Ayer, 17 de octubre de 2017, volví de Asturias, mi tierra natal, con los ojos irritados. Por el cisco de los incendios que, no se si alguien sabe en qué medida, de forma parcialmente provocada, se desataron simultáneamente en Galicia, Portugal y el occidente asturiano.
A llegar a casa, conecté con la TV3 y el locutor y sus entrevistados se referían machaconamente, a la falta de democracia en España -en esa emisora dan por descontado ya que Catalunya no es España-, y a la existencia de presos políticos. Una multitud, según expresaba, de más de doscientas mil personas, se estaban manifestando por la libertad inmediata de los «dos Jordi», la independencia y la proclamación de la República.
Entonces cambié a otras televisiones regionales, y en la TVG se hablaba extensamente de los incendios que habían causado 4 muertos en Galicia, y múltiples pérdidas económicas. Con solidaridad emocionada, se extendía la crónica sobre los 40 fallecidos por causa del fuego, los aún desaparecidos, y las miles de hectáreas arrasadas en el país vecino, en actuaciones que parecen, también, causadas por terroristas incendiarios.
En la Televisión andaluza, la preocupación principal giraba en torno al paro que asola la Comunidad, en la que núcleos como Linares, con más del 50% de la población con voluntad de querer trabajar, en paro prolongado, se consolidan como paradigma de la desigualdad entres las regiones.
Me pareció entonces que entre el cisco (alboroto, bullicio) catalán, el cisco (polvo de carbón) galaico-astur y las circunstancias que hacen cisco (trizas) las perspectivas de recuperación económica de toda España (incluida la región en donde se ha afincado el vicio separatista) había un hilo conductor. Es decir, entre el «éche lo que hai» y el «si me queréis, irse», hay una línea de trazos, como si la Historia de mi país fuera un juego de la Oca, en el que, de oca a oca (de desentendimiento en desentendimiento), no faltan jamás el riesgo de una guerra civil, una asonada militar o el fracaso de los gobiernos de unidad nacional.
Viviremos, pues, mañana, a) la declaración firme de independencia de Catalunya, con proclamación de la República catalana y la convocatoria de una Asamblea constituyente, y b) la aplicación del art. 155 de la Constitución, con la intervención de la Guardia Civil (no creo que el Ejército, pues ello supondría la declaración simultánea de estado de alarma, y, además, sería un error táctico tremendo) y la detención de algunos independentistas significativos.
La posición del PSOE en esta delicada tesitura me parece innecesariamente confusa. Las declaraciones de Iceta, como líder del PSC, el silencio de Pedro Sánchez (o su ambigüedad), el verso libre incómodo de Margarita Robles (entre otros), no viene sino a complicar la situación, pues la gran mayoría que representamos los ciudadanos que deseamos vivir en paz y creemos que la unión de todos los españoles es lo que nos da fuerza interna y externa, no está siendo ilusionada ni convocada desde posiciones de liderazgo.
Lo dicho. España es un cisco, mírese por donde se mire. Nuevamente, somos banco de pruebas de Europa. En el 36, fuimos, con una guerra incivil, preludio de una guerra europea que es convirtió en mundial. Confiemos que, esta vez, todo se resuelva con la recomposición del mapa de las regiones europeo.
Al fin y al cabo, que Catalunya sea un Estado independiente, una región con una autonomía para hacer y deshacer desde su gobierno regional lo que les pete (incluido el suicidio colectivo) o protagonista de un paso adelante para convertirse en el núcleo duro de los Paysos catalanes, incluida la Cataluña francesa, y deshacer la Unión Europea, dentro de diez años, a todos los que hayan sobrevivido hasta entonces, les importará un pito, como se dice vulgarmente.









