvencia: «Reducir las previsiones de los objetivos y modificar las cifras de calentamiento más probables». (¡!)

Es una historia apasionante, la de este final de la Humanidad, y es una lástima que no pueda disfrutarla (ella, aunque yo, y espero que todos los que ahora estamos vivos, no llegaré a verlo) desde fuera.

Recogí, pues, el libro, que me dieron en una bolsa reciclable y, como no hubo vino español ni cervecita andaluza, ni nada frío, salvo la despedida a los asistentes (mayoritariamente, empleados de Endesa-Enel, llamados a la carrera), para irme acostumbrando al calor, enfilé el tórrido sendero de asfalto que conduce hasta mi casa, a la que llegué, tras una hora de camino con mis zapatos de cuero negro, mi corbata, y mi traje de quedar bien, exhausto, pero con resuello bastante para abrir la nevera y premiarme con una lata de refresco.
—
(1) El invento de atribuir derechos de contaminación o cuotas anuales de Carbono (CO2 equivalente) a las industrias de producción de energía eléctrica, siderometalúrgica y cementeras, como contaminadoras de gases invernadero más fáciles de controlar -pero que no llegan al 40% de la contaminación total-, y establecer un mercado secundario, libre, para los derechos sobrantes, es un fracaso. Contrariamente a las previsiones de los optimistas, que predijeron una estabilización en torno a 20/30 €/t, muy lejos de los idealistas, que hablaron de un coste social para este índice de entre 70 a 120€/t, cayó a menos de 1 €/t en 2012. Hasta el más escéptico de los ambientalistas sacaría punta fina a este lápiz de despropósitos.

Publicado en: Ambiente Etiquetado como: Analisis de datos, Arturo de las Heras, cerveza, emisiones de CO2, Endesa-Enel, Federico Ramos, Fundación Empresa y Clima, Mari Luz Castilla, PwC, Ribera del Loira

La vuelta a la Edad del Cobre

14 junio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Estamos, en realidad, en la Epoca de las commodities, que es una forma un tanto vergonzante de empaquetar fonéticamente todo aquello con lo que se comercia, y desde que alguien descubrió que podía hacer mucho dinero con la basura, es posible afirmar sin equivocación que no hay nada sin precio.

El Foro España Innova, una actividad del hiperactivo Nueva Economía Forum, que apoyan con dineros El Corte Inglés y la Fundación Areces, y con alientos algunas instituciones públicas, nos invitó a unas doscientas personas a un «desayuno informativo» con Javier Targhetta Roza, el 10 de junio de 2013. Fue en el Hotel Ritz, de Madrid.

Es Javier Targhetta -vicepresidente de FCX y Presidente de Attlantic Copper S.L.U.(1)- uno de esos ingenieros de minas a los que no tengo más remedio que seguirles la pista, y envidiarlos secreta y públicamente, por lo que ha conseguido y por cómo lo hace. Otra de mis referencias es Matías Rodríguez Inciarte, economista, vicepresidente de BSCH, también asturiano, también de mi misma edad, y al que conozco desde niño, porque nuestras familias eran amigas.

Matías fue el telonero de lujo de Javier. En la presentación de Targhetta, Rodríguez Inciarte recordó una frase de Bill Gates: «El mayor negocio es hacer amigos», y, en un cálido repaso por la biografía llena de hitos de Javier, no dejó sin mencionar que ambos pertenecían a la Cofradía de «Asturias Patria Querida» (APQ). asociación fundada por José Luis Alvarez Margaride (q.e.p.d.), que aglutina a los asturianos ilustres desterrados en Madrid y a la que, por mi propia desidia, o por no cumplir la segunda de las condiciones, no pertenezco.

Javier Targhetta presentó el grupo y el mercado internacional de las materias primas en las que trabaja -fundamentalmente el cobre- de una forma clara, concisa, brillante. En algunos aspectos, su ponencia recogió temas que ya había presentado en el IIE hacía unas semanas. En otros, y sobre todo, al hilo de las preguntas en el coloquio, que contestó con sinceridad, dejó reflejada su posición en relación con los temas económicos, energéticos y mineros.

Abogó por una Unión Europea que al 20-20-20 que tenemos tan repetido, incluya el 20% del PIB dedicado al sector industrial, después de haber expresado que España está cuatro o cinco puntos por debajo (aunque en la media europea) y que Andalucía, con su 34% de paro, anda por el 11%, lejos del 27% del Pais Vasco, que solo tiene al 13% de su población activa sin empleo.

(continuará)

(1) Pronúnciese Cúper, en cruce mental con Gary Cooper, y se permitirá así que cualquier empleado de la multinacional en España le corrija, y, con ello, se abrirá el comienzo de una posible amistad.

Publicado en: Ambiente, Internacional, mineria Etiquetado como: APQ, Asturias patria querida, Atantic Copper, BSCH, cobre, commodities, Corte Inglés, Foro Nueva Economía, Margaride, Ramón Areces, Rodríguez Inciarte, situacion, Targhetta

Ciento un años de rompedores de bolsas de aguas

28 mayo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

El alumbramiento pesó casi cinco kilos de peso, y cuenta con 814 páginas de texto y fotografías, y fue presentado en sociedad en el Salón de Actos de la Fundación Gómez Pardo (Alenza, 2, Madrid), que estaba lleno a rebosar por profesionales del agua y de la mina, esto es, de su intersección natural, que es el mundo de la hidrogeología.

Se trata de un libro de esos que están destinados a ocupar un lugar preferente en las bibliotecas de las salas de estar. Fue coordinado por dos investigadores de renombre, ya en camino de la jubilación, y, por tanto, testigos de una parte no desdeñable de la historia que se cuenta, miembros relevantes de la plantilla del Instituto Geológico y Minero de España: los hidrogeólogos Juan Antonio López-Geta (Dr. Ingeniero de Minas) y Juan María Fornés (Dr, en Ciencias Geológicas).

El título del magnífico ejemplar que ahora tengo a la vista es «Cien años de Hidrogeología en España (1900-2000)», o sea, en realidad, 101 años, de los que el último pasó hace ya casi 13, o sea que ya llovió algo. Es una historia apasionante, densa, forzosamente incompleta, porque, en algunos pasajes, se echa de menos una posición crítica, distante.

Es un libro hecho con cariño, por unas cuantas decenas de profesionales que tienen algo que ver con la materia fluida, a veces viscosa, incluso sólida como una piedra, que es el agua subterránea. Han sido, en cierto modo, cien años de soledad, con la actividad especialmente concentrada en los últimos 30 añps del siglo pasado.

Se citan muchos nombres, se hace un notable intento de acercamiento al gran público, casi de vulgarización, de una cuestión que estuvo mucho tiempo olvidada, a veces infrautilizada, otras, sobreexplotada, y que hoy el fracking (el dichoso gas de esquisto) ha vuelto a poner de actualidad, como potencial virgen destinada a ser mancillada, según apuntan los que disparan a dar a todo lo que se mueve, aunque lo hagan desde la igorancia culpable.

Hubo, incluso, un cóctel, después de la presentación. Se vio allí a los Geólogos e ingenieros de minas compartiendo pinchos y charlando animadamente, -eso lo supongo, porque yo me fui raudo, porque no solo de literatura y actos públicos vive el hombre, al menos, yo- sobre el futuro del Instituto Geominero (así lo seguimos llamando algunos), un último reducto de investigación y ciencia sobre la Tierra y las tierras en general que, en esta época terminal -estos trece años que ya formarán parte del segundo tomo, cuando se haga-, si el campo fuera de batalla, estarían ganando por goleada los geólogos y hasta los biólogos, pero en el que, basta hojear el libro, estuvieron siempre muy bien afincados los ingenieros de minas, al principio, especie dominante en el feudo del Instituto.

Pero eso que queda por contar es ¿otra historia?. No sé. Allí, en el acto, en primera fila, junto a Sagrario, su esposa, estaba un maestro de promociones de Hidrogeólogos españoles, el plurilaureado Rafael Fernández Rubio, granadino convicto y confeso, al que hace nada nombraron los de Algete, ciudadano predilecto. A él, como justamente glosa José Benavente Herrera en algunas páginas sepia del libro, a Antonio Pulido y a Javier Cruz se debe haber puesto en el mapa de la ciencia española la hidrogeología, como enseñanza universitaria.

Publicado en: Ambiente Etiquetado como: Antonio Pulido, Cien años de Hidrogeología en España, Fundación Gómez Pardo, geólogos, hidrogeología, ingenieros de minas, Instituto Geologico y Minero, Javier Cruz, José Benavente Herrera, Juan Antonio López-Geta, Juan María Fornés, Rafael Fernández Rubio

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